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lunes, 17 de octubre de 2022

Obras completas. Novelas I, de François Mauriac


 

Tengo que confesarlo: no soporto las novelas de François Mauriac (1885-1970). Sin embargo, soporto menos este tipo de confesiones, me parecen tan generales que no valen la pena ni enunciarlas ni hacerles caso. Aun así, no me importa. Hay algo en esa moralidad putrefacta de autores como éste o como Gide que me hacen voltear el rostro hacia otro lado. Hace años, quizá por ese feo vicio de leer a los Premios Nobel sólo por el hecho de que sean sus galardonados, que comencé a leer sus obras: provincias incoloras, historias inconfesables, novelas de las cuales no puedo precisar dónde acaban y dónde comienzan. Sus fronteras son imprecisas. No obstante, persistí en su lectura, aun cuando cada nueva novela reafirmaba mi convicción: el horror moral construye a los personajes, los cuales naufragan en su propio espíritu corrupto, matan y engañan llevados por un esencialismo del mal. Corresponden a una visión sensacionalista que lleva a los lectores a consumir la nota roja. ¡Qué apasionante, algo nunca antes visto: la descripción de un ser arrebatado por el pecado! El autor diseccionará el alma de una asesina. El público acudirá ansioso de encontrar en la moral la explicación última del ser humano. Y, luego, esos personajes, que gozan entregando rebanadas de su espíritu para la satisfacción de los lectores escandalizados. Se corresponden el uno con el otro. No es que no goce de ese tremendismo, de la contemplación de este tipo de almas. Pero como descreo de ellas (de sus justificaciones), mi posición es muy incómoda dentro de los supuestos de la narración. Miro claramente los anteojos del autor, desde los cuales mira e interpreta un mundo de enfermedades morales. Retrata pecados, pero no pecadores, con lo que quiero decir que no pude representarme de manera clara un solo pecador. Todos los personajes eran representaciones de ideas morales, largamente enunciados, pero tan intercambiables que pudieron aparecer en cualquiera de las novelas. Quizá con excepción del narrador de Nudo de víboras (1932), el cual escribe su diario por el cual podemos saber que concibe su propia muerte como una forma de venganza contra su familia: los privará de su herencia por odio, como una forma de castigo. Todo lo demás se construye sobre este supuesto, lo cual incluye sorpresas. No las diré, pues quizá a alguien le interese descubrir que el protagonista planea heredar su fortuna a su hijo bastardo (¿se sigue diciendo así?). El libro contiene quince novelas, pero es que también fueron años de lectura… lo que quiere decir que con seguridad tengo algo de cristianismo literario que me lleva a sufrir la literatura. En efecto, un importante porcentaje de mis lecturas cotidianas son flagelo y cilicio. Pero lo que quería decir de este autor era que una de sus novelas me pareció excepcional, contrastando con todo lo que venía diciendo: Genitrix (1923) es la historia del odio de una madre por su nuera, la joven que le arrebató el cariño de su único hijo. Por eso desea su muerte, para recuperar el amor que le arrebató. No recuerdo quién lo gana, si la joven que muere luego de las secuelas de un aborto, o la madre que termina siendo un bulto sin habla, a causa de un derrame. Ahora me río, pero juro que la leí arrebatado por las pasiones del alma. 

 

François Mauriac. Obras completas. Novelas I, 3ª ed, trad. M. Ros, E. Piñas, M. Bosch Barrett, Luis G. de Vegueta, Fernando Gutiérrez, Juan Triadu y J.A.G. Larraya. Barcelona, Plaza & Janés, 1970.

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