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jueves, 1 de enero de 2026

Celio González, de Rafael Figueroa Hernández



La música es fundamental en la filmografía de Federico Fellini, como lo demuestra cada una de sus películas. Por ejemplo, la inclusión de Patricia, el famoso mambo de Dámaso Pérez Prado, en La dolce vita (1960). Sin embargo, me parece que en ocasiones la excesiva presencia de la música circense desvirtúa lo que podrían ser escenas mucho más memorables. En la cinta Bocaccio 70 (1962) aparece por unos minutos un grupo de músicos cubanos tocando una olvidable rumba. Si el director hubiera sabido que uno de esos músicos cubanos era José Dolores Quiñones, autor de Cien mil cosas y Vendaval sinrumbo, éxitos de Celio González (1924-2004), quizá no lo hubiera desaprovechado de ese modo. Como dejó Cuba para residir en Toulouse, escribió en francés sus recuerdos musicales… Otra de sus canciones, Mi cocodrilo verde tiene una bella versión de Caetano Veloso. Pero la más famosa es Los aretes de la luna, que hizo popular Vicentico Valdés. Por desgracia, no es este compositor mi tema ahora, sino el creador de sus éxitos, Celio González, quien tampoco fue muy apreciado por el cine. Hay una cinta, Ole Cuba (1957), en que se puede admirar lo que era una actuación de la Sonora Matancera: Celio González canta No te quedes mirando y Celia Cruz, Me voy a Pinar del Río. (Ahí cantan separados, pero afortunadamente grabaron un dúo con la Sonora, Madre rumba). El secreto de las sonoras: dos trompetas al unísono. Las trompetas legendarias de la Matancera: Calixto Licea y Pedro Knight. Tampoco ha sido costumbre de los historiadores sentarse a escuchar a las grandes leyendas del cine, la música y el teatro. En cambio, sí es algo que acostumbra Rafael Figueroa Hernández, quien ha recogido testimonios muy valiosos para la historia musical que une a México con Cuba, como lo hizo con Celio González, voz de la Sonora Matancera entre 1955 y 1959, cuando salió de su país para instalarse en México. Me ha gustado empezar este año ojeando su vida, viendo sus fotos y oyendo sus canciones. Escuchar sus dos primera grabación, Quémame los ojos y Si tuviera tu amor. Por suerte, existe la grabación de una presentación radial de la Sonora en 1957, en que Celio canta Baila mi rumba y Despego. Lo escucho y no sabría decir si su voz es alegre o es triste pues ante todo transmite el gozo de cantar. Sin embargo, su interpretación de Total, de Ricardo García Perdomo, es la que supera todas sus grabaciones. Cuando le propusieron grabarla, la rechazó porque antes la había grabado Ñico Membiela, pero la incluyó en un disco que la Matancera preparaba para México. García Perdomo fue amigo de Jaime Rico Salazar, el historiador del bolero, y le contó la historia de Total: tenía una novia para cada día de la semana, pero resultó que se enamoró también de la empleada de la casa de su novia del domingo. Quedaron de verse, pero ella sólo se presentó a la cita para decirle que había preguntado por él y se había enterado de que era un “enamorador empedernido”. De regreso, en la guagua, escribió Total en un papel. Total… si no tengo tus besos, no me muero por ellos. El despecho es buen consejero, aunque los consejeros emocionales no lo tengan en buen concepto…

 

Rafael Figueroa Hernández. Celio González. Xalapa, ConClave, 2001.

domingo, 21 de diciembre de 2025

La escuela eslovena, de Ricardo Espinoza Lolas y Slavoj Žižek

 


Mladen Dolar, Slavoj Žižek y Alenka Zupančič forman la Escuela Eslovena de Filosofía (o Escuela de Lubliana), es decir, del país que se separó de Yugoslavia en 1991. A diferencia de Žižek, Dolar y Zupančič casi no son conocidos en nuestro idioma. La editorial argentina Manantial, publicó el libro Una voz y nada más, de Dolar (una fascinante disertación filosófica sobre la voz), y, en México, Sexto Piso editó Que se pudran, en que Zupančič hace una lectura contemporánea de Antígona. Caracteriza a estos pensadores su trabajo por unir los pensamientos de Hegel y Lacan. Antes que ellos, Marcuse había formulado su seductor pensamiento que unía a Marx y a Freud. No sé si alguno de estos tres autores se ha referido a Marcuse en sus escritos, pues la huella de Marcuse fue profunda en nuestro continente. Lacan, que se consideraba a sí mismo una especie de “Góngora francés”, dejó una obra escrita cuyo desciframiento produce el mismo placer estético que comprender los complejos pasajes barrocos. La asimilación de Lacan no es una labor placentera ni amable. Por el contrario, es la parte visible de una dura guerra en contra de Jacques-Alain Miller, el famoso yerno de Lacan. Žižek lo acusa de mutilar el pensamiento lacaniano, pues Miller considera que sólo se puede extraer pensamiento de Lacan a partir de la práctica clínica. Naturalmente, Žižek no es médico, como tampoco lo fue Marcuse. Y hay aspectos que son materia de la Filosofía, como cuando Lacan usa la dialéctica el Amo y el Esclavo para la práctica psicoanalítica. Esa dialéctica en que el Amo toma el ropaje de la Muerte y el Individuo toma el papel del Esclavo, como en una pieza teatral en que el Paciente logra al fin amistarse con la Muerte. Por un lado, los lacanianos institucionales se quejan de que los “aficionados” no saben de práctica clínica, pero el propio Lacan tenía huecos filosóficos. Hay mucho que se puede dialogar con estos autores: los huecos que se forman al unir Filosofía y Psicoanálisis, la historia cultural de la música (Dolar y Žižek escribieron un libro sobre la ópera). Sin embargo, no podría decir hasta qué punto es deseable heredar en nuestro medio la disputa entre los eslovenos y el heredero de Lacan. Aquí, en México, sólo circula el libro Delirios y debilidades, de Jacques-Alain Miller, en que hace retratos de algunos artistas como Miró o Hölderlin. Creo que la lectura ortodoxa de Lacan no ejerce ninguna influencia real. Mucho más la tiene Žižek, quien ha puesto nuevamente en circulación las ideas del psiquiatra francés. Aunque este volumen propone una serie de líneas para relacionar el pensamiento filosófico latinoamericano con la Escuela Eslovena, hay mucho más. Yo destacaría un texto extraordinario, “Žižek y la (dialéctica china de la) revolución”, del filósofo alemán Frank Ruda, que relaciona el pensamiento de Žižek con la Revolución Cultural China. Para tomar una postura, dice Ruda, todo depende de cómo contar este periodo histórico, hay que partir primero de tener una interpretación de la Revolución Rusa, y luego, tener en cuenta las palabras de Mao: hay que oponerse a toda aplicación mecánica de las experiencias porque corremos el riesgo de tener una “ceguera situacional”. También es necesario revolucionar el concepto de revolución. A partir de aquí comienza un extraordinario texto filosófico. Como sólo tomé el papel de un hueco reseñista, no podré hacer la encendida exposición de este texto, pero sí recomendar su lectura (mi elogio entusista abarca de la página 121 a la 143).

 

Ricardo Espinoza Lolas Lolas y Slavoj Žižek. La escuela eslovena, tr. Antonio Rojas Cortés. México, Paradiso, 2024.

lunes, 15 de septiembre de 2025

Contrapunto, de Aldous Huxley



Muy pronto se cumplirán cien años de la publicación de Contrapunto (1928), la célebre novela de Aldous Huxley (1894-1963). Célebre por poco tiempo, pues en 1932 apareció Un mundo feliz, la cual arrebató gran parte de su trascendencia. Sin embargo, se trata de un texto virtuoso en su entramado, pues el título se refiere precisamente a la técnica con que algunas obras musicales combinan diferentes voces, líneas melódicas que siguen su propia lógica pero que progresan en relación con las demás. En este sentido, la novela narra la historia de varios personajes, cada uno persistiendo en sus propias emociones, proyectos narrativos, intereses científicos o políticos, en sus infidelidades (la novela es, también, un sistema de personajes infieles). No sabemos qué ocurrirá con los destinos humanos en la compleja polifonía de nuestas vidas, así que la resolución de las personalidades siempre podrá ser sorpresiva. Me imagino que en Contrapunto se encuentra esa idea dostoyevskiana de que un solo ser humano puede encarnar todos los destinos, toda la gama de emociones y reacciones. Y como tampoco sé cuántos años después de publicada una novela se puede hablar de ella como si ya todos la hubiéramos leído, cometo la falta de tacto de hablar de Maurice Spandrell, diciendo que se convertirá (junto con Frank Illidge, un biólogo comunista) en el asesino de Everard Webley, un joven dirigente fascista. Antes de continuar, hay que decir que Illidge no es visto como un comunista heroico, sino como un joven resentido, una víctima de la manipulación, pues Spandrell es aquí el cerebro del crimen, alguien que busca en el asesinato una razón metafísica. Matar para pedirle a Dios una respuesta, una señal. Nuevamente, pienso en Dostoyeski, en la reflexión de Raskolnikov, que mata como matan los grandes hombres. Pero en su caso, no resiste, no está a la altura de nada. Y Spandrell, él no recibe ninguna señal divina. Recibe el silencio. Lo que adquiere bastante significado en una novela hecha de sonido. Después del estruendo protagónico y dramático de su papel en la trama, viene un declive, un pasaje melancólico. El crimen, ante los ojos de la conciencia. Hace unos días vimos el asesinato de un ultraderechista, Charlie Kirk, y vimos cómo al pensamiento de la derecha se le hacía agua la boca, pensando en que detrás de ese crimen estaba algún izquierdista o alguno de sus fantasmas favoritos. Así que parece que le darán vuelta a la página, porque la causal del crimen no los favorece. Volvemos, como hace un siglo, a momentos equiparables, a reflexiones homólogas. El reciente crimen hace necesario reforzar la idea de que el discurso de odio no es parte del pensamiento de izquierda. La novela de 1928 nos dirige a otros pensamientos muy diversos. Nos lleva a preguntarnos –según el escritor Juan Antonio Gaya Nuño– quién es el protagonista en esta novela en que cada uno de los personajes parece serlo en algún momento. Y resulta serlo, de manera pasiva, la víctima: Everard Webley. Parece que es difícil saber si existe un modelo para este personaje. Quizá, el enigma central no sea ése, sino dilucidar qué tipo de sociedad puede incubar el fascismo. Parece que no hemos terminado de resolver este problema.

 

Aldous Huxley. Contrapunto Point Counter Point (1928), tr. Lino Novás Calvo. Barcelona, Edhasa, 2018.

viernes, 30 de mayo de 2025

Flush, de Virginia Woolf



Nada más bonito que hacer la biografía de un cocker spaniel, el más bello entre todos los perros, el más cariñoso, el más entrañable. Hablo así porque de niño traté con uno, al que extraño desde entonces, porque murió envenedado cuando yo tenía ocho años, y que se llamaba Balú. Me gustaría hacer su biografía, pero luego de tantos años, recuerdo muy poco de él. Me gustaría hacer biografías de perros y gatos, de algunas plantas también. Tengo una en mi balcón que estoy seguro que tiene una personalidad única. Tengo la costumbre de hablar con ella, y sé que le gusta que la acaricien y la tomen en cuenta. El gran João Guimarães Rosa escribió sobre un burrito, no su biografía sino un solo día de su vida. Largas páginas, porque su vida era realmente interesante (se llama “El burrito pardo”, y está en su libro Campo general y otros relatos). En el caso de Virginia Woolf (1882-1941), al escribir esta biografía sus intereses eran otros. Dice la experta Marta Pessarrodona, en el epílogo al libro, que la novelista inglesa más que escribir sobre un perro quería sentir como él. Quería saber qué significa ser un perro, y eligió uno de los más notables, Flush, el cocker spaniel de la gran poeta del siglo XIX, Elizabeth Barrett Browning (1806-1861). Ser un perro es bastante interesante, aunque eso causa que dejemos de enterarnos de muchas de las cosas de su dueña. Flush se interesa más en los espacios, los olores, los otros perros, los viajes, el regazo de su dueña… Nosotros quisiéramos saber un poco más de Elizabeth. Sabemos que un día tomó entre sus brazos a Flush y dejó la casa paterna para huir con su prometido, el poeta Robert Browning. Lo sabemos porque Flush tuvo una gran emoción de conocer Italia, a donde ambos esposos huyeron. Pero este pequeño perro no supo que el padre de Elizabeth nunca le perdonó haberse casado… Virginia Woolf quiso saber también qué se sentía ser niña (adulta ya, había olvidado ese periodo), quiso saber qué se sentía ser hombre (lo escribió en su novela Orlando). Uno debe de aprender, si quiere especializarse en este tipo de biografías, que los periodos de la vida de los animales y las plantas son muy diferentes a los nuestros. En el caso de Flush, la vida en Italia fue importante, pero también fue la época en que llegó a la vejez, poco después de los diez años. Elizabeth le dedicó a Flush bello poema de agradecimiento por haber estado a su lado siempre, sin importar que ella, enferma, estuviera en una habitación cerrada y casi sin luz. Pero como Flush no tenía ningún interés por la poesía, no aparece en estas páginas, ni parece haber sido relevante en su vida. Fue bastante más importante para él su secuestro, pues por los días en que era joven, se acostumbraba robar a los perros para pedir rescate a sus amos. Flush sufrió tres secuestros, pero para comodidad de los lectores, la autora de la biografía decidió convertirlos en uno solo.

 

Virginia Woolf. Flush Flush: A Biography (1933), tr. Rafael Vázquez Zamora, epílogo de Marta Pesarrodona, 2ª ed. Barcelona, Destino, 2004. (Col. Destinolibro, 66)

domingo, 18 de mayo de 2025

Radio Benjamin, de Walter Benjamin



Entre 1927 y 1932, Walter Benjamin (1892-1940) condujo alrededor de cien programas de radio dirigido a niños y jóvenes. Desafortunadamente, fue una actividad que no le interesó mucho a su creador y un poco menos a sus estudiosos. Generalmente, cuando se habla de Benjamin se dice muy poco que fue guionista y locutor, y es una lástima pues en esos programas está la base de su pensamiento filosófico, enunciado de una manera amena, en guiones en que se dirige a sus jóvenes radioescuchas con pasión y sin considerarlos un auditorio de segunda. Ojalá existieran hoy locutores que se dirigieran de ese modo al público infantil. Hay un aspecto en que Benjamin se parece a otros artistas de su tiempo, y es que no es raro que se mire a los medios audiovisuales como un bache en una exitosa carrera intelectual. Octavio Paz nunca quiso acordarse de que había compuesto una canción que cantó Jorge Negrete, y José Revueltas no tenía especial interés en hablar de sus guiones cinematográficos. Por varias razones, pero básicamente por un error en la censura nazi, tenemos ahora poco más de cuarenta guiones de los que leyó Walter Benjamin en un momento pionero de la radio en el mundo (en los años 20 era una industria realmente naciente). Los temas pueden agruparse en tres: los que se refieren a Berlín y a su gente, a personajes de la cultura alemana y grandes tragedias modernas (además de la destrucción de Pompeya). Todos los capítulos llaman la atención, desde la persecución de las brujas o el terremoto de Lisboa, pero a mí personalmente me atrajo la historia de los gitanos. Historia narrada con comprensión para ese pueblo generalmente incomprendido. Hubo programas asimismo dedicados al enigmático Kaspar Hauser, a la vida y características de los perros y a la toma de La Bastilla, pero me permitiré enfocarme por cuestiones de gusto personal en los gitanos, quienes viajaban por Europa en sus características carretas. (¿Recuerdan que Django Reinhardt pasó sus primeros años en un campamento instalado cerca de París? El mismo que se incendió accidentalmente en 1928). Aunque comenzaron su peregrinar por Europa en tiempos del emperador Segismundo (a mediados del siglo XV), en tiempos en que Benjamin se refería a ellos, era común verlos ganarse la vida con sus osos amaestrados, como equilibristas o como pirófagos. Al principio fueron bien recibidos por los países por los que pasaban; llevaban una carta de protección de Segismundo, Rey de Bohemia, por lo que comenzó a llamárseles bohemios, aunque no todos provenían de esa región. Pero los franceses creyeron que su origen era el reino de Bohemia e identificaron con ese lugar el ideal de la vida libre y despreocupada, de ahí que la bohemia sea una forma de vida y una manera de la existencia vagabunda… La carta del Emperador le servía a quien la mostraba para no ser deportado. Para gozar del libre tránsito por los países recurrieron a numerosas astucias, como decir que provenían del Pequeño Egipto. En realidad, en sus tradiciones ya no quedaba casi rastro de sus tradiciones reales, pero un lingüista del siglo XIX descubrió que su lengua provenía del Indostán. Pero afirmaban que provenían del Pequeño Egipto, nos explica Benjamin, porque ése era el lugar que se creía el origen de la magia, ocupación que le dio prestigio y trabajo a este pueblo. Por otra parte, la radio, que sobrevive pese a su condición efímera, es otra forma de la magia, aunque no lo viera así Walter Benjamin.

 

Walter Benjamin. Radio Benjamin, tr. Joaquín Chamorro, ed. Lecia Rosenthal. Madrid, Akal, 2015.

jueves, 8 de mayo de 2025

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick



En esta novela de Philip K. Dick (1928-1982), los animales reales son uno de los mayores lujos que las personas pueden darse. Luego de la destrucción que provocó la Guerra Mundial Terminus, la propia vida parece un bien escaso en la Tierra, pues de hecho, gran parte de la humanidad abandonó el planeta para vivir en Marte (aparentemente, con una calidad mejor). Bueno, no se sabe bien. Las noticias que llegan de ese planeta son pocas y confusas. Aquí, en la Tierra ha quedado un polvo persistente que no deja ver el cielo, una penumbra constante y pocos habitantes que no tienen muy claro en qué mundo viven. Nosotros, los lectores, tampoco tenemos mucha claridad, pero intentamos penetrar en la oscuridad de la trama. Es un mundo en que los “replicantes”, es decir: los robots semejantes a los hombres, se vuelven tan similares que necesitan ser erradicados. Los encargados de hacerlo son cazarrecompensas que cobran por cada robot infiltrado. Son tan similares a nosotros que se los medios para reconocerlos tienen que ser cada vez más refinados. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? fue publicada en 1968, pero creo que ahora, casi seis décadas después, se asoma en verdad el terror que palpitaba en estas páginas. Eso se debe a que vivimos el tiempo en que la tecnología ha logrado su mejor acto de magia: hacer el mejor retrato, no del ser humano, sino de su conciencia. No logramos desprender aquello que es sólo una serie compleja de operaciones matemáticas de lo que parece ser humano. Mucha gente se olvida de que está frente a un número de ilusionismo para creer en la conciencia creada por la tecnología. Pero ciertamente, estamos a punto de confundirlos a ambos. Sólo que la novela de Philip K. Dick todavía es inalcanzable: vemos a los robots gozar del arte, cantar, apreciar la ópera y las artes plásticas. Una de ellos tiene curiosidad por el sexo. Parecen tener miedo. Y el propio protagonista, llega a tener miedo de ser él mismo un robot. ¿Sería posible? ¿Puede ser que él tenga recuerdos falsos y que sea en realidad uno más de aquellos replicantes? Bien visto, la propia literatura tiene esa probabilidad. El lenguaje puede ser el disfraz de una máquina que no tiene conciencia. Como cuando la IA nos escribe un texto, nos responde una pregunta… Diferente a muchas distopías que sueñan con un poder extremo, esta novela presenta una sociedad que parece funcionar sin un poder que controla todo atrás de las apariencias. Por el contrario, hay dos corporaciones policiacas que no saben de sus mutuas existencias… Toda la gente está al pendiente de un solo programa de televisión, y parece practicar una sola religión. Pero estos dos poderes son independientes y falsos. Pienso que no tenemos miedo de crear una verdadera inteligencia artificial (eso parece un simple acto de magia), sino de darnos cuenta un día (¿pronto?) de que vivimos entre interlocutores inexistentes. Una compleja sociedad  en que nuestros interloctores se encuentran construidos de vacío.

 

Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Do Androids Dream of Electric Sheep? (1968), tr. Miguel Antón, 1ª ed, 3ª reimp. México, Minotauro, 2024.

domingo, 27 de abril de 2025

Paseo libertino por el Extremo Oriente



A lo largo de las clases del Taller literario que daba en la Facultad de Filosofía y Letras, Jorge López Páez indadagaba nuestros intereses. Nos preguntaba por qué autores sentíamos curiosidad, o nos recomendaba escritores que consideraba útiles para nuestras inquietudes. “A usted”, me dijo un día saliendo de la Facultad, “le recomiento a Julian Barnes, que escribió una novela muy notable que se llama El loro de Flaubert, y las obras de Christopher Isherwood”. Confieso que hasta hoy no he llevado a cabo ese consejo, pero como ven, no lo dejo en saco roto. “¿Usted por qué libro se interesa?”, me preguntó una vez en clase. “Por Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire”. Al final del semestre nos hacía una comida en su penthouse de la calle de Havre, pequeño enclave de aspecto francés en la exafrancesada colonia Juárez. Nos regalaba un libro a cada uno de nosotros, sus alumnos. A mí me extendió éste, de Apollinaire (1880-1918). “Yo no sé para qué quiere usted eso, pero en fin…” Hoy también yo me pregunto eso mismo… Pero en ese momento tenía entre mis manos pornografía, pero también incesto, pedofilia, sangre, asesinato y cosas bastante más intensas. Todo eso en las primeras páginas es bastante excitante, pero a partir de cierto momento ya no tanto. La libertad de escribir de todo, pero sin pretextos filosóficos como hicieran los pervertidos dieciochescos, es una gran conquista. A lo largo de bastantes páginas, la vida del apuesto príncipe rumano Mony Vibalano emociona, transmite su emoción por los placeres impúdicos de París. Pero luego, para escapar de tanto sexo seguido, uno prefiere pasear la mirada por el contexto, para darse cuenta que el final de la novela ocurre durante el sitio de Port Arthur, en plena Guerra Ruso Japonesa, y eso que el autor procura darle más emoción a las escenas de depravación, con violaciones y decapitaciones de niños, o con animados retozos entre sangre y tripas, como aperitivos del desenfreno. A finales del siglo XIX, el expansionismo ruso (ya construido el tramo oriente del ferrocarril transiberiano) buscaba un puerto que no se congelara el invierno, como Vladivostok, lo cual encontró en Port Arthur (hoy Lüshunkou, en China). Este puerto sería el punto de salida de las mercancías rusas (y algunas que llegaban desde Europa) hacia el Lejano Oriente. Japón ofrecía reconocer el dominio de Rusia en el norte de China, a cambio de mantener su dominio en Corea, pero Rusia no lo aceptó. La noche del 8 de febrero de 1904, los japoneses atacaron sorpresivamente Port Arthur, a lo que siguió una guerra y un asedio que duró poco más de un año, hasta que rusos y japoneses firmaron un tratado que beneficiaba a Japón. Un tratado que le valió el Premio Nobel de la Paz de 1906 al presidente Theodore Roosevelt por su papel como mediador en este tratado. El príncipe Vibalano se paseaba por las calles de Port Arthur seguido de cerca por un vigilante japonés, quien le contó acerca de su mujer, la que dejó en Japón… “Mientras me espera, piensa en mí y tañe las trece cuerdas de su kó-tó de madera de polonia imperial o toda el sio de doce tubos.” Qué extraño, ¿y qué hace ese soldado cuando tiene ganas de satisfacerse? Pues mira cuadernitos de relaciones sexuales de mujeres con pájaros, tigres, perros, peces y pulpos, y demás escenas priápicas. Todo el ejército japonés tiene esos cuadernitos que le ayudan a estar lejos de su patria. El tema central, pienso, es el de la libertad creativa, aquella que nos despliega la historia de la literatura ante nuestros ojos y nos dice: “Éstos son los terrenos que los escritores se han atrevido a transitar”. Ciertamente, sólo me atrevo a atravesarlos pero como lector. En general, todos nos detenemos mucho antes de llegar siquiera a una palabra prohibida, a una idea censurable. ¿Ése es el mérito de Apollinaire? Tal vez, y tal vez lo convierte en un artista solitario, una especie de eremita en el desierto de la depravación. Mira con sorna los productos de las alucinaciones que tanto miedo nos dan. Las combinaciones sin límite entre las depravaciones que nos aterran. ¡Miren, las describe, las analiza, las contempla, y sin fines filosóficos como el Marqués de Sade! No hay detrás de sus bestialidades esa inmensa arquitectura de la racionalidad filosófica. Hay Libertad. Básicamente eso. ¿Pero qué mira por entre los heridos de la guerra? Ahí, entre las camillas, un herido llamado Katache le cuenta cómo es que las tragedias de su vida han hecho que combine la tragedia con el placer convirtiéndolo en un masoquista. Le cuenta cómo es que su madre enloqueció creyéndose convertida en una letrina sobre la que todos iban a defecar. “Hubo que encerrarla el día que se figuró que la fosa estaba llena”. Lejos de escandalizarse, Katache se excitaba terriblemente con los relatos de su madre. El príncipe Vibalano le lee las cartas en que le relatan que su mujer lo engaña con un vendedor de pieles, cartas que lo hacen sufrir y disfrutar a un mismo tiempo. Katache, que ama a su adorada Florence, no la puede poseer, pues ella no lo quiere, pero se deja poseer por todos los demás hombres. Pienso que todos los personajes que se atraviesan por la vida de Mony Vibalano tienen detrás de sí una historia de libertinaje y de depravación, qué alegre perspectiva de la vida, pero no la he puesto en práctica, no he sido confidente en este sentido, aunque pienso que seguramente todo depende de lo que el narrador quiere ver. Si se mira la vida pensando en este hilo narrativo, es seguro que la realidad proveerá al narrador del material necesario. Bueno, a Katache le reservó sólo sufrimiento colindante con el placer. Casado con su amada Florence, se dirigieron a París, en donde ella buscaba perder la virginidad, sólo que no tenía reservado ese privilegio para su esposo, sino para un francés. Conoció a uno de ellos durante una batalla de flores, esa tradición en que se lanzan flores a la multitud desde carros decorados. Próspero, un joven de Niza que de inmediato miró a Florence. Ella se subió al carro de él, lo abrazó y lo besó, ante la mirada de su esposo. Era el elegido para quitarle la virginidad. Florence lo invitó a su cuarto de hotel, le señaló un sofá a su esposo para que se sentara, y le dijo: “Vas a asistir a una lección de placer, procura aprovecharla”. Después de una lección que duró unas diez demostraciones, el desdichado marido le pidió a su esposa oportunidad para ejercer su turno, pero ella prefirió que llamaran a su perro, un gran danés con el que tuvo algunos problemas a la hora de terminar. Katache tuvo que recurrir al agua fría apra separar a su mujer y a su mascota. “Mi mujer perdió las ganas de hacer el amor con perros desde aquel día”, nos aclara. El resto de la historia consiste en la descripción de las muchas personas que satisfacen a la hermosa Florence ante la impotencia de su marido, quien sufre lo mismo que los mártires de la Iglesia Católica al ver a su mujer entre los brazos de todo tipo de gente. Fue entonces que una orden de Su Majestad llevó a Katache al frente de guerra, mientras en la lejanía la hermosa Florence lo seguía engañando. ¡Qué maravillosa historia, con qué alegría la siguieron Mony Vibalano y una enfermera polaca que asistía al enfermo! Les causó tanto placer esa historia que no se les ocurrió otra cosa que azotar al narrador hasta hacerlo sangrar. Este libro (publicado anónimamente) encantó a los cubistas y a los surrealistas. Yo opté por sólo relatar algunos pasajes, disfrazado de fantasma, dentro de las oraciones escritas por Apollinaire. ¿Para qué? Quizá, sólo para sentir la lejana brisa de la libertad de escribir lo que sea, sin freno, para recorrer los dominios que autores como Apollinaire, efectivamente, añadieron a los dominios de las artes.

 

Guillaume Apollinaire. Los once mil falos Les Onze Mille Verges ou les Amours d'un hospodar (1907), tr. Josep Elías, 5ª ed. México, Premià, 1982. (Col. Los brazos de Lucas, 1)