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sábado, 18 de abril de 2026

En torno de una muerta, de Alberto Leduc



Voy a recordar rápidamente qué fue el Decadentismo. Como fue hace tanto tiempo, quizá no lo tengan presente. Eran los tiempos en que la Sociología le había quitado misterio al mundo, y la vida era retratada en las novelas naturalistas. Había que devolverle a la realidad algo de magia, era posible hablar incluso de la putrefacción social sin quitar la trascendencia al arte. El aura de lo divino puede posarse en lo más bajo y en lo más podrido. Alberto Leduc (1867-1908) fue uno de aquellos decadentistas. Nació en Querétaro pero vivió en Tlalpan. Por desgracia, su hijo, Renato Leduc, nos dejó muy poco del mundo literario de su padre. Quizá a él y a sus amigos los consideraba cursis… Pero fue el mundo del Duque Job y sus seguidores, Amado Nervo, Rubén M. Campos, Manuel José Othón… Renato pudo haber sido la llave a ese mundo entre sus más cercanos, Agustín Lara, María Félix, Diego Rivera, Leonora Carrington…, pero creo que con nadie compartió ese mundo. Yo abro con fruición los libros que se editaron cuando moria el siglo XIX y paseo la mirada por los cuentos decadentistas. En ellos es imposible hablar claramente de la historia de una madre soltera de la que se enamora un joven con alma de poeta maldito. No, una historia así no se puede referir de este modo. Se tienen que dar numerosos rodeos para que los lectores acepten poco a poco el pecado social de caer en la perdición. A cucharadas se tiene que degustar una trama semejante. Una mujer soltera que cae en el pecado no tiene otra opción que casarse para tapar su terrible falta. Pero si no se casa, tiene que arrastrar con el fruto de su pecado por un munso que prefiere respetar las formas que sentir piedad (en eso consiste una sociedad farisea, término que también ha de haber caído en el desuso). Una madre soltera no tiene derecho a compartir el espacio de la gente decente, por lo que la protagonista tienen que irse a vivir a un pueblo. Allí, en el secreto de una iglesia, se reúne con el joven poeta enamorado, que mira en ella, más que a la mujer, el aura de su culpa. Es imposible el matrimonio entre ellos porque él no podría soportar que hubo otro antes que él, que dejó un fruto, una hija, que mancha todo. Así se deshoja literariamente la hipocresía social. Las almas que pecan se vuelven marginales y deben de encontrarse en la marginalidad, sólo para aceptar que tampoco pueden estar juntas. Otro espacio marginal favorito de los decadentistas fue el cementerio, sitio en el que sus habitantes pueden hacer la crónica de sociales más inobjetable. No se hace mejor disección de la vanidad humana que en la tumba. Desde ese sitio se contempla el día después de las promesas. Los muertos pasean por el cementerio sucio, lleno de flores secas de los vivos. ¿Cuándo dejarán de venir a lucir su arrogancia? Sería mejor el cementerio sin la visita de los vivos. Me pone de buen humor el desencanto de Leduc. Me encantaría decírselo. Desafortunadamente, creo que no abre la correspondencia que le llega de los vivos…

 

Alberto Leduc. En torno a una muerta (1898), ed. Alfonso D’Aquino. México, Odradek, 2024.

domingo, 12 de abril de 2026

Hannah Arendt (pero pasando por la actualidad)



Israel representa hoy la forma genocida del colonialismo europeo. Su idea de una guerra permanente es llevada hoy por dos criminales de guerra, Netanyahu y Trump. Mientras escribo están en suspenso las negociaciones de paz en Pakistán. Israel es el país más odiado del mundo, más incluso que Estados Unidos. Y ese odio es sólo comparable con la indignación moral que aparenta tener Netanyahu. Amenaza a España porque el presidente español se atrevió a decir en voz alta lo que cualquier nación digna tendría que decir. Sin embargo, la guerra ideológica también la están perdiendo los genocidas. Aunque la amenaza de destruir Irán en una sola noche no despertó la respuesta internacional que se merecía, hubo una expectación universal. Los justificadores del genocidio usan como defensa el supuesto antisemitismo, cuando la mayor parte de los israelíes no son semitas. En estricto rigor, los líderes israelíes han sido desde siempre criminales europeos que han cambiado sus apellidos para aparentar ser originarios de Medio Oriente. Mi idea de Israel ha cambiado poco a poco, pensé mucho tiempo que era un derecho de un pueblo. Pero el expansionismo, el colonialismo, el odio cultural al islam, el supremacismo, la ignorancia, todos estos elementos, tienen que ver con el plantemiento que hace un país unido por la idea de religión, de una ideología que recoge antiguas mitologías como base de un derecho. (Viejas historias llenas de violencia). La propia creación de Israel como país tiene raíces confusas, ya que fue concebido por personajes progresistas que buscaban una salida a la persecusión nazi (sin saber que esa idea contendría el huevo de la serpiente). La creación de un estado judío es anterior a la Segunda Guerra Mundial, des 1910 se hicieron viajes a la región para valorar Palestina como sitio de establecimiento. Justin Godart (1871-1956) fue un político francés dedicado a la causa de la salud y la protección de los migrantes, y que combatió al gobierno colaboracionista de Vichy. Salvó a numerosos judíos de la persecusión nazi, y creó en 1933 el comité Agricultura y Artesanía para dar trabajo a los judíos alemanes que partían para Palestina. La idea central era dar educación técnica, enseñar francés e historia del pueblo judío a los futuros trabajadores de Palestina. Se necesitaba un comité en que participara un gran número de personas, pues debe considerarse que había grupos negociando terrenos en la zona de Palestina. Godart tuvo el apoyo del estadounidense James Grover McDonald (1886-1964), Alto Comisionado de la Sociedad de Naciones para los Refugiados procedentes de Alemania. McDonald sostuvo conversaciones con el gobierno nazi; como hablaba fluidamente el alemán, se ganó la confianza de los alemanes. En su diario dejó escrito que oír hablar a los alemanes sobre los judíos “daba escalofríos”. Se comprometió con la causa sionista a tal grado que años más tarde se convirtió en el primer embajador de EU en Israel. En una ocasión defendió al primer ministro Ben-Gurión –otro falso semita: era polaco de nacimiento, de apellido Grün– cuando se enteró de que el presidente Truman amenazó con imponer sanciones a Israel. La causa: que este país planeaba la anexión de la Franja de Gaza. El escritor Thomas Meyer explica que prácticamente desaparecieron todos los papeles de Agricultura y Artesanía, comité en que trabajó Hannah Arendt (1906-1975), aunque no se sabe con exactitud qué hizo ahí (Hannah Arendt. Una biografía intelectual. Anagrama, 2023). (Arendt era entonces una joven académica, exalumna de Heidegger, que venía de la filosofía pero se dirigía a la política, que deseaba una beca que le permitiera instalarse en Estados Unidos. Su interés era explicar el moderno antisemitismo pero basada en categorías políticas. Sin embargo, no obtuvo entonces esa oportunidad.) Me parece importante Hannah Arendt porque fue una intelectual contemporánea de la idea de una nación para el pueblo judío. ¿En qué momento esta idea se envenenó? Desafortunadamente, la biografía de Meyer no me aclara mucho, es un libro hecho para los conocedores de la obra de Arendt. Pero se mira una intelectual con una conflictiva relación con el comunismo aun cuando fue una gran amiga de Walter Benjamin. Su segundo marido (1929-1937), Günther Anders, era un comunista cercano a Bertolt Brecht, pero ella tenía más interés en el activismo sionista que la llevó a acercarse a los intelectuales judíos de Francia que apoyaban la emigración a Palestina. El pensamiento de Arendt puede parecer incómodo para izquierdistas y derechistas: su idea del totalitarismo puede tener un uso ambiguo, en contra del capitalismo o del comunismo. Desafortunadamente, no se dedicó mucho a la literatura, aun cuando leyó a Rilke y a Kafka. Sin embargo, uno de sus textos más importantes se basó en la novela El corazón de las tinieblas (1899), de Conrad. Kurtz, el personaje que se vuelve un semidiós en una tribu africana, es la encarnación del mal. Arendt dice que Kurtz representa “a un nazi”. O sea que la realidad que vivió Europa a partir de 1933 se prefiguró antes, en la literatura. La Historia nos da una lección ya que ocurrieron los hechos. Pero la literatura puede hablar previamente. El gobierno nazi le quitó a Arendt la nacionalidad alemana, y hasta que en 1951 adquirió la estadounidense, fue apátrida. Eso quizá explica las grandes alabanzas a los EU en su obra. Provenía de una familia de mercaderes judíos de Königsberg, la ciudad de Kant, pequeña, sin espacio, por lo que los edificios sólo podían crecer hacia arriba, edificios profundos que a veces tenían en el frente alguna cervecería. Puerto comercial, Königsberg prosperaba, pero tenía que luchar por renovar la infraestructura marina para poder continuar sus exportaciones a Alemania. En algo se parece la vida de los antepasados de Arendt a Los Buddenbrook, esa saga de varias generaciones. La muerte del venerado abuelo paterno, Max Arendt (1913), fue muy comentada en la ciudad. El funeral fue el adiós de un patriarca de carácter áspero, pero religioso y caritativo, al que acudieron las autoridades de la ciudad. Königsberg, Linden-Limmer (la ciudad natal), París, Lisboa (por donde huyó de Europa) y Nueva York, en donde se instaló. En 1941 comenzó su trabajo intelectual en los Estados Unidos. Desde este país observó constantemente todo lo ocurrido en Palestina. Escribió contra los grupos terroristas Irgún y LEHI, que se distinguieron por asesinar a ciudadanos árabes. (El LEHI incluso consideraba alianzas tácticas con Hitler). Por su parte, el Irgún es el antecesor del actual Likud, el partido del genocida Netanyahu. Ya entonces, escribía en torno al entendimiento entre judíos y árabes. El pensamiento de Arendt me atrae y me aleja. Por un lado, estuvo en contra de la persecución a comunistas de parte del senador McArthy, pero escribió a favor de la Revolución húngara de 1956. Thomas Meyer concluye que fue una escritora que se hizo visible relativamente tarde. Sobre todo, fue junto con Theodor Adorno, quizá, los dos primeros intelectuales que usaron la prensa, la radio y la televisión, para difundir su pensamiento. Son mis apuntes sobre una autora que no renunció a la discusión pública, y que me sirven para articular algunas ideas sobre cuestiones que están ocurriendo hoy.


Thomas Meyer. Hannah Arendt. Una biografía intelectual (2023), tr. José Rafael Hernánez Arias. Barcelona, Anagrama, 2025.

domingo, 5 de abril de 2026

Un gongorino de Madagascar



Leo de nuevo este libro de Alfonso Reyes y recuerdo las clases de su nieta, Alicia, en la Capilla Alfonsina, la inolvidable casa de su autor. Ahí, durante meses, leímos poco a poco La experiencia literaria, comentando algunos aspectos y dejando para después muchas anotaciones. Naturalmente, en este volumen están los apartados dedicados a la crítica literaria y su culminación, que es el juicio en torno a la obra (confieso rehuir sistemáticamente el ejercicio de esta potestad), a las jitanjáforas y a muchas de las diversiones más o menos eruditas a que nos tiene acostumbrados Reyes. Por ejemplo, le gusta referirse a la cantidad de palabras similares que tienen idiomas como el español, el catalán, el portugués y el italiano. Son idiomas que se entre-adivinan, nos dice. “Son muchos los peligros de la cercanía” y para poder hablarlos se necesita de acrobacia lingüística, sería como partir un cabello en cuatro partes. Y viene ahora una frase que subrayé y que el autor anota con ánimo de no olvidarla: “¡Me río del malgacho que traduce a Góngora!” Es más fácil esta aparente proeza que bregar entre lenguas parecidas. La nota a que me refiero es la que nos aclara que efectivamente hubo un gongorino en Madagascar: “Mi llorado amigo Rabearivelo, poeta hova”. Se llamó Joseph-Casimir Rabearivelo (1901 o 1903-1937) pero cambió su nombre a Jean-Joseph para tener las mismas iniciales que J.J. Rousseau. Su afición a Francia lo llevó a cartearse con Gide y Valéry. Desde Madagascar, isla de la que no salió nunca, se enteró de la existencia de la revista Monterrey, que publicaba Alfonso Reyes y que enviaba por correo a sus amigos literarios. En mayo de 1932 le escribió una cartas desde Antananarivo para pedir que le llegara regularmente esta publicación. Llegaron varias cartas; una en que disertaba sobre las relaciones musicales entre el español y el hova, su lengua natal, otra en que pide una fotografía de Reyes para poder conocerlo y otra en que manda su propio retrato dedicado. Cuenta de la enfermedad de su hija (que morirá a los tres años), de sus proyectos literarios (uno de los cuales, Ventanas, piensa dedicar a Reyes) y comienza a evocar a Góngora. Finalmente, en 1933 anuncia que está por terminar su traducción rítmica al hova de las Soledades. Ya antes, en el número 6 de Monterrey, Reyes dio cuenta de la publicación de tres sonetos del poeta cordobés (“descaminado, enfermo, peregrino”, “Tras la bermeja aurora, el sol dorado” e “Ilustre y hermosísima María”), pues Rabearivelo tenía su propia publicación literaria, Ny Fandrosoam-baovao (“Nuevo Progreso”). Reyes no sabía que en su modesta casa, Rabearivelo tenía las Soledades como libro de cabecera y un pequeño busto de Góngora. Aprendió español por sí mismo, con ayuda de un diccionario y en compañía de un quinqué (el artículo “Jean-Joseph Rabearivelo y el mundo hispánico”, de Guillermo Pié Jahn e Irina Razafimbelo, es bellísimo y emocionante). Muerta su pequeña hija y endeudado, al poeta le avisan que no ha sido seleccionado para viajar a París, y se suicida el 22 de junio de 1937. Le manda decir a Reyes por medio de un amigo que su desaparición era voluntaria. Están las cartas a don Alfonso y se han localizado los tres sonetos gongorinos traducidos al hova, pero es poco el rastro hispano de este poeta en nuestra lengua. Lo busco y veo que sólo hay un pequeño volumen en español, Traído de la noche, publicado por la Universidad Villa María (sólo 200 ejemplares). Así, sus poemas y su vida me llegan, como traídos por la noche.

 

Alfonso Reyes. La experiencia literaria / Tres puntos de exegética literaria / Páginas adicionales, nota preliminar de Ernesto Mejía Sánchez, 2ª reimp. México, FCE, 1997. (Obras completas, XIV)