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domingo, 11 de junio de 2017

Allí canta el ave. Ensayos sobre música yucateca, de Enrique Martín Briceño


Lo que más me gusta de la música yucateca es esa apacibilidad romántica de sus letras y la dulzura de sus interpretaciones. Pues muy mal enfoque. Eso no evidencia otra cosa que superficialidad y desconocimiento. Lo interesante es ver cómo en esta especie de música hecha de pétalos del Romanticismo hay una violencia constante. Sí, quieres decir que las rosas tienen espinas, ocultas y todo, pero que pinchan cuando se toman para estudiar el fenómeno con más profundidad. Seguro te fijaste que las canciones yucatecas son la expresión de una sociedad particularmente clasista y de su racismo. Los bailes tan lujosos de la mejor sociedad durante el Porfiriato, ésos trataban de imponer algo, una idea sobre su propio mundo. Los conciertos de música “refinada” se calificaban, a principios del siglo XX, como “exquisitos” y “distinguidos”. Aunque es evidente que gran parte del selecto público no tenía grandes intereses musicales cuando asistía a las veladas, sino que iba a ver qué pescaban o qué criticaban. Eso es más cercano a la realidad, y revisar la utilería del instante –la champagne, bombillas eléctricas y hasta una escenografía que simulaba las ruinas del Partenón– sirve para evidenciar lo que de verdad dice la música. Es sin duda esa manera de hacer estudios musicales, la que define este libro. Cambia bastante la idea de la música cuando se la ve unida a la su momento y a las ideologías contemporáneas. Como que el ramillete cotidiano de canciones pierde inocencia. Hasta la creación de un Conservatorio en Mérida (1873) se mira aquí desde el punto de vista de la confrontación política. Los blancos, que eran el más alto estrato de esa sociedad, buscaban diferenciarse de los mestizos. Sus bailes eran más lujosos y en ellos se tocaban valses, polcas y mazurcas. Nada que ver con los mestizos, que bailaban jaranas y los zapateados. Por supuesto que se trataba también de una sociedad cerrada a casi todas las nuevas influencias. Ante el bambuco (el género colombiano que se hizo popular en Yucatán hacia 1920) hubo muchas reticencias, lo mismo que ante el bolero, de origen cubano. Ricardo Palmerín fue el gran compositor de bambucos, en tanto que Guty Cárdenas lo fue de boleros. Es curioso que hoy sean los compositores yucatecos más populares, mientras que en su tiempo hayan representado la infiltración del extranjero para los músicos académicos. Toda esa placidez de la historia de la música en Yucatán queda fuera de estas páginas. El culpable es un sociólogo francés, Pierre Bourdieu, cuyas miradas a los temas aparentemente insignificantes han hecho que volvamos la vista hacia atrás para contar nuevamente una historia que creíamos concluida.

Enrique Martín Briceño. Allí canta el ave. Ensayos sobre música yucateca. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán. Secretaría para la Cultura y las Artes. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2014.

sábado, 3 de junio de 2017

Obra visual, de Violeta Parra

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Violeta Parra (1917-1967) dejó tapices bordados, pinturas y esculturas en greda. Fue algo espontáneo, una actividad que comenzó a desarrollar mientras se reponía de una hepatitis, en 1958. Seis años después, llevó su material al Museo del Louvre. Sin duda, fue el primer latinoamericano vivo que tuvo ese honor. Ese solo hecho habría consagrado a cualquier artista y le hubiera dado un prestigio definitivo. Pero no en el caso de Violeta. Frente a sus canciones y su trabajo de folklorista, han permanecido desconocidos sus alambres tejidos y sus grandes tapices. Su exposición había quedado como una anécdota en una vida trágica. Y luego, ella había regalado esa escultura, y aquel óleo había quedado en Bélgica… como era una vida errante la suya, su obra se había dispersado. ¿Te acuerdas de las obras de Violeta Parra?, ¿dónde habían quedado? Algunas las hizo en Ginebra, otras en París. Las hizo con el estambre que tenía a la mano, con los pedazos de periódico que quedaban en la casa, sobre un pedazo de madera. Cuando el hambre se instalaba, salía a la carnicería a pedir un poco de pellejos regalados para darle de comer a los gatos. Pero regresaba y preparaba un caldo para poder comer. Y hasta las semillas de frijoles que no se comía, los garbanzos y las lentejas, los usaba para decorar sus máscaras. Su ropa misma estaba hecha de cachitos. Como su madre había sido costurera, le había enseñado a hacer ropa con puros cuadraditos de tela. ¿Y cuál es su método? Ninguno. ¡Ninguno! ¿Y esas composiciones tan complejas, esos cuadros históricos y esas fiestas que se encuentran en sus tapices? Es que fueron ocho meses de reposo, contesta la artista. Como un día vio un trozo de tela, quiso bordar algo. Así que quiso copiar una flor, pero en vez de flor salió una botella y el tapón parecía una cabeza. Así que le puso ojos, nariz y boca. “La flor no era una botella; después la botella no era una botella, era una señora y esa señora me miraba”. Pero no dibujaba previamente nada, todo iba saliendo misteriosamente de los hilos, de los colores, de las manos que modelaban rostros en papel. He mirado largamente estas obras, que ahora tiene la Fundación Violeta Parra, y veo que representan almas. Sus personajes no tienen ningún rasgo personal que los pueda identificar, están desvestidos de piel. Y la artista, ella va acicalando a la casualidad. Es así como van brotando gatos, submarinos, aves o, bien, árboles de la vida, esos árboles que brotan del suelo, o de una cabeza, y que cubren la extensión de un tapiz. Es bonito pensar en esta apacible actividad que le dio ocupación a su neurosis, convirtiéndola en algo bello. Lo que ya no es nada agradable es extender la metáfora de la hilandera como productora de existencias. Violeta Parra como una creativa Parca que degolló su propio destino.

Violeta Parra. Obra visual, presentación de Gonzalo Badal, 3ª ed. Santiago de Chile, Fundación Violeta Parra-Ocho Libros, 2012.

sábado, 13 de mayo de 2017

Notas sobre el oficio de escribir, de Jules Renard

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Sé que Jules Renard (1864-1910) llevó un diario en que anotaba sus reflexiones acerca de la escritura. No sé, por otra parte, qué extensión tenía ese diario ni qué otros temas trataba en él. Con las frases dedicadas al oficio bastan para admirarlo y compartir sus incertidumbres. En este libro se recogen anotaciones que van de 1887 a 1910, las cuales por suerte no son aún tan conocidas, por lo menos en nuestro idioma, así que las podemos citar con bastante éxito en conversaciones y en textos. Miren si no: “Para ver, primero hay que despojarse de todo el rococó que tenemos en los ojos”. Porque el tema central de este autor es la verdad. Desafortunadamente, la literatura no es buena compañía si uno es tan aficionado a la verdad. Nuestros ojos literarios depositan demasiadas cosas sobre la realidad, lo cual nos impide verla adecuadamente. Está bien, olvidemos toda esa palabrería que nos imposibilita ser testigos del mundo, ¿qué encontramos entonces? Un brote mínimo de verdad, una pequeña ganancia obtenida del mundo, ¿y qué es lo que hace el artista con ella sino volverla mentira? Entonces, ¿cuál es el propósito de tanta pasión por la verdad? ¿Será acaso una obsesión por encontrarla, y, una vez realizado este acto, erradicarla? Es más bien que la verdad es una fragancia que embellece la literatura, un perfume indefinible pues no se puede saber qué tanto penetra en el arte, y nos dedicamos, como lectores, a discernir entre las frases. Nos sacamos la comida de la boca para estudiarla, opina el autor acerca de los que analizamos la literatura. Ni modo, esta desagradable ocupación nos produce mucho placer, incluso un doble placer. Descubre también que la belleza en las frases largas, apenas se adivina, no se deja atrapar con facilidad, por eso aconseja renunciar a ellas definitivamente. Las tajantes sentencias de Jules Renard conllevan un peligro: están demasiado cerca del silencio. Entonces, dice, uno puede estar preñado de ideas toda la vida y no parir nada. Por suerte aquí hay muchos aforismos que son como tickets para el mundo del pensamiento refinado, si es que uno quiere aprovechar la entrada. Ese pensamiento consistiría en perseguir la naturalidad, la cual es paradójicamente lo más artificial, lo más complejo. Es decir, pensaba que la literatura no era una forma de podar aquello que naturalmente somos. Por el contrario, sería un punto de llegada para los artistas que por principio buscan la afectación y la retórica deslumbrante. Pero decíamos que la preocupación central de este autor era la verdad. Desafortunadamente, en su caso, es una modesta posesión personal. Y por más que uno lo quisiera seguir, va solo por su camino. Pues él decía: no se trata de ser el primero, sino de ser único.

Jules Renard. Notas sobre el oficio de escribir: Extractos del Diario de Jules Renard, tr. de Abel Vidal. Barcelona, José J. de Olañeta, ed., 2015. (Col. Centellas, 105)

domingo, 7 de mayo de 2017

Conversaciones con Nicanor Parra, de Leonidas Morales


Nicanor Parra es el padre de los artefactos poéticos de que gozamos (o padecemos) hoy. Aunque más frecuentemente: ignoramos. Ya que la poesía, por lo general, no sale de sus propios límites. Y este poeta chileno hace mucho tiempo trabajó por independizarla del oído para convertirla en un objeto visual. No obstante, se trata de uno de los autores con mejor oído entre los poetas del español, que usa constantemente el endecasílabo y que considera que este verso de origen italiano vino a sustituir el octosílabo. En estas entrevistas habla de su afición por Whitman, de sus inicios en el surrealismo y en la literatura folklórica, y en las distintas rupturas que despertaron la desconfianza de Pablo Neruda, como el sentido del humor y el poco interés en convertirse en un poeta nacional. Yo, sin embargo, no alcanzó a seguirlo, pues debo de confesar que conozco poco su obra, apenas vuelo obsesivamente sobre unos cuantos poemas casi modernistas en que habla de su hermana Violeta o aquellos serventesios sentimentales de rima asonante. Ya sé lo que están pensando, que no perdono su ambigüedad con el régimen de Pinochet, ni tanta ambigüedad, diría, su exculpación de poeta que parece un exorcismo ante años de crímenes. Pero entonces, quién es Nicanor Parra, esa elocuencia que se va apagando conforme avanzan las páginas, pues las conversaciones más recientes vienen al final, y nuestra simpatía asimismo se va apagando. El profesor Morales llega armado de enorme conocimiento y empatía, y escribe una presentación a lo que vamos a escuchar. Ay los prólogos académicos. Cuando son buenos, son como una llave que abre una obra y entrega lo mejor de una obra. Pero cuando no, son como una maldición escrita a la entrada de un palacio. En general, los prólogos deberían de ser epílogos, y recibir al lector cuando va saliendo de las páginas de un libro y así poder intercambiar opiniones. De todas maneras, lo que más me interesa está en el interior, es el recuerdo de su hermana, de Violeta, la dulce vecina de la verde selva. Su visión es curiosa, porque la presenta como una especie de esponja que absorbe sin estudiar, que un día, de pronto, escribe, como por milagro, décimas, perfectas y asombrosas. Y que aprendió las canciones al oírlas de las vecinas de Chillán, años 20, florecimiento de milagros. Está bien, comparto ese asombro y ese culto. Ya antes de su suicidio, la idea le revoloteaba, y todos lo sabían, por eso Nicanor le ponía encargos. Y alude a una misteriosa carta que ella le dejó el día de su muerte, el 5 de febrero de 1917, una carta que no ha sido publicada, quién sabe si algún día. Violeta llegó a visitar a su hermano, llegó con unos patos amarrados para que no se volaran. Pero el poeta, al verlos, cortó las cuerdas y volaron todos a la quebrada. “Vamos a perder los patos”, dijo ella sorprendida. A lo largo de la conversación, Nicanor sugirió proyectos, pero ella dijo implacable: “Déjame cantarte la última canción”. Tomó la guitarra y cantó “Día domingo en el cielo”. Fue el último día en que se vieron los dos hermanos. Los patos se habían posado en la quebrada y desde allá los miraban fijamente, atendiendo la conversación, un misterio insondable. Pasa la vida, las admiraciones se desgastan, pero Violeta Parra continúa, para mí, enorme.

Leonidas Morales. Conversaciones con Nicanor Parra. Santiago de Chile,
Tajamar Editores, 2006. (Colección Alameda)

viernes, 28 de abril de 2017

Bienvenido, Mr. USA. La música norteamericana en España antes del rock and roll (1865-1955), de Ignacio Faulín Hidalgo


Es una historia de la música popular española que abarca noventa años, contra lo que dice en el título, pues no se limita a “la música norteamericana”. Por el contrario, pone la influencia de los Estados Unidos en un marco que incluye las músicas de Cuba, México y Europa. Como no tiene gran agilidad para la narración, y como tampoco le gusta mucho contar anécdotas sobre las vidas de los personajes de que trata, la lectura no es, ni de lejos, agradable. Por el contrario, para llegar al final del libro el lector es el que debe colaborar con el entusiasmo. Y eso que hay grandes historias, grandes cantantes y compositores. Debo de confesar que me encanta la música del franquismo, lo cual me hace opinar de manera opuesta a lo que decía el escritor Manuel Vázquez Montalbán, quien desautorizó toda esta época. Ya se sabe que Celia Gámez, la gran argentina que triunfó en España, tuvo como padrino de bodas a José Millán-Astray, es decir, el general que pronunció la temible frase: “¡Muera la inteligencia!” Las primeras veces que oí canciones como “Alas”, sentí culpa, pues se estrenó en 1941, poco después de la llegada de Franco al poder, pocos años después del asesinato de García Lorca. Y Celia Gámez cantaba ese foxtrot con total frivolidad: “Alas para poder volar, / alas pide mi corazón”. Ay, los españoles pedían zarzuelas frívolas con influencia del swing, de la samba brasileña y de los tangos. Este libro es la –justa– exculpación del arte, aun en esa circunstancia. Los españoles querían oír jazz, canciones mexicanas y volver al teatro a escuchar de nuevo: “Por la calle de Alcalá, con la falda almidoná / y los nardos apoyaos en la cadera”. Ciertamente, hay mucho de ese casticismo que quizá las siguientes generaciones españolas aborrecieron: mucha de esta música hoy es difícil de encontrar en Madrid. Pero algo más ocurrió entonces, porque en medio de todo eso, hubo un público que buscaba el jazz. El saxofonista de bebop, Don Byas, que tocó con Count Basie y Duke Ellington, era de madre española, así que viajó a España con gran éxito. Un joven pianista ciego de Barcelona, Teté Montoliu, conoció a Don Byas y a Lionel Hampton en el Hot Club de su ciudad. Ese encuentro fue definitivo para el jazz español. Pero no es lo único importante. Durante muchos y muchos años, hubo un gran número de músicos y de orquestas que trataron de hacer jazz en la España de Franco. Hay dos aspectos en los que esta época de España se parece a México. En primer lugar, que, desde el punto de vista musical, son dos periodos desconocidos en ambos países, pues se conoce sin profundidad la riqueza de toda una época. Y, por otra parte, el hecho de que, en distintas proporciones, las distintas influencias musicales extranjeras modelaron los estilos de moda. Por esa razón pueden escucharse canciones de José Alfredo Jiménez y boleros de Consuelo Velázquez cantadas por grupos españoles. Dentro del mundo de la música se vivía en gran diversión, pero ¿qué hacer si fue el único aspecto que no aparece en las páginas de este libro?

Ignacio Faulín Hidalgo. Bienvenido, Mr. USA. La música norteamericana en España antes del rock and roll (1865-1955), prólogo de Leo Harlem. Lleida, España, Editorial Milenio, 2015.

viernes, 21 de abril de 2017

El intelectual mexicano: Una especie en extinción, de Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodríguez

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El intelectual es un especimen extraño. Ni siquiera hay una taxonomía clara para saber quién es y cuál no. De manera general, aceptamos que se trata de aquel que, sin ser especialista, participa del debate público. Curiosamente, este profesional de la superficialidad es el que más sabe de todo. Quizá se debe a que su oficio es anudar todo aquello que se manifiesta de manera particular. De ahí que los analistas políticos –los que son exclusivamente analistas políticos–, no deberían entrar en esta clasificación. Algunos de los entrevistados en este libro, como Huberto Batis y Emmanuel Carballo, son más bien editores y críticos literarios. Pero qué objetar, si son los que dieron las mejores entrevistas. Lo mismo pensaría de Rolando Cordera, Lorenzo Meyer (¡otra entrevista notable!) o Jorge G. Castañeda, que me parece que entrarían mejor en una clasificación de “analistas”. La presencia de Juan Ramón de la Fuente, por su parte, me parece inexplicable. De igual manera, la muestra de representados se inclina por los miembros de la revista Nexos (hubiera sido magnífica una entrevista con Enrique Florescano), mientras que Letras Libres sólo tiene la voz de Roger Bartra. No sé qué opinen los personajes acerca de la opinión de los autores, para quienes estas entrevistas son algo así como un epitafio, el fin de la “era de los intelectuales”. Desafortunadamente, es algo que ni siquiera tratan con sus entrevistados, pues son más bien conversaciones biográficas, notablemente bien conducidas. En un epílogo, se nos revela lo que los autores pensaban de todo aquello que escucharon. Sin embargo, no estoy de acuerdo con la principal de las conclusiones: que la autoridad vertical sea la única forma de actuar de un intelectual. Es cierto que algunos lo han practicado de manera más autoritaria que otros, por ejemplo: Octavio Paz en mayor medida que Carlos Fuentes. Es cierto que vemos a intelectuales que frecuentemente censuran otras opiniones o no las toleran en sus publicaciones. Pero esa actuación no es consustancial al intelectual. Es el poder el que debería de ser erradicado, por lo que a un intelectual que decida por los demás debería de sucederlo uno que elabore ideas o teorías para luego arrojarlas lejos de sí, para que las utilicen los otros si es que les sirven. Por otra parte, los intelectuales nunca han abundado, siempre han sido pocos. Pero con la sustancia de su obra le han dado sustancia a una época. No han sido sustituidos por los especialistas, pues muchos de ellos, como lo refiere Juan Villoro en su entrevista, son incapaces de redactar un artículo de divulgación. En todo caso, entrarían, al discutir, en un espacio hecho para el debate intelectual.

Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodríguez. El intelectual mexicano: Una especie en extinción. México, Taurus, 2015.

lunes, 10 de abril de 2017

Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares


 
Esta novela trata sobre un tráfico de almas. Algo extraño. Pero más o menos lo que ocurre es que el doctor Samaniego, el médico de un hospital frenopático, logra extirpar el alma, la cual se encuentra en una glándula del cerebro. Tal como lo creía Descartes. Así que Adolfo Bioy Casares (1914-1999) le dio seguimiento a esa idea, y pensó en una época en que la ciencia pudiera localizar el lugar exacto del alma en el cuerpo y así poder curarla. Extraer el alma y sumergirla en la animalidad, es decir: ponérsela a un perro como en un baño de inconsciencia. Y entonces, exponer las consecuencias en una vida cualquiera, en un barrio cualquiera. Pero la manera de resolver la historia es, como acostumbra el autor, darle la vuelta como un calcetín. Es decir, comenzar el relato con normalidad, con la cotidianidad de la vida, para que, en algún momento, esa vida se tope con lo extraño, con esa otra realidad que se ha gestado en la oscuridad. Más o menos es una constante de su narrativa. Por lo que puede ser considerado un escritor de ciencia ficción, más que un autor fantástico. Curiosamente, por más que su tema sea el enfrentamiento del alma con lo extraño, no es un autor misterioso. Quizá tenía una claridad muy poco afín a sus intenciones. Y eso que intentaba algo sobrecogedor, la complicidad de todos los personajes para conducir al protagonista al encierro y quizá a la muerte. No sé si eso se le debe de agradecer o no al autor. Pero hay algo más, algo que me gustaría llamar “cervantino”, en esta novela. Se debe a que, conforme avanza la historia, nos vamos percatando de que estamos ante un manuscrito y de que el protagonista le relata a alguien su historia. Sólo llegar al final nos podrá decir a quién le escribe y desde dónde. Por qué medio le hizo llegar estas hojas a su destinatario, y si es que finalmente llegaron. Lo que quiere decir que el manuscrito tiene su historia propia, que es lo que Cervantes también propone en el Quijote. Ahora bien, hasta cierto momento, el narrador sabe todo de su historia, hasta que sabemos la circunstancia en que escribe su manuscrito. Y el narrador reflexiona sobre el problema en que se encuentra, encerrado, con riesgo de perder su alma y ser sumergido en la animalidad, esa promesa de felicidad del doctor Samaniego. Pero no hay mayor reflexión sobre el alma y su naturaleza. En esta novela, el alma contiene la memoria, se va con ella cuando se le arranca del cuerpo. Por ello, los personajes se llevan sus recuerdos cuando transmigran quirúrgicamente. Ciertamente, la novela no se desborda ni deja misterios sin aclarar. Acaso, el gran misterio es el de saber las relaciones de todos los personajes entre sí. Aquellos que parecen tramar contra el protagonista guiándolo hasta el frenopático para que el médico de almas experimente con su esposa. Pero hay cierta decepción al comprobar que todo aquello que era oscuro se ilumina sin consecuencias realmente perturbadoras.

Adolfo Bioy Casares. Dormir al sol (1973), prólogo de Claudia Piñeiro. México, Emecé, 2015.

domingo, 2 de abril de 2017

Pancho Villa. Una biografía narrativa, de Paco Ignacio Taibo II


 
Yo hubiera contado esta vida de otra manera. La habría organizado de lo más general a lo particular, aclarando cuántas campañas tuvo Pancho Villa y cuál fue la importancia de cada una de ellas. Le habría dado un gran peso conceptualmente a la relación de Villa con Francisco I. Madero, pues parece que siempre le fue fiel. Pero el autor eligió el método opuesto. Es decir, con el peso de toda su investigación va narrando lo que ocurrió día tras día, el cuatro, el cinco, el seis de abril, si Pancho Villa salió o no a caminar por Celaya. En ciertos pasajes del libro, llega a parecer un recurso inacabable. De ahí que se utilicen las notas al final de cada capítulo para hacer apreciaciones preliminares, lo cual hace de esas notas lo más valioso del libro y lo más entretenido. Las grandes periodizaciones las logra el lector una vez que ha recorrido junto a Villa el camino de su vida. Entonces se puede decir que fue un revolucionario inspirado por Madero, y que Carranza no le tuvo nunca confianza, por lo que Villa tuvo conflictos que culminaron en su derrota a manos de Obregón, el único general de la Revolución que nunca perdió una batalla (según escribió José Emilio Pacheco). Una vez trazado el camino principal, se podría rellenar con la abundante información. Pero basta. Me perderé por un caminito bastante marginal en el enorme mapa de este libro. Comencé a subrayar las referencias musicales, las cuales me llamaron la atención desde las primeras páginas del libro. Así me di cuenta de que las batallas revolucionarias y las tomas de las ciudades estaban siempre acompañadas de música, y que prácticamente en toda ocasión se escuchaba una marcha, una polca o un vals. Desde los primeros días del movimiento armado, en 1910, se escuchaba en Ciudad Juárez el repertorio revolucionario. Un pasodoble cuyo origen siempre me había intrigado, “El zopilote mojado”, se tocaba en los días en que Madero se levantó en armas. No se dice que el corridista Samuel M. Lozano había sido adicto a Villa y que éste, en una ocasión, le dio dinero para que se comprar una guitarra. Lozano fue el autor de “Tampico hermoso” y se dice que de “La rielera”. Este músico le puso letra en español a una canción francesa que sonaba entonces en los discos, “Marieta”, por lo que la suposición de que era la oaxaqueña María del Carmen Rubio es un poco arriesgada. Y, en general, aunque las inspiradoras de canciones como “La Adelita”, “Joaquinita”, “Valentina” o “Jesusita en Chihuahua” debieron de tener una musa real, perseguirlas hasta la fuente exacta es un imposible. “La cucaracha” venía ya desde España, por lo que no es exacto que se refiera a Victoriano Huerta. Sí fue la canción que trajeron los villistas a la capital en 1914, y luego se convirtió en una de las más importantes de entonces. A Villa le gustaba hacer ejercicio mientras una banda de música le tocaba la canción “Las tres pelonas”. Eso me lo contó mi amigo el productor de radio Jesús Elizarraraz, quien de niño conoció a Villa en Torreón. Comprobar que una anécdota tan pequeña coincide con las páginas de un libro le da credibilidad a la historia escrita.

Paco Ignacio Taibo II. Pancho Villa. Una biografía narrativa (2006), 13ª reimp. México, Planeta, 2016.

lunes, 27 de marzo de 2017

“Cine y Anticine”. Las cuarenta y nueve entregas, de Efraín Huerta

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Pienso que a Efraín Huerta se le ha caído casi definitivamente el membrete de “periodista”, y que su oficio de “poeta” tendrá siempre la mayor fuerza gravitacional. Es natural, pues la poética de la ciudad, del amor, del relajo y de la soledad, tiene suficiente fuerza como para brillar por mucho tiempo. Pero es una lástima que siga siendo tan desconocido su trabajo cotidiano de periodista cinematográfico. Este libro reúne las 49 entregas firmadas por él en el diario D.F.: La Ciudad al Pie de la Letra, publicadas en 1950 y 1951. Son columnas ligeras, en el sentido de que muy pocas veces desarrollan un tema y casi siempre se diversifica en anécdotas sobre las personalidades del cine nacional. Se nota que el autor tenía toda la familiaridad del mundo con los directores, actores, productores, etc., pero al paso del tiempo, las notas han perdido esa sustancia que sólo da la actualidad. Sin embargo, leyendo se pueden reconstruir ciertas ideas fijas del periodista. La necesidad de una actitud crítica y poco complaciente con el cine mexicano, por ejemplo. El blanco de muchos de los chistes de Huerta es Ernesto Cortázar, quien seguramente era un malo y prolífico director de cine (aunque fue un magnífico compositor, lástima que eso no se note en estos escritos). Por el contrario, los elogios máximos tienen un solo destinatario, Luis Buñuel, y su película Los olvidados. Desafortunadamente, no sé nada del diario que publicó originalmente estos textos (en el prólogo sólo se dice que el director era el cronista de toros Pepe Alameda); sin embargo, debió de haber sido un periódico notable pues me imagino que Los olvidados fue una obra incomprendida en su tiempo. Así que es digno de notarse cómo es que Huerta fue uno de los primeros en dejar por escrito la admiración a una obra que fue acusada de denigrar a México (y que hoy es una pieza considerada patrimonio de la humanidad). El Indio Fernández asimismo es valorado (y criticado al mismo tiempo). En medio de un estilo más bien amable, se deja ver un autor implacable y poco dispuesto a cambiar sus ideas llevado por la amistad. Los nombres que aparecen son los de personas con prisa, que persiguen los pasos de su propia fama. No todos han llegado hasta nosotros, pues, ya sabemos, la fama tiene pocas butacas. Pero se retrata la competencia, el ansia de contratar una estrella, de lanzar un nuevo rostro o de tener un buen guión (es decir, comercial). Las historias del cine mexicano, escribe Huerta, eran extraídas de una novela premiada, de un cuento plagiado, de una canción mala pero de moda, de un folletín escabroso, de una comedia radiofónica, de una leyenda improbable, de un reportaje policiaco o de una biografía convencional. Tal vez era cierto… Curiosa la prestidigitación del tiempo, que con esos elementos produce las obras deleitosamente consumidas décadas más tarde.

Efraín Huerta. “Cine y Anticine”. Las cuarenta y nueve entregas, prólogo de Raquel Huerta-Nava. México, CUEC-UNAM, 2014. (Col. Miradas en la oscuridad)

jueves, 23 de marzo de 2017

Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, de Eva Illouz



Tan inherente al amor lo sentimos, que no se nos hubiera ocurrido preguntárnoslo antes. Pero es cierto, no en todas las épocas el amor se ha revestido de dolor. En tiempos de Jane Austen, por ejemplo, no ocurría así. por el contrario, había todo un camino establecido para el cortejo. Pero en algún punto, las convenciones sociales dejaron de funcionar. Antes, la mujer debía de dar su consentimiento para que un hombre la cortejara, pues de otro modo no se atrevería a dar un paso que lo comprometiera socialmente. La liberación femenina, la paulatina igualdad de géneros, etc., le han otorgado a la mujer una libertad mayor en las relaciones de pareja. Por otro lado, le han quitado al hombre el lugar del proveedor, de “padre de familia”, para establecer relaciones más igualitarias. Sin embargo, por esa misma razón, los códigos sociales para enamorarse, han dejado de funcionar, lo cual llena de insatisfacción a las mujeres. Nunca se sabe cuánto durará un romance, qué paso dar, qué decir en las citas… Durante un cortejo, el camino más rápido para alejar a un hombre consiste en que una mujer diga que está enamorada. Esas palabras son casi un conjuro para terminar una relación. Como la mujer tiene un límite biológico para consumar un romance –en caso de que quiera hijos–, sale del mercado del amor años antes que los hombres. Por esta razón, ellos tienen una ventaja mayor, un “capital sentimental” que crece con el aumento de su experiencia sexual. Como Marx ante la mercancía, la autora utiliza un razonamiento parecido al ver el amor y el cortejo como partes de un mercado, en donde cada uno es a la vez consumidor y mercancía. Deseante y objeto de deseo. Todo esto en un mundo en donde, por definición, se ha acabado el misterio entre los entes. Lo que quiere decir que la racionalidad ha colonizado el mundo sentimental. Las soluciones de la modernidad son el consenso racional: “Pide permiso para dar un beso, pide permiso para tocar, pide permiso para desabrochar la blusa, pide permiso para colocar el dedo dentro de la vagina”. Aunque parezca un chiste, es la petición de un colectivo feminista Antioch College, de 1990. El paso siguiente en la igualdad es la medición, es decir: tratar de contabilizar el compromiso, darle un valor cuantitativo al cariño y decidir si ambas partes están igualmente comprometidas. Es decir: que los enamorados –si es que lo están– deben de responder a un discurso supuestamente igualitario que proviene de fuera. La moderna psicología, escribe la autora, trata de convencer al sujeto de que el problema es uno mismo, sin considerar el entorno social que lo atiborra de ansiedad. Parece ser que los antiguos elegían a sus parejas con cálculos menos exhaustivos que hoy, y tenían bastante menos problemas de ansiedad.

Eva Illouz. Por qué duele el amor. Una explicación sociológica / Why Love Hurts. A Sociological Explanation, tr. de María Victoria Rodil, 2ª ed. Buenos Aires, Katz, 2014.

lunes, 13 de marzo de 2017

Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, de Eva Illouz

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No sabía nada acerca de Cincuenta sombras de Grey, y así hubiera seguido si no es por la socióloga Eva Illouz, quien leyó con detenimiento la novela de E.L. James. En este caso, un mal libro necesitaba un lector inteligente. De otro modo, el significado del conocido best seller se habría diluido sin dejar huella. ¿Qué se puede decir de él? En primer lugar, se trata de un fenómeno de prosumo: es decir, que los consumidores forman parte de la producción de la mercancía. Eso se debe a que la novela de E.L. James es una fanfic, una forma de narrativa interactiva en que los lectores comentan conforme el autor va presentando sus avances, por medio de una página de internet. De este modo, los lectores tienen la capacidad de influir en la mercancía que van a consumir. Si esta historia en que una joven cumple con su jefe una fantasía de erotismo sadomasoquista se convirtió en uno de los libros más vendidos de la historia (y quizá el que ha vendido ejemplares de manera más rápida), se debe a que ofrece una respuesta a las inquietudes de sus lectores. Dice Illouz que, a diferencia de la alta cultura, los textos populares no sólo plantean un problema sino que también lo resuelven. Por otro lado, gran parte de los libros más vendidos de hoy se pueden situar dentro de la gran ideología de nuestro tiempo: la autoayuda. Básicamente, ésta consiste en creer que la emoción es capaz de modificar la realidad. Es decir, la autoayuda es la puesta en práctica de una fantasía. Los pensamientos y los deseos del yo se hacen reales. No es necesario escarbar mucho para dar con frases que exhortan al cambio individual para lograr el cambio colectivo. Pero ya que el mundo no puede cambiar con la autoayuda por más intensa que sea la fantasía, las lectoras de E.L. James buscan una respuesta más inmediata. El problema central del amor actual es el fin de los rituales amorosos en las sociedades modernas, lo cual es una fuente de incertidumbre. ¿Cómo relacionarse, qué seguridad tener en una relación si no hay nada escrito, o más bien, si todo vestigio de deber ser ha sido borrado? Cincuenta sombras… plantea el BDMS (combinación de iniciales: Bondage y Disciplina, Dominación y Sumisión, Sadismo y Masoquismo), una práctica que lleva el dolor y los roles de poder hasta el límite en una relación consensuada. En la intimidad se puede permitir la dominación que en la vida cotidiana está prohibida; puesto que la sumisión de una mujer está mal visto en sociedad, ella puede optar por serlo dentro de su propia fantasía. Lo curioso es que esta nueva forma de vivir la sexualidad es una restauración de fantasías románticas de las que seguimos siendo fieles consumidores.

Eva Illouz. Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico / Die neue Liebesordnung. Frauen, Männer und “Shades of Grey”, tr, de Stella Mastrangelo. Buenos Aires, Katz, 2014.

lunes, 6 de marzo de 2017

Homo Audiens. Conocer la radio: Textos teóricos para aprehenderla, de Virginia Medina Ávila y José Botello Hernández


 
Quizá la radio sea el medio que de por sí es más poético. Más que el cine, el libro o el Internet. Una voz solitaria recorriendo el espacio para llegar a unos oídos atentos. Puede ser que ya en la antigüedad alguien haya imaginado esta posibilidad. De hecho, los oráculos son más o menos el antecedente de una transmisión radiofónica. Y los programas de radio guardan algo de ese halo de verdad. Pero lo poético se acaba pronto; apenas se sabe que la radio es una forma de transmisión por ondas electromagnéticas y que se encuentra dentro de un espectro, lo que provoca que tan delicada forma de comunicación se llene de inmediato de leyes, abogados, empresas, anuncios, investigaciones socioeconómicas, teorías, ¡ah! y sobre todo profecías sobre su fin. Las nuevas generaciones no oyen radio, tantas cosas comienzan a sustituirlo. Pero esas predicciones llevan algo más de cincuenta años ensombreciendo esta actividad, y en realidad la radiodifusión ha encontrado su lugar a lado de otros como los diarios (ésos sí parece que serán sólo virtuales en el futuro, con podcasts que serán parte de la oferta radiofónica), la televisión, etc. En este libro lleno de sugerencias, que es producto de un seminario académico dedicado íntegramente a la radio, me entero de varios aspectos. En primer lugar de la utilidad estratégica que la investigación de la radio ha tenido dentro del poder. El gobierno estadounidense pagó al sociólogo austriaco Paul Felix Lazarsfeld (1901-1976) por monitorear todo tipo de opiniones y reacciones del público de radio. Sus preferencias, horarios, gustos musicales, ganas de bailar, grado de credulidad, deportes favoritos… No sé si en México existieron este tipo de mediciones, las cuales serían fascinantes para la evocación. Pues podríamos imaginar un hogar cualquiera los jueves a las seis de la tarde con una gran claridad. Cuando el gobierno de los EU vio la reacción del público ante la famosa adaptación radiofónica de La guerra de los mundos y supo que antes del primer corte comercial ya se habían aterrado 1,200,000 radioescuchas, supo que este fenómeno no tenía que pasar inadvertido. Nos queda la idea de que gran parte de las palabras que salen del aparato de radio mueren sin ser comprendidas. Tendríamos que hacer una encuesta. Pero también podemos ayudarnos de un medio mucho más susceptible de ser releído –el Internet– y sabremos que aún así el fenómeno de los rumores es tanto o más preocupante que en tiempos de Orson Wells. Me entero de los conceptos de arte sonoro del filósofo Rudolf Arnheim, pero sobre todo de los ensayistas pioneros que trataron el tema de la radio, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Gaston Bachelard, y especialmente el maravilloso Bertolt Brecht. Le dice medio de información y no de comunicación, pues no permite el intercambio de datos, sino la yuxtaposición de un oído y una boca. Y la sociedad burguesa que produce esta relación es feliz con la radio. Miren: la burguesía presenta las cosas y las situaciones sin mostrar sus consecuencias, se esfuerza por mostrar fenómenos que no tienen consecuencias y que no provienen de nada. Todo esto dentro de una idea de cultura cuya culminación ha terminado. Y la radio –Brecht veía claramente las consecuencias– educaba un público, pero no le daba el papel de educador jamás. Que la radio oiga. Es una petición sensata, y justo por eso, continuamente hecha a un lado.

Virginia Medina Ávila y José Botello Hernández. Homo Audiens. Conocer la radio: Textos teóricos para aprehenderla. México, UNAM-FES Acatlán, 2013.

domingo, 26 de febrero de 2017

Generaciones y semblanzas: Dominio mexicano. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, de Octavio Paz

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Después de revisar este tomo de obras completas de Octavio Paz, el dedicado a la literatura mexicana, podemos darnos cuenta de varias cosas. En primer lugar, que no pretendió ser un historiador de la poesía mexicana. A lo mucho eslabona momentos, hace organizaciones más bien metafóricas de personajes, o “generaciones”, como frecuentemente dice. Que la prosa le gustaba menos como tema (llama la atención que no estén aquí sus prólogos a La noche de Tlatelolco y a la Picardía mexicana, quizá en otro tomo), también es notorio. Aunque están los ensayos dedicados a Villaurrutia y a López Velarde, hay asimismo mucha “poética de ocasión”, como le dijo Raquel Tibol con frase fulminante. Y que el gran interés de su vida fue sor Juana Inés de la Cruz, el gran enigma, el fantasma siempre fugitivo de nuestra literatura. Se entiende, como se observa en la polémica con Elías Trabulse, que se sintiera dueño del tema que lo obsesionaba. Por alguna razón faltan sus polémicas en torno al tema que lo enfrentaron con los ideólogos contemporáneos de la iglesia, quienes se escandalizaron con este libro (se me borran las motivaciones, pero recuerdo que pretendían conservar a la escritora como de su propiedad exclusiva). Perseguir a sor Juana. Vano empeño, como ella misma persiguió la verdad, la felicidad, la realización personal en la literatura. Sí, la verdad, pues ése es el tema central de su poema Primero sueño, su agotamiento para buscarla en un mundo que no se lo permitiría. Se tuvo que convertir en alma neutra, masculina, despojarse de sí, como el alma del cuerpo, para volar. Entonces, esa actividad constante de escribir equivalía a realizar meditados cálculos políticos entre virreyes y prelados. Sor Juana se atrevió a más, ¡el conocido pecado de la extralimitación!, y se enfrentó al poder, lo que la destrozó. Es emocionante el pasaje en que Paz recoge los pétalos caídos y recompone la flor de su rebeldía, para decirnos que sor Juana hasta el final perseveró en la escritura, y que, al morir, se encontró en su celda el borrador de un poema. No podemos acercarnos más, o no mucho más, y ella, ella no puede sospechar que la asediamos, por más que lo intentemos. Es el retrato de la soledad de una época, la impotencia de tener tan pocos asideros para esculpir una verdad aunque sea preliminar para presentar ese espíritu con tantos dobleces. Hablando de fantasmas, en demasiadas ocasiones el del comunismo recorre este libro, pues no se cansa de comparar a la Nueva España con la URSS. Por otra parte, llama la atención que entre sor Juana y Ramón López Velarde no haya nada digno de notar entre las preocupaciones de Paz. Bueno, si no olvidamos mencionar a su abuelo, Ireneo Paz, un emocionante retrato (y autorretrato) que nos hace preguntarnos por qué el autor prácticamente borró el siglo XIX mexicano de sus intereses literarios.

Octavio Paz. Generaciones y semblanzas: Dominio mexicano. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. México, FCE, 2014. (Obras Completas III)

jueves, 23 de febrero de 2017

Sudor, de Alberto Fuguet

 
De entre las muchas sensaciones que me causó este libro, elegiré para desarrollar la de la extrañeza. ¿Por qué el autor se decidió a tener como fantasía erótica un romance con el hijo del novelista Carlos Fuentes? Y una vez que eligió centrarse en ese asunto, ¿por qué suprimió casi cualquier atractivo que hubiera podido tener el joven escritor y lo convirtió en un desagradable y limitado personaje literario? Hay algo que me inquietaba mientras avanzaba en la lectura de esta novela: pensaba que el tamaño de un personaje depende en gran medida de la capacidad de retratarlo, en la suspicacia psicológica del narrador y en la profundidad que sea capaz de colocar dentro del alma de su creación. Nada de eso aparece por ningún lado, lo que da idea de la pobreza de la novela. Los personajes hablan y hablan, y a lo largo del libro no logran levantar más que diálogos de aburridos lugares comunes acerca de cómo ligar, sobre chismes más o menos sórdidos del medio editorial, casi al grado de querer salir corriendo de él. Si así fuera la literatura, tan reducida de interés; si se pudiera deducir su naturaleza de la lectura de este libro, sería una de las disciplinas más lamentables del mundo. En estas páginas se dice que no se trata de una novela en clave, es decir que no se debería de rastrear ninguna existencia real en ellas. Pero es tan transparente la malicia del narrador que de inmediato se nota su truco (por llamarlo de algún modo): crear entonces otro personaje, el de un Carlos Fuentes imaginario (en la novela se llama Rafael Restrepo Carvajal, y es colombiano), con el sólo fin de dibujar una caricatura que se dedica a la autocelebración de la manera más lastimosa. Es decir, no hay generosidad ni comprensión frente a sus personajes. Está bien, no hay por qué pedir estos elementos, pero me imagino que cualquier lector pediría inteligencia, ironía o malicia. Tampoco. En realidad, se le dedica sólo la tercera parte del libro (tiene 600 páginas) a desarrollar esta relación. Desafortunadamente, el resto es un relato incoloro acerca del ligue gay en las redes sociales. No puedo discernir si es la peor parte. Pero nuevamente: parece que el narrador está convencido de que contagia a sus lectores el encanto que encuentra en su propia biografía. Chatear sin sentido, escribir una prosa llena de ripios, referirse con abundancia a su amado Julián (pero sin ofrecer jamás la prueba literaria de que es un joven lleno de interés): son las ocupaciones principales de esta otra parte del libro. Quizá se rían porque llegué al final, pero es que debo de justificarme. Por alguna razón, se menciona una revista de cultura gay, Anal Magazine, que planeó un amigo mío, Christian Gaudí, y que murió poco después de haber visto la luz el primer número. Aunque la publicación no continuó, en Sudor se la menciona como si hubiera seguido existiendo. Por esta razón intenté oponer algo de simpatía a la novela durante su lectura.

Alberto Fuguet. Sudor. México, Penguin Random House Grupo Editorial, 2016. (Col. Literatura Random House)

Con cuerda y con metal… haciendo vereda al cantar, de Mario de Santiago y Eduardo Martínez Muñoz


Me encantaría que todos los músicos tuvieran su propia biografía. Hasta ahora no me he cansado de leer vidas de músicos y difícilmente me cansaré. Me gusta leer cuando conciben aquella canción que los hizo famosos, cuando dan con la melodía correcta o cuando encuentran por primera vez su instrumento, con las miles de variantes que permite la vida, casi tan compleja como una melodía. Me gusta cuando el lector se maravilla de cuánto ha cambiado el mundo desde que esa música sonó por primera vez. Y cómo las intenciones al tocar son tan variadas de acuerdo a las épocas. Este libro transcurre en el tiempo en que el mariachi se hizo internacional. En los años 20 apenas había salido de su zona tradicional de Jalisco y Nayarit. En los 30, gracias a Lázaro Cárdenas y a la radio mexicana, comenzó a ser popular en el país. Y más adelante, el cine nacional hizo que el mariachi –ya con trompeta– se hiciera una agrupación solicitada en toda América y en España (época en que se convirtió en un símbolo nacional). A Mario de Santiago, que ha tocado la trompeta y el violín, le tocó ver cómo el mariachi llegó a todo el mundo, pues las innumerables giras del Mariachi Vargas de Tecalitlán pasaron por países como Indonesia y Japón, además de que se amplió el repertorio para incluir joropos venezolanos y baladas españolas. Hace mucho que no se habla de la constante relación que había entre Japón e Hispanoamérica, cuando en aquella isla se buscaban los discos de los artistas argentinos del tango como Carlos Gardel, Rosita Quiroga y Virginia Luque, y en la época en que Los Panchos gustaron tanto que llegó a haber Los Panchos de Osaka y Los Panchos de Tokio, entre otros. Silvestre Vargas, por consejo del líder de ese famoso trío, fue a ver al presidente López Mateos y le pidió pasajes de avión para Japón. Gracias a ello, el Vargas viajó a Asia en 1964. En las fotos, se aprecia su gran éxito, y eso que Mario de Santiago se nota tímido en estas páginas, como si no estuviera cómodo con su importancia. Desde 1941 toca sones de mariachi: su padre le enseñó primero el guitarrón, luego aprendió trompeta, pero una enfermedad en el labio lo hizo cambiar al violín. Cuando Miguel Aceves Mejía lo escuchó tocar una noche, en Torreón, le dijo que lo buscara cuando fuera a la capital, para que lo recomendara en un mariachi. Casi contra su voluntad, Aceves lo llevó con Silvestre Vargas, y su profesionalismo lo destinó a formar parte del mariachi de más renombre por décadas. Por cierto, entre las grabaciones que realizó por entonces, le tocó formar tocar el violín el mariachi de Juan Güitrón, el día en que Pedro Infante grabó Amorcito corazón, el primer bolero ranchero. Cuenta que el director artístico de la marca Peerless dijo: “Esto suena muy bonito. Pero cómo le ponemos.” Lino Briseño, el guitarrista, dijo: “Ay, maestro, pues bolero ranchero”, sin saber que bautizaba todo un subgénero.

Mario Ángel de Santiago Miranda y Eduardo Martínez Muñoz. Con cuerda y con metal… haciendo vereda al cantar. Vida y obra de Mario Ángel de Santiago Miranda. Guadalajara, Secretaría de Cultura-Gobierno de Jalisco, 2015.

lunes, 6 de febrero de 2017

La muerte y la doncella I-V, de Elfriede Jelinek



Gracias a un tierno beso, la mujer es posesión del hombre. Así lo enseñan los antiguos cuentos de hadas, como puede comprobar quien se adentre en la lectura de, por ejemplo, la Bella Durmiente. Igualmente, si la zapatilla entra en el pie adecuado, su poseedora se convertirá en una posesión. Todos los parlamentos de estas historias que hemos escuchado a lo largo de la vida antes de dormir, nos muestran las palabras de los hombres, las cuales rumiaremos durante el sueño, posteriormente en la vigilia y más adelante en nuestras relaciones con el mundo. Las mujeres no tienen parlamento en estas historias, aun cuando hayan sido ellas quienes las contaron originalmente en los escondidos pueblos alemanes y franceses. La voz de la Bella Durmiente o de Blanca Nieves al despertar con un beso no fue recogida por la prensa y mucho menos por la Historia. De hecho, no existirían tales palabras si no fuera por el marco puesto por los hombres: el príncipe que se acerca cautelosamente a una mujer dormida y se dice: “Si yo no la beso, seguirá muerta”. El narrador que ha recogido la historia le pone la definitividad a esta historia y representa a estas heroínas como mujeres agradecidas ya que un hombre les ha compartido el ser. Se levantan sobre sus palabras, estas mujeres. No están preparadas para ser reinas, por lo que son princesas. En este libro aparecen cinco obras de teatro en que la mujer toma la palabra, cinco princesas. La autora se inspiró en el dramaturgo austriaco Werner Schwab (muerto a los 35 años, casi desconocido en español), quien parodió en sus Dramas de reyes a los personajes regios de Shakespeare. Los hombres pueden, naturalmente, tomar la palabra como báculo y hablar con una seguridad comparable a la de Dios. Pero, ¿y las mujeres? Se erigen con la palabra, la cual no distingue entre la vida y la muerte. Los muertos usan las mismas palabras, aunque puede decirse que aunque las palabras carecen de género por sí mismas, no lo carece el acto de hablar. Por lo que los monólogos de estas princesas (de los cuentos y de la realidad, pues está incluida Jackie Kennedy), su existir se va convirtiendo en palabras, su pensamiento inseguro se va exteriorizando y se proyecta como sobre una pantalla. Igualmente, la autora, Elfriede Jelinek se caracteriza por proyectar: su obra literaria ha ampliado las posibilidades de la literatura. Esto, que puede sonar hueco, no es poca cosa. Suena hueco como suena la voz en un cuarto vacío, listo para ser amueblado. Las obras de esta escritora son cuartos nuevos en la casa de la literatura, aunque no son apacibles, más bien son tan inquietantes que no nos gustaría siquiera conocerlos, mucho menos habitarlos. Pero pocos placeres son comparables al acto de seguir su palabra solitaria, aunque la palabra “placer” tiene en el caso de esta autora una connotación completamente distinta, lindante con la perturbación (y me parece que casi no puedo hallar más alto halago para algún escritor).

Elfriede Jelinek. La muerte y la doncella. Dramas de princesas / Der Tod und das Mädchen. Prinzessinendramen [2003], tr. de Ela Fernández-Palacios, introducción de Brigitte E. Jirku. Valencia, Pre-Textos, 2008. (Col. Narrativa Contemporánea)

viernes, 3 de febrero de 2017

Contarlo todo, de Jeremías Gamboa


 
Contarlo todo resume admirablemente las ideas en torno a la literatura contra las que me he rebelado toda la vida. Gabriel Lisboa, el protagonista de esta historia quiere convertirse en un escritor y a ello dedica todos los aspectos de su existencia. Pretende trabajar y poco a poco lograr la tranquilidad necesaria para escribir su novela. Como aprendiz de periodista en un semanario de la capital de su país, logra entrever que uno de sus jefes alguna vez tuvo el deseo de ser también escritor, aunque la rutina del semanario se lo impidió. Gabriel conoce, gracias a su trabajo, todo tipo de historias, desde algunas excentricidades de la vida cotidiana hasta las vivencias de personajes de la vida política de Perú. Sin embargo, nada de eso le llama la atención. Busca algo más interesante, con mayor trascendencia. ¿Qué será? Se sienta frente a la pantalla pero no logra avanzar, la página en blanco se le impone. No hay una poética ni consideraciones en torno a la literatura. Se reúne con un grupo de amigos con los que hace un grupo literario como hay tantos, cuyos miembros van a tomar café, caminar sin rumbo, leerse sus obras entre sí y fantasear con la literatura. Finalmente, después de diez años, la inspiración desciende sobre el protagonista y lo lleva a escribir. Como la novela termina en este momento, hay que concluir que las quinientas páginas que acabamos de leer son el libro que Gabriel va a escribir. Por desgracia, no hay muchas cosas interesantes en ellas. Y eso que el narrador se ha dedicado a contar con gran efectismo que tuvo acné, que no ganó en un concurso de cuento del colegio y que después de mucho sufrimiento ha logrado ser aceptado por la familia de su novia.  Es decir: una vida sin mucho interés relatada con el estilo menos atractivo. En esta novela, la literatura no es un trabajo ni una disciplina, sino un rapto de inspiración. Para lo cual no es necesario escribir cotidianamente, sino estar a la expectativa del instante que detona una obra. La literatura como fetiche. Y expurgar todo aquello que no es literatura de la obra. Pero inexplicablemente, a la hora de decidir, Gabriel se decide por contar su propia vida. Qué extraña decisión. Tal vez cree en una extraña tautología: que la vida de uno mismo es apasionante porque en ella está uno mismo. Como si el trabajo del escritor ungiera al escritor. Qué interesante, ése que va allá es un escritor. Pero entonces, lo que triunfa aquí es una exterioridad vacía. El autor ha demostrado que puede escribir un libro, pero no un buen libro. Aunque, desde el punto de vista de su poética, eso resulta innecesario.

Jeremías Gamboa. Contarlo todo. México, Random House Mondadori, 2013.

miércoles, 25 de enero de 2017

El orgasmógrafo, de Enrique Serna


Contrario a lo que pudiera denotar el título de este libro, el erotismo es un tema un más bien marginal. El mundo con la moral al revés que propone el cuento que le da título evidencia una visión constante en las demás narraciones. Ésta es: que nuestra sociedad adora las formas sin importarle su contenido. Finalmente, qué importa el tema de la virginidad, nuestro mundo bien puede comportarse de la misma manera y defender la promiscuidad con idéntica mojigatería. La protagonista de “El orgasmógrafo” es secretamente virgen, en una época en que está mal visto serlo. Si el poder pudiera obtener algo de nuestro placer sexual, seríamos como en una anti-utopía de Wilhelm Reich, el psicoanalítico austriaco que se imaginó la máquina para almacenar la energía erótica. Viviríamos para el placer, pero de un modo completamente enajenado, las fantasías sexuales tendrían una utilidad más allá de nuestra satisfacción. La historia de este tema es larga, ya que Gramsci destacaba que para el capitalismo moralista de su tiempo era importante tener la cadena de la producción lo más limpia posible, con la energía destinada a la disipación volcada en lo posible a la explotación. En fin, esto es demasiada disipación para una reseña tan breve. En estos cuentos se habla de Tekendogo, un país africano en que los escritores son tratados como “tesoros vivientes”. Luego de seguir la pista las creaciones literarias de estos “tesoros”, una joven que trabaja en una monografía sobre la literatura de este país descubre la farsa de su literatura: son escritores vendidos al poder, que no escriben y que escenifican las presentaciones de sus libros en donde no hay libros, en un país en donde las librerías son escenografías para aparentar cultura. Curiosamente, público y autores convienen en el montaje y a nadie le interesa ir más allá. No se escapa que estos cuentos son una sátira de nuestro medio, de un país en que las telenovelas encumbran actores que no son actores, en el que se vive una admiración por estrellas que no tienen más mérito que salir en las revistas en que se refieren a ellas. Es una visión que habla de una doble enajenación. Desafortunadamente no he leído Genealogía de la soberbia intelectual en que el autor quizá desarrolla esta postura. Pero no sé a dónde llevaría el juego de convertir en teoría las historias de El orgasmógrafo, quizá a pensar que atrás de ese hipnotismo mutuo no hay nada en nuestra sociedad. Quizá uno se rebela ante semejante idea, pero no deja de aceptarla con la mayor diversión al leer los textos de Tadeo Roffiel, que retrata fielmente a varios poetas conocidos nuestros, que viajan con las alas de la inspiración –pero puesto que somos como el mono de la fábula de Augusto Monterroso que se volvió escritor satírico, nos contentamos con verlas retratadas en los libros ajenos.

Enrique Serna. El orgasmógrafo (2003). México, Seix Barral, 2010.