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domingo, 7 de mayo de 2017

Conversaciones con Nicanor Parra, de Leonidas Morales


Nicanor Parra es el padre de los artefactos poéticos de que gozamos (o padecemos) hoy. Aunque más frecuentemente: ignoramos. Ya que la poesía, por lo general, no sale de sus propios límites. Y este poeta chileno hace mucho tiempo trabajó por independizarla del oído para convertirla en un objeto visual. No obstante, se trata de uno de los autores con mejor oído entre los poetas del español, que usa constantemente el endecasílabo y que considera que este verso de origen italiano vino a sustituir el octosílabo. En estas entrevistas habla de su afición por Whitman, de sus inicios en el surrealismo y en la literatura folklórica, y en las distintas rupturas que despertaron la desconfianza de Pablo Neruda, como el sentido del humor y el poco interés en convertirse en un poeta nacional. Yo, sin embargo, no alcanzó a seguirlo, pues debo de confesar que conozco poco su obra, apenas vuelo obsesivamente sobre unos cuantos poemas casi modernistas en que habla de su hermana Violeta o aquellos serventesios sentimentales de rima asonante. Ya sé lo que están pensando, que no perdono su ambigüedad con el régimen de Pinochet, ni tanta ambigüedad, diría, su exculpación de poeta que parece un exorcismo ante años de crímenes. Pero entonces, quién es Nicanor Parra, esa elocuencia que se va apagando conforme avanzan las páginas, pues las conversaciones más recientes vienen al final, y nuestra simpatía asimismo se va apagando. El profesor Morales llega armado de enorme conocimiento y empatía, y escribe una presentación a lo que vamos a escuchar. Ay los prólogos académicos. Cuando son buenos, son como una llave que abre una obra y entrega lo mejor de una obra. Pero cuando no, son como una maldición escrita a la entrada de un palacio. En general, los prólogos deberían de ser epílogos, y recibir al lector cuando va saliendo de las páginas de un libro y así poder intercambiar opiniones. De todas maneras, lo que más me interesa está en el interior, es el recuerdo de su hermana, de Violeta, la dulce vecina de la verde selva. Su visión es curiosa, porque la presenta como una especie de esponja que absorbe sin estudiar, que un día, de pronto, escribe, como por milagro, décimas, perfectas y asombrosas. Y que aprendió las canciones al oírlas de las vecinas de Chillán, años 20, florecimiento de milagros. Está bien, comparto ese asombro y ese culto. Ya antes de su suicidio, la idea le revoloteaba, y todos lo sabían, por eso Nicanor le ponía encargos. Y alude a una misteriosa carta que ella le dejó el día de su muerte, el 5 de febrero de 1917, una carta que no ha sido publicada, quién sabe si algún día. Violeta llegó a visitar a su hermano, llegó con unos patos amarrados para que no se volaran. Pero el poeta, al verlos, cortó las cuerdas y volaron todos a la quebrada. “Vamos a perder los patos”, dijo ella sorprendida. A lo largo de la conversación, Nicanor sugirió proyectos, pero ella dijo implacable: “Déjame cantarte la última canción”. Tomó la guitarra y cantó “Día domingo en el cielo”. Fue el último día en que se vieron los dos hermanos. Los patos se habían posado en la quebrada y desde allá los miraban fijamente, atendiendo la conversación, un misterio insondable. Pasa la vida, las admiraciones se desgastan, pero Violeta Parra continúa, para mí, enorme.

Leonidas Morales. Conversaciones con Nicanor Parra. Santiago de Chile,
Tajamar Editores, 2006. (Colección Alameda)

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