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domingo, 25 de noviembre de 2018

La vida breve de Katherine Mansfield, de Pietro Citati



Katherine Mansfield (1888-1923) vivió sólo treinta y cuatro años. Temo decir que esta biografía de Pietro Citati no cumple cumple con los requisitos mínimos que impone la academia literaria. Luego de terminar su lectura, nos damos cuenta de que ignoramos todo de su familia, de sus relaciones amorosas (antes de casarse con el célebre crítico literario John Middleton Murry fue amante de algunas escritoras) y de su vida literaria en Londres. Ni siquiera sabemos si publicó o no sus numerosos cuentos ni qué dijo de ellos la crítica. En vez de ello, tenemos algo mejor, más delicado y tejido con gran sutilidad: un descendimiento al espíritu, una prosa casi vaporosa –la de Pietro Citati– que necesita de silencio para poder transmitir cada latido y cada idea que pasa fugitiva por la mente de la autora. La narración se centra en los últimos años de vida, luego de que se encontrara con su hermano Leslie en Londres, a principios de 1915, un oasis de felicidad en su vida porque poco después él moriría en el frente de guerra. Pero volvería como fantasma a poblar el mundo. Y ella, contagiada de tuberculosis poco después, iría de pueblo en pueblo buscando un clima salutífero y buscando desesperadamente la cura. Pero buscando también la tranquilidad para vivir y escribir. Su esposo permanecía lejos, en Londres, mientras ella pasaba el tiempo con la escritora Ida Baker, su amante pero también su sombra silente. El autor parece decirnos que hay algo mas importante que todo esto, el mundo de los pensamiento, que fluye silenciosamente, bajo tierra. Katherine: una mujer resignada a morir pero al mismo tiempo rebelde que se niega a aceptar la enfermedad. Siempre deseando vivir, y pensando en Chéjov, quien padeció la misma enfermedad así como la compulsión febril por escribir cuentos. En su caso, sentía la angustia de no escribir. Pensaba que las historias estaban ahí, esperando a que ella las atrapara en sus textos. Ya que el tiempo se le iba, su oficio consistía en hacerlo transcurrir en la escritura. Así que en sus historias se siente su paso por la naturaleza: la marea, el sol que camina por el cielo en su lento carruaje. Curiosamente es otra escritora italiana la que ha escrito la más bella biografía de Chéjov, Natalia Ginzburg, igualmente sencilla y exacta. Luego de probar esta prosa, qué delicia ha de ser leer sus biografías de Goethe, Kafka o de Leopardi: nada por entre ese mundo secreto de las emociones. Le pregunta a la escritora: “¿Te avergüenzas de ellas, por qué insistes en negarlas?”, y Mansfield le responde a través del tiempo: “No me avergüenzo en absoluto, pero las tengo guardadas en un cajón y las saco sólo de vez en cuando, como los tarros de mermelada muy especiales, cuando la gente que aprecio viene a tomar el té”.

Pietro Citati. La vida breve de Katherine Mansfield / Vita breve di Katherine Mansfield (1980), tr. de Mónica Monteys. Barcelona, Gatopardo, 2016.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Algunos caminos de la memoria



          El pretexto. Virus tropical (2010) es una novela gráfica realizada por Power Paola, dibujante ecuatoriana, cuyo primer tomo ha sido publicado por Sexto Piso en México. Son los episodios de la vida, desde la concepción hasta la adolescencia, hasta el día en que la autora decide conducir su vida hacia el dibujo. Está el padre, un ex sacerdote que oficia misas a escondidas en casa, la madre que aprende a “leer el dominó” y que se hace de clientes en Quito, las dos hermanas y sus respectivas vidas personales. En apariencia es un libro fácil: pintar la vida propia, pues el tema nos ha sido obsequiado. Sin embargo, no lo es tanto. La vida nos ha sido dada en bruto, sin tratamiento estilístico. Para contarla se tiene que poner algún orden, además de una perspectiva y se tiene que seleccionar una pequeña cantidad de hechos. Qué palabras usar y qué partes esconder. “Power Paola” es un seudónimo y parece que la autora ha intentado sin éxito borrar su nombre real. Y me imagino que, aunque las situaciones sean reales, las personas reales tienen una máscara. He pensado en lo difícil que puede ser para las personas reales convertirse en material de la literatura –del arte en general. Es una nueva responsabilidad, pues la primera fue vivir y actuar. Y ahora, actuar pero para los demás, para un público de quien se desconoce su composición, sus intenciones y sus criterios para juzgar una vida. Apenas yo me construyo y puedo tener responsabilidad de mí. Y no mucha, dejo ver demasiado. En este caso hay una especie de sinceridad manifiesta: una naturalidad para enunciar cada pasaje de la vida propia. Además, un estilo engañosamente naïf, pues deja ver detrás de este estilo infantil una realidad bastante menos amable: los adolescentes colombianos susceptibles ante las balaceras de los narcos, las jóvenes que miran con total indiferencia su trabajo de “mulas” –las que atraviesan las fronteras con cápsulas de droga en su interior. La autora cuenta como si nada, lo que me parece casi extraño. Como si nada, pero explayarse en la vida íntima implica un paso sin regreso. ¿Y a qué viene esa reticencia? ¿No habíamos pasado eso antes? ¿No ha sido un ejercicio constante de varios siglos de autores? Y ahora vienes tú a esconderte dentro de una concha esperando que nadie se fije en ti. Power Paola divide la primera etapa de su vida en trece capítulos, trece temas. Está bien, picaré algunos, dos o tres, para ver mi valor, o mi falta de valor, o mi absoluta cobardía para ver mi vida en el espejo. Creí que había leído este libro con aparente desapego, y resulta que me sirvió para tratar de forjar mi propio espejo.
          La familia. A uno de mis hermanos le gusta el título del libro de Gerard Durrell: Mi familia y otros animales. Quizá le hubiera gustado escribirlo. Salir de uno mismo, tomar la suficiente distancia para mirar la propia familia desde lejos, como una exótica especie de crustáceos. Vista así, cualquier familia es atractiva, extraña. Es decir, aquello que uno no puede ver, como la familia es la creadora del lenguaje personal, hasta que uno toma conciencia sabe que se trata de una herramienta propia. Padre veterinario, madre pedagoga, dos hermanos (escritor y politólogo), infancia rodeada de tíos, dos abuelos y tres bisabuelas. Primos, ninguno, el primero nació cuando yo tenía siete años. Pero por alguna razón, hasta ahí llega mi reflexión escrita que tiene el papel de pensamiento en voz alta. Mi familia, que es una entidad que prefiere quedarse en la sombra, se ha convertido en una voz. Es la voz que me habla y me guía. Es la voz que me dice: No lo hagas, no hables de ti mismo. ¿Dejaré de escucharla? No, no es posible. La voz de la familia no deja de escucharse. Pero no es tan fuerte, tiene una bocina que la vuelve ensordecedora. Sin bocina es una pequeña voz casi inaudible. Es una cicatriz que llevo como aquella que tengo en un dedo meñique, en la que reparo de vez en cuando, que llevo desde una ocasión en que se me estrelló una botella en la mano, a los cuatro años. La voz de la familia dice invariablemente: No estás solo, pero ante ese monólogo hay dos interpretaciones: la de la solidaridad y la del miedo. Romper esa voz que habla y habla es como salir de un cascarón para poder vivir.
          Las despedidas. Vivía en la casa de junto, se llamaba Carla. No supe nunca su apellido, y ahora se me disuelve su rostro y su circunstancia. Pero fue la primera despedida de mi vida. En general, mi espíritu era trágico en esas situaciones, hasta que fue encontrando el gusto por decir adiós. Era un pequeño departamento que rentaba en su casa don Tomás, el vecino, dueño de la tienda de junto. Ahí vivía Carla con su hermanas menores, Diana y una bebé de brazos, además de sus papás. Aunque su papá salía a trabajar todo el día. Yo trataba de estar todo el tiempo posible con ella, platicando con su mamá y con su hermana. No sé si me gustaba o hacía como que me gustaba. Tampoco sé si tenía yo diez años u once. Pero recuerdo que iba en la colonia había dos primarias, y ella iba en la otra, creo que íbamos en el mismo año. ¿Cómo era? Casi no la recuerdo, el pelo castaño, ondulado, blanca y de cara redonda, con una voz grave. A mí, que me aferraba por retener en la memoria cada instante con ella, se me esfuman los momentos; casi no la recuerdo. Pero sí que un día mis amigos de la calle dijeron: “Carla se va a ir”. Y yo enloquecí, y pasé la noche llorando porque se iba de pronto, y porque era intempestivo. Decían mis amigos: “El papá de Carla encontró a su esposa con uno de los vecinos. La golpeó y decidió cambiarse de casa. Además, consiguió un trabajo en Puebla”. Traté de prepararme para la despedida, pero no sabía cómo hacerlo. Muchas noches me asomaba a la ventana de mi cuarto: Carla vivía detrás de la pared que yo podía ver. Me angustiaba saber que se iba. Y sí, de pronto se fue… Pero sólo a la calle de junto. Todavía la vi, la visitaba, hasta que un día se fue definitivamente. Trato de pescar en la memoria pero no pica ningún recuerdo más. A veces pienso que podría ir a esa escuela en que ella estudiaba, al archivo, debe de existir y seguramente hay una foto, y puedo ver su nombre, quitarle la neblina al rostro que guardo, pero para qué. Qué se podrían decir dos personas que compartieron casi nada. Además, sólo hay algo peor que la nostalgia y es la decepción.
          Los trece años. Cuando yo nací, mi mamá tenía diecinueve años, mi papá veinte. Así que viví más cerca de mis abuelos, ya que mis padres trabajaban y estudiaban. Recuerdo de entonces productos Polaroid que había por la casa, porque mi papá trabajaba en esa empresa. Recuerdo un poco más, pero lo importante es que acabé la primaria viviendo en casa de mis abuelos paternos. Y que mis papás compraron un departamento en un lugar cercano, adonde tuve que ir a vivir pues había que entrar a la secundaria. La vida entrega algunos secretos y oculta otros. No sé si necesariamente uno puede elegir. Pero a mí me entregó los de la lectura. Fue por entonces que mi papá me compró una “biblioteca del terror”, editorial Forum, texto a doble columna, capitulares “góticas”, estremecimiento garantizado. Y Bram Stoker, H.P. Lovecraft, Peter Straub, ¡ah!, y la gran Ann Radcliffe, la más increíble de las narradoras. Afuera de los libros, algunas imágenes pasan como en fuga: los cómics de El hombre araña, los juguetes de Star Wars en montón, excursiones al rio (hay un río en la calle de abajo) y un beso fallido porque los compañeros del salón me mandaron a darle un beso a una de las niñas. Y mis papás, que una noche me dieron un regalo, un extraño regalo: un libro que se llama El pequeño libro rojo de la escuela. Qué raro, así llegó el marxismo a mi vida, ahora que lo pienso: quejarse de la disciplina, evaluar a los maestros, meterse a la cama con quien uno quiera para pasarla bien. Estudié bien ese libro, tan bien que a las pocas semanas organicé una revolución contra el director de mi secundaria, el maestro Manuel Vidales Lucatero. ¡Qué emoción, se le movía la peluca de un lado a otro del puro coraje cuando se enteró de que había organizado a toda la escuela en su contra! Y yo salí expulsado de la escuela mientras se asomaban todos a los pasillos. La maestra de inglés me dijo: “comunista”, con un gran desprecio. No estuvo tan mal. Bueno, fue malo para mi papá, que se arrepintió de ese regalo. Él, que trabajaba en el Colegio Militar como profesor de inglés, no sabía que El pequeño libro rojo no era tan buena idea. Pero regresar con la memoria al pasado es tentador, se puede seguir la madeja de los recuerdos. Pero entonces, se abriría una caja como la de Pandora, que no se puede cerrar. Recordar es como una caja de Pandora. Y Pandora, se sabe, es la mujer más bella y la más maligna, de tal manera que es el “bello mal”, el que uno es feliz de recibir. Y la Memoria se le parece. Es mejor encerrarla en su caja, esperando que no tenga por qué despertarla de nuevo.

domingo, 14 de octubre de 2018

Café Titanic (y otras historias), de Ivo Andrić



“La poesía de los panteones”. Sin duda la tienen, lo he notado pues soy gran aficionado a visitarlos. Me gusta tener conversaciones frente a las lápidas y hablar de cosas sin trascendencia. Aunque ante una tumba, el tema que sea es intrascendente. Lo maravilloso del autor yugoslavo Ivo Andrić es que afirma que los panteones no nos hablan de la muerte sino de la vida. Se trata de un breve libro de cuentos, sin embargo está precedido por un bello capítulo dedicado al panteón judío de Sarajevo. A los judíos que fueron expulsados de España en 1492 y que buscaron una tierra en qué asentarse. Durante siglos llevaron su lengua, se encerraron en sus costumbres y formaron un pequeño mundo. Guardaron su lengua, la siguieron hablando como en el siglo XV, y a pesar de las circunstancias nada los aniquiló ni les quitó el buen ánimo. Miro las fotografías de este cementerio, y sí, efectivamente, las lápidas parecen una manada de pequeños bisontes blancos bajando por la colina. Pero los cementerios también mueren, dice el autor. Es una reliquia de otros siglos, de un pueblo que ya no existe, exterminado en unos cuantos meses de 1941. El pueblo judío de su infancia, el barullo de sus calles, el olor de sus patios. Todo eso “nos fue extirpado”: lo dice con esta frase dolorosa, como si le hubieran quitado un miembro a la ciudad de Sarajevo. Siendo un breve libro de historias dispersas, uno puede pescar ciertas cosas profundas. Como la mezcla de amor, humor ríspido y odio. Todo eso convive, pues estos judíos tienen esa inquietante mezcla. Mientras que unos hablan para cubrir no sé qué vacío, otros callan profundamente. No puedo decir mucho más, pero el cuento que da título al libro cuenta de la llegada de los nazis a la ciudad. Sarajevo de pronto vacía, el miedo cubriendo las calles: y el encuentro entre el dueño del miserable Café Titanic y un ustacha (como se llamaban los terroristas croatas aliados de los nazis), que culmina en una escena grotesca y como salida de una obra expresionista. Las historias de este libro parecen elegidas de entre un montón de vidas, salvadas azarosamente. En la colina de la muerte de Sarajevo hay más nombres que cuerpos, eso se debe a las tumbas vacías con el nombre sólo puesto testimonialmente ya que sus dueños fueron asesinados en los campos de concentración. En lo alto de la colina hay una pirámide en honor de los judíos muertos por el fascismo. Es un símbolo, una pequeña muralla para detener los crímenes en contra de la humanidad. Pienso si México, con 37 mil 485 casos de desaparecidos reconocidos oficialmente (de los cuales sólo 340 han sido identificados), debiera de tener un monumento dedicado a las personas de las que no sabemos su paradero. Aunque sea que, en la memoria colectiva, los últimos tres gobiernos no gocen de impunidad.

Ivo Andrić. Café Titanic (y otras historias) (1950) / Bife “Titanik” i druge priče, tr. de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek. Barcelona, Acantilado, 2008. (Col. Narrativa del Acantilado, 144)

sábado, 13 de octubre de 2018

Lo irreparable, de Paul Bourget



Tengo en mí una Francia imaginaria, hecha de prejuicios literarios y de generalizaciones, como debe de ser. Construida con las lecturas que frecuento. Lo que significa que no se parece a la real, y que si se parece a algo real, hace mucho que dejó de serlo. Se va poblando con los autores que conozco, a los cuales les doy un lugar más o menos establecido. Mientras que algunos son pasiones constantes, como Proust y Maupassant, otros me repelen, como Gide y Mauriac. Quizá no debería ni decirlo, pero la literatura de estos últimos, formada con culpas cristianas, se derrumba rápidamente. Quiero salir de sus páginas, y lo hago, aunque por alguna razón vuelvo y persisto. Paul Bourget (1852-1935) fue conocido por un breve tiempo, pero su celebridad no debió de exceder los años 40. ¿De qué lado debe de estar?, ¿entre los aquejados por el olvido injusto? Para mí estuvo casi a punto de colindar con los elegidos. En el barrio del estilo, sería como el vecino pobre de Proust. Bourget fue por un tiempo considerado el “psicólogo de la aristocracia”, de ahí que su narrativa se explaye en consideraciones abundantes acerca del más mínimo acto de sus personajes. Paradójicamente, eso hace que sean para nosotros unos desconocidos. Psicología poco individualizada y que tiende a generalizar para penetrar en el alma de los lectores. Pero veamos, ¿de qué tratan estas breves novelas que gustaban en el París de 1890? En Lo irreparable, el conde Hurtel, un experimentado libertino intenta seducir a una joven llamada Noemí, que siempre se encuentra acompañada de su madre. La maquinación del conde para poseer a esta joven es invitarla junto con su madre a su castillo, preparando antes la presencia de otros invitados, entre ellos un joven interesado en seducir a la madre y así deshacerse de ella. El conde se dirige al cuarto de Noemí, habla con ella, la envuelve en sus palabras, pero la joven se resiste y logra entrar al cuarto de su madre… el cual está vacío y con la cama sin deshacer. La madre es la que ha cedido antes que la hija, pero esta pequeña ironía desemboca en el suicidio de la joven páginas más adelante, muerte relatada, por otra parte, sin ironía alguna. Por un tiempo fue un conocido crítico literario, y hoy tiene también un modesto sitio entre los precursores científicos pues en esta novela se refiere al inconsciente años antes que Freud: “En nosotros se oculta una criatura a la que no conocemos, y de la que jamás sabemos si no es precisamente lo contrario de la criatura que creemos ser”. Sin embargo, más interés me despierta la vida del traductor, José Ferrel, hijo de un viejo maderista y tío de la escritora Aline Petterson. Murió joven, hace muchos años, y si existen sus papeles de escritor y de traductor, quizá tengan algo que mostrarnos.

Paul Bourget. Lo irreparable / L’irréparable (1884) [seguido de Segundo amor (Estudio de mujer), 1883], trad. de José Ferrel. México, América, 1946.

sábado, 6 de octubre de 2018

Un techo pintarrajeado






Para Bruno Figueroa y Verónica González Laporte

Michel de Montaigne (1533-1592) miraba constantemente al techo de la torre en que se encerraba a escribir. Ahí, en el techo circular de la famosa torre, se encontraban escritas numerosas frases de sabios antiguos. Si el tema no llegaba a la imaginación, no tenía más que levantar la vista y pasear la mirada por aquellas sentencias escritas en sus lenguas originales, griego y latín. La mirada saboreaba cada pensamiento. Yo, desafortunadamente, no conozco ese castillo, que debería de ser una Meca para todo ensayista. Todavía hoy, el lugar en donde se encuentra el castillo es un lugar apartado: Saint-Michel-de-Montaigne tiene menos de cuatrocientos habitantes. Para llegar a los terrenos de este escritor, primero hay que visitar Burdeos. Ya ahí, seguramente, se podrá preguntar a las agencias de viajes, si hay algún camión que lleve hasta allá, aunque lo más seguro es que no haya mucha gente interesada y tenga uno que llegar en completa soledad pues (rápidamente me he puesto a averiguar) sólo hay un hotel y un solo restaurante. Mi mirada no tiene vigas para satisfacer su ansiedad, pero tiene en cambio objetos cercanos, que algo me dicen, descanso la vista en mis libros, pues si no tengo la seguridad de que hay algo impreso cerca siento que puedo naufragar. Hasta las cajitas de las medicinas o las bolsitas de Stevia funcionan para sobrevivir al posible naufragio. Saber que este endulzante tiene glucósidos de esteviol me puede salvar de hundirme en la realidad. Gracias a la palabra impresa no me disuelvo en el mundo como gránulos de Stevia. Curiosamente es la realidad la que penetra en mí, aprovechando mi indiferencia y mi distracción. De pronto, luego de mucho tiempo, me doy cuenta de que tengo una melodía pegada, el recuerdo de una escena, algo que se me ha quedado dentro, poco antes de que se vuelva parte de mi solución interna. Gracias a que algo pequeño de mí se queda pegado en estos fenómenos es que puedo verme y enterarme de cualquier cosa con respecto a mí. Y eso que no pienso en la literatura como sitio para confesar nada. No obstante, no hay salida, siempre se sabrá algo de uno ya que es el Yo la sustancia de la que están hechos cada uno de los entes de una obra literaria, no importando que uno se ponga a dieta y eche muchas bolsitas de edulcorante artificial. Montaigne en cambio tenía una visión opuesta: su libro de Ensayos está hecho para aquellos que quieran platicar con él, mantener una conversación si están lejos (ya dijimos que no es fácil turísticamente hablando, llegar a su castillo) o bien si se encuentran vivos. Ya se ha dicho repetidamente que la literatura es en gran medida una conversación con los muertos. Extraño tipo de conversación ya que el autor de todo lo que se dice está ausente y no sabe a quién se dirige. Para el que ejecuta la obra, ésta tiene forma de exasperante monólogo sin respuesta. Es pensar que este largo monólogo se continuará después de la muerte. Qué extraño. Para qué. Si la respuesta la requiero hoy y no en una improbable reedición futura. Así que no depositaré ninguna esperanza en la literatura. A menos que la respuesta esté en mi propio monólogo. Eso ya es desesperante. Está bien, busquemos entre todos como en un pajar. En cuanto a Montaigne: él inventó este dispositivo mental en el que estoy dando vueltas sin un sentido inmediato. El ensayo es su creación. Enrique de Navarra, cuando pasó tres días en este castillo, tuvo la deferencia de no usar catador cuando se sentó a la mesa de su amigo. “Yo soy como ese catador”, pensó Montaigne, ya que “ensayar” significa “probar” en francés. “Ensayo” significa “experiencia” y “prueba” (una probadita del mundo), por lo que algunas de las primeras ediciones en español se tradujo como Ensayos y pruebas de Miguel de Montaña (1620) y Experiencias y varios discursos de Miguel Señor de Montaña (1637). Hoy, sin ninguna duda, el término correcto es “ensayo”, aunque se haya desvirtuado la significación exacta del término. Sin embargo, hay algunos aspectos que llaman la atención de este escritor. Diré algunos de ellos. Que sólo excepcionalmente indica cuando está citando a otro autor. Con más frecuencia deja las citas originales en latín o griego, pero sin decir a qué obras pertenecen. Hoy, eso le habría acarreado numerosos señalamientos, pero Montaigne piensa que si mencionara que en realidad está citando a Aristóteles o a Plutarco, los lectores se fijarían en la autoridad y no en el argumento. Así que en su mecanismo de escritura no hay tuyo y mío, sino una libertad total de devorar autores, digerir ideas, creación propia sobre la creación ajena. Un pensamiento que no reconoce propiedad privada en materia de creación artística, que se recrea en pasear por las frases de los grandes autores. La poesía es aquí una argamasa que une ideas. Pero no es posible unir tanto sin que se hagan evidentes las contradicciones. De tal manera que, acerca de hombre, los sabios han pensado cosas diversas: eso quiere decir que la sabiduría es relativa y lo que pensemos del ser humano es materia del escepticismo. Y Montaigne escribía de un tema mientras que su tema era en realidad él mismo, y más aún, su manera de escribir. Están todas sus intimidades, las más vergonzosas y carnales, pero también las que el pudor del escritor esconde: dice sus métodos de escritura. “A medida que se me presentan mis caprichosas ideas, las voy amontonando; a veces se agolpan en masa, a veces vienen lentamente en fila. Quiero que se vea mi andar natural y corriente, por muy desgarbado que sea”. Leí esta traducción, la portentosa versión de Javier YagüeBosch, que le devuelve al autor los grilletes de las notas al pie. Nos dice todo de él, vuelve a poner en las paredes blancas de nuestra admiración los libreros y sus libros, llenos de autores doctos. Ante nuestra mirada asombrada vuelven a poblarse antiguos estantes, como debieron de ser en el siglo XVI. Aún así, Montaigne vuela alto. No subrayé nada, no le quise hacer eso a este autor tan reverenciado, quizá más adelante, en otra lectura. No dejé de notar que esta manera de escribir y de razonar está presente en uno de mis autores favoritos, la polaca Wislawa Szymborska. Y casi me atrevo a decir que el ensayo “Filosofar es aprender a morir” es una de las influencias fundamentales para entender el estilo y la poética de esta autora. Ella decía que “Montaigne” se pronuncia: “Montéñ”, haciendo una reverencia al final. Y él, dejó escrito algo que me asombró mucho, por ahí dentro, hacia la mitad del libro: que él es el primer escritor que no se presenta como historiador, ni filósofo o poeta. Se presenta ante nosotros sólo como Michel de Montaigne, un hombre sin especialidad en la vida. Me gustaría ir a saludar su torre, las constelaciones de sus citas literarias, a mí, humilde discípulo en la falta de especialidad en la vida.

  1. Michel de Montaigne. Ensayos / Essais de Montaigne, edición bilingüe, texto en francés establecido por André Tournon, traducción, notas, introducción y bibliografía de Javier Yagüe Bosch. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014. (Col. Círculo de Lectores) de 

viernes, 21 de septiembre de 2018

Las tres estaciones, de Eric Nepomuceno


Eric Nepomuceno (1948) no tenía, para mí, rostro ni biografía. Y sus cuentos aportan poco, pues ocurren en lugares sin nombre, sus personajes tienen biografías comunes y un abanico de anécdotas intercambiables, pues lo que cuenta es muy posible que también le haya ocurrido a sus lectores. Si no es por uno de sus cuentos, en el que se hace una referencia a su país, no se sabría que la narración ocurre en Brasil. Si bien las historias no tienen fecha, se deduce que no ocurren en el presente. De hecho, pasan en la memoria. Y el cuento “Las tres estaciones”, en que alguien le da al protagonista el teléfono de una antigua amante, borda las suposiciones en torno a lo que ha ocurrido con la vida de esa mujer a lo largo de los años. Sin embargo, el volumen se organiza de acuerdo a las edades de la vida, pues comienza con la infancia y concluye con la madurez. Los personajes: de ellos puedo decir que no tienen rostro ni se les podría reconocer en la calle. Parecen, incluso, accesorios de una historia. De todo se puede prescindir en este libro pero no de la anécdota. Bueno, un poco, sí. A veces es la reflexión al respecto de un sucedido lo que le interesa a este autor. O el aroma que una historia deja en el espíritu. Es que conforme las historias se van alejando de la persona que las vivió, se van diluyendo las aristas de la realidad dejando sólo una imprecisión habitada de sonidos y de colores, quizá de esencias. Hay un cuento, “Dicen que ella existe”, que en realidad es una serie de apuntes en torno a la solidaridad. Uno de ellos no es más que una frase, la que alguien pronuncia ante la muerte del padre: “Debes de saber que ese dolor nunca se te va a pasar, que ese recuerdo va a tomar por asalto cada uno de los minutos de cada uno de los días que te queda por vivir”, frase que alguien me dijo hace años y que se comprueba cotidianamente. “Telefunken” es un magnífico cuento, digno de una antología sobre la radio, en que un niño habla de este aparato, con los silogismos delirantes propios de la infancia: “Ahora que crecí un poco, o sea, ahora que estoy mucho más grande que cuando era chico, ya sé cómo funciona esto del radio”. Curiosamente, mientras leía este libro, se me presentó ante los ojos el nombre del autor, firmando una crónica sobre el incendio del Museo Nacional de Brasil. Con pocas palabras, se me figura el mejor texto al respecto: la breve enunciación de lo que la humanidad ha perdido y la criminal anécdota que relata cómo Michel Temer redujo el presupuesto de este museo a menos de la tercera parte. La indignación hace que las pluma sea ligera para escribir, para hacer el inventario de la destrucción. Y esa moraleja dolorosa que nos dice que para escribir los logros culturales del Neoliberalismo es más pertinente tomar la goma de borrar y aplicarla sobre el rostro de las naciones.

Eric Nepomuceno. Las tres estaciones, trad. de Paula Abramo. México, Almadía, 2018.

viernes, 7 de septiembre de 2018