viernes, 11 de abril de 2014

"Recuerdos de mi abuelo el doctor Enrique González Martínez", de Enrique González Rojo



Mi abuelo, el doctor Enrique González Martínez, murió el 19 de febrero del años en curso; yo soy una de las personas que, en sus últimos 13 años, vivió más cerca de él, no sólo en el sentido espiritual, sino, asimismo, de una manera física, que nuestras alcobas estaban una al lado de la otra. Yo soy, en consecuencia, una de las personas que guarda una memoria más fiel, no sólo de su mundo psíquico o de su estructura emocional, sino, también, de sus ademanes, de sus pasos inconfundibles, del sonido de sus respiraciones isocrónicas que, durante la noche, eran una prueba del descanso amable  del sueño dócil, y de su voz con la que todas las mañanas me despertaba.
Cuando murió mi padre, el poeta Enrique González Rojo, él, mi nuevo padre –como yo lo llamé desde ese día– me llevó a su casa. Yo completaba, entonces, diez años. Y, desde ese momento, se dedicó, con especial cuidado, a dirigir mi educación. Me inició en la lectura. Yo, que a esa edad no había leído nada, y que en el más jugoso de los cuentos de Andersen o Perrault, instalaba el "colorín colorado" después de haber pasado, a lo más, la primera página, me encontré en un ambiente esencialmente cultural; todo mundo, en mi casa, respetaba lo artístico; mi abuelo, en plena posesión de las más altas facultades creadoras, trabajaba incansablemente sobre la máquina de escribir. Los poemas iban y venían. Y no sólo poemas. También prólogos, artículos, críticas, memorias. Me tocó a mí la época más interesante de la vida de mi abuelo; más interesante porque tanto su lirismo como su pensamiento estaban afinados, precisamente en la cúspide de su existencia. Su lirismo, que había comenzado por repudiar todo ornato superfluo y que, ante el lloriqueo de otros poetas, odiaba ser, batuta en la mano, el director de una caja de música, había huido de la poesía circundante para abordar una más sólida, para llegar desde el yo a la sociedad, al amor al hombre y a la vida.
Se ha hablado mucho de que mi abuelo, tras amar el cisne de la belleza exterior, reaccionó contra éste poniendo en su lugar al búho de la sapiencia y de la interioridad; pero yo pienso que este proceso, dicho de la manera anterior, está inconcluso. Sería bueno gritar que mi abuelo, en una asombrosa dialéctica espiritual, comenzó con el cisne

un cisne que alarga el cuello lentamente
como una larga serpiente
que saliera de un huevo de alabastro...
           
siguió con el búho

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno;

y terminó con la paloma. Comenzó con la belleza exterior, siguió con la descripción del ambiente psicológico personal y terminó, sintetizando, con una bella profundidad representada por la paloma, o, dicho de otra manera, fue del individualismo interior e interrogante para llegar, finalmente, al más sincero colectivismo, a la suma de su existencia y de la vida de los hombres que lo rodeaban.
Yo afirmo, desprendiendo estas palabras de mi constante contacto con su manera de pensar, que la paloma no es más que esto; cualquier interpretación que no tome en cuenta este afán social de una convivencia pacífica, en la que la humanidad tenga tiempo de organizarse, falsea, con una errónea exégesis, el sentido simbólico de su paloma. No se crea, por lo dicho anteriormente, que mi abuelo no aprobaba la revolución planificada o el movimiento social en contra de la opresión económica; no, mi abuelo reconocía que, tal vez, el único método que existe para la socialización, es, por desgracia, el revolucionario. Pero él odiaba, con todas sus fuerzas, la guerra inútil al movimiento de igualdad humana.
Unos momentos antes de fallecer, mi abuelo murmuró: "Enrique, lo único que siento, ahora que voy a morir, es no estar contigo en la caída de este odioso capitalismo". Estas palabras revelan que su paloma, no era un animalillo tímido y tembloroso, sino que, cuando era necesario, sabía convertirse en ave de presa y luchar, en gloriosa cetrería, por lo que amaba.
Dicen ciertos filósofos actuales que el hombre está compuesto por una existencia y una esencia, y que la muerte, que es la coincidencia de ambos términos, solidifica al hombre. Si mueres cobarde, serás cobarde, si mueres con valentía, serás valiente. Mi abuelo, al quedar solidificado por la muerte, se nos presenta como sereno, torturado y alegre. Vio la luz desde estas tres dimensiones. La serenidad, que siempre lo caracterizó, le hizo decir momentos antes del tránsito: "no lloren, la muerte es el fin natural del hombre". La tragedia, que fue el barniz inconfundible de sus versos, le llevó a los labios, minutos antes de morir, en medio del dolor físico, las palabras siguientes: "Qué duro es morir". Y la alegría, que, en su obra, ocupa un lugar tan importante, le hizo bromear constantemente con todos los que, a su alrededor, éramos presa del más intenso de los dolores.
Todos los hombres poseen unos recuerdos claros y esplendentes y otros neblinosos e inseguros, yo guardo multitud de los primeros en lo que se refiere a las conversaciones con mi abuelo; recuerdo casi con precisión, frases completas, matices de su voz, argumentos de fuerza y salidas ingeniosas. Como nuestra familia ha emulado, aunque modestamente, a las familias de Bach o de Couperin, ya que como éstas, durante varias generaciones ha presentado personas que se dedican, con especial atención, a una misma actividad artística, recuerdo que mi abuelo, hijo de una poetisa, hermano de otra, padre de un poeta y abuelo mío, era un crítico familiar, un vértice regulador que nos guiaba a todos al camino personal o al silencio voluntario. Y no sólo fue un consejero literario, un crítico sagaz y comprensivo, sino que, principalmente, era un consejero profundamente humano que, a cada instante, si es que esto se puede decir, se acercaba más a la vida.
Yo deseo que algún día se realice un estudio cuidadoso de sus tres más extensos poemas que son "El Diluvio de Fuego", "Babel" y "Principio y Fin del Mar", porque, principalmente los dos primeros, contienen un documento humano de valor, traducido a un lirismo lleno de claridad y audacia que podrá servir mañana para orientar, con su belleza, a los pueblos de habla española hacia una convivencia humana más fraternal. Babel es un poema todavía poco difundido, ha llegado a manos de un pequeño grupo de lectores, no ha producido aún la debida impresión. No sólo posee una espléndida forma y un mensaje en consonancia con el ideal de la humanidad oprimida, en un canto plagado de momentos de un intenso lirismo, sino, también, es un poema lleno de dramáticos instantes de tensión. Babel representa, dentro de la obra de mi abuelo, el tránsito de su poema personal al problema colectivo. Ya no se siente sólo unido a las cosas, al árbol, al paisaje y a la fiera, ya no pretende tan sólo regar las piedras que se encuentran sepultadas, sino que ahora se interesa, además, por el hombre y sus problemas sociales; sueña con la paz, grita contra las escisiones humanas provocadas por el racismo o la religión, por la propiedad o la frontera.
Para describir el carácter de mi abuelo hay que empezar por su manera de ser cotidiana; era un conversador formidable, no sólo gustaba de platicar, sino que paladeaba la conversación; era, en lo que se refiere al buen humor y a la broma, un incansable y entusiasta contador de anécdotas; su memoria de más de setenta años, asombraba por lo variada y firme; a veces, sin embargo, cuando unía su talento imaginativo con la memoria, resultaba que las anécdotas, antes sencillas, se veían reformadas, por su exageración, en relatos increíbles de regocijante farsa. La verdad era conscientemente sacrificada en aras de la alegría. Su repertorio anecdótico era enorme porque provenía de lugares tan disímiles como son una provincia, una capital o una corte, un grupo literario, una academia o unos juegos florales, una reunión, un banquete o un homenaje.
Hay que hacer notar que si mi abuelo, en la última época de su vida, abrazó con mayor entusiasmo que nunca el problema social, no quiere decir que haya abandonado sus ideales pretéritos. Era mi abuelo un hombre inquieto por todo lo que se denominara artístico, por la pintura, la música, etc., y, en lo que se refiere a la poesía, estaba siempre al tanto de las actividades de los más jóvenes poetas, de las escuelas o las agrupaciones que, como toda la vanguardia, llevaban, aún, pantalones cortos; gustaba, y era un gran conocedor, de la poesía clásica; Góngora, Lope de Vega y Quevedo eran sus dioses mayores. Su cultura era extraordinariamente amplia ya que, además de sus conocimientos de índole literaria, poseía, por su profesión de médico, una sólida cultura científica. Era un lector incansable, miles de libros pasaron bajo sus ojos. Cuando yo volvía de mis clases en la noche, lo encontraba siempre leyendo; comentábamos, por lo general, su lectura, y, a veces, nos desvelábamos un poco leyendo pasajes de la obra. ¡Cómo quisiera yo que existiese un libro capaz de desvelarnos de la muerte! Conservo con gran cariño los últimos cuatro libros que leyó, porque pienso, cuando abro sus páginas, que algunas letras guardan algo de su mirada, de ese barniz atento de su mirada inquisidora, mirada que se quedó leyendo, con una atención inverosímil, la llegada de la muerte.

Cuadernos Americanos 4, año XI, vol. LXIV. julio-agosto de 1952. pp. 237-241.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Paris, le 20 Août

Cher Pavel,

          "Ayer, de madrugada vi bajar de los montes a unos indis en día que no era de mercado y me sorprendió; pero mi sopresa se convirtió en asombro cuando un muchacho mestizo me hizo saber que iban camino de un pueblecito cercano donde se proyectaba una película de Imperio Argentina. Y ambas palabras –Imperio y Argentina– quedaron grabadas en mí como signos indelebles de alguien capaz de mover montañas al sólo reclamo de su nombre."
          Estas líneas fueron escritas por Jules Supervielle, poeta francés nacido en Uruguay, en los años 30.
          Yo varias veces crucé el Pirineo para ver a Imperio, en el teatro Goya, en el festival de Sevilla, en Expo 92 Azabache, vine de Orán a Madrid cruzando el Mediterráneo en 1963, en 1989 otra vez a Madrid para su condecoración por el Rey Juan Carlos en el museo del Prado. Pero el viaje más largo, simbólico, lo hizo de México a Paris, a través de tu radio. Espero darte las gracias cuando iré a México.
          François Truffaut escribió después del Festival de Cine de San Sebastián, cuando hicieron un homenaje a Florian Rey después de su muerte: "Le cinema espagnol c'est le sourire d'Imperio Argentina" (el cine español es la sonrisa de I.A.). Su sonrisa embellece la vida, nos hace tutear los ángeles, hundirnos en la infinidad, su voz argentina nos eleva al cielo.
          Escritores famosos hablaron de ella: André Gide, Colette, Miguel Hernández, Tennessee Williams, Rafael Alberti hizo un dibujo con la dedicatoria: "A Malena, novia de España". Y Michel Simon que hizo con ella la película "La Tosca" dijo que tenía un pecho del quatrocento. Alfonso Reyes en la "conspiración de la cucaña" dijo: "Imperio Argentina es la mujer ideal".
          En 1950, en el Rastro de Madrid, buscaba discos de I.A. y un vendedor me dijo que acababa de comprar, todos los que tenía, Luis Mariano en persona, que él y su madre eran grandes admiradores de Imperio.
          He comprado el libro editado por Taschen: "Mexicana, vintage mexican graphics" y entre las bellezas mexicanas aparece Imperio, es el sobre del C.D. de sus canciones de las películas de los años 30, entre ellas las de Carmen la de Triana. Cuando inauguraron el cine España en Insurgentes Sur, proyectaron esa película. Otro testimonio de su popularidad: en Cuba, quirtaron una película de Greta Garbo para proyectar Nobleza Baturra, la gente se peleaba para entrar  en el otro cine donde se exhibía la película porque siempe se ponía el cartel: "no hay sitios", y David O. Selznick vino a Cuba para ver quién era la estrella capaz de destronar a Greta Garbo.
          Iván me dijo que tienes un libro sobre I.A. Si es el de Pedro Manuel Villosa, editado en España, no vales, la copia del libro de Carlos Manso, el Argentino, que lo hizo con I.A. durante un verano que él se quedó en Sevilla. La casa editorial de Buenos Aires fracasó y el libro es el más bueno, bien documentado, no ha tenido el éxito merecido. Pero si no lo tienes, yo tengo uno para ti que me trajo un amigo argentino. Te mando esa carta c/o de Iván Restrepo. Él viene a Paris en septiembre y te lo llevará.
          Agradezco ese homenaje a I.A. y haber mencionado mi nombre. La radiocassette que tengo por mediación de Iván ya está en el relicario dedicado a Imperio.
          Hace un año que se fue.
          Un abrazo, à bientôt.
          Odette. 
         

         

sábado, 12 de febrero de 2011

Un hombre original, de Leonid Andréyev



Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien declaró con voz dulce y tranquila:

—¡A mí me encantan las negras!

Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa de vodka que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.

Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban; todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.

El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en Kotelnikov, dijo:

—Pero Semen...

—¡Semen Vasilievich! —pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.

—Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?

—Sí, me gustan mucho.

El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la mesa, y soltó la carcajada:

—¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!

Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el de que aquello le causase disgustos.

—¿Lo dice usted seriamente? —preguntó el subjefe cuando acabó de reírse.

—¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo... exótico.

—¿Exótico?

Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir, asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y olían mal.

—¡Y, sin embargo, me gustan! —insistió modestamente Kotelnikov.

—¡Allá usted! —dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esas bestias color de betún.

Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no había un hombre de tanta originalidad.

Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el criado se los encendiese.

Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:

—¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos juntos...

—¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto! —aceptó Kotelnikov.

Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin, comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.

Después de beber «Brudeschaft» —Hermandad— con Polsikov, bebió con Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los miraba con ojos amorosos y tiernos.

El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:

—Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un hombre a quien le gustan las negras.

Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza, todos convinieron en que era muy chic.

Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.

—No, muchacho —decía—; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo exótico.

—Tonterías —contestaba severamente Polsikov—. No sé lo que puede encontrarse en ella. Del color del betún...

—No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...

Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar con la definición justa.

—¡Tienen temperamento!

Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.

—¡Haces mal en discutir! —le dijo Troitzky—. Nuestro amigo Kotelnikov tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.

Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:

—¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan contento, que tengo ganas de armar un escándalo.

—A pesar de todo, no lo comprendo —insistía Polsikov—. Del color del betún... Para mí, ni siquiera son mujeres.

—¡No, amigo, te engañas! —insistía a su vez Kotelnikov—. Porque, mira, hay algo en las negras...

Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz, tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.

Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio, por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras. Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.

Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba té con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas razones de su afición a las negras.

—¿Por qué justamente las negras? —preguntábale.

Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose con ella un poco reservado.

Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.

Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo Duclot.

—Este señor —dijo el revistero al director, haciendo avanzar a Kotelnikov— adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.

Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:

—¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará satisfecho: tengo precisamente en mi troupe tres hermosas negras.

Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director, absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.

—Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.

El director consintió.

A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e irse a ver a su pobre madre.

Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía a Kotelnikov.

—Dice que no ha visto en su vida a un gentlemán tan guapo y simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?

Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos. Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:

—Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.

Y todos estaban tan contentos.

Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña. Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá» —escribía— y su debilidad le impedía siempre terminar la carta.

A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia el director quería verle.

Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró en el gabinete de su excelencia.

—¿Es verdad que a usted... que a usted...?

El director buscaba palabras.

—...¿Que a usted le gustan las negras?

—¡Sí, excelentísimo señor!

El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:

—Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?

—¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!

Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.

—¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase usted con su padre, por qué le gustan las negras.

—¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!

Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:

—Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras. Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!

Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.

—Y yo, pásmense ustedes —dijo una de las excelencias—, tengo un empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.

Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una pasión extravulgar por las negras.

—¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo exótico! —añadió su excelencia.

Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le volvieron con desprecio la espalda.

Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía en esfuerzos por ser original.

Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original, acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, tuvo que abandonar al punto su empleo.

Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después, un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo exótico.

A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún. A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.

El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.

Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven esposo.

Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el alma.

La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra de molino.

Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió una pregunta algo turbadora:

—¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?

—¡Serán a rayas! —observó Polsikov.

—¿Cómo a rayas? —exclamaron, asombrados, los asistentes.

—Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra negra... Como las cebras —explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran lástima su desgraciado amigo.

—¡No, no es posible! —exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.

Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su cuarto, llenando de emoción a los asistentes.

Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.

El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños blancos.

—¡Querida mía! —decía.

Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba, combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.

Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de que el propio director hubiera sido su padrino.

A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su espesa barba y lanzó un profundo suspiro. Él también sentía cierta admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, exclamó:

—¡Aborrezco a ese diablo negro!

Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su mujer llorar, añadió, con voz dulce:

—Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.

Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en los labios se fue al otro mundo.

La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en ellas algo exótico.

(Traducción de Nicolás Tasín)

sábado, 13 de noviembre de 2010

El café del cazador


El café del Cazador ha cerrado sus puertas, por donde sólo entraban los recuerdos de antaño. Junto a las mesas, ya no charlan sino payos y toreros; mas con él se acaba, pasa, se desvanece un gran pedazo de historia. Ahí los kepis fraguaban pronunciamientos, las melenas recitaban versos y los lápices fijaban perfiles. Ahí resonaron las estrofas irisadas y musicales de Cuenca, las odas viriles y robustas de Sierra, los endecasílabos impregnados de besos de Flores, los primeros arrullos de pasión ideal de Peza; los escépticos tercetos de Acuña, las risas esproncedianas de Plaza y los melancólicos cuartetos de Pepe Negrete. Era aquel nido de bohemios, un pedacito de ilusión y de esperanza. Yo fijaría sobre sus dinteles una lápida que dijese:


Aquí cuchicheó la conspiración y aleteó el ensueño.


Amado Nervo, 21 de enero de 1900

sábado, 16 de octubre de 2010

"Dieciséis de septiembre", de Andrés Quintana Roo (edición de Pável Granados)




Ite, ait, egregias animas, quae sanguine nobis
hanc patriam peperere suo, decorate supremis
muneribus…
Virgilio, Eneida (XI, 24-26)

Id –dice–; a las egregias almas, que con su sangre a nosotros
nos han parido esta patria, decorad con supremos
regalos…
Versión de Rubén Bonifaz Nuño


I

Renueva, oh musa, el victorioso aliento,
con que fiel de la patria al amor santo,
el fin glorioso de su acerbo llanto
audaz predije en inspirado acento:
cuando más orgulloso
y con mentidos triunfos más ufano,
el ibero sañoso
tanto ¡ay! en la opresión cargó la mano,
que al Anáhuac vencido
contó por siempre a su coyunda uncido.


II

“Al miserable esclavo (cruel decía)
que independencia ciega apellidando,
de rebelión el pabellón nefando
alzó una vez en algazara impía,
de nuevo en las cadenas,
con más rigor a su cerviz atadas,
aumentemos las penas,
que a su última progenie prolongadas,
en digno cautiverio
por siglos aseguren nuestro imperio."


III

“¿Qué sirvió en los Dolores vil cortijo,
que el aleve pastor el grito diera
de libertad, que dócil repitiera
la insana chusma con afán prolijo?
Su valor inexperto,
de sacrílega audacia estimulado,
a nuestra vista yerto
en el campo quedó y escarmentado;
su criminal caudillo
rindió ya el cuello al vengador cuchillo.”


IV

“Cual al romper las pléyades lluviosas
el seno de las nubes encendidas,
del mar las olas antes adormidas
súbito el Austro altera tempestosas;
de la caterva osada
así los restos nuestra voz espanta,
que resuena indignada
y recuerda, si altiva se levanta,
el respeto profundo
que inspiró de Vespucio al rico mundo.”


V

“¡Ay del que hoy más los sediciosos labios,
de libertad al nombre lisonjero,
abriese, pretextando novelero
mentidos males, fútiles agravios!
Del cadalso oprobioso
veloz descenderá a la tumba fría,
y ejemplar provechoso
al rebelde será, que en su porfía
desconociere el yugo
que al invicto español echarle plugo.”


VI

Así los hijos de Vandalia ruda
fieros clamaron cuando el héroe augusto
cedió de la fortuna al golpe injusto;
y el brazo fuerte que la empresa escuda,
faltando a sus campeones,
del terror y la muerte precedidos,
feroces escuadrones
talan impunes campos florecidos,
y al desierto sombrío
consagran de la paz el nombre pío.


VII

No será empero que el benigno cielo,
cómplice fácil de opresión sangrienta,
niegue a la patria en tan crüel tormenta
una tierna mirada de consuelo.
Ante el trono clemente
sin cesar sube el encendido ruego,
el quejido doliente
de aquel prelado, que inflamado en fuego
de caridad divina
la América indefensa patrocina:


VIII

“Padre amoroso, dice, que a tu hechura,
como el don más sublime concediste,
la noble libertad con que quisiste
de tu gloria ensalzarla hasta la altura,
¿no ves a un orbe entero
gemir, privado de excelencia tanta,
bajo el dominio fiero
del execrable pueblo que decanta,
asesinando al hombre,
dar honor a tu excelso y dulce nombre?”


IX

“¡Cuánto ¡ay! en su maldad ya se gozara
cuando por permisión inescrutable
de tan justo decreto y adorable,
de sangre en la conquista se bañara,
sacrílego arbolando
la enseña de tu cruz en burla impía,
cuando más profanando
su religión con negra hipocresía,
para gloria del cielo
cubrió de excesos el indiano suelo!”


X

“De entonces su poder ¡cómo ha pesado
sobre el inerme pueblo! ¡Qué de horrores,
creciendo siempre en crímenes mayores,
el primero a tu vista han aumentado!
La astucia seductora
en auxilio han unido a su violencia:
moral corrompedora
predican con su bárbara insolencia,
y por divinas leyes
proclaman los caprichos de sus reyes.”


XI

“Allí se ve con asombroso espanto
cual traición castigado el patriotismo
en delito erigido el heroísmo
que al hombre eleva y engrandece tanto.
¿Qué más? En duda horrenda
se consulta el oráculo sagrado
por saber si la prenda
de la razón al indio se ha otorgado,
y, mientras Roma calla,
entre las bestias confundido se halla.”


XII

“¿Y qué, cuando llegado se creía
de redención el suspirado instante,
permites, justo Dios, que ufana cante
nuevos triunfos la odiosa tiranía?
El adalid primero,
el generoso Hidalgo ha perecido:
el término postrero
ver no le fue de la obra concedido;
mas otros campeones
suscita que rediman las naciones.”


XIII

Dijo, y Morelos siente enardecido
el noble pecho en belicoso aliento;
la victoria en su enseña toma asiento
y su ejemplo de mil se ve seguido.
La sangre difundida
de los héroes su número recrece,
como tal vez herida
de la segur, la encina reverdece,
y más vigor recibe,
y con más pompa y más verdor revive.


XIV

Mas ¿quién de la alabanza el premio digno
con títulos supremos arrebata,
y el laurel más glorioso a su sien ata,
guerrero invicto, vencedor benigno?
El que en Iguala dijo:
“¡Libre la patria sea!”, y fuelo luego
que el estrago prolijo
atajó, y de la guerra el voraz fuego,
y con dulce clemencia
en el trono asentó la Independencia.


XV

¡Himnos sin fin a su indeleble gloria!
Honor eterno a los varones claros
que el camino supieron prepararos,
¡Oh Iturbide inmortal! a la victoria.
Sus nombres antes fueron
cubiertos de luz pura, esplendorosa;
mas nuestros ojos vieron
brillar el tuyo como en noche hermosa
entre las estrellas sin cuento
a la luna en el alto firmamento.


XVI

¡Sombras ilustres, que con cruento riego
de libertad la planta fecundasteis,
y sus frutos dulcísimos legasteis
al suelo patrio, ardiente en sacro fuego!
Recibid hoy, benignas,
de su fiel gratitud prendas sinceras
en alabanzas dignas,
más que el mármol y el bronce duraderas,
con que vuestra memoria
coloca en el alcázar de la gloria.


Prosificación




I

Oh musa, renueva el aliento victorioso con el que predije audazmente –fiel al santo amor de la patria y con inspirada entonación– el glorioso fin de su cruel llanto: cuando el español rencoroso se encontraba más orgulloso y más ufano de sus falsos triunfos cargó la mano en la opresión y creía que el Anáhuac derrotado estaría siempre uncido a su coyunda.


II

El español decía cruelmente: “Aumentemos las penas al esclavo miserable que alzó una vez la bandera nefanda de la rebelión, con irreligioso griterío, convocando a una independencia ciega y que nuevamente tiene atadas sus cadenas a la cerviz; aumentemos estas penas para que, prolongadas hasta el último de sus descendientes, en un merecido cautiverio, aseguren nuestro imperio.”


III

“¿De qué sirvió que el sacerdote traidor diera en el vil pueblo de Dolores aquel grito de libertad que la insana chusma repitiera dócilmente con afán impertinente? Su inexperto valor, estimulado por una audacia sacrílega, quedó rígido y escarmentado en el campo, ante nosotros; su criminal caudillo ya ha sido decapitado por el cuchillo vengador.”


IV

“Como las Pléyades que anuncian la lluvia y se dejan ver con su claridad entre las nubes intensamente rojas, y súbitamente el viento del sur vuelve tempestuosas las olas del mar, antes dormidas; así, nuestra voz, que resuena indignada, espanta los restos de la multitud osada; y al levantarse altivamente, hace recordar el profundo respeto que inspiró en América.”


V

“¡Ay del que abriese hoy los labios sediciosos al nombre adulador de libertad, pretextando mentirosamente ofensas sin importancia. Descenderá del cadalso deshonroso a la tumba fría, y servirá como ejemplo al rebelde que, en su obstinación, desconociera el yugo que el invicto español tuvo a bien echarle.”


VI

Así clamaron los fieros españoles cuando Hidalgo cedió al injusto golpe de la fortuna; y los escuadrones feroces [con] el brazo fuerte que defiende su empresa, faltando a sus propios héroes que han sido precedidos por el terror y la muerte, talan impunemente los campos floridos, y envían al tétrico desierto el nombre benigno de la paz.


VII

Sin embargo, no ocurrirá que el cielo benigno –que fuera un cómplice manipulado por la sangrienta opresión de los españoles–, niegue a la patria en tormenta tan cruel una tierna mirada de consuelo. Sin cesar, ante el trono clemente sube el encendido ruego, el quejido doliente de Morelos, que, inflamado en el fuego de la caridad divina protege a la América indefensa.


VIII

Dice: “Padre amoroso, que concediste una noble libertad –hecha a tu imagen, como el don más sublime– con la que quisiste llevar a América hasta la altura de tu gloria, ¿no ves a un mundo entero gemir, privado de tanta bondad, bajo el fiero dominio del condenable pueblo español que, asesinando seres humanos, se desvió de dar honor a tu elevado y dulce nombre?”


IX

“¡Cuánto se gozaba ya el pueblo español en su maldad, cuando por el inescrutable permiso de un decreto justo y adorable, se bañó de sangre en la Conquista, enarbolando sacrílegamente la bandera de tu cruz como una burla contraria a la religión; cuando más profanaba su religión con negra hipocresía, para gloria del cielo cubrió de excesos el suelo americano!”


X

“Desde entonces ¡cómo ha pesado su poder sobre el inerme pueblo! ¡Cuántos horrores siempre convirtiéndose en crímenes mayores, a tu vista han aumentado el primero de ellos! A su violencia han unido la astucia seductora: con su bárbara insolencia predican una moral corruptora, y proclaman como leyes divinas los caprichos de sus reyes.”


XI

“Allí se ve con asombroso espanto el patriotismo castigado cual traición; el heroísmo que tanto eleva y engrandece al hombre, erigido en delito. ¿Qué más? En duda horrenda se consulta el oráculo sagrado por saber si la prenda de la razón al indio se ha otorgado, y, mientras Roma calla, entre las bestias confundido se halla.”


XII

“¿Y por qué, cuando se creía que había llegado el suspirado instante de la redención, permites, justo Dios, que la odiosa tiranía cante ufana nuevos triunfos? Ha perecido el primer adalid, el generoso Hidalgo: no le fue concedido ver la consumación de su obra; mas suscita con su muerte que otros campeones rediman las naciones.”


XIII

Dijo Morelos, para luego sentir enardecido su noble pecho por un bélico aliento; la victoria se posa en su estandarte y su ejemplo se ve seguido de otros mil. Aumenta en número la sangre esparcida de los héroes, del la misma manera que la encina reverdece y recibe más vigor luego de ser herida por la hoz, y luego revive con más suntuosidad y más verdor.


XIV

Mas ¿quién –guerrero invicto y vencedor benigno–, arrebata con títulos supremos el premio digno de la alabanza?, ¿y quién ata a su sien el laurel más glorioso? Iturbide, quien dijo en Iguala: “¡Que la patria sea libre!”; y lo fue tan pronto interrumpió el dilatado estrago y el voraz fuego de la guerra, y con dulce clemencia asentó la Independencia en el trono.


XV

¡Himnos sin fin a su gloria indeleble! Honor eterno a los ilustres varones que el camino te supieron preparar hacia la victoria, ¡Oh inmortal Iturbide! Sus nombres antes fueron cubiertos de una luz pura y esplendorosa; pero nuestros ojos vieron brillar tu nombre como en la noche hermosa, entre las estrellas innumerables, ante la luna, en el alto firmamento.


XVI

¡Sombras ilustres, que fecundasteis la planta de la libertad con un riego sangriento, y legasteis sus dulcísimos frutos al suelo patrio, ardiente en fuego sagrado! Recibid hoy, benignas, las prendas sinceras de su fiel gratitud en alabanzas dignas, más duraderas que el mármol y el bronce, las cuales colocan vuestra memoria en el alcázar de la gloria.


Notas




I

–acerbo: cruel, riguroso, desapacible.
–coyunda: correa fuerte y ancha, o soga de cáñamo, con que se uncen los bueyes. / uncir: atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.


II

–apellidar: llamar a las armas, convocar a guerra.
–pabellón: bandera nacional.
–algazara: griterío. / impío: contrario a la religión.
–cerviz: parte dorsal del cuello.


III

–cortijo: finca rústica –diminutivo de “corte”.
–aleve: traidor; el aleve pastor es Miguel Hidalgo.
–prolijo: impertinente.
–yerto: tieso.


IV

–romper: dicho de un astro o de la luz, vencer con su claridad, descubriéndose a la vista. Pléyades: grupo formado por ocho estrellas. Tradicionalmente, anuncian la temporada de lluvias, de ahí el adjetivo usado por Quintana Roo.
–encendido: de color rojo muy subido.
–Austro: viento del sur; es un viento cálido que anuncia la estación de lluvias. Otras ediciones: tempestuosas. Así utiliza esta palabra, por ejemplo, Juan Meléndez Valdés en su poema “La caída de Luzbel”: “semejante a un nublado tempestoso” (1784).
–caterva: multitud de poca importancia.
–Vespucio: Américo Vespucio (1454-1512), navegante italiano. Se le considera el primer europeo que comprendió que la tierra descubierta por Cristóbal Colón era un nuevo continente. de Vespucio al rico mundo: en América.


V

–sedición: alzamiento violento, no tan grave como la rebelión. // sediciosos labios: las personas que apoyan la sedición
–lisonjero: adulador.
–novelero: mentiroso.
–fútiles: de poca importancia.
–cadalso: tablado que se levanta para ejecutar la pena de muerte.
–porfía: obstinación.
–plugo: agradó.


VI

–Vandalia: Andalucía. Antiguamente se pensaba que Andalucía provenía de la palabra Vandalia por haber conquistado el sur de España durante el siglo V. Por extensión, los españoles.
–héroe augusto: sinalefa; se pronuncian cuatro sílabas: hé-roeau-gús-to
–campeones: sinéresis.


VII

–patrocinar: proteger.


VIII

–ensalzarla: alabar a América.
–decantar: desviarse.


IX

–permisión: permiso. inescrutable: que no se puede saber ni averiguar.
–decreto: dictamen, parecer. Tal vez sea una referencia irónica al Requerimiento (1513) escrito por el jurista Juan López de Palacios Rubios (1450-1524), el cual era un documento que se leía en español a los indígenas americanos. Este texto anunciaba el mandato divino que autorizaba a la Corona española a someter a los pueblos indígenas que se negaran a ser evangelizados. También puede ser una referencia a las Leyes de Burgos (1512), las primeras que dictó la Corona para justificar la Conquista de América. Estas Leyes, que pretendían proteger a los indios de la esclavitud, tenían como fin esencial justificar la conquista como un medio para la evangelización. Desde el principio fueron cuestionadas por irreales y limitadas por autores como fray Bartolomé de las Casas.
–sacrilegio: lesión de cosa sagrada. arbolar: levantar banderas, poner los árboles a una embarcación, poblar de árboles, arrimar derecho un objeto alto a otra cosa, elevarse mucho las olas del mar, encabritarse un caballo.
–enseña: insignia o estandarte. impío: contrario a la religión.
–profanar: deshonrar.


X

–inerme: que está sin armas.


XII

–adalid: caudillo militar.


XIII

–recrecer: aumentar.
–segur: hacha grande para cortar, hoz.
–pompa: acompañamiento suntuoso.


XIV

–El que en Iguala dijo: Iturbide firmó el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1824, el cual unía a conservadores y liberales en torno a la Independencia de la Nueva España. Se formó el Ejército Trigarante, comandado por Iturbide, para garantizar el Plan.
–prolijo: dilatado, pesado, molesto.
–atajar: interrumpir alguna acción o proceso.


XV

–claro: ilustre, insigne.


XVI

–cruento: sangriento.
–alcázar: casa real.

martes, 7 de septiembre de 2010

Shalalá




Con un cheque de hule perdí el estilo,
para colgar las guantes bastó el silbido.
Pero que no rumoren que fui un vendido,
ora que me coronen, que estoy bendito.
Cuando en la lona estás, nadie está contigo,
tres metros bajo tierra sólo hay olvido.
Jaime López, "Nocaut"

A. Aforismos para debatir en Twitter -desde el solipsismo- con Aleks Syntek


I. ¿El vacío (la letra de Jaime López) es capaz de llenar el vacío (del discurso calderonista)?

II. Entrar a la mística de la celebración es repetir -sin analizar- los versos de Jaime López.

III. Y analizar la letra es salir automáticamente de la discusión (o cancelar la cuenta de Twitter).

IV. El debate histórico en la época del PAN se ha ampliado notablemente hasta llegar a los 140 caracteres.

V. Amnesia histórica: ya casi nadie recuerda cuando Francisco González Bocanegra abandonó Twitter por las críticas que recibieron sus estrofas dedicadas a Santa Anna y a Iturbide.

VI. Como el pasado se encuentra tan acotado, es mejor festejar el futuro -que además es milenario.

VII. Si los mexicanos cantan mil veces "Shalalalalalá" tomados de las manos, aparecerá el espíritu patrio por el horizonte (Calderón dixit).



B. Yo que sólo canté de la exquisita partitura de Aleks Syntek -con letra de Jaime López


Desde el principio se sabía que el principal problema de los festejos del Bicentenario sería la falta de contenido, ya que el PAN representa las posturas enemigas de los movimientos que debe homenajear. Ni la soberanía, ni la independencia, ni la justicia social son temas que le preocupe conseguir, mucho menos celebrar. De ahí que las causas políticas hayan sido dejadas de lado -en espera de que nadie las recuerde- para dedicarse a festejar un cumpleaños. Y se repite y se repite el mensaje: es tu cumpleaños, 1810 es la fecha de nacimiento de todos los estereotipos de la nacionalidad. Aun cuando nuestros motivos de orgullo patrio hayan nacido mucho más tarde, como el mariachi, el Himno Nacional, la bandera, el machismo, el complejo de inferioridad...

Me imagino que, como un regalo de cumpleaños, el secretario de Educación anunció la canción El futuro es milenario, compuesta por Aleks Syntek y Jaime López. Los abundantes comentarios adversos seguramente dejaron en el desasosiego al gusto musical de las autoridades. Los críticos, como de costumbre, se han quedado hablando solos. Las autoridades han puesto a todo volumen El futuro es milenario y se han marchado no sin antes cerrar la puerta; luego, han negado que esta canción sea el himno oficial de las celebraciones. El siguiente paso será negar que alguien la haya solicitado. Tal vez termine siendo un ejemplo de "generación espontánea por patriotismo".

Alonso Lujambio tiene ánimo fiestero por su compromiso con las próximas generaciones. Pero ningún interés personal, según se desprende de sus declaraciones. La SEP ha convocado a varios artistas para colaborar en los festejos, hecho de ningún modo criticable, ya que el Estado, por otra parte, tiene esa obligación. No es éste el lugar para criticar el santanismo del Himno Nacional ni los murales encargados por el PRI. Así que tampoco hay una censura porque Syntek y López hayan realizado una canción para el Bicentenario calderonista. Quiero imaginarme que aún existe un artículo que garantiza la libertad de expresión (y que los autores respaldan su trabajo), y que no se versificó el ideario oficial. De preferencia no mencionar a Zapata o a Villa, pues tienen rimas feas (reata, hebilla) y poco edificantes. Antes de retirarse por un tiempo de Twitter, Aleks Syntek compartió algunas reflexiones (lo más articulado que se ha producido con respecto a las celebraciones):


"Les cuento que de niño mi papá me llevaba a escuchar música de orquesta de compositores mexicanos extraordinarios, Revueltas, Galindo, Huízar y mi favorito Moncayo. Así que decidí optar por el huapango como principal influencia en este tema pero con un pequeño toque que lo actualizará.

"¿Que porqué Shalalala? (sic) Simplemente porque necesitábamos un elemento genérico, este tema será escuchado en muchos países que no son de habla hispana. El shalala es universal y es muy típico en los temas de música folclórica mexicana".


Sí, "Shalalá" es el leitmotiv de la música mexicana (ahora mismo nos viene a la mente Shalalá, canto para matar a una culebra, de Silvestre Revueltas) y cualquiera que haya recibido una educación musical privilegiada notará en seguida la tradición sinfónica de El futuro es milenario. Pero más allá de los mezquinos comentarios en contra de una obra que sólo busca festejar (en este contexto, "festejar" equivale a evadir el significado histórico del Bicentenario), debe verse justo lo que permanece como un punto ciego: lo más importante es que nadie se dé cuenta de que el principal interés de la maquinaria-festejante del gobierno es: "se honra a la Independencia y a la Revolución justo porque están derrotadas. Si fuera lo contrario, ya habríamos corrido lo más lejos posible, lejos de las demandas que se enarbolaron hace doscientos y hace cien años".

En ese sentido correrían Calderón, Lujambio y el profundo historiador Villalpando. La frivolidad no es algo superficial, es una gruesa capa que no deja ver la realidad: por frivolidad se entiende el interés del gabinete por echar relajo para que no se escuchen las voces que continúan pidiendo la justicia y la defensa de la soberanía, palabras que ni siquiera están invitadas al banquete -pues prosiguió el banquete (Rosario Castellanos).

viernes, 6 de agosto de 2010

El arte de hablar entre los pájaros


En los días de antaño los hombres poesían el arte de hacer que los pájaros discurrieran en el idioma humano. El invento se atribuye a un gran filósofo, que dividió sus lenguas, y después de muchas generaciones produjo una raza selecta que nació con ese órgano dividido. Alteró las formas de sus cráneos atando ligaduras detrás del oocipucio, lo que provocó que el sincipucio se proyectara, que sus ojos se volvieran prominentes y que sus cerebros dominasen el arte de expresarse a través de la palabra.

Pero este maravilloso descubrimiento, como en general todos los de los grandes filósofos, tuvo un terrible defecto en la práctica. Cuando los pájaros empezaron a hablar, hablaban sabiamente y con gran tino, y decían la verdad con tal persistencia que reprochaban a sus hermanos de piel sin pluma tan abiertamente, los halagaban tan poco y los aconsejaban tanto, que la humanidad pronto se hartó de oírlos discurrir. Así que el arte fue cayendo en desuso, y ahora se cuenta entre las cosas desaparecidas.

Sir Richard Burton, Vikram y el vampiro