domingo, 30 de agosto de 2015

Reloj de pulso. Crónica de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX




De los críticos literarios, me gustan los que llevan el poeta al mundo del lector. Los que saben dialogar con él. Los que disciernen entre los versos y extraen la belleza. Pues no hay que olvidarla nunca. En la vida eso es lo que hay, poetas contemplando el mundo y tratando de crear una visión peculiar, una poética, un ritmo en el que la vida se refleje viva. Después de leer largamente una época, se podrá extraer una constante, algo que tal vez los propios poetas no ven, algo que los atraviesa a todos. ¿Qué será? Quizá lecturas comunes, circunstancias históricas generacionales, la misma noticia leída en el periódico, un profesor con grandes ideas en su cátedra… A esas constantes las podemos llamar “época”, “escuela” o “estilo”. Aunque esta última palabra es peligrosa, ya que estilo puede ser, también, lo contrario. Es decir, los recursos con que un poeta, de manera dulce o desesperada, intenta distanciarse de lo común. Las grandes palabras como “Neoclásico”, “Romanticismo” o “Modernismo”, serían consecuencias, construcciones históricas que los propios autores o sus críticos posteriores imponen o combaten. Se va construyendo de abajo hacia arriba. De lo particular a lo general. Aunque lo general no siempre sirva para todo, y se deba de pulir de manera constante. No es lo que existe en este libro, desafortunadamente, el cual se estructura en grandes periodos históricos (Neoclásico, Romanticismo, Modernismo, Vanguardia) para dar paso a otros periodos temerariamente bautizados por el autor (Neorromanticismo, Posmodernismo y Anfiguardia). Una vez que se establecieron estas categorías inamovibles viene el divertido intento de hacer caber a los autores en ellas. Díaz Mirón tiene que encajar en el Modernismo completito, sin importar que tenga una etapa romántica en su juventud. Hay demasiadas inexactitudes en la argumentación como para confiar en que el autor conoce bien los periodos que trata (no menciona a la Arcadia, hace contemporánea la Academia de Letrán de El Renacimiento de Altamirano, omite a Manuel Carpio y a José Joaquín Pesado pero le da un significativo lugar a Antonio Plaza, asegura que López Velarde dedicó La sangre devota a Salvador Díaz Mirón, da mal los datos biográficos de Amado Nervo, sugiere comparar la poesía de Gutiérrez Nájera –muerto en 1895– con la de Francisco González León –cuyas obras representativas sólo se escribieron hasta 1917–, etc.). A pesar de todo, página tras página, el autor nos dice cuál es la lectura correcta de una época o de un autor. Si a nosotros nos gusta, por ejemplo, un poema de Salvador Díaz Mirón por su sonoridad, erramos lastimosamente. Eso se debe a que no sabemos que el mejor Díaz Mirón es el de los poemas más “íntimos”. Algunos poemas de Juan de Dios Peza “aún se dejan leer”. Eso quiere decir que si preferimos otros, estamos completamente desencaminados. Y se enuncia todo en una tercera persona impersonal para que parezca más científico todo. Se necesitan críticos de poesía, se dice en el prólogo. No lo niego. Pero la crítica que se propone aquí es la vieja preceptora con una regla en la mano para castigar a los que leen lo que no se debe: “¿Cómo es posible que te guste ese autor que nada aporta al acto sémico?” ¿Y cuáles son las ideas fundamentales del libro? Básicamente: que las grandes obras de la poesía mexicana no lo son tanto. Son más interesantes las menos ambiciosas. Me parece desproporcionado preferir a ciertos poetas actuales que a Ramón López Velarde. Por cierto, a este último no le va muy bien en este libro. Se dice que murió con su tiempo, que sólo se le lee para comentar su estilo y no para disfrutarlo. Yo, sin embargo, lo disfruto como a muy pocos autores, y no pienso que se haya muerto con su tiempo. Me cuidaré de admirar a mis poetas favoritos, lejos de una crítica que me dará un reglazo si me sorprende en culposo deleite poético.

Rogelio Guedea, Reloj de pulso. Crónica de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX. México, UNAM, 2011. (Col. Poemas y ensayos)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Segundo despertar y otros poemas





Hace muchos años me preguntó José Emilio Pacheco que cómo me imaginaba a Enrique González Martínez, “el hombre del búho”. Le contesté que silencioso y algo triste. “Era todo lo contrario: le gustaba que lo invitaran los poetas jóvenes a salir de noche, le gustaba jugar al billar y bailar. Y siempre cargaba con una novela policiaca, algo visto muy mal entonces”. Como siempre, nada que ver entre el autor y su obra. Más bien, se tiene que hilar muy fino porque uno es el autor de unos poemas y otra la persona que los escribe. En el caso de este poeta, ¿qué pensar? Desde siempre dejó la vida fuera de la poesía. Todo lo transformó en metáfora o en símbolo. Nos dejó un detallado paisaje interior y una moraleja para la vida: que a toda experiencia se puede quitar lo contingente, algo así como desplumar un pollo, y dejar sólo lo esencial. Una vez realizada la operación de quitar lo accesorio, todas las vidas se parecen sorprendentemente. Incluso, están un poco de más los enfrentamientos políticos. Al ver sombras sin rostro y sin historia se percibe qué tan absurdos son los afanes individuales. Para apresar un poco la vida se tiene que pensar en términos algo más generales. Uno termina siendo algo como un alma o un corazón, y el exterior puede ser un bosque, un mar, una corriente. Y las adversidades, una roca a la mitad del camino. Al principio fue una actitud explicable sociológicamente. En medio del naufragio histórico, volver hacia adentro era una forma de recuperar la libertad. Ahí, en el alma, florecían unas flores bellas y fragantes. Afuera, todo estaba aniquilado o en proceso de estarlo. Al convocar estos símbolos universales estaba el peligro de parecer algo despersonalizado. Era una actitud ética encomiable. La poesía como terreno común. Sólo había que desprenderse de la máscara de la personalidad y arrojarla lejos. Se correría bastante libremente por los campos de la experiencia poética. Y sin embargo, cuán cierta y cuán honda fue la vida, se dice el poeta. Ahora ya no vale la pena regresar a recoger oportunidades perdidas. Éste es el poeta que perdió un hijo y a su esposa, y que ahora intenta despertar a la vida, a los 74 años. A despertar otra vez. Incluso se siente la alegría y hasta un nuevo amor. No tienen estos versos la forma de la confesión. Atravesé sonetos enigmáticos, pues lo que me transmitían no eran experiencias concretas. Tanto se había dedicado a ocultarse este poeta, que quizá ni queriendo podría compartir sus vivencias. Pero la poesía no se ha hecho para eso, parece decir, contra todo romanticismo, el autor, simbolista de oficio. En medio del paisaje apretado de símbolos, parece que este libro me pregunta si de verdad es posible confesarse en los textos. Haz la prueba de releerte y saber si tú dejaste algo verdaderamente tuyo en todo lo que escribes, me sugiere. Bueno, sería cosa de voltear la vista atrás, como los que se vuelven estatuas, sabes bien que no lo haré, pero a cambio, dejaré de quejarme de aquellos que prefieren no tenernos la confianza de contarnos sus secretos.

Enrique González Martínez. Segundo despertar y otros poemas. México, Stylo, 1945. (Col. Nueva floresta, I)

miércoles, 29 de julio de 2015

José Revueltas y la angustia de la palabra



Revisando la obra de José Revueltas –pero sólo la de tema político– encuentro una constante angustia por encontrar interlocutor. Una angustia “extratextual”, pero que en muchos casos se manifiesta abiertamente. Un no saber acerca del destino de cada texto. Muchos fueron rescatados del bote de basura, otros de viejos montones de legajos, porque la gran mayoría no fueron publicados. “Reproducido del original mecanuscrito”, dicen gran parte de las notas al pie. Rechazado por revistas, o tal vez ya ni siquiera se decidía a enviar varios de sus extensos textos. Y se resignaba a compartir sus ideas en los cafés, en las conferencias, en las discusiones teóricas. Aunque quién sabe si publicarse en revistas clandestinas era mejor destino para sus textos. Dije antes: textos sólo de tema político. Pero tampoco sé si el aspecto literario tenía mejor suerte. Me imagino que no. Era un continuo trabajo de hablar y dirigirse a un público incapacitado o tal vez: desinteresado. La lucidez cocinándose en su propio jugo, todo el tiempo. Mientras las ideas no se hacen públicas y no se discutan, uno las trae arrastrando consigo como una condena. Más desesperante si se trata de ideas que en gran medida no se quieren escuchar. Y mientras, las ideas de Revueltas maduran, se nutren de la realidad, de la filosofía alemana, de la experiencia política, del trabajo de partido. Ahora bien, el método dialéctico no es cualquier cosa. Aparentemente habla de temas que nos interesan a todos, pero cuando la argumentación da un rodeo para situar el problema en lo universal, la voz del autor se va tan lejos que el lector piensa: qué pequeño se ve, ha perdido su pertinencia, cuando en realidad el autor intenta conectar la circunstancia con la totalidad para que pierda su condición de aparente. Ese ir y venir, en cuyo transcurso las ideas se transforman. Lo que hace del ideario de Revueltas una masa casi intratable porque no se queda quieta, es una especie de voz que se escucha, ya que si no es escuchada se convierte en su propia interlocutora. Esa corona de palabras que se deposita sobre la cabeza de la realidad y la alumbra. José Revueltas en la cárcel, 1968, 1969, las autoridades carcelarias permiten que los presos comunes entren a las crujías de los presos políticos y los agredan, y en plena desesperación el autor de Los muros de agua escribe largamente a Arthur Miller, buscando un agujero en la pared, para intentar ver algo más allá, verse a sí mismo, conceptualizarse. Quién sabe si estará destinado a ser leído. Pero está destinado a hablar y a develar su propio pensamiento. Porque no siempre el pensamiento se revela con las palabras. Generalmente, se oculta a sí mismo. Y Revueltas decidió liberarse a sí mismo mientras algo mejor no ocurriera. Nada bueno ocurrió después. Este escritor fue expulsado una vez. Y luego otra vez. Hasta que fue a caer con los estudiantes del movimiento del 68, quienes a su vez estaban expulsados de la mecánica de la Historia, puesto que el Partido Comunista no los apoyó cuando debió de hacerlo. Al caer, el pensamiento de Revueltas se fue despojando de sucesivas capas. Siempre en esa relativa soledad de la que ya hablé. Primero, hablando de la necesidad de terminar con la idea de los dogmas en el proceso revolucionario. Es decir, que el Partido formule el pensamiento que conduzca a los obreros a la revolución, pero sin que se independice como un poder libre de la crítica. Basta de ese pensamiento transmitido por revelación. Y luego, los años de crisis. El exilio del Partido Comunista, la esperanza de volver. La acusación diversas herejías –revisionismo, existencialismo– de las que sintió gran culpa –una culpa alimentada por la mayor herejía de todas: su inherente catolicismo, cultivado desde su infancia. Siempre, el mártir. El que se dejaba herir para salvar a los estudiantes. Después de intentar definir la noción de Partido como liberador del proletariado, como cabeza de la revolución, para declararlo inexistente. Es decir: de existencia aparente (como lo formuló en diversas ocasiones, siguiendo a Hegel). Pero se debía de construir, de erigir teóricamente para que luego la realidad pudiera vestirse con esta idea. Pero su desilusión lo fue alimentando. Quizá después, a finales de los 60, se centró en otra idea. Una idea, qué les diré, ingenua… no… algo así como dotada de excesiva confianza. Bueno, la diré y ustedes le colocan un adjetivo pertinente. La idea de la universidad autogestiva como instrumento de conocimiento. Es decir, la concepción de la Universidad como una comunidad formada por interesados en el conocimiento como instrumento de la liberación. La universidad sin académicos interesados sólo en sus puntos académicos, sin alumnos enfocados sólo en subir los peldaños de la burocracia. Nuestros congresos, nuestras constancias, y luego, disculpe, ¿ya tiene su boleto para la comida?, será en la Casa Club del Académico. La connotada Doctora hablará y se otorgará constancia. Luego, es natural, usted podrá hablar, y podrá ser debidamente citado para a su vez volver a citar a sus colegas, y de esa entusiasta proliferación de sentencias brotará un puntaje que organizará por categorías a los investigadores. Ese gran Leviatán que camina sin rumbo es el gran temor de Revueltas. ¿Qué se pretende con esa Universidad entretenida en sus procesos burocráticos sino una de-socialización del conocimiento? Esa concepción de la Universidad requirió de un cambio teórico en Revueltas, ya que la palabra “autogestión” es opuesta al funcionamiento del Partido. Es un rompimiento con el leninismo. Es una palabra de la que no sé su alcance en su momento histórico. Pero proyectada al futuro, es una respuesta distinta y poco atendida sobre el papel de la izquierda. Es una manera de decir: hablar por uno mismo, sin estructuras que pretendan asumirse como liberadoras. Una palabra que comenzaba a replantear políticamente la realidad. Revueltas murió antes que su palabra. Bueno, eso se debe a que su palabra está continuamente naciendo.

miércoles, 1 de julio de 2015

El beso de la quimera

 

Quién sabe si el Colegio de San Luis publicó este libro para mostrarlo o para esconderlo. En el colofón se lee que se hicieron sólo 250 ejemplares y que se terminó de editar el 31 de diciembre de 2012, lo cual me da muy mala espina. Pareciera que se hizo nada más para cumplir con requisitos académicos, y de la manera más discreta posible. Para el autor, los escritores decadentistas fueron cautivados por la quimera, un ser híbrido que representa la subversión: con partes de serpiente (la vanidad), de macho cabrío (la lujuria) y de león (el afán de poder). Poco más se puede sacar en claro de este libro, ya que el autor no tiene claro el tema de que trata. A lo largo de numerosas páginas, zurce pasajes que se anulan entre sí. En algún momento, cita a Octavio Paz (“El modernismo no consiste nada más en la asimilación de la poesía parnasiana y simbolista que realizan algunos ávidos poetas hispanoamericanos”) pero sin consecuencias en su argumentación. De hecho, no hay argumentación sino una serie de oraciones inconexas. Veamos unas cuantas frases dedicadas a explicar en qué se distinguen los términos modernismo, simbolismo y decadentismo: “El decadentismo mexicano nació para proponer algo distinto al modernismo”, “los decadentes mexicanos no fueron sino una continuidad natural del primer modernismo”, “el simbolismo fue un paso previo al decadentismo”, “tanto el modernismo como el decadentismo se originaron en el simbolismo”, “el decadentismo es uno de los rasgos del modernismo”, “todavía hay investigadores empeñados en reducir el decadentismo al modernismo”, “en realidad, el auténtico sinónimo del decadentismo fue el modernismo, un sinónimo más preciso y riguroso que el de simbolismo”, “ese movimiento que en Francia y Europa se llamó simbolismo, en Hispanoamérica comenzó a llamarse modernismo”. Así por el estilo hasta la página 460… Mejor cerremos el libro para elogiar la ilustración de portada, un cuadro de Julio Ruelas titulado Entrada de don Jesús Luján a la Revista Moderna. Pero un momento… Si el autor afirma que el Decadentismo terminó en 1898, ¿por qué ilustra su libro con un cuadro pintado en 1904? ¿Y por qué todas las ilustraciones de Ruelas que aparecen en el apéndice son posteriores a 1898? Si siempre se ha dicho que la Revista Moderna fue la principal publicación de los decadentistas, ¿por qué sólo se refiere a la Revista Azul (en donde tuvo un lugar prominente el Parnasianismo)? Volvamos a la lectura. En la página 194 afirma que: “en 1898 las cosas habían cambiado mucho: se había firmado el acta de defunción del decadentismo, sus integrantes se habían sumado al modernismo”. Curiosamente, años después siguió habiendo manifestaciones del Decadentismo, y el autor las menciona, aun cuando no se retracta de esta frase. A estas alturas, las páginas de este libro parecen los pasillos de la mente de un psicótico. Y eso que no hemos llegado a lo mejor, en la página 316 afirma que los Decadentistas ni siquiera eran Decadentistas, sino unos jóvenes que se pusieron este nombre como una estrategia de promoción. Se supone que un buen director de tesis sería capaz de detener un texto así antes del examen de licenciatura. Este autor ha llegado, sin embargo, a los niveles del Sistema Nacional de Investigadores. De todas maneras, no está de más poner un cerco sanitario antes de que la “metodología” del autor pueda extender sus males en la bibliografía dedicada al Modernismo.

Juan Pascual Gay. El beso de la quimera. Una historia del decadentismo en México (1893-1898). San Luis Potosí, El Colegio de San Luis, 2012.

domingo, 21 de junio de 2015

La fiesta de la insignificancia



El tema de este libro es la insignificancia, como lo dice su título. La fiesta que lo completa seguramente se refiere a su abundancia, pues la historia completa está construida sobre insignificancias que, entre sí, se sostienen. Puede ocurrir algo, o, ¿por qué no?, lo contrario. “Buenos días, ¿cómo estás?”, puede preguntar un personaje. “Bien” o “mal”, puede ser la respuesta, la cual cambia completamente el desarrollo de los acontecimientos. Pero una vez que las insignificancias forman parte de una trama, tienen que ocupar el lugar de los grandes sucesos. Así, la caída de una plumita que nadie ve a la mitad de una fiesta, puede ser un evento importante o no. Todo esto es el trazo de una poética. Los personajes de la novela son amigos que tienen un momento de coincidencia en la historia, aunque cada uno de ellos tiene su propio mundo del cual les interesa poco salir. Aunque, viéndolo bien, no parecen quererse mucho, los une más bien la costumbre. Y el aburrimiento. Así que inventan bromas entre sí. Por ejemplo, dos de ellos van juntos a las fiestas y uno de los dos se hace pasar por un sirviente pakistaní, sin saber hablarlo, así que tiene que inventar su propio idioma, pero de una manera verosímil para que la gente no se dé cuenta de la broma, y poder seguir divirtiéndose en los cocteles. ¿Y si la gente se diera cuenta? Ése es el problema, no todo mundo tiene sentido del humor. Las bromas se han vuelto peligrosas, escribe este escritor checo que vive en París. Bueno, los franceses han comprobado ya esta frase. ¿Desde cuándo el humor es peligroso? Hay una anécdota sobre la cual gira la novela, atribuida a Stalin. Muchas veces, después de un día de trabajo, al líder soviético le gustaba quedarse con sus colaboradores más cercanos para contarles historias de su vida. Una de ellas fue cuando salió de caza y recorrió trece kilómetros, cuando, de pronto, vio veinticuatro perdices sobre un árbol, pero él sólo había salido con doce cartuchos. ¡Qué mala suerte! Así que disparó y mató a doce, recorrió los trece kilómetros de regreso a su casa, tomó otros doce cartuchos, volvió hasta las perdices, que seguían posadas en las ramas, y las mató a todas. Los colaboradores lo miraron pasmados, pero no se atrevieron a decir nada. Al final del día, los que habían escuchado la historia se reunieron en el baño, furiosos. ¡Stalin nos contó una mentira!, dijeron mientras escupían con desprecio. Todos alrededor de Stalin habían olvidado qué era una broma, es la conclusión de los personajes. Naturalmente, Stalin no lo había olvidado. No creo seguir bien la conclusión de esta fábula. Quizá, Kundera piensa que un tirano puede tener un buen sentido del humor. Pero no creo que sea sólo eso. Puede ser que el humor es como una clave, un sobreentendido. Cada historia, cada imagen, puede ser leída en serio o en broma. La leyenda que consagra puede ser también la que destruye, si el humor la ridiculiza. Una sola ironía puede pulverizar el solemne imaginario del Querido Líder norcoreano, sólo por poner un ejemplo. Como nada está a salvo de su alcance, ni el poder más alto, es buena broma saber que Stalin conservaba sano su sentido del humor.

Milan Kundera. La fiesta de la insignificancia / La fête de l’insignifiance, tr. de Beatriz de Moura. México, Tusquets, 2014. (Col. Andanzas, 837)

sábado, 9 de mayo de 2015

Artículos varios, de Mariano José de Larra

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Pável Granados

A Mariano José de Larra (1809-1837) lo recordamos por haber escrito una larga serie de artículos en los que retrataba a los españoles de su tiempo. Algunos lo recuerdan por sus obras teatrales y por sus poemas. Los especialistas en su obra se ocupan, pero no aconsejan la lectura, de sus artículos políticos, pues su realidad nos queda tan lejos que nos perderíamos entre cientos de nombres y de circunstancias. Resulta interesante saber que los artículos de Larra se leían y se comentaban en los cafés de la España de entre 1828 y 1836 (fue uno de los escritores más populares en esos ocho años). Anteriormente, se publicaban largos artículos que ocupaban amplias planas, y para leerlos se necesitaba mucho tiempo libre. De ahí que sólo los aristócratas y la alta burguesía tenía tiempo de hacerlo. Por el filósofo Walter Benjamin sabemos que la costumbre de leer las noticias y comentarlas en los cafés fue una de las grandes modificaciones de la sociedad europea del XIX. Para que eso fuera posible, se tuvo que pensar en mostrar muchas noticias en poco espacio, y artículos más o menos breves con opiniones actuales. Por la necesidad de hablar y de comentar, los cafés fueron el sitio de la conspiración (aunque se hablaba de todo, y los artículos de Larra se refieren lo mismo a las costumbres españolas que al teatro). Los españoles de entonces querían ver cómo eran sus contemporáneos, se divertían mirando los defectos de los otros. En ese sentido, no hemos cambiado mucho. Si acaso, se escriben muchos artículos más, pero la esencia de la opinión en las revistas o en el Internet es la misma. “El costumbrismo” se encuentra muy desacreditado, y realmente no pensamos si lo consumimos sin saberlo. Acaso es que pocos de los textos que podrían ser calificados de este modo tienen la calidad para ser considerados literarios. Larra describió su tiempo con ironía. Es decir, con una mirada que nos hace reír. Pero a él mismo, no lo sabemos. La ironía tiene muestra un lado y nos oculta otro. Difícil saber qué oculta en realidad. En este caso, una rotunda amargura. Acerca de los españoles, no se ríe de ellos ni con ellos, es decir, no comparte la diversión por más que sus lectores así lo supusieran. Lo que está fuera del alcance de la lectura es cómo se fue gestando la inconformidad. Quizá, porque fue un afrancesado que no pudo estar en Francia el tiempo que quiso. El día de muertos de 1836, su crónica trata de cementerios, y aún tiene fuerzas para reírse. No ocurre así unas semanas más tarde, en la Nochebuena de ese año. Larra se desdobla para entablar un diálogo imaginario con su criado. Lo que su álter ego le dice es irrebatible: “Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso le destrozas, hozando en él, como quien remueve la tierra en busca de un tesoro”. Sí, precisamente, como un cerdo. Lee noche y día, buscando la verdad entre los libros, sin encontrarla: “Ente ridículo, bailas sin alegría; tu movimiento turbulento es el movimiento de la llama, que, sin gozar ella, quema.” No sé si todavía publicó un artículo más, pero consecuente con su ideario, se suicidó poco después. Ya sé que fue por amor… pero algún modesto lugar ocupará en esta decisión su oficio de escritor costumbrista.

Mariano José de Larra, Artículos varios, 2ª ed. revisada; edición, introducción y notas de Evaristo Correa Calderón. Madrid, Castalia, 1979. (Clásicos Castalia, 70)

lunes, 4 de mayo de 2015

Tres visiones de Carlos Monsiváis



Para unas predicciones retroactivas
Desde el 19 de junio de 2010 no he dejado de voltear hacia atrás, como buscando una respuesta al presente. Es la costumbre oracular de encontrar en sus textos una respuesta a cada momento. Cada mirada retrospectiva ha sido un asedio, una esperanza de arrancar una palabra nueva a una obra literaria detenida para siempre. Supongo que no soy el único, y que Carlos Monsiváis es cantera generacional, ya que su obra abarca tantos ámbitos y se dirige hacia tantas direcciones. En muchísimos aspectos, su trabajo fue una empresa absolutamente solitaria: de no haber existido su aproximación total a Salvador Novo (Lo marginal en el centro, 2000, aumentada en 2004), habríamos perdido un documento único para entender un contexto cultural y una lectura privilegiada de un personaje escurridizo y cuya explicación depende de la constancia en su estudio. Apenas pienso en Monsiváis, y la esperanza de comprenderlo vastamente se diluye, porque considero casi imposible un libro similar pero enfocado en la obra de Monsiváis, puesto que se desbordaba sin término –y su afán ordenador fue, paradójicamente, el causante del caos que lo rigió. Y eso que tenía rituales, como todo caos, porque compraba obsesivamente fragmentos precisos del pasado, porque sus lecturas eran un misterio: un laberinto mental muy bien trazado para poder perderse gozosamente. Todo en Monsiváis era un proyecto personal desconocido: una serie de intuiciones, de experiencias apretadas lo suficientemente como para funcionar simbólicamente, reflexiones que sólo se mostraban en su forma final, nunca como un proceso. Pues el autor de Amor perdido acudía a los fenómenos y los contemplaba, pero se cuidaba de no revelar el proceso de construcción de sus ideas: prefería la forma final del aforismo, y también: un procedimiento que consistía en hurgar en el pensamiento ajeno, desarmarlo, volverlo a armar con su voz y ponerlo a funcionar nuevamente de tal manera que todo fuera autoparodia. Citar y contextualizar. Para que el acusado pronunciara la condena: sus propias palabras. Todo su estilo y sus recursos estaban armados por el cemento de su personalidad. Me parece central la afirmación de Carlos Fuentes: que Monsiváis creó un género literario mezcla del ensayo y de la crónica. Observador privilegiado por el solo motivo de que la realidad se peleaba para desfilar ante él y ser desnudada por su mirada. Ya eso representa cierto voyeurismo intelectual que lo definió, es cierto. También es cierto que pensar la realidad es transformarla, agredirla para convertirla en algo distinto, y Monsiváis, al pensar ciertos fenómenos les dio una forma irrenunciable: ni Juan Gabriel, ni Siqueiros, ni Revueltas, ni Benita Galeana, saldrán fácilmente de esos nichos fabricados de palabras en que los depositó Monsiváis, pues cristalizó momentos claves de estas existencias y dinamizó ideas incomprensibles para los lectores (el desentrañamiento de la retórica priista del periodo clásico, la reinterpretación del mal gusto del cine mexicano como conquista estética, por ejemplo). Y aun estos artefactos de palabras, tan efectivos, son sólo una parte de su actividad, pues no cubrió de palabras gran parte de su plan intelectual –que, como dije, era prácticamente desconocido– y en muchos casos fue un flâneur, una mezcla de Walter Benjamin y del nuevo periodismo (y del antiguo periodismo también, pues pienso en un Guillermo Prieto altamente teorizante). La colección resguardada por su museo, El Estanquillo, puede dar fe de los temas que pudo haber tratado y que sólo pueden ser observados en las vitrinas de lo potencial.
Vuelvo con frecuencia a Monsiváis. Es inevitable, pues ciertas realidades (como la política y su retórica) muchas veces tienen sólo el atractivo de haber sido escrutadas en sus textos. Otras, como el espectáculo –los movimientos ciudadanos– siguen vivas porque comparten la pasión del cronista que se involucra y se mezcla hasta donde le era posible, ya que nunca dejaba de ser conciencia corrosiva. Discurso aglutinador: coleccionista de citas tristemente célebres, barroquismo estructural, polemista armado de una enorme infraestructura cultural… El resultado es, paradójicamente, una notable falta de diálogo: la derecha en muy pocas ocasiones estuvo a su altura (Javier Sicilia trató de defender ante él la idea de que la mujer no debe de trabajar). Pero la academia también ha mostrado una falta capacidad de diálogo con su obra: quizá porque tiende a desmontar su discurso y a discutirlo a partir de marcos teóricos demasiado particulares (la crítica literaria, la sociología). O la academia norteamericana, que ha querido hacerle un lugar ¡al lado de los autores marxistas del siglo XX (a Monsiváis, un autor tan pronunciadamente antimarxista)! Prefiero incurrir en el error de compararlo con Sartre. ¿Recuerdan que Sartre se sentía capaz de enfrentar el pensamiento marxista con solo su método personal de pensar? Un papel similar jugó Monsiváis en México: no estuvo fielmente cerca de ningún pensamiento, aunque llevó nota de las principales manifestaciones civiles durante más de medio siglo.
A los dos años de su muerte, yo sólo puedo erigir un lugar común: que Monsiváis fue una tradición en sí misma. Creó un lenguaje, una mirada de ver, una notable actividad intelectual en torno a un personaje dinámico y cambiante (la ciudad) y a sus actores (los mexicanos). Parecía que era un momento de la cultura y, fundamentalmente, se trataba de una actividad solitaria que elevó el nivel de la discusión de ideas en el espacio público durante años.

Cronista
¿Hablar sobre Carlos Monsiváis? Está muy bien. Mientras no haya sido hablar ante Carlos Monsiváis. Porque eso me causaba un nerviosismo casi incontrolable. En vida de él, ni pensarlo. Ninguna de las dos posibilidades. En ese entonces, su obra era lo más parecido a un ser vivo. Cada manifestación de la realidad le provocaba una reacción más o menos apasionada. Era la respuesta extremadamente analítica a los sucesos culturales, sociales y políticos. Una reacción sintetizadora que al mismo tiempo desmenuzaba minuciosamente los fenómenos, las interpretaciones, las declaraciones de los políticos. El rompecabezas de la realidad es incomprensible. De ahí que Monsiváis lo destrozara de unos cuantos golpes y lo volviera a unir. No es que la hiciera más comprensible. Pero por lo menos, pretendía decir que las cosas no eran sencillas. Los discursos que se repiten, la ideología dominante que sale a cada momento por la televisión… contra eso estaba dirigida su obra, casi totalmente. Por eso fue una continua batalla. Los argumentos de hoy resurgirán mañana, en la edición del periódico, en el noticiero de la noche. Contra eso no había tregua. Leer un texto de Monsiváis era como aparecer de pronto en un mar: palabras suyas hacia todos los horizontes. Como escribió sobre todos los temas, no estuvo mal elegir esta imagen, la del mar. Era como una ola que se llevaba todos los residuos y los lanzaba fuertemente sobre una playa. Curiosamente, un hombre siempre es de su época. Esta verdad tan obvia se revela extrañamente. Apenas un día después de su muerte ya la realidad asumía formas tan distintas que me parecía imposible saber con qué comentario reaccionaría frente a los últimos años del gobierno de Calderón. Siento que los festejos del Centenario no se realizaron porque Monsiváis no realizó la crónica que consumara los festejos de frivolización de la Independencia y de la Revolución. Falta su visión de las elecciones de 2012. Falta su visión de los fenómenos del Internet (en los cuales, por otra parte, fue pionero). Siempre se dice que el estilo es el hombre. Pero pienso, en el caso de Monsiváis, que la actitud es el estilo. Y que, en su caso, el “punto de vista” no es un punto de partida. Es por el contrario: el lugar de llegada. Para poder observar la sociedad, fue primero necesario conseguir el lugar privilegiado, reunir los materiales, construir una teoría, documentar el optimismo. De otra manera, estaría destinado a ser desbancado. Y la suya fue, quizá, la más consistente de las visiones y la más amplia. Sin los aires metafísicos de la obra de Octavio Paz, Carlos Monsiváis realizó mejor una “fenomenología” que partía de la experiencia y que desembocaba en categorías instantáneas y que se diluían, tal como debe de hacerse con el conocimiento: diluirlo en el devenir. Ha sido necesario, para mí, adquirir una distancia crítica con respecto a su obra, para poder voltear y mirarla. Puesto que me eduqué en su lectura, y me contagió su pasión por los temas de la cultura mexicana, era necesario desligarme y diferenciar lo suyo de lo mío. Y ahora pienso que de su obra permanecen, entre otras cosas, la actitud. Lo contingente se desvanece. Bueno, no es tan cierto. Para que “lo fugitivo” permanezca es necesario que se aferre a un sistema, a una interpretación total. Pareciera que Monsiváis se centró su mirada en lo instituido. Tal vez. Pero buscaba en todo eso la presencia de lo que se desvanece. Las manifestaciones culturales que hay que cazar porque de otro modo, se van para siempre. Uno no se puede quedar en su hogar, fabricando teoría porque la realidad no esperará. No hay que perder el tiempo, mejor hacer teoría mientras las cosas ocurren. O mejor aún: que la teoría nazca junto con las apreciaciones. Cuando él murió, Elena Poniatowska dijo que Carlos no nada más veía la ciudad, sino que miraba y meditaba al mismo tiempo, es decir que hay mucho de periodístico, pero también de literario y hasta de filosófico. Cada aspecto es insustraíble de los demás: no puede decirse “el literato” ni “el pensador” o “el cronista”. Quizá, eso se deba a que buscamos dividir por el hábito de poner los textos, según nos ha enseñado la academia, al servicio de la división de géneros, según lo enseña la teoría europea. En México nunca ha sido así, los críticos dividen para darse cuenta de que los textos no caben en las categorías. Aquí, los textos de Prieto y Altamirano aprovechaban los diarios para relatar y meditar. Lo mismo Juan Bautista Morales, en El Gallo Pitagórico. Fernando Benítez fue, en el siglo pasado, el mejor exponente. El autor en el que periodismo y arte se confunden. Más bien, ni siquiera se piensan como elementos separados. En dos libros, Monsiváis vuelve a esa historia para dos causas distintas, para restaurar la secuencia del pensamiento que legitima el Estado laico (Las herencias ocultas). Y para fundamentar la crónica como género equidistante de la literatura y el periodismo (A ustedes les consta). En la “Nota preliminar” de este libro, escribe: “crónica: reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”. Monsiváis subraya la palabra literaria, porque es fundamental la técnica y el estilo. Y porque las crónicas seleccionadas por él son memorables. Entre otras cosas, este libro establece el espacio en el que convive un gran número de escritores notables y a los que une esta forma precursora de la non fiction. Ésta es su plataforma, y va desmenuzando los distintos componentes de la crónica y sus postulados. Cómo, en el siglo XIX, s principal función fue una necesidad de tipo urgente: el conocimiento del país, en un tiempo sin caminos. Nervo, Guzmán, Novo, Benítez, Revueltas, Garibay, Poniatowska, Pacheco… En este espacio mental que defiende, ¿cuál será la actuación del Monsiváis cronista? Porque releo a Carlos con frecuencia y porque busco directrices en sus textos, sé que su estilo es ante todo, una actitud (véase arriba) y una forma de zurcir las experiencias personales. Ante todo, Monsiváis siempre está en escena. Nunca la naturalidad. Para qué. Eso no. Bajo ninguna circunstancia. Siempre, la puesta en escena de un estilo. Y de un estilo nada sencillo. De hecho, uno de los estilos más complejos de la literatura mexicana. Muchos lo han descrito, y si lo hago nuevamente es porque de su forma brotan los contenidos. Puesto que el caos en realidad es la manera en que se muestran las leyes del universo, su estudio requiere de una metodología que capte sus regularidades. El caos, escribe Carlos, se explica en gran medida por el consumo. El consumo cultural, de contenidos en los medios, de productos indispensables. El consumo crea celebridades, mitos, y actitudes ante los mitos. El caos es la manifestación exterior de una estructura profunda de la sociedad. El aparente caos de su estilo es una representación articulada de la realidad. Por un momento pensemos en Carlos Monsiváis como un espectador de la sociedad mexicana. Eso equivaldría a decir que de sus obras saldría un retrato fidedigno y unívoco. Pero nada más lejana su obra de ese retrato. Sale otra cosa muy distinta. En boca de sus personajes, las palabras no dicen lo que dicen sino lo que quieren decir, es decir: lo contrario de las intenciones de las palabras. Cuando un político es citado por Monsiváis… algo pasa, qué extraño, una angustia pasa por su rostro, el verdadero significado de su discurso se revela sobre el papel, y las palabras revelan en lugar de ocultar. Las crónicas de Monsiváis están disfrazadas de definitividad. Parecen dar una versión permanente de los fenómenos. En sus textos jamás una elaboración de una idea: siempre es una colección de aforismos. Monsiváis, el lector de novelas policiales, nunca dirá cómo llegó a sus conclusiones. Siempre es el detective que deslumbra porque convirtió las pistas en una conclusión inesperada. En su voz hablan otras voces. Pero la seriedad con que las cita es, asimismo, aparente. En la red de referencias que arma, sólo hay un pegamento: la sospecha. Ante la realidad, la desconfianza. Desconfiar hasta del mínimo movimiento de la menor pestaña del interlocutor, escribió en su Autobiografía. Ante sus palabras, ¡cuidado!, no se confiar demasiado. Los mexicanos tenemos que educarnos estéticamente, sin pedir permiso, porque nadie nos lo enseñó y tenemos un gusto autoesculpido. Para inscribir esta “educación estética” en la lógica del choteo, Monsiváis escribe: “no importa que ese gusto sea producto de la importación o de la sustitución de importaciones”. Los proyectos políticos nacionales no contemplan la salida del subdesarrollo. El público, en su obra, es el espejo en el que se contemplan las celebridades. Me llama mucho la atención el papel del pueblo (las masas, la sociedad civil) en la obra de Monsiváis. Pienso que sus crónicas, en gran medida, tienen como tema la transformación del pueblo en sociedad civil. Y la “sociedad civil” como un concepto liberal que utiliza para burlarse un poco de la academia marxista (como lo hace ver en Entrada libre) pues Monsiváis sugiere que los cambios sociales pueden lograrse a través de las luchas civiles. La sociedad de masas tiene como contraparte a las celebridades. Quizá esté detrás del planteamiento de Monsiváis la obra de C. Wright Mills, el autor de La élite del poder, la más lúcida descripción del poder norteamericano. Desde aquel libro, el mundo de las celebridades es básicamente neutralizado y considerado un distractor para que el verdadero poder pueda esconderse del escrutinio público. Monsiváis muchas veces es implacable contra este tipo de personajes: las celebridades que son famosas porque son conocidas. O aquel payaso de la televisión que menciona en Entrada libre, que: “es famoso porque fue famoso”. O los ídolos de la lucha libre, en Los rituales del caos: que son ídolos porque “muchos pagan por verlos”. La celebridad es una tautología. Un espejo frente a otro espejo. La vanidad frente a sus admiradores. No hay escapatoria. No la hay mientras la sociedad sea una reproducción de la ideología de la sociedad de masas. El personaje más acabado de las crónicas de Monsiváis es la sociedad civil, la que surge con el sismo de 1985. La desobediencia contra el presidente Miguel de la Madrid, quien pidió a la gente que no saliera a ayudar en los días del sismo. La solidaridad de la gente. La autoorganización social. Las conquistas civiles. Una sociedad que había sido obligada a callarse sus opiniones es la que describe en sus libros. La inercia social y la riqueza cultural son sus motores permanentes. Todo esto que escribo son mis conclusiones preliminares. No es la primera vez que lo hago. Trato de escribir sobre Monsiváis con frecuencia, buscando ideas nuevas, puesto que me eduqué leyendo su obra con obsesión, porque esperaba los lunes para leer Por mi madre, bohemios y porque me irritaban las opiniones de Octavio Paz sobre esta columna política. A Carlos Monsiváis, a quien considero mi maestro en la escritura, le pido disculpas por estas impresiones fragmentarias sobre su obra.

La construcción verbal
Carlos Monsiváis resucitó al día siguiente en forma de causas políticas vigentes, de reconocimientos públicos y de polémicas. Noto en algunos sectores una prisa por leer su epitafio y continuar. En aquellos que dicen: “No dejó una herencia intelectual”. Me parece bien que no la recojan y que no la reconozcan. Pero me opongo a que se dé el paso siguiente, negarla o impedir su reivindicación de parte de cualquiera de sus lectores. Se divertirán entre escombros, no extraerán nada, parecen decirnos si pretendemos leer su obra. Todo me parece, menos que se trate de un enigma resuelto, de un estilo superado o de una visión sobreseída de la realidad.
A Monsiváis lo empobrece la clasificación de cronista, ya que no sólo narra –en muchos casos, la narración es algo marginal– sino que comparte las reflexiones que la realidad le sugiere. En este sentido, toda su obra es preliminar, ya que es work in progress, nada está dicho por última vez, y si el autor regresa a lo mismo, a tratar lo mismo, tal vez sea para decir casi lo mismo, lo cual es decir ya otra cosa. La realidad le produce una sensación de perplejidad, puesto que sus manifestaciones ideológicas más superficiales (las declaraciones de los políticos, la ideología de la clase media, las letras de los boleros, los comics) colaboran para hacerla más incomprensible. La ironía es el mazo que permite romper la cáscara de la realidad, paradójicamente rompiendo el mazo y no la cáscara, ya que Monsiváis se sitúa del lado de las consecuencias; si los ideólogos persisten en sus apreciaciones de la realidad, la realidad dará la razón a las apreciaciones (de ahí la ventaja de irse a vivir a las declaraciones de los políticos o de plegar el destino del país a los argumentos de las telenovelas con la confianza de esperar la redención final en el sufrimiento). Su objeto más recurrente es la ciudad de México, la categoriza pero no en términos sólo de conocimiento; si así fuera, se podrían extraer sólo conclusiones “sociológicas” o “filosóficas”, por llamarles de algún modo. Pero se extraen asimismo conclusiones literarias, con ello quiero decir que pertenecen al orbe de la creación –y no de la descripción de una realidad. Concibo el estilo como un método; el estilo le permite al autor crear su objeto –y no sólo: conocerlo–, y hay veces en que los autores no terminan de conocer lo que crean. En el caso de Monsiváis, las construcciones verbales son convincentes, la creación literaria que superpone a su Tema a Tratar se confunde con él, se convierte en una versión indiscutible (o discutible) de la realidad, pero indiscutiblemente es una versión eficiente de la realidad. Y poderosa. Ya que sirve como reproducción de una idea de ciudad. En ella se da la idea de coexistencia (el metro de la ciudad contradice la ley de que no puede haber dos cuerpos en un mismo espacio, afirma Carlos) y de todos sus derivados y consecuencias. La tolerancia y la convivencia son dos consecuencias de sus textos, pero así mismo lo son la extrañeza y la rivalidad. En última instancia, Monsiváis plantea una idea de “sociedad civil” clásica, regida por un Estado modelado a base de logros civiles. Lo cual no evita la tensión en su obra, la tensión de opuestos, la realidad en movimiento. La ciudad de México que se extrae de su obra –personajes, sitios, experiencias– es la ciudad de Monsiváis, en el sentido más estético que se le pueda dar a esta expresión, ya que ése es precisamente el margen de creación que puede tener un ensayista.
Todo está bien mientras no aparezca la ironía, como veo que afirman algunos, porque entonces ¡ridículo!, seguramente no hay nada adentro de esa frase, algo suena en su interior, pero no será seguramente una idea, tal vez sean sólo ocurrencias, para parafrasear una frase ocurrente, la verdad de las cosas, aunque ésta sí, con cierta fortuna. Será que ha servido para ahorrar el trabajo de pensar. Algo así se quiso hacer contra Salvador Novo: despojarlo de la posibilidad de tener un ideario. Eso es lo central, me parece, en Lo marginal en el centro, el libro dedicado a Novo: la reivindicación de un escritor en un medio intelectual que cree que es posible escribir sin ideas. Existir sin ideas… Qué enternecedor de parte de la crítica postular la pura pirotecnia verbal como un acto sin ideas, como una reducción al mínimo de parte del pensamiento, en tanto que la facilidad verbal juega por su lado a sorprender sin sentido. Sin embargo, a mí la obra de Monsiváis me parece la lúcida formulación de una constante relación con un sujeto inabarcable (la ciudad, la realidad, sus manifestaciones sociales) por la que se siente un inmenso amor (correspondido), así como un inmenso odio (igualmente correspondido).