domingo, 24 de abril de 2016

Ensayos históricos, de Vicente Riva Palacio


 
La obra de Vicente Riva Palacio (1832-1896) es el origen de muchas ideas acerca de México, tenidas como ciertas y universales. Como la que dice que somos un pueblo melancólico. La visión general de la Nueva España que aún hoy conservamos, es muy probable que provenga de sus libros –novelas y estudios históricos. Eso lo afirmaba José Emilio Pacheco (quien a su vez hizo el guión cinematográfico de El santo oficio, cinta de Arturo Ripstein basada en el caso de la familia Carvajal, quemada por judaizante; un caso dado a conocer por Riva Palacio en 1871, en El libro rojo). Pero abundemos un poco: se debe a que Riva Palacio, en 1861, albergó en su casa el archivo de la Inquisición, gracias a una encomienda de Benito Juárez. El General le dio dos salidas literarias a este acervo: una serie de novelas inspiradas en célebres procesos y una serie de artículos históricos. Qué suculencia, pasar las páginas de un material oculto detrás de los muros del Santo Oficio. Antes que él, sólo habían sido observadas por los amanuenses que escucharon las confesiones de los pretendidos herejes, judíos y hechiceros. La secular secrecía de la Iglesia, vulnerada por el liberalismo… Me pregunto cómo habrán recibido los sacerdotes de entonces estos libros en que se habla de los procesos inquisitoriales. Hoy existe una corriente de historiadores que intentan limpiar un poco el papel de la Inquisición diciéndonos que no era tan terrible, que hay una leyenda negra, que no fueron tantos los quemados públicos. Quizá sea falaz, pero también un poco inquietante, preguntarse si hoy, el hecho de ventilar todo públicamente ha hecho que se reduzca la impunidad. Cómo sería entonces en un mundo en que la Inquisición no tenía un poder que le hiciera contrapeso. El relato de Riva Palacio es la descripción de una maquinaria, sin nombres, sólo cargos y funciones, una serie de personajes exentos de la sospecha y de la persecución. En el empeño de mostrar su poder sobre los vivos y los muertos –los muertos también podían ser investigados, y las propiedades de sus herederos, confiscadas–, la Inquisición hizo de las quemas públicas un espectáculo suntuoso (al Virrey se le acondicionaba un cuarto superior de alguna casa rica para comer y dormir, conectado por un puente a su palco para presenciar las quemas públicas). Al autor le sirvió el estudio de la Inquisición para buscar la relación de las instituciones con los pueblos. Dice que los historiadores caen en el error de juzgar a las sociedades por sus instituciones. Pero eso no sirve de nada, pues las sociedades como las personas pueden ser profundamente hipócritas y decir que sus leyes son progresistas y sabias cuando los gobiernos no las acatan: “Las instituciones son muchas veces el engaño de un pueblo que quiere aparecer como muy avanzado en el camino de la libertad”. No hemos sido ajenos a este debate, pues hoy se nos pide de muchos modos que respetemos las instituciones. Sin embargo, son los gobiernos los que preparan los grandes cataclismos de los que serán víctimas. Sería buena moraleja para muchos pasajes de nuestra historia, si no tuviera el inconveniente de que fue escrita antes.

Vicente Riva Palacio, Ensayos históricos, comp. de este volumen y coord. de la obra, José Ortiz Monasterio. México, Conaculta-UNAM-IMC-Instituto José María Luis Mora, 1997. (Obras escogidas, IV)

domingo, 17 de abril de 2016

Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, de Anna Bikont y Joanna Szczesna

 
¿Cómo viven la vida las personas que consideramos más inteligentes? Para responder esta pregunta hay que leer la biografía de Wislawa Szymborska. (Se pronuncia: shimbórska, con una reverencia al final). Ya lo decía ella, la vida de un poeta, si la pudiéramos ver, consistiría en observarlo acostado, viendo al techo, para luego pararse y anotar algunas palabras en un cuaderno, y luego volverse a echar por un rato. Czeslaw Milosz decía que escribía sus poemas paso a paso, desde el principio hasta el final. ¿Pero, Wislawa? Ella, por el contrario, comenzaba desde el final, decía, y así seguía hasta que escalaba el principio. Ponía en su cuaderno alguna idea, y ahí quedaba hasta que pensaba que valía la pena usar la idea y meterla en algún poema. Algunas ideas quedaron en él hasta cincuenta años antes de ser aprovechadas. Todo lo guardaba en cajoncitos: sus recortes (hacía collages para las postales que enviaba a sus amigos), los objetos que coleccionaba (le gustaban los objetos kitsch, que mostraran tensión entre lo ingenuo y lo profundo) y sus fotos. Y decía que el mundo le debía un monumento al inventor del cajón. Le gustaba viajar, pero sólo en auto, y con sus amigos. Lo que más le gustaba de los viajes era llegar a la entrada del pueblo y retratarse frente al letrero de entrada. Muchas veces, sólo le bastaba con retratarse frente a él y daba por visitado el lugar. Uno de los sitios que más le honraba haber conocido –en cuyo letrero se retrató– fue Neandertal. No conoció otro continente que Europa. Algún día la invitaron a conocer Nueva York, en donde Woody Allen quería conocerla, pero finalmente, no aceptó. El director de cine, después dijo: “Ella ejerce una influencia enorme en el nivel de mi alegría de vivir… Me siento honrado porque sepa de mi existencia”. También le gustaba dar cenas para sus amigos, las cuales iban de sus grandes creaciones en la cocina a las alitas de pollo congeladas de Kentucky Fried Chicken. En una ocasión, los invitados recibieron un menú escrito a mano con platos muy elegantes, todos tachados. Abajo, sólo quedó un plato, el más común, y eso fue lo que cenaron. Pero lo bueno venía después, la rifa de objetos. Ningún invitado se iba sin un objeto ganado en la rifa, cachivaches que mezclaban el mal gusto con el bueno. Le encantaba su juego de salero y pimentero en forma de bustos de Goethe y Schiller, pero ése no lo incluyó en la rifa. Las autoras persiguieron mucho tiempo la vida de la poeta, regada en sus obras, pero encontraron poco, porque ella pensaba que el arte no es lugar para confesarse. Ella misma no quería colaborar mucho en su propia biografía, hasta que se dio cuenta de que era inevitable. Fue entonces que aceptó una entrevista, y les dijo: “Está bien, precisemos”. No quería que se creyera que la vida la había tratado sólo con palmaditas en la cabeza. Ahora bien, ella hizo las reseñas más maravillosas sobre los libros más comunes, los que se podían conseguir en el Polonia comunista y que a nadie le interesaban. Libros sobre cómo poner papel tapiz a la casa, la vida de los escarabajos, yoga para todos, enfermedades de las mascotas, las aves domésticas. Con esos temas hizo breves obras de arte comparables a los ensayos de Montaigne.

Anna Bikont y Joanna Szczesna. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, trad. de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós. Valencia, Pre-Textos, 2015. (Narrativa Contemporánea, 123)

sábado, 9 de abril de 2016

Victoria y sus amigos, de Flaminia Ocampo


 
Debió de haber sido difícil ser Victoria Ocampo (1890-1979): millonaria (¡dos veces millonaria!), inteligente, culta, guapa, elegante y propietaria en un país al final del mundo. No, no quería estar en la orilla del planeta, quería estar en el centro. ¿Argentina?, ¿Sudamérica? Virginia Woolf ni siquiera podía escribir bien su apellido: O’Campo, Okampo… qué extraño. ¿Qué hay en su país, mrs. Ocampo?, ¿mariposas? Me imagino que muchas mariposas. En efecto, Virginia, muchas mariposas revoloteando por las inmensas llanuras, Allá en ese país tengo una revista, se llama Sur, y Jorge Luis Borges, uno de nuestros colaboradores, tiene grandes deseos de traducir tu Orlando al español. ¿Al español?, yo creo que no es buena idea, en ese tu país no me leerá nadie, y nadie comprenderá lo que quiero decir. Qué difícil el encuentro de una argentina y una inglesa, excéntricas ambas, cada una a su modo. Vista de lejos, parece tan encerrada en su época, así que tuvo que crear el espacio intelectual para existir. Una latina millonaria, mecenas de artistas, culta. ¡Deja de ser tan frívola, Victoria, tan artificial!, parece decirle Gabriela Mistral por su parte. Se conocieron, se vieron seis veces en la vida, pero se mandaron cartas durante veinte años. Fascinadas las dos, porque eran tan distintas. Quedan ochenta y cuatro cartas de Gabriela y treinta y cuatro de Victoria. En ellas intentan retratarse a sí mismas, mejor unas palabras que unas fotos, y la insistencia de no dejarse, de estar siempre al otro lado de la distancia. Pero qué ganas de interrogar más a las cartas, tan avaras que no sueltan mucho más de lo que dicen. ¡Y ese español, Ortega y Gasset, que no soporta vivir en Buenos Aires y que Victoria le preste dinero! Bueno, después olvidaría la deuda. En las cartas, los detalles sin importancia conviven con las palabras trascendentales, sin que sepamos bien cuáles eran cuáles para sus autores. Buscamos en ellas pero no entendemos la mitad, o más de la mitad, quién sabe qué entendemos cuando husmeamos en las palabras de los muertos. Revivimos unos instantes que, quién sabe, deberían de estar justamente olvidados. Sólo lo importante tiene una vida propia, ajeno a las cartas personales. La autora, Flaminia Ocampo ha leído cartas y cartas de su tía Victoria. Al principio por casualidad, es que en realidad no le caía bien. Es que en su familia se contaba que a Victoria, su hermana, la poeta Silvina le había leído un poema en que decía “la infame primavera”. Y Victoria, que amaba las flores y sus fragancias, había gritado: “¿Infame la primavera? ¡Infame jamás!” ¡Qué arrogante era la tía Victoria, qué incapaz de comprender las razones ajenas!, pensó Flaminia, y por eso dejó de interesarle su antepasada ilustre, hasta que se encontró con sus cartas. Se dedicó a esbozar algunas amistades, aunque faltan muchas más. Éstas hablan de un mundo de relaciones inusitadas. Waldo Frank, que cenó con Victoria, antes había cenado con Diego Rivera, y antes con Hearst y su amante Marion Davies (¡los inspiradores de El ciudadano Kane!). Bueno, emociona saber que la amistad es una costra que se queda pegada a las cartas y que tiene una vida propia, independiente de las personas que la sintieron y que, luego, tal vez, olvidaron.

Flaminia Ocampo. Victoria y sus amigos. Buenos Aires, Aquilina, 2009.

sábado, 26 de marzo de 2016

Leopoldo Lugones, de Jorge Luis Borges y Betina Edelberg


Esta edición tiene el gran descuido de no aclarar que el libro se publicó originalmente en 1955. Betina Edelberg (1921-2010) era entonces una joven escritora sumamente apreciada por Jorge Luis Borges. Pasando los años, fue requerida para escribir la presentación a este volumen, reeditado en 1998. Escribe ahí unas palabras profundas sobre el autor de Ficciones: que para Borges y sus contemporáneos el problema era escribir después de Lugones. Nosotros, ahora, escribimos después de Lugones sin el menor problema, su nombre no nos dice gran cosa, y no se nos ocurriría dejar de escribir después de él, y no lo hemos dejado de hacer; ni siquiera nos hace mella esta opinión de Borges: “Leopoldo Lugones fue y sigue siendo el máximo escritor argentino”. Han venido tantas cosas después que no sabríamos siquiera interpretar esa afirmación. Para los lectores de literatura argentina debe de ser un jeroglífico incomprensible. Nos causa mayor problema la existencia de Borges, frente a él sí hemos pensado más seriamente rectificar nuestra vocación. Y aún así, escribimos, claro que con la suficiente conciencia de que no lo deberíamos de hacer. Alguien debió de causar esa misma sensación en Borges, lo cual le da un gran mérito al autor del que conocemos tan poco… Puedo decir que leí sus poemas dedicados a las aves y que llevó a cabo un programa ambicioso: hacer que las aves sean sólo aves y no símbolos de otra cosa. En este sentido, sería el primer poeta en alejarse del Simbolismo, en tanto que nadie más lo hizo, ni siquiera los autores que se sintieron influidos por él, como Ramón López Velarde o José Juan Tablada. (Aunque Lugones fue primero un simbolista que desdeñaba la mitología antigua). Borges se lanzó a la tarea de escribir una breve monografía, para dar a conocer a su propio Lugones y su tiempo. Poco se ha dicho que además, Borges es un espléndido teórico del Modernismo y que las páginas que le dedica a esta corriente aquí son de lo mejor que se ha escrito al respecto. Páginas hechas con amplio conocimiento de la literatura de la época. No conocía esta frase luminosa: “Hoy las literaturas de lengua española han traspuesto sus límites geográficos y merecen interés y respeto; esto es obra del modernismo”. Borges siente ya lejano a Darío, pero le concede importancia estética y afinidad con los lectores. Lugones, en cambio, perfeccionista, no logró ninguna complicidad con su público. De algún modo, el desarrollo de su obra es la biografía de muchos: las influencias de Hugo, Baudelaire. Quizá por eso mismo, su gran empresa fue ser original, curiosamente… Pero pretendió ser original usando dos herramientas más bien conservadoras: la metáfora y la rima. Ejemplos de esta última: Esculapio – apio, sarao – cacao, insufla – pantufla, etc. Hay más, mucho más de Lugones, pero Borges no habla de la adjetivación, algo por lo que debiéramos saber de él, pues su libro Lunario sentimental influyó con su manera sorpresiva de adjetivar, a López Velarde. Por cierto, hay lunas por todos lados en la obra de Lugones, tantas como en la poesía de Borges. Es decir que la luna en los poemas de Borges muestran que el alumno logró resolver el problema de escribir después de su maestro. Habría que interrogarlos para que nos hablaran nuevamente de ese conflicto… 

Jorge Luis Borges y Betina Edelberg. Leopoldo Lugones [1955]. Buenos Aires, Emecé, 1998.

jueves, 24 de marzo de 2016

A pesar de la enorme distancia: Lola Beltrán

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 Para María Elena Leal

¿A dónde vuelan las manos de Lola Beltrán cuando canta? ¿Por qué revolotean, se paran sobre su pelo, se coquetean entre ellas como dos palomas, hacen como que se van y se regresan, forman el signo del silencio y el de la cruz, despliegan sus alas, bendicen, avientan el desprecio y finalmente se pierden en el cielo cuando termina la canción? ¿Por qué parece que nos toman y nos acarician o nos elevan entre sus dedos? ¿A dónde nos llevan sin que nos demos cuenta? Bueno, en esta ocasión nos trajeron a Navojoa, nos reunieron en esta ocasión para estar con ella. Qué bueno que no nos ha abandonado, a pesar de que hace veinte años que se fue. Nos arrojó por aquí, bajo el cielo más inmenso, a la orilla del desierto, en el Norte, yo no aguantaría el paseo del caballo blanco, des de Guadalajara hasta California, cantando todo el día. María Elena Leal, ella sí, porque no se cansa, igual que Lola, cantar le da fuerzas para seguir cantando, pues esa voluntad es algo que ha heredado. Así Lola, iba por las ocho direcciones de la rosa de los vientos, cantando. "Precioso, bonito, maravilloso, encantador", cada que terminaba una canción daba una muestra de agradecimiento. Yo no sé, me la imagino como una flama blanca que crepitaba sobre el escenario, moviéndose elegantemente en su lugar, cálida como una fogata. Cuando ella nació, en los años 30, de la canción ranchera no había ni sus luces, apenas los mariachis cantaban sus sones en las rancherías de Jalisco, guitarras, vihuelas, arpas y violines, Ayer no vine, se me hizo tarde, allá en la esquina con mi Lupita,cantaban en medio de las fiestas, pero sin imaginarse que sus intentos de llegar a la Ciudad de México tendrían que fructificar muy pronto. Con el mariachi se cantaban los sones, las canciones de las cantinas, la sorprentente guitarra de golpe que parece más un instrumento de percusión. Cuando nacieron, el mariachi y Lola no sabían que se iban a encontrar. Cada uno siguió su camino por su lado, el largo camino que iba a concluir más tarde, en los años 50, años de la radio, de la televisión, del cine mexicano no tan bueno, o bueno sólo porque tenían a los mejores cantantes con los peores argumentos. El largo camino de la estilización, de la creación de la canción ranchera como una pequeña obra de arte, una breve representación trágica.
A Lola no la conocí; ella volaba muy alto, y yo tan bajo, tan bajo... Pero sí la vi un par de veces, pero allá de lejecitos, cuando iba a visitar a María Elena a su departamento, y yo vivía enfrente, al otro lado de la calle. Si María Elena lavaba sus platos, tenía que ver a fuerzas la ventana de mi cuarto. Yo la miraba de pronto, a ver si un día... También saludé a la mamá de Lola, un día, pero yo era alumno de secundaria. Llegaba en su camioneta. "¡Ya llegué, ábranme!" Y yo no sabía que se podía cimbrar la tierra de un solo grito. Ya tenía entonces, unos discos de 78 rpm, marca Peerless, como La piedra,Cucurrucucú La chancla, que oía alternando con los boleros de Agustín Lara. Por ella descubrí que las canciones rancheras son los oráculos de nuestro destino y que las escuchamos para saber qué pasará con nuestro corazón. Descubrí que el mariachi toca con solemnidad y que es como una constelación de luces que adorna la fatalidad. Si se fijan, este repertorio no es igual, no late como un corazón, sino que se detiene y se acelera, sus violines y sus trompetas simulan las nubes del cielo que se oscurece y los truenos que se desploman sobre la vida. Cuando Lola dice: "Olvídate de todo...", la música se detiene, la sinfonola se queda suspensa con la boca abierta, pero luego continúa: "…menos de mí, y vete a donde quieras, pero llévame en ti." Como para morirse cantando. ¡Ah, cuando creíamos en el amor y asediábamos las canciones intepretadas por Lola, para encontrar entre sus versos un puñal para ensangrentar nuestro corazón! Pero luego, mejor fuimos explorando sus secretos interpretativos, su manera de que las canciones fueran efectivas y certeras. Las canciones que escuchábamos luego de clases, con los amigos en las tardes, porque hubimos de escucharla también cuando estudiábamos. De lejecitos, para poder ser felices, porque la negra filosofía de la canción ranchera nos podía hundir el fin de semana completo. Al amor mejor no hay que abrirle la puertita, ni poquito, porque tal vez sucedería lo que afirma Lola cuando canta a Ferrusquilla: "Podríamos decir que apenas te conozco, / y ya te llevo en mí como algo de mi todo". Los que nos hicimos con estas canciones tenemos en vez de catecismos, versos bíblicos de José Alfredo Jiménez.
Lola era un habitante de unos buenos tiempos. Los nuestros, tiempos sin remedio, no eran para ella. Sus interpretaciones hablan de México con orgullo, del norte y del sur, de Sinaloa y de Zacatecas. Por eso se convirtió en una embajadora artística, la mejor, la más cotizada, la que todo el mundo conocía, la única cantante mexicana comparable con Amalia Rodrigues, con Edith Piaf, con Lola Flores, la única que era reconocida en el país en que se parara. Durante los años 70, y hasta los 90, si una voz era sinónimo de México era la de ella. Lola en Rusia, Lola en Londres, en España, en Francia, Lola caminando por Roma o por los Champs Elysées, Lola el 12 de diciembre en la Basílica. ¿Personajes como ella? Hace mucho que ya no existen. Ya han dejado de pisar nuestras calles, esa magia que los hacía brillar ya no se posa sobre casi nadie. Carlos Monsiváis la admiraba, y Lola, halagada por este admirador, lo invitó a cantar a Canal 2. Carlos iba decidido a debutar esa noche como cantante de música ranchera, pero cuando Lola le cedió el micrófono, el cronista no quiso, se chiveó, y eso que cantaba bonito. Lola abría los brazos y cabía la Sierra Madre Oriental y la Occidental, los maizales inmensos, las vías del ferrocarril y las máquinas con sus adelitas, los cielos y los mares. Como era mujer paisaje, voz de todas las aves y caudal de todas las aguas, su voz gustaba igual en Rusia que en Nueva York, como era altísima, brincaba el muro. La disfrutaban en Rusia los comunistas y en el Vaticano el Papa. Nadie sabía que cantaba de una paloma triste que va a cantar muy de mañana a una casita sola, pero entendían que cucurrucucú era un lamento que venía de otro país. Así como en España, los españoles sabían lo que hacía Lola Flores, en México, se sabía todo de Lola, de su esposo Alfredo Leal, de su hija María Elena, de sus comidas con García Márquez, de su amistad con María Félix. Yo no sé si existe una cantante así, que represente una cultura de este modo. Pero en medio de todo esto, de su voz, de su estilo, e, incluso, de su repertorio, está el proceso de estilización de un personaje. Es Lola vestida por los mejores modistas, peinada por los grandes estilistas y moviéndose en el escenario como nadie antes, como si fuera el equivalente del ballet de Amalia Hernández o de un mural de Diego Rivera. Fue Lola, la síntesis de lo que México buscó representar como su música durante varias décadas.
Antes que ella, sólo Lucha Reyes. Pero formó parte de un grupo de cantantes magníficas. Cada una de ellas aportó un estilo, una manera de llorar o de carcajearse de la vida. Pero sin duda, ninguna de ellas buscaba el tipo de público al que aspiró Lola. A Lucha la escuchaban en las sinfonolas, en los centros nocturnos en que cantaba, en las fiesta a que llegaba con sus amigos, era la gran cantante, la que hacía cachitos la voz cada noche para amanecer entera al otro día. Pero Lucha fue un incendio en que se calcinó ella misma. Pero nos dejó una intepretación que no tiene igual, porque nadie puede pasar frente a Por un amor, de Gilberto Parra, sin estremecerse. Porque las vocales de estos versos se derraman sobre las consonantes. Lucha Reyes se suicidó en 1944, la canción ranchera tenía menos de una década de existir. Luego, lo que vino fue una generación de cantantes que pretendían crear un estilo, sin alejarse completamente de la influencia de Lucha, es decir, que se notan perfectamente las limitaciones de todas aquellas que quisieron medir su voz con la creadora de un estilo. Lola también lo intentó. Al principio, cuando grababa sus primeros discos, hacía siempre un homenaje a Lucha, incluso, pensó en un momento llamarse "Lucha Beltrán", pero se lo desaconsejó Eulalio Ferrer. Mejor Lola. También este publicista le recomendó cantar con las manos, todo un lenguaje independiente el de sus manos. Si la llamamos "cantante bravía" no la entendemos por completo. Lola es un poco más que eso, algo tiene de fuerza interpretativa salvaje, como en sus primeros discos, cuando la voz es incontenible, pero también hay dulzura y melancolía, tristeza y toda una compleja formación de sentimientos. Lola, no te vi en Bellas Artes, pero sé que Jaime Labastida te admiraba como nadie, y te dedicó unas palabras en uno de esos conciertos. Las cantantes de ranchero no están igual de cotizadas hoy, ni siquiera el género ranchero sigue siendo el mismo. Pasa algo, que la canción ranchera se desvirtuó, en poco tiempo se marchitó al no haber una consistencia. Quizá es que todo un repertorio se fue perdiendo, faltaban cantantes que lo fueran retomando. No todos los mariachis se saben todas las canciones de Tomás Méndez o Cuco Sánchez, apenas unas cuantas, las suficientes para las noches de parranda, pero aparentemente no queda tan viva la canción ranchera. ¿Cuántas de las canciones de Severiano Briseño nos sabemos, si es que sabemos que existió? La complejidad de lo que llamamos "la canción ranchera" se ha perdido para los oídos de hoy, tenemos que volver la mirada atrás para conocer y comprender. Mentiría el que caiga en fórmulas como "la música de cantina", "las quejas dolientes", es cierto, existen, pero no es todo, y menos cuando existe un compositor tan complejo como José Alfredo, un autor como Cuco Sánchez que hizo que las coplas populares se actualizaran en sus canciones, y una intérprete como Lola. Además, hay un repertorio escondido, con menos suerte, el que cantaron mujeres como La Panchita, Manolita Arriola o La Torcacita, el de Pedro Galindo, Felipe Bermejo y Alfredo D'Orsay, entre otros. Cuando Lola llegó a la radio, un joven le quiso cerrar la puerta (al menos eso dicen): "Ya está lleno". Era el jala-aplausos de la estación, un joven llamado Tomás Méndez, que quería también ser famoso. No sabía que le estaba cerrando la puerta a la gloria. Sí, esa joven que quería entrar era la que le traería sus mejores éxitos. Aunque por segunda vez Tomás Méndez se equivocó, pues se dice que no quería que Lola grabara Cucurrucucú. ¿Y en qué acabó? En que el repertorio de Lola comenzó con las obras de Tomás Méndez, con Paloma negra, Bala perdidaGorrioncito pecho amarillo...
Ahora bien, el estilo de Lola. Difícil, porque como dicen, el estilo es el hombre. Es su personalidad en la mayor plenitud. La perfección de una mujer que se sabía destinada a trascender. Me gustan las distintas etapas de su carrera, son muy precisas, y van de la voz que se desborda como catarata hasta la conversación íntima que se convierte en comunión cuando dio su último concierto en Bellas Artes. En su juventud, incluso en las canciones tan personales como Esta tristeza mía, la voz gana sobre el comedimiento. Con el tiempo, gana algo religioso, algo que es como dialogar con ella misma para que se entienda públicamente lo que siente. Bajaban las palomas en forma de manos que revoloteaban el teatro, tocaban con su blancura al público, el gran momento solemne de la consagración. Un estilo al que hay que volver para aprender: Lola no nada más fue un momento de la canción ranchera, sino un estilo de cantar sin adjetivos, porque le conocemos sus boleros y, sin alterar su forma de cantar, incluye La huella de mis besos o Ella, naturalmente en el bolero ranchero, pero se hacen personales, Lola Beltrán sobre el género musical. De niña cantó en la iglesia, mayor cantó con banda sinaloense (una formación musical que siempre, desafortunadamente, ha requerido de voces que le den categoría), su estilo era un homenaje a sus antecesoras, reunió lo mejor de la canción mexicana anterior a ella, pero sobre todo le agregó una interpretación. Antes, en la época de la radio, por razones técnicas y sentimentales, las cantantes no interpretaban, eran apreciadas por la belleza de sus voces. Con la llegada del cine y de la tele, se crearon las condiciones para que las personalidades de la canción tuvieran la oportunidad y el requerimiento de moverse por el escenario. Lola es más "teatral" que Lucha Reyes. Manuel Esperón, que las trató a las dos, y que las acompañó también, prefería a Lola. Yo no diré nada, disfruto a ambas. Pero entiendo que hay un cuerpo en esta voz, la de Lola, que no era posible en los tiempos de Lucha. La confesión con el público, un lujo que Lucha no pudo darse. Y en Lola... bueno, si no se hubiera confesado al cantar, las cámaras se habrían ido en busca de otra mujer. Pero esa audacia sólo era posible con una antepasada como Lucha. En los corridos de Lucha, en sus canciones cómicas, hay algo de ingenuidad, de eso que se hace con mexicana alegría, como atravesar la calle a la viva México. Álvaro Carrillo habría sido feliz si hubiera escuchado la versión que Lola hizo de La señal (murió antes de que se la grabaran). En ella, Lola se dio el lujo de murmurar a grito pelado, si es que se puede concebir eso. Además, coincidió con una reformulación del mariachi, el que sólo fue posible después de Rubén Fuentes. En El toro y la luna escuchamos su voz acompañada por un corno francés. Un crecimiento artístico del mariachi que ya no se continuó, pero me gustaría que no me preguntaran por qué. Lola Beltrán fue, sucesivamente, la niña que cantaba extraordinariamente, la joven impulsiva que creyó en su propia voz, la joven cantante que buscaba demostrar su talento, la forjadora de un estilo nuevo, la cantante que logró trascender las fronteras geográficas y las fronteras clasistas que rodeaban a la canción ranchera, la madre, el personaje público y, por último, la leyenda de la canción ranchera. Muchos tienen como última etapa el olvido o el reconocimiento de unos cuantos. Pero Lola es hoy el fenómeno cultural que sirve para explicarla y explicar los fenómenos artísticos y hasta sociales de su época. Además es un espejo, el espejo en que me he reflejado por años, porque con la vida, como dice un camión al final de Nosotros los pobres: "Se sufre, pero se aprende". Su discografía es la demostración del aprendizaje de la vida. Yo veo en ella complejidad de sentimientos, sabiduría de la vida cuando se canta (porque las cantantes que no aprenden de la vida tampoco aprenden a cantar). Pero es porque yo he aprendido de sus canciones, si no, ni siquiera tendría la capacidad de disfrutarla cada vez más. Y porque espero ese momento que sé para que se me cierre la garganta, porque esa tristeza sólo se siente cuando Lola lo dice de cierta manera. Lola Beltrán, maestra de la vida. Y yo... un alumno avanzado en las artes de tropezar con los mismos errores.

martes, 23 de febrero de 2016

Soy leyenda, de Richard Matheson

 

Es curioso lo que pasa con esta obra: parece que la versión definitiva y perfecta no existe, tiene que ser imaginada por el lector (y espectador). La novela original tenía ciertas características que el guión escrito por el mismo autor no conserva. Cuando apareció la versión protagonizada por Will Smith, el final cambió completamente. La película de los años 60 tenía algo de serie de televisión, de obra teatral. La versión de 2007, dirigida por Francis Lawrence, es más “realista”, si se piensa en las tomas de la ciudad de Nueva York abandonada. Lo curioso es que ni siquiera el cine de horror es tan pesimista como para reconocer el fin de la especie humana y necesita terminar con un mensaje de esperanza. No es definitivamente lo que buscaba Richard Matheson (1926-2013) cuando escribió Soy leyenda. Al pensar en ella, creo que hay similitudes con una obra como Esperando a Godot. La soledad del escenario y la larga espera, en aspectos exteriores. Desde el punto de vista de la interioridad de los personajes, algo tienen en común, pues mantienen la esperanza a pesar de todo, de algo que tiene que llegar, aunque lo que llegue, en el caso de esta novela, no sea más que el fin de la especie humana. Curiosamente, lo que Beckett y Matheson comparten es la representación del cambio social como el fin de los tiempos, la llegada del apocalipsis. Cae la noche, y Robert Neville, el protagonista tiene que refugiarse en casa, pues los vampiros salen de noche, que no sepan el lugar exacto de su refugio, pues lo aniquilarían. Los que fueron amigos, hoy son sus depredadores. Ahora bien, en el espacio circundante, que no se alcanza a ver, que se adivina en la oscuridad, nace una nueva sociedad para la cual el ser humano es repugnante, peligroso. Es la inversión moral del punto de vista. De pronto Neville se convierte en el otro. Esto también es común en el cine, un recurso que precisamente se utiliza en la cinta Los otros. El horror es relativo. No, no es relativo, es absoluto, y depende de un punto de vista parcial y excluyente. El otro existe y lo más aterrador de su existencia es que puede tener acceso a la conciencia. De hecho, hacia ella va y es necesario detenerlo antes de que la alcance. La elegía al último hombre sobre la tierra es también el fin y el punto más extremo de la poesía. Al finalizar el yo, la lírica también sucumbe. Pero lo que me interesa es el hecho de que a la razón se accede si se tiene el poder, pues ambos –humanos y vampiros– tienen la misma capacidad y el mismo derecho. Pero las dos especies de repelen. Entre esta sociedad que termina y aquella que nace, ¿hay algo que pueda ser común? ¿Por lo menos la poesía, la música al menos? Parece que no. Hay una trampa en este tipo de literatura, pues pareciera que todas las creaciones mueren, y que incluso aquello que tiene más probabilidades de trascendernos (como el arte), también sucumbirán. La literatura de horror encierra una gran dosis de egolatría: sólo nosotros por nosotros y por nuestros medios somos capaces de comprendernos, los Otros no serán capaces. Y tenemos la altanería de afirmarlo sin tener siquiera la curiosidad de conocerlos.

Richard Matheson. Soy leyenda. Las criaturas de la noche / I Am Legend. The Night Creatures: The Script (1954 y 1982), trad. de Manuel Figueroa (Soy leyenda, 1960) y Manuel Mata (Las criaturas de la noche, 2014). Barcelona, Planeta, 2014.

jueves, 11 de febrero de 2016

Poesía completa, de Jacobo Fijman


 
En una librería de Buenos Aires pregunté por algún poeta desconocido, interesante, un poco extravagante, quizá de alguna época no muy frecuentada. Un poeta con genio, si se pudiera. Con algo de leyenda en su vida. Y no muy caro si cuenta con estas características, si fuera posible. ¡Jacobo Fijman!, me respondió el librero. Desde luego tenía leyenda, pues terminó sus días en un manicomio por su psicosis delirante, en donde me imagino que escribió sus últimos poemas, de carácter místico. No tenía un carácter afable, por lo que se prohibió su entrada a la Biblioteca Nacional. Escribió en la revista de vanguardia Martín Fierro. Fue dibujante, y en el libro de su Poesía completa, se pueden apreciar un par de sus obras (nada del otro mundo). La genialidad lo sobrevoló, pero a veces no hace más que sobrevolar. Lo curioso, cuando uno no tiene muchas nociones de literatura comparada, y no las tenemos en general, es notar la existencia de aquello que con mucha incomodidad llamamos “el espíritu de la época”, este concepto con el que batallamos, que consideramos anacrónico, idealista y tramposo, pero al cual no nos queda más que contemplar cuando aparece. Algo se parece Jacobo Fijman a los estridentistas mexicanos, y hasta parece que estaría receptivo a la influencia de Ramón López Velarde, si lo hubiera escuchado alguna vez. Publicó tres libros: Molino rojo (1926), Hecho de estampas (1930) y Estrella de la mañana (1931), de los cuales destaca notoriamente el primero. Tiene los recursos de la vanguardia, es decir, la creación de imágenes poéticas visuales, los objetos de su mundo tienen facultades extraordinarias que no pueden traspasar los límites del poema. El espíritu del poeta está representado como un conjunto de objetos, de cosas de la naturaleza o creados por el hombre. Pero decir esto es no decir nada, estos elementos los tienen tantos poetas. Ni siquiera añadiría nada si digo que tiene la tensión entre la esperanza religiosa y la frustración de la vida. También lo compartimos todos. Pero quizá se penetre algo en su misterio si se dice que sus imágenes son casi inmóviles momentos de la naturaleza. Dice: “Bailan como muñecos / mis anhelos, oreados por los vientos”. Y en ese mismo poema: “El mar embriaga mis sarcasmos”. Para explicarse, este espíritu recurre a lo que recurriría cualquier performance de hoy: en colocar objetos en la pared, tiras de papel agitadas por el viento, alguna fotografía desolada. Era violinista y vagó por los caminos. Esto explica un poco estos poemas en que el autor parece querer explicar su angustia personal a través de los caminos. “Se romperá algún día / mi corazón, como un ladrillo”, así como se rompen los objetos con el uso. Lo mismo que los recursos poéticos, y desafortunadamente, en la segunda parte del libro, dichos recursos no fueron debidamente remendados.

Jacobo Fijman, Poesía completa. Buenos Aires, Del Dock, 2005.