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sábado, 13 de agosto de 2016

Dos veces única, de Elena Poniatowska


Lupe Marín fue el eslabón entre dos mundos enemigos, el de los Contemporáneos y el de Diego Rivera. Como fue la mujer que amó a Diego y luego lo dejó por Jorge Cuesta, su vida tiene el encanto de la confrontación; yo me preguntaba con frecuencia qué tenía que había fascinado a una época. Quizá era esa fortaleza que al mismo tiempo también causa repulsión a lo largo de muchas páginas (los que la rodeaban se quemaban si se acercaban demasiado a ella). Y su hijo Antonio, el hijo que tuvo con Jorge Cuesta, evitaba mirarla, cuando estudiaba en Chapingo, en el imponente retrato que Rivera hizo de ella en esos muros. Es cierto que ella abandonó a su esposo para irse a Córdoba con Jorge Cuesta, algo de lo que después se arrepintió, y finalmente se aferró tanto a ser la mujer de Diego, que ha pasado a ser como su viuda oficial, aunque legalmente el muralista estaba casado con Emma Hurtado, y aunque Lupe sea una idea imprecisa ante la presencia radiante de Frida Kahlo. Pero hablar de ella equivale a hacer una incisión profunda en la familia Rivera Marín, darle a su vida íntima una trascendencia pública de la que hasta ahora había estado un poco ajena. La vida personal del pintor, sus hijas, sus nietos, el paternal sapo inmenso cobijándolos, y la mirada verde que no parpadea de Lupe. Mi balance del personaje es negativo, aunque sus anécdotas sean pintorescas, aunque retraten un tiempo en que podían existir mujeres de tamaño legendario como Leonora Carrington o Pita Amor o María Félix; Lupe representa los poderes omnímodos de la musa que se sabía única y en vías de ser mítica. No lo logró, creo, porque le faltó algo, quizá fue mayor la idea que tenía de sí misma que el trabajo propio. Hubiera sido deseable que la fiera aprendiera a domarse a sí misma, pero no lo quiso hacer, y la magnitud de sus acciones todavía marcan a sus descendientes. Pienso que Elena Poniatowska tomó la decisión de contar esta historia en un eterno tiempo presente por dos razones: para lograr un enorme mural –la obra de Elena es un  fastuoso mural, como los de Diego– y para contar esta vida familiar con distancia. Hay cierto desapego, y los juicios sobre la familia Rivera Marín son contundentes, aun cuando se presenten con cierto disimulo o ironía. De cada libro de Elena aprendo algo. En este caso, la técnica que permite contar con enorme fluidez las anécdotas que forman una vida. Desde la escena en que Lupe conoce a Diego hasta aquella en que desciende a la tumba, no hay más que un solo tobogán vertiginoso. Y antes del fin, un delirio en que la protagonista intenta explicarse. Pero esa alma, hecha de un solo bloque, no termina de derrumbarse frente a nosotros. Si nos alejamos un poco para ver las escenas de lejos, ¿qué vemos? El retrato de una diosa antigua que devora a sus hijos –aunque, en honor de la verdad, le perdona la vida a algunos.

Elena Poniatowska. Dos veces única. México, Seix Barral, 2015. (Biblioteca Breve)

sábado, 6 de agosto de 2016

Antología del cuento hispanoamericano, de Fernando Burgos


Creo que los lectores aprendemos del cuento hispanoamericano gracias a las antologías, ya que se trata de un género casi imposible de conocer de otro modo. Sobre todo, cuando sabemos que abundan los grandes maestros en todo el continente desde tiempos del argentino Esteban Echeverría, que dejó las notables pinceladas de su cuento “El matadero” (1839). Aunque considero el libro de Fernando Burgos como uno de los mejores en el tema, también sé que la gloria de este tipo de antologías es efímera, pues los lugares en un índice son cada vez más peleados. Burgos publicó su libro en 1991, lo que quiere decir que ya un gran porcentaje de cuentistas tendrá que abandonar su asiento y pasar a ocupar un lugar en el humus literario. De manera muy injusta, ciertamente. Pero casi no hay en la gran bibliografía del mundo algo tan injusto como una antología. Por casualidad, al ir a guardar este volumen en el librero, encontré uno parecido, el que preparó José Sanz y Díaz para editorial Aguilar, en 1946, de Cuentistas hispanoamericanos. Las diferencias entre ambos nos darán algunos indicios… El volumen de Sanz contiene 72 cuentistas, mientras que el de Burgos incluye 93. Aun así, el más antiguo le dedica un apartado a los cuentistas de Filipinas (que el segundo no contempla). Ninguno de los dos nos habla de Belice, aunque sé que más de la mitad de sus habitantes habla español (incluso un porcentaje mayor que en Paraguay). Pero lo que quisiera saber es qué autores aparecen en ambos volúmenes, porque entonces habría algo así como algunos clásicos indiscutibles del género. Son trece autores los que están en ambas antologías. ¿Cuántos de ellos tienen una presencia en nuestras lecturas? Me refiero a Ricardo Jaimes Freyre, Manuel Gutiérrez Nájera, Ricardo Palma, y algunos otros. Horacio Quiroga sigue siendo indiscutible, pero ¿Rufino Blanco-Fombona?, ¿y Javier de Viana, el uruguayo que escribió setecientos cuentos? Ya lo sé, no tenemos espacio en nuestra memoria. Y no nos atrevemos a caminar solos por el mar de las publicaciones. Ocurre algo más que me preocupa. De vez en cuando aparecen magníficos cuentistas, que no pueden ser comprendidos si no se conoce su tradición. Borges trajo a Lugones. Rulfo trajo a Efrén Hernández. Y así cada cuentista despierta a otros muertos que pasan a ocupar su sitio en el banquete de la posteridad. La tradición, quién lo diría, se mueve. Yo, por lo pronto, sugeriría quitar de las antologías a Jorge Ferretis, que también aparece en la de Seymur Menton y a quien los mexicanos no leemos. Las antologías parecen decirnos que no hay tiempo para todo en la vida, son el Eclesiastés de nuestro tiempo. Por esa razón, me gustaría entresacar dos cuentos: “Mosquita muerta”, del panameño Rogelio Sinán y “Revolución en el país que edificó un castillo de hadas”, del salvadoreño Álvaro Menéndez Leal. Considero que si alguien se interesa por ellos ya habré hecho un acto de generosidad por los lectores.

Fernando Burgos. Antología del cuento hispanoamericano. México, Porrúa, 1991. (Col. Sepan cuántos…, 606)

viernes, 5 de agosto de 2016

Diez días que estremecieron el mundo, de John Reed


Me preguntaba, mientras leía el gran reportaje de John Reed (1887-1920), ¿cómo lo habrá escrito?, ¿en qué momento tuvo la tranquilidad suficiente para ordenar las discursos de los militantes, las barricadas populares y hasta los gestos de los generales? Todo hace suponer que fue escrito momentos después de ocurrido. Apenas había tiempo para dormir en esos diez días. Pero si estremecieron el mundo, es lógico que hayan estremecido a su autor, y que no lo dejaran dormir. Aunque el tiempo no se detiene, y hay que ir corriendo de las calles al partido, y del partido al congreso, queda el espacio suficiente para el dramatismo. De pronto, todos los asistentes al congreso se callan, y aparece Lenin, la voz que explica lo que está ocurriendo allá afuera, del otro lado de los muros. A John Reed lo impresionaron sus palabras, la lenta seguridad con que las pronunciaba. Son diez días delicados porque en medio de la zozobra, la revolución pudo ser derrotada. Supe después que el autor llenó papeles de notas, recogió toda la propaganda política que pudo. Los muros de Moscú no eran suficientes para la cantidad de carteles, así que se sobreponían unos sobre otros. Hasta dieciséis encimados despegó este periodista de una pared. Qué desesperación, mejor una plasta de papeles arrancada de un tirón. “Mira: ¡he arrancado la revolución y la contrarrevolución de una sola vez”, le dijo a su amigo Albert Rhys Williams. Gracias a este compañero suyo me entero que Diez días que estremecieron el mundo fue escrito en 1918, en NuevaYork, a donde viajó acompañado de sus apuntes y sus documentos. Los agentes de la procuraduría los los confiscaron en la aduana, pero Reed pudo salvarlos, y la policía asaltó seis veces la imprenta buscando el manuscrito. A los treinta y tres años, luego de contraer el tifus, murió en Rusia. Su sepulcro sigue (hasta donde sé) en la Plaza Roja, con una lápida que dice: “John Reed. Delegado a la Tercera Internacional. 1920”. Sigue ahí, me imagino, porque no se ha puesto en duda su compromiso ni la calidad excepcional de su trabajo como reportero. Y eso que, muchas veces, a este tipo de personajes se les mira desde la posteridad con una piedad no pedida. “Es que murió al amanecer del mundo soviético”. Naturalmente, no es mi visión. Las letras  de la Unión Soviética nacieron con el género de la  literatura documental. Y su fin también fue acompañado por este género, en la forma de los reportajes de Svetlana Alexiévich. A los libros de esta autora me gustaría tratarla en otra ocasión, pero no quisiera dejar de resaltar que son visiones opuestas. Reed se entusiasmó con  los hombres que hicieron la Revolución Soviética, compartió ideales, y, especialmente, los puso en la perspectiva de sus ideales históricos. No es el caso de la Premio Nobel rusa; ella tiene en cada una de sus páginas la ideas del moderno conformismo burgués que es el pacifismo: sus ideas contra la guerra se enuncian sin contexto y sin perspectiva pues quiere poner la Historia del tamaño de los hombres, hacerla del tamaño de su dolor y sus experiencias. Suena bien, aunque eso suponga olvidar el contexto político del mundo, lo que nunca ocurre en las páginas de John Reed.

John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. [Barcelona], Sol 90, 2009. (Biblioteca Pensamiento Crítico)

martes, 26 de julio de 2016

Capítulos de literatura española, de Alfonso Reyes

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“¿Y ahora qué escribes?” ¡Qué pregunta! Alfonso Reyes la detestaba. “Pues escribo”, respondía. Claro, hay que explicar un poco esta respuesta. A veces despertaba con la curiosidad de un episodio de la mitología griega y se dedicaba a aclararlo. En otras ocasiones, un problema sobre el tema de “el pecado de haber nacido”, presente en Calderón de la Barca. Eso lo vi en un libro de Plinio… debe de estar por este lugar, es una idea que ya estaba en la antigua Roma. Se comienzan a llenar unas hojas sobre el escritorio. Y luego, conforme se desarrolla el tema, el texto adquirirá redondez. Cuando el ensayo tenía ya una forma satisfactoria, su autor volteaba hacia atrás, a unos cajoncitos rotulados: “Literatura griega”, “Teoría literaria”, “España”, los abría y los depositaba dentro. Una vez que notaba que un cajón se abultaba, sacaba las páginas, a ver qué tenemos aquí, ya están listos para retocarse y formar un libro. En ese momento se veía el tema, la extensión, lo que podía añadirse. No es tan obvia la pregunta, pues he visto a autores que, por el contrario, trabajan sobre un libro antes de pasar al siguiente. Y Reyes… él tenía el doble trabajo de escribir y clasificar. Ya su labor de ordenar su propia obra fue un esfuerzo (más adelante se necesitó de dos eruditos, José Luis Martínez y Ernesto Mejía Sánchez, para continuarlo). Y yo, no quedo satisfecho. Pienso que hay otros órdenes posibles. Lo que de hecho, ha producido numerosas antologías temáticas. En el caso de la literatura española, en este libro aparece no como en las ordenadas historias literarias, sino como una selva llena de bibliografía. Y además, a Reyes le gusta andarse por las ramas de ese tema. La oportunidad que tuvo de conocer de cerca las publicaciones de filología de hace cien años y de conversar con las grandes figuras de esa disciplina, no la desaprovecha. Suena a arte vivo el de los Siglos de Oro en sus ensayos, autores que una mente más pedagógica decapitaría se encuentran en estas páginas. Don Alfonso, ¿no que sólo el agua cristalina de las conclusiones y todo lo demás a los apéndices?, le pregunto “Son testimonios de una época de mi vida”, responde en la primera página. Es cierto, época extraña, la de la primera mitad del siglo pasado, en que la prensa toleraba la demasiada erudición. De todos modos, algunos nombres cuajan en medio de todo ese ramaje exuberante del barroco. Qué curioso… En menos de cien años, Cervantes se ha convertido en el mayor referente de esos siglos. No pasa así en este libro; Reyes muestra mayor curiosidad por Gracián o por Lope de Vega, ejemplo de autor que podía vivir y escribir (pues la mayoría… tenemos que elegir entre una y otra cosa, y optar por la escritura). La novela no fue el género favorito del Ateneo de la Juventud, y Reyes prefería el teatro y la poesía, si lo dedujéramos de estos textos. Pero el personaje más referido es Juan Ruiz de Alarcón, quizá interesante por su condición de indiano en España, como el propio Reyes. Como don Alfonso es siempre la sugerencia del trabajo y la curiosidad, se me ocurre que un tema maravilloso sería una gran analogía entre ambos escritores, su inteligencia y su cortesía americana. Pero eso no lo podría yo, se necesitaría conocer dos épocas y dos mundos, además de dos autores, para lo cual sólo tendría alcance alguien como el autor de estas páginas.

Alfonso Reyes. Capítulos de literatura española, Primera y segunda series. De un autor censurado en el “Quijote”. Páginas adicionales, 1ª ed., 2ª reimp. México, FCE, 1996. (Obras completas, VI)

viernes, 22 de julio de 2016

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

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No sabía qué esperar de Jane Austen (1775-1817), como no fuera la vaga noción de que sus heroínas pasan por ser de las más inteligentes de la literatura. Sabía de la gran admiración que Harold Bloom siente por ella, por los elogiosos pasajes de su libro El canon occidental. Sé que esta joven escritora es referente para todo tipo estudios, desde las conductas amorosas de su tiempo hasta los libros que estudian los festejos de Navidad en su época. Lo que no me esperaba es la sonrisa permanente que atraviesa sus páginas, una sonrisa desconcertante. Su protagonista, Elizabeth Bennet, no se ahoga en el vaso de agua de su vida, a diferencia de la mayor parte de sus familiares y sus conocidos. Aunque toda la mentalidad de los personajes de la historia tienen la misma idea fija –lograr un buen matrimonio–, Lizzy no se deja desesperar, reacciona con inteligencia, con mesura y hasta con humor. Todo gira en torno a la idea de conseguir pareja… Bueno, igual que hoy. Sólo que hemos pasado muchas etapas entre esa época y la nuestra. Mientras que el cortejo lo es todo en esta historia, en nuestros tiempos eso ha quedado un poco hecho de lado. Es curioso, pero a pesar de que esta historia es calificada de “romántica”, me parece lo menos romántico del mundo. No existe la búsqueda de un alma femenina, la protagonista ni siquiera piensa en ella en términos íntimos. Sabemos poco de sus sentimientos, y no hay una descripción de su interior ni de sus cambios, Lizzy no depende de su estado de ánimo. El amor no es visto como el náufrago que ve a lo lejos la posible isla de su salvación. Por el contrario, parece que la protagonista tiene como preocupación estar siempre a la altura de las circunstancias, como en una partida de ajedrez. Darcy, el joven rico y apuesto, está enamorado de ella, pero Lizzy ni lo sospecha, y cuando se da cuenta, comienza a jugar una partida de movimientos llevados a cabo por la autoestima. Nunca la desesperación, nunca el interés –¡porque Darcy es inmensamente rico!– y, sobre todo, jamás traicionar la buena reputación, que es la única carta para jugar en esta nutrida competencia. Tendemos más a la desesperación por amor nosotros, los que supuestamente despreciamos el cortejo del mundo antiguo, los que pagamos por el psicoanalista. Nos envanecemos de nuestro racionalismo, pero no estamos dispuestos a cambiar nada por ese mundo sin pasión y sin sentimientos de autodestrucción. Ni el matrimonio más aburrido es visto negativamente en estas páginas, algo hay de bueno en un mal arreglo. Si Jane Austen, por el contrario, pudiera leer los best-sellers de nuestro tiempo, sí podría llamarnos “románticos” con cierto desprecio. Me hubiera gustado leerla más temprano en la vida. Por otra parte, para todo lo que lea ya será un poco tarde.

Jane Austen. Orgullo y prejuicio / Pride and Prejudice (1813), tr. de Armando Lázaro Ros, pról. de Philippe Ollé-Laprune. Xalapa, Universidad Veracruzana, 2014.

lunes, 4 de julio de 2016

A una sombra


 
Yo hablo con mis muertos. Pero con los más cercanos. Con los que se van alejando en el tiempo menos, porque incluso olvido el tono de nuestras conversaciones y las palabras que usábamos para confiarnos nuestros asuntos. De pronto, veo que estoy hablando con el vacío, frente a un muro impenetrable, o frente a nada, ante un alma que ya se hizo polvo o que se alejó para siempre. Tengo más familiaridad con los desaparecidos recientes, todavía tenemos cosas que contarnos, conocidos en común e historias inconclusas. Tú, sombra que en vida te llamaste Bernardo Couto del Castillo, estás definitivamente lejos. Los amigos que te lloraron cuando moriste están igualmente lejanos. Nos separan, entonces, muchas cosas; reconocerías de mi ciudad unos cuantos edificios en medio de tantos otros, extraños. Del nuevo siglo que empezaba, qué irías a conocer, quizá te preguntaste cómo sería, pero lo conociste tan poco… sólo unos días, pues tu vida acabó muy pronto, el 3 de mayo de 1901, así que prácticamente viste tres meses del siglo XX, te faltaron 99 años y nueve meses para hacerte una idea un poco más precisa, aunque de los amigos que te sobrevivieron, nadie llegó a la mitad del siglo. Bueno, sí, en realidad uno, Balbino Dávalos, que murió en 1951. A él le dedicaste dos de tus cuentos, y en uno de tus pocos artículos de crítica literaria escribiste que esperabas su libro de poemas. Pero él publicó su primer libro varios años después. Si hubieras vivido más allá de los veinte años, tu pesimismo se habría hecho mayor, de muy pocas cosas que hemos visto desde entonces podríamos alegrarnos. Amado Nervo te escribió un poema diciendo que oraran por el siglo que moría, y con él, los suicidas y todos aquellos que odiaban los ideales, los nostálgicos de los templos góticos y las nuevas generaciones abrumadas por el tedio. No sabía que tú te embarcarías muy pronto. Y yo… no sé si te llegan las novedades editoriales en donde estás, si es que estás. A lo mejor, las dos épocas de la Revista Moderna, la cual llegó hasta 1911. Las demás publicaciones seguramente te olvidaron, borraron tu nombre de sus lectores y de sus amigos. Si se te buscara, ¿responderías? No tienes fuerzas ahora ni para desviar el vuelo de una mosca ni de quitar un polvo de mi camisa, y voltear la página de un libro, para ti, es como alterar un destino inconmovible. Hace unos días llegó a mi casa un libro tuyo, tu obra completa, aunque veo que nunca llego temprano a las novedades, pues ésta tiene más de un año que está por las librerías. No sé si llevabas la cuenta, pero escribiste más de sesenta cuentos, y algunos ensayos y traducciones. ¿El libro?, ¿elegante? Sí… Es una colección sobre el siglo XIX de la Universidad Nacional, sólo de tu obra tiene 360 páginas, más el estudio, bastante largo, de una académica joven Coral Velázquez Alvarado. A ti te fue bien, porque no te llenaron de notas al pie, pues ese es el mal de la academia de hoy, así como en tu tiempo fue la oratoria hueca. He visto otros libros de esta colección hasta con 150 páginas de notas al pie. Abrí las páginas buscando algo tuyo. Sabía que llegabas a las redacciones de las revistas acompañado de tu mayordomo, a los catorce años. Es que eras nieto de José Bernardo Couto, el aristócrata crítico de pintura y famoso intelectual de la época santanista. Te vislumbraba con tu rostro redondo, probando el ajenjo, o bien visitando la morgue, en donde contemplaste una autopsia completamente hipnotizado. Pensabas que el muerto te miraba y tú le devolvías la mirada fascinado. Pero yo quería saber otras cosas, cosas que no estaban en este libro. Tuviste una amante, Amparo, con la que te veían por las calles. Igual que Baudelaire, que tenía su amante negra. Viajaste por Europa, tu familia te pagó ese viaje. Y tus cuentos tratan sobre exquisiteces aprendidas allá, a las orillas de un lago o en las calles nocturnas y solas de París. Un poeta que ya no conociste, Porfirio Barba-Jacob, que llegó a México en 1909, hubiera sido bueno que lo conocieras… bueno, él escribió que Rubén Darío hizo que todos quisieran ser aristocráticos. Antes de él sólo unos pocos eran exquisitos, pero de pronto toda la juventud lo quiso ser. Tú eras de esos pocos, lo hubieras sido aun cuando no conocieras a Darío, sin duda lo leíste. Pero yo quería saber algo preciso, quería saber qué había pasado con el tiempo, ya que moriste de tuberculosis, qué había pasado después… Tu padre murió muy poco tiempo antes que tú. Y tu familia era dueña del hotel donde vivías, en la primera calle de Santo Domingo, número 11. Quizá ahí moriste. Te sobrevivió tu madre, Adelaida del Castillo, pero no sé por cuántos años más, los papeles nos dirían quién heredó el hotel… Tampoco sé si tuviste hermanos, sobrinos… Lo que conocemos de ti se publicó en vida tuya, y unos pocos textos póstumos. Tuviste cosas, libros, retratos, recuerdos de tus viajes, ¿dónde quedaron? Los imaginé guardados cuidadosamente por tu madre. Si ella era de Guadalajara, ¿habrá vuelto a vivir allá? Quizá se quedó a administrar su herencia, que no era poca. Tal vez vivió en la colonia San Rafael, no me imagino otro lugar. ¿Pero cuando murió? Entonces tal vez los sobrinos, pero ellos quizá guardaron todo lo tuyo en la biblioteca de algún pariente. Luego… quizá en alguna maleta lo más rescatable. Los manuscritos del tío Bernardo, toma tú este libro, yo me quedo este retrato. No has sido el primer poeta muerto joven, y no serías el primero en terminar en esas maletas que los parientes guardan pensando revisar algún día, en esta generación o en la que viene… No hay respuesta para mí en el prólogo de este libro, la autora prefiere dedicarse a leer tus cuentos pues parece que desde que moriste, en vez de leerte, los críticos prefieren lamentarse de que hayas dejado trunca tu obra. Bueno, sí, está bien lamentarse, pero en este caso sirve para excusarse de leer atentamente. No está más trunca tu obra que la de cualquiera otro, lo que quiere decir que se la debe de leer como una totalidad. La prologuista concluye que tuviste varias etapas, que tus primeros cuentos trataron el tema del artista y de su imposibilidad de adaptarse al mundo, que luego hiciste poemas en prosa –y que fuiste de los primeros–, leíste a Poe y lo adaptaste a tu sensibilidad. Tus vivencias en Europa te sirvieron para otros cuentos, tal vez los más bellos, los más logrados, cuentos de amor y de tristeza. Al final, comenzaste una serie en donde tu personaje era Pierrot, artista enmascarado, que no se quita el antifaz nunca. No sabemos qué esconde, más que el arte doloroso del enamorado. Al final están tus traducciones, son pocas, pero tan bien elegidas que me gustaría elogiarlas. Estoy seguro de que en estos 115 años nadie ha tenido la amabilidad. Por otra parte, moriste y se quedó el trabajo a la mitad, eso es cierto, pero no podías interrogar al futuro. Yo te lo diré aunque no lleguen a ti las palabras, tus contemporáneos debieron de quitarse esa máscara de Pierrot, pues no se puede ser un joven decadentista toda la vida… En la diplomacia hay puestos no tan vergonzosos para los poetas, pueden traducir, viajar y escribir decorosamente. Sólo tendrías que haber dejado de ser tú. Es cierto, tenías dinero. Pero entonces, habrías vivido al margen de la vida, te habrías quedado en otro tiempo, y el mundo que se destruyó en 1910 no hubiera perdonado tu palacio de cristal. De algún modo tu destino te ha permitido ser el joven eterno e inasible, al que las palabras no llegan, estás como Pierrot, revoloteando por la luna. Parece que se olvidan las cosas, las muertes de los antiguos, y que se vuelven sólo palabras, pero el dolor busca un refugio, y se encuentra vivo en algún lugar oculto, que sólo es necesario remover para que duela nuevamente. ¿En esa pila de hojas? Es posible.

domingo, 3 de julio de 2016

Paul Valéry. Rasgos centrales de su pensamiento, de Karl Löwith

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Paul Valéry (1871-1945) tenía una libreta para apuntar cotidianamente sus pensamientos. Es decir, una gran cantidad de libretas. Los pensamientos, una vez apuntados, adquieren cierta forma estática que, ciertamente, no tiene nada que ver con el pensamiento. Ése se mueve, inquiere, quiere convertirse en acción. Tal vez así sabrá por qué piensa como piensa, ya que por alguna razón, fue puesto aquí sin saber cómo y no tiene los medios para saber por qué piensa como piensa, de ahí que tenga que hacer algunas comparaciones con el funcionamiento inorgánico. Quizá así se logre encontrar una respuesta, comparando al ser humano con la naturaleza. Mientras que nosotros podemos tomar ciertas decisiones, un caracol, por ejemplo, está incapacitado para hacerlo. Karl Löwith (1897-1973), más que un expositor, intenta ser un cristal que nos permita contemplar el pensamiento del poeta francés. ¿Cuál sería la esencia de ese pensamiento? Difícil decirlo, pero se puede partir de cualquier sitio… Por ejemplo, ¿qué explica que la naturaleza sea como es?, ¿lo es por maquinaria, azar o intención? La maquinaria es incapaz de la variedad, el azar tendería a equilibrar los fenómenos; ¿y la intención? Eso es algo que nosotros ponemos dentro de ese funcionamiento, un agregado humano que la naturaleza desconoce. Aquí se acaba nuestro abanico de posibilidades. Hay que encontrar la palabra exacta para ponérsela al fenómeno, sólo así podríamos comprenderlo. Pero esa palabra, ¿dónde se encuentra?, ¿existe? En cuanto más infinitesimal el pensamiento, más precisión exige, la palabra se aleja, se hace evasiva. La queremos agarrar como a una mosca obsesiva. Nosotros ante el mundo. Pero también estos dos conceptos son tan relativos. Nosotros somos nosotros sólo en un cierto rango que nos permite la naturaleza. Si el pensamiento tuviera acceso a herramientas que nos miren desde un no-yo, ¿qué veríamos? ¿nos sorprenderíamos? ¿nos sería dado sorprendernos? Qué podemos decir de esa secreción nuestra que se llama la sorpresa y que nos sirve para hacer algo en el mundo. Ay, tomar un poco de mundo entre la mano y no poder llegar a ninguna meta en nuestras conjeturas. Y si alguien, con una tecnología que yo ignoro, ha logrado implantar en mí esta conjetura para que yo crea que es mía, ¿lo seguiría siendo? ¿será posible de esta manera acabar con lo mío y lo tuyo, todo aquello a lo que de un modo se aferra el pensamiento como “sus” vivencias? La pregunta es si el mundo tendrá esa capacidad eterna de sustraerse al pensamiento en tanto éste más lo persigue. Ah, y la tecnología no nos ayuda a conocerlo, si es que pretendían buscar una solución por ese medio, pues ella de lo que se encarga es de mediar nuestro actuar, interponerse para no dejarnos observar el fenómeno de frente. Ahora bien, éste es sólo uno de los aspectos de que tratan las ideas de Valéry expuestas en este libro, pero las demás tampoco tienen nada de tranquilizador para el espíritu.

Karl Löwith. Paul Valéry. Rasgos centrales de su pensamiento, tr. de Griselda Mársico. Madrid, Katz, 2009.