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sábado, 31 de diciembre de 2016

Himno melancolía, un espectáculo de danza contemporánea


Foto: Jürgen Hörner

(Himno melancolía: dos bailarines en movimiento, otros cuantos personajes más bien en el papel de la utilería, unas sillas, grabaciones y música. Es una obra de danza pero que representa una historia. Con elementos de la industria –máscaras, muñecos, programas de televisión…– se crea una metáfora de lo natural y de lo mecánico. Pero no es precisamente una historia, sino algo más parecido a un poema. Lo que sigue son mis ideas, producidas primero, domadas después.)

Himno melancolía es una reflexión sin palabras. Aunque, cómo puede reflexionarse sin ellas. El arte lo hace con frecuencia, el arte no verbal, por medio de imágenes o de movimientos. Con la ventaja de que no se sigue un camino único sino una serie de divergencias que vuelcan a la mente en diferentes afluentes. El viento agita frecuentemente los árboles. En este caso, el cuerpo de los bailarines se agita y mueve el viento del pensamiento. Lo que quiere decir que: lo dirige. La obra comienza. Todo está perfectamente dispuesto. Pero algo se descompone. Lo que ocurre a lo largo de la representación es un mecanismo que no funciona como debería. Dije que no había palabras. Las hay. Uno de los bailarines (con rostro de conejo sonriente) las dice: [Bueno, aquí deberían ir. Son palabras de un programa de televisión que a mí no me dicen nada. En realidad no dicen nada, ya que lo que ocurre es que como en una grabación fracturada, se repiten sin sentido.] A un lado, sentados en cuatro sillas, cuatro borregos, expectantes. Aunque no exactamente expectantes, más bien indiferentes. En cierto momento representarán un papel, un papel que de papel no tiene nada, pues más bien sólo se levantan y caminan hacia el frente, o regresan y se sientan, mueven la cabeza, coordinados por los golpes de un tambor. Lo que estaba a punto de decir algo es el movimiento de una boca de la que sale el aire pero las palabras han quedado dentro, quizá disueltas antes de pronunciarse. Esto es una imagen. La uso para decir lo que no puedo decir pues el mecanismo de la puesta en escena es la puesta en escena de la mecanicidad. En el escenario: conejitos, borreguitos, ¡ah!, y un gatito. Todo muy adorable. Incluso harán un día de campo. Naturalmente, lo más a mano es comerse el gatito. Y cómo hasta el agradable acto de comerse un gatito puede resultar lúgubre, todo depende de la luz, de las presencias indiferentes de los borregos y las sombras en los rostros. ¿Pero cómo llegamos a este punto? Esperen… está un conejito siempre sonriente, están unos borreguitos, hay un día de campo, pero de dónde salieron estos elementos. Aristóteles decía: para comenzar, primero por lo primero. Pues bien, yo no. Ya que el mecanismo es precisamente lo descompuesto. Por esta razón, el principio ha quedado excluido. Es que hay algo que desde el principio ha estado en escena: un cuerpo sangrante, tirado en el piso y quizá sin vida. Será que la vida no ha huido del todo y que así como sale a gotas la sangre, la obra surge de una mente a punto de morir, como un escurrimiento del pensamiento, o el propio pensamiento como un escurrimiento. (Uno de los primeros cuentos de Samuel Beckett es el monólogo de un pensamiento en un cerebro muerto, atrapado, caminando en círculos). Si esto es así, entonces hay un doble desdoblamiento. En primer lugar, el alma del muerto (¿acribillado?) sale y se mira en el espejo. Su reflejo es su cuerpo pero con rostro de conejo. Bailan y se reflejan, pero al bailar y reflejarse también pelean, se contienen, y el conejo se independiza, me parece (nuevamente: el mecanismo del reflejo se descompone), para representar su propio papel y presentar su mundo, un mundo separado del real pero a la vez su metáfora. Si es una visión previa  a la muerte, tal vez sea la representación de la evaporación del pensamiento.

Colectivo Querido Venado. Himno melancolía, un espectáculo de danza contemporánea. Coreografía y dirección: Guillermo Aguilar y Sergio Valentín. (Foro Sunland, noviembre de 2016)

martes, 27 de diciembre de 2016

Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro

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Elena Garro (1916-1998), una madeja demasiado enmarañada. Su obra está a tal grado enredada en su vida que es inútil siquiera intentar separarlas. Les molesta mucho a los críticos literarios que la atención salga del mundo autónomo de la literatura. Pero el rostro de la Garro es enorme, sale como una luna a iluminar el cielo de su novela más importante. Es difícil saber cuándo se escribió Los recuerdos del porvenir, de qué manera se fue articulando la estructura y cómo decidió que fuera el pueblo mismo un personaje que contara su propia historia. La autora, pienso, noveló asimismo el proceso de creación. Lo que quiere decir que quizá no sabremos cuántos años dedicó a su escritura, si efectivamente fue concebida en su totalidad antes, por ejemplo, de que Juan Rulfo escribiera su obra. Ella, a veces decía que Octavio Paz leyó la novela llorando porque era mejor escritora que él y que entonces le pidió que la quemara. Según esta versión, la novela fue salvada del fuego de la estufa para ser llevada a la editorial. Pero la misma autora también contó, contradiciendo su propia versión, que fue Paz quien llevó el manuscrito a Joaquín Mortiz. Disfrazada de inocencia, Elena Garro fue reescribiendo su vida, nos fue dejando borradores sucesivos. ¿Y la verdad? Una versión más dentro de todo ese papelerío. No sé el lugar que se le ha dado a esta novela en la historia de la literatura. Sin duda lo tiene, prominente. Debe de existir una relación entre ella y Rulfo. Ignoro si se conocieron, si tuvieron alguna relación, si exploraron fuentes parecidas, y por qué tienen ambos la Guerra Cristera en sus entrañas. Y sin embargo, son opuestas sus visiones. En Rulfo, el Bajío es una zona castigada por su compromiso con las peores causas de nuestra Historia. La visión de la Garro es, por su parte, bastante conservadora: la condena tácita al gobierno, la idealización del pueblo y de su ideología. Esa voz narrativa que caracteriza el libro, por la que habla la colectividad, un nosotros que a veces es un yo, es voz de Homero o de La Biblia. Pero, ¿por qué esa característica aparece también en Cien años de soledad? La historia de América Latina contada en términos fantásticos. Ésa es otra cuestión. Por qué. El tema de la verosimilitud, las leyes de la narrativa llevadas hasta el límite. En el caso de García Márquez hay resonancias bíblicas. Y en la Garro, la supervivencia de la visión infantil. Conforme la trama se va tensando, el pueblo de Ixtepec se va asomando por las ventanas, mira con disimulo. Pronto, tendrá que ocurrir un desenlace, quizá trágico o inesperado, pero siempre memorable. Y lo que ocurre es la fantasía, lo inexplicable, aquello que suena a mentira, a historia antigua. En el caso de esta autora, toma el aspecto de una verdad irrefutable y admirablemente bella.  Las historias viejas de una familia cualquiera muchas veces estuvieron a punto de cubrirse de magia. Pero al contarnos las de nuestro propio pasado, casi nunca se tuvo el cuidado de dejar que permaneciera.

Elena Garro. Los recuerdos del porvenir [1963]. México, Joaquín Mortiz, 2010.

martes, 20 de diciembre de 2016

Novelas completas y otros escritos, de Anatole France


Casualmente, llevaba este libro con las novelas de Anatole France (1844-1924) durante un paseo por la catedral de Chartres, célebre por las miniaturas en sus asombrosos vitrales. En ellos, hechos vidrio a vidrio, aparecen personas de hace ocho siglos. Los fabricantes de toneles, los carpinteros, los zapateros y los alfareros que aparecen representados no nos miran desde sus paneles. No estamos ni a su alrededor ni en su futuro. Cuando volví a las páginas de Anatole France sentí que hablaba de estos personajes: vidas de la Edad Media cuyos pensamientos giraban en torno a los milagros, a las leyendas, a una moral ajena. Casi pude dialogar con ellos, pintados con palabras, me asombró la naturalidad con que miraban los milagros de los santos. Ahora bien, sé que este autor escribía con tinta color sepia, aspecto que lo vuelve más antiguo, más cercano al pasado remoto. Quisiera saber cómo era su estudio, si estaba rodeado de antigüedades, me imagino que sí, que dialogaba con ellas y que las interrogaba. Su labor fue traducir ese mundo al francés cotidiano de su tiempo, con pinceladas asombrosas, es cierto, pero cuyo deslumbramiento no duró tanto. Tiene más inmortalidad por haber sido retratado por Marcel Proust en el personaje de Bergotte, en En busca del tiempo perdido, el novelista que primero sorprende y después desilusiona. Eso me hizo buscarlo. Eso, y enterarme de que fue el novelista favorito de Alfonso Reyes y de Ramón López Velarde. Este último hasta compró a crédito sus libros para poder leerlos todos. Admirado por aquellos a quienes admiro, ¿será un vitral de dos dimensiones o tendrá algo que decirme? Pocas cosas. Fundamentalmente: que gran parte de lo que vivimos es creación del pasado, de los muertos. Los vivos hemos agregado poco al pasado monumental. Por más atractiva que sea esta sentencia, la hemos convertido en falsa. Porque la tecnología cambia la faz del mundo en pocos años. Ahora bien, yo prefiero la mistificación del pasado a la del presente. Y por eso leí con mucho agrado las páginas que fueron secándose entre mis manos conforme veía que las sentencias de su sabiduría eran poco provechosas. En La camisa (parte del libro de Las siete mujeres de Barba Azul), el rey que busca la felicidad es aconsejado para ponerse la camisa de un hombre feliz. Ya imaginarán que el único hombre feliz sobre la tierra no lleva camisa. Y ya que hablamos de felicidad, estas páginas no tienen una respuesta a ese problema, pero por lo menos aplazan la tristeza, la cual se encuentra esperando en el colofón.

Anatole France. Novelas completas y otros escritos. Tomo III. El Jardín de Epicuro (Le jardin d’Epicure) / Sobre la piedra inmaculada (Sur la pierre blanche) / Cuentos de Dalevuelta (Les contes de Jacques Tournebroche) / Bajo la advocación de Clío (Clio) / Yocasta (Jocaste) / El gato flaco (Le chat maigre) / Historia de cómicos (Histoire comique) / Las siete mujeres de Barba Azul (Les sept femmes de Barbe-Bleue) / Baltasar (Balthasar) / El estuche de nácar (L’étui de nacre) / El pozo de santa Clara (Le puits de Sainte-Claire) / Abeja (Abeille) / Los cuentos de hadas  / Notas marginales (Notes écrites par Pierre Nozière) / Excursiones (Promenades de Pierre Nozière) / Rabelais (Rabelais), tr. y pról. de Luis Ruiz Contreras, 2ª ed. Madrid, Aguilar, 1968.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Ensueños y armonías y otros poemas, de Pedro Castera


De las 540 páginas de este libro, las notas abarcan alrededor de 150. Lo que quiere decir que sólo la Torá ha de haber sido tan comentada como Pedro Castera (1846-1906). El autor se habría sorprendido y seguramente estaría muy agradecido por tal deferencia… o no. Tal vez en todos estos años, ya se habría arrepentido de haber publicado sus poemas íntimos. Se habría quizá avergonzado de ver la paciencia con que la editora (que hizo un magnífico trabajo) cotejó los versos, fue a revisar las influencias, corrigió las erratas y comprobó las lecturas de autores alemanes. Quizá habría entrado en un estado de ansiedad al notar que, en efecto, sus críticos tenían toda la razón en pensar que no tenía que haber dado a la imprenta esos versos impresentables. ¿Ansiedad? ¡Más que ansiedad! Quizá una recaída en el psiquiátrico a causa de los nervios (el autor pasó una larga temporada en el psiquiátrico). Al ver el cuidado que los diseñadores de la UNAM pusieron en formar cada una de las páginas con miles de notas al pie, estoy seguro de que Castera hundiría la cabeza entre sus manos para no acordarse de los apuros que tuvieron que pasar Juan de Dios Peza, Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí, elaborando silogismos para justificar los poemas de su amigo y editor (ya que el autor de Ensueños y armonías era director del periódico La República). Y luego, todo eso colocado en un volumen tan elegante, como los que forman la colección Al siglo XIX ida y regreso… Quizá no tendría valor de ir a la presentación del libro a escuchar elogios inmerecidos, o bien señalamientos de superioridad póstuma, como muchas veces les pasa a nuestros autores decimonónicos. Nadie que lea estos poemas querrá continuar con su prosa. Y eso que tiene unos cuentos notables sobre minas y mineros. No, ni Pedro Castera podría pasar la mirada por estas páginas sin que sus mejillas enrojecieran. La tempestad rugiendo bajo el cráneo, / la duda desgarrando el corazón… Y aún falta la otra mitad de la estrofa, la cual empieza casi repitiendo lo de la tempestad y lo del cráneo: de la tormenta el soplo en el cerebro, / y el alma… agonizando de pasión. Se diría entonces: ¿Cómo pude pasar tantos años poniendo armando estos versos que a mí me parecía que contenían una verdad?  Ahora bien, si se espiga bien el libro, se encuentra un poema, un solo poema que puede dialogar con nosotros (una disculpa por este juicio: naturalmente cualquier lector puede intercambiar impresiones con los poemas que desee). Me refiero al texto “A los materialistas” (1878), una divertida defensa del idealismo en que pretende reducir al absurdo los que piensan que hablan de la materialidad del alma, aquellos que dicen que “es fósforo el talento”. Yo extraería este poema de aquí para agregarlo a las historias literarias. Por otra parte, esta colección de la UNAM tiene un grave problema con las notas al pie, una maleza que a veces esconde el texto. Yo dividiría las notas en dos: las que tienen que ver con el contenido, y las pondría al pie de página; y las que consignan las variantes de las distintas ediciones. Ésas las pondría al final del volumen, en un apéndice, y así los lectores las podrían arrancar y aligerar la lectura.

Pedro Castera. Ensueños y armonías y otros poemas, ed., notas y estudio preliminar de Dulce María Adame González. México, UNAM, 2015. (Col. Al siglo XIX ida y regreso)

sábado, 17 de diciembre de 2016

Greguerías, de Ramón Gómez de la Serna



¿Qué es la greguería?, ¿de dónde viene su nombre?, ¿cuál es el método para elaborar una de ellas? Lo supe mientras leí este libro, pero lo olvidé una vez que salí de sus páginas, un poco agotado y convencido de que era un mar tan inmenso que varias de ellas habían aparecido un par de veces en el volumen. Comencé a cazar greguerías por todos lados, mientras leía las noticias, mientras caminaba por la calle o mientras oía un discurso importante. Así que este tipo de arte es un hábito mental enloquecedor. No las colocaría dentro de la poesía ni dentro de la filosofía, no es un ensayo en miniatura. O quizá, las greguerías son todo esto, pero en dosis mínimas. Son las hermanas del aforismo. Pero a diferencia de este género cultivado por grandes moralistas y pensadores, las greguerías no transmiten ninguna sabiduría. Combinan lo sublime con lo insustancial. ¿Y tienen alguna utilidad? Sirven para roer el pensamiento serio. Ahora bien, dije que no eran una filosofía, y cualquiera que las lea podrá ver que no es así. En el fondo, tienen una visión del mundo con varias vertientes. Por las greguerías podemos ver que todos los seres de la creación conviven de manera constante, los números son animales, los signos tipográficos tienen mucho de humanidad, pero al mismo tiempo las personas comparten muchos aspectos con lo inanimado y con lo mecánico. Son cómicas porque imponen lo mecánico en lo humano. Y así se puede uno pasar la tarde, degustando greguerías como cerezas, hasta que nos atragantamos con un hueso. De pronto, este terreno en que coexisten los seres del mundo comparten el breve espacio de una greguería con la muerte. “Nuestros gusanos no serán mariposas”. Me gustan por impostoras, están a punto de decir algo trascendente, pero no lo logran. Es cierto, se puede seguir el tema de cada una de estas frases, se las puede continuar y desarrollar un pequeño tratado de filosofía moral. Pero se distinguirían de esa disciplina porque éstas no llevan a ningún lado, no desembocan en una ley general. Por eso siguen siendo tan modernas, porque le roen los calcetines a la eternidad, la cual se presenta ante nosotros de manera ridícula. Por eso en su humor, son desencantadas. “Nada retorna, pero todo se parece”. Entonces, para qué queremos volver si seremos sustituidos. Qué absurda la idea de renacer en el mundo, volver para encontrar no sólo que todo sigue igual, sino que nosotros mismos estaremos repetidos. Qué cansancio el de este mundo en el que nada nuevo hay bajo el sol. O casi nada. Y lo nuevo no lo es tanto, sólo es parecido. O quizá, lo mejor es leer este libro como un tratado de filosofía, un compendio de graves sentencias filosóficas. Sí, eso es mucho mejor. Darles la dimensión de verdades trascendentes. “Todos los chorizos se ahorcan”. Y si lo hacemos así, pasaremos con tristeza ante las tragedias suicidas de los chorizos, de las moscas que mueren ahogadas en la leche, y del murciélago, ese mandadero que no encuentra al que tiene que dar el recado.

Ramón Gómez de la Serna. Greguerias, ed. de Rodolfo Cardona, 17ª ed. Madrid, Cátedra, 2014. (Col. Letras Hispánicas, 108)

viernes, 16 de diciembre de 2016

Los muchachos de zinc, de Svetlana Alexiévich

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El tema de la guerra… Qué delicado. Hay demasiado sufrimiento, demasiadas vidas desperdiciadas, demasiados conflictos personales porque el destino colectivo entra en conflicto con el destino individual y lo que uno buscaba de la vida es resuelto por el destino de una manera inesperada que no admite reparos. La cantidad de testimonios que aparecen aquí son una especie de muro. Si criticas este libro, estarías relativizando este dolor que casi puedes tocar. De hecho, lo puedes tocar. Los jóvenes, cuyos cuerpos regresaban de la guerra en Afganistán en ataúdes de zinc, son los protagonistas. Sus sueños, sus vidas segadas en la guerra, la locura del contacto con la muerte, en fin, todo eso que reflejan los testimonios recogidos durante años por la escritora bielorrusa. ¿Qué mayor objetividad que la suma de todas estas subjetividades, tejidas con esmero? Si tú te atreves a decir algo estarías vulnerando este dolor colectivo, tejido tan apretadamente que si vulneras uno, vulneras a todos. Sin embargo, me atreveré a hacerlo, ya que la autora se presenta como una interlocutora que se interesó por todos ellos y puso al frente el mérito de estas vidas, y porque me parece que manipular el significado de ese periodo es igualmente grave. En primer lugar, se afirma que los hombres pierden su valor y que se les arrebata al ser sacrificados por algo como una guerra que ni les va ni les viene. Muy bien, nada que oponer. Así que se destaca un coro de voces individuales que nos explique qué estaban haciendo cuando fueron reclutados, qué sueños tuvieron que abandonar. Lo individual en primer plano. Muy bella idea. Sólo que a partir de ahí, no entendemos nada. Todo el tejido del mundo se deshace entre nuestras manos. Sólo nos es dado contemplar el horror de la guerra. Pero no nos atrevamos a pensar en el Horror de la Guerra, no es tan abstracto, ah no, permítame, nos interrumpe la autora: es el horror de la guerra del comunismo. De hecho, no es tanto el horror de la guerra, sino el horror del comunismo. Todo lo que sirva para adjetivar al comunismo se vuelve espantable. ¿Qué, el capitalismo no tiene los mismos componentes de horror? Quizá, pero ése no es nuestro tema, lamentablemente. Los libros de historia, sin embargo, nos han hablado de que detrás de esa frontera, por entre esos inhóspitos caminos del desierto hay una República Afgana, y que los talibanes tienen unos planes bastante terribles y son apoyado por los Estados Unidos. Qué pena, pero ése tampoco es el tema de este libro. De hecho, y para no confundir al lector, mejor no se menciona siquiera la palabra “talibán” o términos como “República Afgana”. Son testimonios de un sufrimiento circular, sin progresión narrativa y con una estructura formal francamente pobre; y su efectismo sentimental, aunque nunca se habla de eso, no está desprovisto de fines políticos.

Svetlana Alexiévich. Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la Guerra de Afganistán / Cínkovie málchiki, tr. de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. México, Debate, 2016.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Álbum de zoología


 
El poeta Jorge Esquinca tuvo varias espléndidas ideas (me imagino que son suyas). La primera, elegir de entre los poemas de José Emilio Pacheco aquellos en los que se refiere a los animales y clasificarlos de acuerdo al medio en que viven: tierra, aire, agua y fuego, pues la salamandra y el ave fénix pertenecen a este medio. Otra más, compaginarlos con las ilustraciones de Francisco Toledo, en que los animales se muestran como nuestros hermanos liberados. Está tan bien pensado este libro que pareciera que es uno nuevo de Pacheco, con una idea preconcebida de lo que sería un poemario hecho intencionadamente. No son, sin embargo, poemas de una sola etapa, aunque gran parte de ellos pertenecen al libro No me preguntes cómo pasa el tiempo, de 1969. Es inevitable recordar que José Emilio fue el amanuense del libro Bestiario, de Juan José Arreola, y que caminó con el escritor jalisciense por los caminos del zoológico de Chapultepec, en diciembre de 1958, libreta en mano, y anotó en ella lo que iba brotando de la boca del autor de Confabulario. Pero ese libro de poesía en prosa, emparentado con los franceses decimonónicos, no se parece al bestiario que sale de los poemarios de Pacheco. Arreola pronunció ante los animales presos discursos encomiásticos sobre la antigüedad ilustre de ellos y sus reminiscencias medievales. Y de los versos de Pacheco salen alimañas, es decir: animales en confusión, erizos, cangrejos, moscas, arañas, pulgas, caracoles, babosas. Míralos bien, se nos parecen. También ellos crean arquitectura destinada a ser destruida mañana y también ellos volverán a comenzar de nuevo. También ellos guardan los recuerdos de su pasado infinitamente repetido, y también ellos han olvidado todo a fuerza de dar vueltas en círculo a la existencia. O mira, esa extraña arquitectura sin autor, un caracol. Levántalo a ver si nos puede decir algo de nuestra existencia. ¿No tiene autor? Míralo: se arrastra, parodia del artista, es la babosa creadora. No es propiamente un creador. Ha secretado su obra. Más o menos como nosotros que secretamos el pensamiento pero sus obras adquieren formas menos simétricas. Yo no recordaba nada de su pedagogía. En el fondo del mar, un erizo: flor armada de indefensiónisla asediada de lanzas por todas partes. Enseñan. Bueno, enseñaban. Porque muchos de ellos se han ido porque la ciudad los ha ahuyentado. Como esta fauna rodea la mirada del poeta, hay dos categorías: los que se alejan de nosotros porque prevén nuestra ruina (como las aves) y los que aprovechan nuestras ruinas para instalarse en ellas (como la araña). No podría decir cual de las dos me causa más simpatía.

José Emilio Pacheco y Francisco Toledo. Álbum de zoología, selección de Jorge Esquinca, 2ª ed. corregida, 3ª reimp. México, El Colegio Nacional-Ediciones ERA, 2007.