sábado, 28 de mayo de 2016

"Tríos y bolero", de Ulises Carrión



 
Le quiero pedir perdón a Ulises Carrión porque no tenía el gusto. Ni lo tendré ya, desafortunadamente. Aunque entiendo que es un autor que vuelve y que tiene un público fiel. Me da gusto saber que tenemos obsesiones parecidas. Después de escucharlo, me doy cuenta de que hubiéramos podido hablar largamente sobre boleros. No se podrá, pero me conformo con estar de invitado en las apostillas. También es que en esta ocasión se eligió el género menos propicio para el diálogo, es decir, el programa radiofónico. Ése es, generalmente, el espacio para el monólogo, para el engolosinamiento con el pensamiento propio, para compartir con los demás todo lo que de otro modo a nadie le interesaría. Así que vine a escucharlo, a que me digan en su lugar lo que él dijo en la radio holandesa. Tomé mis notas y las dispersaré con el mismo sentimiento evanescente que se aprecia en este escritor.
Le quiero pedir perdón, asimismo, a los radioescuchas holandeses, porque no sé a qué suena el amor en su lengua, en sus extraños diptongos y en sus grupos de consonantes tan poco tropicales. Me gustaría saber a qué les sonaron estos boleros. Si los escucharon con atención, si apagaron el radio, o bien, si les llevaron la imaginación a lugares desconocidos. Confieso que no sé nada de su música. No sé si yo escucharía un programa de música holandesa conducido por un escritor holandés confiado en trasmitir sus emociones más personales. Confieso que no sabía cuál era la intimidad de este autor. Pero la comienzo a entrever. Veo que construyó una interpretación personal de los boleros, que se hizo de su propia tradición. Me gustan sus selecciones musicales, que tienen poco que ver con las mías. Mis boleristas, que comparten mis obsesiones, quizá le dijeran poco a Ulises Carrión.
De ahí que también les pida perdón, ahora a ustedes, porque mi corazón no le abrió la puerta a los tríos. Ah, es que así se llama un bolero de Gabriel Ruiz y Ricardo López Méndez: Mi corazón abrió la puerta: “Con ilusión de que volvieras, / mi corazón abrió la puerta, / y tus pisadas confundí / con el latir del corazón”. Me gustaría preguntarle a Ulises Carrión con qué cosas en la vida se puede confundir el latir del corazón. Si la emoción de reconocer un corazón que se acerca nos puede obnubilar así. A Xavier Villaurrutia, los latidos del corazón le parecían que era como tocar inútilmente en una puerta cerrada. Poco a poco, yo les he abierto la puerta a los tríos. Es que me parecían un poquito cursis; otro poquito, la expresión del amor aburguesado. Pero es que o me he vuelto más sensible o más aburguesado. Y ahora me gustan algunos, no todos. Pero ciertamente, me gusta mucho uno de los seleccionados en este programa, Johnny Albino, que canta Siete notas de amor, con su trío San Juan. Es cierto, su estilo es poco natural. Es sobreactuado y falso. Y ése es su encanto. Porque está retando a la persona que ama y le dice: “Si te acuerdas de mí, / la pena que te invade / sol se ha de convertir”. Dice Carrión que todo mundo lo amó. Me da tanto gusto saberlo. Él era la primera voz de Los Panchos cuando ocurrió su éxito en Japón. Y entiendo que él fue también quien trabajó con Xavier Cugat, Frank Sinatra y Nat King Cole. Me gusta que este programa se fije en momentos que me eran desconocidos. No conocía El teléfono, de Roberto Cantoral, en que el amante le dedica su soliloquio al teléfono, y le reprocha a él en lugar de la amada, le pide que lo comunique con el pasado, espera todo el tiempo la llamada de ella. Finalmente, ¡suena el aparato!, el momento sublime… pero es número equivocado. Es uno de los pocos boleros que se atreven a dar el salto al humor. Ulises Carrión menciona Divino tormento, con Pedro Infante, pero se refiere sobre todo a la forma juguetona de las trompetas. Me gusta menos Jacaranda con Los Santos con su lirismo obvio: “Te quiero por bonita”, aunque diga Nabokov que “Mientras más banal es una música, más nos llega al corazón.”
Les pido perdón por mis vaguedades. Al fin que a los boleros les perdonamos todo, incluso cuando tienen malas letras. Los perdonamos cuando tienen exabruptos. Le perdonamos a Olga Guillot que nos mueva sus largas uñas frente a nuestra cara y nos grite: “¡Se acabó!” Y le perdonamos a Celia Cruz que nos diga: “¡Bravo!, permíteme aplaudir (y que aplauda) por la forma de herir mis sentimientos”. Les perdonamos que sus paisajes sean de utilería, que la luna y las estrellas estén hechas de cartón. Perdonamos una letra como la de Cariñito azucarado, que dice: “Cariñito azucarado que sabe a bombón, / amorcito consentido de mi corazón”. Le perdono a Ulises Carrión que le guste el bolero México con Los Tres Ases, aunque las armonías de las voces de Marco Antonio Muñiz, Juan Neri y Héctor González tienen una belleza indiscutible. Boleros turísticos, hay varios. Pero entrañables, quizá ninguno como Veracruz, aunque me hubiera gustado escucharlo en la versión inigualable que hizo Toña la Negra con el arreglo casi delirante de Antonio Escobar. Nada que ver su letra con los débiles versos que hizo Elías Nandino en Mazatlán, con música de Gabriel Ruiz. Es cierto, como lo habrán notado, que el bolero tiene como terreno natural la enunciación lírica de un momento. Los boleros se dicen en el preciso momento. Ni antes ni después. En la derrota, en la soledad, en el placer, en el triunfo, en el despecho. Son un monólogo. Algunos narran. Pocos se me hacen tan ridículos como el que se canta en un confesionario, de tan ridículo tengo que citarlo entero: “Padre, quiero confesarme, estoy casado con una mujer buena y no soy feliz. Estoy enamorado de una que no sabe que mi cariño le pertenece a aquella por la ley de Dios. Padre, me casé en su iglesia, con el divorcio no remedio nada pues yo creo en Dios. Yo le pertenezco pero no la quiero, este pecado ya está castigado, déme su perdón”. Lo que más me molesta es que me lo sé completo, y que se me queda a veces pegado. Me imagino al trío afuera del confesionario, en este bolero en que la serenata se le lleva al sacerdote.
Perdón por mis desvaríos. Sigo hacia lo central: que Ulises Carrión considera que el bolero, en sus mejores momentos, es la expresión de Hispanoamérica. No es para él la expresión del sentimiento mexicano, sino que considera al mejor bolero una suma de expresiones, cubanas, argentinas y hasta españolas. Lo notó con mucha sensibilidad, pues ciertamente así ocurrió en distintos momentos. Hubo hasta bolero moruno como Angelitos negros que se le hace incluso una crítica social. Quisiera agregar que el tema social estuvo presente aunque de manera indirecta. Es cierto que nunca se trató la política en el bolero. Pero desde el punto de vista sociológico yo diría que hubo un fenómeno que lo determinó, la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, la cercanía del conflicto hizo que se cayeran todos los adornos retóricos, como los de Agustín Lara: “La palidez de una magnolia invade tu rostro de mujer atormentada, y en tus divinos ojos verde jade se adivina que estás enamorada”. La sinceridad brotó entonces, como una rara planta. Qué extraño ser sincero. A nadie se le había ocurrido. Se pudo escuchar entonces una canción de Consuelo Velázquez, Amar y vivir: “Se vive solamente una vez, hay que aprender a querer y a vivir. Hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras.” En los breves comentarios que hace Ulises Carrión a los boleros noto dos aspectos: las apreciaciones estilísticas puntuales, que son las que hace aquel que sabe de su tema y que lo frecuenta. Se fija en los estilos de las trompetas en el bolero, en el humor, en la forma de interpretar en consonancia o disonancia con el contenido de la canción… El otro: su preferencia por las manifestaciones más populares del bolero y el que haya pasado de largo por los autores más “cultos”. Me gustaría preguntarle muchas cosas, me gustaría preguntarle por otros boleros, por otros intérpretes, me gustaría saber si llevó sus discos hasta Holanda, si por el contrario llevaba cassettes, si encontró en Holanda un alma afín a este género, qué hizo cuando salió a la calle el día de la transmisión, si algún radioescucha marcó por teléfono para agradecer el programa de los boleros, tal vez era un número equivocado como en la canción de Roberto Cantoral, qué habrá sido más raro: llevar a Lilia Prado a Holanda o intentar transmitir el sentimiento de estos boleros…
Finalmente, perdón por mi falta de capacidad de síntesis. Mis palabras y hasta estas disculpas finales, se las debería de haberlas dicho cantando. Claro, si hubiera podido colocar todo esto en una canción. Se hubiera llamado, naturalmente, Perdón. Me gustaría hasta ser Daniel Santos para cantarla con su estilo, separando cada una de las sílabas. Mover mi bigote y decir: Ven calma mis angustias con un poco de amor, con un poco de amor, que es todo lo que ansía cuando ama, mi pobre corazón.
En ausencia de talento musical: perdón, y muchas gracias.

sábado, 14 de mayo de 2016

Otra máscara de Esperanza, de Adriana González Mateos


 
Aún quedan personajes de la Historia que no se han ido a vivir a las novelas. Esperanza López Mateos era una de ellos. Y eso que su leyenda ya tenía un aura novelesca. Fue prácticamente la única persona que se ganó la confianza completa del escritor B. Traven. Conoció sus novelas mientras trabajaba en una editorial y se dedicó a traducirlas al español. Cuando terminó una de ellas, le escribió a su agente para proponerle una edición mexicana. “Si le gustan, las publicamos; y si no, no ha pasado nada, la traducción se va a la basura”. Así se ganó la confianza del más misterioso de los escritores alemanes, si es que fue alemán. La hermana del presidente Adolfo López Mateos también tenía su propio misterio: supuestamente, fue la hija de un español, dueño de ingenios en Oaxaca, quien la dejó en adopción a la joven viuda Elena Mateos para que la educara. Esperanza apoyó a movimientos sociales, entre ellos el de los mineros de Nueva Rosita que marcharon a la capital para protestar en 1951. Era la mejor amiga de sus primos, Gabriel y Roberto Figueroa. Alguna vez supe que había sido especialmente cercana a Gabriel, pero se casó con Roberto. Qué extraño, ella le pidió a suesposo que Gabriel se fuera a vivir con ellos en su casa de Coyoacán. A causa de un accidente de automóvil quedó en silla de ruedas, lo cual la deprimió al grado de que fue internada en un psiquiátrico. Pienso que Gabriel era su amor verdadero, pues se suicidó después de que él le diera la noticia de que se iba a casar. Ah, porque se suicidó; se disparó en la cabeza la noche del 19 de septiembre de 1951. ¿O no? Porque la novela puede manipular una cosa mínima: basta con que la puerta del balcón estuviera entreabierta, para que entre a la historia la sospecha. Y entrando ella en escena, se asoman también el móvil y los sospechosos. La mercancía crea el mercado, decía Marx. En este caso, el crimen crea su móvil. Se manipulan algunos aspectos de la realidad, para intentar imaginar el mundo del anticomunismo, la migración alemana, el mundo de la política impublicable que debió de conocer un Salvador Novo. Y de ese “B. Traven” se aprovecha el misterio para hacerlo el padre de Esperanza. Pero es todo lo que diré de la trama. La autora tiene la capacidad no tan común de ser convincente al recrear otra época con pocas pinceladas. Algo se parece el libro a la película Distinto amanecer, con sus sombras y sus estaciones de trenes. El verdadero protagonista es el detective y se va internando en el mundo del pudo ser, lo que hace que los personajes históricos sólo sean un momento de una partida de ajedrez que se comenzó a jugar de otro modo. Se llega a un puerto ciertamente extraño y familiar, el pasado alternativo en que el mundo no quiere saber de la asesinada; si se la mató, lo mejor es seguir el camino de los crímenes políticos, es decir la convención de que lo mejor es sepultarlos también. En ese sentido, la literatura concluye cosas muy parecidas a la vida.

Adriana González Mateos. Otra máscara de Esperanza. México, Oceano, 2015. (col. Hotel de Letras)

domingo, 8 de mayo de 2016

Vivir la noche, de Fabrizio León


 
Nunca he sentido el llamado de la noche, desafortunadamente. No, por lo menos, con la fuerza suficiente para abandonar mi ventana y dejar de ver los árboles o el café de enfrente, que parece pintado por Hopper. La noche la prefiero leída, porque es la de los otros, la de los recuerdos y la de los misterios de la ciudad. Y porque lo que admiro de la noche no está en el presente sino en el pasado. La encuentro admirable fotografiada o retratada. Lo que quiere decir que prefiero la representación que el original. Bueno, la noche mía es la de las caminatas por la calle, muchas veces solitarias. Pero dejaré de lamentarme de algo que no es lamentable. Todo lo contrario, ya es bastante la suerte de que Fabrizio León se interese por este tema y que lo sepa transmitir. En los créditos del libro se le dice “curador” en el lugar que debería ocupar el trabajo de “editor”. Aunque como tiene numerosas fotografías también seleccionadas por él, parece un museo de lo social una vez que sale la luna. Los travestis se maquillan en su camerino, los capta el fotógrafo Jesús Carlos, así como el Teatro Blanquita, que agoniza desde que no existe Margo Su. Veo las imágenes de su reinauguración, con María Victoria, Lucha Villa y Resortes. Baraja de imágenes para retratar un tema que no es fácilmente aprensible, y cuyo recuento comienza con el magnífico texto de Iván Restrepo, a finales de los años 50, y que termina con la crónica de los años 90, con los raves. Ésos sí los conocí, pero ni siquiera poniéndolos bajo el cubreobjetos ni con el microscopio de la memoria les puedo encontrar cierto interés. Mejor desviar la vista hacia Irma Serrano como Nana en el teatro Fru Fru, o a las memorias de Luis Ángel Silva “Melón”, que murió hace muy poco tiempo, y con él, lo mejor del son. Cuenta su vida Alejandra del Moral, la mejor bailarina de mambo, que hacía una fotonovela diaria y que se casó con el Santo en el cine. Y Juan Ponce, el gran Juan Ponce, que hizo feliz a las vedettes de los años 70 con sus fotografías. Más que retratarlas, parece que las quería comer completitas. Yo no sabía que muy cerca de aquí, Humberto Zendejas tenía un puesto en que vendía sus fotografías, sobre la avenida Álvaro Obregón. Zendejas, que retrató a Marilyn Monroe en su visita a México y todos los cabarets de la capital. Gloria Maldonado Ansó, que lo conoció, le organizó una exposición en el Festival Cervantino, a donde acudió el fotógrafo. Cuando llegó, le dijo: “Son las únicas vacaciones que he tomado en mi vida”. Así como en la noche, que no sabría bien a dónde dirigirme, en este libro hay oferta abundante. Pero lo que más me gustó fue el eufemismo acerca del club gay Clandestine, en donde se dice que los stripers “interactuaban con el público”. ¿Será que la noche sólo se me vuelve interesante cuando la veo vivir en las palabras de los otros?

Fabrizio León (curador). Vivir la noche. Historias en la Ciudad de México. México, Conaculta-Tintable, 2014.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Lenguaje en libertad. El Colegio Nacional celebra a Octavio Paz, de Eduardo y María José Mejía


 
Los colegas de Octavio Paz en El Colegio Nacional son llamados para participar en el centenario de su ilustre miembro. Cada uno trae su parlamento para participar en una larga mesa redonda, o en una extensa serie de brindis. Aunque los participantes son notables y hablan de su festejado desde distintas áreas del conocimiento –los hay arquitectos, científicos y poetas–, hubiera deseado más imaginación en los maestros de ceremonias. El orden alfabético, siendo el más democrático, es asimismo el más aburrido, y el que hace que la sala se vacíe a la mitad de la sesión. Tengo también otras objeciones para los invitados así como para sus textos. En primer lugar, la presencia de Jorge Cuesta con una importante crítica al libro Raíz del hombre, y que está justificada por una nota al pie: “Cuesta falleció antes de que se instituyera El Colegio Nacional. De haber seguido con vida, seguramente hubiera estado entre los Miembros (sic) fundadores.” ¡Qué bien!, un ejercicio de imaginación. Sólo que entre los Miembros fundadores se encontraban por lo menos dos personas que no hubieran soportado a Cuesta. El primero de ellos, Diego Rivera, que unos años antes había visto irse a su esposa, Lupe Marín, en los brazos de este poeta, a vivir a Córdoba, Veracruz. Salvador Novo (otro que no perteneció a El Colegio Nacional) incluso escribió unos sonetos altamente descriptivos de la cornamenta del muralista. Y qué decir de Antonio Caso, el gran filósofo de quien Cuesta se burlaba sin misericordia, pues lo sufrió como profesor en las clases de la Preparatoria. De hecho, salvo Jaime Torres Bodet, los Contemporáneos no formaron parte de esta institución. Pues no... ni siquiera contando a Samuel Ramos podría decirse que este grupo esté debidamente representado en El Colegio, como sí lo está el Ateneo. Pero hemos olvidado a nuestro festejado. Algunos de los invitados a hablar puede ser que no hubieran aceptado este honor, en caso de haber podido decidir. Los textos de Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Samuel Ramos y Jesús Silva Herzog no pasan de ser unas notas bibliográficas sin valor. Todo lo contrario los textos de Carlos Fuentes y Vicente Rojo, cartas personales, cotidianas y alumbradoras. Frases que dibujan un arco espléndido, en el caso de Fuentes. Los textos de Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Eduardo Matos Moctezuma, Luis Villoro, Ramón Xirau y José Zaid están hechos de conocimiento y dedicación por la obra de Paz. Destaca Fernando del Paso, cuya admiración por el autor de El laberinto de la soledad no impide la independencia intelectual y crítica. Finalmente, Teodoro González de León traza un museo de Octavio Paz, un edificio imaginario que contenga su obra, con sus temas predilectos, en una museografía amplia con salas que vayan del arte tántrico a la obra de Marcel Duchamp. Algo así se hubiera podido proyectar en un índice, pero por desgracia, la Imaginación es la única hada a la que no le llega invitación para las sesiones solemnes.

Eduardo Mejía y María José Mejía (comps.). Lenguaje en libertad. El Colegio Nacional celebra a Octavio Paz. México, El Colegio Nacional, 2014.

sábado, 30 de abril de 2016

Sobre la vida (extraña)


 
 
Hay que hablar de la vida, aunque sea una vez en la vida. Aunque sea para poder decir: “Quién sabe”. Parece un tema para especialistas, pero todos estamos directamente involucrados. Un día preciso en un sitio preciso, ocurrió que una cosa que no estaba viva comenzó de pronto a estarlo. No concibo que se haya hecho vivo “poco a poco”. Peldaño último de las especulaciones. Corro a consultarlo en un libro, para saber si está ahí la respuesta. Pero el libro está hecho con la misma materia orgánica. Y está colocado entre los niveles de un librero hecho de células de madera. Como si estuviéramos todos dentro de esa célula sólo que inconcebiblemente multiplicada, células felices que no se preguntan de dónde vienen. Qué otra cosa será la vida que un montón de seres que se comen entre sí para que la vida se expanda hasta donde pueda. Suficientemente variada, tanto que muchos de sus representantes se aterran cuando se encuentran. Cómo se agita la mosca cuando se da cuenta de que está en medio de una telaraña. Viéndolo bien, no es lucha por la vida ni muerte lo que tenemos aquí. A la vida en forma de mosca se le seca la boca de pánico al ver cómo se acerca la araña, y a la vida en forma de araña le brillan los ojos al ver que la presa no puede huir. Las emociones y los conceptos de vida y muerte son visiones incompletas de la vida, lo tendríamos que concluir todos, en hermandad con las arañas, las moscas y todos los hacendosos trabajadores en la cadena de la vida. Lo que sigue no lo tendré que discutir necesariamente con el molusco ni con el coleóptero ni con la conífera. No a todos ellos les interesa saber si son únicos en el universo, pues se conforman con bastante menos. Somos la frondosa germinación de una célula única. Pero un solo arbusto de miles de ramas. Si hubo un árbol similar en otra parte del universo o si la habrá, es mi pregunta. Si la existencia de la vida es algo necesario en el cosmos, es demasiado poca la que hay como para que esa premisa sea cierta. Si no es un proceso necesario, qué la hizo entonces existir. Desafortunadamente, la ciencia ficción tiene muy poco que decirnos en este tema, pues gran parte de las reflexiones de este tipo de literatura tienen que ver con la esencia del ser humano, cómo es que en distintas épocas, en distintas circunstancias, rodeados de otra tecnología, en distintos confines del universo, el hombre sigue siendo el hombre, ese brote de la vida que planta sus envidias y sus miedos en la tierra que pisa. Seamos serios, el hombre iría de aquí para allá, colonizando el universo, en el mejor o en el peor de los casos. Pero suponer que la vida más allá, en caso de que esté, sea como aquí, que tenga una similitud, es pecar de ingenuidad. Quién sabe si podríamos darnos la mano (qué tontería, cuál mano) con un ser criado en una atmósfera de amoniaco. Y si nos disolveríamos en el elemento (para él) tan apacible. O si ellos no se licuarían en nuestro inhóspito aire. Y qué dirían de nuestra gravedad, tan poco apta para la vida. En ese viejo sistema solar no hay nada, es casi impensable, han de decir en sus palabras impensables. Por mi parte, es decir, desde mi árbol biológico, me pregunto si el camino que va de la primera célula a la conciencia era un camino necesario, es decir, que no podía pasar de otro modo. ¿Y todos los caminos de las vidas posibles concluyen en la conciencia? Por supuesto que no creo en que la conciencia tenga como descendiente a la inteligencia artificial, a la cual concibo sólo como una metáfora que encierra operaciones complejas, un espejo de la conciencia mas sin conciencia. En cambio, si hay seres que en otros sitios han logrado resolver problemas para sobrevivir, la experiencia se tendría que condensar en un pensamiento. ¿Sería universal?, ¿se podría construir un puente entre ellos y nosotros? Una vez, frente al mar, en Acapulco, me asomé por un puente y vi unos cangrejos. Recordé claramente cuando fui uno de ellos, caminando de lado sobre las piedras; recordé la sensación de las olas sobre mi caparazón. Y no sé si fue una memoria recuperada o inventada por el lenguaje, capaz de contener lo que sea, incluso los pensamientos de un cangrejo. Caminaré, con patas de cangrejo o con pies de humano, hacia mi asunto. Aunque para caminar hacia el asunto da igual despojarse de caparazón y piel, pues es la palabra la que se arrastra como un pez salido del agua buscando subir a un árbol. Subir para saber qué se puede ver desde allá. Palabra, conciencia del universo. Palabra, que se posa sobre otros planetas y los recorre a pie, descalza. Hay que buscar planetas, pues la vida no se da probablemente en estrellas. Buscar condiciones improbables pues, incluso en la tierra, los organismos se aferran a las temperaturas más extremas, incluso se podrían encontrar seres vivos con una base distinta a la del carbono. Si eso ocurriera, la definición de vida tendría que ampliarse, para que nos incluya en una categoría al lado de seres de existencia sólo posible. Qué extraña es la vida en estos términos, nada tiene que ver con las cosas familiares, con el ave afuera de la ventana o la bugambilia de aquí cerca. En el fondo, con uno mismo. Son reflexiones que me han surgido de leer Vida extraña (Biblioteca Buridán, 2015), de David Toomey, divulgador estadounidense de ciencia. “Vida extraña” sería toda aquella vida hipotética que no pertenece al árbol surgido de nuestro primer antepasado común. Hasta hoy no se ha encontrado un solo organismo que no tenga que ver con nosotros. Pero eso no detiene la especulación científica. La física cuántica enrarece lo que toca y hace de la ciencia ficción un género casi sin imaginación. Y al tocar el terreno de la biología, lo multiplica de una manera más que delirante. Si todas las partículas se pueden acomodar en cierto espacio, y si existe un número ilimitado de espacio, entonces todas las disposiciones son posibles. Lo que quiere decir que todos los seres vivos deben de existir –incluso los posibles– no una, sino un número infinito de veces. Los seres que no contradigan una ley física están a una distancia inimaginable de nosotros. El más cercano de mis dobles se encuentra a una distancia de 10(10)29 metros, cuando el universo observable sólo tiene una extensión de 4 x 1026 metros. Parece una especulación más. Sin embargo, escribe Toomey, “desde hace más de medio siglo, ni un solo experimento ha contradicho las predicciones de la mecánica cuántica”. Hay muchas consecuencias, yo ni siquiera las imagino. Sólo consigno una, la de Barrow y Tipler, quienes, en 1986, pensaron que “las leyes de la física y del universo están destinadas a producir observadores de estas leyes y de este universo”. No se encontraba desencaminado Amado Nervo cuando pensó que, si el tiempo es infinito y el número de partículas finito, las combinaciones de la materia se tendrían que repetir en algún momento. Eso quiere decir que lo que hoy vemos ocurrió en un pasado remoto. Por eso nuestros continuos déjà vu son en realidad un recuerdo repentino que nos llega desde fondo del tiempo. Vaya, qué gusto saber que ahora mismo, en algún lugar, Amado Nervo está cayendo en cuenta de este recuerdo.

domingo, 24 de abril de 2016

Ensayos históricos, de Vicente Riva Palacio


 
La obra de Vicente Riva Palacio (1832-1896) es el origen de muchas ideas acerca de México, tenidas como ciertas y universales. Como la que dice que somos un pueblo melancólico. La visión general de la Nueva España que aún hoy conservamos, es muy probable que provenga de sus libros –novelas y estudios históricos. Eso lo afirmaba José Emilio Pacheco (quien a su vez hizo el guión cinematográfico de El santo oficio, cinta de Arturo Ripstein basada en el caso de la familia Carvajal, quemada por judaizante; un caso dado a conocer por Riva Palacio en 1871, en El libro rojo). Pero abundemos un poco: se debe a que Riva Palacio, en 1861, albergó en su casa el archivo de la Inquisición, gracias a una encomienda de Benito Juárez. El General le dio dos salidas literarias a este acervo: una serie de novelas inspiradas en célebres procesos y una serie de artículos históricos. Qué suculencia, pasar las páginas de un material oculto detrás de los muros del Santo Oficio. Antes que él, sólo habían sido observadas por los amanuenses que escucharon las confesiones de los pretendidos herejes, judíos y hechiceros. La secular secrecía de la Iglesia, vulnerada por el liberalismo… Me pregunto cómo habrán recibido los sacerdotes de entonces estos libros en que se habla de los procesos inquisitoriales. Hoy existe una corriente de historiadores que intentan limpiar un poco el papel de la Inquisición diciéndonos que no era tan terrible, que hay una leyenda negra, que no fueron tantos los quemados públicos. Quizá sea falaz, pero también un poco inquietante, preguntarse si hoy, el hecho de ventilar todo públicamente ha hecho que se reduzca la impunidad. Cómo sería entonces en un mundo en que la Inquisición no tenía un poder que le hiciera contrapeso. El relato de Riva Palacio es la descripción de una maquinaria, sin nombres, sólo cargos y funciones, una serie de personajes exentos de la sospecha y de la persecución. En el empeño de mostrar su poder sobre los vivos y los muertos –los muertos también podían ser investigados, y las propiedades de sus herederos, confiscadas–, la Inquisición hizo de las quemas públicas un espectáculo suntuoso (al Virrey se le acondicionaba un cuarto superior de alguna casa rica para comer y dormir, conectado por un puente a su palco para presenciar las quemas públicas). Al autor le sirvió el estudio de la Inquisición para buscar la relación de las instituciones con los pueblos. Dice que los historiadores caen en el error de juzgar a las sociedades por sus instituciones. Pero eso no sirve de nada, pues las sociedades como las personas pueden ser profundamente hipócritas y decir que sus leyes son progresistas y sabias cuando los gobiernos no las acatan: “Las instituciones son muchas veces el engaño de un pueblo que quiere aparecer como muy avanzado en el camino de la libertad”. No hemos sido ajenos a este debate, pues hoy se nos pide de muchos modos que respetemos las instituciones. Sin embargo, son los gobiernos los que preparan los grandes cataclismos de los que serán víctimas. Sería buena moraleja para muchos pasajes de nuestra historia, si no tuviera el inconveniente de que fue escrita antes.

Vicente Riva Palacio, Ensayos históricos, comp. de este volumen y coord. de la obra, José Ortiz Monasterio. México, Conaculta-UNAM-IMC-Instituto José María Luis Mora, 1997. (Obras escogidas, IV)

domingo, 17 de abril de 2016

Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, de Anna Bikont y Joanna Szczesna

 
¿Cómo viven la vida las personas que consideramos más inteligentes? Para responder esta pregunta hay que leer la biografía de Wislawa Szymborska. (Se pronuncia: shimbórska, con una reverencia al final). Ya lo decía ella, la vida de un poeta, si la pudiéramos ver, consistiría en observarlo acostado, viendo al techo, para luego pararse y anotar algunas palabras en un cuaderno, y luego volverse a echar por un rato. Czeslaw Milosz decía que escribía sus poemas paso a paso, desde el principio hasta el final. ¿Pero, Wislawa? Ella, por el contrario, comenzaba desde el final, decía, y así seguía hasta que escalaba el principio. Ponía en su cuaderno alguna idea, y ahí quedaba hasta que pensaba que valía la pena usar la idea y meterla en algún poema. Algunas ideas quedaron en él hasta cincuenta años antes de ser aprovechadas. Todo lo guardaba en cajoncitos: sus recortes (hacía collages para las postales que enviaba a sus amigos), los objetos que coleccionaba (le gustaban los objetos kitsch, que mostraran tensión entre lo ingenuo y lo profundo) y sus fotos. Y decía que el mundo le debía un monumento al inventor del cajón. Le gustaba viajar, pero sólo en auto, y con sus amigos. Lo que más le gustaba de los viajes era llegar a la entrada del pueblo y retratarse frente al letrero de entrada. Muchas veces, sólo le bastaba con retratarse frente a él y daba por visitado el lugar. Uno de los sitios que más le honraba haber conocido –en cuyo letrero se retrató– fue Neandertal. No conoció otro continente que Europa. Algún día la invitaron a conocer Nueva York, en donde Woody Allen quería conocerla, pero finalmente, no aceptó. El director de cine, después dijo: “Ella ejerce una influencia enorme en el nivel de mi alegría de vivir… Me siento honrado porque sepa de mi existencia”. También le gustaba dar cenas para sus amigos, las cuales iban de sus grandes creaciones en la cocina a las alitas de pollo congeladas de Kentucky Fried Chicken. En una ocasión, los invitados recibieron un menú escrito a mano con platos muy elegantes, todos tachados. Abajo, sólo quedó un plato, el más común, y eso fue lo que cenaron. Pero lo bueno venía después, la rifa de objetos. Ningún invitado se iba sin un objeto ganado en la rifa, cachivaches que mezclaban el mal gusto con el bueno. Le encantaba su juego de salero y pimentero en forma de bustos de Goethe y Schiller, pero ése no lo incluyó en la rifa. Las autoras persiguieron mucho tiempo la vida de la poeta, regada en sus obras, pero encontraron poco, porque ella pensaba que el arte no es lugar para confesarse. Ella misma no quería colaborar mucho en su propia biografía, hasta que se dio cuenta de que era inevitable. Fue entonces que aceptó una entrevista, y les dijo: “Está bien, precisemos”. No quería que se creyera que la vida la había tratado sólo con palmaditas en la cabeza. Ahora bien, ella hizo las reseñas más maravillosas sobre los libros más comunes, los que se podían conseguir en el Polonia comunista y que a nadie le interesaban. Libros sobre cómo poner papel tapiz a la casa, la vida de los escarabajos, yoga para todos, enfermedades de las mascotas, las aves domésticas. Con esos temas hizo breves obras de arte comparables a los ensayos de Montaigne.

Anna Bikont y Joanna Szczesna. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, trad. de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós. Valencia, Pre-Textos, 2015. (Narrativa Contemporánea, 123)