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domingo, 1 de abril de 2018

Se llamaba Vasconcelos. Una evocación crítica, de José Joaquín Blanco



Al hablar del peculiar estilo de José Vasconcelos para exponer sus ideas filosóficas, el autor de este libro dice que su programa cultural no se apoyaba en investigaciones científicas, que escasamente existían en sus tiempos: “se improvisaban con el método de la exaltación de la ‘poesía’… de ahí que Vasconcelos propusiera ese método, el único entonces eficaz: la síntesis emotiva: ‘La sinfonía como forma literaria’.” Frase que me hace darle vueltas y vueltas. Quiere decir que entonces, los intelectuales suplían la falta de conocimiento científico con retórica. O, en el mejor de los casos, con teorías personales hechas de empirismo. Esos espantajos puestos a la mitad del camino, tienen palabras en vez de paja, se desploman porque tienen demasiada ideología, y volvemos a ellos no para admirar sus frases admonitorias, sino su talento literario. Tienen mucha vida escondida, curiosamente. Llama la atención que esas palabras hayan convocado multitudes que les dijeran a dónde dirigirse. Qué hacer. Palabras que recuerdan tempestades, imponentes cañones solitarios, marejadas sin control. Entonaciones que podría usar Moisés al entregar la Tabla de los Mandamientos o un orador en sesión solemne. A eso se le llamaría “literatura sinfónica”. De hecho, no muy lejos de aquí murió el poeta Joaquín. D. Frías (vivía en una casa de huéspedes en la colonia Roma), quien tanto admiraba a José Vasconcelos. Inspirado en él escribió varios poemas sinfónicos, con sus allegros y sus moderatos. Los firmaba por allá por Coyoacán, en donde pasaba sus días, en los años 20. Esto lo pongo aquí para llamar la atención sobre la influencia que pueden tener las palabras. Para tener claro lo que significó Vasconcelos hay que pensar también en aquellos a quienes influyó. Lo mismo pienso de este libro al cual podemos llamar “clásico”. Lo sería en dos sentidos: clásico porque es el resultado de la pasión de un escritor joven (José Joaquín Blanco tenía 26 años cuando se publicó), y también por la pereza de las generaciones posteriores, que no han contribuido con un libro similar. El estilo consiste en gran medida en la concatenación de brillantes aforismos (quizá la falta de espacio, la prisa por avanzar) que dejan del personaje un retrato en movimiento. Pero hay algo más, es notoria la presencia del estilo, o del magisterio, de Carlos Monsiváis. Lo cual me interesa mucho, pues me hace pensar en el problema del estilo. Yo mismo, al comenzar a escribir, parecía haber naufragado en el mar de su estilo. No sé bien cómo habrá resuelto José Joaquín Blanco esta etapa, apenas creo haber leído un libro con sus crónicas y alguna de sus novelas, más publicaciones suyas en revistas. Me gustaría saber si él ha escrito o ha reflexionado personalmente sobre ese problema. Uno se puede revelar a un estilo, o bien lo puede llevar a sus últimas consecuencias. De todas maneras, es el traje que uno viste por algún tiempo. Pero es también un as bajo la manga, un recurso, un truco de magia que uno utiliza cuando está aparentemente arrinconado. El estilo ajeno como una posesión propia, el goce de conocer íntimamente una manera de construir el lenguaje. Un fuego artificial que brilla sorpresivamente en la noche de nuestros largos excursos.


José Joaquín Blanco. Se llamaba Vasconcelos. Una evocación crítica [1977], 5ª reimp. México, FCE, 2013.

domingo, 25 de marzo de 2018

Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka, de Eduardo Berti



Mientras leía los numerosos cuentos que forman este libro, no dejaba de pensar cuánta ignorancia tenía de todos estos autores, chinos, griegos, latinos, indios, persas… y me sentía decidido a profundizar en todos ellos una vez que acabara su lectura. Pero de pronto escuchaba sus voces, hablándome en una voz imprecisa como de muchedumbre: “Piensas que cada una de estas historias que hicimos son incompletas piezas de un gran rompecabezas. Pero no es así, cada pequeña historia es como la pieza única de un museo. Como esos enigmáticos fragmentos de esculturas en que los arqueólogos pueden leer una cultura entera. Aparentamos ser pequeños trozos pero leernos es iniciar una reflexión que quizá no tenga para cuando acabar. Eso se debe a que no diferenciamos la belleza, está pegada a la filosofía y a la moral. Quizá tengamos biografía, pero no importa. Como captamos algo eterno, podemos disolvernos. Nuestra obra es nuestra trascendencia. No tenemos nada que decirnos: si entraras en nuestro mundo quedarías mudo, y a nosotros, por nuestra parte, no nos interesa escucharte.” Como es natural, no les hice caso a estos autores desenfocados. ¿Qué autoridad moral pueden tener, si lo que ya dijeron lo seguirán diciendo por siempre? Así que me asomé en la vida de la escritora china Sei Shōnagon, que transcurrió en el siglo X, pero pudo haber transcurrido tranquilamente en cualquier otro siglo y para mí sería igualmente misterioso su tiempo. Apenas pude saber que las mujeres de la corte se entretenían entonces contando historias populares. ¿Cómo habrán sido? Algo me dice que si las pudiera escuchar, reconocería alguna de sus historias, y hasta habría jurado que ocurrió hace poco cerca de aquí. Por ejemplo, el cuento del perro que estaba aprendiendo a no comer y que casi lo logra, pero se murió… aparece aquí, en esta antología, sólo que atribuido a un autor griego, o latino, o no importa de dónde. Hasta cierto punto, estos cuentos esconden la sabiduría milenaria, que sabiamente eligió meterse a vivir en ellos. Pero de cierto momento para acá, la literatura comenzó a faltarle el respeto a esos viejos autores. En el siglo XVIII, la narrativa breve comenzó a burlarse de las moralejas, así Lessing, hace a un burro decirle a Esopo: “Si vas a publicar otro de esos cuentitos en que aparezco yo, haz que diga algo sensato y razonable”. A lo que él fabulista le responde: “¿Algo sensato tú? Entonces se dirá que eres tú el maestro de la moral y yo el burro”. Pronto desaparecerán las moralejas y la única lección consistirá en crear un artefacto bello. Dice el compilador que es muy difícil separar “poesía en prosa” de “prosa poética”. Pero en este punto sí tengo algo que decirle: por alguna razón, el poema en prosa tiene una vida propia en la literatura mexicana, y hasta una modesta tradición. Prosa en que la narrativa se encuentra relegada en un rincón, y que se cultivó desde los tiempos de los modernistas. Incluso, nacieron al mismo tiempo: poema en prosa, ensayo poético, verso libre y prosa poética. Tendría más que decir sobre este tema, pero no lo haré, por deferencia a la brevedad, la homenajeada en esta ocasión.

Euardo Berti (ed.). Los cuentos más breves del mundo. Volumen I: De Esopo a Kafka. Los precursores del microrrelato, 2ª ed.  Madrid, Páginas de Espuma, 2009.

domingo, 11 de marzo de 2018

Diego Rivera, luces y sombras. Narración documental, de Raquel Tibol




Desde 1911, Diego Rivera (1886-1957) tenía la intención de cubrir los muros de México con sus frescos. Para conocer la técnica de los maestros del Renacimiento, viajó por Italia, en 1920, y volvió a París con 325 dibujos, que le sirvieron como base experimental para luego pintar escenas mexicanas. Que quepa México entero en esta obra es algo ambicioso, pero posible. Algunos han medido en metros cuadrados los muros que Rivera pintó, otros han descrito los temas favoritos. Así se podrá saber qué le faltó, qué aspectos quedaron fuera. Y el cometido de la crítica Raquel Tibol (1923-2015) es hacer que quepa su personaje con su obra en estas páginas. Para eso hay que fajarlo, medida temerosa, fajar a Diego, que nada se salga, inmenso como es. Porque además, las ideas políticas no son consistentes, ni las artísticas si se observa bien. El método de la autora consiste en establecer periodos, confrontar con las ideas políticas del pintor y comentar obras selectas. Me quedan claros dos aspectos de Rivera, los cuales me llaman la atención. La mirada de conjunto en primera lugar, el asombroso punto de vista. Desde su juventud, ver el mundo desde un sitio quizá privilegiado, siempre novedoso. Esa especie de aleph, por llamarlo de algún modo, que le permite tener una visión amplia de la vida mexicana, aunque (si se hace el recorrido con la autora) se mira que representa a los hombres trabajando, de acuerdo a su función en el mundo. Salvo en sus inicios cubistas, la obra de Diego no tendría por qué alarmar al público por su técnica o sus procedimientos, aun cuando en tiempos de Vasconcelos en la SEP, eran llamados monigotes los personajes retratados en sus murales. El segundo de estos aspectos, la pasión documental, lo que nos recuerda que no todo debe de mirarse, ni todo se debe de plantear en todos lados. Como por ejemplo, la historia de México. Hay banquetes que se interrumpen, señoras que ponen el grito en el cielo, gente decente que prefiere salirse, antes que presenciar aquello que de manera abstracta incluso defiende. En el mural Sueños de un domingo en la Alameda (1947) todos los personajes representados sueñan, de ahí que la historia de este tradicional espacio de la ciudad aparezca en una apretada síntesis. Nos gusta a todos la muerte, en cálida y afectuosa cercanía con los paseantes. Lo que ofendió entonces fue la frase “Dios no existe”, aproximación a la que en realidad pronunciara Ignacio Ramírez “el Nigromante” al entrar a la Academia de Letrán, en 1836, pomposo nombre para una reunión de estudiantes pobres. Con gusto la borraría, pero se encuentra de por medio la Historia de México, dijo el pintor. Lo que nos recuerda que las instituciones (los homenajes, las retrospectivas) tienden a desactivar el pasado. Ahora mismo, en 2018, el Nigromante celebra sus 200 años. Nació en San Miguel de Allende, una ciudad que preferiría celebrar otras cosas menos comprometedoras. Y si bien no era mi tema, nada le gustaría más a Diego Rivera que el espíritu del Nigromante saliera a espantar a los modernos Caballeros de Colón, que en otros tiempos pretendieron quemar este mural.

Raquel Tibol. Diego Rivera, luces y sombras. Narración documental. México, Lumen, 2007.

miércoles, 7 de marzo de 2018

El jugador, de Fiódor Dostoyevski


La ruleta, al girar, crea una fuerza centrífuga, lo que no evita que atraiga intensamente la atención de los jugadores. No es exagerado decir que el corazón de los jugadores gira a la misma velocidad que este artefacto. Pero, ¿cómo transmitir esa emoción a los lectores, muchos de los cuales no tenemos idea de las angustias qua pasa un jugador? Esta novela gira (¡exactamente como una ruleta!) alrededor de unos personajes ambiciosos, los cuales juegan a la ruleta. Más precisamente, uno de ellos, el general, apuesta lo que tiene y lo que no tiene, pues está en esos momentos esperando su inminente herencia, pues de un momento a otro espera la noticia de la muerte de su abuela, la cual le dejará toda su fortuna. Pero lo que baja del tren no es esa noticia, sino la misma abuela, completamente sana, dispuesta a investigar qué es eso de la ruleta. ¡Y la pasión que en ella despierta es lo que se contagia! Cómo se arriesga a jugar la herencia de la que dependen todos los acreedores de su nieto, y la vida misma de él. Nosotros, que nos encontramos mirando este mundo desde la ruleta, que ocupa el centro temático, sólo lo miramos pasar vertiginosamente a nuestro alrededor. Fuera del libro, el novelista también jugaba una peligrosa apuesta: había firmado un contrato con su editor para entregarle una novela en un mes o de lo contrario, perdía los derechos de toda su obra. Además, recorre la historia el tema del amor. ¡Ay, otra apuesta con la vida! El recuerdo de Polina, la joven que abandonó al autor por un médico español. De tal manera que el vértigo no abandona al narrador ni a los personajes. A lo que debe de sumarse que lo que se apuesta, en el caso del protagonista, no es el dinero sino el destino. La ruleta es la puerta a una vida posible, a un amor que puede ser. Esta novela es una meditación sobre las distintas nacionalidades: en Roulettenburg (la ciudad en que ocurre la historia), se reúnen ingleses, rusos, franceses y polacos. La peor parte se la llevan los polacos y los franceses, mientras que los ingleses merecen una opinión más favorable. Los rusos, bueno: son hombres que se abisman en el espíritu propio para saber a dónde es posible llegar. Y algo más: si se gana en estas apuestas, el dinero no servirá para cimentar nada, sino para gastarse en lujos. “¿No sabes que un mes de esa vida vale más que toda tu existencia?” Eso le dice al narrador su nueva amante. Es completamente cierto, uno no vale todo eso. El valor propio está en no ser un engrane en la máquina del capital. Lo mejor es apostar de manera metafísica. Las fichas se ponen sobre la cartera y se apuestan para conocer la opinión que el destino tiene de uno mismo. Quizá sea susceptible de reconocer la audacia. Y por eso, el narrador ve escaparse el dinero como arena entre los dedos. Si el dinero ha cumplido su función, bien se le puede ver con indiferencia.



Fiódor Dostoyevski. El jugador / Igrok (1866), tr. y nota preliminar de Juan López Morillas, 3ª ed. 4ª reimp. revisada. Madrid, Alianza, 2015.

domingo, 25 de febrero de 2018

Lemuria [cuentos extraños y malditos], de Karl Hans Strobl


Esa literatura de horror que tanto nos gusta, toma en este libro un camino inesperado. Estamos acostumbrados a los autores que tienden a sublimar sus miedos, y convertirlos en llamadas del más allá, en amenazas de otros planetas o en resurrecciones de los muertos. Pero K.H. Strobl (1877-1946), escritor en lengua alemana nacido en la ciudad checa de Jihlava, depositó sus miedos a lo extraño en una combinación de espectros y extranjeros. Sé que muchos de los personajes de este tipo de literatura (vampiros, zombies, momias) representan el horror de los países colonizados. Pero por suerte, la ideología de sus autores por lo común no pasa a mayores, por lo que casi no nos causa terror. Strobl se afilió al Partido Nazi, deseoso de que la República Checa se anexara a Alemania. Sus cuentos son muy cercanos a nuestro modernismo y bien hubieran podido ser ilustrados por Julio Ruelas. De hecho, las ilustraciones de la revista literaria que dirigió, El Jardín de las Orquídeas. Páginas fantásticas (Der Orchideengarten. Phantastische Blätter, 1919-1921) tienen algo de los tiempos del Decadentismo, y se antojan exquisitas: caracoles babeantes, jardines con humanos minúsculos, espectros dieciochescos, mandrágoras… ¡Qué miedo! ¿A qué le temían tanto esos lectores alemanes? Bueno, se trata de la primera revista dedicada a la literatura fantástica, así que se publicaron cuentos de Poe, Maupassant, Dickens, etc., pero Strobl tenía una fantasía muy centrada en aquello que no era precisamente alemán: los africanos, los pueblos indígenas de América, los gitanos. Todos ellos son mostrados como seres irracionales, que esconden intenciones homicidas, caníbales o demoniacas. Me llama la atención este fragmento, al inicio de un cuento que transcurre en los bosques de Rumania (“Take Marinescu”), se describe del siguiente modo a los gitanos: “Creo que los gitanos de esos bosques tienen que salir del claustro materno con esos gestos pedigüeños; todos los reflejos, todos los impulsos de la voluntad desembocan en ellos, duermen con ellos, y si los enterraran vivos por un casual y despertaran en la tumba, lo primero que harían sería extender la mano mendigando.” Es casi idéntico al inicio de La gitanilla, una de las Novelas ejemplares de Cervantes:Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como accidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte.” Naturalmente, no es mi intención comparar el terror que causa en Strobl el mismo pueblo que divierte a Cervantes, pues los separan además, tres siglos. Pero llama la atención las terribles consecuencias de una idea cultivada durante siglos.

Karl Hans Strobl. Lemuria [cuentos extraños y malditos], tr. José Rafael Hernández Arias, il. Richard Teschner. Madrid, Valdemar, 2016.

domingo, 18 de febrero de 2018

Los suspirantes 2018, de Jorge Zepeda Patterson

Ha cambiado mucho el panorama político desde que se concibió este libro con semblanzas de los posibles contendientes a la Presidencia de la República. De hecho, desde que lo leí hasta este momento, ha seguido cambiando rápidamente. Margarita Zavala y Miguel Ángel Osorio Chong han pasado de ocupar las iluminadas marquesinas de las Grandes Expectativas a un modesto lugar en el cesto de los políticos no reciclables. Osorio, bajo la sombra de Ayotzinapa, el gran crimen de este sexenio; y Margarita Zavala, con un discurso muerto si intenta independizarse y muerto si pretende ampararse en el periodo criminal de su esposo. De José Antonio Meade se esperaba menos de lo que se espera hoy, pues su capítulo ocupa el último lugar entre los “suspirantes”. En este instante, los cabalistas del PRI buscan las palabras que, pronunciadas sobre la arcilla de su campaña, le otorguen la vida. Mayor vida tienen las encuestadoras, a pesar del descrédito en que las hundió el diario Milenio hace unos años. Me parece que el eclipsamiento de Eruviel Ávila impidió que los lectores se fijaran en el texto que le dedica Humberto Padgett, un capítulo que podría ser parte de una novela aterradora si no fuera porque pertenece cotidiana nota de sociales: orgías con adolescentes en que presuntamente participaba también el obispo Onésimo Cepeda. Algún día se harán esfuerzos para recordar algunos de estos nombres, serán parte de la trivia, pero hoy son actores políticos rodeados de cortesanos que los convencen de la posibilidad de llegar. Llegar: verbo que, en este contexto, ni requiere complemento. Las noticias vienen y nos dicen que el ex Rector de la UNAM se encuentra molesto, pues tomó demasiado en serio el horizonte que le dibujaron en las reuniones. Debo decir que, en lo posible, estos textos presentan las virtudes de sus personajes: las contrastan con sus defectos. Así que me imagino que se aproximan a la realidad. Como se intenta plasmar su ideario, el ejercicio es apasionante para el lector. Pero sea cual sea la decisión de los electores, votaremos contra los indígenas, pues el movimiento nacional que han llevado a cabo estas comunidades ha apoyado una luchadora social cuya campaña ha enfrentado todas las adversidades que le ha impuesto el Instituto Nacional Electoral. La Ley General en Materia de Delitos Electorales es, por su parte, lo suficientemente ambigua como para que los partidos políticos (especialmente uno) persista en su costumbre de regalar tarjetas, ya que ni siquiera el diez por ciento de estos delitos alcanza una sentencia. Ante estos libros de bibliografía pasajera me asalta una duda: ¿guardarlos o tirarlos? No sé si dentro de algunos años, alguna visita quiera saber quién fue Aurelio Nuño y qué pensaba acerca de la educación.

Jorge Zepeda Patterson (coord). Los suspirantes 2018. México, Planeta, 2017. (Col. Temas de Hoy)

viernes, 16 de febrero de 2018

Ni de Eva ni de Adán, de Amélie Nothomb


 
Es una autobiografía novelada de una escritora que no sabe bien si es una japonesa de familia belga o una belga nacida en Japón. Después de años de ausencia del país natal, regresa y comienza a dar clases de francés a japoneses, por lo que conoce a Rinri, el joven que le da forma a este libro. Breve, de frases cortas, anécdotas sencillas, quizá busca crear a partir de un estilo pulcro un efecto literario intenso y poético al final. Es lo que dicen de la estética japonesa: revelación, sencillez de recursos, etc. Sin embargo, mientras el resto de los lectores debían de estar en plena carcajada, según la cuarta de forros (“ácida y desternillante”), yo me encontraba en medio de la desesperación. En fin, dejarse llevar por el curso de las palabras, las cuales no forman remolinos de intensidad o rápidos en que se precipite la narrativa. Mucho costumbrismo en búsqueda de profundidad, a la cual no se llega. Pero es que tal vez no es la intención. Yo mismo no sé morder en este tipo de textos, no encuentro aquello que debo de digerir. Quedo fuera del pacto que se necesita establecer para disfrutar esta historia: exactamente como le ocurre a la narradora, pues ella se siente, en el fondo, ajena al mundo en que se encuentra, no da con las palabras precisas con que se debe de definir el mundo sentimental que la rodea. No entiende por qué es maravilloso comer pulpo casi vivo, cortado ante los propios ojos. Esta situación bastante común de encuentro con otras culturas (o con costumbres cercanas incluso) toma una dimensión casi ontológica. Esa dificultad para entender al otro, las barreras de la condición humana. ¡Qué difícil disfrutar de una fiesta en estas circunstancias, cuando no se sabe cómo comportarse según la situación! Es el marco perfecto para una versión naïf de la tragedia. Por suerte, no hay demasiada fuerza en la narración como para apretar las escenas en este sentido. Y tampoco en muchos otros sentidos. Creo que este libro concentra una poética que he notado en muchas partes, aunque aquí con mayor resolución: sorprenderse ante las pequeñas cosas, agrandar luego esa sorpresa sin encontrar en su objeto nada notable. Sí, tal vez es una manera algo elegante de enunciar una poética vacía, sólo efectiva para emocionar un lector que tiene las mismas carencias estéticas que el autor. Luego salí del libro, busqué referencias de la autora, supe que tiene sombreros extravagantes, que come chocolates y toma champaña, que escribe en el metro, a mano, y que escribe dos novelas al año pero sólo elige una para su publicación (quiero pensar que la mejor). En fin, un pobre contenido ha encontrado un vistoso recubrimiento.

Amélie Nothomb. Ni de Eva ni de Adán / Ni d’Ève ni d’Adam (2007), tr. de Sergi Pàmies, 6ª ed. en “Compactos”. Barcelona, Anagrama, 2017. (Col. Compactos, 525)