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lunes, 2 de julio de 2018

Museo Yucateco



La revista Museo Yucateco se publicó a lo largo de 1841 y 1842 (aquí sólo me refiero al primer año), impulsada por Justo Sierra O’Reilly. Yucatán entonces se había proclamado República en protesta por las leyes centralistas promulgadas por Antonio López de Santa Anna, por lo que esta publicación era un intento por plantear una identidad histórica y social para este joven y transitorio país. Narraciones con el mundo novohispano como tema, crónicas de las ruinas mayas (en ese entonces, abandonadas y muchas de ellas dentro de haciendas particulares) y un interés en divulgar documentos históricos concernientes a la península. Hay una elogiosa semblanza de Lorenzo de Zavala, el intelectual y político que había muerto en 1836, y que había sido presidente de la República de Texas, separada de México por la misma razón: como protesta contra el centralismo de Santa Anna. Al leer estas páginas, leemos inevitablemente otro mundo: los editores del Museo Yucateco se dirigían a dos tipos de lectores, a los señores de entonces, cultos, interesados en su Historia, y a sus esposas e hijas. Casi tenían esas mujeres su propia sección: en ella se les exhortaba a no ser coquetas, a dedicarse a su hogar, a depositar su vida bajo la protección de su esposo. Pero eso no debe de sorprender, los editores del Museo sólo son un síntoma de aquellos tiempos. Más bien, nos imaginamos una publicación que llegaba a los hogares y que se preocupaba por la lectura femenina, sector que podía pasearse por las demás páginas. Tantas décadas después, varios aspectos literarios llaman la atención. Por ejemplo, el extenso examen de la obra de Víctor Hugo, autor que apenas tenía 39 años, es un texto pionero. Quién sabe por qué medios llegaban entonces las noticias internacionales, quizá por revistas europeas que viajaban pasando por Cuba. Quizá lo más notable, desde el punto de vista del cuidado del estilo sean: el cuento de Washington Irving, publicado en el número de diciembre, y la narrativa de Justo Sierra. Este último, yerno del gobernador Santiago Méndez, quien logró la estabilidad de la península pues gobernó durante cuatro años (1840-1844): sólo hay que ver que entre 1829 y 1840, Yucatán tuvo veinte gobernadores. Sierra tenía una prosa amena, eficaz para darle vida a escenas situadas en los siglos pasados, espíritu de novela de folletín, pues es seguro que entonces no podía ser de otro modo. De algún modo, la publicación tuvo acceso a los papeles de un juicio llevado a cabo en 1810, por el cual sabemos que Juan Gustavo Nordingh de Witt, el presunto espía enviado con fines sediciosos por José Bonaparte. Este agente fue tomado prisionero, juzgado y fusilado el 11 de noviembre de 1810, es decir, pocos días después del levantamiento de Miguel Hidalgo. Esta historia, podría ser tema de una novela. En fin, esta revista salió en 1841 y llegó a mi escritorio 177 años más tarde. La abrí y se sentía, curiosamente, un agradable olor a nuevo.

Museo Yucateco. Tomo primero, enero-diciembre de 1841, presentación de Arturo Taracena Arriola. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán. Secretaría de la Cultura y las Artes. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2014.

jueves, 28 de junio de 2018

2018: ¿AMLO Presidente?, de José Antonio Crespo



A este libro le quedan horas de vida, pues el sentido manifiesto de su escritura es hacer un pronóstico acerca de las posibilidades de Andrés Manuel López Obrador de llegar a la presidencia. Así que su utilidad tiene una fecha límite, lo que significa que después del día de elección dejaremos este libro en el estante, en el mejor de los casos, pues lo más seguro es que nos deshagamos de él. Sin embargo, ¡un momento!, hay algo que no quisiera pasar por alto, pues generalmente, en los libros coyunturales tendemos a mirar hacia donde nos dice el autor que miremos, hacia el fenómeno. Pero en este caso, me gustaría revisar el instrumental con que lo hace. Unas incisiones aparentemente limpias sobre la realidad, un método impecable que mide el presente y lo somete a la experiencia histórica. De hecho, el autor volvió a insistir en las ideas centrales de su libro en su columna de El Universal (25/06/2018): el crecimiento de la popularidad del candidato de Morena se debe al hartazgo acumulado por el PRI, la discutible división del electorado en dos bandos (morenistas y sus adversarios), la ventaja de AMLO ha sido no sólo su prolongada campaña sino sus constantes salidas de tono, etc., etc. Muy bien, nada que objetar. Incluso, su predicción más sugerente llama la atención: que el voto útil depende de quién vaya en segundo lugar en la recta final. Los panistas tenderían a votar por el PRI para frenar a López Obrador, en tanto que los priistas preferirían votar por el candidato de Morena. Desafortunadamente, parece un poco inoperante en estos momentos, pues el segundo lugar es tan difuso que las encuestas no se ponen de acuerdo. Muchos han dicho: votaré por el que vaya en segundo lugar para impedir la tragedia del triunfo de López Obrador. Ojalá tengan buena puntería, pues es difícil que atinen con ese posible segundo lugar, lo cual es grave, ya que es un sector que votará en esta ocasión con una convicción negativa. Y además, el objetivo se mueve bastante. En fin, eso en realidad no me importa. Es otra cosa: ese ideario asumido que rodea las consideraciones del autor, una red de pensamiento que hunde sus pies en la ideología, en el lugar en que las ideas dejan de verse a sí mismas para tomar la apariencia de verdades sagradas. ¡Un ideario político, qué emoción! Momento, detén ese entusiasmo, no es para tanto. Es más bien decepcionante, pues el académico del Colegio de México y de la Universidad Iberoamericana intenta construir con ideas una construcción más bien endeble. Nos da un contexto para comprender a AMLO y a su movimiento. Nos dice que hay dos tradiciones filosóficas: el realismo y el idealismo. Es un poco raro, ya que estamos acostumbrados a que los filósofos nos digan que quienes en realidad se enfrentan es el materialismo con el idealismo. Pero está bien, aceptemos esta división por un momento. El realismo tendría como supuesto que el hombre tiene una naturaleza egoísta (Maquiavelo, Hobbes, Madison, Weber), mientras que los idealistas (Platón, Rousseau, Marx, Bakunin) reconocen la existencia del egoísmo humano, aunque cierto tipo de organización social y política logrará que los hombres se transformen en personas altruistas, solidarias y felices. Es el caso del “hombre nuevo” de san Pablo: aquel que se “reviste del amor”. Naturalmente, no tiene nada que ver con el término de “hombre nuevo” del marxismo, pues esta filosofía piensa que el hombre es el resultado de las relaciones sociales en que vive, y que el cambio de relaciones sociales implicaría un “hombre nuevo”. Esta extraña asociación de nombres que realiza el autor de este libro es resultado de que, en el fondo, tiene una sola idea del hombre: un esencialismo que considera que el ser humano puede tener una naturaleza buena (o una mala). Está bien que lo piense, pero no que le atribuya un pensamiento tan extraño, por ejemplo, a Marx. En tanto que Hobbes y Rousseau son dos caras de la misma moneda del esencialismo, el materialismo histórico considera que el hombre no tiene esa esencia, sino que su individualidad se construye como resultado de las relaciones sociales en que se produce. En este libro observo que el autor pretende que dialoguemos con una sola tradición filosófica, pues a los que llama realismo e idealismo no son más que dos formas del esencialismo. Quien saque conclusiones a partir de este libro, hará de Marx un Frankenstein que camina sin sentido por la historia del pensamiento. En fin, no tengo por qué seguir tampoco yo ese camino, pues el autor niega que exista otra idea de hombre. ¿A dónde conduce con este razonamiento? Nos pone a elegir entre dos programas políticos, todo depende de la idea de hombre que elijamos. Por un lado estarían los realistas, que buscan dentro de las limitaciones de esa esencia del hombre las soluciones más pertinentes, las más sensatas, las que se pueden alcanzar respetando siempre ese hombre inmutable, es decir, se trata de la justificación del conformismo. Por otra parte, se encontraría una larga fila de filósofos a los que alumbra la insensatez, pues sólo imaginan programas imposibles de aplicar y cuya búsqueda sólo provocaría males mayores que los que busca solucionar. Con el pretexto de crear mejores hombres, los sistemas políticos matan a los peores, a los débiles. De modo que ésta es la verdadera relación que hace de Cristo, san Pablo, Rousseau, etc., precursores de Stalin y sus purgas. Así que en el corazón de esa palabrería fraterna anida el huevo de la serpiente. Sólo el conformismo con la condición egoísta del hombre nos puede salvar, por lo que se ve, ya que ese pensamiento sí conoce “la auténtica naturaleza humana”. Puesto que la Historia es un recetario que nos dice qué pasará fatalmente, podemos ver que los intentos de mejorar las condiciones de vida han fracasado. Eso se debe a que no existe la libertad en el ser humano, pues como ya se dijo, tiene una esencia, y la Historia vuelve a repetirse. La misma serpiente mordiéndose la misma cola, eternamente. Y aquellos que pelean por mejorar al hombre quieren decir: “Lo haré a costa tuya, aunque mueras”. Sólo que no nos lo dicen, pero son desenmascarados en este pequeño volumen. Los “amorosos” no lo son en absoluto. Y los otros, bueno, nos conocen y nos perdonan, han creado el Neoliberalismo para nosotros (aunque nos confunden un poco: son tan maravillosas sus consecuencias para la humanidad que casi parece un modelo idealista). Es cierto que los ricos cada vez lo son más, y lo mismo ocurre con los pobres. Pero al final de ese camino viene la verdadera Edad de Oro, la cual no está en el pasado, sino en el futuro. Y este candidato persevera en presentarnos la imagen del pasado. ¿Qué no basta con que este libro lo haya desenmascarado? 

José Antonio Crespo. 2018: ¿AMLO Presidente? México, Grulla, 2017.

miércoles, 27 de junio de 2018

Dos mil doscientos millones de rostros


Facebook fue lanzado al público en 2006 con un objetivo principal: que sus usuarios compartieran su información mutuamente. En principio, sonaría como algo abstracto. Pero al vivir dentro de su lógica, lo difícil es concebir un mundo sin la estructura mental que permite esta red social. Declarar la existencia de la experiencia individual si es que ésta se comparte. Lo demás sería efímero, vano. Extender fe notarial de la experiencia ajena, la cual se transfiere a un grado imposible de medir. Facebook estrelló la noción de fama de una vez y para siempre. Por primera vez, se abrió el telón y en el escenario estaba colocado un gran espejo. Nada en el escenario, sólo el público mirando. ¿Es que eso era la celebridad? ¿Nosotros mismos viéndonos eternamente? Está bien; puede ser entretenido el solipsismo, la soledad ocupada por nuestra propia vanidad. La celebridad al desnudo. Y bien, ¿qué es la celebridad? Es esta puerta por la que cualquiera puede pasar, pero mira bien: sólo es la puerta. Una vez que entras, también sales. Tú eres célebre porque hiciste una mueca, tú porque tomaste video a tu perro que habla, tú porque te caíste en un río, tú porque hiciste el ridículo en una fiesta. Si todo cabe en la fama, desde el héroe que salva vidas intrépidamente hasta la una señora gritando a sus hijos, quiere decir que el secreto de la fama es que no tiene secreto. Y ese gran monstruo que se mira obsesivamente el ombligo, hipnotizado, cambia de ánimo a cada instante. De ahí que sus observadores (él viéndose a sí mismo, en realidad) digan con recurrente metáfora: “Las redes están nerviosas”. Mira este chisme banal. ¿Qué tema tan tonto, no es así? ¡Y tan pequeño! Quién iba a decir que sirviera para alimentar a millones de pirañas que ahora duermen satisfechas. No, espera: no somos pirañas, en realidad somos como millones de moscas atrapadas en esta red social. Estamos los vivos y los muertos. Y cada uno de nosotros en este momento, nos debatimos por decidir si continuamos aquí o decidimos suprimir nuestra existencia virtual. Los muertos y los vivos. Da igual. ¿Podrías tú decir quién de nosotros sigue vivo?, ¿cuál ha muerto? En nuestras fotos seguimos tan sonrientes como en la semana pasada. Como nada de lo que decimos o hacemos es inocente, como cada ¡click! es un testimonio de nuestra conciencia, sobre nosotros se encuentra una araña salivando, mirando al acecho. Darle “like” a un meme que nos da los buenos días, compartir una cita (falsa, seguramente), guardar una foto con una sonrisa promisoria: todo dice algo de nosotros. Cerramos la máquina con la conciencia tranquila de quien ha ejercido su libertad, y dormimos mientras nuestras acciones son escrupulosamente contadas y clasificadas. Para saber quiénes somos, apenas despertamos volvemos a Facebook. Para ello tenemos varias herramientas: las apps, las cuales nos preguntan seductoramente: ¿Quién fuiste en tu vida pasada?, ¿Cómo serías si fueras del sexo opuesto?, ¿Qué ciudad eres? Un oráculo… ¡qué bien! Démosle “aceptar”, aunque eso signifique que, en términos prácticos, el moderno autómata penetre en nuestra existencia virtual (nuestros datos valen oro, literalmente), mire cada escondite y dicte un juicio. “¡Eres París! Eres elegante y lleno de calles hermosas.” A veces nos miramos en unos ojos, otras veces tomamos un café en una conversación íntima. Y en otras ocasiones vamos al psicoanalista a decir algo cuyo significado ignoramos. De pronto nos preguntamos: ¿Qué miran en nosotros que nosotros mismos no podemos ver? En nuestras palabras, el “Yo” ocupa un lugar modesto, ¡no te creas tan importante! Y hace poco nos enteramos que nuestra vida virtual, la cual es monitoreada intensamente, dice de nosotros mucho más de lo que podríamos imaginar. Quiénes nos espían saben de nosotros más que nuestra pareja, que nuestro psicoanalista, que nuestra conciencia, que nuestro Ángel de la guarda, incluso. Bueno, ése hace muchos siglos que no sabe nada, ya que además ni siquiera ascenderemos al Cielo, sino que nos quedaremos vagando en el mundo virtual. No habrá Juicio Final, y si acaso seremos convocados cuando se teclee nuestro nombre en Google. No hace mucho, Umberto Eco dijo de nosotros: “Las redes sociales le dan derecho de hablar a legiones de idiotas”. Qué triste manera de hacer mutis de este mundo. Antes de irse nos confesó que no aprendió, o que no estaba dispuesto, a leer en las páginas de esta eterna biblioteca. Estas millones de voces que se escuchan, las “legiones de idiotas”, aturden en efecto. Pero existe un secreto. ¿No lo sabía? Qué raro. A esa silueta que habla, no hay más que interpelarla para saber que no existe, que es un espejismo más en el escenario (véase arriba), que al pedirle a ese fantasma que se detendrá, se desvanece. Nos quedamos entonces solos, relativamente solos: detrás de esas voces están los mismos oráculos de siempre, las Esfinges de la Ideología, diciendo eternamente lo mismo. ¿No lo sabía el semiólogo italiano? Qué raro. Hubiera tenido un fructífero diálogo con estos sordos en medio de ninguna parte. Nos habría dicho, quizá, que detrás de nuestras amistades, de nuestros contactos, habla la misma voz: la de Las Mismas Pocas Ideas. Y lo digo yo, que no estoy seguro de estarlo diciendo, pues no me atrevo por el momento a levantar mi máscara y saber si dentro de mí no hay nadie enunciando algo cuyos efectos no alcanzo a ver. Y sería entonces, como en esos cuentos de Samuel Beckett, en que una voz es lo único corpóreo en un universo vacío.

sábado, 9 de junio de 2018

María Conesa, de Enrique Alonso




La vida de María Conesa (1892-1978) se resume en un libro de pasta dura con fotos evocadoras de otros tiempos, escrito por el más devoto de sus seguidores. Me temo que, para que brille de nuevo, para que algo le diga a este mundo de un siglo después, se necesita una nueva narración. Hace algo más de sesenta años, el tiempo de Porfirio Díaz despertaba una dulce nostalgia. De hecho, María Conesa se atribuía el renacimiento de esa época, pues se supone que se tenía que montar una obra y ella propuso una evocación llamada En tiempos de don Porfirio (1938). El primero en oponerse fue el actor Joaquín Pardavé, sin saber que gran parte de su popularidad sería recreando el Porfiriato. Hoy, nuestros neoporfiristas, ¿disfrutarían esas obras llenas de frivolidad y desenfado? ¿Cómo entonces volver a formular ese mundo para deleite nuestro? Yo, naturalmente, no tengo ninguna respuesta. Pero me llama la atención que el mundo de los cuplés volvió a interesar cuando Sarita Montiel lo encarnó en la cinta El último cuplé (1957, con un éxito no calculado: un año en cartelera, en México). Los viejos cuplés (del francés: coplas), se interpretaban con las voces nasales de las jóvenes cantantes, eróticas hasta la desmesura, tanto que los historiadores españoles llamaron a la primera época de los cuplés como “Género ínfimo”. Poco a poco, se hizo decoroso, y las cupletistas eran incluso llamadas a la alta sociedad. En México, la voz igualmente nasal y desaliñada de María Conesa encantaba a Porfirio Díaz, luego a Madero. Y donde ellos se sentaron, también estuvieron más adelante, Zapata, Villa y Obregón. (Huerta no, que María estuvo en España durante el Huertismo, y me imagino que fue entonces cuando se organizaron procesiones a la Villa de Guadalupe para pedir que María regresara a nuestro país). En 1909, las actrices más famosas del teatro ganaban alrededor de mil pesos mensuales. Y bien, María –sonrisas, mejillas frutales y ojos promisorios– fue contratada por tres mil pesos, la actriz mejor pagada de su tiempo. Así que compró un terreno en la nueva Colonia Roma, y construyó la casa de Monterrey 193, en donde recibió toda la vida, y junto levantó varias casas para rentar (toda la acera entre San Luis Potosí y Querétaro). Viejas casas de la Revolución que todavía hoy están formadas, apretaditas, viendo pasar los coches. Los rumores la rodearon toda la vida. Por desgracia, los rumores tienen corta vida, son olas pequeñitas y sólo mojan las olas del pasado. Si el nombre de la actriz más célebre no dice nada ahora, de sus rumores no llega ni el rumor. Por años, se le relacionó con la Banda del Automóvil Gris, famosos asaltantes de la vieja ciudad de la Revolución. Y María pasó años desmintiendo, incluso en la corte, que fuera la lideresa de esa agrupación. El libro tiene un prólogo en que Carlos Monsiváis hace arqueología del gusto para resolver la incógnita del erotismo antiguo. Ojalá haya voyeuristas retrospectivos que sientan curiosidad por María Conesa.

Enrique Alonso. María Conesa, prólogo de Carlos Monsiváis. México, Océano, 1987.

sábado, 28 de abril de 2018

Acerca de un chaparrito con cara de foca y de su ritmo, el mambo

En los años 40, las rumberas fueron como una ola enorme que inundó la Ciudad de México. Su iconografía es más o menos básica: una mujer en exhibición, hagan de cuenta como un santo en su nicho, con los brazos abiertos, a punto de acoger un ritmo, en el momento preciso en que inicia el temblor rumbero de las caderas. A sus lados, la escenografía del pecado, las desventuras de la virtud. Porque el argumento general del cine mexicano tiene cierta simplicidad: es una sociedad que se escandaliza con el pecado, que se horroriza de contemplar el pecado, para luego darse cuenta de que es ella misma la que baila desenfrenadamente. Eso a lo que le llamamos: la doble moral, personaje central en nuestra vida, ingrediente de la receta para cocinar lo que se conoce como “la Identidad Mexicana”. En el cine mexicano, los ricos y los pobres están relacionados de una manera misteriosa: muchas veces los ricos son hijos de los pobres, y los pobres de los ricos. Las familias ricas son aburridas, y las pobres cantan canciones rancheras, se divierten como nadie y viven más intensamente. Las madres virtuosas, que dan todo por sus hijos, ignoran que a la vuelta de la calle hay burdeles, en donde el ambiente se hace un poco más espeso, hay una marquesina que anuncia a la rumbera de moda, quien quizá sea la muchacha que vive en la misma vecindad, tal vez sea una joven conocida, que dice que tiene que trabajar para mantener a su familia, o incluso… puede que sea… ella misma. ¿Será posible que ella, madre virtuosa, sea al mismo tiempo una sicalíptica? Oh, eterna anagnórisis de la vida mexicana, en la cual siempre se está descubriendo la verdadera identidad de alguien, el auténtico parentesco, para al final darse cuenta de que todos estamos hermanados, y que todos somos parientes del disfortunio, del pecado o de la fatalidad. El cine es ante todo un espacio mental, un hábito cotidiano, el lugar en el que se aprende de moda, de idiosincracia, de música, de baile. Y todo se encuentra formando una trama apretada. Hubo una película, Distinto amanecer, de 1943, que contaba la historia de una familia normal: un matrimonio. O eso parecía: en realidad, al llegar la noche, el marido volvía a su casa, con su esposa verdadera. Mientras tanto, la esposa se cambiaba de ropa para ir a su trabajo auténtico: prostituta en un centro nocturno. Ya repetí demasiadas veces las palabras: falso, verdadero, auténtico, escondido. Porque la vida mexicana es de apariencias, familias enteras ocultando un secreto. Lo que quiere decir que el goce de la vida, la música, el erotismo y el acercamiento sensual al otro, todo eso se tiene que vivir a escondidas. Todo se puede, pero que nadie se entere o que todos hagan como si nada ocurriera. Pero siempre, esa verdad del amor tiene que emerger, no se puede mantener oculta por mucho tiempo. Así que las mortificaciones de la censura tienen sentido. Por un lado, el gobierno mexicano tiene funcionarios con tijeras, que miran y miran películas, y deciden qué le conviene ver a las familias mexicanas. De preferencia, ombligos no. El ombligo es un centro erótico, así que detengan la cinta, que el censor va a quitar algunas escenas. La infidelidad, el pecado: sólo si se castigan. Y si al final gana la virtud, entonces pueden permitirse más cosas. Ahora sólo falta que la cinta sea vista por la Legión Mexicana de la Decencia (y no Liga de la Decencia, como dicen algunos libros). Este grupo de nombre tan sonoro y digno, fue formado por los Caballeros de Colón en 1935, y funcionaba de la siguiente manera: si el público se sentía ofendido por alguna escena pecaminosa, si algún espectador sentía que la mirada de Ninón Sevilla hacía peligrar su ingreso al Paraíso, entonces la Legión podía mandar cartas a los periódicos, a las revistas y a la radio, para pedir que se quitara de la cartelera. Esta institución acudía a los puestos de periódicos a comprar las revistas con fotos de rumberas. Luego de analizarlas concienzudamente –tenían un sacerdote dedicado a leerlas–, decidieron ir a quemarlas a la Alameda Central de la capital. Con el mambo, los conservadores añadieron nuevos incisos a sus nociones de pecado y gracias a él la gente decente adquirió nuevos conocimientos de Anatomía. ¿Saben? Todos vivían en concordia: justos y pecadores. Los justos se suscribían a las revistas inmorales, escuchaban todos los boleros que hablaban de infidelidades, iban al cine a registrar todas las coreografías de todas las rumberas. Y al final, dictaminaban en contra de cada una de ellas. En todas las iglesias aparecía el boletín de la Legión Mexicana de la Decencia, y todos los fieles sabían qué canciones no había que aprender y qué cines había que evitar. Ahí la llevaban, hasta que llegó Pérez Prado, de un “¡uh!!” y una patada los borró de la faz de la tierra. De pronto, las coreografías cambiaron, se terminaron esos bailes de pareja eróticos pero contenidos para dar paso al exorcismo de la música, obra del mambo brotó el demonio que todos traíamos dentro, los contoneos sexualizados, los cuerpos que parecían atravesados por una descarga eléctrica, todo eso apareció en el cine y en el teatro. Las mujeres no trabajaban, ni siquiera podían votar. Bueno, sí trabajaban: podían coser ajeno, planchar, salir al mercado. Mientras tanto, las rumberas, qué ligeritas, y bailaban bajo el peso de todos los estigmas, bajo toneladas de condena moral. Y aún así, qué piernas, qué movimientos, qué manera de mover el esqueleto. Yo me asomé a otros tiempos, y pude ver a Dámaso Pérez Prado. Como que sentí que podía estar por ahí, a punto de gritar o de indicar que los metales explotaran en una armonía asombrosa, de esas que cimbraron la música como un cañonazo de los de Chaikovski. Un cañonazo muy certero, por otra parte, ya que cayó en medio de esta sociedad que acabo de describir. Como la marea, cada tanto la moralidad de la sociedad mexicana dejaba ver esa tensión social que pedía que algo se derrumbara. En los años 20, las tiples del teatro de revista, que salían al escenario sin medias. En los años 30, la llegada de las rumberas. Y el mambo, junto con la voz de María Victoria, anunciaban un momento nuevo, una necesidad. Lo mismo los movimientos de Tongolele, que le imprimió a la región inferior del cuerpo movimientos propios de la gelatina, como dijo el escritor Salvador Novo. Si nos fijamos bien en esas escenas del cine, veremos que lo principal es la exhibición del cuerpo, como en un escaparate. En los años 50 no existía aún una cultura juvenil, lo que vendría quizá hasta los tiempos del rock and roll, pero el mambo le perteneció a la juventud, aunque no había algo distintivo. En las escenas de baile, no hay una moda particular, algo que dijera: somos jóvenes. Lo qué hay es una búsqueda musical. Hoy da igual que sea o no mambo, porque mambo es una palabra que esconde muchas cosas: Pérez Prado hizo mambos pero creó muchos otros ritmos. Y hoy que los escuchamos, somos incapaces de decir si son o no mambo o suby o pau pau o culeta. A Prado se lo tragó el término del mambo. Y se extendió por una época, por varias regiones, hasta volverse un fenómeno universal, pues la exactitud de la palabra es aquí cierta: si pensamos que hasta Japón bailó con el mambo. Curiosamente, en Japón han gustado también Los Panchos, la salsa y el tango argentino. He puesto todo este contexto porque considero que el mambo es música mexicana. En general, la música de México es una apropiación. Y el mambo dio con algo central de la Ciudad de México. Prado se fue involucrando con la capital de México, grabó “Lamento gitano” de María Grever, y más adelante, con la voz de Benny Moré, convirtió en mambo “Tú, sólo tú”, de Felipe Valdés Leal. Grabó a Memo Salamanca, un extraordinario músico veracruzano. Entre todas las maneras de tocar el mambo, hay una quizá un poco relegada: el bolero, pues Prado hizo grabaciones con cuatro de las mejores voces en la historia del bolero: María Luisa Landín, Fernando Fernández, Avelina Landín y María Victoria. La genialidad de Prado se muestra porque cambió la textura del mambo, la hizo dulce y logró que fuera todo un fenómeno. De pronto, Pedro Vargas, Toña la Negra, Ana María González, Eva Garza, los cantantes de boleros, se dedicaron al bolero mambo. Prado también le cantó a al Politécnico, a la UNAM, al mercado de la Merced, a la calle de Tacuba y a los taxistas mexicanos: “Yo soy él icuiricui. Yo soy el macalacahimba. Yo soy el ruletero. Yo soy el chafirete.” Pensaba que esta última palabra era una aportación de Pérez Prado, pero encontré que existe un primer registro en 1932. “Chafirete” es una manera afectuosa en diminutivo para referirse a un chofer, quizá a un chofer chafa. El novelista Mariano Azuela fue el primero en usarla en una novela. Así que se trata de un mexicanismo incluido en un mambo. Agustín Lara y José Alfredo Jiménez, los dos mejores del siglo XX, fueron grabados por Pérez Prado, igualmente: “Cucurrucucú paloma” de Tomás Méndez, “La borrachita” de Tata Nacho, “Estrellita” de Manuel M. Ponce, “Frenesí” y “Perfidia” de Alberto Domínguez y “Quién será” de Luis Demetrio y Pablo Beltrán Ruiz. Ya lo sé, no basta con esto para decir que Prado hizo música mexicana. Se trata de arreglos musicales, pero fueron parte de las entrañas de la capital. Una de las parejas de Agustín Lara, Clarita Martínez, me dijo: “Todavía me acuerdo de cuando llegó Pérez Prado a México. Yo trabajaba en el ballet de Chelo La Rue. Y me acuerdo aún de cuando pusimos los bailes para el mambo.” Y yo pensaba que era mentira de ella, aunque cada vez veo que precisamente Chelo La Rue fue la que acompaña al Rey del Mambo en sus películas. Lo central es pensar que el mambo se entrelazó con México, es decir, con su vida cotidiana. Comenzó una de las maneras de la desinhibición: desde el mambo no ha habido vuelta atrás. Es un escalón para ascender en el contenido artístico, pues la libertad que propone de algún modo era esperada por todo el mundo. Pero en México, aunque me imagino que en muchos otros lados, causó desagrado, que es lo que más me gusta. Agustín Lara quiso hacer un mambo, pero salió una canción desafortunada, lo mismo Gonzalo Curiel. Luis Arcaraz también intentó el mambo, con menos mala suerte, pero lejos, muy lejos, de la orquesta de Prado. El “Álbum de oro de la canción”, una publicación que dirigía el periodista “Gastrófilus”, hizo una encuesta en 1950, cuando el mambo estaba en auge. A Juan Bruno Tarraza le gustaba el mambo porque decía que era la síntesis del son cubano con las influencias armónicas estadounidenses. El maravilloso pianista Armando Domínguez, el autor del bolero “Miénteme”, dijo: “Me gusta el mambo por su ritmo principalmente, pero de la manera en que lo están choteando con tantos arreglos mal hechos, creo que pasará de moda rápidamente”. Juan García Esquivel, un músico comparable con Prado, dijo: “Me gustó el mambo desde la primera vez que lo oí pues me identifiqué con la idea, ya que desde hace tiempo he usado en mis arreglos y en mi orquesta acordes a la Kenton… Comprendí la idea del mambo, porque Pérez Prado combina los efectos y las armonización netamente estadounidenses con ritmo cubano y le dio al clavo, pues a nosotros los mexicano nos gustan ambas cosas, las estadounidenses y las cubanas.” Entre estos músicos hay dos a los que no les gustaba el mambo, aunque lo tocaron. Uno de ellos era Ismael Díaz, quien dijo: “A mí en lo particular francamente no me gusta y espero que pase pronto la furia de ese ritmo para dejar de tocarlo”. Venus Rey no destacó como gran músico, sino como gran corrupto pues era el líder de los músicos por muchos años: “Como toda la música en que predomina el ritmo, el mambo está predestinado a introducirse en el gusto de la mayoría del público o inculto… En cuanto a mí en lo personal, no comulgo con el mambo por carecer de la calidad artística, pero como músico comercial, tengo obligación de empaparme de todo para hacer mis arreglos con cuestiones que le gusten a todo el público”. Qué curioso, precisamente el mambo es lo contrario de lo que afirma Venus Rey: El mambo hoy dialoga con Beethoven y con Leonard Bernstein: es más que una época y que un estilo. Es una actitud y un resultado estético. La manifestación de una ruptura social, como la estridencia que se escucha cuando la moral de un tiempo sufre un ataque de pánico. Además de lo que ya dije, añadiría que aportó mucho a la tendencia general del arte que busca demoler el muro que separa la cultura popular de la alta cultura. Imposible decir si Prado es patrimonio del pueblo o gusto intelectual. Pérez Prado y el mambo es mucho más que eso: es un fenómeno que tiene que ser valorado desde todos los ámbitos de una época: desde la música, la literatura, la lingüística, la poesía, la filosofía, la idea de lo social, desde el erotismo y los códigos sociales. 

domingo, 1 de abril de 2018

Se llamaba Vasconcelos. Una evocación crítica, de José Joaquín Blanco



Al hablar del peculiar estilo de José Vasconcelos para exponer sus ideas filosóficas, el autor de este libro dice que su programa cultural no se apoyaba en investigaciones científicas, que escasamente existían en sus tiempos: “se improvisaban con el método de la exaltación de la ‘poesía’… de ahí que Vasconcelos propusiera ese método, el único entonces eficaz: la síntesis emotiva: ‘La sinfonía como forma literaria’.” Frase que me hace darle vueltas y vueltas. Quiere decir que entonces, los intelectuales suplían la falta de conocimiento científico con retórica. O, en el mejor de los casos, con teorías personales hechas de empirismo. Esos espantajos puestos a la mitad del camino, tienen palabras en vez de paja, se desploman porque tienen demasiada ideología, y volvemos a ellos no para admirar sus frases admonitorias, sino su talento literario. Tienen mucha vida escondida, curiosamente. Llama la atención que esas palabras hayan convocado multitudes que les dijeran a dónde dirigirse. Qué hacer. Palabras que recuerdan tempestades, imponentes cañones solitarios, marejadas sin control. Entonaciones que podría usar Moisés al entregar la Tabla de los Mandamientos o un orador en sesión solemne. A eso se le llamaría “literatura sinfónica”. De hecho, no muy lejos de aquí murió el poeta Joaquín. D. Frías (vivía en una casa de huéspedes en la colonia Roma), quien tanto admiraba a José Vasconcelos. Inspirado en él escribió varios poemas sinfónicos, con sus allegros y sus moderatos. Los firmaba por allá por Coyoacán, en donde pasaba sus días, en los años 20. Esto lo pongo aquí para llamar la atención sobre la influencia que pueden tener las palabras. Para tener claro lo que significó Vasconcelos hay que pensar también en aquellos a quienes influyó. Lo mismo pienso de este libro al cual podemos llamar “clásico”. Lo sería en dos sentidos: clásico porque es el resultado de la pasión de un escritor joven (José Joaquín Blanco tenía 26 años cuando se publicó), y también por la pereza de las generaciones posteriores, que no han contribuido con un libro similar. El estilo consiste en gran medida en la concatenación de brillantes aforismos (quizá la falta de espacio, la prisa por avanzar) que dejan del personaje un retrato en movimiento. Pero hay algo más, es notoria la presencia del estilo, o del magisterio, de Carlos Monsiváis. Lo cual me interesa mucho, pues me hace pensar en el problema del estilo. Yo mismo, al comenzar a escribir, parecía haber naufragado en el mar de su estilo. No sé bien cómo habrá resuelto José Joaquín Blanco esta etapa, apenas creo haber leído un libro con sus crónicas y alguna de sus novelas, más publicaciones suyas en revistas. Me gustaría saber si él ha escrito o ha reflexionado personalmente sobre ese problema. Uno se puede revelar a un estilo, o bien lo puede llevar a sus últimas consecuencias. De todas maneras, es el traje que uno viste por algún tiempo. Pero es también un as bajo la manga, un recurso, un truco de magia que uno utiliza cuando está aparentemente arrinconado. El estilo ajeno como una posesión propia, el goce de conocer íntimamente una manera de construir el lenguaje. Un fuego artificial que brilla sorpresivamente en la noche de nuestros largos excursos.


José Joaquín Blanco. Se llamaba Vasconcelos. Una evocación crítica [1977], 5ª reimp. México, FCE, 2013.

domingo, 25 de marzo de 2018

Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka, de Eduardo Berti



Mientras leía los numerosos cuentos que forman este libro, no dejaba de pensar cuánta ignorancia tenía de todos estos autores, chinos, griegos, latinos, indios, persas… y me sentía decidido a profundizar en todos ellos una vez que acabara su lectura. Pero de pronto escuchaba sus voces, hablándome en una voz imprecisa como de muchedumbre: “Piensas que cada una de estas historias que hicimos son incompletas piezas de un gran rompecabezas. Pero no es así, cada pequeña historia es como la pieza única de un museo. Como esos enigmáticos fragmentos de esculturas en que los arqueólogos pueden leer una cultura entera. Aparentamos ser pequeños trozos pero leernos es iniciar una reflexión que quizá no tenga para cuando acabar. Eso se debe a que no diferenciamos la belleza, está pegada a la filosofía y a la moral. Quizá tengamos biografía, pero no importa. Como captamos algo eterno, podemos disolvernos. Nuestra obra es nuestra trascendencia. No tenemos nada que decirnos: si entraras en nuestro mundo quedarías mudo, y a nosotros, por nuestra parte, no nos interesa escucharte.” Como es natural, no les hice caso a estos autores desenfocados. ¿Qué autoridad moral pueden tener, si lo que ya dijeron lo seguirán diciendo por siempre? Así que me asomé en la vida de la escritora china Sei Shōnagon, que transcurrió en el siglo X, pero pudo haber transcurrido tranquilamente en cualquier otro siglo y para mí sería igualmente misterioso su tiempo. Apenas pude saber que las mujeres de la corte se entretenían entonces contando historias populares. ¿Cómo habrán sido? Algo me dice que si las pudiera escuchar, reconocería alguna de sus historias, y hasta habría jurado que ocurrió hace poco cerca de aquí. Por ejemplo, el cuento del perro que estaba aprendiendo a no comer y que casi lo logra, pero se murió… aparece aquí, en esta antología, sólo que atribuido a un autor griego, o latino, o no importa de dónde. Hasta cierto punto, estos cuentos esconden la sabiduría milenaria, que sabiamente eligió meterse a vivir en ellos. Pero de cierto momento para acá, la literatura comenzó a faltarle el respeto a esos viejos autores. En el siglo XVIII, la narrativa breve comenzó a burlarse de las moralejas, así Lessing, hace a un burro decirle a Esopo: “Si vas a publicar otro de esos cuentitos en que aparezco yo, haz que diga algo sensato y razonable”. A lo que él fabulista le responde: “¿Algo sensato tú? Entonces se dirá que eres tú el maestro de la moral y yo el burro”. Pronto desaparecerán las moralejas y la única lección consistirá en crear un artefacto bello. Dice el compilador que es muy difícil separar “poesía en prosa” de “prosa poética”. Pero en este punto sí tengo algo que decirle: por alguna razón, el poema en prosa tiene una vida propia en la literatura mexicana, y hasta una modesta tradición. Prosa en que la narrativa se encuentra relegada en un rincón, y que se cultivó desde los tiempos de los modernistas. Incluso, nacieron al mismo tiempo: poema en prosa, ensayo poético, verso libre y prosa poética. Tendría más que decir sobre este tema, pero no lo haré, por deferencia a la brevedad, la homenajeada en esta ocasión.

Euardo Berti (ed.). Los cuentos más breves del mundo. Volumen I: De Esopo a Kafka. Los precursores del microrrelato, 2ª ed.  Madrid, Páginas de Espuma, 2009.