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sábado, 12 de agosto de 2017

La fugitiva, de Marcel Proust


El gozo de terminar un libro y luego hojear las páginas para revisar todo lo que uno subrayó, como un ladrón que va a revisar su botín, se multiplica cuando se trata de un libro de Marcel Proust. La fugitiva es la novela antes del fin, la penúltima parte de los siete libros, en que la noticia de la muerte de Albertine llega abruptamente. Tanto que a veces el narrador no se hace a la idea de que su amada está muerta. Eso se debe a que estamos hechos de varios yoes y algunos de ellos saben las nuevas noticias y algunos otros no. Así que nos vamos enterando de lo que nos va ocurriendo en la vida con cierto retardo, en el mejor de los casos. Ahora, a partir de las primeras páginas, la tarea de reconstruir con numerosos retazos la personalidad de Albertine, la cual era en el fondo un misterio. Aquellos a quienes amamos tienen una vida íntima muy interesante, pero desafortunadamente vedada para nosotros, por lo menos mientras están con vida. Una vez muertos comenzamos a conocer sus secretos. Mucho más rica la realidad de que nos vamos enterando, ya que la imaginación es bastante rudimentaria y no nos permite ver a las personas que están a nuestro lado. Y puesto que el amado es nuestro gran enigma, deberá de existir alguien que nos lo revele. Debe de existir, pues cuántas veces hemos sido nosotros quienes de una manera inocente hemos contado la historia de cualquier persona a alguien ávido de conocerla. Esa búsqueda en la obra de Proust choca con una circunstancia: que, por otra parte, pretendemos crear una ficción en torno a nosotros, construir un yo para mostrar, un yo interesado que busca el respeto, la estimación o la admiración. Desesperante mercado de caretas que comercian con las expectativas de los demás. Porque resulta que todo es obvio para los otros, menos para nosotros mismos. Entonces, para más tranquilidad, sería mejor en esta larga comedia de enredos ponernos a reflexionar acerca de la manera en que construimos las ideas que tenemos de los demás, nuestros allegados. Un solo aforismo basta para ver cómo la mirada de uno mismo mancha y distorsiona la percepción ajena: “No podemos quitarle la juventud, cuando envejece, a una persona que conocemos desde que era joven”. Igualmente, cuando los viejos nos cuentan su vida, los imaginamos viejos desde niños. Qué incapacidad de penetrar en los demás, en sus vidas, en sus pensamientos. Asimismo les ocurre a ellos, que no nos miran en nuestra intimidad por lo que nos encontramos fatalmente condenados a vivir nuestros recuerdos entre fantasmas, los habitantes de nuestro mundo interior, que sí lo comparten, pero por desgracia no lo saben. ¿Es decir que no hay modo de obtener esa pulpa de la intimidad amada? Sí, es posible, afirma el autor. No amando podríamos obtener bastante más. Pero sin esa pasión, ¿qué nos importaría obtenerla?

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido: 6. La fugitiva / À la recherche du temps perdu: 6. La fugitive, tr. de Consuelo Berges, 6ª ed. Madrid, Alianza, 1981. (El Libro de Bolsillo, 132)

domingo, 6 de agosto de 2017

Cartas persas, de Montesquieu

No pensé que leyendo las Cartas persas conocería a un amigo dieciochesco, aristócrata e irónico. A Montesquieu lo veía de vez en cuando entre las listas de autoridades de la ciencia política, entre los precursores de no recuerdo qué temas, como una autoridad importantísima. Confieso que ignoraba la amenidad de su prosa. Este libro debe de ser considerado entre las novelas, pues el autor se disfraza de Usbek, un noble persa que viaja a París por nueve años, para describir la Francia del siglo XVIII. Por suerte, lo hizo en tiempos en que no existía la corrección política, ya que, por alguna razón, hoy es casi imposible criticar una cultura ajena. Podemos ridiculizar la nuestra con toda la amplitud que queramos pero las demás no. No está bien visto burlarse de los pueblos africanos, los musulmanes o los orientales. Lo que quiere decir que hemos olvidado una de las grandes lecciones del siglo XVIII y es que el hombre es ridículo se pare donde se pare y se disfrace de lo que se disfrace. En estas Cartas Usbek se asombra de la vida de las mujeres francesas, de los sacerdotes y sus ideas religiosas y de los políticos, pero no se da cuenta de los prejuicios con que llega a conocer París. Para él es motivo de sorpresa que las mujeres parisinas no tengan eunucos que las vigilen. Algo interesante habrá encontrado, ya que su estancia se prolonga por nueve años. Hoy, un libro así seguramente sería tan repudiado como lo fue hace trescientos años. Ese libro escrito por un francés de hoy más o menos sería así: un noble iraquí viaja a Francia y manda sus impresiones irónicas a su país. Naturalmente, los franceses lo repudiarían por dejar en ridículo a Francia ante el Medio Oriente. Una Francia que, por otra parte, puede ser tan conservadora como lo fueron sus antepasados del XVIII. Por otra parte, hablar hoy del Medio Oriente requiere un tacto especial porque a causa de nuestra Historia contemporánea, no está esa parte del mundo para servir de blanco de las ironías occidentales, sobre todo por el porcentaje de muertos con que contribuyen al errático destino de nuestro planeta. Así que mejor tomar otros rumbos en estos comentarios. Leí hace poco que en la literatura de aquel siglo de la Ilustración, la personalidad es algo inmutable, algo que no se explora como estamos acostumbrados hoy: está más dominada por las leyes de la física que de la psicología. De ahí que las cartas sean una serie de apreciaciones generales y nada de psicologías personales. Lo cual es muy útil para retratar sociedades enteras, pues Montesquieu lo hace con una gran penetración. Finalmente, Alfonso Reyes piensa que los libros más profundos de la literatura son los de viajes, pues se necesita viajar para conocer las costumbres y los hombres. Así que este libro estaría al lado de Don Quijote, de la Ilíada y la Odisea, por esa persistencia en conocer los hombres de otros lugares.

Montesquieu. Cartas persas / Lettres persanes (1721), 2ª ed., trad. de María Rocío Muñoz. México, Conaculta, 2015. (Col. Cien del Mundo)

sábado, 29 de julio de 2017

Huérfanos del narco, de Javier Valdez Cárdenas


Hace dos meses y medio, fue asesinado el autor de este libro, luego de ser amenazado por su trabajo periodístico. Qué hacer si muchas veces las amenazas provienen de las autoridades supuestamente encargadas de proteger a los ciudadanos. México es uno de los peores países para ejercer esta profesión, es sabido, y la primera acción del gobierno es la autoexculpación, a la cual la siguen los turbios silogismos con los que el poder pretende explicarse la realidad. Mientras tanto, los periodistas recurren a redes más pequeñas pero más efectivas de protección. Hablar y gritar, exigir justicia, no pueden ser actividades sin resonancia por más que los gobernantes muestren su amable sordera cotidiana. Golpear y golpear el muro de la injusticia, por más firme que parezca, es la actividad de todos los días de una larga lista de admirables periodistas mexicanos. Eso ante la amenazante realidad, que no tiene atenuantes para tomar su venganza. Javier Valdez centró su atención en aquellos que menos importan en medio de la guerra de la aparente persecución del crimen organizado. Las vidas de esos niños y jóvenes arrancadas por la violencia merecen mínimamente una explicación. Javier Valdez la buscaba, interrogaba a las familias para saber, para ofrecernos una hipótesis que nos diga cómo es que en un instante la tranquilidad de una familia desaparece para siempre. Llegaba con su cuestionario ante el poder. ¡Ah, pero eso sí que no se puede en este país! Mucho cuidado. Mejor contar certezas, las cuales son pocas pero muy precisas. Por ejemplo, que el futuro es una de las grandes palabras erradicadas. Eso, naturalmente, no es algo que se le tenga que explicar a las víctimas de nuestra realidad. Es una explicación para los lectores. El intento de una empatía que por definición ha llegado tarde a su destino. No quisiera elegir una historia, puesto que todas son igualmente importantes, aunque evidentemente estremece la saña con que fue asesinado Julio César Mondragón Fontes, el rostro visible de Ayotzinapa, es decir, del fracaso de nuestro sistema. En medio de esta desolación, el autor encontró palabras amables, fraternidad, intentos de mantener una sonrisa. No sé si quieran escuchar el tono de las voces que relatan sus vidas, se escucha la desesperanza, la narración de quien sabe que no tiene sentido contar nada porque su voz no será escuchada. Conocí a Javier Valdez en La Paz, Baja California Sur, era rápidamente entrañable. Y me puso al frente de este libro: “Para que estas historias no se repitan”. Fue asesinado en mitad de la calle, en Culiacán, a mediodía, como una metáfora que indica que ya no es necesario hacer en la sombra lo que se puede hacer a la mitad de la mañana.

Javier Valdez Cárdenas. Huérfanos del narco. Los olvidados de la guerra del narcotráfico. México, Aguilar, 2015.

sábado, 15 de julio de 2017

Los piratas vienen de lejos, de Keith Ross


 Keith Ross

¿Mi padre a los veinte años? Podría imaginármelo, si hago un esfuerzo e intento verlo caminar por sus calles, ir a la Facultad de Veterinaria por las mañanas, y al trabajo por las tardes, en su Volkswagen rojo, y recién casado. Pero prefiero no hacerlo, no comparar ambas vidas, la suya y la mía. Hay un muro puesto para siempre entre las vidas paralelas. En este caso, un muro lapidario y definitivo pues mi padre murió a los cuarenta y ocho años. Pero ni siquiera vivo le hubiera podido preguntar nada, y eso que ahora quisiera comprenderlo. ¿Qué te motivaba a los veinte años?, ¿por qué decidiste esto y no aquello?, ¿de qué cosa te arrepientes? No, ni siquiera antes, frente a él, me hubiera atrevido a preguntarle nada de nada. Lo hago ahora porque sé que no está. Y ponerlo en relación con mi vida, ni siquiera en la literatura. Es algo que sí logró hacer el autor de esta novela, aunque para llenar los huecos de la vida ajena tuvo que valerse de la imaginación. Ya sé que estamos hablando de literatura, pero aunque fuera una historia verdadera hubiera sido igualmente difícil, pues se habla de un padre ausente para siempre, que vino de la lejana Inglaterra y llegó hasta la impensable Baja California Sur. No queda nada de su relación con el país nativo. Ah, sí, una carta, una dirección, el único vínculo y la decisión de andar el camino de vuelta. Ya que el padre no quiso revelar nada de su pasado, hay que ir y buscarlo por cuenta propia. Desobedecer la prohibición de respetar el pasado de los ancestros. Lo que nos dejaron está encriptado en nuestra personalidad, como un enigma secreto que tampoco nos atrevemos a resolver. El padre de esta novela deja secretos intactos, y el narrador se queda con algunas cuantas dudas. Está bien que así queden, irresueltas; lo curioso es que el protagonista se encuentre a sí mismo en Inglaterra, el país que su padre abandonó. La mitad de la historia debió de ser imaginada o inventada, ya lo dije, pero insisto: es volátil y hecha de palabras inseguras la historia de nuestros padres contada por nosotros mismos. Pero quizá necesitamos volver a andar el mismo camino que nuestros antepasados, aunque sea en la imaginación, para convencernos de que teníamos que estar aquí, andando lo que tenemos que andar. Por otra parte, en cuestiones menos trascendentales, la novela no decepciona, mantiene el interés y la curiosidad por ambas vidas (la del padre y la del hijo). En muy raras ocasiones, la literatura que se publica en los Estados nos viene a buscar. Siempre hay que ir por ella a sus lugares de origen. Pero pienso que hay que descentralizar la curiosidad literaria. Por alguna razón, se nos olvida se interlocutores de la literatura mexicana.

Keith Ross. Los piratas vienen de lejos. La Paz, BCS, Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2016.

viernes, 7 de julio de 2017

Lenguajes en la poesía mexicana, de Mario Calderón


 
Este es un libro de una encantadora ingenuidad. Su autor, un profesor de Literatura, presenta el producto de sus reflexiones en torno a la poesía. Reflexiones enunciadas con alegre desenfado y con las cuales aborda muy variados temas, desde las adivinanzas hasta el surrealismo en la obra de Octavio Paz. Todo ello sin dar muestras de que le importe el qué dirán ni las refutaciones que le pueda dar una realidad un poco más compleja de lo que supone. Cuando habla de las adivinanzas, afirma que contarlas es una costumbre que se va perdiendo, pero sólo veinte páginas más adelante concluye que lejos de desaparecer “actualmente parece adquirir mayor vitalidad”. A los universitarios, público lector de la colección “Poemas y ensayos”, les alegrará leer una frase como la siguiente: “La adivinanza está sufriendo también otra transformación: la del doble sentido… las que inclusive se promueven en programas cómicos de televisión como Puro loco que transmitió durante mucho tiempo el Canal Trece en México”. Por desgracia, no queda muy claro si la televisión ha ayudado o no a este género popular, aunque en otro pasaje parece dar una pista: “la adivinanza, por tradición, ha sido un juego intelectual que practica el pueblo y constituía… una de las escasas diversiones entre los habitantes adonde, por diversas razones, todavía no llegaba la radio y la televisión”. De este modo devanaban los siglos los cortesanos en Provenza mientras llegaban los entretenidos programas de televisión. Por suerte no hemos vivido esos tiempos aburridos. Pero pasemos rápidamente por estas páginas en que el autor llama al refrán “antecedente de la literatura posmoderna” y en que atribuye a Abraham Lincoln la frase “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, para llegar a su tema fuerte: la poesía. En esos capítulos se encuentra diversión en grandes cantidades, por desgracia en dosis mayores de las que puede asimilar este texto. Nos enteramos, en sustancia, de que la poesía le sirve a sus autores para legitimarlos. Bien, ese malvado género, la poesía, ha sido desenmascarado por el profesor Calderón. Los poetas sólo quieren poder político, vestirse bien y tener becas. Y tener becas le impide al poeta escribir con libertad y ser independiente. Naturalmente, para lograr este silogismo, el autor tiene que ignorar la diferencia entre estado y gobierno, pues las becas son estatales y no tienen como requisito ser alabanzas del poder. El mecenazgo estatal de las artes fue propuesto por Justo Sierra porque consideraba esta actividad como una utilidad social. Uno de los primeros becados fue Diego Rivera, de quien no se puede decir que no haya sido un artista independiente. Ni entonces ni ahora se han impuesto contenidos a los creadores como condición para que se les beque. ¡Bah!, pero esas son minucias que no entran en la argumentación de este autor. Sí en cambio, le interesa dejar en claro que los críticos (con estudios académicos, por favor) deben de guiar el gusto del pueblo. No es el primer libro de esta calidad que publica “Poemas y ensayos”, por lo que esperar los siguientes títulos agita grandemente nuestra curiosidad.

Mario Calderón. Lenguajes en la poesía mexicana (Entre el canon y el folclore). México, UNAM, 2015. (Col. Poemas y ensayos)

sábado, 1 de julio de 2017

Negro perfecto, de Valentin Retz


 

Lo característico de las señales es que se pueden convertir en símbolos y de ahí comenzar el largo camino de la interpretación. Pero en esta novela francesa, el protagonista va recibiendo todo el tiempo una serie de hechos misteriosos a los cuales les de una interpretación correcta, la cual lo va llevando de pista en pista hasta convertirse en una persecución vertiginosa de un misterio. Me explico un poco mejor: el protagonista de esta novela comienza de manera literal a arder, a tener una viva sensación de estarse quemando. Todo comenzó desde que se encontró con Apolo en una carretera en Grecia, nada menos que con una transfiguración del dios en un pastor, a la mitad de la nada. Luego, se encontró con un lisiado en Atenas, y la extraña sensación de que él podía curarlo, luego de haber visto a Apolo, el sanador… Desafortunadamente, no se atrevió a tomarlo entre sus brazos y curarlo, si es que ese encuentro con el dios lo había provisto de ese poder. Y, por último, frente al templo dedicado a santo Domingo, en París, vio a un pordiosero, a quien le dio una moneda, en medio de la calle vacía. Frente al santo de piedra ­–representado con un perro que tiene una antorcha en el hocico–, el protagonista comienza a sentir los primeros ardores en su cuerpo. Todo va pasando como si una mano le arrojara los hechos para que él los siga a lo largo de un camino misterioso. Como un pajarito siguiendo un camino de migas. Curiosamente, al ponerse un par de lentes nuevos, descubre que la quemazón corporal cesa. Pero entonces, con esos lentes puede ver el pasado de cada una de las personas con las que se cruza por la calle, el pasado no sólo personal sino ancestral. ¿Qué será más difícil de soportar, el incendio propio o la visión de la historia de los otros? Los lentes le deparan la sorpresa de poder ver algo más interesante: un muerto caminar frente a él, en el museo del Louvre. El autor, Valentin Retz, tiene una debilidad por el hermetismo, los lenguajes secretos, pero por suerte, la novela es sólo una apariencia de algo más. Dije que parece que los sucesos se le presentan como arrojados por una mano. Y, en efecto, el encuentro casual con esa mano inquietante le da una vuelta a la novela, una vuelta que convierten todas esas vivencias en que el protagonista se regodea hasta cierto punto, pues es un experto en Grecia, y de pronto le es dado vivir todas las aficiones de su profesión en la vida real. Sí, un desenlace racional luego de convivir con dioses y muertos. Pero no diré nada de eso, de hecho ya he dicho mucho, y nada de esto tenía que decir. Pues de qué otra cosa se puede hablar cuando se impone la trama tan decisivamente.

Valentin Retz. Negro perfecto / Noir parfait (2015), tr. de Jorge Huerta. México, Me cayó el veinte­-Agálmata, 2016.

domingo, 11 de junio de 2017

Allí canta el ave. Ensayos sobre música yucateca, de Enrique Martín Briceño


Lo que más me gusta de la música yucateca es esa apacibilidad romántica de sus letras y la dulzura de sus interpretaciones. Pues muy mal enfoque. Eso no evidencia otra cosa que superficialidad y desconocimiento. Lo interesante es ver cómo en esta especie de música hecha de pétalos del Romanticismo hay una violencia constante. Sí, quieres decir que las rosas tienen espinas, ocultas y todo, pero que pinchan cuando se toman para estudiar el fenómeno con más profundidad. Seguro te fijaste que las canciones yucatecas son la expresión de una sociedad particularmente clasista y de su racismo. Los bailes tan lujosos de la mejor sociedad durante el Porfiriato, ésos trataban de imponer algo, una idea sobre su propio mundo. Los conciertos de música “refinada” se calificaban, a principios del siglo XX, como “exquisitos” y “distinguidos”. Aunque es evidente que gran parte del selecto público no tenía grandes intereses musicales cuando asistía a las veladas, sino que iba a ver qué pescaban o qué criticaban. Eso es más cercano a la realidad, y revisar la utilería del instante –la champagne, bombillas eléctricas y hasta una escenografía que simulaba las ruinas del Partenón– sirve para evidenciar lo que de verdad dice la música. Es sin duda esa manera de hacer estudios musicales, la que define este libro. Cambia bastante la idea de la música cuando se la ve unida a la su momento y a las ideologías contemporáneas. Como que el ramillete cotidiano de canciones pierde inocencia. Hasta la creación de un Conservatorio en Mérida (1873) se mira aquí desde el punto de vista de la confrontación política. Los blancos, que eran el más alto estrato de esa sociedad, buscaban diferenciarse de los mestizos. Sus bailes eran más lujosos y en ellos se tocaban valses, polcas y mazurcas. Nada que ver con los mestizos, que bailaban jaranas y los zapateados. Por supuesto que se trataba también de una sociedad cerrada a casi todas las nuevas influencias. Ante el bambuco (el género colombiano que se hizo popular en Yucatán hacia 1920) hubo muchas reticencias, lo mismo que ante el bolero, de origen cubano. Ricardo Palmerín fue el gran compositor de bambucos, en tanto que Guty Cárdenas lo fue de boleros. Es curioso que hoy sean los compositores yucatecos más populares, mientras que en su tiempo hayan representado la infiltración del extranjero para los músicos académicos. Toda esa placidez de la historia de la música en Yucatán queda fuera de estas páginas. El culpable es un sociólogo francés, Pierre Bourdieu, cuyas miradas a los temas aparentemente insignificantes han hecho que volvamos la vista hacia atrás para contar nuevamente una historia que creíamos concluida.

Enrique Martín Briceño. Allí canta el ave. Ensayos sobre música yucateca. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán. Secretaría para la Cultura y las Artes. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2014.