sábado, 6 de diciembre de 2014

El reino de Prusia (1230-1947)


Norman Davies publicó en 2011 una historia de los reinos europeos que ya no existen (Reinos desaparecidos. La historia olvidada de Europa. Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2013). Su lectura ofrece datos de un fenómeno muy de Europa: la inestabilidad de su geografía política, el nacimiento y la muerte de los países. Pero ni su exposición ni su estilo son limpios; a veces se salta los periodos más importantes y en otras ocasiones es profuso en pasajes que no valen la pena. La época medieval la aborda extensamente y al siglo XVIII (el más importante de Prusia lo despacha en unos párrafos). Igualmente, casi no menciona las guerras napoleónicas que impactaron fuertemente el reino. Hay numerosos episodios mal contados, mal redactados o escritos con inexactitudes. Por ejemplo, la toma de Königsber, de abril de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, se la atribuye al general Iván Cherniajovski, cuando él había muerto en enero de ese año. Así hay numerosos pasajes. Al llegar ala historia contemporánea, se hace notoria su animadversión a la URSS. Queda la idea, al leer el libro, de que sólo los rusos cometieron crímenes de guerra, y no que se trató de un fenómeno que involucra a las naciones europeas que participaron en la Guerra.
De Prusia se habla en el siglo XIX como una nación imperialista y militar. Es una especie de país vago que no se sabe bien dónde quedaba. Davies se salta por completo la Guerra Franco Prusiana. Ésa nos toca tangencialmente porque el emperador Napoleón III le quitó su apoyo a Maximiliano en México para dedicarse a los preparativos de su guerra contra Prusia, en 1870.
Desbrocé el capítulo de Norman Davies dedicado a Prusia y agregué datos que no contiene. Tiene su libro la ventaja de que utiliza fuentes inaccesibles en español y obras de autores polacos. Y la desventaja de que falta “el color local”, pues no se habla de arte o filosofía (Kant, por ejemplo, era prusiano). Königsberg es ahora Kaliningrado, ciudad que pertenece a Rusia. Se dice que es una de las ciudades más peligrosas de Europa. Y a juzgar por las fotos, una de las más bellas.

I
El primer hecho histórico que tiene que ver con el pueblo de los prusai (“pueblo de las lagunas”), establecidos al sur del Mar Báltico, es el asesinato del príncipe checo Adalberto, en 997, cuando intentaba evangelizarlos. Era un pueblo aislado por su geografía –un laberinto de lagos entre montañas llenas de pinos–, por lo que estuvieron ajenos a los acontecimientos históricos de la temprana Edad Media.
Luego de la invasión mongola a Moscú, en el siglo XIII, los germanos colonizaron las zonas devastadas, lo que hizo que se enfrentaran con los prusai, intentando contener sus frecuentes incursiones.

II
Por otra parte, la Orden Teutónica (fundada en el siglo XII para convertir infieles en Tierra Santa) se lanzó a Jerusalén durante la Quinta Cruzada pero fue expulsada en 1225, cuando los sarracenos tomaron el puerto de Acre, en el Mediterráneo. Gracias a su influencia sobre el Papa, Hermann von Salza, líder de la Orden, logró que se le concediera (1226) el dominio de la región de Mazovia (hoy Polonia), con el fin de combatir a los paganos. Rápidamente, el Estado de la Orden Teutónica (Ordenstaat) organizó una feroz maquinaria estatal que en realidad sirvió para exterminar a los prusai, y que atrajo a una gran cantidad de campesinos flamencos y alemanes, que sirvieron como mano de obra para poder financiar la guerra contra los infieles.
Las Cruzadas del Norte, como se le llamó a la conquista de Borussia, tardó seis décadas (culminó en 1283) y se trató de una guerra sangrienta: si bien los prusai asaban vivos, en su armadura, a los invasores, ellos terminaron por ser exterminados. Conforme avanzaban, los cruzados fueron fundando ciudades: Frombork (lugar natal de Copérnico, y primera ciudad en alcanzar el status de prusiana), Königsberg y Malbork –en donde se encuentra uno de los castillos más impresionantes de Europa, fundado en 1274–. En 1291, esta última ciudad fue elegida como su capital, la cual fue trasladada, 18 años más tarde, a Mariemberg. (Finalmente, la capital se instaló en Königsberg, a partir de 1459.)
La conquista de Borussia terminó en 1283, cuando cayó Ełk, la ciudad más oriental. Han sobrevivido restos de la lengua de los prusianos, llamada por los lingüistas “antiguo prusiano”, la cual se comenzó a escribir en alfabeto latino a partir del siglo XIII. Éste es el Epigrama de Basilea, uno de los textos más antiguos en esa lengua:

¡Hola, señor!, ¡ya no eres un tipo amable!
Quieres beber pero no quieres dar ni un centavo.

Entre 1545 y 1561 todavía aparecieron tres catecismos en Königsberg con el fin de convertir al protestantismo a los últimos prusianos.
Germanizar el territorio fue un proceso largo: aunque la mayoría de los colonos hablaban alemán, la lengua administrativa fue el latín; una vez que los prusai fueron bautizados, la campaña para eliminar su cultura decayó, así que quedaron bastantes rastros suyos (como los topónimos y algunas comunidades de hablantes).

III
Mientras los teutones peleaban contra los prusai, no había tanto problema con los vecinos polacos. Pero a partir del siglo XIII, comenzó la pugna por el río Vístula, que era el acceso de los polacos al mar.
Por otra parte, la corona de Polonia cayó en manos de la dinastía premislida, que gobernaba desde Hungría, por lo que no se preocupó en absoluto de los problemas bálticos. Entonces, un grupo de magnates de la región de Pomerania (región costera compartida actualmente por Alemania y Polonia) decidió transferir su lealtad a Brandeburgo (el reino situado del lado oeste). Como reacción, otro grupo de magnates fue a pedir ayuda a los teutones para defender la ciudad de Gdańsk (Danzig), un puerto estratégico de la región. Así, los teutones pasaron de pelear contra los paganos a luchar contra sus correligionarios católicos. Las Cruzadas continuaron en el norte de una manera casi automática, y el Estado Teutón fue creciendo hasta llegar a la actual Estonia, incorporando varias ciudades a la red comercial que parte de Londres, pasa por el Báltico y llega hasta Rusia, y que es conocida como Liga Hanseática (hansa: gremio en alemán). La fama de Prusia se extendió, entonces, por el mundo. El caballero de Los cuentos de Canterbury estuvo en Prusia:

El Caballero era un hombre distinguido. Desde los inicios de su carrera había amado la caballería, la lealtad, honorabilidad, generosidad y buenos modales. Había luchado con bravura al servicio de su rey [en referencia a la Guerra de los Cien Años]. Además había viajado más lejos que la mayoría de los hombres de tierras paganas y cristianas. En todas partes se le honraba por su bravura. Había estado en la caída de Alejandría [1365]. Casi siempre se le otorgó el lugar de honor con preeminencia a los caballeros de todas las otras naciones cuando estuvo en Prusia. Ningún otro caballero cristiano de su categoría había participado más veces en las incursiones por Lituania y Rusia (“Prólogo general”).

El rey de Polonia, Casimiro el Grande, se dedicó a organizar sus posesiones: entre 1333 y 1370 incorporó Rutenia Roja y cedió Silesia al Sacro Imperio Romano Germánico. La sobrina de Casimiro, la reina Eduviges, heredera del reino, se casó a los diez años con Vladislao II Jagellón, el Gran Duque de Lituania, en 1386. Con esta unión, Polonia pasó a formar una unión personal con el Gran Ducado de Lituania, el país más grande que ha existido en Europa (una “unión personal” es una figura jurídica mediante la cual dos estados comparten el mismo jefe de estado sin que exista una integración política entre ambas naciones). En el fondo, el acercamiento de estos países había sido causada por la amenaza constante del Estado Teutón. Desde entonces, “la dinastía jagellona se propuso deliberadamente cavar la tumba de la Orden”.
El 15 de julio de 1410 se libró la Batalla de Grünwald (también conocida como Batalla de Tannenberg) entre Polonia y los Caballeros Teutónicos. La batalla marcó la derrota de los teutones, quienes pasaron de ser un ejército invencible a estar a la defensiva.
La Batalla puede ser vista como la confrontación entre dos puntos de vista; por un lado, los Caballeros Teutónicos ocultaban su rapacidad bajo la teoría de la supremacía papal y pertenecían a la tradición de la cruzada brutal. Los Jagellones tenían en su reino una gran pluralidad de creencias religiosas y deploraban la tradición de las cruzadas (entre las tropas que pelearon en Grünwald hubo, incluso, contingentes musulmanes). En el Concilio de Constanza, convocado en 1413, los Caballeros Teutónicos acusaron a los Polacos de albergar paganos, pero la acusación fue desatendida. Ya comenzaba a notarse el declive de su poder.


IV
El Estado Teutón se agrietaba; para reforzar su maquinaria bélica, aumentó los impuestos a un grado que las ciudades comerciales buscaron huir y se pusieron bajo la protección del rey polaco. Esto desencadenó la Guerra de los Trece Años (1454-1466), que terminó con una nueva derrota para los teutones. La firma del Tratado de Toruń (1466) partió en dos el Estado Teutónico: la parte occidental es llamada desde entonces Prusia Real (que incluía Gdańsk) fue devuelta a Polonia; la parte restante tomó como Königsberg como capital.
No es muy conocida la historia de la Prusia Real, aunque tuvo un esplendor de trescientos años, y una ideología basada ideales de derecho y de libertad. Prosperó la ideología que consideraba a los sármatas (un antiguo pueblo iraní) como antecesor común de prusianos, polacos y lituanos, y que se usó como una barrera frente a las ideas absolutistas que llegaban del este. Esta ideología tomaba a Polonia como una nación protectora y como antagonista al estado prusiano gobernado desde el siglo XVIII por la dinastía Hohenzollern. De la misma manera, presentaba a los antiguos prusai como “nacidos para la libertad”. La Prusia Real del siglo XVIII se centró en la figura del historiador Gottfried Lengnich (1689-1774).

V
Luego del Tratado de Toruń, los Caballeros Teutónicos fueron perdiendo su razón de ser: ya no había paganos que convertir. Además, el Tratado obligaba al Gran Maestre de la Orden a rendir homenaje al Rey polaco, lo que fue visto como una práctica humillante. Por entonces, Martin Lutero comenzaba su lucha contra Roma. No se imaginó que los Teutones serían muy receptivos a sus tesis, y que muy poco tiempo después, se convirtieran al protestantismo. Alberto de Hohenzollern (o Alberto de Brandeburgo, 1490-1568), dimitió a su investidura de 37º Gran Maestre, y su Orden se retiró al norte (actual Letonia). Posteriormente, se dirigió a Polonia para proclamar su fidelidad al rey Segismundo I (10 de abril de 1525), con lo cual Prusia se convirtió en un Ducado, y en el primer estado en abrazar el protestantismo. El duque Alberto regresó a Prusia para ser aprobado en sus tierras: “El día 31, durante la última sesión, un noble que se hacía llamar El Viejo Peregrino cortó la cruz negra de la capa de uno de los caballeros, Caspar Blum[e]nau. Con aquel gesto, la Orden Teutónica cesó de existir en Prusia” (Janusz Małłek, Las dos partes de Prusia: Estudios de la historia de Prusia y Prusia Real en los siglos XVI y XVII, 1987).
El rey Segismundo I tenía dos opciones: mandar la Orden a Ucrania en una cruzada contra los tártaros o formar el Ducado. Pero la Orden ya no tenía gran potencial bélico, así que se decidió por el Ducado, pensando que con el tiempo se podía crear una unidad polaco-prusiana duradera. Sobre el Estado Teutónico, puede decirse que algunos historiadores alemanes de finales del siglo XIX lo idolatraban por su doctrina del valor supremo del Estado y la subordinación de los ciudadanos a sus propósitos.
Por el contrario, los escritores polacos tienen una visión menos entusiasta. En la visión alemana parece esconderse el oscuro presagio de la ideología nazi.

VI
La Unión de Lubin (1º de julio de 1569) reemplazó la unión personal de Polonia y el Gran Ducado de Lituania, y creó la Mancomunidad de Polonia-Lituania (o República de las Dos Naciones, como se le llamaba entonces). Las posteriores interpretaciones nacionalistas impiden ver que personajes prusianos como Alberto de Brandeburgo eran mitad alemanes y mitad polacos. Su conversión al protestantismo le permitió casarse con Dorotea de Dinamarca, con quien engendró una numerosa familia. Durante su largo reinado de 43 años, la ciudad de Königsberg floreció y se convirtió en la capital del Ducado. Si bien, todas las clases sociales se habían unido para desembarazarse de Roma, apenas lo lograron, afloraron las divergencias de sus intereses y los distintos estratos (campesinos, ciudadanos y nobles) se enfrentaron en la Guerra de los Campesinos Alemanes (o Revolución del Hombre Común, 1524-1525). Las clases dominantes reprimieron sangrientamente esta rebelión. En Prusia, le tocó hacerlo al duque Alberto. Más adelante, los Estados Luteranos formaron la Liga Esmalcalda para enfrentarse al emperador Carlos V (1546-1547) que culminó con la Paz de Augsburgo (1555) y que permitió a los Príncipes alemanes imponer su religión a sus súbditos, por lo que Prusia tuvo la libertad de imponer el luteranismo. Hacia 1566, ya anciano, se dejó llevar por las intrigas de Paul Scalich, un humanista croata recién llegado a Prusia. Scalich intrigó contra el confesor del Duque, Johann Funk, y lo convenció para que lo condenara a morir decapitado. Alberto pretendió inútilmente unificar las dos líneas de su dinastía, pero una de las ramas era firmemente católica.
Las dos Prusias orbitaban alrededor de Polonia: la Prusia Real estaba habitada mayormente por polacos, y la Prusia Oriental era un ducado polaco. Pero una vez que murió Alberto de Brandeburgo, las dos ramas de los Hohenzollern (los prusos y los alemanes) comenzaron a acercarse. La razón fueron los males mentales del sucesor, Alberto Federico, “aquejado de una alienación mental profunda”, quien gobernó otro medio siglo (1568-1618). Como murió sin un heredero varón, la independencia del reino peligraba, así que los Hohenzollern berlineses se acercaron al Rey polaco para lograr ciertas prebendas: actuar como herederos legales del reino si el Duque quedaba incapacitado, nombrar un virrey berlinés en Prusia, y desposar a la hija mayor del Duque, Ana, con Juan Segismundo I (noble de la región de Brandeburgo). Éste asumió el poder a la muerte de su suegro, pero murió apenas un año después. Sin embargo, el matrimonio de Ana y Juan Segismundo formó una unión personal entre Prusia y Brandeburgo, que fue gobernada por su hijo Jorge Guillermo I de Brandeburgo (1619-1640). La fusión de los Estados de los Hohenzollern fue al mismo tiempo un giro de la presencia polaca a la alemana. (Hay que considerar que estos hechos sucedieron cuando Segismundo III Vasa, Rey de Polonia desde 1587, estaba más interesado en conservar el trono de Suecia, heredado por su padre).

VII
La sucesión prusa tuvo ciertas dificultades. Los enviados polacos quisieron condicionar la investidura de Jorge Guillermo. Pero las negociaciones se cortaron de pronto y el rey Segismundo aprobó el nombramiento del Duque, pues era obvio que necesitaba el apoyo de Prusia en su enfrentamiento con Suecia. Es el inicio del Estado Brandeburgo-Prusia.

VIII
Durante 36 años (de 1621 a 1657) el Ducado de Prusia fue gobernado desde Berlín, capital de Brandeburgo, es decir, durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Esta guerra fue un enfrentamiento entre católicos y protestantes, llevado mayormente en el territorio de la actual Alemania. Jorge Guillermo quiso permanecer al margen, pero el rey Gustavo Adolfo de Suecia –su cuñado–, lo arrastró a pelear aunque su ejército era muy pequeño. Como consecuencia, Prusia recibió grandes estragos. Terminó agotado luego de esta guerra, prácticamente se retiró, y a su muerte, su único hijo varón lo sucedió, Federico Guillermo I de Brandeburgo (reinó de 1640 a 1688)[1], conocido como el Gran Elector (Elector, porque era parte del colegio electoral que nombraba Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico). Sin embargo, su caso tenía una característica particular: como Elector de Brandeburgo, dependía de los Habsburgo, que gobernaban el Sacro Imperio; y como Duque de Prusia, era vasallo del reino de Polonia. ¿Cuál era la lealtad más importante? Varsovia, la corte del rey Ladislao IV Vasa estaba a un día de viaje de Königsberg, era su ciudad favorita, por lo que al principio fue un gobernante cercano a Polonia. Entre sus características mencionemos: su conversión al calvinismo (la versión ascética del protestantismo) que le hizo ver que la pluralidad religiosa de Polonia tenía ventajas indudables; sabía que Polonia era un estado vulnerable, por lo que fortaleció su ejército; se dio cuenta de que a los estados pequeños los salvaba una política fiscal eficiente. En resumen: alentó una mezcla de tolerancia, militarismo y mercantilismo. Resultante de su política fue el ascenso de una nueva clase de nobleza terrateniente (los junker) que se benefició de las grandes extensiones de tierra sin cultivar. Tenían fincas inusualmente extensas (de 2 mil a 2 mil 800 hectáreas). Sus características eran las opuestas al espíritu burgués: “patriarcal, amante de la disciplina, partidario del régimen, conservador en lo social, capitalista agrario, ignorante en lo cultural, devoto de su honor, deber y masculinidad, y señor autoproclamado de su localidad natal”. Es decir, muy parecidos a los caciques mexicanos. A partir del siglo XVIII cultivaron inclinaciones militares.
De pronto, llegó un periodo desastroso para Polonia: la nobleza cosaca de Ucranianos se rebeló contra la Mancomunidad Polonia-Lituania. Aprovechando esta coyuntura, Suecia “inundó” Polonia con su ejército, de ahí que el periodo se recuerde en la historia polaca como “La Inundación” (1655-1660). En medio de rapiña, plagas y enfermedades, murió la cuarta parte de la población polaca, y el rey Juan II Casimiro Vasa tuvo que huir. Mientras tanto, Prusia pretendía mantenerse neutral, pero poco después, en 1656, el rey Carlos X Gustavo de Suecia, que reclamaba la corona polaca, invadió Gdańsk. La invasión se presentó como una “cruzada protestante”, de ahí que Federico Guillermo I se decidiera a apoyar a los suecos a cambio de que ellos reconocieran a Prusia como un estado soberano e independiente. No obstante, al año siguiente volvió a crecer el poder de Polonia; Federico Guillermo I aceptó dejar su alianza con Suecia, siempre y cuando los polacos respetaran la soberanía de Prusia.

IX
De 1657 a 1701, el Ducado de Prusia fue un Estado independiente vinculado mediante una unión personal al Estado imperial y dependiente de Brandeburgo. Aunque no cambió de título, Federico Guillermo era ya un monarca. A solicitud de un noble de Brandeburgo, Joachim Fredrich von Blumenthal, el Duque eximió de impuestos a los militares a cambio de que éstos renunciaran su derecho de reunirse en las asambleas del Sacro Imperio Romano Germánico (recordemos que Brandeburgo formaba parte de la Dieta –o asamblea– del Sacro Imperio). Pero ese privilegio fue recibido con resentimiento por los nobles prusos. Por otra parte, el pueblo pruso anhelaba el vínculo con Polonia, y el acercamiento hacia Suecia era igualmente visto con rechazo. El Duque era visto como “un foráneo” que pretendía gobernar desde Berlín, así que los nobles prusos se resistían a financiar a las demás provincias con las que no tenían más conexión que la dinástica. “¿Debemos exprimir hasta la última sangre de la nobleza prusiana aunque no tenga nada que ver con el Sacro Imperio?”, se preguntaban.
En el contexto de la Guerra Franco-Neerlandesa, Suecia atacó sorpresivamente Berlín (1675). La circunstancia fue la siguiente: Suecia y Francia habían hecho frente común contra las Provincias Unidas (los actuales Países Bajos). Como las Provincias Unidas habían hecho alianza con Brandeburgo, el rey Luis XIV de Francia pensó que la mejor manera de debilitar a Holanda era atacando a Brandeburgo. Apenas se enteró el Gran Elector, viajó rápidamente desde Prusia (250 kilómetros en 10 días). El 28 de junio de 1675, Federico Guillermo derrotó a los suecos en Fehrbellin (a 60 kilómetros de Berlín), dando el mensaje de que una nueva potencia nacía en Europa. Hasta 1918, el 28 de junio fue de fiesta en Berlín. Tres años más tarde, los suecos intentaron atacar nuevamente, pero Prusia tenía un ejército permanente de 40 mil profesionales. Mientras tanto, Polonia-Lituania se recuperaba bajo el dominio de Juan III Sobieski. Éste fue uno de los grandes militares europeos del siglo XVII. Pensaba que Polonia había actuado bajo presión al reconocer la independencia de Prusia, y juró volver a someterla. Pero fue entonces que los turcos invadieron Polonia, y sus preocupaciones se volcaron del lado del Danubio. Federico Guillermo I murió en 1688 al frente de un estado cada vez más fuerte, sin haber recibido presiones de Polonia. Su hijo Federico, que heredó el Ducado de Prusia, tenía como su adversario a Augusto II el Fuerte, que además de ser su oponente en el Sacro Imperio (era Elector de Sajonia), se coronó Rey de Polonia. En 1700, el Rey sueco, Carlos XII, pretendía renovar la Guerra del Norte como parte de la política expansionista de Suecia. Se preparaba un momento de gran tensión: los países se alistaban para la guerra, y Federico pensó que era el mejor momento para vender caro su posición estratégica. En este contexto, decidió elevar su categoría a la de Rey.
Pero el título tenía, en el siglo XVIII, una enorme fuerza de legitimidad. Se tenía que negociar con Leopoldo I, Emperador del Sacro Imperio. Federico mandó a Charles Ancillon, líder de la comunidad de franceses protestantes (hugonotes) en Berlín, como su negociador. Era necesario que el Duque de Prusia gozara de los derechos de un Estado independiente. Además, si el Elector de Sajonia había sido investido Rey en Polonia, ¿por qué no lo podía ser un Hohenzollern? A cambio de tener un aliado contra Francia, se autorizó la coronación del Duque. Sólo faltaba el nombre: no podía ser Rey de Brandeburgo, porque no podía haber un Rey en el Imperio. Tampoco podía ser Rey de Prusia, porque la mitad de Prusia estaba en territorio polaco… Se decidió por la forma: Federico I sería Elector de Brandeburgo con reino en Prusia: Rey en Prusia. Para su coronación en Königsberg (18 de enero de 1701) se requirieron mil 800 carros, 3 mil caballos y 200 cortesanos que llegaron desde Berlín, los cuales viajaron por 650 kilómetros sin pavimentar. El Rey se puso la corona y fue bendecido por ocho obispos nombrados por él, para que la corona tuviera “origen divino”. Luego, el Rey coronó a su esposa, la reina Sofía Carlota, quien “siendo una mujer muy intelectual, percibió aquel acontecimiento como una farsa”. Comenzó el banquete, y se repartieron entre la gente 6 mil táleros de plata. Las fiestas siguieron por tres meses. El evento le costó al Rey 6 millones de táleros. Federico I era un monarca pretencioso, imitó la etiqueta de la corte española, rodeó su palacio de guardias suizos. Para sacar fondos, puso impuestos a las pelucas, a los vestidos, a las cerdas de puerco. Incluso, quiso recurrir a la alquimia para obtener oro. Era importante que quedara muy claro que era un Rey: si a alguna persona se le escapaba llamarlo “Elector” tenía que pagar una multa de un tálero. Además, cada sitio que era pisado por los Hohenzollern pasaba de inmediato a llamarse “prusiano”. Incluso Berlín llegó a ser llamado prusiano. En 1704, dos químicos, Heinrich Diesbach y Johann Conrad Dippel, descubrieron accidentalmente un nuevo pigmento azul en Berlín. Aunque técnicamente estaban en Brandeburgo, le pusieron “azul de Prusia”, y se convirtió en uno de los secretos mejor guardados en la química de los colores.
“Prusia” volvió a significar algo distinto. Antes era un sitio, ahora era una dinastía. Frente a Prusia, Rusia también se jugaba su destino en el resultado de la Gran Guerra del Norte: Pedro el Grande fundó San Petersburgo en 1712 para tener una “ventana al occidente”, y sería la capital del imperio por 200 años.

X
Prusia puede ser el reino que comenzó en 1226 y que se consideró liquidado en 1947. Pero también puede ser el Reino de los Hohenzollern. De hecho, esta dinastía tuvo a un grupo de historiadores trabajando para ella, la Escuela de Prusia, entre los que se cuentan a J.G. Droysen (1808-1840), Heinrich von Sybel (1817-1895) y Heinrich von Treitschke (1834-1896). Eran defensores de la misión histórica de los Hohenzollern: el protestantismo prusiano en oposición al catolicismo austriaco. Celebraban a los Caballeros Teutónicos y concebían a Prusia como el país de los Hohenzollern. Finalmente, su ideología se dedicó a cimentar la idea de que Prusia y Alemania eran la misma cosa. Su interpretación consistió en centrar su punto de vista en Berlín. Hay que decir que los países que compartieron la historia de Prusia desaparecieron: Pedro el Grande redujo a Suecia (1721), Sajonia perdió importancia a partir de 1763 al separarse de Polonia-Lituania, estado que se hundió también durante las Particiones de su territorio (1773-1779), y el Sacro Imperio Romano se hundió en 1806, durante las Guerras Napoleónicas. Prusia quedó entonces sólo con Austria en la disputa de la supremacía del mundo alemán. Treitschke fue uno de los ideólogos del belicismo prusiano; escribió: “Lo único que importa en un Estado es el poder, y quien no sea lo bastante hombre para mirar esta verdad a la cara no debería meterse en política”. Friedrich von Bernahrdi (1849-1930), discípulo suyo, escribió obras políticas que alimentaron fuertemente la ideología prusiana en la Primera Guerra Mundial. De él es esta frase: “La guerra es una necesidad biológica”.
A principios del siglo XVIII, Prusia y Rusia tenían cierta analogía. Prusia todavía no podía desafiar al Sacro Imperio, y Rusia no lograba abrirse paso al mar Báltico. Pero lo impresionante de la historia prusiana es el modo en que en pocas generaciones se convirtió en una de las grandes potencias de Europa. “Dicha transformación está rodeada de un aura casi milagrosa”. Puede resumirse en cinco periodos: I) reconocimiento internacional (Tratado de Nystad, 1721); II) hazañas bélicas de Federico II el Grande (1740-1786), quien se declararía Rey de Prusia; III) renacimiento del reino luego de que Napoleón casi lo aniquilara; IV) impresionantes avances territoriales en el Congreso de Viena (1815), gracias a los que se cimentaría su posterior preeminencia industrial; V) las tres guerras de Otto Bismarck, que convirtieron a Prusia en la potencia militar suprema de Europa. El cénit de Prusia llegó en 1871 tras la victoria en la Guerra Franco-Prusiana, cuando, en la Galería de los Espejos de Versalles, el Rey de prusiano fue declarado emperador de Alemania. Por el contrario, el peor momento ocurrió en 1758, cuando el ejército de la emperatriz Isabel I de Rusia tomó Königsberg, durante la Guerra de los Siete Años (conflicto el que Prusia y Rusia se disputaban la región polaca de Silesia). El rey Federico II perdió la mitad de sus tropas y huyó al ver casi aniquilado su reino, pero en 1762 ocurrió el llamado “Milagro de la casa de Brandeburgo”: la emperatriz murió y su sucesor, Pedro III, gran admirador de Prusia, retiró a Rusia de la guerra. Este renacimiento causó miedo en los demás Estados europeos.
La historiografía estadounidense ha mantenido la reticencia ante Prusia al unir su militarismo decimonónico con el nazismo, concibiendo a este último como una culminación. Hitler sería así una la consecuencia de Prusia –aunque no era prusiano. Norman Davies afirmar que, al convertir a Hitler en el tirano máximo, se ha desactivado a otros tiranos, otras víctimas y otras tragedias. Entre ellas, la tragedia de Prusia. La “visión aliada” otorga a Rusia una visión relativamente benigna. Como fue un país que luchó con los aliados en el siglo XX, de manera retrospectiva no se le juzga con los mismos estándares que a Prusia y a Alemania. Sin embargo, el militarismo pruso y su expansionismo no se compara con el de la Rusia del siglo XIX. Una vez que desapareció la Mancomunidad Polonia-Lituania, Prusia quedó frente a Rusia, y el miedo ante esta potencia alimentó muchas posturas prusianas. Del mismo modo, los rusos odiaron el elemento prusiano dentro de Alemania. Las relaciones ruso-prusianas se vuelven fundamentales en el largo episodio que lleva a la destrucción de Prusia. Este contexto es el que se encuentra en el libro del historiador australiano avecindado en Cambridge, Christopher Clark, El reino de hierro: Auge y caída de Prusia, 1600-1947 (2006), un libro llamado “fascinante” por la crítica.
Sin embargo, Davies le critica que su punto de vista es el del liberal berlinés del siglo XXI: no cuenta la historia de “todas las Prusias” sino sólo el de los Hohenzollern, es decir, sólo el punto de vista alemán.

XI
En el siglo XIX, Prusia se extiende desde Aquisgrán (la ciudad más occidental de Alemania) hasta Tilsit (ciudad rusa en el actual Oblast de Kaliningrado). Era la principal potencia de Europa y tenía un enorme complejo de industria militar. Frente a Prusia, estaba Rusia, el estado más grande del mundo, lleno de ambiciones. Cuando estas circunstancias se hicieron obvias, Prusia adoptó la política de no confrontación: Prusia no volvió a pretender expanderse hacia el este. En su testamento, el emperador Guillermo I de Alemania, escribió a su hijo: “Jamás provoques a esos bárbaros rusos”. Sin embargo, era un conflicto inevitable.
Por otra parte, la expansión de Prusia hacia el oeste acentuaba su carácter multinacional. En 1800 el 40% de la sociedad era eslava; posteriormente, fue descendiendo, lo que hizo crecer el nacionalismo alemán. Los Hohenzollern veían con recelo la unificación alemana, en primer lugar por sus diferencias con Austria, y en segundo, porque sus pretensiones monárquicas se oponían a los modernos movimientos liberales. Mientras Berlín se hacía poderoso, la importancia de la “Prusia histórica” menguaba.
El 18 de octubre de 1861, Guillermo I se coronó en Königsberg, y reinó 27 años. (Existe un notable lienzo sobre este hecho, del pintor Adolph Menzel, para el cual retrató a 152 de los personajes presentes ese día). En 1862, nombró como canciller a Otto von Bismarck, quien se dedicó a buscar la unidad alemana por nueve años. La Guerra Franco Prusiana era inevitable: los dos imperios europeos tenían que enfrentarse. Como resultado de la guerra, Maximiliano III, el último Rey de Francia, fue apresado, y los liberales aprovecharon para declarar la República. La victoria de Prusia facilitó la Unificación Alemana en 1871. En Versalles, Guillermo I fue proclamado Emperador de Alemania. Apenas un año más tarde, decidió destituir a Bismarck. Su carácter arrogante y voluntarioso fue “una de las causas principales del desasosiego que imperaba en Europa en el cambio de siglo” (William L. Langer), se decía del cancillera alemán.
“Según un juicio anónimo pero perspicaz, el káiser era, si no el padre de la Gran Guerra, su padrino” (Norman Davies).

XII
En 1914 Rusia y la Alemania prusiana estaban deseosas de comenzar un enfrentamiento. Rusia se alió con Francia y Gran Bretaña, en tanto que Alemania estaba del lado de Austria e Italia. Un viejo general, Alfred von Schlieffen, ideo el plan que se llevó a cabo: hacer un ataque fulminante a Francia desde el norte (invadiendo incluso la neutral Bélgica) para luego concentrar las fuerzas en Rusia. El pretexto lo dio el atentado contra el Archiduque de Austria-Este por el grupo serbio Mano Negra: Austria amenazó a Serbia y le pidió incluso autorización para hacer investigaciones en este país. Al día siguiente, el zar Nicolás II moviliza su ejército contra el imperio Austro-Húngaro. La velocidad con que se precipitó la guerra demuestra que las potencias llevaban tiempo planeándola. Rusia tenía un programa muy claro: I) liquidar totalmente Prusia Oriental; II) refundar Polonia bajo control ruso; y III) establecer una nueva frontera ruso-alemana. Pero el ataque a Prusia Oriental fue rechazado eficazmente y luego de 1915, las tropas alemanas arrasaron con las rusas. El Tratado de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) firmado entre Alemania y Rusia le hacía renunciar a este último país sus derechos sobre gran parte de sus posesiones en el oeste. Sin embargo, una vez que Alemania fue derrotada en la Guerra, Rusia desconoció el acuerdo. Los negociadores del Tratado fueron, por parte de Rusia, León Trotzky, y, por parte de Alemania, el general Max Hoffmann, quien fuera el artífice de la decisiva Batalla de Tannenberg (26-30 de agosto de 1914), en la que Alemania derrotó a Rusia. Para Hoffmann era una especie de venganza de los Caballeros Teutónicos que habían sido derrotados 500 años antes en ese mismo lugar. No se imaginaba que pronto el Tratado con el que humillaba a Rusia iba a ser desconocido.
Alemania había derrotado a sus enemigos y había impuesto los términos de la paz. Por eso, es desconcertante que perdiera la guerra. Pero el Imperio Alemán se vino abajo: estalló una revolución en Berlín, se obligó a abdicar al káiser Guillermo II y los Hohenzollern fueron expulsados. El “Reino de Hierro” alrededor del cual se había forjado la personalidad invencible de Alemania, se demolió. Y los aliados victoriosos decidieron castigarla por los desastres y el derramamiento de sangre (9 millones de muertos en los cuatro años de guerra). Por otra parte, los bolcheviques tenían el plan de exportar la Revolución al centro de Europa. La reanudación de la Guerra se tardaría treinta años. La abolición del Reino de Prusia en noviembre de 1918 se suele considerar, erróneamente, el fin de la historia de este reino. Fue el fin del reinado de los Hohenzollern, pero Prusia persistió ahora como Estado Libre de Prusia, como parte autónoma de la República de Weimar (1919-1933) y, más adelante, del Tercer Reich, aunque en este caso, sólo de manera nominal. (El primer Reich fue el Sacro Imperio Romano, y el segundo, el de la Unificación de 1871). En muchas zonas de Europa el fin de la guerra fue vista sólo como un periodo de tregua y de tensión. En 1920, el Ejército Rojo invadió Polonia, la cual se defendió e impidió la llegada de Lenin a Berlín. Mientras tanto, en Alemania se decía que su derrota se debía a “una puñalada por la espalda”. Para Hitler, los judíos y los izquierdistas habían sido los responsables de la derrota alemana al traicionar al káiser. A pesar de que el tamaño de Prusia disminuía a causa de las cesiones a Polonia, seguía siendo el mayor territorio de Alemania. Y un solo político, Otto Braun, “el Zar Rojo de Prusia”, socialdemócrata, fue el ministro del Estado Libre de Prusia a lo largo de doce años (1920-1932). Prusia tomó este nombre durante la República de Weimar, una vez que fue abolido el Reino de Prusia, en 1918.
Braun fue suspendido por el gobierno central alemán en una acción conocida como “el golpe prusiano”, lo que facilitó que fuera nombrado posteriormente Hermann Göring como primer ministro. La élite prusiana estaba formada aún por los Junkers, que no representaban tierra fértil para los nazis. Y aunque pocos nazis eran oriundos de Prusia Oriental, sus ideas sí resonaron en esta zona (su odio al acuerdo de Versalles que le daba preeminencia a la zona alemana era compartida por los prusianos de oriente). Electoralmente, no tenía un patrón claro, si bien los nazis avanzaron en votos, no lograron una victoria completa. En Königsberg, los nazis obtuvieron el 36.3% de los votos. Los malestares de Prusia Oriental eran compartidos por los bolcheviques. “La Segunda Guerra Mundial, por ende, debía concebirse en Europa como una lucha a muerte entre dos monstruos totalitarios. El gran Reich y la Unión Soviética eran con diferencia las mayores potencias combatientes. Ambas aspiraban a recuperar las pérdidas en que incurrieron desde 1914. Y su forcejeo titánico y salvaje por el frente oriental causó quizá tres cuartas partes de los combates y las bajas.” La situación de Prusia debe de considerarse según su situación en las cambiantes relaciones entre Alemania y Rusia. Durante el Pacto nazi-soviético, Prusia estuvo bajo influencia alemana. Al empezar los enfrentamientos de Hitler contra los soviéticos, Prusia quedaría muy lejos de las operaciones alemanas. Desde 1943, Stalin fue arrasando por el oeste hasta llegar a Berlín, en abril de 1945. El Día de la Victoria, el territorio de Europa consistía en: una cuarta parte neutral, otra cuarta parte bajo control occidental, y la mitad bajo los soviéticos.
A finales del verano de 1944 comenzó la primera fase de la sentencia contra Prusia. Los rusos tomaron Nemmersdorf (hoy Mayakóvskoye), un pequeño pueblo en el este de Prusia Oriental, y causó una matanza contra la población civil alemana (24 de octubre). Hitler se encontraba en su búnker cerca de Kętrzyn (hoy Rastenburg, una ciudad al norte de Polonia). Stalin pretendía llegar al Báltico por medio de la actual Lituania, al norte del Oblast de Kaliningrado y por sus tropas en Hungría, Rumania y Bulgaria. Los aliados tomaron Italia y Francia. La única acción de los aliados en Prusia Oriental fueron dos devastadoras incursiones de la Royal Air Force inglesa: 480 toneladas de bombas a lo largo de cuatro noches de agosto, y 25 mil muertos. En 1941, los nazis habían invadido la ciudad de Pushkin (al sur de San Petersburgo) y saquearon tesoros artísticos, entre los que destaca la famosa Sala de Ámbar (55 paneles decorados con esculturas en ámbar) que Federico Guillermo I de Prusia regaló a Pedro el Grande en 1715. Los nazis la llevaron a Königsberg, en donde la exhibieron hasta que, durante la invasión rusa de 1944, se extravió. La que se exhibe hoy en la Villa de los Zarez, o Tsárskoye Seló, es una réplica inaugurada en 2003. Finalmente, a principios de 1945, los rusos invadieron Prusia, con excepción de Königsberg, pues las fortificaciones medievales lograron repeler al ejército soviético. En realidad, la principal ofensiva de los rusos iba dirigida a Berlín, pero el mariscal Konstantín Rokossovski se encargó de invadir Prusia Oriental para que ninguna de las fuerzas alemanas pudiera interferir. El Gauleiter (“Líder de Zona”, en alemán) de Prusia Oriental obligó a la población civil a cavar trincheras (aunque nunca investigó entre los mandos del ejército en dónde se necesitaban), hizo que los niños y ancianos se alistaran en la milicia, y se negó a que los civiles evacuaran la zona ante la inminente invasión rusa. Pero apenas llegó el peligro, huyó en secreto junto con los jefes del Partido Nazi y dejó a los ciudadanos a su suerte. El invierno, especialmente frío ese año, hizo que los habitantes huyeran en estampida cuando el invierno era más duro. Muchos murieron en el camino y algunos llegaron al puerto de Pillau (hoy Baltisk) a pedir ayuda.
La Marina de Guerra (Kriegsmarine) de los nazis había preparado la Operación Cóndor, un rescate humanitario de la población para no dejarla a merced del Ejército Rojo. Fue la mayor operación llevada por la Marina alemana durante la guerra, pues movió mil embarcaciones a lo largo de 15 semanas. Los soviéticos hundieron el MV Wilhelm Gustloff, provocando la muerte de 9 mil personas, lo que se considera la tragedia marítima con más muertes en la historia. Finalmente, el Asalto a Königsberg comenzó en febrero por las fuerzas del general Iván Cherniajovski, quien murió durante la batalla de Königsberg (el 18 de enero). Los rusos fueron cercando la ciudad hasta hacer imposible que los nazis recibieran ayuda desde el mar Báltico. La ciudad tenía 15 fuertes medievales interconectados subterráneamente, pero fueron destruidos en tres días por los rusos. La ciudad se rindió en la mañana del 10 de abril. La población alemana fue expulsada de la ciudad por órdenes de Stalin, y repoblada con civiles rusos. Davies habla de los crímenes de guerra cometidos por el Ejército Rojo, pero evita decir que todos los países, del Eje, y los Aliados, también los cometieron. Por alguna razón, omite que los nazis mataron 3 millones 800 mil prisioneros de guerra rusos.
La Conferencia de Postdam –en donde se reunieron Churchill, Stalin y Truman– tenía como fin decidir el manejo de Alemania por parte de las potencias triunfantes. Se decidió que la Provincia de Prusia Oriental se dividiera en tres países: Rusia estableció el Oblast de Kaliningrado (con capital en Königsberg, que cambió su nombre a Kaliningrado), el Voivodato de Varmia y Masuria pasó a formar parte de Polonia, y la región de Klaipėda se anexionó a Lituania.
Mediante un acuerdo entre Polonia y Rusia se estableció la separación definitiva el 16 de agosto de 1945. Por entonces surgió un problema imprevisto: Otto Braun había sido derrocado ilegalmente en 1932, por lo que era considerado víctima de una agresión nazi. Braun volvía a aparecer en Suiza, en donde estaba exiliado, buscando que se restaurara el Estado que había dirigido. Pero las provincias de Prusia ya se habían disuelto y a Braun no le quedaban tierras que administrar. Los rusos ejercieron una oposición contra Braun, la cual se reflejó en la Ley nº. 46 de la Autoridad de Control Aliada, del 25 de febrero de 1947. El Estado de Prusia quedó abolido pues era considerado “militarista y reaccionario”. Pero entonces ya no quedaba nada, la comunidad de prusianos se había dispersado. Davies cita a Tácito: “A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.


[1] No confundir con su nieto, Federico Guillermo I de Prusia (segundo Rey en Prusia), que reinó de 1713 a 1740. Fue éste quien le regaló la Sala de Ámbar a Pedro el Grande en 1715.

viernes, 11 de abril de 2014

"Recuerdos de mi abuelo el doctor Enrique González Martínez", de Enrique González Rojo



Mi abuelo, el doctor Enrique González Martínez, murió el 19 de febrero del años en curso; yo soy una de las personas que, en sus últimos 13 años, vivió más cerca de él, no sólo en el sentido espiritual, sino, asimismo, de una manera física, que nuestras alcobas estaban una al lado de la otra. Yo soy, en consecuencia, una de las personas que guarda una memoria más fiel, no sólo de su mundo psíquico o de su estructura emocional, sino, también, de sus ademanes, de sus pasos inconfundibles, del sonido de sus respiraciones isocrónicas que, durante la noche, eran una prueba del descanso amable  del sueño dócil, y de su voz con la que todas las mañanas me despertaba.
Cuando murió mi padre, el poeta Enrique González Rojo, él, mi nuevo padre –como yo lo llamé desde ese día– me llevó a su casa. Yo completaba, entonces, diez años. Y, desde ese momento, se dedicó, con especial cuidado, a dirigir mi educación. Me inició en la lectura. Yo, que a esa edad no había leído nada, y que en el más jugoso de los cuentos de Andersen o Perrault, instalaba el "colorín colorado" después de haber pasado, a lo más, la primera página, me encontré en un ambiente esencialmente cultural; todo mundo, en mi casa, respetaba lo artístico; mi abuelo, en plena posesión de las más altas facultades creadoras, trabajaba incansablemente sobre la máquina de escribir. Los poemas iban y venían. Y no sólo poemas. También prólogos, artículos, críticas, memorias. Me tocó a mí la época más interesante de la vida de mi abuelo; más interesante porque tanto su lirismo como su pensamiento estaban afinados, precisamente en la cúspide de su existencia. Su lirismo, que había comenzado por repudiar todo ornato superfluo y que, ante el lloriqueo de otros poetas, odiaba ser, batuta en la mano, el director de una caja de música, había huido de la poesía circundante para abordar una más sólida, para llegar desde el yo a la sociedad, al amor al hombre y a la vida.
Se ha hablado mucho de que mi abuelo, tras amar el cisne de la belleza exterior, reaccionó contra éste poniendo en su lugar al búho de la sapiencia y de la interioridad; pero yo pienso que este proceso, dicho de la manera anterior, está inconcluso. Sería bueno gritar que mi abuelo, en una asombrosa dialéctica espiritual, comenzó con el cisne

un cisne que alarga el cuello lentamente
como una larga serpiente
que saliera de un huevo de alabastro...
           
siguió con el búho

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno;

y terminó con la paloma. Comenzó con la belleza exterior, siguió con la descripción del ambiente psicológico personal y terminó, sintetizando, con una bella profundidad representada por la paloma, o, dicho de otra manera, fue del individualismo interior e interrogante para llegar, finalmente, al más sincero colectivismo, a la suma de su existencia y de la vida de los hombres que lo rodeaban.
Yo afirmo, desprendiendo estas palabras de mi constante contacto con su manera de pensar, que la paloma no es más que esto; cualquier interpretación que no tome en cuenta este afán social de una convivencia pacífica, en la que la humanidad tenga tiempo de organizarse, falsea, con una errónea exégesis, el sentido simbólico de su paloma. No se crea, por lo dicho anteriormente, que mi abuelo no aprobaba la revolución planificada o el movimiento social en contra de la opresión económica; no, mi abuelo reconocía que, tal vez, el único método que existe para la socialización, es, por desgracia, el revolucionario. Pero él odiaba, con todas sus fuerzas, la guerra inútil al movimiento de igualdad humana.
Unos momentos antes de fallecer, mi abuelo murmuró: "Enrique, lo único que siento, ahora que voy a morir, es no estar contigo en la caída de este odioso capitalismo". Estas palabras revelan que su paloma, no era un animalillo tímido y tembloroso, sino que, cuando era necesario, sabía convertirse en ave de presa y luchar, en gloriosa cetrería, por lo que amaba.
Dicen ciertos filósofos actuales que el hombre está compuesto por una existencia y una esencia, y que la muerte, que es la coincidencia de ambos términos, solidifica al hombre. Si mueres cobarde, serás cobarde, si mueres con valentía, serás valiente. Mi abuelo, al quedar solidificado por la muerte, se nos presenta como sereno, torturado y alegre. Vio la luz desde estas tres dimensiones. La serenidad, que siempre lo caracterizó, le hizo decir momentos antes del tránsito: "no lloren, la muerte es el fin natural del hombre". La tragedia, que fue el barniz inconfundible de sus versos, le llevó a los labios, minutos antes de morir, en medio del dolor físico, las palabras siguientes: "Qué duro es morir". Y la alegría, que, en su obra, ocupa un lugar tan importante, le hizo bromear constantemente con todos los que, a su alrededor, éramos presa del más intenso de los dolores.
Todos los hombres poseen unos recuerdos claros y esplendentes y otros neblinosos e inseguros, yo guardo multitud de los primeros en lo que se refiere a las conversaciones con mi abuelo; recuerdo casi con precisión, frases completas, matices de su voz, argumentos de fuerza y salidas ingeniosas. Como nuestra familia ha emulado, aunque modestamente, a las familias de Bach o de Couperin, ya que como éstas, durante varias generaciones ha presentado personas que se dedican, con especial atención, a una misma actividad artística, recuerdo que mi abuelo, hijo de una poetisa, hermano de otra, padre de un poeta y abuelo mío, era un crítico familiar, un vértice regulador que nos guiaba a todos al camino personal o al silencio voluntario. Y no sólo fue un consejero literario, un crítico sagaz y comprensivo, sino que, principalmente, era un consejero profundamente humano que, a cada instante, si es que esto se puede decir, se acercaba más a la vida.
Yo deseo que algún día se realice un estudio cuidadoso de sus tres más extensos poemas que son "El Diluvio de Fuego", "Babel" y "Principio y Fin del Mar", porque, principalmente los dos primeros, contienen un documento humano de valor, traducido a un lirismo lleno de claridad y audacia que podrá servir mañana para orientar, con su belleza, a los pueblos de habla española hacia una convivencia humana más fraternal. Babel es un poema todavía poco difundido, ha llegado a manos de un pequeño grupo de lectores, no ha producido aún la debida impresión. No sólo posee una espléndida forma y un mensaje en consonancia con el ideal de la humanidad oprimida, en un canto plagado de momentos de un intenso lirismo, sino, también, es un poema lleno de dramáticos instantes de tensión. Babel representa, dentro de la obra de mi abuelo, el tránsito de su poema personal al problema colectivo. Ya no se siente sólo unido a las cosas, al árbol, al paisaje y a la fiera, ya no pretende tan sólo regar las piedras que se encuentran sepultadas, sino que ahora se interesa, además, por el hombre y sus problemas sociales; sueña con la paz, grita contra las escisiones humanas provocadas por el racismo o la religión, por la propiedad o la frontera.
Para describir el carácter de mi abuelo hay que empezar por su manera de ser cotidiana; era un conversador formidable, no sólo gustaba de platicar, sino que paladeaba la conversación; era, en lo que se refiere al buen humor y a la broma, un incansable y entusiasta contador de anécdotas; su memoria de más de setenta años, asombraba por lo variada y firme; a veces, sin embargo, cuando unía su talento imaginativo con la memoria, resultaba que las anécdotas, antes sencillas, se veían reformadas, por su exageración, en relatos increíbles de regocijante farsa. La verdad era conscientemente sacrificada en aras de la alegría. Su repertorio anecdótico era enorme porque provenía de lugares tan disímiles como son una provincia, una capital o una corte, un grupo literario, una academia o unos juegos florales, una reunión, un banquete o un homenaje.
Hay que hacer notar que si mi abuelo, en la última época de su vida, abrazó con mayor entusiasmo que nunca el problema social, no quiere decir que haya abandonado sus ideales pretéritos. Era mi abuelo un hombre inquieto por todo lo que se denominara artístico, por la pintura, la música, etc., y, en lo que se refiere a la poesía, estaba siempre al tanto de las actividades de los más jóvenes poetas, de las escuelas o las agrupaciones que, como toda la vanguardia, llevaban, aún, pantalones cortos; gustaba, y era un gran conocedor, de la poesía clásica; Góngora, Lope de Vega y Quevedo eran sus dioses mayores. Su cultura era extraordinariamente amplia ya que, además de sus conocimientos de índole literaria, poseía, por su profesión de médico, una sólida cultura científica. Era un lector incansable, miles de libros pasaron bajo sus ojos. Cuando yo volvía de mis clases en la noche, lo encontraba siempre leyendo; comentábamos, por lo general, su lectura, y, a veces, nos desvelábamos un poco leyendo pasajes de la obra. ¡Cómo quisiera yo que existiese un libro capaz de desvelarnos de la muerte! Conservo con gran cariño los últimos cuatro libros que leyó, porque pienso, cuando abro sus páginas, que algunas letras guardan algo de su mirada, de ese barniz atento de su mirada inquisidora, mirada que se quedó leyendo, con una atención inverosímil, la llegada de la muerte.

Cuadernos Americanos 4, año XI, vol. LXIV. julio-agosto de 1952. pp. 237-241.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Paris, le 20 Août

Cher Pavel,

          "Ayer, de madrugada vi bajar de los montes a unos indis en día que no era de mercado y me sorprendió; pero mi sopresa se convirtió en asombro cuando un muchacho mestizo me hizo saber que iban camino de un pueblecito cercano donde se proyectaba una película de Imperio Argentina. Y ambas palabras –Imperio y Argentina– quedaron grabadas en mí como signos indelebles de alguien capaz de mover montañas al sólo reclamo de su nombre."
          Estas líneas fueron escritas por Jules Supervielle, poeta francés nacido en Uruguay, en los años 30.
          Yo varias veces crucé el Pirineo para ver a Imperio, en el teatro Goya, en el festival de Sevilla, en Expo 92 Azabache, vine de Orán a Madrid cruzando el Mediterráneo en 1963, en 1989 otra vez a Madrid para su condecoración por el Rey Juan Carlos en el museo del Prado. Pero el viaje más largo, simbólico, lo hizo de México a Paris, a través de tu radio. Espero darte las gracias cuando iré a México.
          François Truffaut escribió después del Festival de Cine de San Sebastián, cuando hicieron un homenaje a Florian Rey después de su muerte: "Le cinema espagnol c'est le sourire d'Imperio Argentina" (el cine español es la sonrisa de I.A.). Su sonrisa embellece la vida, nos hace tutear los ángeles, hundirnos en la infinidad, su voz argentina nos eleva al cielo.
          Escritores famosos hablaron de ella: André Gide, Colette, Miguel Hernández, Tennessee Williams, Rafael Alberti hizo un dibujo con la dedicatoria: "A Malena, novia de España". Y Michel Simon que hizo con ella la película "La Tosca" dijo que tenía un pecho del quatrocento. Alfonso Reyes en la "conspiración de la cucaña" dijo: "Imperio Argentina es la mujer ideal".
          En 1950, en el Rastro de Madrid, buscaba discos de I.A. y un vendedor me dijo que acababa de comprar, todos los que tenía, Luis Mariano en persona, que él y su madre eran grandes admiradores de Imperio.
          He comprado el libro editado por Taschen: "Mexicana, vintage mexican graphics" y entre las bellezas mexicanas aparece Imperio, es el sobre del C.D. de sus canciones de las películas de los años 30, entre ellas las de Carmen la de Triana. Cuando inauguraron el cine España en Insurgentes Sur, proyectaron esa película. Otro testimonio de su popularidad: en Cuba, quirtaron una película de Greta Garbo para proyectar Nobleza Baturra, la gente se peleaba para entrar  en el otro cine donde se exhibía la película porque siempe se ponía el cartel: "no hay sitios", y David O. Selznick vino a Cuba para ver quién era la estrella capaz de destronar a Greta Garbo.
          Iván me dijo que tienes un libro sobre I.A. Si es el de Pedro Manuel Villosa, editado en España, no vales, la copia del libro de Carlos Manso, el Argentino, que lo hizo con I.A. durante un verano que él se quedó en Sevilla. La casa editorial de Buenos Aires fracasó y el libro es el más bueno, bien documentado, no ha tenido el éxito merecido. Pero si no lo tienes, yo tengo uno para ti que me trajo un amigo argentino. Te mando esa carta c/o de Iván Restrepo. Él viene a Paris en septiembre y te lo llevará.
          Agradezco ese homenaje a I.A. y haber mencionado mi nombre. La radiocassette que tengo por mediación de Iván ya está en el relicario dedicado a Imperio.
          Hace un año que se fue.
          Un abrazo, à bientôt.
          Odette. 
         

         

sábado, 12 de febrero de 2011

Un hombre original, de Leonid Andréyev



Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo de las conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogado de los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguien declaró con voz dulce y tranquila:

—¡A mí me encantan las negras!

Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copa de vodka que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que había pronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron la cabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundo vio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecita cuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.

Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los días le daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban; todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en un restorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían por primera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza. Observaron que no era feo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes a las salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron también que no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.

El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro en Kotelnikov, dijo:

—Pero Semen...

—¡Semen Vasilievich! —pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.

—Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?

—Sí, me gustan mucho.

El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a la mesa, y soltó la carcajada:

—¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!

Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, que no se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, y enrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: el de que aquello le causase disgustos.

—¿Lo dice usted seriamente? —preguntó el subjefe cuando acabó de reírse.

—¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo... exótico.

—¿Exótico?

Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron que Kotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocía una palabra tan extraña: «exótico». Luego empezaron a discutir, asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de ser negras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, y olían mal.

—¡Y, sin embargo, me gustan! —insistió modestamente Kotelnikov.

—¡Allá usted! —dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esas bestias color de betún.

Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entre ellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con este motivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más de cerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que no había un hombre de tanta originalidad.

Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de su papel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que el criado se los encendiese.

Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otras seis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:

—¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamos juntos...

—¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto! —aceptó Kotelnikov.

Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin, comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.

Después de beber «Brudeschaft» —Hermandad— con Polsikov, bebió con Troitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y los miraba con ojos amorosos y tiernos.

El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:

—Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a un hombre a quien le gustan las negras.

Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza, todos convinieron en que era muy chic.

Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a la calle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio de sus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.

—No, muchacho —decía—; no puedes comprenderlo. En las negras hay algo exótico.

—Tonterías —contestaba severamente Polsikov—. No sé lo que puede encontrarse en ella. Del color del betún...

—No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...

Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a dar con la definición justa.

—¡Tienen temperamento!

Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.

—¡Haces mal en discutir! —le dijo Troitzky—. Nuestro amigo Kotelnikov tendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.

Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:

—¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tan contento, que tengo ganas de armar un escándalo.

—A pesar de todo, no lo comprendo —insistía Polsikov—. Del color del betún... Para mí, ni siquiera son mujeres.

—¡No, amigo, te engañas! —insistía a su vez Kotelnikov—. Porque, mira, hay algo en las negras...

Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz, tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.

Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleado público Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas más tarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio, por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente de policía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritas mecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a la puerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras. Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.

Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba té con confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico que había en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero la mayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblemente intrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderas razones de su afición a las negras.

—¿Por qué justamente las negras? —preguntábale.

Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él con afecto. Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasión enfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenka también le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre a quien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar su inclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestose con ella un poco reservado.

Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en su cuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Al imaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas de llorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudiera inmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logró dominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinado y vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabía duda de que a aquel hombre le encantaban las negras.

Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés por Kotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, le condujo a un café cantante y le presentó al director, el señor Jacobo Duclot.

—Este señor —dijo el revistero al director, haciendo avanzar a Kotelnikov— adora a las negras. Nada más que a las negras; las demás mujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho si usted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y tales tendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.

Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. El director, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo como buscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:

—¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedará satisfecho: tengo precisamente en mi troupe tres hermosas negras.

Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director, absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.

—Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.

El director consintió.

A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte a una negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño de un plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo tal máquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikov sentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. En aquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital e irse a ver a su pobre madre.

Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaron intérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicada misión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigía a Kotelnikov.

—Dice que no ha visto en su vida a un gentlemán tan guapo y simpático. ¿No es eso, miss Korrayt?

Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecida al teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos. Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:

—Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.

Y todos estaban tan contentos.

Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, la emocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocos espectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en un acceso de sentimientos patrióticos. Después se bebió champaña. Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchas veces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá» —escribía— y su debilidad le impedía siempre terminar la carta.

A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelencia el director quería verle.

Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entró en el gabinete de su excelencia.

—¿Es verdad que a usted... que a usted...?

El director buscaba palabras.

—...¿Que a usted le gustan las negras?

—¡Sí, excelentísimo señor!

El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:

—Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?

—¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!

Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.

—¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbe usted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados cierto espíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertos límites definidos por la ley. Bueno, dígame francamente, como si hablase usted con su padre, por qué le gustan las negras.

—¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!

Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personas importantes, su excelencia dijo entre dos bazas:

—Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras. Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!

Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores de departamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno de ellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero eran todos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.

—Y yo, pásmense ustedes —dijo una de las excelencias—, tengo un empleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.

Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, no ya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con una pasión extravulgar por las negras.

—¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algo exótico! —añadió su excelencia.

Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticos de la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieron imitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno de ellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio y sostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar como un perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simuló estar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durante algún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; pero la gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sino una imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos le volvieron con desprecio la espalda.

Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábase entre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducía en esfuerzos por ser original.

Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original, acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente, tuvo que abandonar al punto su empleo.

Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estaba en ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después, un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declaraba francamente que le gustaban las negras porque había en ellas algo exótico.

A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún. A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que le recibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en el terrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov, sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda la familia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y al mismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tan original frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, incluso la abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.

El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado, porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.

Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con miss Korrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa y abandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismos rumores, el propio director había consentido en ser el padrino del joven esposo.

Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban a Kotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en el alma.

La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieron como a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, que se iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, para ocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que se desprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedra de molino.

Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. El propio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigió una pregunta algo turbadora:

—¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?

—¡Serán a rayas! —observó Polsikov.

—¿Cómo a rayas? —exclamaron, asombrados, los asistentes.

—Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otra negra... Como las cebras —explicó Polsikov, a quien le inspiraba gran lástima su desgraciado amigo.

—¡No, no es posible! —exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.

Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a su cuarto, llenando de emoción a los asistentes.

Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, y daba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propio director. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo de subsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.

El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien color de oliva. Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer y con su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuando volvía, se detenía largo rato ante la puerta. Cuando su mujer salía a abrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, y lo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contra él, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con un dolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niños blancos.

—¡Querida mía! —decía.

Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba su hijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto; pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba, combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.

Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole su matrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. También ella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y de que el propio director hubiera sido su padrino.

A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes de morir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició su espesa barba y lanzó un profundo suspiro. Él también sentía cierta admiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando se inclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas, exclamó:

—¡Aborrezco a ese diablo negro!

Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, del subsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a su mujer llorar, añadió, con voz dulce:

—Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.

Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa en los labios se fue al otro mundo.

La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no le gustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Pero en los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquel hombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba en ellas algo exótico.

(Traducción de Nicolás Tasín)

sábado, 13 de noviembre de 2010

El café del cazador


El café del Cazador ha cerrado sus puertas, por donde sólo entraban los recuerdos de antaño. Junto a las mesas, ya no charlan sino payos y toreros; mas con él se acaba, pasa, se desvanece un gran pedazo de historia. Ahí los kepis fraguaban pronunciamientos, las melenas recitaban versos y los lápices fijaban perfiles. Ahí resonaron las estrofas irisadas y musicales de Cuenca, las odas viriles y robustas de Sierra, los endecasílabos impregnados de besos de Flores, los primeros arrullos de pasión ideal de Peza; los escépticos tercetos de Acuña, las risas esproncedianas de Plaza y los melancólicos cuartetos de Pepe Negrete. Era aquel nido de bohemios, un pedacito de ilusión y de esperanza. Yo fijaría sobre sus dinteles una lápida que dijese:


Aquí cuchicheó la conspiración y aleteó el ensueño.


Amado Nervo, 21 de enero de 1900