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jueves, 28 de febrero de 2019

Las fuerzas armadas en el México democrático, de Roderic Ai Camp



Leí el libro del doctor Roderic Ai Camp acerca de las fuerzas armadas. He sacado muy pocas conclusiones, pero por lo menos este volumen ha ampliado mi marco de referencias en torno al Estado mexicano. Las fuerzas armadas son el aspecto menos conocido del ámbito político. Eso era notorio desde estudios clásicos como La élite del poder (1956), de Charles Wright Mills, de donde procede la tendencia sociológica a este tipo de aproximaciones. En el libro de Mills se aprecia –más bien: se desenmascara– el rostro del poder, y se deja ver cómo es que el ejército y, por ejemplo, el mundo de los espectáculos son parte de un mismo sistema. Dos o tres grandes ideas atraviesan la lectura de este volumen: que las fuerzas armadas actuales son el resultado de que un ejército de origen civil derrotó al ejército del estado, experiencia que compartieron civiles, militares y artistas (Los de abajo, por ejemplo, de Mariano Azuela expresa este momento). De ahí se deriva otro hecho: el paulatino y creciente liderazgo civil que relegó a los militares del poder; la fecha decisiva: 1946, con la llegada al poder de Miguel Alemán, hijo, por otra parte, de un general que peleó contra la reelección presidencial. La ideología resultante: la lealtad, la disciplina antes que la reflexión. Así, las escuelas militares, las cuales tienen como centro de su enseñanza el respeto a la orden de un superior. Los militares acostumbran callar (en esto se parecen a la Iglesia, reacia a hablar de sí misma) y se oponen a que se hagan públicos sus secretos. Apenas se mencionan un par de informantes para esta investigación: aún los testimonios más intrascendentes se dan con la promesa del anonimato. Se entrega así, un libro que habla del ejército de manera estructural, y por esta razón la pienso demasiado neutra. Muy poco peso específico a la guerra sucia en los años 70, por ejemplo. No obstante, se mencionan los hechos traumáticos de este cuerpo armado: la represión del 68, el aniquilamiento de los guerrilleros en los los 70, el levantamiento armado de los zapatistas en 1994 y la guerra contra el narco iniciada por Felipe Calderón. Puesto que el libro se publicó en 2010, falta el ignominioso sexenio de Enrique Peña Nieto y la vergonzosa “Verdad Histórica” que presentó su gobierno para explicar la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la cual pretendió darle impunidad a los militares. El ejército ocupa hoy, en contra de lo que le gustaría a sus miembros, un lugar protagónico en el debate público. Su función en la seguridad pública, en la paz social, etc., lo que significa que se debe de tener una opinión (al menos preliminar) acerca de esta institución y de su función social. El presente nos permite desmenuzar el pasado, y nos hace llegar, por ejemplo, a la represión de 1968, y a la compleja red de interpretaciones al respecto. Sin embargo, “la explicación más convincente” es que el presidente Díaz Ordaz fue quien orquestó directamente la matanza. El uso político de las fuerzas armadas, las cuales están educadas para obedecer y no para matar: ése, me parece, es el tema central de entonces y de ahora. Las limitaciones de ese uso político y la conciencia de que la obediencia tiene un límite. En no pocos momentos, el ejército ha actuado criminalmente contra el pueblo mexicano. Sin embargo, el autor es enfático: “Los militares ya no son un tema prohibido”, y,  sin duda, ya no es posible que permanezcan fuera del escrutinio público.

Roderic Ai Camp. Las fuerzas armadas en el México democrático / Mexico’s military on the democratic stage, tr. de Susana Guardado y del Castro. México, Siglo XXI, 2010.

sábado, 9 de febrero de 2019

Obras completas III, de José María Eça de Queiroz



José María Eça de Queiroz (1845-1900) murió casi ignorado, escribió Jorge Luis Borges. Por suerte, agrega, “la tardía crítica internacional lo consagra ahora como uno de los primeros prosistas y novelistas de su época”. Tal vez, pero no quiere decir que esa consagración le otorgue un pase automático para nuestros tiempos, por más que Borges diga que la evocación que Eça de Queiroz hizo de sus viajes por el Medio Oriente “perdura en páginas que muchas generaciones leen y releen”. Habría que preguntarle a la editorial española, Acantilado, la cual tiene buena parte de sus obras a la venta, si efectivamente las generaciones leen y releen las crónicas de este autor. Mientras leía sus ensayos, sus cartas y sus crónicas, pensaba cuánto me gustaría reeditar sus textos, compartir sus envidiables párrafos, dar a saborear el humor de sus frases. Aquello que la Historia nos da salido de los anaqueles, Eça de Queiroz lo entrega nuevo, lleno de sorpresa. Los militares egipcios del siglo XIX, los reyes de Oriente, el presidente de Francia… todos ellos parecen personajes de novela. Maravillosa es la visita –relatada en estas páginas– de Charles Darwin a la jaula de Pongo, el primer gorila capturado vivo, el cual llegó a Londres en 1877. Qué extraordinario debió de haber sido el seguir los sucesos contemporáneos a través de la prosa de Eça de Queiroz. Hoy todo eso es antiguo, exótico, pero bastante vivo en cada artículo. Dado que el libro tiene 1100 páginas a doble columna y en letra muy pequeñita, se pueden desenrollar en bastantes y apasionantes volúmenes. La cosa debió de ser originalmente así: el autor leía todos los diarios, hablaba con todos los diplomáticos, salía a platicar en todos los cafés y volvía a su casa a novelar y a reírse por escrito de los temas de moda. Trató muchos temas, demasiados. Es posible, no obstante, encontrar cierto hilo conductor: Eça de Queiroz amaba el Oriente, el cercano tanto como el lejano, y los países europeos también. Aunque habría que decir que las potencias amaban con apasionada codicia las riquezas de aquellos lejanos países. Por ejemplo, Francia, allá por 1897, se decidió un día a devorar a Siam (es decir, la actual Tailandia), y le pidió a este ingenuo, amable y pálido pueblo una inmensa porción de su territorio y una nada pequeña porción de su dinero. Con esa prudente manera de los orientales, Siam ni accedió ni se negó. Sin embargo, los orientales tenían entonces fama de duplicidad y de falsía, por lo que Francia sin más explicaciones bloqueó las costas siamesas. “Para las cuestiones coloniales ahí están los congresos y los tribunales de arbitraje”, escribe el autor. “Y una señora que recientemente, en un salón, consideraba como la cosa más pueril y grotesca que dos naciones tan elegantes como Francia e Inglaterra se batieran a causa de unos bichos tan feos como los siameses, establecía sin saberlo, la verdadera doctrina del siglo”. Ya las naciones europeas no rompen la dulce paz a causa de intereses orientales, escribe con cierta melancolía.

José María Eça de Queiroz. Obras completas III, recopilación, traducción, prefacio, acotaciones marginales y notas explicativas de Julio Gómez de la Serna. México, Aguilar, 1960.

lunes, 4 de febrero de 2019

Décimas a Dios, de Guadalupe Amor



El reto es valorar este libro en sí mismo, lejos de la leyenda de su autora, Guadalupe Amor (1918-2002), quien dejó historias a lo largo de las calles de la Zona Rosa, en las galerías de arte, en las memorias de sus contemporáneos. Dejó como estela de su vida: furia, poesía, estilo, pasión… En medio de esa irritación que la caracterizaba, sólo podía caminar descalza y feliz sobre las baldosas de la poesía. Se construyó a sí misma, de manera consciente, en su poesía, se autodefinió, se erigió en versos perfectos y de gran musicalidad. La recuerdo: la única vez que la vi, sólo habló en verso, agradeció un brindis en su honor y se levantó para decir dos versos de Baltazar del Alcázar: “Grande consuelo es tener / la taberna por vecina”. Su mirada implacable, como de Medusa, quería detener el mundo y dominarlo. Es imposible leer sus versos sin tener su voz pegada a ellos. Y, sin embargo, eso intentaré, ya que la voz tan personal que tenía de un modo u otro se queda en sus creaciones. Siempre existió la injusta idea de que Alfonso Reyes le había escrito los versos que la dieron a conocer, Yo soy mi casa (1946); injusta porque nada más lejano del estilo cortés de don Alfonso que la poética desafiante de Pita, sentenciosa. Ella dialoga con la tradición de los Siglos de Oro, aunque es evidente que sabe que existen los productos contemporáneos de Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Aunque ella misma se intenta elevar desde el promontorio de Rubén Darío. Intentó acercarse a Gabriela Mistral de manera personal, pero no logró impresionarla. El título, Décimas a Dios, es aparentemente sencillo, pero implica tener definido al destinatario de estos poemas. Eso no ocurre, no son más que poemas lanzados al aire. En el libro no hay una construcción poética en torno a Dios, por el contrario parecen décimas escritas en medio de la desesperación, anotaciones hechas en una libreta a la mitad de la noche. Está bien, ya que los místicos buscan esa iluminación en la noche del alma. Para Pita Amor, Dios es una creación de la angustia y de la vanidad. Después, él ha sido obligado a existir, ha contraído ciertas obligaciones. Es cierto, podemos continuar buscando en esa incesante secuencia de causalidades. La angustia y la vanidad son el resultado de la mirada del hombre ante el universo. Puesto así, Dios como un producto humano, entonces no es un Ser ante el cual mirarnos, puesto que detrás de él estamos nuevamente nosotros. Así que el paso siguiente es hurgar en el propio ser para entender qué ansiedad busca a Dios. No todas estas décimas, hay que decir, parecen guardar una inquietud. A veces, me parece ver sólo retórica. Naturalmente, a esas estrofas no intentaré señalarlas, para no recibir el zarpazo de una poetisa poco tolerante con la crítica.

Guadalupe Amor. Décimas a Dios (1953), 3ª ed. México, FCE, 2018.

domingo, 27 de enero de 2019

Implicaciones poéticas de la Revolución Mexicana


Javier Garciadiego ha reunido en este libro –y les ha dado contexto–, “crónicas, documentos, planes y testimonios” de la Revolución Mexicana. En estas páginas nos percatamos de que los protagonistas de este movimiento no se distinguieron por gustar de la poesía. Pero de la misma manera, los poetas de aquellos años no eran precisamente revolucionarios. Por el contrario, la gran mayoría elogió a Porfirio Díaz, luego vituperó a Francisco I. Madero, y finalmente halagó a Victoriano Huerta. Desde entonces se han escrito numerosos textos que intentan justificar y comprender esta situación, la cual no es nada ajena a nuestro tiempo. Los villistas y los zapatistas causaron una profunda aversión a los escritores modernistas, y, salvo excepciones, los movimientos populares no interesaron a los poetas contemporáneos. El libro de Garciadiego, útil síntesis de una década, apenas toca el tema, ni siquiera es su objetivo. No obstante, me gustaría unir ambos mundos, dos esferas que no se tocaron. Es que a veces se puede pensar en el papel de un género literario en su época. ¿Qué tan cercanamente toca su contexto la poesía, la cual tiene fama de escapismo social? Los siguientes apartados son los subtítulos del prólogo de Garciadiego. Sólo agrego anotaciones a cada uno de ellos.
          I. Crisis del Porfiriato. Diría primero que los poetas modernistas, los que pasaron su juventud en el Porfiriato, vivieron en la burbuja el privilegio, poco o nada se asomaron a la realidad mexicana. A veces, sus novelas o sus cuentos hacen referencia al mundo rural, aunque parece más bien un pretexto para evocar su lectura de Pepita Jiménez, de don Juan Valera, o para darle contexto a sus problemas existenciales. El extenso mundo de la Paz social del porfirismo, el cual abarcaba de la colonia Juárez a la calle de Plateros, les permitía soñar en la otra vida, en los versos alejandrinos, en las calles de París… El Porfiriato, asimismo, les había permitido creer en la eternidad, el futuro se veía amplio y prometedor. Las palabras de Díaz al periodista canadiense James Creelman en 1908, le dieron vida a la murmuración política, pero sobre todo, hicieron creer en la Sucesión Presidencial. El Ateneo de la Juventud, integrado por los jóvenes hijos de los privilegiados de su tiempo, tuvieron un pensamiento claro: si Díaz es expulsado por la vía electoral, tendrá que irse también su ministro Justo Sierra, y de qué otro sitio sino de entre nosotros habrá de salir el responsable de la vida cultural, de la educación (se decian los ateneístas a sí mismos). Para entonces, Sierra, que había sido un joven defensor del Positivismo, era ya uno de los aliados, el orador que en 1908 pronunció un discurso crítico sobre Gabino Barreda, el positivista por definición.
          II. Críticos, oposicionistas y precursores. Los “científicos” formaron la élite política del Porfiriato. Sin embargo, son la mitad de la ideología de entonces, ya que en el interior de su discurso y de sus instituciones se abrió paso como una angustia el tema del espiritualismo. No es de extrañar que eso ocurriera entre el hijo de uno de los “castigados” del régimen: el general Bernardo Reyes, cuya carrera fue obstaculizada por José Ives Limantour, ministro de Hacienda de Díaz. El Ateneo de la Juventud fue un movimiento heredero del Modernismo (los jóvenes ateneístas se unieron originalmente para defender la memoria de Manuel Gutiérrez Nájera), pero al mismo tiempo se trató de un grupo crítico de las actitudes bohemias de sus miembros. El Ateneo, entre 1906 y 1916, anduvo varios caminos poéticos: continuó el Modernismo (Rafael López, Manuel de la Parra), creó un nuevo Simbolismo de orden psicologista (el espíritu era representado por símbolos como en la obra de Enrique González Martínez), le dio madurez al poema en prosa (Julio Torri, Mariano Silva y Aceves), dio inicio a las vanguardias (Ángel Zárraga escribió los primeros poemas cubistas en México), inició el verso libre (con el poema “El descastado”, de Alfonso Reyes). Pero puede decirse que desde 1908, este grupo se dedicó a construir un pensamiento “helenista”, que, en ese entonces cumplía la función de integrar a México dentro del gran discurso de Occidente.
          III. De la oposición a la lucha armada. Ya en mayo de 1911 existían numerosos grupos revolucionarios operando en el país. En su recuento de época (“Pasado inmediato”), Alfonso Reyes pretende decir que en 1908, durante el extraño homenaje crítico a Gabino Barreda “amanecía la Revolución”. Como si ellos hubieran sido el grupo precursor. Y, sin embargo, no fue así. Los miembros del Ateneo vieron con gran recelo el verdadero amanecer de la Revolución. Prácticamente uno solo, José Vasconcelos, vio con emoción ese primer momento: fue el escritor que decidió dejar todo para buscar a Madero. Fallaron los pronósticos de larga vida al régimen, comenzaron a escucharse los nombres que llenaban de terror a los poetas (Zapata, Villa), y la tendencia poética que rigió la primera mitad de la década se dio a conocer con el libro Los senderos ocultos, de Enrique González Martínez, libro que requiere de una mínima sociología literaria: este libro que pregonaba “la emoción recordada en tranquilidad” (son palabras de Pedro Henríquez Ureña) fue escrito en los tiempos en que su autor era Secretario General de Gobierno en Sinaloa, durante la administración porfirista, y se dedicaba a verificar los sorteos para la leva, como se le llamaba al alistamiento forzoso al Ejército Federal. Los senderos ocultos es el libro que pondera al búho como el símbolo del ejercicio literario: el ave que mira la realidad en toda su profundidad. Si bien se le ha considerado evasionista, prefiero la interpretación de Henríquez Ureña, quien pensaba que la juventud lo tomó como su maestro en los años de la Revolución porque necesitaban una interpretación artística y trascendental de la vida, así como un deseo de interrogar al mundo, de ordenar y de construir: “El arte no es halago pasajero, destinado al olvido, sino esfuerzo que ayuda a la construcción espiritual del mundo.”
          IV. Los cambios iniciales. El único poeta de la Revolución no fue un mexicano, sino el peruano José Santos Chocano. Fue el único en recordar, con un poema, el primer aniversario del asesinato de Madero. De hecho, en una sesión espiritista efectuada a fines de 1912, una médium le dijo a él y al poeta yucateco, Antonio Mediz Bolio, que un espíritu le reveló que se tramaba una conspiración contra el presidente. Naturalmente, es muy complicado desentrañar las intrigas entre vivos y muertos. Pero es posible comprender que los espíritus y los actores políticos estaban expectantes. Sin embargo, el espiritismo de Madero no lo salvó de nada, nada le advirtió de la conspiración huertista. Y los poetas de entonces, en su gran mayoría, recibieron con alegría la caída de Madero (si no es que participaron editorialmente a favor de Huerta). En pago, el usurpador apoyó a los miembros de la comunidad universitaria para terminar con la ideología dominante del Porfiriato: fue entonces que se puede hablar de la muerte del Positivismo. El espiritualismo (la filosofía anti-materialista de moda en Francia) llegó a las aulas. Ante las puertas de Palacio Nacional murió acribillado el general Bernardo Reyes, el 9 de febrero de 1913; su hijo Alfonso escribió que si alguien deseaba entender su vida, tenía que saber qué pasó ese día. Pero yo diré algo qué pasó a unas calles de ahí, y que considero que explica no una vida sino una época: el poeta Enrique González Martínez se encontraba en su departamento de la calle de Bucareli escribiendo unos serventesios. Buscaba una rima, medía unos versos dedicados a la vida retirada y tranquila. De pronto, una bala atravesó el cuarto y se incrustó en la pared. Un balazo pasó por entre el espíritu de un poeta, pero no lo sacó de su convicción: el poeta debe de construir una obra con independencia de la realidad social. No era tan “independiente” esa ideología: en el fondo fue un pensamiento que escribía con la mano izquierda sus poemas y con la derecha escribía editoriales infamantes contra Madero.
          V. La lucha constitucionalista. Dice Garciadiego que el Huertismo fue una alianza, un bloque de fuerzas, por lo que no puede verse como un bloque monolítico. Es cierto: Félix Díaz, sobrino de don Porfirio, apoyó a (y luego fue traicionado por) Huerta. Sin embargo, hay que considerar que la llegada de Huerta al poder está relacionada con un fenómeno que se reflejaría más adelante en la poesía: el enfrentamiento de la provincia contra la capital. El Abate González de Mendoza escribió que desde la provincia se castigó a las ciudades ya que éstas no se rebelaron contra Huerta. Los levantamientos contra Huerta se vieron como una manifestación del campo. “La provincia es la patria”, una frase muy repetida entonces, cobra sentido. Los valores nacionales se encuentran en el campo, entre la gente que no aceptó a Huerta. Este enfrentamiento, continúa el Abate, explica el evasionismo de los poetas con respecto a su tiempo. Hacia mayo de 1914 ya se veía pronto a caer el régimen del usurpador, pero aún no se miraba nacer el género de la poesía de provincia. La llegada de los zapatistas y de los villistas a la capital en realidad causó más miedo que curiosidad. La poesía, de todas formas, no tuvo como tema a la Revolución en toda esta década. Habrían de pasar varios años hasta que un autor como Miguel N. Lira hiciera de este periodo un asunto poético. Rafael López, poeta del Ateneo, dio clases de Literatura en la Normal Superior a un grupo de poetas que hicieron, entre 1912 y 1914, la revista Nosotros: Gregorio López y Fuentes, Francisco González Guerrero y Rodrigo Torres Hernández. Este último abandonó la ciudad para unirse al zapatismo; sin embargo, su poesía tampoco tiene contenido siquiera social: por el contrario, sus poemas son cercanos a la poética de González Martínez.
          VI. El constitucionalismo versus los convencionismos. Tanto el zapatismo como el villismo se refugiaron en sus zonas de origen, en tanto que el carrancismo fue ampliando su representatividad social. No obstante, el paso de Villa y Zapata por la capital creó un sentimiento tan ambiguo como profundo: mientras que algunos intelectuales repudiaron la imagen de estos movimientos, otros se asombraron. Manuel Gómez Morin escribió en su libro 1915: “Descubrimos que existía México”. Quiere decir que hacia 1915 existía una crisis en la poesía. La poética simbolista del búho dejaba de funcionar: inspeccionar la realidad desde una relativa calma, desde un más adentro del ser, dejaba de ser funcional. Sin embargo, los poetas no tenían más recursos que jardines abandonados, fuentes profundas, estatuas griegas… Es decir, que buena parte del periodo que llamamos “Revolución mexicana” convivió con una poesía dedicada a la vida interior, a la plantear una trascendencia a través de la construcción de valores humanistas, griegos, de cierta nostalgia por el preciosismo artístico. Era la libertad negativa de que hablaba Isaiah Berlin: aunque todo esté en mi contra, aunque el mundo se me oponga, yo me afirmo en mi ideal. Pero quisiera decir algo al respecto: no pretendo juzgar esta decisión literaria. Por el contrario, pienso que era una poética justa y quizá hasta deseable. Salvar el arte. Véase el libro Eros y civilización, de Herbert Marcuse, más elocuente en este sentido que lo que yo pueda ser.
          VII. Virtudes y límites del carrancismo. Puede decirse que Ramón López Velarde fue el poeta del carrancismo, el periodo presidencial de 1917 a 1920. Héctor Pérez Martínez llamó “Provincianismo” a la poesía que describía literariamente la provincia mexicana. Al “más mexicano de los poetas” le haré unos apuntes rápidos: que quizá el contenido sea mexicano (experiencias personales, apuntes de Jerez, Zacatecas), pero su forma pertenece a la poesía belga y a la francesa, no es de aspiración nacional y hasta es un enfrentamiento al nacionalismo pues se trata de una poesía de lo local. López Velarde fue el autor más notorio de este aspecto del Modernismo pero hay más: Francisco González León, Alfredo R. Placencia, Alfredo Ortiz Vidales, entre otros. Hay una ideología que recorre esta escuela poética: la superioridad moral y estética de la provincia. Pero López Velarde era ese discurso y era más. Por su forma y por su estilo hablaba la nueva poesía. Había algo de la novedosa adjetivación de Jules Laforgue, una profundidad personal que ha ilustrado grandes ideas de “lo mexicano”, versos inolvidables que más que repetir una poética anterior es una creación y un descubrimiento. El Ateneo de la Juventud no pudo ver hacia dentro de esta forma de escribir. Salvo una prudente admiración de González Martínez o un breve periodo de Rafael López, la manera de escribir del zacatecano fue algo ajeno, incomprensible para la élite literaria de la Revolución.

Javier Garciadiego (estudio introductorio, selección y notas). La Revolución Mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios. México, UNAM, 2012. (BEU, 138)

domingo, 20 de enero de 2019

La Burla! (octubre de 1860 – marzo de 1861)



Nada tan efímero, local e incomprensible como el humor. ¿Quieres ver algo detestable? Investiga de qué ríen los del pueblo de junto. No verás nada tan tedioso como el cine humorístico de otros tiempos y de otros países. Te tendrán que explicar que esa palabra, en ese contexto, es chistosísima. Y que aquella reacción ante ese otro gesto es inesperada. Y en este pasaje, el chiste estaba en que esa palabra en ese idioma tiene dos acepciones, y si la tomas en esa acepción, las personas se sonrojan y se incomodan. Pero, ¿y Marcial y Tin Tan?, ¿Chaplin y Chesterton?, ¿Cantinflas y Rabelais? Ése es el gran misterio del humor, el que trasciende, el que le habla a otras geografías. Aristófanes, si se monta en otros siglos sigue siendo tan impertinente como lo era cuando lo presenciaban los griegos. La Burla es una publicación periódica de Yucatán publicada en los últimos meses de 1860 y los primeros de 1861. Los chistes, las parodias, las novelas cómicas, las sátiras, pasan ante mis ojos sin causar ni una sola risa, pero en cambio pienso en el infierno que debió de haber sido Mérida en los tiempos en que esta revista hacía reír o pretendía hacerlo entre los lectores de los portales de la ciudad. Todo es bueno para despertar suspicacias políticas, y hasta esta revista debió de servir para ello, ya que los redactores de La Burla cobraban en el gobierno de Lorenzo Vargas, quien tomó posesión en noviembre de 1860 luego de derrocar al anterior gobernador, Agustín Acereto. El contexto es mucho más interesante pues Acereto mantenía una guerra contra la insurrección indígena en su Estado. Benito Juárez incluso mandó investigar el tema del tráfico de esclavos en la península, tema que ocupa aparentemente a esta publicación. Más que para reír, este tipo de publicaciones son exhumadas para comprender otras etapas, personas que se parecen a nosotros pero que, en el fondo, son extrañas y casi incomprensibles. Aunque para realizar esa investigación habría que saber antes si realmente los yucatecos se divertían con esta revista. Nada menos gracioso que un grupo de redactores diciendo en cada párrafo: “Qué chistosos somos, vamos a divertir a todos con nuestros chistes, paparruchas y retozos” (pues esos términos utilizaban). A punto de terminar el menos ocurrente de mis textos, hurgo en las páginas de La Burla y encuentro un poema insólito: “La legaña”, que relata la atracción de un moscón por una legaña que vive en medio del ojo de un tuerto. No es chistoso, no es agradable, no es ilustrativo de nada, pero por alguna razón pensaba que se trata del único texto memorable de estas páginas: “En medio al ojo de un tuerto / que humor ceniciento baña, / nada una enorme legaña / de indefinido color. / Y todos los que la miran / (que no es muy gracioso el chasco) / llenos de horror y de asco / exclaman al punto ¡fo!”. El moscón, que originalmente había despreciado a la legaña, luego del desengaño que le causan las mariposas a las que pretende, vuelve a buscarla. La legaña se dirige a su amado: “Ven a mí, yo te perdono, / que te veo arrepentido, / pues moscón, amor querido / tan sólo, fiel ambiciono. // Supongo que esta lección / te servirá de escarmiento: / dijo, y voló al momento, / hacia ella el fiero moscón. // Y tan recio acometió / y se dio tan buena maña, / que en un tris la legaña / su hambre vorace sació.” El autor que tuvo la peculiar inspiración para este poema disolvió su nombre prudentemente detrás del seudónimo “Jota Equis”.

La Burla! Octubre de 1860 – Marzo de 1861, presentación de Felipe Escalante Tió. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán. Secretaría de la Cultura y las Artes. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2014. (Col. Revistas Literarias Yucatecas)

domingo, 6 de enero de 2019

Toda la sangre, de Bernardo Esquinca



Para hacer un balance de esta novela, quise poner de un lado los aciertos y en el otro, las deficiencias. Al final, tuve que mezclarlos, pues finalmente pienso que no es prudente descuartizar la novela y comentarla de ese modo. Aun cuando su tema sea precisamente el de un descuartizador. En algunos lugares significativos de la Ciudad de México comienzan a aparecer corazones humanos, los cuales han sido depositados ahí por un misterioso asesino: un “asesino ritual”. La idea es buena, y también lo es la premisa fundamental: la Ciudad de México ha vomitado a lo largo de su historia dioses antiguos, los cuales en otros tiempos han renovado el fervor religioso. En 1790, en la calle del Empedradillo se descubrieron dos antiguas esculturas, las que hoy conocemos como la Coatlicue y la Piedra del Sol, las cuales fueron descritas por el científico Antonio de León y Gama en un libro de 1792. Ambas fueron colocadas en el Arzobispado de la calle de Moneda, hasta que se descubrió que, de forma secreta, se le comenzó a rendir culto: entonces, volvieron a enterrarse los dos objetos. El culto que se pensaba muerto desde hacía siglos, se manifestaba de manera anónima. El padre Benito María de Moxó, en un libro que publicó en Génova, en 1839, Cartas mexicanas, recuerda que a su paso por México, se enteró de que la policía novohispana detuvo por entonces a devotos que seguían practicando esa religión aun a principios del siglo XIX. Por esa razón, es atractiva la escena con que inicia esta novela: el momento en que las autoridades novohispanas volvieron a desenterrar ambas esculturas para que las pudiera contemplar el barón de Humboldt a su paso por la capital. El 2 de octubre de 2006 se descubrió otro monolito, el de la diosa Tlaltecuhtli, la insaciable deidad a la que se le dedicaron sacrificios humanos en otros tiempos. ¿Y si despertara un fervor parecido al que apareció a finales del siglo XVIII? Desafortunadamente, hay algunos hilos previsibles: la identidad del “asesino ritual” es identificable desde la página en que aparece, el conocimiento de “curiosidades” de la Ciudad de México son casi de cultura general, y el tratamiento de la historia es muy fácil de encontrar en dos novelas: Desde el infierno, de Alan Moore, y El código Da Vinci, de Dan Brown. El estilo del autor es efectivo, la novela sabe ser intensa, pero por alguna razón falta “misterio”. ¿Cómo lograr que esta ciudad sea misteriosa? Yo pensaría en mostrar elementos menos conocidos, las piezas arqueológicas que nos miran impasiblemente sin revelarnos nada, la secreta transmisión de conocimientos desde tiempos antiguos. Finalmente, el “asesino ritual” es un personaje que parece venir de fuera de ese mundo, un arqueólogo que descubre la fascinación de la antigüedad. Pienso que la maquinaria del mundo concebida por los mexicas se pierde al ser contada a través de la estructura del best-seller. Como aficionado al tema, espero conocer los demás resultados narrativos de este autor.

Bernardo Esquinca. Toda la sangre. México, Almadía, 2017.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Nicolás Guillén, el tam-tam de su tambor


No me cabe duda: Nicolás Guillén (1902-1989) dio con uno de los secretos de la poesía. La suya canta con melodía propia, hace crecer la vegetación tropical en sus versos, representa la vida de los negros cubanos y sus ideales, así como la indignación que florece de su historia. Para logarlo, necesitó de una gran delicadeza literaria y de un conocimiento artístico muy notable, ya que en la poesía es necesario que todo –ideología, ritmo, color y tema– brote de una sola vez, en un solo “golpe de oído” (por decirle de algún modo a la intuición súbita de la creación). No se pone en el verso primero el contenido, luego la forma, ni al revés. Se necesita que la totalidad se manifieste de una sola vez. El aprendizaje literario de este poeta se cimienta en el Modernismo (Darío es omnipresente), a lo cual se le suma el conocimiento de la voz poética de Cuba: primero, el son, la música que representa la isla, pero luego, el largo monólogo poético del pobre, con sus reiteraciones, sus rimas insistentes. Pero también está la insistencia de la palabra: la reiteración que le da otros significados a un mismo término. A veces, sólo se encarga de disponer palabras, unas junto a otras, para que los significados cambien. La contigüidad crea una historia: el cañaveral, los negros, los yanquis, la tierra: para el poeta, la reunión de esos factores da igual a sangre, una sangre arrebatada. Es decir, que con los elementos de la vanguardia expone un fenómeno histórico. Y esta es una constante: la repetición de las palabras, la rima que es como el tam-tam de un tambor. Atraviesa por entre las páginas de su obra, la idea constante de terminar con el racismo en su patria, pero esto expresado de una manera literaria. Para ello, debió de “producir” un mestizaje en su poesía: poner en versos octosílabos el lenguaje de los cubanos (y de su mayor manifestación literario-musical, el son). Parecida operación literaria hizo en México –y casi al mismo tiempo– el poeta de Tlaxcala, Miguel N. Lira, quien hizo del corrido un género de gran altura poética con parecidos recursos. De tal manera que se puede medir un poco la trascendencia inicial de García Lorca en la poesía de América inspeccionando a estos dos poetas. El gran poemario de Guillén (no el mejor, pero el más popular), Motivos de son (1930), repercutió tanto que su rumor llegó a oídos de García Lorca, quien se lo comentó a Miguel de Unamuno. Ahora bien, que un tema llegue a oídos de este autor, y que le robe algo de su tiempo, es digno de atención. Don Miguel le escribió a Guillén en 1931: “La raza espiritual humana se está siempre haciendo. Sobre ella incuba la poesía”. En su tiempo, esta obra fue vista como la contribución de un pueblo a una solidaridad universal. Pensaba, al hacer una reseña de tan alta obra, volar un poco, pero sólo alcancé a deletrear el tema de la poesía y la hermandad entre poetas. La confusión del presente adquiere, vista desde la posteridad, la bella lógica de las confluencias.

Nicolás Guillén. Antología, selección de Guillermo Rodríguez Rivera y Nicolás Hernández Guillén, pról. de Guillermo Rodríguez Rivera. Madrid, Visor, 2002. (Col. Visor de Poesía, CDLXXVII)