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viernes, 24 de agosto de 2018

Obrar mal, decir la verdad, de Michel Foucault


Ayer murió Huberto Batis, el maestro que acumulaba toneladas de publicaciones en su casa de Tlalpan. Se le podía encontrar detrás de una muralla de papeles en su escritorio del diario Unomásuno. Acostumbraba dar libros para reseñar a los colaboradores que iban a verlo, porque éste es un género para aprendices y para maestros. Reseñar es participar en una justa contra (o a favor) del autor. Desde los años 60, Batis reseñaba; de pronto en las páginas de una vieja revista encuentro alguna nota suya. Si se reunieran todas formarían un mar literario sobre el cual se podría navegar cómodamente. De hecho, mantuvo una sección por décadas sólo dedicada a “los libros del día”. No, no me alejo de mi tema. Desde los días de sus clases pensaba yo en llevar un recuento de mis lecturas. Sólo que no sabía cómo hacerlo, quizá escribir reseñas sea también como llevar un diario espiritual. Batis nos dijo que Alfonso Reyes se dedicaba a las reseñas literarias para sobrevivir en Madrid. Michel Foucault (1926-1984), en estas conferencias dictadas en 1981, en Bélgica, enseña que desde tiempos antiguos los filósofos aconsejaban hacer un autoexamen diario, todas las noches, antes de dormir. Siglos después, esta costumbre daría paso a la confesión. La mía sería una larga lista de notas y subrayados con los cuales pretendería sustituir la vida. Pero confesar es realizar una afirmación acerca de uno mismo. Sigue entonces el paso de someterse ante los demás con base en esa declaración. Decir: “Yo soy”, para convertirse en ése que uno expresa. Siempre ante el Otro, en quien uno se construye, donde uno se ve. ¿Ven por qué esa proclividad a huir, a escaparme como anguila de entre las manos ajenas? No asumir nada. Bien, no importa, esto acaba de ser una confesión. Mejor ver la verdad de cerca. ¿Qué es? Tiene dos caras: la interna, la que habla del proceso de fabricación de la verdad: ésa no nos interesa. Es la otra, la exterior la que nos dice cómo es que esa verdad gana espacio en el mundo a la que se refiere el filósofo. De hecho, hay una maquinaria legal dedicada a exprimir confesiones. Ésa es la encargada de castigar, y para ello ha desplazado hasta cierto punto “el hecho” para privilegiar “la verdad del infractor”. El Yo tiene que hablar de sus motivaciones, sus intenciones… ¿Será a causa de ello la disolución del Yo, el cual pretende descomponerse en partes, presentarse a sí mismo como una ilusión, para poder evadirse de ese poder? En fin, lo que importa es la extracción quirúrgica de la confesión. Se supone que en ella estamos contenidos, y con eso basta pues es la que nos sujeta al poder como un grillete.

Michel Foucault. Obrar mal, decir la verdad. Función de la confesión en la justicia. Curso de Lovaina, 1981, ed. original establecida por Fabienne Brion y Bernard E. Harcourt, ed. en español al cuidado de Edgardo Castro, tr. de Horacio Pons. México, Siglo XXI, 2016