Tengo dos ediciones de los Sonetos del portugués (1850), de Elizabeth Barrett Browning (1806-1861), editados en dos años consecutivos: 1942 y 1943. Alrededor de las dos ediciones se encontraban grupos de mujeres escritoas. La primera, es de una editorial de escritoras, Rueca, fundada por Carmen Toscano, María Ramona Rey y María del Carmen Millán, entre otras universitarias. La traductora fue la española exiliada en México, Ernestina de Champourcín (1905-1999), miembro de la Generación del 27, quien seleccionó 21 de los 43 sonetos y los tradujo en prosa. La segunda fue realizada en Barcelona y fue traducida por Ester de Andreis (1901-1989), escritora cuya casa en Barcelona era frecuentada por escritores como Guillermo Diaz-Plaja, Dámaso Alonso, Giuseppe Ungaretti y Vicente Aleixandre. Este tomo, que contiene los 43 sonetos, en verso, tiene la peculiaridad de que perteneció a Pita Amor, pues la dedicatoria dice: “A Gudalupe Amor, verdadera poesía, esta otra poetisa que también fue tan verdad, Ester de Andreis, VI-50.” No diré más, salvo que Elizabeth Barrett sigue siendo tan desconocida hoy como hace 80 años que se tradujo al español, así como la mayor parte de las escritoras que formaron parte del mundo de estas dos ediciones. Ahora sólo glosaré las palabras que Ester de Andreis le dedica a la poetisa (es la palabra que usan ellas). Aunque tuvo una infancia feliz en su natal Coxhoe, al norte de Inglaterra, contrajo al igual que dos de sus hermanas, una misteriosa enfermedad que sólo persistió en ella: un fuerte dolor de cabeza y pérdida de movilidad en la columna. Antes de esta enfermedad, que fue tratada con opiáceos, ya era una escritora precoz y llena de imaginación, con un talento que fue apoyado por sus padres. Al morir su madre, en 1828, su padre se dedicó a cuidar a sus doce hijos (Elizabeth fue la hermana mayor) con un cariño tan vehemente que era realmente una locura: la sola idea de que alguna de sus hijas pudiera tener una relación amorosa lo enloquecía. La muerte de su hermano consentido y la soledad que la envolvió, además de la enfermedad, sólo se aliviaba gracias a la compañía de su perro Flush. El cruel encierro al que la confinó su padre fue combatido por ella con la poesía y con la correspondencia secreta que comenzó a tener con el poeta Robert Browning (1812-1889), que la buscó, admirado por su obra. Ante la negativa de su padre por reconocer este romance, Elizabeth se fugó con Robert a Italia, donde se casaron. Elizabeth quiso, con el tiempo, recobrar la relación con su padre, pero éste le devolvió cerradas todas las cartas que ella le envió. Los aaños italianos fueron una sucesión de días felices, que terminaron con la muerte de ella. En secreto escribió estos sonetos describiendo su amor por Robert y alegrándose de haber dejado atrás los largos años en que aún no lo conocía. Él tenía admiración especial por un poema de Elizabeth, “Catalina a Camoens”, y la llamaba: “Mi pequeña portuguesa”. Se supone que ése es el origen del título de estos sonetos en que “el portugués” sería Browning. Cuando se casaron, Wordsworth dijo: “Espero que se entenderán; nadie más los entendería”. Quizá los comprendió Virginia Woolf, que penetró en ese mundo para retratar a un personaje entrañable, el cocker spaniel de Elizabeth, Flush, a quien le dedicó una biografía, homenaje por la compañía que le dio durante su corta vida.
Soneto VI
Vete de mí. Y sin embargo siento que en adelante viviré en tu sombra. Pues ya nunca, sola en el umbral de mi propia vida, dispondré libremente de mi alma,
ni alzaré mi mano a la luz del sol, serenamente, como antes, sin el recuerdo de lo que no conocía… tu roce en mis palmas.
La distancia mayor que entre nosotros alza el destino, deja tu corazón en mi corazón latiendo con doble pulso. Cuanto yo hago y cuanto sueño te incluye a ti, igual que el vino ha de saber
a sus propias viñas. Y cuando imploro a Dios por mí, oye también tu nombre y ve en mis ojos las lágrimas de dos.
(versión de Ernestina de Champurcín)
Elizabeth Barrett Browning. Sonetos del portugués / Sonnets from the Portuguese (1850)
1) tr. y nota, Ernestina de Champourcin. México, Rueca, 1942.
2) tr. Ester de Andreis. Barcelona, Librería Mediterránea, 1943.
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