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sábado, 23 de septiembre de 2017

Un yanki en la corte del rey Arturo, de Mark Twain


Un yanki de Connecticut en la corte del rey Arturo. Muy buena idea, pero… un momento. No tenía idea de que Arturo era un personaje de la literatura y no de la Historia. En todo caso, el protagonista de la novela es asimismo un personaje de ficción. Aunque… me parece que eso tampoco es cierto. De algún modo, el protagonista que viaja al siglo VI es una copia de Mark Twain y tiene todos sus prejuicios históricos. Prejuicios que molestarían a los estudiosos actuales de la Edad Media, pues deja bastante mal a los habitantes de esa lejana época. Twain sólo ve en ella barbarie y enajenación, un mundo muy apartado de los ideales humanistas. Como buen yanki capitalista, decide invertir en ese negocio llamado “Edad Media” con aceptables perspectivas. Y nos va descubriendo a los protagonistas de otros tiempos… ¿Así que Morgana le Fay, la media hermana de Arturo, tampoco tiene una base real? Qué lástima porque ha sido uno de mis personajes favoritos, aunque a partir de ahora ya no le llamaré “personaje histórico”. De cualquier modo, el hecho de que la historia transcurra en una etapa tan distante como mal documentada hace que en ella haya podido ocurrir lo que fuera. Como por ejemplo, que ese yanki pudiera fundar un periódico, construir armas de fuego, usar la dinamita o mandar telegramas. De cualquier modo, todos esos progresos habrían sido velados por la bruma histórica. A Mark Twain se le ha censurado que el plan original de esta novela contemplaba a un yanki sin refinamiento ni educación, solamente dueño del conocimiento técnico de su época. Pero al enfrentarse a la realidad medieval, aparece ese demócrata que habitaba en Twain, amante de los negocios, pues era, en la vida real, dueño de una editorial que intentó ser exitosa. Desafortunadamente, por los días en que escribía esta historia, su autor tenía puestas sus esperanzas económicas en una máquina tipográfica inventada por un tal James W. Paige. Este aparato debería de enriquecer a Twain, así que invirtió 300 mil dólares de entonces en una empresa que resultó un fracaso y que lo llevó a la ruina. El yanki del siglo VI, lleno de negocios exitosos en esa antigua Inglaterra, pretendió incluso implantar la idea de la democracia en contra de la monarquía, logró ridiculizar al mago Merlín y tuvo interesantes logros en el momento de cuestionar la enajenación religiosa. Incluso, les cambió a los caballeros de la mesa redonda sus conocidos caballos por unas modernas bicicletas. Desafortunadamente, la historia termina en el fracaso, sin que el protagonista logre proclamar la república artúrica (de cualquier manera, han dicho sus críticos modernos: más que una república igualitaria, el protagonista se comporta como un dictador a lo largo del libro). De manera paralela, Twain tenía que ahorrar incluso en el papel higiénico que compraba en casa. ¡Y dicen que comparar vida y obra es un ejercicio que no lleva a ninguna parte!

Mark Twain. Un yanki en la corte del rey Arturo / A Connecticut Yankee at King Arthur’s Court (1889), tr. de Juan Fernando Merino, ils. de Dan Beard. Barcelona, Altaya, 1995. (Biblioteca de Aventura y Misterio, 63)

1 comentario:

roman dijo...

Interesante visión sobre Mark Twain. Confieso no haber leído la novela.