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sábado, 7 de agosto de 2021

Nahui Olin. La mirada infinita



 

Cómo será eso de morir de belleza. Jorge Luis Borges refería que su amigo Rafael Cansinos Assens, quien vivía abrumado por ella, formuló esta extraña plegaria: “¡Oh, Señor, que no haya tanta belleza!” Cómo duelen de pronto los esplendorosos ojos que revuelan frente a uno, por las calles, como en parvada. Sobre todo, en aquellos en que no nos sumergiremos nunca. Hubo unos ojos verdes, oreados de belleza, que fascinaron una época. Fueron como una ventana que se abrió para inundar mil novecientos veintiocho con su luz. Lo que miraron los ojos de Nahui Olin (1893-1978) se llenó de intensos colores: el teatro Lírico, la plaza de toros, los salones de baile… Miró desde perspectivas vertiginosas, a veces es una mirada que parece volar al lado del Dr. Atl. Abro el libro de sus obras al azar, veo su rostro en una xilografía, el cual a su vez me mira en un ángulo oblicuo, ocultando uno de sus ojos, lo cual me recuerda que es tan importante lo que muestra como lo que oculta. Al pintar, encubría. En vida y en obra hay misterio, algo que no se revela: una forma del encubrimiento. De hecho, mucho de lo que sabemos de ella nos llega como una resonancia de unas palabras que no se sabe cuándo se produjeron. Se sabe, se afirma, se cree saber que Nahui vio a Manuel Rodríguez Lozano en un baile y le pidió a su padre, el general Manuel Mondragón, casarse con él. La familia completa se exilió en San Sebastián, España (el general había participado en la usurpación huertista): Nahui y Rodríguez Lozano volverían divorciados y el odio mutuo se prolongaría toda la vida. Se pensaba que su hijo había muerto en Europa, hasta que hace poco fue encontrada el acta de defunción levantada en la Ciudad de México, antes del exilio. Así que si puede pisarse en el terreno firme de la obra pictórica, no ocurre así en los aspectos biográficos que rodean vaporosamente una obra desordenadamente dispuesta. Pisaré sobre terreno aparentemente seguro. En estas páginas se levanta de Nahui el velo biográfico para mirar la obra, el mecanismo artístico de su producción. Un mecanismo curiosamente matemático y astronómico. Un mundo científico que curiosamente sigue un camino de degradescencia energética, que va de la energía del cosmos, se vuelve energía sexual y encarna en las formas rosadas de los amantes o en las redondeces del mundo. Hay algo en toda la obra de Nahui que se mueve, en la memoria las ramas de sus árboles se mecen. En sus cuadros las cosas están transcurriendo. Y esos ojos, ¿son pararrayos? Concentran el universo y lo articulan. Tienen atmósfera, meridianos, solsticios. Hay aquí una trampa para el ojo: no olvidemos que la obra de arte aquí se llama Nahui Olín, lo que quiere decir que lo que admiramos en estas obras se llama de este modo, tiene esta corporalidad y esta personalidad. Como sea, atrae nuestra atención y la coloca en el centro, así sea en un autorretrato o en una fotografía. Como si dijera: el arte soy yo. Arte en todas sus manifestaciones, en la vida y hasta en el sueño. Su principal conocedor, Tomás Zurián, guarda nada menos que el pelo de esta artista en una cajita de cristal. Me contó que cuando la obtuvo, soñaba que la trenza de la artista salía de su caja, volaba por los pasillos e intentaba ahorcarlo. Conque Nahui aún concentra las fuerzas cósmicas para deambular por las pesadillas.

 

Nahui Olin. La mirada infinita. México, INBA, 2018.

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