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jueves, 23 de febrero de 2017

Con cuerda y con metal… haciendo vereda al cantar, de Mario de Santiago y Eduardo Martínez Muñoz


Me encantaría que todos los músicos tuvieran su propia biografía. Hasta ahora no me he cansado de leer vidas de músicos y difícilmente me cansaré. Me gusta leer cuando conciben aquella canción que los hizo famosos, cuando dan con la melodía correcta o cuando encuentran por primera vez su instrumento, con las miles de variantes que permite la vida, casi tan compleja como una melodía. Me gusta cuando el lector se maravilla de cuánto ha cambiado el mundo desde que esa música sonó por primera vez. Y cómo las intenciones al tocar son tan variadas de acuerdo a las épocas. Este libro transcurre en el tiempo en que el mariachi se hizo internacional. En los años 20 apenas había salido de su zona tradicional de Jalisco y Nayarit. En los 30, gracias a Lázaro Cárdenas y a la radio mexicana, comenzó a ser popular en el país. Y más adelante, el cine nacional hizo que el mariachi –ya con trompeta– se hiciera una agrupación solicitada en toda América y en España (época en que se convirtió en un símbolo nacional). A Mario de Santiago, que ha tocado la trompeta y el violín, le tocó ver cómo el mariachi llegó a todo el mundo, pues las innumerables giras del Mariachi Vargas de Tecalitlán pasaron por países como Indonesia y Japón, además de que se amplió el repertorio para incluir joropos venezolanos y baladas españolas. Hace mucho que no se habla de la constante relación que había entre Japón e Hispanoamérica, cuando en aquella isla se buscaban los discos de los artistas argentinos del tango como Carlos Gardel, Rosita Quiroga y Virginia Luque, y en la época en que Los Panchos gustaron tanto que llegó a haber Los Panchos de Osaka y Los Panchos de Tokio, entre otros. Silvestre Vargas, por consejo del líder de ese famoso trío, fue a ver al presidente López Mateos y le pidió pasajes de avión para Japón. Gracias a ello, el Vargas viajó a Asia en 1964. En las fotos, se aprecia su gran éxito, y eso que Mario de Santiago se nota tímido en estas páginas, como si no estuviera cómodo con su importancia. Desde 1941 toca sones de mariachi: su padre le enseñó primero el guitarrón, luego aprendió trompeta, pero una enfermedad en el labio lo hizo cambiar al violín. Cuando Miguel Aceves Mejía lo escuchó tocar una noche, en Torreón, le dijo que lo buscara cuando fuera a la capital, para que lo recomendara en un mariachi. Casi contra su voluntad, Aceves lo llevó con Silvestre Vargas, y su profesionalismo lo destinó a formar parte del mariachi de más renombre por décadas. Por cierto, entre las grabaciones que realizó por entonces, le tocó formar tocar el violín el mariachi de Juan Güitrón, el día en que Pedro Infante grabó Amorcito corazón, el primer bolero ranchero. Cuenta que el director artístico de la marca Peerless dijo: “Esto suena muy bonito. Pero cómo le ponemos.” Lino Briseño, el guitarrista, dijo: “Ay, maestro, pues bolero ranchero”, sin saber que bautizaba todo un subgénero.

Mario Ángel de Santiago Miranda y Eduardo Martínez Muñoz. Con cuerda y con metal… haciendo vereda al cantar. Vida y obra de Mario Ángel de Santiago Miranda. Guadalajara, Secretaría de Cultura-Gobierno de Jalisco, 2015.

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