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sábado, 31 de enero de 2009

La poesia en Mexico durante los años de la Revolucion

I. Los jóvenes ateneístas al interior de la Revista Moderna

Los integrantes del Ateneo de la Juventud se educaron artísticamente en el Porfiriato: se formaron leyendo a los primeros modernistas y comenzaron su carrera colaborando en las principales revistas del régimen, la Revista Azul y la Revista Moderna. Casi ninguno de ellos dio muestras de querer la disolución del régimen. En todo caso, soñaron con su pronto fin en términos democráticos. Cuando Porfirio Díaz le contestó al reportero James Creelman que México estaba listo para la democracia, los jóvenes escritores vieron cerca el camino de la sucesión. Lo verdaderamente importante era consolidar los nexos con el poder y asegurar la herencia de Justo Sierra, el Ministro de Instrucción Pública. Los actores de esta transición: una generación con edades que oscilaban entre los 17 y los 34 años en 1906 cuando se fundó la revista Savia Moderna (el mayor, Enrique González Martínez y Alfonso Reyes y Julio Torri, los menores) fundaron primero la Sociedad de Conferencias y, posteriormente, el Ateneo de la Juventud (28 de octubre de 1909).
La Revista Moderna de México (1903-1911) de Jesús E. Valenzuela también acogió en sus páginas a los jóvenes escritores. Nombres nuevos como el de Abel C. Salazar se pueden leer desde el primer número (septiembre de 1903); así, en los años siguientes, la obra poética de los alumnos de los modernistas aparecería cotidianamente en la revista más importante de la década. Estos escritores tuvieron necesariamente cercanía con las poéticas que se impulsaban al interior de la revista: Enrique González Martínez, Manuel de la Parra, Roberto Argüelles Bringas y muchos de los poetas que luego serían miembros del Ateneo se iniciaron en la escuela del Simbolismo practicado por Nervo, Tablada o Díaz Mirón. Sólo varios años después, al consolidarse como grupo aparte, intentarían una renovación estética.
Alfonso Cravioto –hijo del ex Gobernador de Hidalgo– dio a los jóvenes escritores la primera oportunidad de independizarse: con la herencia paterna alquiló una oficina en el edificio La Palestina, de la calle 5 de Mayo, y patrocinó la revista Savia Moderna que apareció de enero a junio de 1907. La publicación terminó cuando el mecenas se fue de luna de miel a Europa y dejó de suministrar el dinero necesario para subsistir. Los seis meses no fueron suficiente impulso para que el grupo continuara con vida propia, y al poco tiempo volvieron a las páginas de la Revista Moderna. En este segundo periodo formaron un grupo dentro de la revista y comenzaron labores paralelas como la organización de la Sociedad de Conferencias, que funcionaría de 1907 a 1909.
Entre diciembre de 1907 y marzo de 1909, el incremento de poesía joven en la Revista Moderna fue notable: en este lapso aparecieron casi 60 poemas de los escritores que participaban al mismo tiempo en la Sociedad de Conferencias.
Desde entonces, pueden observarse ciertas tendencias de las que saldrían las escuelas poéticas de los años siguientes. Brevemente, expongo las principales direcciones de la poesía joven en la revista de Valenzuela:
1) En primer lugar, se encuentran los poetas que se iniciaron en el Simbolismo –algunos de ellos siguen muy de cerca a Nervo–: Luis G. Urbina, Enrique González Martínez, Manuel de la Parra, Alfonso Reyes y Luis Castillo Ledón. La figura de Luis G. Urbina fue importante para los ateneístas: desde 1901 se desempeñaba como Secretario Particular de Justo Sierra, Secretario de Instrucción Pública, puesto estratégico que lo situaba entre el poder cultural y la juventud literaria. Fue un poeta que no hallaba su sitio literario pues era llamado romántico por los modernistas y modernista por los románticos. Aunque había nacido en 1864 (era mayor que Nervo y Tablada), sólo fue aceptado de manera plena por los ateneístas. Entre Urbina y González Martínez puede verse una continuidad poética: la poesía conversacional, la construcción a base de símbolos y prosopopeyas, el tono vespertino de su obra, la noción del poema como mundo interior… Algunos de sus poemas tienen correspondencias conscientes; otros, evidencian intereses literarios sumamente cercanos. Véanse los siguientes ejemplos:

-Dolor: ¡qué callado vienes!
¿Serás el mismo que un día
se fue me dejó en rehenes
un joyel de poesía?
(Balada de la vuelta del juglar, Luis G. Urbina)

Dolor, si por acaso a llamar a mi puerta
llegas, sé bienvenido; de par en par abierta
la dejé para que entres… No turbarás la santa
placidez de mi espíritu… al contemplarte, apenas
el juvenil enjambre de mis dichas serenas
apartaráse un punto con temblorosa planta…
(Dolor, si por acaso…, de Enrique González Martínez)

La poesía de González Martínez determinará la poesía de la primera mitad de la década de la Revolución. En ella encontraron inspiración autores como Porfirio Barba Jacob, Rodrigo Torres Hernández y los jóvenes estudiantes de la Preparatoria como Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Al interior del Ateneo, esta influencia continuará en la obra de Porfirio Barba Jacob. Su poema Canción de la vida profunda parece inspirada en un poema de Albert Samain; Fernando Vallejo, biógrafo del poeta colombiano, considera más cercana la influencia de González Martínez, pues la expresión “vida profunda” aparece en el soneto famosísimo Tuércele el cuello al cisne…: “Huye de toda forma y de todo lenguaje / que no vayan acordes con el ritmo latente / de la vida profunda…” Los cuarenta años de amistad entre González Martínez y Barba Jacob resultó provechosa para ambos, opina Vallejo. También lo fue para los jóvenes escritores que vieron en la obra de González Martínez una vía para continuar el proceso de independencia del poema.
2) La presencia de Salvador Díaz Mirón sólo se observa de manera plena en la obra poética de Roberto Argüelles Bringas. Amado Nervo, caminando por la calle con el poeta, lo presentó a Luis Castillo Ledón con estas palabras:
-Es el futuro gran poeta de México.
No llegó, sin embargo, a reunir su obra y sólo hasta 1986 el crítico Serge I. Zaïzeff editó su poesía completa. El asunto principal de su poesía es la misma poesía: su obra es el resultado de una poética agresiva y exigente. Se ha dicho con razón que en su obra “la fuerza asfixia la fuerza”, pues fue un poeta que, dotado de una enorme fuerza expresiva, intentó domar la forma de la misma manera que Díaz Mirón. Una de las aportaciones formales del Ateneo fue el “bisoneto”. En esta composición los versos riman como en un soneto normal, y lo mismo ocurre con los hemistiquios, los cuales riman entre sí. El bisoneto “Ventarrón” es un ejemplo de su exigencia literaria:

El bóreas, como un poeta sañudo que va de viaje
al llegar de la montaña, los torrentes de armonía
de su inspiración extraña desata en la vega umbría,
en la azul linfa discreta y en el fondo del boscaje.

Ya ante la ruina escueta gime un cántico salvaje;
ya el ameno prado baña con furiosa gritería;
bien sacude encina huraña con injuria ronca y fría;
¡bien en la techumbre reta convulsivo de coraje!

¡Con su plectro imparte azotes! ¡Y al herir las cuerdas flojas
de liras de árboles huecos de dolor arranca voces
que se pierden dando botes...! ¡y vibrar hace congojas

que en gritos roncos y secos, como en corceles veloces,
huyen, de sus raudos trotes rugiendo entre yertas hojas,
como apóstrofes, los ecos que lastiman, como coces!

3) Rafael López fue, durante sus años de la Revista Moderna, un ejemplo de Simbolismo decadentista: siguió los pasos de José Juan Tablada y de Nervo. Junto con el mismo Tablada, fue uno de los pocos poetas que rejuvenecieron luego de su contacto con la obra de López Velarde. Versatilidad literaria e ironía, caracterizaron su obra de madurez. Su poema Laguna de Chapala (1927) es un logrado homenaje paródico a La suave patria. En 1911 había publica su poema La leyenda de los volcanes, una de las pocas muestras de poesía de tema nacional en la Revista Moderna (el otro: Rubén M. Campos).

Ahí están, cual invencibles torres de Dios. Con herrumbres
de cien siglos y despojos de cien razas. Sus pilares,
sosteniendo de los cielos las espléndidas techumbres,
lanzan al azul los duros capiteles de sus cumbres,
calcinadas por el fuego de las púrpuras solares.

4) Desde abril de 1907 hasta marzo de 1908, Efrén Rebolledo envía a la Revista Moderna su poesía escrita en Japón. Frecuentemente comparado con Tablada con el fin de demostrar que Rebolledo no asimiló la poesía japonesa, se olvida que el joven escritor publicó sus poemas varios años antes que el autor de Li-Po. Octavio Paz resumió la discusión en su libro El signo y el garabato (1975) con este comentario:

A pesar de que Rebolledo conoció más íntimamente el Japón que Tablada, su poesía nunca fue más allá de la retórica ‘modernista’; entre la cultura japonesa y su mirada se interpuso siempre la imagen estereotipada de los poetas franceses de fin de siglo y su Japón fue un exotismo parisino más que un descubrimiento hispanoamericano”.

Sin embargo, los poemas de Rebolledo prepararon la curiosidad de los lectores por el Japón literario; es cierto que no salió nunca de los límites de su educación afrancesada pues Rebolledo es ante todo un parnasiano que se enfrenta por primera vez en la literatura mexicana ante un paisaje ajeno y recurre a su experiencia como lector de la literatura francesa para dar cuenta de su experiencia.
5) Por último, la poesía de Othón (muerto en 1906) aparece en la obra que Alfonso Reyes, Luis Castillo Ledón y Alfonso Cravioto dieron a conocer en Revista Moderna. La cultura clásica de ambos escritores se acomodaba perfectamente con la visión arcádica del paisaje. Cuando se funda la revista Savia Moderna, los escritores se colocarían bajo la obra de Gutiérrez Nájera, pero también bajo la de Othón. El poeta potosino sería fundamental para el desarrollo literario: desde los modernistas porfirianos hasta López Velarde, hubo un reconocimiento general por su obra poética y una continuidad en el interés por el paisaje y por la sinceridad poética.


II. El proyecto cultural del Ateneo
Aunque comúnmente se ha afirmado que el Ateneo no tuvo revistas, sus integrantes escribieron para casi todas las publicaciones del periodo. El propio González Martínez fue director de tres de ellas: Argos, Pegaso y México Moderno. Vasconcelos dirigió El Maestro, la revista que dio a conocer La suave Patria. Lo anterior, sin contar las revistas en las que los miembros del Ateneo colaboraron con frecuencia: La Nave, Nosotros, Revista de Revistas y El Universal Ilustrado. Fernando Curiel y Gabriel Zaid –los dos principales estudiosos de este grupo literario— han sostenido que los ateneístas prefirieron moverse en ámbitos distintos de los editoriales; tienen razón si se considera que sus publicaciones estuvieron al servicio de proyectos mucho más abarcadores: fueron funcionarios culturales, secretarios de Estado, rectores de la Universidad y diplomáticos. Sus publicaciones toman sentido en un contexto más amplio: por ejemplo, las ediciones de clásicos impulsadas por Vasconcelos son inseparables de la cruzada alfabetizadora.
En 1908, al poco tiempo de creada la Sociedad de Conferencias, organizaron el acto para homenajear a Gabino Barreda, fundador de la Preparatoria Nacional. Sin embargo, el supuesto homenaje reconocía la importancia de Barreda y al mismo tiempo terminaba con el Positivismo como pensamiento pedagógico dominante. Pocos días antes del acto, Pedro Henríquez Ureña le escribe, pavoneándose, a Alfonso Reyes: “Nos hemos vuelto tan íntimos de don Justo”. Sierra, en efecto, había dado ánimos a la nueva generación y tenía a Luis G. Urbina, su Secretario Particular, mezclado con la juventud literaria. Pero una de las intenciones del Secretario de Instrucción era evitar que Díaz entregara la Preparatoria al clero (Zaid trata el tema ampliamente en su artículo “López Velarde, ateneísta”, incluido en el libro Tres poetas católicos). El homenaje causa el enojo de los positivistas pero consolida al Ateneo: Caso obtiene su primer puesto importante como Secretario de la Universidad. Este es el inicio de la toma del poder intelectual del grupo; pueden revisarse las biografías de los ateneístas y se estará ante una radiografía del poder de finales del Porfiriato.
Escribe Gabriel Zaid en su ensayo “López Velarde, ateneísta”: “Lo lamentable es que los ateneístas soñaran con el poder tecnocrático de Parra o de Sierra: que prolongaran el porfiriato cultural, en vez de restaurar la autonomía de la república literaria, fundada libre por Altamirano”. Pero Altamirano no fundó la república literaria independiente, sino al servicio del nacionalismo liberal; y los ateneístas crearon un espacio intelectual legitimador que supo adaptarse a los distintos regímenes: Díaz, Huerta, Carranza y Obregón.
Sin embargo, el Ateneo atravesó por un periodo de disgregación al terminar el huertismo. En general, habían apoyado al régimen de Huerta y habían contribuido a desprestigiar el régimen de Madero. Arrepentidos o no de su participación, contribuyeron a crear un ambiente de paz interior y de inquietudes estéticas en un país devastado. Quienes admiran a Antonio Caso como un hombre que mantuvo el espíritu universitario dando clases durante los días de la Decena Trágica, olvidan que el profesor impartía sus clases como una manera de no ver más allá de su salón y de evitar lo que llamaba “la pérdida de las bases aristocráticas de la sociedad”.
Sin proponérselo, Caso fue un precursor filosófico de la Revolución: al rebatir el pensamiento de los positivistas mina las bases del régimen que se fundaba en el orden y el progreso. Es decir, se enfrentó con un pensamiento que intentaba hacer creer que “la inercia es el camino de la perfección” (en palabras de Alfonso Reyes). Pero Caso –tiene razón Enrique Krauze– “arrebató el pensamiento a los positivistas, pero sólo para dejarlo a los pies de los intuicionistas”.
El huertismo fue el último espacio en que gozaron los ateneístas de relativa calma intelectual; lo vivieron con la ilusión de un Porfiriato restaurado que devolvería la paz tan dolorosamente lograda en el régimen de Díaz. En el año y medio que duró el régimen de Huerta, Nemesio García Naranjo terminó con los planes positivistas de estudios pero sólo para intentar la instauración de una educación “humanista” basada en el intuicionismo; Luis G. Urbina dirigió la Biblioteca Nacional; Enrique González Martínez trabajó en Instrucción Pública. Los siguieron los nombres de Francisco M. de Olaguíbel, Salvador Díaz Mirón, Ricardo Gómez Robelo y Porfirio Barba Jacob, entre otros .
Si durante el Porfiriato los escritores se dedicaron en su mayor parte al periodismo, entre 1911 y 1920 la literatura se hizo cada vez más dependiente de la función pública: muchos de los ateneístas y sus contemporáneos tuvieron un cargo público o diplomático. En este aspecto, pueden encontrarse diplomáticos, funcionarios públicos, diputados, rectores de la Universidad, gobernadores, jueces y senadores. Además de los numerosos escritores que estudiaron Derecho –profesión cercana de las letras–, en este periodo se nota la importante presencia de un médico: Enrique González Martínez. Hubo periodistas que combinaron su trabajo con la crítica literaria y la investigación histórica. Otras ocupaciones fueron las de bibliotecario, burócrata y profesor, empleo cada vez más frecuente para los escritores. Se puede agregar a la lista un poeta empresario de visita por México (José Santos Chocano), un estudiante normalista muerto en la Revolución (Rodrigo Torres Hernández) y un sacerdote (Alfredo R. Placencia).
El poeta colombiano Leopoldo de la Rosa, único en todo el siglo, no trabajó jamás: vivió de pedir prestado. Sólo una vez fue contratado: en 1921, por José Vasconcelos, para dar cuerda a un reloj de pared en la SEP. Según documenta Fernando Vallejo: “Tan parado como siempre siguió el reloj, y cuando Vasconcelos le reclamó a Leopoldo éste le respondió que era muy poco los seis pesos diarios que le pagaban. Heróicamente Leopoldo nunca trabajó”.
Por último, debe decirse que la poesía de la década de la Revolución se produjo en la capital. Hubo sólo dos notables excepciones: Francisco González León y Alfredo R. Placencia, poetas que jamás visitaron la ciudad de México y que conocieron el prestigio literario hasta principios de los años 20. Debe decirse, por último, que tal vez a causa del desarrollo editorial y educativo, la mayor parte de los poetas proviene de sólo cuatro entidades del país: Distrito Federal, Jalisco, Veracruz y Guanajuato.


III. Las aportaciones poéticas del Ateneo
La obra poética del Ateneo escrita entre 1911 y 1915 se distinguió por continuar la de los modernistas (sobre todo las de Gutiérrez Nájera, Othón, Díaz Mirón y Nervo) incorporando las nuevas tendencias de la poesía francesa. González Martínez hizo popular la obra de Francis Jammes y gracias a sus traducciones volvió a tomar fuerza el prosaísmo: tal vez sea este autor la fuente del prosaísmo de López Velarde. Su libro de traducciones Jardines de Francia (1915) es una suma de las influencias francesas reconocidas a mediados de la década. A esta poética, ajena a lo inmediato, no tardaría en confrontarla la realidad. El mismo año de Jardines de Francia, Manuel Gómez Morín escribe su libro 1915 en el que, refiriéndose a su generación, afirma que con la Revolución “descubrimos que existía México”.
La producción poética del Ateneo como grupo hegemónico se dio entre 1911 y 1915 (entre el fin de la Revista Moderna de México y el inicio de la poesía provincialista). Cuatro libros definieron el periodo: Lámparas en agonía (1910), de Luis G. Urbina; Los senderos ocultos (1911) y La muerte del cisne (1915), de Enrique González Martínez; y Con los ojos abiertos (1912), de Rafael López. Caro Victrix (1916) de Efrén Rebolledo puede considerarse el último gran libro instalado en el Modernismo “exterior”; es decir, el que a la manera de Díaz Mirón o Gutiérrez Nájera se preocupa por la escenografía y subordina el poema a lo visual. Otros escritores menores del Ateneo recogieron su obra en un libro y de manera tardía casi siempre: Manuel de la Parra (Visiones lejanas, 1914), Luis Castillo Ledón (Lo que miro y lo que siento, 1916), Eduardo Colín (La vida intacta, 1916), Erasmo Castellanos Quinto (Del fondo del abra, 1919). Es notable el caso de Alfonso Reyes, quien sólo hasta 1922 editó su primer libro de poesía, Huellas. Otros, como Roberto Argüelles Bringas, no lograron reunir en vida su obra poética.
Con sus traducciones, González Martínez presentó a los poetas de su tiempo un vasto mapa de lo que la lírica francesa ofrecía a los escritores mexicanos. Esta visión significó mucho, pues presentaba a los escritores franceses que intentaban sacar a la poesía de su país de un punto muerto que –según el crítico Marcel Raymond- había alcanzado su momento más álgido en 1905.
Entre Urbina y González Martínez, de 1906 a 1911, se va desarrollando una teoría estética fundada esencialmente en la influencia de los escritores neosimbolistas (especialmente, la de los poetas reunidos en la revista Phalange, antecedente intelectual de Paul Valéry; la relación de este grupo con la literatura mexicana ha sido comentada por Ulalume González de León en el prólogo a Obras escogidas de A. O. Barnabooth, de Valery Larbaud, México, Vuelta, 1987). Entre los postulados neosimbolistas que enuncia Marcel Raymond, algunos fueron seguidos fielmente por González Martínez:
-La concepción de la poesía como una “metafísica informal” capaz de penetrar en la realidad y conocer el ser. (Salvador Elizondo, sobrino de González Martínez, se ha referido a la poesía como una “forma irracional de conocimiento”).
-La imagen es la encarnación de los estados del alma que se expresa en la duración. (Nótese que la presencia del Intuicionismo filosófico en México introdujo la idea de “duración”.)
-La única intención legítima para el poeta debe ser el conocimiento profundo de la realidad.
-A pesar de la intención de aprender la realidad a partir de símbolos, los poetas desdeñan los símbolos indirectos; prefieren los símbolos no elaborados, los que se manifiestan “de manera natural”.
No fueron muchos los cisnes que se pasearon por la literatura mexicana; ni Amado Nervo ni José Juan Tablada se distinguieron por poblar su obra de cisnes blancos. Por eso cuando Enrique González Martínez, en 1911, escribió el soneto en el que se alentaba a torcer el cuello al cisne de engañoso plumaje, más pareció una rebelión contra la estética parnasiana que una recriminación concreta contra los poetas mexicanos.
Héctor Pérez Martínez, en una conferencia pronunciada en 1924, asegura que el soneto de González Martínez dio los lineamientos sobre la poesía escrita a partir de entonces. Esta nueva poesía fue caracterizada por la falta de atención hacia el exterior y por preferir la sinceridad. En la obra de González Martínez, el símbolo es un elemento estructurador del mundo: forma de conocimiento de la realidad. Puesto que el símbolo sugiere, depende del lector encontrar las implicaciones últimas de la imagen. Fue el propio González Martínez quien exploró las posibilidades de esta poética y fue él mismo quien clausuraría el periodo iniciado por su obra. En 1915, con La muerte del cisne, deja en claro que la poesía no podría continuar por los caminos de la autocontemplación. ¿Cuál sería el camino a seguir? El propio González Martínez tuvo una respuesta personal que le fue impuesta: la muerte de su esposa y de su hijo, el poeta Enrique González Rojo; y por otro lado, la presencia de las guerras mundiales. Estos acontecimientos impusieron en su obra una tensión que se resolvió en bellos poemas en los que el jardín interior se tambalea ante los embates de la realidad. Luego de vivir un dolor personal, la obra de González Martínez desemboca en una experimentación personal lejos de las modas literarias. Gracias a su capacidad de renovación, González Martínez pudo escribir lo mejor de su obra en los años de madurez: todavía en sus últimos años dio a conocer dos magníficos poemas extensos: Babel (1949) y El nuevo Narciso (1952).
Pero los poetas contemporáneos a La muerte del cisne no intentaron en ese momento una ruptura con la estética modernista: Efrén Rebolledo continuó el Parnasianismo hasta el máximo refinamiento; Nervo se refugió en la sinceridad; Díaz Mirón concentró su técnica en la elaboración de unos cuantos poemas. Habría de ser Ramón López Velarde el autor que diera una salida a la situación de la poesía en 1915.
En el Ateneo se independizó y maduró un género literario, el poema en prosa. Tres escritores –lectores de Charles Lamb y de Marcel Schwob, de la prosa aforística de Nietzsche y, sobre todo de los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire- significaron un parteaguas en la prosa: Julio Torri, Carlos Díaz Dufoo jr. y Mariano Silva y Aceves. En ellos se encuentra la semilla de la obra literaria de autores como Max Aub, Gilberto Owen, Juan José Arreola y Augusto Monterroso. La obra de los tres significó una ruptura con la prosa artística del Modernismo; de hecho, es posible que la obra de estos autores sea la primera manifestación literaria ajena a ese movimiento. Leídos en el contexto general de la prosa de la década puede decirse incluso que la renovación literaria del Ateneo comenzó por la prosa: Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos… A estos autores se les puede agregar la obra de los refinados prosistas; pero visto desde dentro, el Ateneo tuvo en este sentido una tensión estilística: por un lado, la prosa monumental de Vasconcelos y la grandilocuencia de Caso; por otro, el perfeccionamiento estilístico que daba como resultado una obra mínima y perfecta. ¿No tendrá su germen en el Ateneo esta escisión de la prosa mexicana? Julio Torri confiesa que su texto La oposición entre temperamento oratorio y el artístico era una crítica a Antonio Caso. Se entenderá el disgusto de Caso si se lee la opinión de Torri sobre los oradores: “Inútil me parece decir que jamás adquieren de un escritor cualquiera ese conocimiento profundo que se convierte en carne y sangre de uno, y que trasciende aun a los ademanes y gestos habituales”. Hasta ese momento, ningún escritor mexicano se había atrevido a escribir una composición en la que la prosa pudiera parecer un trabajo de exquisitez miniaturista, como la siguiente, también de Torri:

Labios que hoy besamos y que mañana estarán exangües, cuando la amiga ocasional repose en la plancha acogedora del depósito de cadáveres. Tendremos que alegar ante el juez de instrucción nuestros honorables antecedentes de horteras respetables o una coartada que no parezca del todo inverosímil.

Otro aspecto (muy poco tratado) tiene la poesía del Ateneo: la incorporación del verso libre a nuestra poesía. Fue Alfonso Reyes, en el poema El descastado, de 1916, el primero en utilizarlo. Pero la innovación poética de Reyes no tuvo repercusión visible: todavía se tendría que aguardar hasta la siguiente generación de escritores, la de los Contemporáneos, para que la poesía mexicana incorporara a su acervo el verso libre.
Por último, falta agregar a la lista de intereses del Ateneo el interés por la cultura novohispana. Nervo había sido el revalorador de sor Juana en 1910, luego de una conferencia en Madrid, de la que salió su libro Juana de Asbaje. Más adelante, Reyes siguió las huellas de Ruiz de Alarcón y de fray Servando Teresa de Mier. Desde el plano de la narrativa, Genaro Estrada con Pero Galín y Mariano Silva y Aceves con Arquilla de marfil despertaron el interés por las épocas de Felipe III y Carlos III, por la corte del Virrey Mancera y por las leyendas populares. Según el Abate González de Mendoza, el colonialismo fue producto de la repercusión de “la sacudida revolucionaria”. Así, un grupo de escritores quisieron buscar en una idealización de los tiempos novohispanos una ciudad segura, amable y civilizada, lejana de los movimientos revolucionarios. Alfonso Cravioto, integrante del Ateneo, publicó en 1921 El alma nueva de las cosas viejas, poemario de tema novohispano. A pesar de la poca calidad de los textos, el libro de Cravioto es importante por ser la única muestra poética de un movimiento artístico que se manifestó pocos años antes de comenzar la década de los 20. Aquí, el autor postula la importancia de un arte mexicano. “Busquémoslo y si no existe, inventémoslo”, sugiere. Muy pocas son sus aportaciones formales (versos bisílabos, eneasílabos y de trece sílabas). Sin embargo, este libro debe leerse en el marco de una ideología que se formaba por esas fechas: el discurso nacional que distinguiría al poder a partir de los años veinte. Hernán Cortés, Cuauhtémoc, Sor Juana, Sigüenza y Góngora, Tolsá son algunos de los nombres que Cravioto incorpora a su visión del arte mexicano. Y no debe asombrar la semejanza temática con La suave patria o con el muralismo en varios de sus poemas. En realidad, lo que este libro contiene son apreciaciones sobre las categorías de la historia oficial: no todas las figuras y escenas que Cravioto propone pertenecen al discurso nacionalista de las siguientes décadas, pero es interesante señalar que -a diferencia de sus antepasados liberales- Cravioto busca integrar el arte novohispano relegado por el pensamiento liberal decimonónico. (Se puede suponer que Cravioto tuvo mucho qué ver con el museo colonial que se formó en San Juan de Ulúa durante los días en que Carranza lo utilizó como Palacio de Gobierno). La recreación de la vida y la cultura novohispana lo hermanan con las Tradiciones y leyendas mexicanas publicadas por Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza en 1885 en medio de las polémicas de los liberales contra los positivistas: Cravioto, treinta y cinco años después participa con los mismos temas en una polémica distinta y cercana. De hecho, rescata las nociones de Justo Sierra en torno a Cortés (Sierra lo llama “padre de la raza” y a Hidalgo “padre de la patria” en respuesta a Bulnes que llama “padre de la patria” a Cortés).


IV. La revista Nosotros
En 1912 surge el primer grupo de seguidores del ateneísmo, la revista Nosotros (1912-1914), formada por alumnos de Rafael López en la Escuela Normal: Francisco González Guerrero, Rodrigo Torres Hernández y Gregorio López y Fuentes. Aunque su obra partió de la escrita por Rafael López y Enrique González Martínez, su interés literario fue consolidar un nuevo grupo. De aquí salió un libro memorable, La siringa de cristal (1914), de López y Fuentes. El libro se caracterizó por llevar al extremo ciertos usos del Modernismo como la rima de partículas átonas, la división de adverbios en mente para utilizar la rima interna, los hemistiquios que rompen la palabra en dos. La obra de López y Fuentes fue reconocida por Manuel Maples Arce como uno de los puntos de partida para romper con la estética modernista. Véase el poema Deshojación, incluido en La siringa de cristal:

Hay muchas gemas raras en la clara vitrina
del cielo, que ha vestido con sus más ricas galas,
y nieva luna como si garza peregrina
volara deshojando las plumas de sus alas.

Te yergues a manera de una afilada espina
y me miras a los ojos; con tu mano, a las
que la luna, cual mota, si apenas enharina,
una flor que aborreces al aire despetalas.

Ves cómo huyen los pétalos y te pones muy triste
y sollozas y gimes porque no conseguiste
arrancar su secreto; entonces lentamente

junto a tus hombros húmedos de luna y de cenizas
“de tu huerto es” –te digo—y reclino la frente
y amenos despetalas tu labios en sonrisas.

Por su lado, a González Guerrero se le debe la primera antología publicada en México del poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig (Cvltvra, 1916), quien influyó tanto en López y Fuentes como en Ramón López Velarde. El grupo terminó de forma abrupta en 1914: Torres Hernández murió peleando por Zapata en Morelos, López y Fuentes se alistó para luchar contra la invasión norteamericana en Veracruz, y González Guerrero se dedicó a la crítica literaria en la ciudad de México.
La poesía de los integrantes de Nosotros ha sido casi inexplorada: si bien tuvieron la vida en contra, falta conocer la importancia de la obra de López y Fuentes y su influencia sobre el Estridentismo; falta estudiar la extensa obra crítica de González Guerrero y la figura casi fantasmal del poeta oaxaqueño Rodrigo Torres Hernández. Aún se le debe un estudio a la única revista literaria que pudo resistir durante los días posteriores a la caída de Díaz.


V. López Velarde y el Provincialismo
A mediados de la década comenzó la influencia de la poesía belga; se leyó, sobre todo, la obra de Émile Verhaeren, Georges Rodenbach y Maurice Maeterlinck. Luis Noyola documentó la influencia de Rodenbach en López Velarde. Este autor tuvo una presencia más honda: la obra de Xavier Villaurrutia se inició con un sentimiento literario muy cercano al del autor belga. También Enrique González Martínez dio tres conferencias sobre estos autores y fueron publicadas en 1918 por Cvltvra. Años después, en 1931, Francisco Castillo Nájera hizo una antología, Un siglo de poesía belga que reunió a 78 poetas. Gabriel Zaid considera que los escritores católicos se interesaron por esta poesía ya que simbolizaban la cultura católica moderna. Además, los poetas belgas tocaron el tema del nacionalismo que interesó a la generación de López Velarde.
La publicación de La sangre devota (1916) fue una renovación de la poesía mexicana: la falta de originalidad y de experimentación a que había llegado puede observarse en la obra de los ateneístas menos destacados; en general, se habían dedicado a seguir acríticamente la obra de los principales modernistas. La obra de algunos ateneístas como Manuel de la Parra, Luis Castillo Ledón o Ricardo Gómez Robelo leída a la luz del primer libro de López Velarde los vuelve irrecuperables: ¿cuál habrá sido su encanto antes de la aparición del zacatecano? La sangre devota continuó los caminos iniciados por las obras de Gutiérrez Nájera y Othón, fue una continuación de la tradición poética y no constituyó una ruptura con los paradigmas del Modernismo. Sin embargo, la parte sustanciosa de la obra de López Velarde no fue entendida a profundidad; sus seguidores (Fernández Ledesma, Martínez Valadez) sólo copiaron lo más exterior de su poética. En casos mejores, como los de Alfredo Ortiz Vidales o Francisco González León contribuyeron a la creación literaria de la provincia; los pueblos y las calles de su obra son más parecidos a una novela francesa que a la realidad mexicana. Fue su obra una manera de postular su utopía social.
Pero no debe olvidarse que La sangre devota contiene poemas escritos desde 1908, por lo que el libro puede ser leído como una muestra de la poesía escrita desde la provincia como una respuesta a la estética de la ciudad. Ajena al mundo del ateneísmo, la obra provinicialista de López Velarde tuvo lectores que vieron en ella una recuperación del campo y el pueblo que purificaban la estética corrupta de la ciudad: algunos enarbolaron estas ideas para captar literariamente la provincia. Pero ignoraban que la genialidad de López Velarde provenía de una serie de procedimientos literarios, de la construcción del poema en una forma tan compleja que le ha valido comparaciones con Góngora (Enrique Diez Canedo, José Emilio Pacheco). Fue Antonio Castro Leal, en una nota publicada en El Nacional, quien traspasó los umbrales de la crítica superficial: “Este poeta es, por otra parte, un poco extraño y empieza a mostrar un arte paulatinamente oscuro y difícil. Estas nuevas cualidades nacieron de las viejas cualidades…”
En efecto, desde el principio, la obra de López Velarde tuvo varias interpretaciones. Al cumplirse treinta años de la desaparición del poeta, Alfonso Reyes escribió un comprensivo texto en el que habla de tres aguas que corren por su poesía: el agua corriente del tiempo que transcurre, de la vida cotidiana; el agua en cristal que proviene del Parnasianismo: la escultura y la armonía; y el agua profunda: “voz patética, sensualidad y miedo, simbolismo más o menos consciente, sonambulismo ‘suprarrealista’…” En su momento, no todos los críticos ni todos los poetas supieron encontrar la fuente de esas tres aguas.
De la obra del zacatecano se desprenden dos maneras de concebir la poesía: quienes vieron en la provincia el tema a explotar con los recursos de la poesía francesa y belga (Jammes, Rodenbach, Verhaeren) y quienes tomaron de la poesía del zacatecano las herramientas para renovar la lírica. Estos últimos, estridentistas y contemporáneos, se nutrieron en el Modernismo pero iniciaron la década de los 20 con una experimentación novedosa. En cambio, entre los seguidores del López Velarde provincialista se encuentra un último periodo del Modernismo prácticamente inexplorado (sobre el tema sólo conozco la conferencia de Héctor Pérez Martínez, “Los poetas provincialistas”, Huytlale 11, febrero de 1954, pp. 118-122). Modernistas provincialistas fueron Alfredo R. Placencia, Ramón López Velarde, Manuel Martínez Valadez, Alfredo Ortiz Vidales, Francisco Castillo Nájera, Eduardo J. Correa, Enrique Fernández Ledesma, Francisco González León y Jesús Zavala. En general, a estos autores los unió la visión de la provincia a través de la poesía francesa. Que este periodo esconde poetas de extraordinaria factura puede demostrarlo la obra de González León o la del olvidado Ortiz Vidales. La publicación de un libro prácticamente desconocido, En la paz de los pueblos (1923), puede significar el fin del Modernismo; “En el cuarto. IX”, poema en el que la cuaderna vía resuena sordamente, puede dar fe de la calidad de esta etapa de la poesía:

Yo soy un pobre hombre sin entusiasmo, triste
y como pluma, regla de no sé qué pupitre
oficinesco, vivo metodizadamente
guardado, sin moverme, en medio de la gente.

Hubiera yo podido ser cruz, estrella, rosa
o gozar de la vida señalando la hora
de manecilla, tieso, como grave persona
que ya tiene completa cara de ceremonia.

Pero yo no lo quise y la vida, la vida,
yo no sé, siempre tuve una mirada fría
juzgándola y ella, como mujer perdida
ahora hace burla de mi melancolía.

Por lo demás es dulce, ¡oh!, sí, es suave, hondo,
este vivir aislado casi como un ogro.
Este sol, aquel libro, este oro del fondo
en el cuarto son nadie, ¿no son de veras todo?

Para situar correctamente al Provincialismo, es necesario hacer notar que fue una manera de escribir rechazada prácticamente en su totalidad por el Ateneo de la Juventud. En la obra de González Martínez, sólo “Iglesia de barrio” puede pertenecer a esta estética; más ejemplos puede ofrecer Rafael López, único poeta del Ateneo marcado literariamente por la amistad de López Velarde.

* * * * *

Se ha llamado Posmodernismo al periodo comprendido entre la publicación de Los senderos ocultos y la muerte de Ramón López Velarde. Sin embargo, la existencia del Posmodernismo dependería de la ruptura con los postulados del Modernismo. En realidad, el Modernismo funcionó al revés: la poesía mexicana entre 1880 y 1921 fue una acumulación de recursos literarios modernistas. Las corrientes que en Europa fueron claramente diferenciadas y a veces hasta opuestas, en México convivieron sin problema incluso en la obra de un mismo autor. ¿Es posible diferenciar, por ejemplo, en la obra de Efrén Rebolledo el Decadentismo del Parnasianismo?
La idea de que es necesario conocer la tradición poética francesa es cierta para toda la poesía de la década: los poetas de la Revista Moderna lograron trasplantar a México la poesía francesa hasta los simbolistas finiseculares; los ateneístas incorporaron a los autores neosimbolistas. Con la muerte de López Velarde en junio de 1921, termina el Modernismo mexicano. Existe una conexión con la juventud literaria: José Gorostiza es el encargado de pedir al zacatecano la escritura de La suave Patria.
Pero es cierto: hubo un libro –Azul…– que fue la entrada al Modernismo. Otro habrá que sea la puerta de salida; ese es Zozobra (1919), de López Velarde también. Está fuera de los límites de este ensayo –y del ensayista– determinar si ese libro puede considerarse fuera del modernismo. Lo cierto es que leído sólo con los criterios de la poesía Modernista, las grandes conquistas poéticas de López Velarde se esfuman ante la vista.

Buscar al mejor poeta vivo o al más importante de un periodo es más que un ejercicio: es la puesta en práctica de la creencia en el puesto del poeta como el más prominente del mundo literario. En 1913, Pedro Henríquez Ureña se hizo la pregunta: ¿Quién será el poeta de mañana? Parece que no se dio cuenta de que la pregunta estaba dirigida a quien se esperaba que sucediera a González Martínez: Alfonso Reyes. Julio Torri, al reseñar La sangre devota, llamó la atención sobre Ramón López Velarde y dio respuesta a la pregunta de Henríquez Ureña: “López Velarde es nuestro poeta de mañana, como lo es González Martínez de hoy, y como lo fue de ayer Manuel José Othón”. Acostumbrado a guiar el rumbo de la literatura, Henríquez Ureña quiso leer a López Velarde sin mayor trascendencia: en sus textos críticos, el escritor zacatecano es sólo una nota al pie de la página. En el dossier que acompaña la edición de la Obra poética que preparó José Luis Martínez (México, Archivos del FCE, 1998), el comentario de Henríquez Ureña (escrito en 1949) destaca por la manera de escatimarle méritos al poeta:

Otro tipo de poesía barroca, en que la complicación y novedad de las imágenes que se dan la mano con una cariñosa ternura por las cosas comunes y cotidianas, apareció con Ramón López Velarde, que retrató la vida pintoresca de las viejas ciudades del centro de México y finalmente trazó una breve síntesis del país con su Suave patria.

El gran hecho del establishment fue la sucesión de González Martínez: cuando todos deseaban que Alfonso Reyes heredara el cetro del Poeta, resultó que el mejor poeta apareció fuera del grupo en la forma de un burócrata provinciano, muy alejado de los grandes árboles genealógicos del Porfiriato. Esta sucesión forzosa transgredió las reglas de los grupos intelectuales, pero fue el lugar de donde salió la poesía mexicana contemporánea.

(Este texto fue escrito con una beca del Centro Mexicano de Escritores, 2004-2005)

2 comentarios:

Christian Gaudi dijo...

Gracias por el regalito a todos aquellos a los que nos da hueva hacer el trabajo final de literatura mexicana V o VI.

El faro Cultural dijo...

Gracias Pavel por este completo acercamiento a la poesía del Ateneo y por tus agudos comentarios : )