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miércoles, 28 de febrero de 2007

Juan Rulfo: Para llegar a los límites de un espacio ilimitado


Desafortunadamente, no tengo nada que aportar a todo lo que se ha escrito sobre Juan Rulfo; tal vez, dar vueltas alrededor de su obra no sea más que dar vueltas sobre mí mismo, girar en círculos a lo largo de grandes extensiones de vacío. La sensación de caminar sin sentido que rodea los textos que escribo se acentúa si pienso en su pequeña obra literaria; y es entonces cuando me encuentro a mí mismo, frente a mí, recriminándome: ¿para qué escribes? ¿qué sentido tiene? ¿cuál es tu cometido? Son preguntas que me siguen, y a las que trato de rehuir, paradójicamente, escribiendo. Trato de no enfrentar grandes preguntas cuando escribo, de nada sirve y regularmente, no tengo otra respuesta qué darme que escribir para intentar una respuesta. Pero después de escribir, se llega fatalmente a algún sitio: esta es una verdad a la que me aferro en medio del camino, cuando sólo la nada rodea el acto de la escritura. Sí: colonizar la Nada tal vez sea uno de los ejercicios que con mayor anhelo acaricio. Y ya que la Nada no es susceptible de acariciarse, mejor recurro a las palabras. Las palabras tienen su camino y es mejor seguirlo por las buenas, antes de que sean ellas las que arrastren la mano que las conduce. Pero no se llega más que al camino, a esta triste conclusión llega uno de los personajes de Antón Chejov: el escritor escribe, con prisa, como queriendo llegar a algún sitio, como si manejara un carruaje, escribe una obra sólo para abandonarla y de inmediato saltar a la que sigue, todo en una carrera frenética que no termina de llegar a ningún sitio.

“Para el que va, sube; para el que viene, baja”, son las palabras que hablan del camino que lleva a Comala. Y a Rulfo no hay que pedirle más señas; él tiende a desaparecerlas: a eliminar señas, líneas, nombres, caminos y vidas –sobre todo vidas. En medio de tanta muerte, Rulfo ejerce su poda; si él pudiera elegir, seguiría quitando elementos, arrancaría las malas yerbas. Reducir, reducir hasta lo esencial, para que los elementos sean los mínimos que puedan soportar la intensidad de las vidas que se contienen en esa exigua obra. Sólo una cosa se multiplica: el castigo. Asoma detrás de las puertas, en la aparente calma y muerte del pueblo. Cuando se abren las puertas para entrar a las casas abandonadas, cuando se encuentra un individuo y las palabras lo siguen y van delineando un diálogo, ¡entonces, desaparece la vida aparente y sólo permanece el castigo! Al menos eso veo yo en este laberinto de palabras: apenas se acerca a algo concreto, el lenguaje se difumina, se acerca al objeto y, ¿qué pasa?, que éste se aleja, se diluye entre la nada; la última puerta está cerrada, ahí se encuentra cercado el objeto, a merced de la palabra, pero la puerta se abre y atrás no hay nada y es imposible regresar a ningún sitio; no se ha llegado a este lugar desde ningún sitio en particular y no vale la pena regresar. Atrás sólo está la muerte, la madre que ha muerto y un misterio que, en todo caso, sólo impulsaría al protagonista a regresar a este pueblo fantasma. No tiene, en este contexto, ningún caso regresar. Además, la noción de regreso ha perdido sentido: no hay camino de regreso y no hay sitio al cual regresar y las palabras que daban asidero a la noción del espacio han perdido su sentido. Para el que va, sube; para el que viene, baja: eso ahora no es suficiente para explicar nada. Ni siquiera el tiempo resuelve el problema del que está atrapado en un instante del tiempo, ¿habrá alguna manera de sepultar el Aquí? No, no la hay: esa es parte de la condena. Esto lo distingue de, por ejemplo, Beckett: mientras que en éste (en sus relatos) hay una serie de palabras que han perdido su relación con el emisor y con el tiempo de la emisión (el Yo ha muerto con sus nociones temporales pero queda el lenguaje) y quedan vagando solas en un cerebro vacío (si es que existe ese cerebro y no ha sido víctima de la putrefacción), en Rulfo, las almas son palabras que vagan llevando a cuestas su propio Yo; las palabras construyen un Yo. No pienso que las almas de Rulfo lleven en sí las supervivencias de sus propias vidas: ¡estamos en medio de palabras y eso es todo por ahora! Las almas rulfianas son creaciones de palabras y han quedado por ahí, flotando, como formulaciones verbales de los prejuicios que quedaron entre la niebla del pensamiento.

Estamos, pues, en tierra de palabras: no hay nada más, aparentemente, de aquí no se sale caminando, no hay nada más afuera de Comala, ¿eso es lo que quieren decirnos las palabras?, ¿que el infierno, como decía Marlowe, es el lugar sin límites? Los hechos no ocurren en el reino de las palabras, esa ha sido para nosotros una de las dolorosas enseñanzas de la literatura, es lo que aprendimos cuando llegamos a la literatura y vimos que todo ha ocurrido, que todo está vacío por más que se disfrace de presente. No, definitivamente, nada de lo que ocurre ocurre en la literatura: son palabras siguiendo hechos, incansablemente. Y esto es extensivo para todo aquel que quiere vivir: que viva; ya vendrán la palabras atrás, siguiendo, como perros, las huellas de la vida. ¿Quiere decir que por aquí, por este pueblo abandonado, ha pasado la vida? En todo caso, ha de ir muy lejos. De hecho, nos dicen, es inalcanzable: hay una línea que separa las palabras de los hechos. Nosotros no vemos esa tenue línea: no podemos leer las palabras que narran nuestros actos, así como aquellos que nos leen no pueden ver nuestra existencia. Definitivamente, las palabras y los hechos están separados: es lo que nos han dicho con bellas sentencias los poetas y los filósofos. Es como si fuera una pulsera de papel: por uno de sus lados van los hechos y por el otro, las palabras: cada uno sigue su camino sin riesgo de encontrarse nunca. Pero yo creo que no es así: alguien, en algún momento de la historia, ha roto esa cinta y la ha vuelto a unir para formar una cinta de Moebius. Sólo así se explica que nos hayamos vuelto lectores de nuestra propia vida. Gabriel Josipovici (en su libro Confianza y sospecha) ha llevado la discusión hacia este punto y ha buscado la tradición de la literatura que sospecha, intentando deslindar a los narradores que corren felices por su historia, sin detenerse a desconfiar de sus recursos. Para mi gusto ninguno de sus ejemplos de “ingenuidad” son tales: los escritores “naturales” son sólo aparentes. (Ni Shakespeare ni Schiller, ejemplos de “naturalidad” resisten esta categorización.) La cuestión es: qué tan rápido se persiguen palabras y hechos. Porque decía que se persiguen, pero no sé bien si las palabras van detrás de los hechos o son estos los que van siguiendo las huellas de las palabras, ¡siempre alguien llega tarde! La novela está hecha, los cuentos están terminados, se pueden ir a comprar a la librería, el proceso está acabado; de manera poco clara, los textos se han ido acomodando para dar como resultado el libro que está en los estantes de la librería, nada es responsabilidad de una sola persona, como sea los textos están ahí, las palabras conducen a ciertos lugares, pero en este caso los personajes se dirigen a un sitio del que no saldrán, ya sea para ir a morir, para continuar muertos, para recibir tierras del gobierno, para dar clases en un pueblo que se convertirá en su sepultura. La esperanza, claro, juega un papel muy importante: es el más efectivo de los señuelos. Conduce a los hombres hasta su destino y luego los abandona a la mitad de la nada, los personajes de Rulfo no la recuerdan, parece que han olvidado qué los ha traído hasta aquí. Será cosa de caminar, caminar (sí, suena inútil: no hay nada alrededor de Comala, más allá de Luvina): después de todo, el sin sentido ha conducido a estos personajes a una larga condena. Rulfo llegó a dar su versión de Comala, dijo que se trata de una venganza sobre un pueblo que luchó al lado de los realistas, de los norteamericanos y los franceses, que apoyó a los cristeros y a Porfirio Díaz; que Comala es un pueblo muerto sin remisión. Aquí se representa el castigo con su circularidad, con personajes que siempre regresan que, ante todo, no tendrán descanso y frases como “Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía” y todo eso tiene sentido entonces. Sólo tenemos una ventaja ante los personajes: nos queda muy claro que se trata de una simulación, de una representación de un castigo, los caminos que salen de Comala son largos, atraviesan la nada por debajo del sol y se llegará, fatalmente, si se sigue por ellos, a un cielo falso (estoy pensando en Truman show, la cinta protagonizada por Jim Carrey). El cielo y todos los elementos de la narración, están ahí, puestos por una mano, la que convierte en talk show cada instante de la vida de un personaje de novela. Augusto Pérez, en Niebla, intenta salir de la cárcel de la obra, enfrentándose a su creador; y Will Ferrell, en la reciente Stranger Than fiction, escucha la voz del narrador contando su vida: en la cinta de Moebius, palabras y hechos se han encontrado. Pero la obra, el resultado, está aquí, palpable, dando cuenta de la existencia de sus personajes, cualquier crítico sabe que es el terreno de la demostración de sus ideas y que su mano todopoderosa incluye una referencia en su ensayo, un pie de página, y remitirá al lector a una escena de la vida ajena y ficticia. Esto es así porque la crítica ha realizado una inversión que se acepta con alarmante frecuencia: la obra es el punto de partida para la crítica, no se puede volver atrás, si se vuelve la vista al pasado, los que huyen se convierten en estatuas. He señalado más arriba lo que Rulfo encontró en su propia obra, las palabras con las que un autor define su propia obra han sido encontradas en los propios resquicios del texto. Pero, alguien puede preguntar, ¿qué pretendes con este divagar por las palabras de Rulfo? Sólo intento decir que no hay afuera ni adentro, que lo que está del otro lado está, en realidad, al acecho de este lado. Rulfo no habla desde afuera, pero tampoco ninguno de nosotros: eso es absurdo, no hay una separación con respecto al arte: las palabras prolongan el terreno de realidad a nuestro alcance. Y no hay en esto nada de idealismos, hay sólo un llevar hasta las últimas consecuencias el terreno de la realidad. Las palabras vienen atrás de nosotros, yo leyendo en voz alta este texto soy una resucitación del muerto de que las escribió hace unas horas, una extensión. Hay puertas, conexiones entre la realidad y la obra, pero no son tan evidentes. Quizás Rulfo tenía de su lado que conocía más puertas que yo, su lector. Esa es, en el fondo, la diferencia esencial.

Trato de no ignorar nada. Apenas abro la puerta del texto se ven palabras a su alrededor, las palabras que dan cuenta de su factura, de la relación de Rulfo con estas palabras que se extienden ante la vista. Estas son palabras que han dejado atrás casi toda realidad, que han construido su propia realidad y que han hecho que el mundo irreal de Comala desemboque en cualquier sitio. ¿Cualquier sitio, he dicho? Tampoco ignoro que se ha tratado de implantar una especie de dictadura respecto al sentido de la obra: y ese sentido último es claro: se trata de una obra maestra y como tal debe de ser tratada, una obra de esta naturaleza no desemboca en cualquier sitio. Parece que se quiere decir que al genio no lo ayuda nada ni nadie, que el genio se desenvuelve a sí mismo engullendo todo a su alrededor, no hay obra más voraz que la genial, traga todo a su paso, traga el pasado y traga el futuro. Si se ha puesto en duda que Pedro Páramo sea la obra que se crea a sí misma, entonces, el dedo flamígero cae sobre esas voces, se les cierran las puertas de la interpretación. Los dueños de la obra dicen: “Hacia ese sitio no se puede ir. Haga favor de no entrar a las habitaciones de Susana San Juan. Esa puerta que conduce a María Luisa Bombal está clausurada, el que la traspase será consignado por la autoridad correspondiente”. ¿Autoridad? ¡Qué tema tan interesante! Aquí el autor tiene autoridad, también el cacique Pedro Páramo. Pero cualquiera que entre a ese extenso mundo de 270 páginas tiene autoridad (hasta donde se pueda entrar a un orbe que no tiene ni adentro ni afuera): acudo a mi propio derecho a hacer el recorrido que desee. En el número de Viento en vela que ahora comentamos se escuchan las voces de “autoridades”: se entrecomilla la palabra desde el momento en que se entiende que la relación con el arte no es vertical, no se le mira hacia arriba idealizándolo ni se le juzga desde la plataforma de la “autoridad”. Los que hablan tuvieron una relación cercana con Rulfo y abordan temas que atañen a la construcción de la obra, a la relación de las palabras con su autor. En general, todo apunta a que es necesario establecer el texto como palabras en la historia: las palabras tienen su recorrido, pero también la relación entre ellas. Yo sólo reivindico el derecho de tránsito, no sé si esto se oponga a la propiedad del arte, ignoro si Comala tiene una inmensa valla que diga “Propiedad Privada” pero me opongo a que el crítico se limite a recibir una obra y no tenga posibilidad de seguir el camino de regreso de la obra a la creación. Todo lo que coexiste en esta publicación sugiere que Pedro Páramo tuvo que ser modificada por razones editoriales. Pero además, el rumbo de la discusión actual en torno a la obra rulfiana ha sido natural: hay una valla igualmente extensa de discurso canónico que cobra el paso de las obras de arte, hay crítica literaria entendida como policía aduanal del arte: “Tú no puedes pasar”, se le dice a las obras, “debes ganar tu derecho a existir”. Todo esto, es tangencial a la belleza del arte, es cierto: el arte es la puerta de entrada un mundo más grande. Pero como escritor y como lector, tomo para mí el derecho de entrar a la obra de arte por el camino que quiero. La entrada a Comala tiene muchas voces, muchos murmullos, todos hablan a su alrededor al mismo tiempo. Todo se confunde. El silencio de este páramo está rodeado de voces, todos hablan de lo que hay allí dentro y cada voz se arroga el derecho de decir hasta dónde es posible entrar. Pero todas estas palabras que se encuentran alrededor de Rulfo, hoy, son en realidad palabras que indican que hay discusiones que no están muertas. Son necesarias, en tanto, el autor tiene que volver a comparecer, si ustedes quieren, no ante la literatura, sino ante nosotros, más modestos, es posible, pero también, más reales. Por mi parte, he sido conminado a entrar, “Pasa, esta es la puerta hacia el Sentido, entra”, me han dicho, ahora lo que me rodea son muros abandonados, el cuarto está cerrado por dentro, las palabras se materializan y se convierten en muros que me separan de la realidad, será posible traspasar el muro de las palabras… Ante mí, se materializan las voces, me hablan, son fantasmas que representan un poder externo: “¿Cómo has entrado hasta aquí? ¿Quién lo ha permitido?” “Me han abierto la puerta, he seguido a alguien que me trajo.” “¿Quién?” “El autor. No he hecho más que seguir sus palabras.” “Pobre Juan Rulfo. Debe de andar penando todavía.”

(Presentación de la revista "Viento en Vela", dedicada a Juan Rulfo. Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. 27 de febrero de 2007 )

4 comentarios:

Alberto dijo...

Hola, Pável, y muchos saludos en esta ventana virtual. (No sabía que tenías este blog... En fin.) Espero que estés muy bien y te dejo invitación para otra bitácora: www.lashistorias.com.mx/blog. Además, un abrazo.

Anónimo dijo...

Es evidente que no tiene nada que aportar a lo que se ha dicho sobre Juan Rulfo, sólo divagaciones.

n2g dijo...

La fotogrfía que pusiste me gustó bastante. Me han platicado que la nada es mucho más interesante que el todo. De la una se puede brotar, de la otra: uno se pierde y se pierde entre tanto. Un abrazo y finalmente me di una vuelta.
N

n2g dijo...

Hola Pavel: Dicen que la nada es más interesante que el todo. De la una se puede brotar, en la otra uno se pierde. Un abrazo. N.