Mi papá era aficionado a las enciclopedias. Debimos de tener unas tres o cuatro en la casa, además de colecciones de libros de economía, carpintería, novela policiaca, cine, la Segunda Guerra Mundial, la vida marina, el arte universal, salud, clásicos juveniles, el cultivo de las flores, literatura de terror, comics, biografías de políticos, atlas, libros de filatelia y de modelismo, entre muchos otros temas. Todavía hay veces en que un libro sobreviviente de entonces se me aparece en los libreros y lo tomo con curiosidad. Simplemente, la manera en que llegaron a nuestra casa tiene algo de práctica en peligro de extinción: los vendedores de revistas y periódicos que conseguían números atrasados. Ahora es difícil encontrar periódicos en los lugares en donde antes se iba a ojearlos o a comprarlos. La costumbre de leer la edición dominical y repartir las secciones entre los miembros de la familia, las revistas que aparecían los domingos y los suplementos de historietas y literarios. Todo lo que intuía entonces era anacrónico. Los periodistas escribían su columna en su casa y tenían que llevarla o mandarla al periódico. Así que era un buen rato tomar el coche e ir a la redacción. La hora del cierre, ¿qué implicaba? La formación de las secciones y el envío a las rotativas. Ni entonces ni ahora me puedo imaginar el proceso completo. Nunca había meditado en la manera en que las fotografías que se tomaban una mañana en África llegaban al otro día en la mañana a la casa, en la portada del periódico. De eso trata este libro, pero cada uno de los capítulos amerita un libro completo. Sobre todo porque cada tema ha cambiado en las últimas décadas. Me entero, en el capítulo dedicado al video, que el Bing Crosby Research Institute presentó en 1951 una cinta magnética que podía registrar imagen y sonido. No conozco este instituto, pero buscándolo me entero también de que existe una wikipedia de Historia de la Ingeniría y de la Tecnología (ETHW) en que se cuenta la relación del cantante Bing Crosby (1903-1977) con la grabación magnetofónica. Además de ser uno de los grandes crooners de la historia, fue un astuto hombre de negocios: invirtió en la primera marca de jugo de naranja congelado (la actual Minute Maid), así como en negocios inmobiliarios y en pozos petroleros. Pero la relación con la tecnología proviene de su disgusto por hacer programas en vivo en horarios que interrumpían con su vida familiar. Luego de negarse, la NBC aceptó que los programas de la temporada 1945 fueran grabados, siempre y cuando tuvieran la misma calidad que los programas en vivo. Luego de probar con la grabación en discos de gran formato, que no alcanzaron la calidad deseada, el cantante conoció a Jack Mullin, un ingeniero que había notado la gran calidad de los programas transmitidos desde Alemania. Por ese entonces, había sido enviado a París para conocer un equipo de transmision alemán, capturado por los aliados. Fue que conoció las cintas magnetofónicas, de las cuales pudo llevarse 50 para estudiar en los EU. Bing Crosby utilizó estas cintas para grabar sus programas. Cuando llegó la televisión, Crosby preguntó si sería posible grabar la televisión como era posible grabar la radio. Algunos años más tarde, en 1956, la marca Ampex presentó la grabadora de video. Entonces, el cantante pagó 50 mil dólares por esa primera grabadora, con lo que se convirtió también en pionero en este sentido. Quizá el único daño que provocó con su visión comercial fue la invención de las risas grabadas que puso en sus programas. Quien piense que es un capítulo que ocurrió hace mucho, debe de saber que la preservación de hoy, en tiempos digitales, sigue haciéndose en cintas magnéticas.
Juan Luis Cebrián. ¿Qué pasa en el mundo? Los medios de información de masas. Madrid, Salvat, 1986. (Col. Aula Abierta, 55)
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