Otras entradas

domingo, 5 de julio de 2020

Radio. Poema inalámbrico en trece mensajes, de Kyn Taniya



Para Susana Kin Taniya

 

Me interesa el Estridentismo, quisiera leer acerca de sus poetas y de su tiempo. No sé, sin embargo, si existe el libro que quiero leer. Tal vez sí, pero no lo tengo entre mis próximas lecturas. No sé si lo buscaré la semana entrante o el mes que viene. Y debiera de darme el tiempo aunque sea para visitarlos, pues fueron entre nosotros quienes se atribuyen haber tenido nuevas sensaciones, la emoción de la tecnología. ¡Contemplar la maquinaria para la construcción, mirar un aeroplano, prender un radio! Hoy que ya no recibimos los frutos de la técnica con encendidas loas poéticas, sino con una profunda desconfianza, volvemos al Estridentismo con una arqueología de nosotros mismos que nos hará meditar cómo es que la ciencia y la poesía deberían de tener una mejor relación. Dicen que Edgar Allan Poe llegó temblando de emoción a presentar su nuevo libro a un editor, un libro que hoy no lee nadie, llamado Eureka, y cuyo tema es la conmoción estética por la ciencia, en su caso por la Astronomía. Volvamos, si me permiten, al asombro de los años 20. Es interesante revisar su instrumental técnico para captar el pasmo. Como se ha dicho antes, sólo que quiero recordarlo aquí, la metáfora fue para ellos la vieja jubilada de la retórica. La imagen –la enunciación de realidades posibles al interior del poema– es la joven que estrena sus encantos. No sé en qué momento esta distinción dejó de ser pertinente, pero todavía sirvió en tiempos de Octavio Paz para organizar aquello que se decía en torno a la poesía. En fin, entremos un poco a Radio (1924), de Luis Quintanilla (1900-1980), porque sus trece mensajes inalámbricos tienen algo que decir. En primer lugar, que es importante saber que en el aire hay voces, en la atmósfera nos sobrevuelan, y allá, lejos, conversan entre sí. El autor del prólogo le da una importancia a esta literatura que con el tiempo se le ha restado. Pero tiene razón, estas voces en la atmósfera, la radio que apenas en 1923 había hecho sus primeras transmisiones comerciales en la Ciudad de México, inauguran la idea de la simultaneidad. Tantas cosas que pasan a la vez. Por ejemplo, mientras camino por esta noche, la luna baila un fox-trot en Nueva York. El viento tiene una densidad invisible, abrumado como está de voces. Sólo que no las captamos, ahora sí gracias a las antenas. De ahí que la imagen del poeta como pararrayos celeste (Rubén Darío) se actualiza para convertirse en antena. ¿Qué es lo que capta? El vértigo de las civilizaciones. Sólo que, desafortunadamente, eso ha quedado un poco superado, ya que la velocidad de la sorpresa y su consecuente horror viaja más rápido que el ánimo poético. En el inmenso cuadrante tratamos de sintonizar almas, las buscamos a través de los átomos y los anuncios comerciales, tendremos nuestros programas de quince minutos para figurar, seremos “mariposas espirituales”. Disgregado en pequeños versos, casi mágicos, se encuentra este poeta, en una especie de monólogo (monólogo de bolsillo). Me hubiera gustado conocerlo, hablar con él de este breve libro que es un testimonio de los buenos tiempos del optimismo.

 

Kyn Taniya. Radio. Poema inalámbrico en trece mensajes(1924), pról. Alejandro Palma. México, Malpaís, 2014. (Col. Archivo Negro de la Poesía)

sábado, 16 de mayo de 2020

La cámara oscura, de Georges Perec




Georges Perec nació en los alrededores de París, en 1936, y murió en 1982. En muy pocos años escribió una obra que se desdobla y que potencialmente puede multiplicarse, dado que obedece a reglas que permiten el desarrollo casi infinito de posibilidades de escritura. Es decir, una propuesta de forma que va creando sus propios contenidos. Pero ésta es una puerta que se abre a un mundo demasiado grande, en el cual no me había interesado antes. En realidad, tampoco ahora. Por lo que la cerraré para concentrarme en este libro, aunque en realidad no lo haré, puesto que se trata de un libro que tiene sólo un lector ideal, es decir: el propio autor. Son 124 sueños soñados entre 1968 y 1972, ordenados cronológicamente. Leyendo sus páginas podemos ir entresacando varias conclusiones. La primera de ellas, que un libro de sueños sólo interesa al que los sueña, entrevé sus reales significados y entiende lo que el sueño quiere decir. También, que el sueño tiene una vida corta en la vigilia, por lo que se tiene que escribir antes de que se disuelva. Dado que este libro contiene un índice temático, vemos que el inconsciente tiene asuntos, colores y objetos favoritos. El autor despoja sus sueños de cualquier misterio, ya que los relata de manera sucinta, con las emociones recortadas. Pero también, este prontuario onírico hace pensar que el inconsciente goza dictando sus historias. En realidad, proyectando su película, de ahí el título del libro. Somos sus espectadores cautivos, y lo que es inquietante en el sueño lo es sólo para nosotros. Tienen estas historias nocturnas notables carencias argumentales, las historias que iban tan bien, que tanta emoción nos causaron, son pésimas historias una vez que se despliegan con ayuda de la prosa. Si en vez de ser nuestro inconsciente, fuera un escritor en busca de editor, le diríamos: “Trabaje más su argumento. Hay una promesa de una buena historia pero no se cumple”. Eso se debe a que tiene las costuras salidas por todos lados. Una cosa más: los sueños se cuentan en presente. Por alguna razón, nos continúan pasando a lo largo del día, aun cuando su condición es borrarse constantemente. Parece que no es bueno mi concepto del sueño. Sin embargo, la escritura busca quizá alcanzar algo que sólo el sueño logra quién sabe de qué modo, y es esa sensación de extrañeza con que tiñe todo. Cada elemento del sueño nos es conocido y desconocido a la vez. ¡Si pudiera hablar de mis sueños! Apenas hace unos días tuve uno muy curioso, lleno de calles que recordaban tantas cosas buenas de la vida, hasta un aroma entrañable de plantas nocturnas. Incluso lo llevé a la mesa de disecciones del psicoanalista, para conocer su secreto. El sueño resultó representar una promesa de felicidad. Quién sabe cómo me evadí de ese sueño por entre el laberinto de sus calles, lejos de las manos del inconsciente, el cual monta todas las noches una pequeña pieza teatral que esconde detrás de sí una clave para el misterio de la vida, y que se desvanece cada mañana sin que la podamos recordar.

Georges Perec. La cámara oscura. 124 sueños / La Boutique obscure. 124 rêves (1973), tr. Mercedes Cebrián, 2ª ed. Madrid, Impedimenta, 2010.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La carrera del libertino, de W.H. Auden y Ch. Kallman



No es por hacer menos a la Humanidad, pero en estos días en que el planeta entero es un solo departamento escondido para una tumultuosa Ana Frank, o una única isla para un Robinson Crusoe, no le debería quedar de otra que reflexionar. Siendo el día en que la Tierra se detuvo, la Fatalidad pone su mano en nuestros hombros para decirnos: “Ha llegado el momento”. Y nosotros lo sentíamos más adelante, en un razonable porvenir. No teníamos planeado hacer el balance de nuestras obras. No todavía. Tantos bellos proyectos trazados sobre el lejano horizonte. Y resultó que ese horizonte no era más que una escenografía que no dejaba ver un presente desesperanzador. Una escenografía, tal como en una ópera. Y puesto que el tema de actualidad es el plazo –aquel que tarde o temprano llega a revisar las cuentas de las promesas (algún día estuvimos hechos fundamentalmente de promesas)–, nada mejor que revisar una ópera sobre este asunto. Trata de un joven, Tom Rakewell, que, para poder aspirar al amor de una joven, desea dejar la pobreza. Inmediatamente después, los libretistas ni siquiera esperan a la escena siguiente aparece un solícito sirviente con la noticia de una repentina herencia. ¿Cuánto cobrará este sirviente por su tiempo, por su oficio de abrirle las puertas del gran mundo a este joven heredero? No hablemos de eso, amo, dentro de un año y un día arreglaremos cuentas. Mientras tanto, es necesario vivir, saborear todos los placeres. Igor Stravinsky (1882-1971) había visto la serie de grabados de William Hogarth (1697-1764), La carrera del libertino (1736) en una muestra en Chicago. Esa serie de escenas del siglo XVIII tenía en su cabeza cuando comenzó a buscar libretista. Aldous Huxley, su vecino en su reciente patria (desde 1945 Stravinsky era ciudadano estadounidense), le recomendó al poeta W.H. Auden (1907-1973). Éste a su vez incluyó a su colaborador Ch. Kallman (1921-1975) en la escritura del libreto. Frente al despreocupado libertino dieciochesco, Auden amasó otro hombre. Le puso dentro culpas cristianas y lo llenó de premoniciones. No tantas que no supiera que su verdadero contrato lo había firmado con el Diablo. Otro de los elementos proporcionados por el poeta fue la esposa con que Rakewell conoce el placer, Baba la Turca, una mujer barbada, atractiva y exótica (en algunas puestas en escena, representada por un contratenor). No siendo conocedor del Derecho infernal, desconozco por qué el Diablo es regido por sus determinaciones contractuales. Un año y un día después, el sirviente atento se presenta a cobrar sus honorarios, los cuales, en las historias, ascienden, más impuestos menos retenciones, en un alma neta para incorporar al Infierno. Pero aún aquí, la suerte se pone del lado de Rakewell para salvarlo en una última apuesta. A cambio de la vida paga con la razón. De aquí que la última escena sea en el manicomio, en donde su novia primera lo visita para ver si con amor puede devolver la salud. En los grabados de Hogarth, esa novia desapareció desde la primer escena. En esta versión retocada sutilmente por el catolicismo, el amor extiende sus ramas más allá. No mucho más allá. De hecho, no llega a la moraleja, en donde se nos dice que el amor no siempre salva. Salva –en el más acá como en el Más Allá– leer los contratos antes de firmar. Pero no salva el amor, escrito en su mayoría con letras chiquitas, imposibles de leer.

W.H. Auden y Ch. Kallman. La carrera del libertino. Libreto de la ópera en tres actos de Igor Stravinsky / The Rake´s Progress (1951), tr. y notas de Mirta Rosenberg y Jaime Arrambide, edición bilingüe. Buenos Aires, bajo la luna, 2003.

martes, 5 de mayo de 2020

Fiasco, de Imre Kertész



Esta novela es un intento de “tejido” que por todas partes se desteje. Cada vida relatada aquí es una especie de hilo que no alcanza a mezclarse. Y, de manera colectiva, no se alcanza a ver en qué consiste el entramado total de estas existencias. Bien a bien, qué extraña manera de construir y qué poca consideración con el que la reseña. No sé bien dónde está el adentro y dónde el afuera, pero diré que Fiasco (1988) está relacionada con la principal obra de Imre Kertész (1929-2016), la novela Sin destino (1975). El sentimiento resultante de la lectura de esta última es extraño, ya que prepara a lo largo de sus páginas un efecto de belleza inusual. El joven sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz mira con nostalgia sus días de encierro y cuenta los momentos de felicidad en él. Auschwitz es un sentimiento, pero no un sentimiento sencillo. Fiasco es el primer círculo concéntrico de Sin destino, es la historia de su creación. O la aparente historia, ya que nunca sabemos en qué porcentaje el Yo de estas novelas está lleno del yo del autor. Es la historia de un narrador que construye otro narrador. Pero Sin destino se parece tanto a la realidad que, generalmente, se toma como un testimonio. Rousseau, de sus Confesiones, afirmaba que eran el libro con el que se presentaría ante el Juez Supremo para dar cuenta de su vida. Me imagino que Sin destino es un libro que confundiría a Este aduanero quién sabe si versado en Crítica Literaria. Fiasco, que tendría necesariamente que ser “más real” en tanto que es la historia detrás de la novela y debería de ser más cercana a nuestro mundo, es por el contrario una especie de comedia en que los personajes parecerían no tener entrañas. Una especie de títeres pero manejados por quién sabe quién. Es la Hungría del otro lado del muro la que se describe, burocracia que trae y lleva oficios que no sabemos de dónde vienen y qué destino tienen. Köves (que así se llama el protagonista de uno y otro libro, sin que realmente se parezcan entre sí) regresa a su país de origen (pero en realidad llega a un país desconocido), en el cual hay numerosos escritores. Y Köves, él se empeña por construir dentro de sí un lirismo propio, único y complejo. Bueno, en realidad no es un lirismo único y complejo, sino un tema mal digerido que es Auschwitz, tema en realidad parecen una albóndiga que no termina de dar vueltas en el estómago y cuyos condimentos se eructan en el momento más imprevisto, provocando situaciones incómodas para el escritor. Y bien, uno puede intentar contar su circunstancia, pero sólo hasta cierto punto, a partir de un momento (muy cercano, por cierto) todo se descose, y se dejan de comprender las leyes que rigen nuestra vida más inmediata. El mundo narrativo de esta novela presenta a los hombres desperdigados, en aparente desconexión; sin embargo, cada uno es todos los hombres en potencia, todos unidos en una cadena que va desde la víctima hasta el verdugo, aquel con quien los demás no quieren tener nada en común, y el cual reclama también, en esta novela, una parcela del lenguaje para decirnos que se encuentra encerrado con nosotros en la misma amarga comunidad del destino.

Imre Kertész. Fiasco / A Kudarc (1988), tr. Adan Kovacsics. Barcelona, Acantilado, 2003. (Narrativa del Acantilado, 43)

domingo, 4 de agosto de 2019

El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft



Mi paranoia es muy modesta y se conforma con destruirme a mí. En cambio, la de H.P. Lovecraft (1890-1937) era más ambiciosa y se interesaba por el fin absoluto de la humanidad. En sus imaginaciones narrativas, las antiguas profecías eran capaces de corromper las palabras, las miradas, los espíritus y hasta las mismas piedras, impasibles por naturaleza. Por mucho tiempo, sus libros fueron los compañeros de mi psicosis juvenil, siempre imaginando el desenlace del mundo. Pero lo que yo ambicionaba ver no se cumplió del mismo modo. Hasta cierto punto, nuestra Historia Universal es fraudulenta: estábamos condenados a la destrucción por un designio supranatural. Pero miren, nuestra autodestrucción es vulgar, carece de grandeza. Hace tiempo que se han perdido las señales en las constelaciones; los manuscritos antiguos han enmudecido –y no por eso han dejado de ser best-sellers las profecías admonitorias. Pero antes, qué emoción, el mundo tenía misterios, bibliotecas inaccesibles en lugares desconocidos, el mal apenas lograba ocultarse bajo alguna apariencia aceptable, en la soledad de la noche lograban escucharse los murmullos de los designios. ¿Volver a eso?, ¿al viejo Lovecraft? Muy bien, pero con una sonrisa condescendiente. Y, también, la incredulidad de quien ya lo ha leído todo. Descender al espíritu de Lovecraft, al fin que seguramente ya no esconde nada. Seguramente, sus recursos me parecerán inocentes o hasta ingenuos. Pero no, por alguna razón que se me escapa, esta tumba, este vaho maligno, aquel sonido subterráneo, siguen siendo turbadores. Y eso que los hemos visto hasta el hartazgo en toda la gama de películas de horror. Quiere decir que toda esa utilería no es nada, si la quitamos de golpe queda en su lugar sólo un vacío, una voz que llama. Nos dice: aquí, en una época ya olvidada ocurrió algo que no imaginas. Si bien ha sido olvidado, los vestigios de las culturas lo recuerdan en sus inscripciones. Pero hasta el recuerdo de esas culturas se ha perdido. Lo inquietante no es eso, lo verdaderamente perturbador es que ese conocimiento se ha transmitido por vías misteriosas. Los alquimistas, los ocultistas, los portadores de ese conocimiento se lo han comunicado entre sí. Generalmente, el mal son los otros. El típico conservadurismo de la Nueva Inglaterra, el horror a lo novedoso. Pero aquí, en esta novela, ocurre algo diferente, pues la semilla de la destrucción está en uno mismo. El antepasado olvidado, aquel que no envejecía a pesar del paso del tiempo, el que era temido por todos los vecinos, de quien se perdió la memoria una vez que se descubrieron los experimentos inhumanos a que sometía a las personas que secuestraba. El protagonista de esta novela se deja seducir por esa historia, busca los pocos vestigios que dejó ese antepasado para describir con un profundo miedo que son idénticos. En sus manuscritos está el conocimiento oculto, aquel que permite seguir los rituales, decir las palabras improbables para devolver a la vida a hombres de otros tiempos. Por un serie de experimentos prohibidos, logra dar vida a su propio antepasado. Es idéntico, pero con una mirada enferma y una expresión maligna. Ambos, uno frente a otro, se miran. Eso, naturalmente, no sucede frente a nosotros. Lovecraft no es tan obvio. Ocurre casi todo entre las penumbras, en sitios proscritos. Como decía, la alquimia, y ese tipo de prácticas, se encuentra desacreditada entre los saberes actuales. No así la alquimia de las palabras. Pesando y midiendo las sustancias y sus adjetivos, convierte el plomo de los lugares comunes en inolvidables perturbaciones del espíritu.

H.P. Lovecraft. El caso de Charles Dexter Ward / The Case of Charles Dexter Ward (1941), tr. Francisco Torres Oliver, 2ª imp. Madrid, Valdemar, 2017.

viernes, 2 de agosto de 2019

Letras sobre un dios mineral. El petróleo mexicano en la narrativa, de Edith Negrín



Confieso no saber nada acerca del petróleo, siendo un tema central. Ignorancia imperdonable, ya que todo lo que me rodea tiene que ver con él. Ya sé que duerme (quizá no ha pegado las pestañas), desde tiempos impensables, bajo la tierra. No tengo más que estirar la mano para tocarlo, y aun mientras escribo siento su materia bajo mis dedos desde hace años. En fin, no importa que seamos viejos conocidos si es que no sé mirar detrás de las diferentes en que se me presenta. Sólo hasta este instante me doy cuenta de que le debo la comodidad de no pisar la tierra. Arropa los pasos, calienta y enfría los alimentos, etc., etc., y si no quiero terminar por escribir una oda elemental a su presencia angelical y maligna, me debo detener ahora mismo: sólo mirarlo y preguntarme por su origen, por el camino que recorre hasta venir a morir ante nuestras necesidades. Si se sigue el pensamiento de Marx, es decir, si se le deja de ver como un producto acabado que esconde aquellas relaciones que lo trajeron hasta aquí, veremos entonces su origen, el lejano pozo en que duerme (ya dijimos que en realidad no ha dormido nunca), y lo veremos ser el origen de un complejo proceso que lo somete a transformaciones y a temperaturas elevadas que lo hacen sudar ensoñaciones delirantes. Este libro traza el recorrido de una de ellas, la novela (hubiera preferido algo de pasión en el texto, pero la autora eligió un indiferente desgranamiento de las obras que estudia), y establece que el petróleo fue, primero, un descubrimiento de los autores extranjeros. Las obras literarias alimentaron primero la imaginación lejana, llegaron estadounidenses, ingleses y hasta checos (¡el autor de El Gólem, Gustav Meyrink, tiene un cuento dedicado al petróleo de Tampico!). Fueron extranjeros los primeros cronistas de la codicia; destaca uno de ellos –Jack London– porque vino a México a mostrar su lado oculto, pues si bien era “socialista”, concebía este pensamiento como el bienestar para unos cuantos: “El socialismo no es un sistema ideal, planeado para lograr la felicidad de toda vida, ni de todos los hombres; está pensado para la felicidad de ciertas razas similares. Está ideado así para fortalecer estas razas afines, para que sobrevivan y hereden la tierra cuando se extingan las razas inferiores, más débiles… Es la ley.” Aunque este texto fue escrito en 1899, este autor vino a México en 1914 a mirar el país con los anteojos de esos prejuicios. Puede decirse que el ciclo de novelas dedicadas a este tema comienza con el descubrimiento narrativo del petróleo (tal vez con Mapimí 37, de Mauricio Magadaleno, en 1927) y culmina con los narradores que vivieron el 68 (Héctor Aguilar Camín, el más sobresaliente, con su novela Morir en el Golfo, de 1986). Con pocas excepciones, se trata de una rama narrativa muy poco conocida (y, a juzgar por las conclusiones de la autora, con frecuencia de poca calidad). Quizá sólo Rosa Blanca de B. Traven y La cabeza de la hidra, de Carlos Fuentes, pero las demás obras pertenecen a un submundo que fluye, igual que el petróleo, bajo tierra. Por otra parte, el reportaje sobre la expropiación, Robo al amparo de la ley, del inglés Evelyn Waugh, escrito por encargo contra Lázaro Cárdenas, puede ser “la página más racista y despectiva que se ha escrito sobre nosotros” (y por ello, de deliciosa y morbosa lectura, sólo que la edición mexicana es casi inaccesible). La impresión general que deja la lectura de este libro –repaso de obras narrativas que difícilmente serán reeditadas– es que existe poco diálogo con muchos de estos textos: muy poca verdad en los personajes, ideología en vez de pasiones. Pero guardan algo de vida, sólo que es necesario desenterrarla, narrar la existencia de estos enterrados escritores.

Edith Negrín. Letras sobre un dios mineral. El petróleo mexicano en la narrativa. México, El Colegio de México-UNAM, 2017. (Col. Estudios Sobre Energía)

domingo, 12 de mayo de 2019

Epistolario (1850-1889), de Ignacio Manuel Altamirano



Fue hace muchos años. Era tanta mi admiración por Ignacio Manuel Altamirano, que fui a buscar a su principal estudiosa, Nicole Giron, a su oficina en el Instituto Mora. Me acuerdo de que salimos al jardín y nos sentamos junto a un árbol a platicar. Ahora ya no recuerdo bien de qué exactamente, sólo que me dijo que cuando veía las viejas fotos de Altamirano no le parecía feo. Bueno, no tenía tanto con qué deleitarse, pues hasta donde sé sólo hay dieciocho imágenes suyas. Naufragó casi todo en estos siglos. Mucho tiempos figura intelectual fue un enigma. Debió de ser imponente su obra, o quién sabe, sólo que se desbarató después de su muerte. De sus discursos hay alguna edición a mediados del siglo pasado. De sus cuentos y novelas siempre hay reediciones. Pero sus textos periodísticos sólo son conocidos por los especialistas. Llámese “especialistas” a todos aquellos que tenían paciencia de ir a buscar en los diarios de la Biblioteca Nacional (cuando estaba en el centro de la Ciudad de México) los artículos y crónicas en que se apreciaba el carácter cómicamente iracundo del maestro, o furiosamente sarcástico, como se le quiera decir. Frases que siempre he disfrutado hallar y que me transcribo: “La independencia se hizo, los españoles fueron echados de nuestro suelo; pero al abandonar nuestras playas nos dirigieron una mirada de rabiosa satisfacción; mirada que quería decir: Nos vamos; pero os quedáis con el clero.” “Cuando un pueblo anonadado por la muerte de la servidumbre, duerme en el sepulcro, como Lázaro, sólo la voz de la poesía patriótica es capaz de hacerle romper sus ligaduras y volverle a la vida; no hay que olvidarlo, ¡oh, vosotros!, jóvenes que pudiendo arrojar con vuestro inspirado acento una chispa que incendie el alma del pueblo, preferís apagarla contra el helado e ingrato corazón de una mujer indiferente que os abandonará bien pronto por el primer asno que se le presente aparejado con albarda de oro.” “Pero ante todo, hay que dejar el discreteo y la palabrería inútil. Por eso no seré yo quien recomiende a usted a nuestra Sor Juana Inés de la Cruz, nuestra décima musa, a quien es necesario dejar quietecita en el fondo de su sepulcro y entre el pergamino de sus libros, sin estudiarla más que para admirar de paso la rareza de sus talentos y para lamentar que hubiera nacido en los tiempos del culteranismo, y de la Inquisición y de la teología escolástica.” Esta última, la encontré en una “Carta a una poetisa”, que Altamirano escribió para darle consejos a una escritora que le mandó sus poemas, y la llevé a la clase de Huberto Batis en la Facultad de Filosofía y Letras. Al salir me dijo que él nunca fue invitado a formar parte del consejo editorial de estas Obras Completas, a pesar de que él había dedicado mucho tiempo a revisar y a escribir sobre El Renacimiento (su tesis de maestría era un índice de esta revista de 1869). Me dijo: “Altamirano era un indio inmenso y corajudo. Odiaba a Juárez, y cuando éste se acercó un día a felicitarlo por un discurso, Altamirano no le quiso dar la mano”. Sólo una vez hablamos de Altamirano. Y por esas dos personas –Giron y Batis– se me figuró cercano, a pesar de que había muerto en Italia, en 1892. Yo quería saber por qué era “el Maestro”, qué le había enseñado a una generación. Las frases de los discursos escritos a su muerte me cimbraban aún. Aunque habrían de venir los académicos a poner todo en su sitio y a matar con dos o tres flechazos de sus notas al pie todo eso que se llama “necronacionalismo” (término de un académico estadounidense, Christopher Conway). En fin, el tema es la disgregación de una obra. Cómo la muerte y la trascendencia y todas esas palabras de admiración no sirvieron de nada, y los diversos textos se sumergieron en el olvido. Hubo momentos en que parecía asomarse su prestigio, pero en realidad, hubo que esperar hasta la recopilación de sus obras. Y aún así, eso no sirvió de mucho. Están ahí para el futuro, para cuando se necesite, quizá más adelante alguien las lea todas y sepamos algo. La primera lectura de conjunto se hizo hasta los años 90, una vez que se reunió su obra en 24 tomos. Entonces, aparecieron las constantes en una obra que jamás pensó en reunirse, que siempre se produjo en la urgencia del instante. Al calor de una polémica, para servir en un entramado político, para mandar al periódico al día siguiente. El mismo autor era descuidado con sus papeles, no tuvo el cuidado de reunir todos los que contenían sus anotaciones. Jesús Sotelo Inclán, uno de sus principales estudiosos, vio lo siguiente: que uno de los principales recursos era el estilo epistolar. Quiere decir que gran parte de lo que escribía –poema, artículo o novela– iba dirigido a un interlocutor, lo que le daba a sus razonamientos la impresión de una sola actividad continuada. La discusión, el arrebato lírico, el impulso del orador, todo eso lo constituía. Nada de cosas interiores. Su romanticismo era el de la tribuna. En el primer tomo de sus cartas (las que escribió antes de irse de nuestro país, entre 1850 y 1889) vive un personaje extraño, diferente al que estamos acostumbrados. En gran medida está el soldado liberal, el periodista efusivo y el narrador de experiencias, las cuales olvida a media carta para confrontar a sus enemigos. Lo que quiere decir que, ante todo, Altamirano escribió para ser leído en voz alta, en los cafés, en el Congreso, en las veladas literarias (un invento suyo para promover las letras en reuniones sociales). El proceso debió de haber sido así: cartas a sus mentores políticos (Juan Álvarez, el soldado de la Independencia, en primer lugar), periodismo combativo, correspondencia en medio de la guerra de Reforma y en el combate contra los franceses, necesidad de impulsar una publicación literaria que uniera al país en medio de las diferencias políticas. Es decir: un pensamiento integrador que consideraba central a la literatura. Ante el naufragio, lo que han devuelto las aguas son fragmentos. Desconocemos la identidad de muchas personas a las que se refiere, las cartas entregan apenas un vislumbre de lo que fue la vida. Y eso ya es bastante, pues existimos los que no le entregamos nada a la literatura. Aunque si no se lo entregamos a ella, a quién entonces. Los textos de Altamirano son islotes, piezas de un rompecabezas que no se puede armar en su totalidad. Fue complejo, pero aun así se puede llegar a cierto acuerdo: a Altamirano se le ha representado de dos maneras, fundamentalmente, el indio mexicano lleno de arrebatos y el intelectual clasicista. ¿Cómo conciliar esto? Quizá lo mejor sea no conciliar. No lo hemos hecho con autores como Salvador Díaz Mirón, quien tenía una personalidad similar. Pero esas contradicciones que mostró en vida son contradicciones que continúan manifestándose hoy. Al hablar de Cuauhtémoc lo elogiaba de una manera con la que no se ha hecho a otro héroe: lo consideró más valiente que cualquier otro en la historia y de la literatura. Más valiente que los griegos de la mitología, que los guerreros antiguos. Y ese mismo prosista agresivo era el autor de cartas burocráticas. Sólo espigaré en un año: 1882, por puro azar. En este Epistolario sólo hay una carta en la que le pide al secretario de Guerra una copia de su liquidación, que se le ha perdido. Hay que encuadernar ese texto y ponerlo junto a sus discursos a los niños de instrucción primaria, a sus notas bibliográficas a biografías y a textos jurídicos, sus magníficos prólogos a Pedro Castera y a Manuel M Flores, a sus estudios sobre estadística nacional, sus crónicas sobre Texcoco y sus polémicas sobre instrucción pública. Sí, lo sé maestro Altamirano, la muerte todo lo dispersa, no respeta nada. Pero no sólo los papeles sino que el pensamiento pierde su atadura y lo que uno pensó también se disuelve como en el mar. Pero hay que atar y explicar una totalidad. Poner los textos como en espejo y saber cuáles eran sus ocultas relaciones. Casi ni quiero citar algo que escribió en ese 1882, algo de lo más controvertido, relacionado con las lenguas indígenas. En su texto “Generalización del idioma castellano” escribió que la antigua labor de los padres evangelizadores quedó a la mitad pues era deseable la generalización del español en todo el país con exclusión de las antiguas lenguas indígenas: “¿Qué se habría perdido? Un enjambre de lenguas y dialectos de que hoy apenas sacan un mezquino provecho la arqueología y la filología para sus deducciones, y aun esto último se hubiera logrado conservando las gramáticas y vocabularios que ya estaban escritos.” Quiero decirle, maestro Altamirano, que la moda de hoy nos aconsejaría reeditar sus libros cambiando las partes que no nos complazcan, o bien borrar los pasajes incómodos. Estamos muy acostumbrados a cambiar el pasado para que nos diga lo que queremos escuchar. Y ése es el modo que el puritanismo ha hallado para decirnos al oído con dulce adulación que somos mejores que en el pasado.

Ignacio Manuel Altamirano. Epistolario (1850-1889). Tomo 1, ed., prólogo y notas de Jesús Sotelo Inclán. México, Conaculta, 1992. (Obras Completas, XXI)