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domingo, 20 de septiembre de 2026

El libro de la esperanza climática, de Pablo Montaño



Todo depende del tiempo. Si consideramos que aún lo tenemos, podemos hacer un poco más. Aunque, si todavía hay tiempo, se puede procrastinar un poco. Si no lo hay, ¿qué es lo que aún podemos hacer? Quizás, ya nada. El llamado a hacer algo por la naturaleza nunca había sido tan apremiante, pero tampoco había estado tan enredado con otras luchas. Determinar lo que corresponde exactamente a la lucha ecológica quizá sea un gasto de tiempo inútil. Y ya vimos que no se puede perder tiempo. Una disculpa por enredarme en mis palabras. Soy inútil para esto. No hago el mal conscientemente, además, desde hace mucho que asistimos a la discusión que quiere hacer tan culpable a la acción individual como a las acciones estructurales. Pablo Montaño desarrolla una lectura en torno a la esperanza en estos tiempos de nublazón espiritual. Me gustaría recomendar su lectura sin más ceremonia, pero me puse a apostillar, y hacerlo con las páginas de un libro que hace un llamado tan urgente es realmente imperdonable. Sólo haría perder tiempo. Sólo haría una precisión cuando se trata de explicar el capitalismo como producto de ideologías patriarcales o racistas (pp. 81-88), cuando la complejidad radica en que el capitalismo ha ido construyéndolas de diferentes maneras. Si se anteponen esas “narrativas”, el capitalismo sería producto de sus ideologías y no al revés. Quizá se trate de una minucia; sin embargo, contar el mundo de este modo llevaría a una confrontación de narrativas autosuficientes y no a una revisión de realidades y de sus formas de legitimación. Una historia contra otra. Pero las historias se refutan no a través de historias que las confrontan, sino descendiendo por las ramas hasta las raíces históricas, a la terrenalidad de los datos. (Por lo menos, es la objeción que le hacía Engels a Hegel: las ideas no pelean con ideas y dan lugar a nuevas ideas: las ideas encubren realidades económicas y políticas.) Tal vez no sea tan importante este aspecto dentro de las proposiciones de este libro. Me parece más importante y sugerente el pasaje en que el autor señala que una ensoñación poética puede llevar a la acción. Los sueños petrificadores con que el capitalismo ensucia el mundo pueden revertirse. Así, la evocación del mundo anterior puede servir de destino. El pasado como un mundo que se puede reconstruir, restaurar la utopía que había quedado atrás; sin embargo, nunca vimos en qué momento de la historia la habíamos sobrepasado. Nunca nos fijamos, en este enorme mapa de carreteras, cuándo aquel mundo al que habíamos querido llegar se perdía entre confusos planteamientos teóricos y experimentos desafortunados. Pero no volvamos tan atrás que tengamos que idealizar al estado de naturaleza, en que el ser humano es víctima de las fuerzas naturales. Es tan confuso este paisaje pues incluso los monstruos del pasado se convierten en divertidas apariciones. Al hacer el recuento histórico de la dominación imperialista de Centroamérica, se evoca la sombra infame de la United Fruit Company (que no la American Fruit Company). Recuerdo de pronto su encantadora propaganda, la canción Chiquita banana (1945), en que una banana canta sobre la manera de comerse y sobre el clima tropical que tanto le gusta. ¡No poner en el refrigerador!, nos advierte. Ahora que debería de odiarla, recuerdo que a esta canción la grabó Chet Baker y también Xavier Cugat. Como una deliciosa tarta de plátano que tiene entre sus ingredientes la expoliación criminal, la lectura de una historia del medio ambiente contiene elementos ideológicos dentro de sus formulaciones. Salvo una dulce canción de contenido agrio, ya sé. La United fue nociva por el control político y económico que llegó a tener en las repúblicas centroamericanas. Pero la inversión extranjera no es fatalista de por sí, esta idea requiere matices. No considero justa la frase en que se dice que “los gobiernos del Sur Global han sido entrenados para vitorear la inversión extranjera”. ¿Se refiere a los gobiernos progresistas que logran inversión económica para proyectos de desarrollo? ¿O a gobiernos de derecha que usan ese capital para beneficiar empresas a costa de la destrucción ambiental? ¿Da igual que sea el gobierno de Javier Milei que el de Claudia Sheinbaum? No diferenciar contribuye a vulnerar los avances de carácter social en varios países de América Latina, puesto que los considera simplemente víctimas de un proceso económico ante el cual no tienen posibilidades de ofrecer una resistencia política. Lo digo con la esperanza (también climática) de que nos pongamos de acuerdo en un tema urgente.

 

Pablo Montaño. El libro de la esperanza climática. Una guía para quienes no quieren rendirse frente a la crisis, prólogo de Yásnaya A. Gil. México, Taurus, 2025.

sábado, 18 de julio de 2026

Novelas y cuentos 1, de Ignacio Manuel Altamirano



Llama la atención que una literatura de prosa tan cuidada y recortada como un jardín clásico, descanse sobre una biografía fangosa y llena de datos tan inestables. Creo que sigue sin haber la gran biografía de Altamirano, pero existen siempre las reediciones de sus obras narrativas. No han dejado de ser clásicos, no sólo por la fuerza moral que las anima, sino porque dedicó sus esfuerzos a plasmar puntualmente el paisaje en que ocurrían las historias que relataba. En su tiempo fue conocido sobre todo por La Navidad en las montañas, que a mí me asombra aún por la belleza de los campos de Guerrero que describe. Pero no dejan de impresionarme los retratos al mismo tiempo fisionómicos y morales que hace de sus personajes. Se mira que Altamirano odió a la sociedad mexicana enamorada de lo aparente, subyugada con la frivolidad. Parecen sus cuentos y sus novelas la firme respuesta de un escritor indígena que tiene que presentarse con dignidad en un mundo que sólo valora la belleza física. El héroe de Clemencia es Fernando Valle, un joven militar de veinticinco años, moreno, enfermizo, de modos altivos, por lo que era antipático a todo el mundo. Si en el ejército se le respetaba era porque desde 1862 había dado muestras de valor, casi de temerario desprecio por la vida. Cada lance le había dado un ascenso, así que ascendió de soldado raso a capitán en los cinco años de sus servicios. A Altamirano le importa remarcar que su personaje combatió en Acultzingo (28 de abril de 1862), el combate previo al 5 de mayo, en donde demostró su valor. Los franceses perdieron en Puebla, lo que significó que tuvieron que esperar a que llegaran más municiones de Europa, y sólo pudieron volver a organizarse hasta el año siguiente, replegados en Orizaba y Veracruz. Finalmente, en 1863, el ejército francés sitió a lo largo de 62 días (del 16 de marzo al 17 de mayo) la ciudad de Puebla, la cual fue defendida heróicamente por el general Jesús González Ortega, aunque finalmente tuvo que rendirse, con lo cual quedó libre el camino a la Ciudad de México para los franceses. No obstante, un batallón mixto de Querétaro comandado por el general Anacleto Herrera y Cairo se presentó a asistir en la defensa de la ciudad. Entre las filas del batallón venía el ficticio héroe de la novela. Altamirano llama malogrado al capitán Herrera y Cairo, porque cuando se publicó Clemencia ya había muerto en batalla. El 3 de febrero de 1867, el general Mariano Escobedo fusiló en San Jacinto (Aguscalientes) a Joaquín, el hermano de Miguel Miramón, quien huyó y fue perseguido por el general Herrera y Cairo. Escobedo le ordenó que no emprendiera el ataque, pues las tropas del general Severo del Castillo habían llegado en auxilio de Miramón. Sin embargo, desobedeció y murió en acción el 5 de febrero de 1867, precisamente el día en que los franceses abandonaron definitivamente la Ciudad de México. El camino del ficticio Fernando Valle se separó de Herrera y Cairo desde 1863, cuando se dirigió a Guadalajara, en donde conocería y se enamoraría de Clemencia, la mujer que también desconfió de él. Altamirano hace morir a su héroe por amor, aunque también lo hizo frecuentar a los héroes de la guerra contra Francia. La novela ocurre en 1863, cuando pareciera que se consumaría la invasión, lo que suma desesperanza a esta novela. Insertó una historia de amor en medio de la gesta que le tocó vivir, como medio para que no olvidemos ni sus lecciones morales ni las históricas

 

Ignacio Manuel Altamirano. Novelas y cuentos, tomo 1, edición y prólogo de José Luis Martínez. México, Conaculta, 2011. (Obras completas, III)

sábado, 27 de junio de 2026

El pan desnudo, de Mohamed Chukri



Mohamed Chukri (1935-2003) fue un escritor de Tánger. No de Marruecos, sino de un pequeño universo llamado Tánger, que ha atraído magnéticamente a numerosos autores. Paul Bowles se instaló ahí en 1947 y mantuvo un círculo de artistas del que formaron parte Tennessee Williams, Truman Capote y Gore Vidal; también en Tánger escribió El cielo protector (1949), su testimonio literario de la ciudad. Precisamente Bowles tradujo al inglés la novela de Chukri, convirtiéndose en su principal impulsor. Tánger fue también la ciudad que obsesionó a William Burroughs, pues en ella escribió la mayor parte de su novela El almuerzo desnudo, pero la llama Interzona, espacio en que exploró la droga y su homosexualidad. Otros autores atraídos por Tánger: Henri Matisse, Jean Genet, Jane Bowles. Sin embargo, el escritor tangerino Anouar Majid dice que estos autores vivieron en su propia burbuja, ajenos a la verdadera ciudad. Arqueología de la gentrificación: artistas extranjeros, con sus problemas particulares, con el paisaje del exotismo de fondo. Ya lo hemos visto bastante. Sin embargo, no creo que esta consideración alcance a Paul Bowles, quien se quedó definitivamente en esta ciudad, y que conoció a Chukri. El pan desnudo no es más que la detallada narración de su propia vida. No una autobiografía, ya que no se concentra en sus sentimientos. No unas memorias, ya que no pretende mostrarnos su tiempo a través del recuento histórico. Parece más un testimonio, algo que para Juan Goytisolo tiene más cercanía con la cultura árabe. El testimonio, como género, parece tratar de darle a quien lo escribe un lugar en el mundo, una explicación de su situación y de sus decisiones. Chukri nació en la pobreza y creció entre el crimen y la prostitución. Algún día se encontró con la literatura, la cual lo ayudó a darle sentido a su propia existencia. Se acercó al idioma español, también escribió sobre su trato con Tennessee Williams y Jean Genet, fue censurado en su propia lengua (esta novela fue prohibida en árabe hasta el año 2000). Había vivido dentro de una familia llena de violencia, su pequeño hermano menor murió estrangulado por su padre, en un aranque al ver el hambre del niño. Chukri miró a su madre aceptar ese destino, pero a los once años decidió huir de su casa para vivir en las calles. Se prostituyó, convivió con prostitutas, conoció el mundo del crimen, pero lo miró como se mira un paisaje irremediable. Aprendió incluso a querer a esa comunidad marginal. A veces, en el decurso de su narración, se pregunta por el destino de alguna mujer que lo amó y luego lo odió. Gente que se perdió entre las calles y la vida de Tánger. Él mismo se perdió, llegó a jardines escondidos, en que mujeres desnudas bailaban para hombes que las miraban, sentados bajo un árbol. El olor almizcle perfumaba el ambiente, sólo que esa fragancia me llega sin aroma, pues la mencionan los poemas. Sale de las glándulas de un tipo de ciervo asiático. El vino moscatel pasaba de mano en mano, pero yo no percibo el sabor floral de las uvas que se trituraron. Se oyen las mandolinas, la derbuka y la pandereta, pero soy sordo a esa música. Percibo, desafortunadamente, ese pasaje erótico como del otro lado de una gasa. Sólo escucho las voces de los jóvenes marroquíes que miran mujeres entusiasmados. “¡Tienes suerte!” “¿Por qué?” “Porque tienes una mujer que te hace compañía, a la que además, le pegas cuando quieres”. Era el jardín de erotismo en que se sembraban estas ideas brutales.

 

Mohamed Chukri. El pan desnudo (1973) / الخبز الحافي, tr, Abdellah DjBilou, pr. Juan Goytisolo, 2ª ed. Barcelona, Montesinos, 1988.

sábado, 16 de mayo de 2026

Freud y la “ideología de género”



Me gustaría que leyeran el libro ¿Ideología de género? Disputas políticas sobre la diferencia social (Taurus, 2025), de Marta Lamas, antes que mis anotaciones. Sin embargo, es importante compartir algunas de sus ideas generales. En primer lugar, que escuchamos recurrentemente el concepto de “ideología de género”, usado por el pensamiento conservador como uno de sus más importantes enemigos. Desde Papas y Presidentes hasta senadores del PAN, escuchamos que la “ideología de género” es el dispositivo de dominio usado en contra de la familia y de los niños como una manera de perversión. En estas tres palabras, el conservadurismo ha encontrado al causante de todos los males sociales. Sin embargo, afirma la autora, “ideología de género” sería en realidad el pensamiento que concentra las indagaciones sociales e intelectuales que han resultado del cuestionamiento de una esencia del ser humano. Los hombres no somos de algún modo, ni las mujeres de otro: representamos un papel en sociedad. Marta Lamas presenta a Sigmund Freud (1856-1939) como el pensador de que proviene la moderna idea de “género”. Aunque el libro trata de muchos aspectos más, comparto aquí las ideas centrales sobre el autor austriaco y su repercusión en el pensamiento actual.

 

El concepto de género

Generalmente se piensa que sólo se nace mujer u hombre, pero existen personas intersexuales (1 de cada 3,000, aproximadamente), que nacen con órganos sexuales ambiguos (los antiguamente llamados hermafroditas). Desde el punto de vista biológico, esta diferenciación entre hombre y mujer tiene sus dificultades. Sexo sería la condición biológica, en tanto que género es lo que cada persona decide ser.

La filósofa estadounidense Judith Butler, quizá la teórica de género más leída hoy, ha basado sus ideas al respecto en Freud, al plantear el “género” como un acto performativo. Es decir, que el sujeto “actúa” su género de acuerdo a las normas que recibe de la sociedad. Freud plantea que la libido es indiferente al sexo anatómico. La orientación sexual de cada persona se resiste a aceptar (desde el inconsciente) el mandato cultural heterosexista, es decir, aquel que considera que sólo la heterosexualidad es natural, el que piensa que la homosexualidad es una desviación de la norma natural de la conducta humana. (p. 56)

 

Biología y sociedad

Hay exigencias culturales que oprimen a muchas personas. Freud, en 1930, consideró que esas opresiones constituyen “el malestar en la cultura”. El Yo, para vivir en sociedad, tiene que reununciar a sus instintos y restringir sus posibilidades de satisfacción. Por lo menos, posponer la satisfacción: trabajar de día, disfrutar de noche. Ante la variedad de deseos que se dan en sociedad, el gran problema de ser humano sería la coexistencia pacífica con el otro. Desde el siglo XVIII hasta hoy, la idea de la “tolerancia” ha venido a significar “soportar al otro”. Por esa razón, se plantea en este libro que se busquen las maneras de llegar a una “tolerancia respetuosa”. La finalidad de la actuación en sociedad tendría que consistir en lograr el respeto a la diversidad.

Sin embargo, la gran mayoría de lo que pensamos se encuentra en el inconsciente, sólo que aún así deja una marca social. Aun cuando leer nuestra sociedad,  sus productos culturales y la esfera política requiere que recurramos a una lectura simbólica, todavía hay muchos espacios en donde se quieren olvidar los aportes del psicoanálisis. Todavía existen perspectivas “científicas” que pretenden ignorar los aportes de Freud. (pp. 77, 80)

 

Freud en la base del pensamiento liberador

No importa que el pensamiento de Freud provenga del discurso científico: muchas sociedades han visto una afrenta su pensamiento. Todavía no se logra despenalizar la homosexualidad en muchos países del mundo. Con mucho retraso, la OMS desclasificó la homosexualidad de la lista de enfermedades en 1990. Ni siquiera la totalidad de la Unión Europea acepta el matrimonio igualitario (23 de 27 países lo consideran legal). En África sólo Sudáfrica reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo. Todavía en 2020, la tercera parte de Polonia se declaró “zona libre de LGBT”.

La batalla cultural consiste, como se dijo antes, en construir el respeto por el otro. Ha sido difícil avanzar en este sentido. Todavía falta mucho para llegar, por ejemplo, a conocer el deseo trans, quizá la comunidad más frágil entre todas las que forman la diversidad. Esa sensibilidad hacia el otro la odia el pensamiento conservador. Aunque Foucault es el filósofo preferido en los colectivos gays y feministas, quizá se deba de insistir en el pensamiento de Freud, en su amplitud, en su extensión filosófica. El pensador que nos dijo que el deseo humano, a diferencia del animal, nunca se colma. Nuestro deseo sólo tiene límites impuestos por la cultura. (pp. 95-96, 110, 157, 159)

 

Los nuevos herejes

A los antiguos herejes los quemaba la Inquisición. Hereje es el que cuestiona el dogma. Nos toca ser los herejes de hoy. El heterosexismo, uno de los dogmas contemporáneos, que convive con el imperialismo y el neofascismo, considera que la homosexualidad es una degeneración alarmante. Pierre Bordieu dice que el orden social es una inmensa máquina simbólica dominada por el hombre. Entre otras cosas, se ha usado para domar el deseo sexual de la mujer y crear el ideal de “madres no sexualizadas”. Pero el deseo sexual es indomable.

Hay otro aspecto importante que expresa la filósofa francesa Geneviève Fraisse: que en la vida humana el sexo siempre es exceso. El conservadurismo (por ejemplo el fascismo de hace un siglo) ha comprendido que el sexo desborda y provoca desorden. De ahí su afán de medir moralmente la energía del se humano. Por eso el control que las mujeres tienen de su propio cuerpo es un eje fundamental de los conflictos contemporáneos. Muchas mujeres comparten esta desvalorización sobre ellas a causa de la “violencia internalizada”.

Freud fue uno de los grandes herejes de la cultura. Sus escritos son fundamentales para explorar en qué se basa la eficacia de las creencias. Ya con anterioridad se pensaba que el término “sexo” no bastaba para comprender a la humanidad. Sólo hasta que se construyó el concepto de “género” se le pudo poner nombre a algo que ya se movía ahí dentro, en la intimidad, en los procesos sociales. Es cierto, “género” es un término destructivo. Sirve para que tiemblen los cimientos del mundo que funciona a través del control del deseo.

Finalmente, otro término acuñado por Freud (basado en el trabajo del antropólogo inglés Ernest Crawley) es el de “el narcisismo de las pequeñas diferencias”. Tiene que ver aquí, porque quiere decir que las pequeñas diferencias que existen entre la gente más cercana se magnifican. Pueden ser los gays los peores enemigos de los gays, siendo más cercanos, teniendo más motivos para estar en la misma lucha. Por lo que no hay que olvidar que es importante luchar también en contra de los grupos que sólo se mantienen unidos por el odio. O, como decía Borges: “No nos une el amor sino el espanto”. (pp. 185-209)

sábado, 2 de mayo de 2026

Blanco, de Han Kang



La escritora coreana Han Kang (1970) comienza a publicar a mediados de los años 90. Es nuestro mundo contemporáneo, el que tratamos de explicar, que cotidianamente nos aterra. No es que carezcamos de herramientas para intervenir en él, pero ciertamente es muy distinto del mundo previo a 1989. Es una autora que parece buscar la soledad y el silencio como remedio para la barbarie que nos rodea. Ya he escrito de mi insatisfacción en torno a La vegetariana, por todos esos huecos narrativos que contiene y que nublan demasiado el sentido de la historia. Blanco reduce de manera radical cualquier indicio de historia. Es el lienzo blanco de una vida que empezaba y que terminó dos horas después, el de su hermana mayor que murió el día de su nacimiento. Sobre ese lienzo no se puede pintar nada más, sólo cubrir con trazos blancos una existencia que ni siquiera prometía nada. Entonces, la escritura del libro consiste en unir piezas blancas salidas de la imaginación para construir un texto literario. El recuerdo de un perro blanco que durante breve tiempo cuidó la casa de los vecinos (antes hubo un mastín, y luego un bulldog). Un perro espantado, que se asustaba de las personas que pasaban y que enfermó después, dejó de comer y murió. El tema del libro a veces aparece, a veces no. En algún momento de la lectura, como no hay colores de donde asirse, no se sabe bien de dónde viene uno o hacia dónde va. La hermana escritora tiene una residencia artística en alguna ciudad europea, en invierno, llena de nieve, naturalmente blanca. Hay un muro en que los nazis fusilaban gente y en el que hoy la gente coloca velas blancas. Más allá de la bruma, pueden estar o no los furiosos fantasmas de los asesinados. Pero me parece poesía sin epifanía, un diario que desde hace varias páginas dejó de mencionar lo que prometía el inicio. ¿Es el pretexto para una beca? ¿Es un proyecto literario para pasar el invierno? La casa que se habitará durante este periodo tiene suciedades que la autora pintó de blanco, como indica el título. Entiendo que hay lectores que admiran esta obra. Siempre tendré a la mano una hoja en blanco para que me expliquen por qué.

 

Han Kang. Blanco / (2016), tr. Sunme Yoon. México, Random House, 2025.


viernes, 24 de abril de 2026

La lluvia, de Méndez Vides



Hace años, Carlos Monsiváis me dijo que sus primeros textos fueron: la reseña de un concierto de Bola de Nieve y la crónica de la manifestación de apoyo al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, el 2 de julio de 1954. Ahí vio por única vez a Frida Kahlo, en su última aparición pública, once días antes de su muerte. La CIA había derrocado días antes, por medio del apoyo a un golpe de estado, al presidente Árbenz. La CIA nunca decepciona cuando aparece en las páginas de las novelas o de los libros de Historia, es una agencia que representa papeles siempre siniestros, aunque nos dicen que muchas veces han sido notables por su ineptitud. Arabella Árbenz, hija de ese matrimonio, hizo carrera de actriz en Francia y en México. Aquí apareció en la película Tajimara (1965, en el segmento Un alma pura, dirigido por Juan Ibáñez). Después tuvo un romance con Emilio Azcárraga Milmo y luego, con el torero Jaime Bravo. Luego de que este último la rechazara, Arabella se quitó la vida, el 5 de octubre de 1965. Nada de esto sucede en la novela de Adolfo Méndez Vides, pero son cosas que no quería dejar de decir. Antes de la existencia de Fidel Castro era el enemigo favorito de los Estados Unidos. De algún modo, el triunfo de la Revolución Cubana lo dejó descansar un poco del acoso. Traje esta novela de un viaje a Guatemala, y ahora, después de leerla, veo que Méndez Vides acaba de obtener el Premio Nacional de Literatura de su país. Su carrera, dice, fue impulsada por Augusto Monterroso y Nélida Piñón. Y su novela es la narración de aquellos días previos al golpe de estado. El gobierno de Eisenhower se encontraba molesto por las acciones de Árbenz contra los intereses de la United Fruit en Guatemala. Acciones que eran consideradas comunistas por EU, pero que en realidad Árbenz había tomado de Lincoln. Árbenz había decidido expropiar tierras ociosas propiedad de la United Fruit por el costo que la propia empresa había exigido; sin embargo, John Foster Dulles (Secretario de Estado de EU y accionista de la United) pidió por esas tierras un precio veinticinco veces su valor. La novela de Méndez Vides explora la fragilidad del régimen de Árbenz, el enjambre de traidores que lo rodeaba, el complot político en todos los niveles de que no escapaba la Iglesia. Y está ese militar pequeño, con bigote copiado a Hitler, que fue amigo de juventud de Árbenz: Carlos Castillo Armas. Compartieron causas políticas, y en un momento Árbenz y su esposa María Vilanova, de viaje en Nueva York se encontraron al viejo amigo. Ahí, relata Méndez Vides, cenaron, pasearon por la ciudad, sin que el matrimonio presidencial se imaginara que Castillo Armas ya había firmado la traición ante la CIA. El traidor, pero no el único, pues la propia iglesia contrata a otro asesino para que termine con Árbenz. Y bueno, no está de más recordar que existe la CIA, las tres letras más fatídicas en la historia de nuestro continente…

 

Méndez Vides. La lluvia. Guatemala, Norma, 2007.

sábado, 18 de abril de 2026

En torno de una muerta, de Alberto Leduc



Voy a recordar rápidamente qué fue el Decadentismo. Como fue hace tanto tiempo, quizá no lo tengan presente. Eran los tiempos en que la Sociología le había quitado misterio al mundo, y la vida era retratada en las novelas naturalistas. Había que devolverle a la realidad algo de magia, era posible hablar incluso de la putrefacción social sin quitar la trascendencia al arte. El aura de lo divino puede posarse en lo más bajo y en lo más podrido. Alberto Leduc (1867-1908) fue uno de aquellos decadentistas. Nació en Querétaro pero vivió en Tlalpan. Por desgracia, su hijo, Renato Leduc, nos dejó muy poco del mundo literario de su padre. Quizá a él y a sus amigos los consideraba cursis… Pero fue el mundo del Duque Job y sus seguidores, Amado Nervo, Rubén M. Campos, Manuel José Othón… Renato pudo haber sido la llave a ese mundo entre sus más cercanos, Agustín Lara, María Félix, Diego Rivera, Leonora Carrington…, pero creo que con nadie compartió ese mundo. Yo abro con fruición los libros que se editaron cuando moria el siglo XIX y paseo la mirada por los cuentos decadentistas. En ellos es imposible hablar claramente de la historia de una madre soltera de la que se enamora un joven con alma de poeta maldito. No, una historia así no se puede referir de este modo. Se tienen que dar numerosos rodeos para que los lectores acepten poco a poco el pecado social de caer en la perdición. A cucharadas se tiene que degustar una trama semejante. Una mujer soltera que cae en el pecado no tiene otra opción que casarse para tapar su terrible falta. Pero si no se casa, tiene que arrastrar con el fruto de su pecado por un munso que prefiere respetar las formas que sentir piedad (en eso consiste una sociedad farisea, término que también ha de haber caído en el desuso). Una madre soltera no tiene derecho a compartir el espacio de la gente decente, por lo que la protagonista tienen que irse a vivir a un pueblo. Allí, en el secreto de una iglesia, se reúne con el joven poeta enamorado, que mira en ella, más que a la mujer, el aura de su culpa. Es imposible el matrimonio entre ellos porque él no podría soportar que hubo otro antes que él, que dejó un fruto, una hija, que mancha todo. Así se deshoja literariamente la hipocresía social. Las almas que pecan se vuelven marginales y deben de encontrarse en la marginalidad, sólo para aceptar que tampoco pueden estar juntas. Otro espacio marginal favorito de los decadentistas fue el cementerio, sitio en el que sus habitantes pueden hacer la crónica de sociales más inobjetable. No se hace mejor disección de la vanidad humana que en la tumba. Desde ese sitio se contempla el día después de las promesas. Los muertos pasean por el cementerio sucio, lleno de flores secas de los vivos. ¿Cuándo dejarán de venir a lucir su arrogancia? Sería mejor el cementerio sin la visita de los vivos. Me pone de buen humor el desencanto de Leduc. Me encantaría decírselo. Desafortunadamente, creo que no abre la correspondencia que le llega de los vivos…

 

Alberto Leduc. En torno a una muerta (1898), ed. Alfonso D’Aquino. México, Odradek, 2024.