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sábado, 2 de mayo de 2026

Blanco, de Han Kang



La escritora coreana Han Kang (1970) comienza a publicar a mediados de los años 90. Es nuestro mundo contemporáneo, el que tratamos de explicar, que cotidianamente nos aterra. No es que carezcamos de herramientas para intervenir en él, pero ciertamente es muy distinto del mundo previo a 1989. Es una autora que parece buscar la soledad y el silencio como remedio para la barbarie que nos rodea. Ya he escrito de mi insatisfacción en torno a La vegetariana, por todos esos huecos narrativos que contiene y que nublan demasiado el sentido de la historia. Blanco reduce de manera radical cualquier indicio de historia. Es el lienzo blanco de una vida que empezaba y que terminó dos horas después, el de su hermana mayor que murió el día de su nacimiento. Sobre ese lienzo no se puede pintar nada más, sólo cubrir con trazos blancos una existencia que ni siquiera prometía nada. Entonces, la escritura del libro consiste en unir piezas blancas salidas de la imaginación para construir un texto literario. El recuerdo de un perro blanco que durante breve tiempo cuidó la casa de los vecinos (antes hubo un mastín, y luego un bulldog). Un perro espantado, que se asustaba de las personas que pasaban y que enfermó después, dejó de comer y murió. El tema del libro a veces aparece, a veces no. En algún momento de la lectura, como no hay colores de donde asirse, no se sabe bien de dónde viene uno o hacia dónde va. La hermana escritora tiene una residencia artística en alguna ciudad europea, en invierno, llena de nieve, naturalmente blanca. Hay un muro en que los nazis fusilaban gente y en el que hoy la gente coloca velas blancas. Más allá de la bruma, pueden estar o no los furiosos fantasmas de los asesinados. Pero me parece poesía sin epifanía, un diario que desde hace varias páginas dejó de mencionar lo que prometía el inicio. ¿Es el pretexto para una beca? ¿Es un proyecto literario para pasar el invierno? La casa que se habitará durante este periodo tiene suciedades que la autora pintó de blanco, como indica el título. Entiendo que hay lectores que admiran esta obra. Siempre tendré a la mano una hoja en blanco para que me expliquen por qué.

 

Han Kang. Blanco / (2016), tr. Sunme Yoon. México, Random House, 2025.


viernes, 24 de abril de 2026

La lluvia, de Méndez Vides



Hace años, Carlos Monsiváis me dijo que sus primeros textos fueron: la reseña de un concierto de Bola de Nieve y la crónica de la manifestación de apoyo al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, el 2 de julio de 1954. Ahí vio por única vez a Frida Kahlo, en su última aparición pública, once días antes de su muerte. La CIA había derrocado días antes, por medio del apoyo a un golpe de estado, al presidente Árbenz. La CIA nunca decepciona cuando aparece en las páginas de las novelas o de los libros de Historia, es una agencia que representa papeles siempre siniestros, aunque nos dicen que muchas veces han sido notables por su ineptitud. Arabella Árbenz, hija de ese matrimonio, hizo carrera de actriz en Francia y en México. Aquí apareció en la película Tajimara (1965, en el segmento Un alma pura, dirigido por Juan Ibáñez). Después tuvo un romance con Emilio Azcárraga Milmo y luego, con el torero Jaime Bravo. Luego de que este último la rechazara, Arabella se quitó la vida, el 5 de octubre de 1965. Nada de esto sucede en la novela de Adolfo Méndez Vides, pero son cosas que no quería dejar de decir. Antes de la existencia de Fidel Castro era el enemigo favorito de los Estados Unidos. De algún modo, el triunfo de la Revolución Cubana lo dejó descansar un poco del acoso. Traje esta novela de un viaje a Guatemala, y ahora, después de leerla, veo que Méndez Vides acaba de obtener el Premio Nacional de Literatura de su país. Su carrera, dice, fue impulsada por Augusto Monterroso y Nélida Piñón. Y su novela es la narración de aquellos días previos al golpe de estado. El gobierno de Eisenhower se encontraba molesto por las acciones de Árbenz contra los intereses de la United Fruit en Guatemala. Acciones que eran consideradas comunistas por EU, pero que en realidad Árbenz había tomado de Lincoln. Árbenz había decidido expropiar tierras ociosas propiedad de la United Fruit por el costo que la propia empresa había exigido; sin embargo, John Foster Dulles (Secretario de Estado de EU y accionista de la United) pidió por esas tierras un precio veinticinco veces su valor. La novela de Méndez Vides explora la fragilidad del régimen de Árbenz, el enjambre de traidores que lo rodeaba, el complot político en todos los niveles de que no escapaba la Iglesia. Y está ese militar pequeño, con bigote copiado a Hitler, que fue amigo de juventud de Árbenz: Carlos Castillo Armas. Compartieron causas políticas, y en un momento Árbenz y su esposa María Vilanova, de viaje en Nueva York se encontraron al viejo amigo. Ahí, relata Méndez Vides, cenaron, pasearon por la ciudad, sin que el matrimonio presidencial se imaginara que Castillo Armas ya había firmado la traición ante la CIA. El traidor, pero no el único, pues la propia iglesia contrata a otro asesino para que termine con Árbenz. Y bueno, no está de más recordar que existe la CIA, las tres letras más fatídicas en la historia de nuestro continente…

 

Méndez Vides. La lluvia. Guatemala, Norma, 2007.

sábado, 18 de abril de 2026

En torno de una muerta, de Alberto Leduc



Voy a recordar rápidamente qué fue el Decadentismo. Como fue hace tanto tiempo, quizá no lo tengan presente. Eran los tiempos en que la Sociología le había quitado misterio al mundo, y la vida era retratada en las novelas naturalistas. Había que devolverle a la realidad algo de magia, era posible hablar incluso de la putrefacción social sin quitar la trascendencia al arte. El aura de lo divino puede posarse en lo más bajo y en lo más podrido. Alberto Leduc (1867-1908) fue uno de aquellos decadentistas. Nació en Querétaro pero vivió en Tlalpan. Por desgracia, su hijo, Renato Leduc, nos dejó muy poco del mundo literario de su padre. Quizá a él y a sus amigos los consideraba cursis… Pero fue el mundo del Duque Job y sus seguidores, Amado Nervo, Rubén M. Campos, Manuel José Othón… Renato pudo haber sido la llave a ese mundo entre sus más cercanos, Agustín Lara, María Félix, Diego Rivera, Leonora Carrington…, pero creo que con nadie compartió ese mundo. Yo abro con fruición los libros que se editaron cuando moria el siglo XIX y paseo la mirada por los cuentos decadentistas. En ellos es imposible hablar claramente de la historia de una madre soltera de la que se enamora un joven con alma de poeta maldito. No, una historia así no se puede referir de este modo. Se tienen que dar numerosos rodeos para que los lectores acepten poco a poco el pecado social de caer en la perdición. A cucharadas se tiene que degustar una trama semejante. Una mujer soltera que cae en el pecado no tiene otra opción que casarse para tapar su terrible falta. Pero si no se casa, tiene que arrastrar con el fruto de su pecado por un munso que prefiere respetar las formas que sentir piedad (en eso consiste una sociedad farisea, término que también ha de haber caído en el desuso). Una madre soltera no tiene derecho a compartir el espacio de la gente decente, por lo que la protagonista tienen que irse a vivir a un pueblo. Allí, en el secreto de una iglesia, se reúne con el joven poeta enamorado, que mira en ella, más que a la mujer, el aura de su culpa. Es imposible el matrimonio entre ellos porque él no podría soportar que hubo otro antes que él, que dejó un fruto, una hija, que mancha todo. Así se deshoja literariamente la hipocresía social. Las almas que pecan se vuelven marginales y deben de encontrarse en la marginalidad, sólo para aceptar que tampoco pueden estar juntas. Otro espacio marginal favorito de los decadentistas fue el cementerio, sitio en el que sus habitantes pueden hacer la crónica de sociales más inobjetable. No se hace mejor disección de la vanidad humana que en la tumba. Desde ese sitio se contempla el día después de las promesas. Los muertos pasean por el cementerio sucio, lleno de flores secas de los vivos. ¿Cuándo dejarán de venir a lucir su arrogancia? Sería mejor el cementerio sin la visita de los vivos. Me pone de buen humor el desencanto de Leduc. Me encantaría decírselo. Desafortunadamente, creo que no abre la correspondencia que le llega de los vivos…

 

Alberto Leduc. En torno a una muerta (1898), ed. Alfonso D’Aquino. México, Odradek, 2024.

domingo, 12 de abril de 2026

Hannah Arendt (pero pasando por la actualidad)



Israel representa hoy la forma genocida del colonialismo europeo. Su idea de una guerra permanente es llevada hoy por dos criminales de guerra, Netanyahu y Trump. Mientras escribo están en suspenso las negociaciones de paz en Pakistán. Israel es el país más odiado del mundo, más incluso que Estados Unidos. Y ese odio es sólo comparable con la indignación moral que aparenta tener Netanyahu. Amenaza a España porque el presidente español se atrevió a decir en voz alta lo que cualquier nación digna tendría que decir. Sin embargo, la guerra ideológica también la están perdiendo los genocidas. Aunque la amenaza de destruir Irán en una sola noche no despertó la respuesta internacional que se merecía, hubo una expectación universal. Los justificadores del genocidio usan como defensa el supuesto antisemitismo, cuando la mayor parte de los israelíes no son semitas. En estricto rigor, los líderes israelíes han sido desde siempre criminales europeos que han cambiado sus apellidos para aparentar ser originarios de Medio Oriente. Mi idea de Israel ha cambiado poco a poco, pensé mucho tiempo que era un derecho de un pueblo. Pero el expansionismo, el colonialismo, el odio cultural al islam, el supremacismo, la ignorancia, todos estos elementos, tienen que ver con el plantemiento que hace un país unido por la idea de religión, de una ideología que recoge antiguas mitologías como base de un derecho. (Viejas historias llenas de violencia). La propia creación de Israel como país tiene raíces confusas, ya que fue concebido por personajes progresistas que buscaban una salida a la persecusión nazi (sin saber que esa idea contendría el huevo de la serpiente). La creación de un estado judío es anterior a la Segunda Guerra Mundial, des 1910 se hicieron viajes a la región para valorar Palestina como sitio de establecimiento. Justin Godart (1871-1956) fue un político francés dedicado a la causa de la salud y la protección de los migrantes, y que combatió al gobierno colaboracionista de Vichy. Salvó a numerosos judíos de la persecusión nazi, y creó en 1933 el comité Agricultura y Artesanía para dar trabajo a los judíos alemanes que partían para Palestina. La idea central era dar educación técnica, enseñar francés e historia del pueblo judío a los futuros trabajadores de Palestina. Se necesitaba un comité en que participara un gran número de personas, pues debe considerarse que había grupos negociando terrenos en la zona de Palestina. Godart tuvo el apoyo del estadounidense James Grover McDonald (1886-1964), Alto Comisionado de la Sociedad de Naciones para los Refugiados procedentes de Alemania. McDonald sostuvo conversaciones con el gobierno nazi; como hablaba fluidamente el alemán, se ganó la confianza de los alemanes. En su diario dejó escrito que oír hablar a los alemanes sobre los judíos “daba escalofríos”. Se comprometió con la causa sionista a tal grado que años más tarde se convirtió en el primer embajador de EU en Israel. En una ocasión defendió al primer ministro Ben-Gurión –otro falso semita: era polaco de nacimiento, de apellido Grün– cuando se enteró de que el presidente Truman amenazó con imponer sanciones a Israel. La causa: que este país planeaba la anexión de la Franja de Gaza. El escritor Thomas Meyer explica que prácticamente desaparecieron todos los papeles de Agricultura y Artesanía, comité en que trabajó Hannah Arendt (1906-1975), aunque no se sabe con exactitud qué hizo ahí (Hannah Arendt. Una biografía intelectual. Anagrama, 2023). (Arendt era entonces una joven académica, exalumna de Heidegger, que venía de la filosofía pero se dirigía a la política, que deseaba una beca que le permitiera instalarse en Estados Unidos. Su interés era explicar el moderno antisemitismo pero basada en categorías políticas. Sin embargo, no obtuvo entonces esa oportunidad.) Me parece importante Hannah Arendt porque fue una intelectual contemporánea de la idea de una nación para el pueblo judío. ¿En qué momento esta idea se envenenó? Desafortunadamente, la biografía de Meyer no me aclara mucho, es un libro hecho para los conocedores de la obra de Arendt. Pero se mira una intelectual con una conflictiva relación con el comunismo aun cuando fue una gran amiga de Walter Benjamin. Su segundo marido (1929-1937), Günther Anders, era un comunista cercano a Bertolt Brecht, pero ella tenía más interés en el activismo sionista que la llevó a acercarse a los intelectuales judíos de Francia que apoyaban la emigración a Palestina. El pensamiento de Arendt puede parecer incómodo para izquierdistas y derechistas: su idea del totalitarismo puede tener un uso ambiguo, en contra del capitalismo o del comunismo. Desafortunadamente, no se dedicó mucho a la literatura, aun cuando leyó a Rilke y a Kafka. Sin embargo, uno de sus textos más importantes se basó en la novela El corazón de las tinieblas (1899), de Conrad. Kurtz, el personaje que se vuelve un semidiós en una tribu africana, es la encarnación del mal. Arendt dice que Kurtz representa “a un nazi”. O sea que la realidad que vivió Europa a partir de 1933 se prefiguró antes, en la literatura. La Historia nos da una lección ya que ocurrieron los hechos. Pero la literatura puede hablar previamente. El gobierno nazi le quitó a Arendt la nacionalidad alemana, y hasta que en 1951 adquirió la estadounidense, fue apátrida. Eso quizá explica las grandes alabanzas a los EU en su obra. Provenía de una familia de mercaderes judíos de Königsberg, la ciudad de Kant, pequeña, sin espacio, por lo que los edificios sólo podían crecer hacia arriba, edificios profundos que a veces tenían en el frente alguna cervecería. Puerto comercial, Königsberg prosperaba, pero tenía que luchar por renovar la infraestructura marina para poder continuar sus exportaciones a Alemania. En algo se parece la vida de los antepasados de Arendt a Los Buddenbrook, esa saga de varias generaciones. La muerte del venerado abuelo paterno, Max Arendt (1913), fue muy comentada en la ciudad. El funeral fue el adiós de un patriarca de carácter áspero, pero religioso y caritativo, al que acudieron las autoridades de la ciudad. Königsberg, Linden-Limmer (la ciudad natal), París, Lisboa (por donde huyó de Europa) y Nueva York, en donde se instaló. En 1941 comenzó su trabajo intelectual en los Estados Unidos. Desde este país observó constantemente todo lo ocurrido en Palestina. Escribió contra los grupos terroristas Irgún y LEHI, que se distinguieron por asesinar a ciudadanos árabes. (El LEHI incluso consideraba alianzas tácticas con Hitler). Por su parte, el Irgún es el antecesor del actual Likud, el partido del genocida Netanyahu. Ya entonces, escribía en torno al entendimiento entre judíos y árabes. El pensamiento de Arendt me atrae y me aleja. Por un lado, estuvo en contra de la persecución a comunistas de parte del senador McArthy, pero escribió a favor de la Revolución húngara de 1956. Thomas Meyer concluye que fue una escritora que se hizo visible relativamente tarde. Sobre todo, fue junto con Theodor Adorno, quizá, los dos primeros intelectuales que usaron la prensa, la radio y la televisión, para difundir su pensamiento. Son mis apuntes sobre una autora que no renunció a la discusión pública, y que me sirven para articular algunas ideas sobre cuestiones que están ocurriendo hoy.


Thomas Meyer. Hannah Arendt. Una biografía intelectual (2023), tr. José Rafael Hernánez Arias. Barcelona, Anagrama, 2025.

domingo, 5 de abril de 2026

Un gongorino de Madagascar



Leo de nuevo este libro de Alfonso Reyes y recuerdo las clases de su nieta, Alicia, en la Capilla Alfonsina, la inolvidable casa de su autor. Ahí, durante meses, leímos poco a poco La experiencia literaria, comentando algunos aspectos y dejando para después muchas anotaciones. Naturalmente, en este volumen están los apartados dedicados a la crítica literaria y su culminación, que es el juicio en torno a la obra (confieso rehuir sistemáticamente el ejercicio de esta potestad), a las jitanjáforas y a muchas de las diversiones más o menos eruditas a que nos tiene acostumbrados Reyes. Por ejemplo, le gusta referirse a la cantidad de palabras similares que tienen idiomas como el español, el catalán, el portugués y el italiano. Son idiomas que se entre-adivinan, nos dice. “Son muchos los peligros de la cercanía” y para poder hablarlos se necesita de acrobacia lingüística, sería como partir un cabello en cuatro partes. Y viene ahora una frase que subrayé y que el autor anota con ánimo de no olvidarla: “¡Me río del malgacho que traduce a Góngora!” Es más fácil esta aparente proeza que bregar entre lenguas parecidas. La nota a que me refiero es la que nos aclara que efectivamente hubo un gongorino en Madagascar: “Mi llorado amigo Rabearivelo, poeta hova”. Se llamó Joseph-Casimir Rabearivelo (1901 o 1903-1937) pero cambió su nombre a Jean-Joseph para tener las mismas iniciales que J.J. Rousseau. Su afición a Francia lo llevó a cartearse con Gide y Valéry. Desde Madagascar, isla de la que no salió nunca, se enteró de la existencia de la revista Monterrey, que publicaba Alfonso Reyes y que enviaba por correo a sus amigos literarios. En mayo de 1932 le escribió una cartas desde Antananarivo para pedir que le llegara regularmente esta publicación. Llegaron varias cartas; una en que disertaba sobre las relaciones musicales entre el español y el hova, su lengua natal, otra en que pide una fotografía de Reyes para poder conocerlo y otra en que manda su propio retrato dedicado. Cuenta de la enfermedad de su hija (que morirá a los tres años), de sus proyectos literarios (uno de los cuales, Ventanas, piensa dedicar a Reyes) y comienza a evocar a Góngora. Finalmente, en 1933 anuncia que está por terminar su traducción rítmica al hova de las Soledades. Ya antes, en el número 6 de Monterrey, Reyes dio cuenta de la publicación de tres sonetos del poeta cordobés (“descaminado, enfermo, peregrino”, “Tras la bermeja aurora, el sol dorado” e “Ilustre y hermosísima María”), pues Rabearivelo tenía su propia publicación literaria, Ny Fandrosoam-baovao (“Nuevo Progreso”). Reyes no sabía que en su modesta casa, Rabearivelo tenía las Soledades como libro de cabecera y un pequeño busto de Góngora. Aprendió español por sí mismo, con ayuda de un diccionario y en compañía de un quinqué (el artículo “Jean-Joseph Rabearivelo y el mundo hispánico”, de Guillermo Pié Jahn e Irina Razafimbelo, es bellísimo y emocionante). Muerta su pequeña hija y endeudado, al poeta le avisan que no ha sido seleccionado para viajar a París, y se suicida el 22 de junio de 1937. Le manda decir a Reyes por medio de un amigo que su desaparición era voluntaria. Están las cartas a don Alfonso y se han localizado los tres sonetos gongorinos traducidos al hova, pero es poco el rastro hispano de este poeta en nuestra lengua. Lo busco y veo que sólo hay un pequeño volumen en español, Traído de la noche, publicado por la Universidad Villa María (sólo 200 ejemplares). Así, sus poemas y su vida me llegan, como traídos por la noche.

 

Alfonso Reyes. La experiencia literaria / Tres puntos de exegética literaria / Páginas adicionales, nota preliminar de Ernesto Mejía Sánchez, 2ª reimp. México, FCE, 1997. (Obras completas, XIV)

lunes, 2 de marzo de 2026

La crítica en la edad ateniense, de Alfonso Reyes



Con la lectura de Alfonso Reyes me he acostumbrado a dar vueltas alrededor de Platón, Aristóteles, Cicerón, Quintiliano y todos los antiguos oradores. Me gustaría haber sacado más provecho de sus lecciones. Sin duda, pocas cosas hay mejores que ser un peripatético al lado de don Alfonso. Caminar a su lado, como los antiguos caminaban con Aristóteles. Algo se me pegará si camino a su lado. Una de las cosas que más le agradezco es su manera de liberar a Aristóteles, haciendo de su pensamiento una vitalidad refrescante. Con los siglos se le ha convertido en un filósofo lleno de reglas, de preceptos que seguir para componer una obra de arte. Cuando él, en realidad, se acercaba al teatro, a la poesía, a la retórica, para advertir su variedad. Pero los aristótelicos de después lo volvieron un maestro inconsecuente. En realidad, Reyes ha devuelto el gusto por caminar al lado de Aristóteles. Esa palabra, la catársis, que aparentemente tenemos dominada, ese desahogo que da ver obras de arte y tener una catarsiss… se convierte en algo indeterminado. El propio filósofo manda a sus lectores a otros lugares de su obra para que estudien el concepto de catarsis, pero cada lugar explica menos que el anterior. Se supone que la catarsis era una función que surgía en la contemplación de la tragedia, pero desborda este género dramático para inundar las Bellas Artes y se convierte en una herramienta para comprender el espíritu humano. Catarsis es una especie de purga, una manera de depurar “el fondo emocional del alma, mediante el placer que procura la expresión artística”. Es un término que jamás ha dejado de estar presente. Luego de que Brecht haya escrito en contra de esta facultad del teatro, hemos tenido que presenciar obras que impiden ese desahogo biológico del cuerpo y del alma que significa estar en contacto con el arte. Tristemente, este debate en torno al arte no ha tenido respuestas, y más bien se ha diluido en las últimas décadas. Por lo menos, parece que tenemos el acuerdo de que el arte más conservador nos produce una catarsis. El salir insatisfecho de una obra de arte tiene más prestigio que presenciar un final feliz. Sin embargo, no pareciera que la falta de catarsis sea de por sí más valioso, una vez que nos volvimos antiaristotélicos en nuestros planteamientos artísticos. Volvamos a Reyes, quien tiene un plantemiento más profundo. La catarsis sería una manera homeopática de tratar el alma. Cura el terror a base de contemplar escenas terroríficas. Cura la desesperación con la contemplación de la desesperación. ¿Las pasiones se curan contemplando las pasiones? ¿Pero entonces por qué no funciona así con el amor? Contemplar el amor no nos cura de él. Conforme sigo a Reyes en sus obras, me doy cuenta de que es inagotable. Extrae meditaciones, ideas, del disfrute de sus filósofos. Sirve como muestra una intuición genial sobre la Poética: es el texto que da los primeros pasos para emanciparnos contra dos esclavitudes: “la confusión entre valor estético y el valor moral, y la visión del arte como una reproducción fotográfica de la realidad”. Sirve mucho percatarnos de que hay crítica artística que retrocede milenios al confundir de nuevo estos dos valores.

 

Alfonso Reyes. La crítica en la edad ateniense (1941) / La antígua retórica (1942), nota preliminar de Ernesto Mejía Sánchez, 2ª reimp. México, FCE, 1997. (Obras completas, XIII)

 

viernes, 20 de febrero de 2026

¿Qué pasa en el mundo? Los medios de información de masas, de Juan Luis Cebrián



Mi papá era aficionado a las enciclopedias. Debimos de tener unas tres o cuatro en la casa, además de colecciones de libros de economía, carpintería, novela policiaca, cine, la Segunda Guerra Mundial, la vida marina, el arte universal, salud, clásicos juveniles, el cultivo de las flores, literatura de terror, comics, biografías de políticos, atlas, libros de filatelia y de modelismo, entre muchos otros temas. Todavía hay veces en que un libro sobreviviente de entonces se me aparece en los libreros y lo tomo con curiosidad. Simplemente, la manera en que llegaron a nuestra casa tiene algo de práctica en peligro de extinción: los vendedores de revistas y periódicos que conseguían números atrasados. Ahora es difícil encontrar periódicos en los lugares en donde antes se iba a ojearlos o a comprarlos. La costumbre de leer la edición dominical y repartir las secciones entre los miembros de la familia, las revistas que aparecían los domingos y los suplementos de historietas y literarios. Todo lo que intuía entonces era anacrónico. Los periodistas escribían su columna en su casa y tenían que llevarla o mandarla al periódico. Así que era un buen rato tomar el coche e ir a la redacción. La hora del cierre, ¿qué implicaba? La formación de las secciones y el envío a las rotativas. Ni entonces ni ahora me puedo imaginar el proceso completo. Nunca había meditado en la manera en que las fotografías que se tomaban una mañana en África llegaban al otro día en la mañana a la casa, en la portada del periódico. De eso trata este libro, pero cada uno de los capítulos amerita un libro completo. Sobre todo porque cada tema ha cambiado en las últimas décadas. Me entero, en el capítulo dedicado al video, que el Bing Crosby Research Institute presentó en 1951 una cinta magnética que podía registrar imagen y sonido. No conozco este instituto, pero buscándolo me entero también de que existe una wikipedia de Historia de la Ingeniría y de la Tecnología (ETHW) en que se cuenta la relación del cantante Bing Crosby (1903-1977) con la grabación magnetofónica. Además de ser uno de los grandes crooners de la historia, fue un astuto hombre de negocios: invirtió en la primera marca de jugo de naranja congelado (la actual Minute Maid), así como en negocios inmobiliarios y en pozos petroleros. Pero la relación con la tecnología proviene de su disgusto por hacer programas en vivo en horarios que interrumpían con su vida familiar. Luego de negarse, la NBC aceptó que los programas de la temporada 1945 fueran grabados, siempre y cuando tuvieran la misma calidad que los programas en vivo. Luego de probar con la grabación en discos de gran formato, que no alcanzaron la calidad deseada, el cantante conoció a Jack Mullin, un ingeniero que había notado la gran calidad de los programas transmitidos desde Alemania. Por ese entonces, había sido enviado a París para conocer un equipo de transmision alemán, capturado por los aliados. Fue que conoció las cintas magnetofónicas, de las cuales pudo llevarse 50 para estudiar en los EU. Bing Crosby utilizó estas cintas para grabar sus programas. Cuando llegó la televisión, Crosby preguntó si sería posible grabar la televisión como era posible grabar la radio. Algunos años más tarde, en 1956, la marca Ampex presentó la grabadora de video. Entonces, el cantante pagó 50 mil dólares por esa primera grabadora, con lo que se convirtió también en pionero en este sentido. Quizá el único daño que provocó con su visión comercial fue la invención de las risas grabadas que puso en sus programas. Quien piense que es un capítulo que ocurrió hace mucho, debe de saber que la preservación de hoy, en tiempos digitales, sigue haciéndose en cintas magnéticas.

 

Juan Luis Cebrián. ¿Qué pasa en el mundo? Los medios de información de masas. Madrid, Salvat, 1986. (Col. Aula Abierta, 55)