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sábado, 20 de julio de 2024

Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, de Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina (coords.)

 


Haré algo que nos ha prohibido, entre otras ciencias, la de la Historia: calificar de histeria y locura los caracteres comunes de los habitantes del mundo colonial. Ya sé que denota falta de familiaridad con la época, poca sensibilidad y conocimiento, así como insuficiencia para entender que nuestra manera de seccionar el espíritu es completamente diferente. En fin, los santos de otros tiempos me perdonarán la insolencia, pero tratándose de una sociedad reprimida por todo tipo de ordenanzas y mandamientos, cualquier escape mínimo traía consigo manifestaciones un poco escandalosas. Sé que los académicos que fueron convocados para hablar de la religiosidad de aquellos siglos nos piden comprensión. Pero qué pensar de aquel santo peruano, Francisco Solano, que interrumpía las obras teatrales con un crucifijo en la mano para llamar al público a abandonar la representación y arrepentirse. A esa locura colectiva que entonces se llamaba la normalidad, la caracterizaron la venta de reliquias de santos y la compra de indulgencias (para pasar poco tiempo en el Purgatorio). Con los dedos de los santos o con partes de sus pies, se hacían preparados milagrosos que se bebían con la debida fe. La devoción religiosa continúa arrojando sus restos sobre las playas del presente. Hay devocionarios hallados en las piedras de los templos y oraciones que mantienen las momias entre sus manos rígidas, pero que arrebatan los historiadores. Las oraciones eran esparcidas abundantemente sobre todos los días del año, varias veces al día. Y no había pecado secreto, porque una de las obligaciones de todo buen cristiano era espiar y delatar. De este modo, los sacerdotes iban concentrando a través de la confesión los secretos sexuales de la sociedad. Sólo se podía pedir comprensión a la grey celeste si se prometía sumisión total, entrega absoluta. Quizás a cambio los santos cumplan alguna venganza, quizá hagan el mal al prójimo, pero lo harán por bondad. La aparición de la Virgen por aquí y por allá era cotidiana, con suerte se te aparece en un día próximo, con sus flores y sus esclavos. ¿Quién será más milagrosa, la Virgen de rostro más doloroso, la santa que eligió como hogar una cueva inhóspita o la mártir que más veces ha visto al Diablo? No sabría qué capítulo de este libro dedicado a la devoción colonial, tiene más personajes extravagantes. La relación de prácticas relacionadas con la Virgen María que relata Pilar Gonzalbo causa un perdurable horror. Subrayé con alegría muchos personajes supurantes. Llegué a compartir con ellos su alegría por cada llaga. La virtud tuvo entonces una acepción bastante escatológica. Y creo que el historiador David Brading fue feliz al descubrir la vida de Juan Antonio Pérez de Espinosa, varón del siglo XVII. Espinosa despertaba a las dos de la mañana, tres veces a la semana se hacía azotar y dormía con frecuencia en un ataúd. Usaba anteojos de vidrios verde oscuro, para ver siempre el mundo en tinieblas. Le gustaba dormir bajo un esqueleto para no olvidar nunca que habría de morir. Y hay por estas páginas una mujer (la he perdido en mi amontonadero de penitentes subrayados) que dormía con las manos abiertas para ni siquiera sentir su propia piel y no caer en la tentación de los tocamientos. Pensaré tantas cosas de ustedes, antiguas existencias virreinales, menos que la locura permitía el aburrimiento dentro de las paredes de sus cuerpos.

 

Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina (coords.). Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano. México, INAH-Condumex-UIA, 1997.

 

viernes, 12 de julio de 2024

Loops 1. Una historia de la música electrónica, de Javier Blánquez y Omar León (eds.)



La música electrónica es música de máquinas, la que se hace con instrumentos eléctricos. Poco más que esto podría decir con seguridad. Eso se debe a que la propia definición de “música electrónica” conlleva un rodeo histórico. En prácticamente toda la música grabada de hoy intervienen aparatos eléctricos, desde su ejecución y pasando por todos los procesos de su producción. Sin embargo, hay que recordar que la música en sus orígenes es la producción de un sonido a través de medios físicos. En los años 40 surgió el término de música concreta para referirse a aquella que podía ser fijada en un soporte (disco, cinta) y, que, por lo tanto, se podía alterar. Es una excepción la música que se graba sin un tratamiento posterior. Históricamente, los aparatos para reproducir música fueron sustituyendo los instrumentos en las casas así como los discos a los grupos musicales, en las estaciones de radio. Son muchos los fenómenos que derivaron de estos cambios. Por ejemplo, la costumbre de oír música con un buen equipo de sonido, e incluso reunirse para ello. Si no fue el primero, David Mancuso ha quedado en la memoria como el pionero de los DJ, porque a principios de los años 70 organizó en su departamento en Broadway fiestas privadas para escuchar música de su colección de discos. Pronto se hizo popular entre la comunidad gay y afroamericana como “The Loft”, el antecedente de las discotecas: locales para escuchar música grabada, la cultura de la droga, y paulatinamente los ambientes industriales. A su vez, el circuito de la música había sido: Cuba, Nueva Orleans, Nueva York; pero al comenzar la industria de la música electrónica, se desplazó a Jamaica y a las ciudades industriales como Detroit y Chicago. Se abandonó el mambo y la salsa, para adoptar como uno de sus beats fundamentales el “dub” jamaiquino, experimentación del reggae. La ausencia de “intérpretes” hizo que el protagonismo de esta música recayera en el DJ. Pero era necesario que el público no se amontonara sobre la tornamesa, así que fue surgiendo la figura del MC (“maestro de ceremonias”), encargado de llamar la atención hacia la pista de baile. Estos elementos (DJ, MC y baile, a los que se les suma la cultura del grafiti), permitieron el hip-hop. Los fenómenos son incontables, pero puede destacarse la tendencia de la música electrónica europea en quitar de la música electrónica los elementos negros. Uno aprendía a escuchar, además de la música: el soporte. Los viejos discos de 78 y 33 1/3 rpm se revelan por el ruido de la aguja sobre su superficie; y las cintas, por las ediciones que los productores hacían para insertar ruidos. En el caso de la música electrónica, es posible “oír el soporte” en las producciones del grupo alemán Oval, que se distingue por aprovechar el sonido de los CD dañados para crear música. Este libro reúne los principales aspectos de la música electrónica del siglo XX, y cada uno de ellos me parece abismal. Rastrear un solo tema requiere una discoteca y una narrativa especializada y apasionante. Basta con pensar un solo tema: la historia de los bajos a lo largo de la producción de la música electrónica.

 

Javier Blánquez y Omar León (eds.). Loops 1Una historia de la música electrónica (2002), 1ª reimp. Barcelona, Reservoir, 2022.

domingo, 7 de julio de 2024

Una deformación sin precedentes. Marcel Proust y las ideas sensibles, de Mauro Carbone



Recuerdan ustedes que Platón expulsó de la República a los poetas condenados por los delitos de deformar la realidad y de presentar no el ser de las cosas sino su apariencia. Sin embargo, el Tiempo es otro artista, deformante, que nos guarda en el desván y nos saca año tras año para retocarnos, a nosotros, sus extrañas obras de arte. Desafortunadamente, no podemos expulsar al Tiempo de ninguna de nuestras repúblicas ilusorias. Lo debemos de aceptar, y tenemos que asistir a sus retrospectivas. Nos convoca a mirar qué tipo de cosas se dedica a hacer, maravillas inconcebibles. También han de recordar que más recientemente, Marcel Proust se dedicó a buscar el tiempo perdido. Empresa inútil, pareciera, aunque no tanto. Se nos ha inculcado la idea de que el tiempo no regresa, mucho menos aquel que hemos perdido. Recordarán que la madre de Marcel, al inicio de su novela, le ofreció un poco de té y una magdalena, inútil no saberlo pues muchas veces es lo único que se dice de Marcel, quien tomó una taza de té, sumergió una cuchara en ella y lo probó. Por alguna razón, recordaba que los recuerdos se inflaron como esas miniaturas orientales que se inflan en el agua, dando como resultado flores, animales, juguetes… Pero no era eso lo que ocurrió al principio, sino la sensación de algo que venía de más allá, de la profundidad de las capas del recuerdo estaba por expresarse. Habría que explorar con el pensamiento, escarbar en la memoria vigorosamente. ¿Qué quiere venir del pasado remoto hasta este instante? Para lograr atrapar esa sensación que huye, el narrador de En busca del tiempo perdido intenta apartar cualquier idea extraña, como hiciera Descartes en otro siglo. Aquello de ser “un sujeto que piensa”… pero no funciona. Es inútil, no hay comunicación con esa realidad que quiere decir algo, como ocurre en varias ocasiones a lo largo de la novela. Momentos en que el protagonista se da cuenta de que la realidad está a punto de comunicarle algo, o más bien de revelarle algo que tiene él dentro de sí, pero que no se logra develar. La naturaleza se agita inútilmente, pero se lleva la clave de algo. La intención de Mauro Carbone, en el libro Una deformación sin precedentes, es penetrar detalladamente en la expresión de ese momento en que el espíritu extenuado recibe la aparición del recuerdo. Ese recuerdo específico es la revelación de una idea precisa. Es como sintonizar una frecuencia lejana, luego de caminar por mucho tiempo entre tinieblas. Por el país en que nuestra vida camina no hay bagaje que sirva. Ocurre que mi Ser me opaca. Si el fenómeno se ve desde sí mismo, se puede dar esa ilusión de coincidir con el centro visual del ojo que mira. En ese momento, Aquello y Yo se confunden en la Idea. Pero, nuevamente, esto ocurre luego de circundar inútilmente el objeto. Porque esa realidad es incompleta cuando está frente a mí, la miro sin entender, le falta completitud, como si dijera: plenitud. La realidad ahora, aquí, es un vaso que se está llenando y por lo tanto no está listo para ser bebida, puesto que la realidad se forma de memoria. Qué extraño descubrimiento. Para qué esta degradación del presente que tanto nos encomia la poesía latina y los anuncios de las aseguradoras. Resulta que el conocimiento se me dará cuando no lo busque, o luego de luchar inútilmente por lograrlo. Porque dice Marcel: “Las flores que alguien me enseña hoy por primera vez, no me parecen flores verdaderas.” Me quitas la plenitud de este instante, pero ¿qué me das a cambio? La verdad no está aquí, entre mis brazos, sino dentro de esa bodega que experiencias que somos. Por suerte adquiere sentido esta profesión de albergar sinsentidos. Porque, está bien, entiendo que es una falacia ese paréntesis que nos pide la Filosofía, que mi espíritu no puede suspender nada ni vaciarse de sí para volver a plantear de nuevo el Universo. Ese espíritu que pretende conocer está lleno de cosas. Me asomo a él y miro un día de campo con mi familia, un perro corriendo feliz, pero yo aterrado de que se pudiera perder. Un pastel y familia que me tardo en reconocer. Una casa abandonada en la lejanía, que causaba terrores exquisitos al recorrerla. Y cuando incluso siento el viento y los olores de entonces, me recuerda el ruido de un avión que no estoy allá, sino aquí. Más conocedor del ayer que del hoy. Que por alguna extraña razón, no se me arrebata ese momento perdido. Soplo las velas del pastel y curiosamente me miro feliz. Podría empezar a tejer la realidad a partir de ahí. Podría… En realidad tendría que decirle al río o al perro que amé: Quítate, no te busco a ti, busco una palabra, algunos símbolos, un sentido que perdí y que necesito anudar con este presente. Aquello invisible y que por esa razón no vi, pero que puedo buscar desde el Ahora. Más que objeto de conocimiento, el Ahora se me figura como una ventana desde la cual se pueden pescar algunas ideas trascendentales. Aparentemente, picarán en nuestra caña de pescar ya que hayamos fracasado en la lucha contra la falta de peces. Pobre Platón, será vapuleado nuevamente, porque en esa pesca literaria del día encontraremos un conocimiento real, abriremos un conducto que da directamente a nuestro ser y que nos proveerá de verdad, precisamente gracias a la deformación que el arte hace de la realidad. Hay un “Yo pienso” que nos habla al oído. Pero mucho tiempo después, escuchamos una segunda voz que vuelve a decirnos: “Yo pienso”. Es diferente, porque esa segunda voz sabe más que la primera. Esa segunda voz a la que muchas veces llegamos a través del psicoanálisis, descubierta por Freud, nos dice de nosotros algo que no sabemos. La primera voz, que se erige como conciencia y que pretende saber de nosotros, no sabe tanto. Y sabe muchas veces en sentido contrario a nosotros. Pero hay un descubrimiento mayor de Freud (según Merleau-Ponty): la idea de que existe un simbolismo primordial que está encerrado sólo para ser conocido por nosotros y que es el responsable de los sueños y, de manera más general “de la elaboración de nuestra vida” (p. 138). La infancia es una anticipación de la vida en tanto que la vida adulta vuelve a ella para atar un cabo suelto. Retomar para reestructurar, dice el autor del libro. Es famoso el buitre que Da Vinci vio en su cuna, entrar y poner sus plumas en la boca del niño. Ese no-recuerdo, porque pasó antes de la existencia de la memoria, fue una visión construida en el mundo adulto. Igualmente, la cantidad de detalles y reflexiones que construyen el mundo de la infancia en En busca del tiempo perdido son necesariamente añadidos posteriores, porque la niñez no tuvo tiempo de fijarse en nada ni de mirar con los ojos posteriores. En el recuerdo, toma su forma definitiva. Pero no soy yo quien piensa, en última instancia: “No soy yo quien me [hace] pensar como tampoco soy yo quien hace latir mi corazón” (Merleau-Ponty). No iré más allá, no preguntaré qué hay detrás del Yo, de cualquier manera, es una pregunta que me persigue, pero puesto que aquí en esta dirección no vive el Yo, no recogeré la carta que lo busca y quedará en el buzón, o pediré que se reenvíe la petición a su correcto destinatario. Acuso, sí, otra frase de Merleau-Ponty que me dejará pensando mucho más: que el psicoanálisis es la filosofía, no del cuerpo, sino de la carne. Eso, al menos, palpita en estas notas y paráfrasis que tomé al vuelo durante la lectura.

 

Mauro Carbone. Una deformación sin precedentes. Marcel Proust y las ideas sensibles Una deformazione senza precedenti. Marcel Proust e le idee sensibili (2004), tr. Eduardo González Di Pierro, revisión de la ed. Antonino Firenze y Josep Maria Bech. Madrid, Anthropos-Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, 2015. (Col Autores, Textos y Temas. Filosofía, 89)

domingo, 30 de junio de 2024

Claudia Sheinbaum: Presidenta, de Arturo Cano



Creo que leí este libro de Arturo Cano en octubre del año pasado, ya convencido de que el título se volvería realidad. Esperé para escribir sobre él porque quería unir las palabras de Claudia Sheinbaum con lo que pasaría después de su triunfo. Entre los muchos motivos para emocionarme, está ese lazo que la une con la izquierda universitaria, la cual existe, pero ha sido empañada por la academia conservadora que ha tomado el poder en la UNAM durante muchos años. Claudia reconoce a Raúl Álvarez Garín como maestro en la política, proviene del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) y ha combinado la formación académica con las causas sociales. Es importante hacer notar el mayor peso de esta rama de la izquierda en la Cuarta Transformación, lo que ha llevado que en los medios se resalte este carácter en los miembros del gabinete que se está integrando. Quizá su característica común es su experiencia (ya son cuadros formados en los gobiernos de izquierda) y su especialidad en cada una de las áreas. Sin embargo, algunos medios, resaltando estas características parecieron hablar de un aspecto “tecnocrático”, de superioridad técnica, cuando en realidad todo se encuentra unido bajo la idea del compromiso social. En el fondo se encuentra el lema de la Ciudad de México durante la administración de Claudia Sheimbaum: “Ciudad innovadora y de derechos”. La H agregada al acrónimo del Conacyt a principios de 2023 tiene el significado de darle a las Humanidades la misma categoría que las Ciencias y la Tecnología en la búsqueda de respuestas a los problemas nacionales. Convertida en Secretaría, esta institución, que será dirigida por la doctora Rosaura Ruiz, me imagino que será clave para poner en práctica, por poner un ejemplo, el Plan Nacional Hídrico, que necesita resolver aspectos técnicos (como la mejor tecnificación del riego en el campo o el reciclamiento), pero también los problemas derivados de la privatización de este recurso. Más allá de que las propuestas de Xóchitl Gálvez –salar el agua al ponerla en el lago de Texcoco, para luego desalinizarla– sonaran en su momento tan divertidas como preocupantes, uno de los defectos de la falta de programa de la oposición radica en la asociación libre de ideas siempre priorizando la privatización y la nostalgia del Neoliberalismo. Pienso, así, de pronto, que uno de los primeros mensajes que manda Claudia Sheinbaum antes de tomar posesión, es la idea de la articulación de las estrategias de gobierno, al nombrar en gran parte a especialistas con conocimiento social. El feminismo, los pueblos indígenas, el ambientalismo, etc., tienen sentido al ser concebidos de esta manera. Éste es, apenas, un bosquejo rápido, que ojalá pueda ampliar y estructurar, sumarle ideas. Pero la primera de las ideas de los opinadores de los medios comerciales consiste en pedir que Claudia se “distancie” de Andrés Manuel, lo que además de ser expresión de no comprender nada, significa que no leyeron lo que los resultados electorales piden: profundizar en el mismo camino, perfeccionando el recorrido previo. Pero son los silogismos con que se consuela la reacción los que escuchamos a unos días de que comience el sexenio de la primera mujer que llega a la Presidencia.

 

Arturo Cano. Claudia Sheinbaum: Presidenta. México, Grijalbo, 2023.

sábado, 22 de junio de 2024

México: El peso del pasado, de Fernando Escalante Gonzalbo



Llama la atención la formulación antimarxista que el sociólogo Fernando Escalante Gonzalbo más o menos esbozó hace años durante una entrevista con Fernando del Collado (en Milenio) de una de las Tesis sobre Feuerbach: "Los filósofos no han hecho más que transformar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de interpretarlo". Con el añadido de que este ideario abre (o abría) las puertas de la academia y de los cubículos más altos. En esa misma conversación hizo algunas reflexiones más: “La realidad es el contrapeso que importa”, “La 4T es una frase nada más”, “AMLO tiene un sentido viejísimo de nación”… Curiosamente, la realidad puso al pensamiento reaccionario un contrapeso inobjetable, una manifestación popular que les hizo ver que no transforman el mundo y tampoco lo saben interpretar. El 2 de junio irritó a los comentaristas de los medios de la derecha. El pueblo se manifestó de una manera tan inesperada, que enojó a la academia y a los periodistas. ¿Es que el pueblo no lee Letras Libres o Nexos?, ¿no vio el conmovedor video de Enrique Krauze? Yo leí un libro de Cal y Arena del autor mencionado, interesante elaboración pues permite saber cómo se mira la realidad mexicana retirado en la paz de los cubículos. Se habla de la historia del país como resultado de una dialéctica (Estado-clase política), de donde brota un “arreglo” cuya administración le permitió al PRI un largo periodo de gobernabilidad. Ese arreglo, en el cual no se profundiza mucho, necesita para existir de una clase política numerosa, un margen de impunidad, el control de los resultados electorales y del sistema de procuración de justicia. De tal modo que la impunidad, la corrupción y hasta el uso ilegal de la fuerza serían una necesidad estructural de este sistema de arreglos entre sólo dos instancias. Dos instancias que no toman en cuenta la sociedad –el pueblo, la sociedad civil (como dicen los más conservadores)– más que para verla como un sector a regular. Algo así como la justificación académica de “la corrupción es cultural”, que señaló Peña Nieto. México: el peso del pasado se publicó en 2023, lo que quiere decir que hasta fechas muy recientes se escriben textos justificatorios de Felipe Calderón. Donde vimos un desbordado ascenso de la inseguridad en el país y una colusión con sectores del narco (y hoy, un secretario preso en los EU), en realidad, lo que pasaba era que Calderón intentaba “trazar una frontera nítida, indudable, entre la legalidad y el crimen” y “expropiar los recursos de la fuerza” que se encontraban en manos de actores locales. Más interesante es el texto en torno al PRI, cuya ideología, resultante de la Constitución de 1917, se “desfuncionaliza” a partir de 1968. Pero nada dice el autor de la distancia entre el discurso del PRI y su actuar, su aparente defensa de la democracia y su nula práctica en ese sentido. Las luchas sociales no suenan ni siquiera en sordina a lo largo de estas páginas: todo es la lucha entre una maquinaria técnica (la del Estado) y la “clase política”. No mira al Estado como un aparato represivo al servicio de una clase privilegiada, buscando más privilegios a costa del pueblo. Esa mirada desenfocada (por decirlo amablemente) impide ver de manera clara la realidad y decir con gran suficiencia que “la 4T es una frase nada más”.

 

Fernando Escalante Gonzalbo. México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, prólogo de Héctor Aguilar Camín. México, Cal y Arena, 2023.

viernes, 14 de junio de 2024

Novia que te vea, de Rosa Nissán



Hace algunos años, cuando me encontraba formado en un café, se encontraba delante de mí una señora bajita, con un mechón blanco sobre la frente, pidiendo su propia bebida. Era tan fuera de lo común que me dije que me gustaría ser su amigo. Cuando volteó y me vio, me gritó: “¡Pável, soy Rosa Nissán!” Tantos años de no verla, que no la reconocí, vestida de negro, siempre alegre, y llena de cosas que contar. Me enseñó muchas de las fotografías que ha tomado a lo largo de su vida y me contó la idea de hacer un libro con esas imágenes. ¿Qué se mira en el libro de Rosita? Ella misma construida gracias a su mirada. Ella, en fotomontaje, con cuerpo de mosca, tirada en el piso: una mosca muerta. Ella, pero disfrazada de luchadora, en pleno Parque México: Rose Demon. Ella, con el cuerpo deshecho por culpa de un accidente automotriz: Rosa Dolorosa. Rosa, con su propio exvoto pidiendo su salud. Claro que nos conocíamos, desde hace tantos años. Cuando salió su primer libro, Novia que te vea, lo compré, lo leí, pero no lo comprendí. Apenas ahora, en la segunda lectura, me inundó su riqueza. Antes, yo no sabía de la lengua ladina. No imaginaba la belleza ancestral de un idioma que viajó por el oriente y que migró nuevamente a otros países, México uno de ellos. Antigua colonia Condesa, familias sefardíes con acento exótico, español pero con especias orientales. Qué lástima que sean tan pocas las oportunidades de escucharlo, se embelesa uno oyéndolo. Fue común en la Lagunilla, en los barrios del centro de la ciudad. Son los ambientes de esta novela autobiográfica que disfraza un poco los nombres y retoca una que otra historia. En ese mundo de los años 50, qué pocos destinos tiene una joven, sobre todo si pertenece a una comunidad tan conservadora. Rosa quiso ser periodista y luego laboratorista, con el consabido escándalo materno: “No te abasta con el mugroso título de periodista… Estás atavanada.… Y cuando vamos a descansar un poco para decir: muestra hija, sosdé ya gana su dinerito, ¡no!, apenas dos meses de sueldo y ya inventas algo nuevo, y sales con que quieres ser química. ¡Dios mío!, ¿por qué mos diste una hija sabia?” Habla la madre, pero habla también el idioma, una cadencia que da nostalgia. Rosa Nissán fue a dar al taller de Elena Poniatowska, en donde pudo escribir esta novela, libro que además de un documento fue la posibilidad de construirse a través de palabras, deslindar la educación familiar del poder de la palabra. La vida es tan fácil como conseguir marido, para qué otra cosa. Las clases de Elena la liberaron, la llevaron a escribir, le pusieron a su vida una columna vertebral. Desborda tanto su voz inconfundible, que me atemoriza un poco. Tan pocas fuerzas tengo para decir “yo”, que la novela de Rosa me apabulla. Me dice que es posible simplemente llenar páginas con la experiencia de la vida, para poderse ver uno mismo. El ejercicio literario es también una prueba de valor vital. Es pura casualidad, pero a punto de poner punto final, veo que Rosa Nissán cumple hoy 85 años. Y su voz y su originalidad florecen igual que la joven que protagoniza su libro.

 

Rosa Nissán. Novia que te vea. México, Planeta, 1992. (Col. Fábula)

domingo, 9 de junio de 2024

Estado de exilio, de Cristina Peri Rossi



El exilio como categoría filosófica. Por desgracia, entenderlo para mí supone un ejercicio enorme de imaginación. Dejar repentinamente todo, para no tener que dejar la vida es una decisión que se adelanta a cualquier reflexión filosófica. Ante todo, hay que escapar y ya luego se podrá meditar en todo lo que se quiera. Todo es a posteriori, y con una parte propia que quedó en otro sitio. Libro que se quiera consultar, está ausente. Persona con que se quiera intercambiar alguna idea, ha sido arrancada. Edificios con los que se desea continuar un diálogo, ya se borran en la memoria. Casi no recuerdo otro autor que haga del exilio la columna vertebral de su obra, como la uruguaya Cristina Peri Rossi. Uno de sus libros se llama Estado de exilio, lo que significa que “exilio” es algo más que un estado de ánimo, más que una situación. En algún momento el continuo vagar por varios sitios deja de ser un cambio de lugar, para convertirse en una situación existencial. La circunstancia se traga al ser y lo absorbe con el fin de ser un exiliado. Parecen los exiliados una comunidad, sin que realmente lo sean, tantas son las circunstancias que los mantienen unidos y tan azarosas, que es probable que pronto dejen de estar juntos. Sin embargo, los une esa evocación continua de su tierra de origen, divagan, la miran en la lejanía, sin saber que a la distancia se transfigura, y que evocan algo que ya no existe. Caminan, deambulan, pero sin destino. Antes que una categoría existencial, me parecen los exiliados una figuración literaria semejante a los cronopios, los famas y las esperanzas, taxonomías propuestas por Julio Cortázar luego de examinar caracteres y de reivindicar la locura como salvación en una sociedad enferma. Los exiliados son evasivos, difíciles de conceptualizar, las ciudades ajenas no los conocen bien. Su vida es, al mismo tiempo, un descenso existencial, porque exilio y muerte son estados colindantes. Me intriga la manera en que la autora manda el mensaje de su vida. Parece que deja pintas en las paredes, recados perdidos en los vagones del metro o bien poemas con apariencia de antiguas inscripciones epigramáticas. La vieja escuela cirenaica (en la actual Libia, para más señas) desmenuzó el placer a partir del examen de los sentidos. Pero uno de sus miembros, el filósofo pesimista Hegesías, llegó al centro del placer y descubrió que estaba hueco, que los placeres de la vida no suplen el sufrimiento. Aconsejó el suicidio, por lo que el rey egipcio Ptolomeo II cerró su escuela y lo exilió de la ciudad. Así que este filósofo sumó a su lista de pesares el exilio. No quedó de él nada escrito sino las historias y su fama de mal orador. Lo mejor es no nacer, es cierto. Pero ya que cometimos ese error, lo mejor es no ser un exiliado. Es la respuesta de la autora “A los pesimistas griegos”. Porque si miramos de cerca esas ideas, podemos ver que de cualquier experiencia que contradiga los consejos de Hegesías podemos extraer derivaciones alentadoras. Así que el exilio tendría una doble cara, la apariencia de una aventura, el descubrimiento obligado del otro. Eso le ocurrió a la autora al conocer, en 1972, a Ana María Moix, la escritora, una noche en un café de Barcelona. Ana María habló de un amor desesperado por una muchacha de Cadaqués. Y Cristina contestó con una larga conversación en forma de poema, sólo para dejar constancia de que en ese lugar de la Plaza Molina (no conozco) se instaló la historia de un amor por una muchacha de Cadaqués. Nunca Ana María quiso responder a esta propuesta de entablar una correspondencia poética, no se sentía capaz de escribir con ese grado de intimidad. “El espejo se negaba a reflejar”, escribió muchos años después Cristina, cuando Ana María murió. El único diálogo constante de la escritora, el único reflejo dispuesto a devolverse es con ella misma. Todo el libro son notas escritas desde los años 70, papeles sueltos, el largo monólogo interrumpido que es un poemario. Si los andenes del metro de Barcelona están abandonados en la noche, y sólo se mira a una mendiga dormir entre cartones, a un tipo fornido meando contra la pared y a una chica punkie fumando un porro tras otro, mientras esperan el último vagón. ¿Qué es la autora frente a este escenario? Un ser envuelto “en la nube de la soledad”. Alguien que podría pasar la vida sólo mirando. Recuerdo a Gabriela Mistral, exiliada a su modo, lejos de un país que la había arrojado sin miramientos. Tuvo que construir su mérito literario fuera de Chile. Y con los años, hecho de gente ausente, le fue brotando un país como una niebla que la rodeaba. Esa nube o niebla que aleja a los exiliados del mundo que está a su alrededor, refugiados en su propia realidad ausente. Está bien, no lo puedo asegurar. Extraigo la imagen del exiliado de estas páginas. Entiendo que aman las imágenes de los barcos. Que se asustan con la merma de la memoria y que en su mente están las aves y los ríos y los cielos de otro país. Es fácil sistematizar imágenes, pero es difícil exponer la vida real que se encuentran dentro. Quizá por el carácter fragmentario de los poemas, por esa sensación de papeles encontrados en una bolsa. Hasta cierto punto, me recuerdan todos estos textos una poética que parece nacida del recuerdo de Cortázar (no conozco la historia, ¿se habrá enamorado el escritor argentino de esta autora uruguaya?): manuscritos hallados en bolsillos, paseos nocturnos por el metro, los vagabundos y los solitarios que parecen una comunidad impenetrable. Pero hay un miedo central, previo al exilio, o que pudo aparecer en el momento de partir (en barco, desde Montevideo, el Giulio Cesare, bandera italiana): el exilio como castración. Pero contra toda posibilidad, el exilio pidió palabras. Es lo que dice la autora sobre esos días de los años 70, en que la dictadura uruguaya mataba ciudadanos, destruía archivos, bibliotecas. Frente al gobierno de Juan María Bordaberry, que habla con mayúsculas y en primera persona del plural, para prohibir libros y canciones; frente a ese discurso asesino, sólo el amor: “Nuestra venganza es el amor, Veronique”. Nuestra venganza es, nuevamente, vagar por la noche, en el frío. El destierro da una opción, no menor ni desdeñable, que es el amor. Es posible amar, pero no sin mandar a la mierda a algunos cuantos hijos de puta. Es un poco de compañía, pequeña, íntima, conservada en ámbar, la de estos poemas. Y sin embargo, de los versos de esta obra también emana pesimismo hacia la literatura, pues se piensa que no sirve para detener a los asesinos, a los verdugos y a los genocidas. Acaso, sirve para consolar al torturado que logra escribir un verso en las paredes de su cárcel. Aquí, tendría que detener un poco a la poeta y al viejo Hegesías. Decirles que mediten un poco sobre las ganancias totales del arte. Sí, hay un misterio, porque el asesino y el genocida necesitan del arte, al igual que cualquier persona común. Es una ganancia, además, que forma un arco mayor que la existencia individual, y por esa razón, no está aquejada de tiempo, como nosotros. Es cierto, no se borra el desgarramiento del exilio, del adiós. Pero al menos no daña. La poesía forma parte central de la fórmula para la cura del mundo.

 

Cristina Peri Rossi. Estado de exilio, 2ª ed. Madrid, Visor, 2003. (Col. Visor de Poesía, 515)