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viernes, 29 de julio de 2022

El pensamiento de santo Tomás, de F.C. Copleston

 



 

¿Filosofía medieval? Esta bien. Casi lo escupió el librero, me lo puso en las manos. Además, lo tradujo Elsa Cecilia Frost y está en la colección Breviarios del Fondo, la cual siempre me reclama que no la frecuento como debería. Está bien que “toda biblioteca personal sea un proyecto de lectura”… Pero si lo pospones demasiado, será un monumento póstumo a tu falta de constancia. Fui dedicado, me sumergí en las páginas de este volumen consagrado a Tomás de Aquino (1224 o 1225-1270) y supe que la novedad que inyectó al mundo del siglo XIII consistió en haber conciliado el pensamiento de Aristóteles con el catolicismo. Antes, pero mucho antes, ocho siglos atrás, Agustín de Hipona había llevado el pensamiento occidental por el camino del platonismo. Tomás de Aquino sería un paréntesis aristotélico porque nuevamente con Descartes se retomaría el camino anterior. Como se trata de una obra de Frederick Copleston (1907-1994), guardé cierto respeto. Fue el gran historiador de la Filosofía que resistió en 1948 un debate con Bertrand Russell acerca de la existencia de Dios. Ante ellos, ni siquiera existo. No tengo necesidad de existir. Ante un pensador –Tomás de Aquino– cuyas ideas trazaron un mundo soy una modesta nada. Cómodamente veo el debate en que Copleston dice que existen seres cuya existencia no se explica por sí misma, requieren de un ser necesario. Si buscamos la causa de un ente daremos con otro ente sucesivamente hasta topar con el muro de la causa primera. El razonamiento realizado en el siglo XIII antes de la existencia siquiera de la idea de ciencia, y mucho menos de ciencias diferenciadas, nos arroja a un mundo muy distinto al que nos lleva la misma pregunta una vez que la documentación sistemática de los fenómenos se ha llevado a cabo. La existencia de Dios no es evidente, tiene que ser explicada, demostrada a través de un razonamiento. De abajo hacia arriba brota el árbol del conocimiento, desde la experiencia, buscando la causa que empuja detrás del fenómeno. Y de arriba desciende la verdad de la fe revelada. Curiosamente, desde abajo no se puede llegar a tocar las verdades que emanan de la Teología. Si el mundo se explica autosuficientemente, esas verdades eternas, por coherentes que sean, se quedan aisladas, solas en su soledad autoevidente. Eso no impide que, por ejemplo, algunos científicos puedan habitar ambos mundos, el de la ciencia y el de la religión. Hay algo que me llama la atención del pensamiento tomista: que sus reflexiones parten de la etimología de las palabras. Conceptos como “sustancia” son posibles porque forman parte de la lengua latina. En griego (ousía) esa palabra significa: “entidad dada en la presencia”. Sería un ladrillo con el que no se puede construir el mismo razonamiento. El edificio resultante es, no obstante, bello. Los sentidos reproducen las cosas; nuestro intelecto, su esencia, etc. Tuve la necesidad de escapar de esa aparente perfección, así que recordé a Enrique González Rojo. Por suerte existen sus palabras al respecto (programa Historia de la Filosofía del 17 de agosto de 1971, Radio UNAM, acervo de la Fonoteca Nacional), que a partir de aquí sólo parafraseo: El santo consideraba pecado elevarse sobre el propio estamento, pues era un orden social creado por Dios. Fue un celoso defensor del feudalismo eclesiástico y consideraba la esclavitud como un castigo por los pecados. La nobleza tiene una inclinación innata a la virtud. Su ideario protegía a la iglesia del estado. Exigía que el estado exterminara las herejías, y cuando se creó la Inquisición, su orden, la dominica, participó activamente. “Fue partidario de las indulgencias: del derecho de la Iglesia a entregar salvoconductos de absolución de los pecados a cambio de dinero, porque según él ‘Dios tiene creado un fondo inagotable de méritos provenientes de las hazañas de los santos a cuyas expensas puede perdonar a los personajes’. Las indulgencias fueron fuentes de inmensos ingresos. La oficina papal llegó a confeccionar una lista de precios y un catálogo de delitos con el nombre de tarifa de la santa oficina apostólica.” Qué alegría escucharlo hablar de la distancia entre el pensar y el actuar, incluso (y sobre todo) entre los santos varones.

 

F.C. Copleston. El pensamiento de santo Tomás / Aquinas (1955), tr. Elsa Cecilia Frost.México, FCE, 1960 (Col. Breviarios del Fondo, 154)

viernes, 15 de julio de 2022

Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin



No puedo hablar de la novela Berlín Alexanderplatz de la misma manera en que no puedo hablar de la ciudad en que vivo. No sabría de dónde partir y a dónde dirigirme. No sabría si estoy hablando de una colectividad o de una persona (generalmente, de mí mismo). NO SABRÍA. Esta frase debería de aparecer pegada en cada una de las estaciones del metro, en el cartel que tienen los camiones, en los destinos que solicitan las aplicaciones de transporte, y hasta en el mismo destino final debería estar pegado este letrero con mi destino particular. No sabría. Bien, una vez aclarado esto, es decir, que no hay claridad, se puede comenzar a caminar por entre las calles de una novela publicada en 1929, época plena de la vanguardia, de una vanguardia un poco cansada, o bien de una vanguardia plenamente superada. En fin, no importa, finalmente lo que se diga de una época se puede sustituir, se puede arrancar y de hecho se arranca para que llegue alguien más y ponga el siguiente rótulo, de tal manera que las paredes de las épocas estén llenas de rótulos arrancados y de pegostes mal puestos. De esta novela llena de páginas arrancadas del directorio telefónico y de la guía de la ciudad, me encantaría ver el manuscrito. Estoy seguro de que el autor recortó y pegó pedazos de revistas, de códigos, de manuales… Qué bien. No sería el primero, me imagino, pero tampoco el último, pues las novelas de las ciudades necesariamente requieren de este tipo de asideros. Todo esto es necesario para contar la historia de Franz Biberkopf (exconvicto recién liberado, joven aún, con ganas de reinsertarse socialmente, trabajador). Pero ya lo habrán adivinado, la ciudad y sus malas influencias se lo tragan, ya que el contexto es: crimen, asociaciones delictivas, podredumbre social. No hay mucho más allá en el horizonte del protagonista, a pesar de su necesidad de reformarse, incluso de amar sinceramente. De hecho, su joven novia es asesinada hacia el final de la novela, es tragada entre voces y ruidos de una ciudad cuyo barullo es descrito detalladamente. Franz no es el asesino. Fue el asesino, pero de un crimen ya purgado, pues anteriormente había matado a otra pareja. Antes, durante, después, qué importa, lo cierto aquí es que no hay oportunidades de ascender en la escala de la moral. Miren, de hecho el autor ni siquiera se toma la molestia de amasar la realidad ni la materia prima de sus personajes y sus personalidades. Más bien, lo pone todo sobre el papel. No fue un naturalista, aunque no le molestaría ese método ya que es bastante efectivo conocer especímenes de hombre y colocarlos aquí, en el cuaderno, sin volver atrás a darle el último tratamiento. El mejor método de trabajo lo da la propia realidad: las marquesinas teatrales. Así que la muerte y la vida hablan desde los versos de las canciones moda, desde los carteles que anuncian las películas. ¿Recuerdan Nosotros los pobres en que los rótulos de los camiones van dando la pauta de la trama? ¡Si pudiéramos fijarnos en esas señales del destino cuánto nos ahorraríamos! Todo aquello que desdeñamos va marcando los tiempos de la vida, me refiero a las frases hechas, los comentarios de la gente en la calle. La que habla de si va a llover o no. No hace falta más para darle sentido a una historia. Dice este libro: “El mundo está montado de tal manera que los proverbios más estúpidos tienen razón”. Así que no nos esforcemos mucho. Tal como elogiamos la realidad, se va. Se transforma, no dejando rastro de aquello que vimos ayer. Como nosotros mismos no dejamos rastro en ella, no tiene sentido elogiarla. Si somos sensatos, no la recorremos buscando la vida sino la muerte, única manera de hacer algo en el día. En otra página, por ahí, se dice: “¿Cómo puede prosperar un hombre si no busca la muerte? La verdadera muerte, la auténtica. Toda tu vida te has preservado. Preservar, preservar; ése es el temeroso deseo del hombre, y por eso se queda en el sitio y no avanza.” Alfred Döblin (1878-1957), médico de profesión, describe un sector marginal de Berlín, un sitio difícil de querer y de elogiar. Mixtura de sentimientos, ya que a una ciudad la podemos amar en su totalidad y al mismo tiempo odiar parte por parte. O viceversa. El imperio de la ley no es para los pobres, pero tampoco el del sentimentalismo. Siendo así, el protagonista, que es buscado por el asesinato de su novia –pero ya dijimos que no fue él– es abatido por las balas. Kraj. Así hemos acabado nuestra obra en la Tierra, así nos vamos al Infierno con trompetas, con timbales y trompetas. Qué rápida y abruptamente nos vamos. En fin, no importa, ya que el narrador, por mucho que necesite del monólogo interior, puede hacer que el punto de vista salte a otro personaje. De estas argucias saltarinas se vale la vida para continuar su narrativa, sin merma de nada. No le hacemos falta, no nos importa lo que quiera expresar. Debería importarnos pues se trata de la velocidad del tiempo. Las estrategias narrativas son reflejo del mundo. Se desprenden de la dinámica de la realidad que nos rodea. Nada que ver con narrativas previas, en que la voz del narrador bastaba, pues no había nada roto en las ciudades. Pero si nos espía la multitud, si los periódicos hablan y habla la radio, si se escucha el ruido del gramófono y del teatro… se debe de espolvorear la narración en otras conciencias. Largamente, por décadas, se ha gestado la Simultaneidad. Sólo que antes era difícil conjuntar dos mundos, ya que no era posible saber qué hacían las personas al mismo tiempo. Nos hemos esforzado mucho para eso, para sumarnos todos en una misma acción conjunta. El reloj se pone a la hora exacta: la relojería del mundo que comienza con el engrane pequeño del cucú de pared y se conecta por medio de un complejo sistema con el de la bóveda celeste. Todo está en orden, la obra de teatro va a comenzar a la hora exacta, el tren pasará por el andén, etc., etc. Y de manera prevista, llega la hora en que el Destino se cierne sobre el protagonista. Ahora se va a poner interesante. La policía lo busca, así que los ángeles de la guarda se posan a su lado, Sarug y Terah, y conversan entre sí mientras lo acompañan por la calle. ¡Silencio! Hay que escuchar su plática. Se preguntan si vale la pena cuidarlo, al fin y al cabo Franz es uno más en el mundo, de todas maneras la policía va a dar con él. Mira, le dice Terah a Sarug: “Quien vive mucho, quien tiene muchas experiencias, tiene fácilmente tendencia a saber solo y entonces… a evadirse, a morir. No puede más, ha recorrido la vía de la experiencia, y se ha cansado al hacerlo, su cuerpo y su alma se han desgastado. ¿Lo entiendes?” Entendería que luego de este diálogo, los ángeles de la guardia prefirieran entrar al cine. O darse una vuela por el local de los periódicos. Las depresiones ciclónicas se desplazan desde Norteamérica en dirección Este. Se espera que despegue el Graf Zeppelin, incluso viene un análisis de la personalidad del comandante que lo dirigirá. El dirigible es el vehículo del futuro. Qué interesante todo esto. Incluso hemos olvidado al protagonista de esta historia, quien dio vuelta en alguna de las calles cercanas. Se fue meditando acerca de la lluvia y el granizo, contra eso no se puede hacer nada. Pero hay otras cosas contra las que sí se puede hacer, como el Destino, a ése hay que mirarlo a la cara, agarrarlo y destrozarlo. En eso pensaba.

 

Alfred Döblin. Berlín Alexanderplatz. La historia de Franz Biberkopf / Berlin Alexanderplatz. Die Geshichte vom Franz Biberkopf (1929), ed. y tr. Miguel Saénz, 9ª ed. Madrid, Cátedra, 2019 (Col. Letras Universales, 340)

sábado, 9 de julio de 2022

Las penas del joven Werther, de Johann Wolfgang Goethe

  



El joven Werther me es antipático. Como tengo poco espacio, lo escribo de una vez. Ya luego veré qué significan estas palabras, puesto que debo de averiguar hasta qué punto, al referirme a este personaje, me refiero también al joven Goethe (1749-1832), de veinticinco años, quien se sentía reflejado en su creación. No hay que olvidar que esta novela fue considerada por su autor como una “confesión general”. Sin embargo, más adelante, cuando se volvió una moda de los jóvenes vestirse como Werther, cuando se le acusó de provocar el suicidio, y cuando se convirtió en su obra más popular, Goethe también fue alejándose de su personaje. Quizá –dándole vueltas al asunto– no me guste esa acción mecánica tan arraigada en este escritor de vivir e ir a confesarse a la literatura. Difícilmente me imagino a mí mismo en ese ir y venir, en ese movimiento pendular de la vida y de la literatura. Como estoy impedido, mejor me irrito. Hay una historia real en el fondo de esta novela: Goethe conoció a Maximiliane, una joven de dieciocho años comprometida con un hombre veinte años mayor que ella, Pietro Antonio Brentano. Naturalmente, el novelista no era bienvenido en este hogar, así que su alejamiento de los Brentano fue la primera motivación para escribir el Werther, a la cual se le sumaron otras. Hay entonces una bifurcación entre vida y obra, ya que el protagonista del libro tomó el camino del suicidio, en tanto que Goethe se dedicó a escribir. Me pregunto algunas cosas, por ejemplo, ¿qué pensaba desde su propio camino al mirar a su personaje? Puesto que el autor sufrió una especie de muerte al encarnar a un suicida, ¿se liberó de una carga? Nada tan lejano de Werther como el espíritu de su autor, tan mundano y enamorado. En cambio, el protagonista de esta historia se sumerge en sí mismo en una experiencia aterradora. Incluso antes de la decepción amorosa, el suicidio revolotea por la novela. Pero yo no llamaría sinceridad a las epístolas de Werther, hay demasiada literatura. Ha enfermado de literatura, como enfermara antes el Quijote y lo hicieran después madame Bovary y el distinguido Ignatius Reilly. Se trata de diferentes manifestaciones del mismo mal que afecta con mayor o menor versimilitud a quienes se encuentran aquejados por él. Werther: un largo monólogo con demasiadas didascalias para mi gusto y que culmina con un suicidio sobreactuado. Tal vez crean que me quiero parecer al viejo Goethe que se indignaba contra su personaje de juventud. Nada más lejano de eso, pues el tema de la sinceridad es de mi gran interés. Sólo que ignoro si será posible. Si pienso que la escritura es el momento de gran libertad, pero que al mismo tiempo me parece imposible concedérmela, entonces ¿cuándo podré escribir lo que verdaderamente deseo decir? Quién sabe, no quisiera profundizar mucho ante esta imagen que me ignora y que me refleja.

 

Johann Wolfgang Goethe. Las penas del joven Werther / Die Leiden des jungen Werthers (1774), trIsabel Hernández, il. Daniel Nikolaus Chodowiecki. Barcelona, Alba, 2011.

sábado, 2 de julio de 2022

La máquina de pensar en Gladys, de Mario Levrero

  



Leer al uruguayo Mario Levrero (1940-2004) puede ser una actividad muy divertida: todo es risa y alegría hasta que se cae en cuenta de que su literatura es una representación del infierno. Una representación del tipo kafkiano. Ya saben: hay que llegar del punto uno al punto dos, pero antes hay que pasar al punto intermedio, y antes a otro punto intermedio, hasta que la llegada se torna más y más distante. O la descripción de un asunto que entre más se profundice más incomprensible se torne. Y la persistencia nuestra en leerlo porque pensamos que algo va a ocurrir, pero no alcanzamos a encontrarle sentido. Por el diario que incluye en su Novela luminosa, sabemos que amaba a Kafka; de hecho, sabemos el día y la hora en que volvió a encontrarse un libro suyo en determinada librería de Montevideo. Y al igual que Kafka, sabemos que se divertía con sus textos. Mientras que el autor checo leía sus textos a sus amigos, entre carcajadas, porque el señor K. nunca iba a saber de qué lo acusaban, los textos de Levrero son divertidos porque es un autor que fue editor de crucigramas y guionista de cómics. Tomé este libro, junto con su novela póstuma, La novela luminosa (2005), de un montoncito de sus obras, en una librería de Montevideo, sin darle mucha importancia y sin saber que me nacería una pequeña obsesión. Ahora quiero saber todo de él, quiero recordar insistentemente a quiénes he visto un libro suyo subrayado, quiénes me han dicho alguna palabra sobre él. No se me escaba que sus textos contienen, en esa indiferencia suya, en esa vocación por el humor, una desesperación existencial. Era minucioso y era descriptivo, a un grado en que el objeto en que se fija se va haciendo más y más complejo, más incognoscible. El encendedor se descompone: lo va desarmando, va extrayendo piezas cada vez más grandes hasta que es posible entrar por conductos que llevan a una calle, “la calle de los mendigos”. Ojalá haya un bar abierto, para comprar cigarros y fósforos. Creo conocerlo porque cuenta, en su última novela, los aspectos más cotidianos y descarnados. Así le llamo yo a su obsesión por el porno y por los juegos de computadora; porque relata todo lo que su doctora le dice de su presión y porque día a día observa y relata lo que pasa con las palomas de la cornisa de enfrente. Podría caer en una obsesión parecida por él, dedicándome a leer lo que encuentre en internet. Pero no voy muy adelantado en este proyecto, apenas sé que consideraba la literatura como una hipnosis, en la cual yo he caído, pues hay algo de circular en esta idea. La máquina de pensar en Glady fue su primer libro, que algo tiene de Cortázar, por ejemplo, cuando se dedica a describir una casa abandonada, cuya simplicidad va quedando desfigurada según se va convirtiendo en una especie de “jardín de las delicias”, es decir, también en una maquinaria infernal y surrealista. He dicho poco porque sé poco, aunque quiero decir algo importante, pero no hago más que desviarme y desviarme. De hecho, de eso trata “El sótano”, la historia de un niño que vivía en una casa muy grande. Tan grande que nunca volvía a ver el mismo cuarto. Quiso saber qué había en la única puerta cerrada que encontró. Su padre le dijo que era un sótano al que nadie debe de llegar porque ahí hay algo que nadie debe conocer. Sólo el abuelo podía decirle qué hay en ese sótano, ¡pero es que el abuelo aparece sólo de vez en cuando en cuartos tan distintos y sólo responde una pregunta por día! Y el abuelo conduce con sus respuestas a sitios tan distantes como el jardín. Además, entre cada una de estas escenas van pasando los años… Olvidamos que cuando contamos alguna de nuestras historias, los episodios van separados por incontables sucesos de la vida. Entre más minuciosa se vuelve la descripción de un hecho, tiende al infinito. Incluso hay un teorema matemático al respecto, tendríamos que buscar cuál. Mejor no hacerlo, porque cuando lo hacemos, cuando vestimos existencialmente un teorema, y se convierte en una angustia que algunos autores hurgan para entretenerse.

 

Mario Levrero. La máquina de pensar en Gladys (1970), 2ª edMontevideo, Criatura Editora, 2017.

sábado, 25 de junio de 2022

El amante polaco. Libro 2, de Elena Poniatowska




 

Este libro es la segunda parte de la vida del último rey de Polonia, Stanisław Poniatowski (1732-1798). Rápidamente, podría decir que los últimos años del protagonista son la nostalgia por la primera mitad de la vida. Pero son, también, el florecimiento y la desaparición de Polonia, un reino asediado por Rusia, Prusia y Austria. Es decir que ante el rey Stanisław se abría la fatalidad de un inmenso vacío: la desaparición de su país, devorado por las potencias enemigas. Así que otro ingrediente más es la nostalgia por un reino maravilloso y justo, pero también la esperanza en el amor, ése que no se borra bajo casi ninguna circunstancia. Me refiero al amor de Poniatowski por Catalina la Grande, Zarina y Autócrata de Todas las Rusias: la amada que brilla a lo lejos, inspirando una supuesta protección. El Rey piensa que Catalina le dio Polonia como una muestra de amor, y pasa los años con la esperanza de volver a verla, de mirar en ella un poco de la pasión que quedó ardiendo en el corazón de él. Así que El amante polaco de Elena Poniatowska es asimismo el relato de la desilusión, puesto que el protagonista ve morir poco a poco las ilusiones de su vida. Todos estos sentimientos se encuentran encerrados en esta novela, y se encuentran agitados en cada uno de los capítulos del libro. Dice la solapa que es el libro más ambicioso de Elena; no lo sé, porque cada uno de sus libros es ambicioso. En diferentes sentidos todos ellos, pero ambiciosos. Son grandes tapices, muestras grandes de humanidad: personas en profusión mostrándose a través de la palabra. En este caso, la técnica de Elena consistió en extender la vida de Poniatowski como en un gran mapa, la vida en las llanuras, en los bosques, en las estepas rusas: el exilio una vez que la Tercera Partición desapareció Polonia para siempre. No para siempre, pero sí durante un periodo que para la medida humana es equivalente a un “para siempre”. Y el protagonista, exiliado en Rusia, pero atendido soberbiamente, piensa en el regreso. Muere añorando volver a su Polonia desaparecida. Un personaje algo soñador, si se piensa en un monarca sin territorio y sin su corte. Siempre construyendo en la imaginación lo que ya no existe o viviendo siempre en lo que es aparente. En las noches, la mente vuela con esa “esperanza demente” de su corazón a las fiestas en que estuvo con Catalina la Grande, a esas noches en que hicieron el amor, en que se despojaron de sus títulos y de sus propias personas para convertirse en sólo pronombres entretejiéndose, un Tú y un Yo arborescentes con ramas que tienden hacia un Otro. Ese monarca, cuya vida consiste en ser elegante, en bailar con corrección y en discutir sobre la literatura contemporánea de Europa, tiene la obsesión de educar a su sobrino, Józef Poniatowski, quien alcanzará la gloria de ser mencionado en un par de líneas por Tolstoi. La educación de Józef lo distinguió entre los polacos de su tiempo, y lo hizo una inspiración para los que vinieron después, por lo que existe una escultura ecuestre en el Palacio Presidencial de Varsovia que hace recordar sus hazañas militares al lado de Napoleón, en Rusia, y su muerte heroica cerca de Leipzig, en 1813. Era, sin embargo, el sobrino “Pepi”, el joven que se deslumbraba con las historias de su abuelo, el conde Stanisław Poniatowski, aquel que se decepcionó cuando supo que su hijo, el futuro monarca, no tenía vocación militar. Prefiere los elogios de los artistas que se presentan en el Teatro de Invierno, prefiere escuchar las obras de Haydn y Salieri. Avanza la vida de Poniatowski a lo largo de las páginas, y avanza igualmente la vida de la autora. ¿Con qué sentido? ¿Cuál será el punto en que la pinza estreche sus puntas? Son el ensueño de la vida y las glorias militares, todos aquellos mapas que cambian todo el tiempo… A veces el río queda de este lado y a veces de aquel. Los mapas son tan inconstantes, tan caprichosos e ininteligibles. Fruto de voluntades en pugna. Sobre los territorios se asoman interesadamente, los poderosos. Y, como dije, el Rey lleva tanto tiempo esperando que sea Ella, Catalina, quien se asome sobre los prados de Polonia, que se vea su enorme rostro mirando desde el cielo, interesada en este mapa. Poniatowski prefiere sumergirse en sus ensoñaciones. El Rey no sabe que del otro lado de la página está su descendiente, la escritora que nació doscientos años después, explicando ambas vidas: la de ella y la de él. Elena sale a caminar por la plaza Federico Gamboa, frente a la pequeña iglesia. Les explica el pasado a sus tres nietas, les habla de sus desconocidos antepasados, los que miran intrigados desde los marcos de las fotografías y desde los cuadros. Pequeño como la plaza de Chimalistac o inmenso como un reino que se pierde en el horizonte, nuestra única posesión es el instante. “El pasado se lo lleva el viento, así como se llevará esta imagen de tres niñas risueñas haciendo bailar a una mujer de pelo blanco a quien ayudaron a subir a un quiosco… Así es la vida, me conformo…” Entonces, ¿la vida de ese Rey? Hay que medirla, proporcionarla, convertirla en capítulos. En el fondo caminamos paralelos con los demás seres de la Tierra. No falta espacio para recordar la editorial ERA, que tiene las letras de Espresate, Rojo y Azorín, ni el viaje que hicieron sus editores y autores a Tonantzintla, en donde se encuentran al temible Guillermo Haro, quien habla con más sabiduría de Thomas Mann que Fernando Benítez. Es el astrónomo al que temen los estudiantes, pero es el mismo que escucha atentamente a los campesinos de Cholula cuando hablan de sus observaciones sobre el campo y los montes. De regreso de Puebla, Elena le dice a su mamá: “Guillermo Haro tiene que ser el padre de Mane”, quien viene tomado de la mano desde finales del volumen anterior. El peso específico de cada persona de nuestra vida está determinado por este sistema de mediciones que es la narrativa. Alguna condesa del siglo XVIII tiene el mismo peso que por ejemplo María Alicia Martínez Medrano, a quien no conocía, pero que creó el Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena (LTCI), que se inició en Oxolotlán, Tabasco, en 1983. Los habitantes del pueblo, la señora de la tortillería y el dueño de la tlapalería se mueren de la pena, pero aprenden a perderla y a subir a un escenario. Esta promotora tiene su espacio en el relato de Elena, dirigiendo Bodas de sangre Lilus Kikus, esta última obra, el regalo de cientos de niños que representaron en homenaje a Elena, acompañada por Julieta Campos. Yo tuve la extraordinaria suerte de ver una puesta en escena del LTCI en San José, de Simón Sarlat, Centla, una ranchería de Tabasco: La dama boba, de Elena Garro. Entre el paisaje selvático, con los niños y los adultos del pueblo, pude ver, en febrero de 2020, la representación teatral más memorable, una forma de la belleza que no conocía, desafortunadamente. Iba bajando el sol entre los pantanos de Centla, sonaba la marimba. A los niños de Centla estaría bien contarles qué es un Rey, qué pelucas suele usar, qué ropa se pone para bailar y qué otra para cazar. Al viejo Rey de Polonia sería bonito contarle dónde queda la selva del Sureste, los calurosos pantanos. Propongo que, mejor, veamos felices la obra de Elena Garro, como en un capítulo de Lewis Carroll, condes, niños, liebres, cartas de la baraja, la escritora y sus nietos, los sastres reales, la corte y el solitario Rey que perdió un reino hace un poco más de doscientos años.

 

Elena Poniatowska. El amante polaco. Libro 2. México, Seix Barral, 2021.

domingo, 12 de junio de 2022

Pedro Armendáriz, de Gustavo García

  



 

Pedro Armendáriz (1912-1963) iba a ser el mexicano ideal. Pero qué lejos ha quedado todo eso, ¿no les parece? Se ha redefinido tantas veces lo que significa ser mexicano que será difícil saber qué parte de esa esencia le corresponde actualmente. Siempre y cuando, esa esencia exista y alguien se la esté disputando. Por otra parte, se debe de seleccionar parte de su filmografía para intentar una narrativa que enuncie lo que significa. A este actor le debe de corresponder una fotografía que se rinda ante su rostro, un director que sepa conducirlo a lo largo de una historia, ya que los géneros cinematográficos (sobre todo los mexicanos) son una misma receta con diferentes proporciones. Antes de abandonar esta metáfora para siempre, sólo debe decirse que la sazón sería el toque maestro que deja cintas admirables para siempre, como María Candelaria Enamorada. En los 40, Armendáriz no sería la cara visible de una industria, sino la emanación mágica de un pueblo del que se sabe poco, y lo poco que se sabe es una continuación narrativa del buen salvaje. Bueno, los países colonializados tienen esa opción para presentarse en el mundo. Pero eso les permite manifestar las virtudes estéticas en los festivales cinematográficos. Los cineastas mexicanos, en los años 40, tienen un prestigio internacional, lo cual no debe de olvidarse, pues así dejaríamos de asombrarnos demasiado ante la presencia mexicana en la industria actual. Esa sorpresa nos vuelve un poquito provincianos ante el mundo: causa un olvido injusto. Gustavo García (1954-2013), que tanto hizo por la historia y la crítica del cine mexicano, logró dar una visión de conjunto de Armendáriz, gracias a las entrevistas con familiares y colegas del actor. La visión de conjunto que dejó resalta las virtudes profesionales y delinea los rasgos esenciales de una personalidad fílmica. Pero son tantas las películas en que actuó (casi 130) que necesariamente, pasan rápido por una biografía. Se encuentra uno reposando su opinión acerca de la más reciente cinta, cuando ya el protagonista filmó otras tres. Pero el éxito es engañoso porque obliga al actor a repetir su éxito hasta que se precipita en el vacío… o hasta que logra sobreponerse a sí mismo. Gustavo García no cuenta la historia en singular, sino que narra lo que hizo una asombrosa generación de cineastas que lograron una presencia mundial: María Candelaria y su éxito en Copenhague, Gabriel Figueroa recibiendo un premio en Checoeslovaquia, y películas como EnamoradaBugambilia Maclovia, exhibidas en Japón… Sin embargo, siempre ha habido malas películas insertas en todas las filmografías. Sirven para demostrar que aun los mejores ingredientes producen obras terribles. Vi, para acompañar esta lectura, una cinta de las que no conocía de Armendáriz: El charro y la dama (1949). A pesar de Max Aub y de Shakespeare (es la adaptación de La fierecilla domada), el resultado es terrible. Pero hay que decir un poco más que un juicio sumario: el director, Fernando Cortés, quiso hacer de Armendáriz un galán cómico que sólo le habría quedado bien a Pedro Infante; al ver la película, se renace el agradecimiento por Fernando Soto Mantequilla, que logra salvar buena parte de nuestra cinematografía. Finalmente, se reflexiona que muchas cintas tienen como fondo esta historia shakespereana en que las mujeres necesitan ser domadas. Sin embargo, no es un juicio terminante, pues es como una dialéctica, ya que muchas actrices lograron crear personajes que se yerguen espléndidamente en una época adversa a su realización. Por último, Armendáriz, en cualquiera de sus cintas, aun en las peores direcciones, logra escenas en que destaca como una efigie insólita, una mirada y un rostro cuyo misterio no logra ser despejado. En mi caso, queda una cinta que me gusta más que cualquiera otra, Distinto amanecer (1943). En ella, Pedro Armendáriz y Andrea Palma son vidas trágicas cuyo dolor, a punto de doler, son desvanecidas por los trenes que ululan al amanecer.

 

Gustavo García. Pedro Armendáriz, 3 vv. México, Clío, 1997.

 

lunes, 23 de mayo de 2022

Simone Signoret: los secretos de un rostro





 I. Simone Signoret

Allá en 1954, cuando Elena Poniatowska apenas empezaba su carrera en el periodismo, hizo un viaje a Francia gracias al IFAL. Regresó a la ciudad en que nació y pudo platicar con los amigos de su abuelo, André Poniatowski, amigo a su vez de Valéry y de Debussy. “Con esas entrevistas crecieron flores en mi cabeza –escribió Elena– y me abrí a la vida y a preguntarme qué diablos iba yo a hacer en esta gran aventura en la que todos tenemos una razón de ser.” Pero hay muchísimas más entrevistas de todos los tamaños con los franceses de los años 50, políticos, poetas, cantantes. Hay crónicas sobre Édith Piaf, conversaciones con Marcel Bataillon y con Eugène Ionesco. Pero la que ahora quiero recordar ocurrió en 1955, en un camerino del Teatro Sarah Bernhardt, de París. Elena tocó la puerta y, al entrar, pudo ver el rostro bellísimo pero de dura expresión de Simone Signoret. Entonces, estaba de moda la película Las diabólicas, dirigida por Henri-Georges Clouzot, pero la actriz no quiso hablar de eso. Más bien le repitió a la joven periodista las palabras que aparecen al final de la película: “No sea diabólica. No destruya el interés que puedan sentir sus amigos por esta película. No les cuente lo que ha visto. Gracias en su nombre.” ¿Cuándo caducará la prohibición?, ¿ya se podrá hablar de la película Las diabólicas? Meditaré un poco en ello, y más adelante sabré qué puedo contar de esta cinta. Pero ahora quiero divagar por el rostro de Simone, de amplias cejas y mirada irónica. Su sonrisa es contenida e irónica, y como se encuentra siempre erguida, parece escéptica ante todo. Si en tantas películas hizo de amante o de prostituta, seguramente fue por el rostro que a la vez parecía sencillo de leer e imposible de comprender por completo. Eso puedo decir con mi pobre experiencia en lectura de rostros. Fue una breve conversación con Elena, pues la estrella de cine tiene que salir a escena, a darle vida a Elizabeth Proctor, en la obra Las brujas de Salem, de Arthur Miller. Entonces, Simone aún no conocía en persona al autor de la obra. Pasarían algunos años, y, en 1960, cuando viajó a Hollywood en compañía de su esposo, el actor y cantante Yves Montand, conocería por fin a Miller y platicaría con él… Mientras que su esposo empezaría a vivir un romance con Marilyn Monroe. En realidad lo que me interesa son las palabras que le dijo a Elena en ese breve encuentro: que durante el ensayo de Las brujas, el director Raymond Rouleau les hablaba de la persecución de los judíos, del macartismo, del racismo…

–Pero usted es una actriz, una vedette, que debe de tener, al igual que otras artistas, abrigos de pieles, joyas, coches, champaña, en fin, qué sé yo.

–Señorita, yo no vivo así. No le digo que no me compro cosas bonitas, o que no uso perfumes, pero para mí el tener pieles o joyas no es una preocupación constante… México, me han dicho, es un país muy generoso, muy inteligente, porque acoge políticos perseguidos por otros países… Leo a Balzac, Maupassant, y claro está, Victor Hugo y Apollinaire y el surrealista magnífico Paul Éluard. ¿Y qué decir de Pablo Neruda, ese gran poeta, y del brasileño Jorge Amado? ¿Ha leído usted el delicioso Doña Flor y sus dos maridos?

Se me hace importante no dejar de decir que se manifestó contra Franco, Pinochet y Videla, siempre de manera pública. Además, quisiera leer su libro de memorias, que me tienta desde el título: La nostalgia ya no es lo que era

 

II. Las diabólicas

–Su película conmocionó París. Señora, la encontré estupenda en Las diabólicas y me inspiró usted mucho miedo –dijo Elena.

–Qué bueno, de eso se trataba.

Pero la actriz ya no quiso agregar nada sobre la cinta. Yo, que quisiera decirlo todo, no puedo decir mucho, porque revelar el final de una película policiaca, o de una novela, es de mal gusto, por más que la Crítica Literaria nos tache de ingenuos. El Sindicato de Autores de Novelas de Misterio está en contra de estas nociones, y se manifiesta en favor de que los lectores y el público en general tengan la suficiente sensibilidad de no arruinar la experiencia de la trama. Las diabólicas fue primero una novela titulada Celle qui n'était plus (La que no existía), escrita por Boileau-Narcejac, nombre de pluma de dos autores: Pierre Boileau (1906-1989) y Thomas Narcejac (1908-1998). Se cuenta que Alfred Hitchcock quiso ganar los derechos para filmar esta historia, pero fueron ganados por Clouzot. Sin embargo, Hitchcock conseguiría poco después los derechos de otra novela, Vértigo, que protagonizarían James Stewart y Kim Novak. En la novela que inspiró Las diabólicasdesaparece el cadáver de la esposa asesinada, en cambio en la película lo que desaparece es el cuerpo del esposo asesinado, Michelle Delassalle: su esposa y su amante –las diabólicas del título– se coluden para matarlo ahogándolo en una bañera. Las asesinas echan el cuerpo en la piscina del colegio (la historia ocurre en un internado rural). Pero días después del asesinato, el muerto da señales de vida, parece que se encuentra rondando en los alrededores de las asesinas… Aun cuando no tengo talento de investigador privado, ni mucho menos, hay una línea tenue que me llamó la atención de esta cinta que parece influir en la cinta El resplandor, de Stanley Kubrick. Sobre todo, porque Las diabólicas es considerada por Stephen King como una de sus películas favoritas de terror. Pero la influencia de Clouzot sobre Kubrick parece más cinematográfica, más directa, en dos aspectos: la máquina de escribir que suena en la noche, y que una de las asesinas encuentra con una hoja de papel que sólo tiene un texto repetido, el nombre del asesinado: Michelle Delassalle. Y más adelante, su cadáver ahogado se levanta de la tina de la misma manera en que lo hace la mujer que se encuentra muerta en la habitación 237, a la cual no se debe de entrar. Puesto que existe toda una corriente de pensadores que se dedican a encontrar nuevas interpretaciones de la película de Kubrick, no me remuerde proponer esta relación con Clouzot.

 

III. El reposo de Baco

Lo ignoro todo de la literatura policial, y más particularmente, de la que se ha escrito en francés. Sólo recuerdo a mi papá, todas las noches, leyendo antes de dormir una novela policiaca. Me decía entonces, algún día leeré a Ross McDonald o a Boris Vian… Pero de entonces a acá, lo he hecho muy pocas veces. Y como no sé nada, me limitaré a tomar uno de aquellos libros que tenía él, para ojearlo y saber un poco más de esa afición que muy pocas veces me visita. Pienso algunas cosas mientras voy leyendo El reposo de Baco; en primer lugar, en la elegancia que tuvieron en otro tiempo los criminales. Los que ejercían el robo con el fin de jugar una especie de ajedrez con el detective. Pienso también que esta novela es anterior a la Segunda Guerra Mundial, no sé si eso la determine de algún modo, pero es notorio que el criminal tiene un código de ética que comparte con el detective. Ocurre que un cuadro de Da Vinci, que da título a la novela, desaparece de la galería que tiene en su castillo el conde de Moncelles. Desde el primer momento sabemos que el ladrón entra a la galería para robar el cuadro, y aunque el cuadro es robado y el responsable es detenido, el cuadro no aparece jamás. Es imposible que haya sido sustraído del castillo, así que debe de estar escondido en algún lugar, en alguna habitación. Cuando el detective logra descubrir el misterio descubrimos que es evidente que la respuesta siempre había estado ahí. Es el gran lugar común de este género, pero es también su gran maravilla.

 

Pierre Boileau. El reposo de Baco / Le repos de Bacchus (1938), tr. Rafael Aguilar. Barcelona, Froum, 1984. (Col. Círculo del Crimen, 69/XII)