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domingo, 24 de marzo de 2019

Gato


Para Darío Jaramillo Agudelo porque sus sonetos a los gatos me inspiraron este texto

Te llamo a ti. Pero tú no volteas. Hay objetos que llaman más tu atención que mis palabras, como el aire, el polvo a contraluz o cualquier cosa. Quién sabe si, cuando diga tu nombre, vendrás. Tiene que haber algo más que sólo tu nombre para que te acerques: una promesa, una oferta, y a veces ni eso. Soy la cordillera por la que caminas con frecuencia, a la que subes para dormir o para atacarla. Soy el epicentro del temblor que te despierta en las noches y te hace cambiar de posición. En ocasiones, nos miramos fijamente a los ojos y pienso que nuestras almas se comunican, que mi ser nada en tus ojos azules, como dentro de una aguamarina. Nado entre otras vidas, trato de sumergirme en las existencias que tuve, que a eso me llama tu mirada. Nada humano tiene, pero me comunico con ella. Le pido a tu ser que me deje entrar, pero me quedo en la superficie. Camino descalzo sobre el mar de tus ojos, como en un milagro. Lo verdaderamente milagroso sería que de pronto me sumergiera en tu alma. No sé qué vería, y lo que viera tendría que ser dicho con otras palabras, con palabras que no comprendería si las volviera a leer una vez seco, a las orillas de ti. Tú también me miras, intensamente. Qué pensarás. ¿Tú alma de gato se preguntará lo que será ser hombre? ¿Empujas mis ojos para entrar? Está bien, incluso si juegas y rompes algo de lo que encuentres dentro; son recuerdos que no valen gran cosa. Hay lugares oscuros, pero finalmente puedes ver con poca luz, nadie le pregunta a un gato dónde estuvo, ni qué piensa de todo aquello que vio. Ya sé que no te hallas en este sitio, muy pocas cosas llamativas en el ser del hombre, muy pocas cosas brillantes y demasiadas opacas. Por suerte, la puerta de regreso está cerca, aún se ve la luz del exterior. Estoy por preguntar si tú has podido comprenderme, justo un momento antes de que te decidas a atacar, morder mi nariz y correr rápidamente a no sé dónde. Nos separamos en la maleza en algún momento de hace varios millones de años, y nos hemos vuelto a reencontrar en el improbable racimo de las especies. Pero, mira, eres más pequeño, ronroneas. Yo he perdido la cola, mis uñas ya no pueden ser retráctiles. A veces me despierta una repentina sensación de caída. Me han dicho que se trata de una regresión a los tiempos en que vivimos en los árboles. Tú puedes caer de pie, y mira, yo todavía no me repongo del último accidente, por lo que todavía me duelen un poco los huesos. A veces olvido que, en realidad, somos enemigos, pero lo recuerdo cuando saltas de pronto a mi paso para morderme un pie. He querido escribir sobre ti desde hace mucho. Y aunque lo hago en singular, en realidad eres el resumen de los muchos de tu especie que me han seguido. Sé que eres individual en el sentido de solitario, pero también eres fuertemente diferente. No he visto dos gatos iguales. Podría detallar claramente las diferentes personalidades de todos los que he conocido. Aun cuando no podría construir esas personalidades con palabras, no significa que no sean inconfundibles. Recuerdo gatos, presencias: aquella que entraba a mi cuarto todas las mañanas, saludaba, comía y se iba. En una ocasión, no sé cómo lo supe, vino a despedirse. Me acompañó por horas y vi su mirada enferma. La acaricié y sentí sólo la muerte, el frío de los huesos temblando. Es cierto, si nos volviéramos a encontrar no la reconocería: no teníamos nombre para llamarnos. ¿Fue importante esa despedida? Tanto como cada pequeña huella de gato sobre el camino que soy, una ruta invadida de gatos. Alguna transubstanciación se ha de haber operado, algo de su ser en el mío. La calle, allá afuera, me parece sorda y oscura. Los recuerdos, pájaros muertos que pueden ser despedazados. El otro, mi semejante: un enemigo. La desconfianza: una epistemología. En fin, no conozco sus motivaciones secretas, no adivino nada cuando me refiero a él, ni sé cómo es que me ronronea y se acurruca en mí con tanta confianza, si es que me conoce perfectamente.

jueves, 28 de febrero de 2019

Las fuerzas armadas en el México democrático, de Roderic Ai Camp



Leí el libro del doctor Roderic Ai Camp acerca de las fuerzas armadas. He sacado muy pocas conclusiones, pero por lo menos este volumen ha ampliado mi marco de referencias en torno al Estado mexicano. Las fuerzas armadas son el aspecto menos conocido del ámbito político. Eso era notorio desde estudios clásicos como La élite del poder (1956), de Charles Wright Mills, de donde procede la tendencia sociológica a este tipo de aproximaciones. En el libro de Mills se aprecia –más bien: se desenmascara– el rostro del poder, y se deja ver cómo es que el ejército y, por ejemplo, el mundo de los espectáculos son parte de un mismo sistema. Dos o tres grandes ideas atraviesan la lectura de este volumen: que las fuerzas armadas actuales son el resultado de que un ejército de origen civil derrotó al ejército del estado, experiencia que compartieron civiles, militares y artistas (Los de abajo, por ejemplo, de Mariano Azuela expresa este momento). De ahí se deriva otro hecho: el paulatino y creciente liderazgo civil que relegó a los militares del poder; la fecha decisiva: 1946, con la llegada al poder de Miguel Alemán, hijo, por otra parte, de un general que peleó contra la reelección presidencial. La ideología resultante: la lealtad, la disciplina antes que la reflexión. Así, las escuelas militares, las cuales tienen como centro de su enseñanza el respeto a la orden de un superior. Los militares acostumbran callar (en esto se parecen a la Iglesia, reacia a hablar de sí misma) y se oponen a que se hagan públicos sus secretos. Apenas se mencionan un par de informantes para esta investigación: aún los testimonios más intrascendentes se dan con la promesa del anonimato. Se entrega así, un libro que habla del ejército de manera estructural, y por esta razón la pienso demasiado neutra. Muy poco peso específico a la guerra sucia en los años 70, por ejemplo. No obstante, se mencionan los hechos traumáticos de este cuerpo armado: la represión del 68, el aniquilamiento de los guerrilleros en los los 70, el levantamiento armado de los zapatistas en 1994 y la guerra contra el narco iniciada por Felipe Calderón. Puesto que el libro se publicó en 2010, falta el ignominioso sexenio de Enrique Peña Nieto y la vergonzosa “Verdad Histórica” que presentó su gobierno para explicar la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la cual pretendió darle impunidad a los militares. El ejército ocupa hoy, en contra de lo que le gustaría a sus miembros, un lugar protagónico en el debate público. Su función en la seguridad pública, en la paz social, etc., lo que significa que se debe de tener una opinión (al menos preliminar) acerca de esta institución y de su función social. El presente nos permite desmenuzar el pasado, y nos hace llegar, por ejemplo, a la represión de 1968, y a la compleja red de interpretaciones al respecto. Sin embargo, “la explicación más convincente” es que el presidente Díaz Ordaz fue quien orquestó directamente la matanza. El uso político de las fuerzas armadas, las cuales están educadas para obedecer y no para matar: ése, me parece, es el tema central de entonces y de ahora. Las limitaciones de ese uso político y la conciencia de que la obediencia tiene un límite. En no pocos momentos, el ejército ha actuado criminalmente contra el pueblo mexicano. Sin embargo, el autor es enfático: “Los militares ya no son un tema prohibido”, y,  sin duda, ya no es posible que permanezcan fuera del escrutinio público.

Roderic Ai Camp. Las fuerzas armadas en el México democrático / Mexico’s military on the democratic stage, tr. de Susana Guardado y del Castro. México, Siglo XXI, 2010.

sábado, 9 de febrero de 2019

Obras completas III, de José María Eça de Queiroz



José María Eça de Queiroz (1845-1900) murió casi ignorado, escribió Jorge Luis Borges. Por suerte, agrega, “la tardía crítica internacional lo consagra ahora como uno de los primeros prosistas y novelistas de su época”. Tal vez, pero no quiere decir que esa consagración le otorgue un pase automático para nuestros tiempos, por más que Borges diga que la evocación que Eça de Queiroz hizo de sus viajes por el Medio Oriente “perdura en páginas que muchas generaciones leen y releen”. Habría que preguntarle a la editorial española, Acantilado, la cual tiene buena parte de sus obras a la venta, si efectivamente las generaciones leen y releen las crónicas de este autor. Mientras leía sus ensayos, sus cartas y sus crónicas, pensaba cuánto me gustaría reeditar sus textos, compartir sus envidiables párrafos, dar a saborear el humor de sus frases. Aquello que la Historia nos da salido de los anaqueles, Eça de Queiroz lo entrega nuevo, lleno de sorpresa. Los militares egipcios del siglo XIX, los reyes de Oriente, el presidente de Francia… todos ellos parecen personajes de novela. Maravillosa es la visita –relatada en estas páginas– de Charles Darwin a la jaula de Pongo, el primer gorila capturado vivo, el cual llegó a Londres en 1877. Qué extraordinario debió de haber sido el seguir los sucesos contemporáneos a través de la prosa de Eça de Queiroz. Hoy todo eso es antiguo, exótico, pero bastante vivo en cada artículo. Dado que el libro tiene 1100 páginas a doble columna y en letra muy pequeñita, se pueden desenrollar en bastantes y apasionantes volúmenes. La cosa debió de ser originalmente así: el autor leía todos los diarios, hablaba con todos los diplomáticos, salía a platicar en todos los cafés y volvía a su casa a novelar y a reírse por escrito de los temas de moda. Trató muchos temas, demasiados. Es posible, no obstante, encontrar cierto hilo conductor: Eça de Queiroz amaba el Oriente, el cercano tanto como el lejano, y los países europeos también. Aunque habría que decir que las potencias amaban con apasionada codicia las riquezas de aquellos lejanos países. Por ejemplo, Francia, allá por 1897, se decidió un día a devorar a Siam (es decir, la actual Tailandia), y le pidió a este ingenuo, amable y pálido pueblo una inmensa porción de su territorio y una nada pequeña porción de su dinero. Con esa prudente manera de los orientales, Siam ni accedió ni se negó. Sin embargo, los orientales tenían entonces fama de duplicidad y de falsía, por lo que Francia sin más explicaciones bloqueó las costas siamesas. “Para las cuestiones coloniales ahí están los congresos y los tribunales de arbitraje”, escribe el autor. “Y una señora que recientemente, en un salón, consideraba como la cosa más pueril y grotesca que dos naciones tan elegantes como Francia e Inglaterra se batieran a causa de unos bichos tan feos como los siameses, establecía sin saberlo, la verdadera doctrina del siglo”. Ya las naciones europeas no rompen la dulce paz a causa de intereses orientales, escribe con cierta melancolía.

José María Eça de Queiroz. Obras completas III, recopilación, traducción, prefacio, acotaciones marginales y notas explicativas de Julio Gómez de la Serna. México, Aguilar, 1960.

lunes, 4 de febrero de 2019

Décimas a Dios, de Guadalupe Amor



El reto es valorar este libro en sí mismo, lejos de la leyenda de su autora, Guadalupe Amor (1918-2002), quien dejó historias a lo largo de las calles de la Zona Rosa, en las galerías de arte, en las memorias de sus contemporáneos. Dejó como estela de su vida: furia, poesía, estilo, pasión… En medio de esa irritación que la caracterizaba, sólo podía caminar descalza y feliz sobre las baldosas de la poesía. Se construyó a sí misma, de manera consciente, en su poesía, se autodefinió, se erigió en versos perfectos y de gran musicalidad. La recuerdo: la única vez que la vi, sólo habló en verso, agradeció un brindis en su honor y se levantó para decir dos versos de Baltazar del Alcázar: “Grande consuelo es tener / la taberna por vecina”. Su mirada implacable, como de Medusa, quería detener el mundo y dominarlo. Es imposible leer sus versos sin tener su voz pegada a ellos. Y, sin embargo, eso intentaré, ya que la voz tan personal que tenía de un modo u otro se queda en sus creaciones. Siempre existió la injusta idea de que Alfonso Reyes le había escrito los versos que la dieron a conocer, Yo soy mi casa (1946); injusta porque nada más lejano del estilo cortés de don Alfonso que la poética desafiante de Pita, sentenciosa. Ella dialoga con la tradición de los Siglos de Oro, aunque es evidente que sabe que existen los productos contemporáneos de Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Aunque ella misma se intenta elevar desde el promontorio de Rubén Darío. Intentó acercarse a Gabriela Mistral de manera personal, pero no logró impresionarla. El título, Décimas a Dios, es aparentemente sencillo, pero implica tener definido al destinatario de estos poemas. Eso no ocurre, no son más que poemas lanzados al aire. En el libro no hay una construcción poética en torno a Dios, por el contrario parecen décimas escritas en medio de la desesperación, anotaciones hechas en una libreta a la mitad de la noche. Está bien, ya que los místicos buscan esa iluminación en la noche del alma. Para Pita Amor, Dios es una creación de la angustia y de la vanidad. Después, él ha sido obligado a existir, ha contraído ciertas obligaciones. Es cierto, podemos continuar buscando en esa incesante secuencia de causalidades. La angustia y la vanidad son el resultado de la mirada del hombre ante el universo. Puesto así, Dios como un producto humano, entonces no es un Ser ante el cual mirarnos, puesto que detrás de él estamos nuevamente nosotros. Así que el paso siguiente es hurgar en el propio ser para entender qué ansiedad busca a Dios. No todas estas décimas, hay que decir, parecen guardar una inquietud. A veces, me parece ver sólo retórica. Naturalmente, a esas estrofas no intentaré señalarlas, para no recibir el zarpazo de una poetisa poco tolerante con la crítica.

Guadalupe Amor. Décimas a Dios (1953), 3ª ed. México, FCE, 2018.

domingo, 20 de enero de 2019

La Burla! (octubre de 1860 – marzo de 1861)



Nada tan efímero, local e incomprensible como el humor. ¿Quieres ver algo detestable? Investiga de qué ríen los del pueblo de junto. No verás nada tan tedioso como el cine humorístico de otros tiempos y de otros países. Te tendrán que explicar que esa palabra, en ese contexto, es chistosísima. Y que aquella reacción ante ese otro gesto es inesperada. Y en este pasaje, el chiste estaba en que esa palabra en ese idioma tiene dos acepciones, y si la tomas en esa acepción, las personas se sonrojan y se incomodan. Pero, ¿y Marcial y Tin Tan?, ¿Chaplin y Chesterton?, ¿Cantinflas y Rabelais? Ése es el gran misterio del humor, el que trasciende, el que le habla a otras geografías. Aristófanes, si se monta en otros siglos sigue siendo tan impertinente como lo era cuando lo presenciaban los griegos. La Burla es una publicación periódica de Yucatán publicada en los últimos meses de 1860 y los primeros de 1861. Los chistes, las parodias, las novelas cómicas, las sátiras, pasan ante mis ojos sin causar ni una sola risa, pero en cambio pienso en el infierno que debió de haber sido Mérida en los tiempos en que esta revista hacía reír o pretendía hacerlo entre los lectores de los portales de la ciudad. Todo es bueno para despertar suspicacias políticas, y hasta esta revista debió de servir para ello, ya que los redactores de La Burla cobraban en el gobierno de Lorenzo Vargas, quien tomó posesión en noviembre de 1860 luego de derrocar al anterior gobernador, Agustín Acereto. El contexto es mucho más interesante pues Acereto mantenía una guerra contra la insurrección indígena en su Estado. Benito Juárez incluso mandó investigar el tema del tráfico de esclavos en la península, tema que ocupa aparentemente a esta publicación. Más que para reír, este tipo de publicaciones son exhumadas para comprender otras etapas, personas que se parecen a nosotros pero que, en el fondo, son extrañas y casi incomprensibles. Aunque para realizar esa investigación habría que saber antes si realmente los yucatecos se divertían con esta revista. Nada menos gracioso que un grupo de redactores diciendo en cada párrafo: “Qué chistosos somos, vamos a divertir a todos con nuestros chistes, paparruchas y retozos” (pues esos términos utilizaban). A punto de terminar el menos ocurrente de mis textos, hurgo en las páginas de La Burla y encuentro un poema insólito: “La legaña”, que relata la atracción de un moscón por una legaña que vive en medio del ojo de un tuerto. No es chistoso, no es agradable, no es ilustrativo de nada, pero por alguna razón pensaba que se trata del único texto memorable de estas páginas: “En medio al ojo de un tuerto / que humor ceniciento baña, / nada una enorme legaña / de indefinido color. / Y todos los que la miran / (que no es muy gracioso el chasco) / llenos de horror y de asco / exclaman al punto ¡fo!”. El moscón, que originalmente había despreciado a la legaña, luego del desengaño que le causan las mariposas a las que pretende, vuelve a buscarla. La legaña se dirige a su amado: “Ven a mí, yo te perdono, / que te veo arrepentido, / pues moscón, amor querido / tan sólo, fiel ambiciono. // Supongo que esta lección / te servirá de escarmiento: / dijo, y voló al momento, / hacia ella el fiero moscón. // Y tan recio acometió / y se dio tan buena maña, / que en un tris la legaña / su hambre vorace sació.” El autor que tuvo la peculiar inspiración para este poema disolvió su nombre prudentemente detrás del seudónimo “Jota Equis”.

La Burla! Octubre de 1860 – Marzo de 1861, presentación de Felipe Escalante Tió. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán. Secretaría de la Cultura y las Artes. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2014. (Col. Revistas Literarias Yucatecas)

domingo, 6 de enero de 2019

Toda la sangre, de Bernardo Esquinca



Para hacer un balance de esta novela, quise poner de un lado los aciertos y en el otro, las deficiencias. Al final, tuve que mezclarlos, pues finalmente pienso que no es prudente descuartizar la novela y comentarla de ese modo. Aun cuando su tema sea precisamente el de un descuartizador. En algunos lugares significativos de la Ciudad de México comienzan a aparecer corazones humanos, los cuales han sido depositados ahí por un misterioso asesino: un “asesino ritual”. La idea es buena, y también lo es la premisa fundamental: la Ciudad de México ha vomitado a lo largo de su historia dioses antiguos, los cuales en otros tiempos han renovado el fervor religioso. En 1790, en la calle del Empedradillo se descubrieron dos antiguas esculturas, las que hoy conocemos como la Coatlicue y la Piedra del Sol, las cuales fueron descritas por el científico Antonio de León y Gama en un libro de 1792. Ambas fueron colocadas en el Arzobispado de la calle de Moneda, hasta que se descubrió que, de forma secreta, se le comenzó a rendir culto: entonces, volvieron a enterrarse los dos objetos. El culto que se pensaba muerto desde hacía siglos, se manifestaba de manera anónima. El padre Benito María de Moxó, en un libro que publicó en Génova, en 1839, Cartas mexicanas, recuerda que a su paso por México, se enteró de que la policía novohispana detuvo por entonces a devotos que seguían practicando esa religión aun a principios del siglo XIX. Por esa razón, es atractiva la escena con que inicia esta novela: el momento en que las autoridades novohispanas volvieron a desenterrar ambas esculturas para que las pudiera contemplar el barón de Humboldt a su paso por la capital. El 2 de octubre de 2006 se descubrió otro monolito, el de la diosa Tlaltecuhtli, la insaciable deidad a la que se le dedicaron sacrificios humanos en otros tiempos. ¿Y si despertara un fervor parecido al que apareció a finales del siglo XVIII? Desafortunadamente, hay algunos hilos previsibles: la identidad del “asesino ritual” es identificable desde la página en que aparece, el conocimiento de “curiosidades” de la Ciudad de México son casi de cultura general, y el tratamiento de la historia es muy fácil de encontrar en dos novelas: Desde el infierno, de Alan Moore, y El código Da Vinci, de Dan Brown. El estilo del autor es efectivo, la novela sabe ser intensa, pero por alguna razón falta “misterio”. ¿Cómo lograr que esta ciudad sea misteriosa? Yo pensaría en mostrar elementos menos conocidos, las piezas arqueológicas que nos miran impasiblemente sin revelarnos nada, la secreta transmisión de conocimientos desde tiempos antiguos. Finalmente, el “asesino ritual” es un personaje que parece venir de fuera de ese mundo, un arqueólogo que descubre la fascinación de la antigüedad. Pienso que la maquinaria del mundo concebida por los mexicas se pierde al ser contada a través de la estructura del best-seller. Como aficionado al tema, espero conocer los demás resultados narrativos de este autor.

Bernardo Esquinca. Toda la sangre. México, Almadía, 2017.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Todos estamos en peligro, de Pier Paolo Pasolini


Pier Paolo Pasolini (1922-1975) es uno de los intelectuales más extraños con los que me he encontrado. En esta reunión de entrevistas y participaciones públicas (de 1949 a 1975) va a asomando poco a poco su personalidad llena de contradicciones. Poco a poco, pues al principio habla con mayor seguridad, con verdades más absolutas, las cuales van siendo roídas por el paso del tiempo. Un personaje solemne que afirma que el humor es una manifestación de la burguesía. Y, si con los años, asoma el humor en sus palabras, se sonroja y admite que él también ha sido víctima del aburguesamiento. Encierra la realidad en las categorías de la lingüística, pero siempre llenándolas con un contenido de clase. Finalmente, es un intelectual italiano, de la patria de Gramsci y refugio de la Iglesia, país que produce especímenes extraños. Pasolini es una mezcla de marxista, cristiano y lingüista, ¡ah, y un artista exitoso!, un cineasta cuyas obras despertaban la expectación del público. Sus cintas son variadas, yo debería de haber visto más pero no lo he hecho desafortunadamente para mí. Sin embargo, admiten lecturas varias, como Teorema, que toca el tema de la posesión divina de una familia por medio de un joven que seduce a todos sus miembros. Mamma Roma tiene como escenario los nuevos edificios que sirven de casa al proletariado romano: la ciudad que destruye y tapiza el mundo del campo. Es que Pasolini es un autor obsesionado con el mundo antiguo, fascinado con su idea del campo mítico, el mundo rural de su infancia. ¿De modo que su utopía es una restauración de su infancia, del ambiente religioso e íntimo? Un mundo que, por otra parte, no le interesaba a los jóvenes que venían después de él. Y Pasolini, al encontrarse con ellos, se horrorizó. Para él, el movimiento estudiantil del 68 era una repetición de las maneras burguesas, la encarnación de un mundo burgués cuyas visión estrecha del mundo reencarnaba en la juventud. No, Pasolini no era comprendido entonces, y dudo mucho que lo sea hoy. Lamento hablar por mí mismo, pues me parece la parcela de marxismo más alejada de mí, la que creo que menos comprendió su momento. Qué fácil es hablar como lo hago, sin comprender la parte de dolor que le correspondió a un personaje comprometido como él. Hay mucho que decir, pero vale la pena recordar uno de esos momentos difíciles, cuando escribió el poema “¡¡El Partido Comunista Italiano a los jóvenes!!”, que decía: “Cuando ayer en Valle Giulia os pegasteis / con los policías, / ¡yo simpatizaba con los policías! / Porque los policías son hijos de pobres.” Los jóvenes, como se puede ver en este libro, se levantaron de la mesa de discusión y se negaron a hablar con él. Detestaron su determinismo y le citaron a Lenin: la doctrina del socialismo proviene de representantes cultos de las clases dominantes. Y Pasolini idealizó a los obreros, a los jóvenes campesinos que le despertaron un amor que se nota en sus películas. Una curiosa y dolorida estética que me gustaría degustar mejor.

Pier Paolo Pasolini. Todos estamos en peligro, ed. y trad. de Antonio Giménez Merino, Josep Torrell y Juan-Ramón Capella. Madrid, Trotta, 2018.