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sábado, 17 de septiembre de 2016

Martín Lutero, un destino, de Lucien Febvre


Me llama la atención que en el título de este libro se use la palabra “destino”. En una obra como ésta, en que cada palabra se discute, no deber de estar puesta porque sí. Quiere decir que por más que la Historia se haga más compleja, tenga más herramientas para abordar la realidad, no deja de chocar contra un término inamovible como éste. El destino… Veamos. Debemos de preguntarnos si estamos de acuerdo con éste término al enfrentarnos con una biografía. Ya saben, eso de que el Destino ya ha escrito algunas cosas que no podrán ocurrir de otra manera por más que tratemos de romper los cimientos del mundo. Esto sería un poco tramposo si lo pensamos así. Porque, por un lado, el destino sería entonces muy poco imaginativo como argumentista, ya que la mayor parte de las cosas que ocurren son persistencias de los hechos. Es cierto, algo cambia por ahí. Una hambruna, una rebelión, un descubrimiento científico que altera todo. Pero se nos diría entonces que eso tampoco escapa al destino, que si buscamos las raíces que traen pegados los sucesos, daríamos con el origen de esa aparente anomalía. Debemos reformular entonces el carácter monolítico del destino, y ahora nos lo figuraremos como producto de fuerzas en conflicto, con lo cual le quitaremos el carácter de Todopoderoso. Ahora bien, ya que hemos avanzado en ideas demasiado abstractas, podemos mirar abajo, al mundo de lo particular. Acerca de la época del libro, el inicio del siglo XVI, el autor lo sabe todo, lo ha leído todo, pero sopla delicadamente sobre toda la hojarasca de la erudición y deja ver un mundo, la Alemania de entonces, formada por pequeños reinos con ciudades esplendorosas. Frágilmente esplendorosas porque toda su riqueza se gastaba en defenderse y en cuidarse de sus vecinos. Mientras que las ciudades francesas –nos dice Lucien Febvre (1878-1956)– iban irradiando orden a su alrededor, las ciudades alemanas eran egoísmos furiosos en guerra. He aquí que apareció Martin Lutero (1483-1546) en este mundo, un hombre que pensaba que no tenía segundas intenciones, empujado por Dios para decir su palabra. Los burgueses de entonces, enriquecidos, que no nada más vivían bien sino en la abundancia, no se sentían plenos con una iglesia que les impartía una moral para pobretones. Entre alemanes dispuestos a matarse a mordidas, surgió Lutero, pensando que el mundo lo seguiría. Su idea era hacer lograr que la Iglesia volviera a sus fuentes primeras. No se imaginaba, él, que no era de este mundo, que los príncipes saludarían sus ideas y lo reverenciarían. En vida suya diez países arrojaron el poder del Papa. Poderes que se derrumban, furias de Papas, terremotos de reinos. Qué pena: nada de eso me llega. Ah, sí, la pequeña brisa de un libro que cierro.

Lucien Febvre. Martín Lutero, un destino / Un destin: Martin Luther (1927), tr. Tomás Segovia, 1ª ed., 12ª reimp. México, FCE, 2013. (Col. Breviarios, 113)

lunes, 12 de septiembre de 2016

Cuentos completos, de Antón Chéjov

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Creo que Antón Chéjov (1860-1904) ha tenido la mala suerte de ser leído por cazadores de recetas. Se ha dicho tanto que para escribir el cuento perfecto hay que seguir todos aquellos consejos que emanen de sus historias. Sin embargo, sé que Chéjov era reacio a dar consejos, quizá ni él mismo se ponía a sistematizarlos. Y pienso que toda esa poética que se ha formado a su alrededor fue formulada por un pobre escritor que no sabía qué hacer cuando le preguntaban algo sobre su obra. Sus consejos eran desconcertantes, pero los resultados son historias inolvidables. Decía, por ejemplo: "Descanse y después escriba". Pienso que lo más emocionante de sus cuentos es el hecho de que tenía la capacidad de encontrar algo particular en cada una de las existencias. Cada uno de los rusos de su tiempo tenían una historia, así como cada uno de nosotros. Sólo que quizá esos rusos no estaban tan convencidos de que sus vidas fueran importantes. Todo lo contrario de las frecuentes personas que a veces escuchamos: “¿Tú eres escritor? Con mi vida podrías hacer una novela.” Pero Chéjov prefería encontrar sus historias de otro modo, quizá con la experimentación directa, apuntando peculiaridades poco personales, más bien circunstancias excepcionales. Aquellos que tanta importancia se dan en la vida, se desilusionarían si se vieran retratados en las narraciones de este autor. Entre todos estos cuentos (naturalmente no están completos, ya que las ediciones actuales son enormes), no hay nada extraordinario. Quizás eso le fastidiaba, todas las historias son comunes, intrascendentes. No retrata caracteres como lo haría un autor realista. Por el contrario, los hombres aquí están como despostillados, algo desgastados por el uso. Lo que le interesa es aquello que ocurrió en alguna ocasión, no podría o precisar cuándo ni a quién. Esa preocupación que esa anciana tenía, pero no recuerdo bien cuál era, es más interesante la preocupación en sí. Hacia el final del libro, cambian un poco los cuentos. No sé si hay un orden cronológico (no se aclara), pero se va viendo una preocupación más interesada en el mundo. ¿En el mundo? ¿así de abstracto? Sí, en el mundo que por alguna razón ya no es igual, una naturaleza que sólo le comunica un mensaje triste al hombre, una humanidad cada vez más indiferente ante los demás. Sólo que de eso se dan cuenta los personajes más humildes. Aquella princesa que va a visitar su orfanatorio, fruto de su carácter virtuoso, no se da cuenta de que su visita anual causa la angustia de todos los trabajadores, que intentan ocultar la miseria en que viven. Cuando el médico del pueblo se lo hace notar, la princesa huye aterrada pero sin hacerse consciente de la realidad. Pocos cuentos en la vida me han impresionado como “Una bromita”, esa historia en que una muchacha sube muerta de miedo al trineo, sólo por saber si el “la amo” que escucha en su oído fue pronunciado por el viento o por el muchacho que quiere y que va sentado detrás de ella… Hay tal belleza en esa pequeña historia, que me hubiera gustado que Chéjov no soltara a ese grado las amarras que unen sus cuentos con la realidad. Le hubiera preguntado, su pudiera: ¿en dónde ocurrió en verdad esa historia? Él voltearía y con un gesto algo indiferente, señalaría a Rusia, y diría: por ahí.

Antón Chéjov. Cuentos completos, versión directa del ruso por E. Podgursky y A. Aguilar, prólogo de J.E. Zúñiga, con 10 ilustraciones. Madrid, Aguilar, 1957.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El prisionero de Zenda, de Anthony Hope

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Fue en las clases de la Universidad. Un admirado profesor nos dijo que si no habíamos leído literatura juvenil en nuestra adolescencia, ya no habría tiempo para llenar esa carencia. Así que volví a mi casa, a buscar entre los libros que mi papá les había comprado a mis hermanos. Eso tiene muchos años, y he leído varias de esas novelas. ¿Tienen algo en común? Parecidos muy sorprendentes entre Mark Twain, Robert Louis Stevenson y Anthony Hope, entre otros. Por ejemplo, los reinos lejanos y de localización imprecisa. Pero fundamentalmente, el hecho de que los gobernantes tengan un doble (recuerdo una novela breve de Nerval en la que también ocurre esto mismo). Me he quedado pensando por qué esta coincidencia entre los dobles (o los personajes que se ocultan cambiando de sexo, como en La flecha negra, de Stevenson, lo que crea una extraña ambigüedad sexual), y también en el hecho de que los reyes abandonen su corte para salir a investigar cómo es en realidad el mundo que los rodea. En el caso de esta novela –un clásico en Inglaterra, inspiradora de numerosas películas–, el nuevo Rey de Ruritania es secuestrado por su hermano justo antes de tomar posesión de la corona. Casualmente, un noble inglés, pariente lejano que asiste a la coronación, es idéntico al Rey secuestrado. La trama es semejante a una partida de ajedrez porque a cada acción por salvar al Rey corresponde otra de parte de su hermano. Naturalmente, la historia se tensa capítulo tras capítulo. Hope no se imaginaba el cine cuando la escribió (en 1894), pero sin duda sus escenas de espadachines pedían a gritos una película. Por alguna razón, estos reinos de la Europa oriental tenían la virtud de hacer despertar a los ingleses de su abulia y de su cómoda existencia. Tal vez, esas fronteras que cambiaban de vez en cuando como las riberas de los ríos, o las nacionalidades tan poco afirmadas. El tren que lleva a ese mundo tan cercano como exótico. Naturalmente, todo esto pasaba antes de la existencia de las revistas de sociales. Antes, el poder vivía en una barrera infranqueable y los ciudadanos no tenían la menor idea de quién era el rey. Mark Twain retrata como un verdadero suceso cercano a la locura, cuando el pueblo ve de lejos y por unos instantes a su Rey. Pero desde hace décadas que nos dedicamos a estudiar hasta el menor gesto de la aristocracia. Y Zenda tenía el añadido de que asistíamos a la historia del poder en su ámbito secreto. Eso sí no ha cambiado, nos seguimos inclinando reverentemente ante las publicaciones políticas, para saber aunque sea asomados a la ventana, lo que ocurrió en la última reunión o cómo se sofocó la traición que estuvo a punto de cambiar la historia. Ahora pienso que el poder ejerce una atracción tan grande que incluso los gobernantes tienen la tentación de desdoblarse para saber cómo se ve ese mundo desde fuera. Recomiendo este libro a todos aquellos que ya se han desilusionado de espiar a los decepcionantes poderosos de nuestros días.

Anthony Hope. El prisionero de Zenda / The Prisionero of Zenda (1894), tr. de Alberto Jiménez Rioja y Elena Giménez Moreno. Madrid, Altaya, 1994.

jueves, 25 de agosto de 2016

El jardín de Rama, de Arthur C. Clarke y Gentry Lee




No sabía, al comenzar a leer esta novela de ciencia ficción, que se trataba de la tercera parte de una tetralogía. Así que me pareció un logro estilístico comenzar la historia con una pequeña familia atrapada en una inmensa nave espacial –llamada Rama–, volando por el universo con dirección desconocida. Ya después inferiría que anteriormente, Rama había aparecido en la Tierra y algunos humanos habían subido en ella para inspeccionarla. Dentro habían hallado una réplica de una enorme ciudad terrestre, aunque los edificios no eran sino grandes masas sin espacios interiores. Años después (los niños irán creciendo), llegarían a una inmensa base espacial en donde un águila humanoide artificial les explicará por qué fueron arrebatados a su planeta. A los personajes no se les permite ver quién es esa raza suprema que va por el universo buscando vida inteligente. Pero la protagonista de la novela logra tener un contacto visual con un ser de otra galaxia: una especie de gusano que nada en una solución transparente. La sorpresa es el sentimiento universal de la inteligencia, parecen decir los autores. Pero olvidaba lo fundamental: que la Ciencia Ficción es el género literario hecho para hacer quedar mal a la especie humana ante ella misma (ya que no está pensada para el mercado extraterrestre). El Águila les informa a los personajes que algunos de ellos deberán de viajar a la Tierra a buscar una muestra de mil habitantes para que regresen a las profundidades del universo, con el fin de ser estudiados por los misteriosos constructores de Rama. Naturalmente, esta pequeña sociedad reproduce los defectos del ser humano. No es más que un brote de la Tierra en otra parte. Lo que quiere decir, aunque me imagino que es lo más notorio de este género, que la imaginación científica no se corresponde con una idea compleja del hombre. Por el contrario, entre más esencializado sea el hombre más funciona en esta teatralidad. No sólo hace falta la profundidad psicológica, sino la sociológica. Por alguna razón, muchas de las grandes novelas de la ciencia ficción no son más que demostraciones de que el hombre será como es hoy a pesar del progreso. Una refutación del progreso en una narrativa que desea anticiparlo y que se engolosina con él. Pero, ¿y la perfección humana? Ésa es vista como algo místico, lo más viejo de las supersticiones pervive, porque entonces los extraterrestres son “sabios”, seres iluminados y más perfectos que nos supervisan, que quieren conocer “nuestra naturaleza”. A lo mejor, la Ciencia Ficción es una forma de la Sociología muy pobre pero presentada con mucho efectismo. Es curioso que el género que se presenta como el más científico colinde con el espiritualismo más básico.

Arthur C. Clarke y Gentry Lee. El jardín de Rama / Garden of Rama (1991), tr. de Adolfo Martín. Barcelona, Ediciones B, 2010. (Col. Zeta Bolsillo, 208)

sábado, 13 de agosto de 2016

Dos veces única, de Elena Poniatowska


Lupe Marín fue el eslabón entre dos mundos enemigos, el de los Contemporáneos y el de Diego Rivera. Como fue la mujer que amó a Diego y luego lo dejó por Jorge Cuesta, su vida tiene el encanto de la confrontación; yo me preguntaba con frecuencia qué tenía que había fascinado a una época. Quizá era esa fortaleza que al mismo tiempo también causa repulsión a lo largo de muchas páginas (los que la rodeaban se quemaban si se acercaban demasiado a ella). Y su hijo Antonio, el hijo que tuvo con Jorge Cuesta, evitaba mirarla, cuando estudiaba en Chapingo, en el imponente retrato que Rivera hizo de ella en esos muros. Es cierto que ella abandonó a su esposo para irse a Córdoba con Jorge Cuesta, algo de lo que después se arrepintió, y finalmente se aferró tanto a ser la mujer de Diego, que ha pasado a ser como su viuda oficial, aunque legalmente el muralista estaba casado con Emma Hurtado, y aunque Lupe sea una idea imprecisa ante la presencia radiante de Frida Kahlo. Pero hablar de ella equivale a hacer una incisión profunda en la familia Rivera Marín, darle a su vida íntima una trascendencia pública de la que hasta ahora había estado un poco ajena. La vida personal del pintor, sus hijas, sus nietos, el paternal sapo inmenso cobijándolos, y la mirada verde que no parpadea de Lupe. Mi balance del personaje es negativo, aunque sus anécdotas sean pintorescas, aunque retraten un tiempo en que podían existir mujeres de tamaño legendario como Leonora Carrington o Pita Amor o María Félix; Lupe representa los poderes omnímodos de la musa que se sabía única y en vías de ser mítica. No lo logró, creo, porque le faltó algo, quizá fue mayor la idea que tenía de sí misma que el trabajo propio. Hubiera sido deseable que la fiera aprendiera a domarse a sí misma, pero no lo quiso hacer, y la magnitud de sus acciones todavía marcan a sus descendientes. Pienso que Elena Poniatowska tomó la decisión de contar esta historia en un eterno tiempo presente por dos razones: para lograr un enorme mural –la obra de Elena es un  fastuoso mural, como los de Diego– y para contar esta vida familiar con distancia. Hay cierto desapego, y los juicios sobre la familia Rivera Marín son contundentes, aun cuando se presenten con cierto disimulo o ironía. De cada libro de Elena aprendo algo. En este caso, la técnica que permite contar con enorme fluidez las anécdotas que forman una vida. Desde la escena en que Lupe conoce a Diego hasta aquella en que desciende a la tumba, no hay más que un solo tobogán vertiginoso. Y antes del fin, un delirio en que la protagonista intenta explicarse. Pero esa alma, hecha de un solo bloque, no termina de derrumbarse frente a nosotros. Si nos alejamos un poco para ver las escenas de lejos, ¿qué vemos? El retrato de una diosa antigua que devora a sus hijos –aunque, en honor de la verdad, le perdona la vida a algunos.

Elena Poniatowska. Dos veces única. México, Seix Barral, 2015. (Biblioteca Breve)

sábado, 6 de agosto de 2016

Antología del cuento hispanoamericano, de Fernando Burgos


Creo que los lectores aprendemos del cuento hispanoamericano gracias a las antologías, ya que se trata de un género casi imposible de conocer de otro modo. Sobre todo, cuando sabemos que abundan los grandes maestros en todo el continente desde tiempos del argentino Esteban Echeverría, que dejó las notables pinceladas de su cuento “El matadero” (1839). Aunque considero el libro de Fernando Burgos como uno de los mejores en el tema, también sé que la gloria de este tipo de antologías es efímera, pues los lugares en un índice son cada vez más peleados. Burgos publicó su libro en 1991, lo que quiere decir que ya un gran porcentaje de cuentistas tendrá que abandonar su asiento y pasar a ocupar un lugar en el humus literario. De manera muy injusta, ciertamente. Pero casi no hay en la gran bibliografía del mundo algo tan injusto como una antología. Por casualidad, al ir a guardar este volumen en el librero, encontré uno parecido, el que preparó José Sanz y Díaz para editorial Aguilar, en 1946, de Cuentistas hispanoamericanos. Las diferencias entre ambos nos darán algunos indicios… El volumen de Sanz contiene 72 cuentistas, mientras que el de Burgos incluye 93. Aun así, el más antiguo le dedica un apartado a los cuentistas de Filipinas (que el segundo no contempla). Ninguno de los dos nos habla de Belice, aunque sé que más de la mitad de sus habitantes habla español (incluso un porcentaje mayor que en Paraguay). Pero lo que quisiera saber es qué autores aparecen en ambos volúmenes, porque entonces habría algo así como algunos clásicos indiscutibles del género. Son trece autores los que están en ambas antologías. ¿Cuántos de ellos tienen una presencia en nuestras lecturas? Me refiero a Ricardo Jaimes Freyre, Manuel Gutiérrez Nájera, Ricardo Palma, y algunos otros. Horacio Quiroga sigue siendo indiscutible, pero ¿Rufino Blanco-Fombona?, ¿y Javier de Viana, el uruguayo que escribió setecientos cuentos? Ya lo sé, no tenemos espacio en nuestra memoria. Y no nos atrevemos a caminar solos por el mar de las publicaciones. Ocurre algo más que me preocupa. De vez en cuando aparecen magníficos cuentistas, que no pueden ser comprendidos si no se conoce su tradición. Borges trajo a Lugones. Rulfo trajo a Efrén Hernández. Y así cada cuentista despierta a otros muertos que pasan a ocupar su sitio en el banquete de la posteridad. La tradición, quién lo diría, se mueve. Yo, por lo pronto, sugeriría quitar de las antologías a Jorge Ferretis, que también aparece en la de Seymur Menton y a quien los mexicanos no leemos. Las antologías parecen decirnos que no hay tiempo para todo en la vida, son el Eclesiastés de nuestro tiempo. Por esa razón, me gustaría entresacar dos cuentos: “Mosquita muerta”, del panameño Rogelio Sinán y “Revolución en el país que edificó un castillo de hadas”, del salvadoreño Álvaro Menéndez Leal. Considero que si alguien se interesa por ellos ya habré hecho un acto de generosidad por los lectores.

Fernando Burgos. Antología del cuento hispanoamericano. México, Porrúa, 1991. (Col. Sepan cuántos…, 606)

viernes, 5 de agosto de 2016

Diez días que estremecieron el mundo, de John Reed


Me preguntaba, mientras leía el gran reportaje de John Reed (1887-1920), ¿cómo lo habrá escrito?, ¿en qué momento tuvo la tranquilidad suficiente para ordenar las discursos de los militantes, las barricadas populares y hasta los gestos de los generales? Todo hace suponer que fue escrito momentos después de ocurrido. Apenas había tiempo para dormir en esos diez días. Pero si estremecieron el mundo, es lógico que hayan estremecido a su autor, y que no lo dejaran dormir. Aunque el tiempo no se detiene, y hay que ir corriendo de las calles al partido, y del partido al congreso, queda el espacio suficiente para el dramatismo. De pronto, todos los asistentes al congreso se callan, y aparece Lenin, la voz que explica lo que está ocurriendo allá afuera, del otro lado de los muros. A John Reed lo impresionaron sus palabras, la lenta seguridad con que las pronunciaba. Son diez días delicados porque en medio de la zozobra, la revolución pudo ser derrotada. Supe después que el autor llenó papeles de notas, recogió toda la propaganda política que pudo. Los muros de Moscú no eran suficientes para la cantidad de carteles, así que se sobreponían unos sobre otros. Hasta dieciséis encimados despegó este periodista de una pared. Qué desesperación, mejor una plasta de papeles arrancada de un tirón. “Mira: ¡he arrancado la revolución y la contrarrevolución de una sola vez”, le dijo a su amigo Albert Rhys Williams. Gracias a este compañero suyo me entero que Diez días que estremecieron el mundo fue escrito en 1918, en NuevaYork, a donde viajó acompañado de sus apuntes y sus documentos. Los agentes de la procuraduría los los confiscaron en la aduana, pero Reed pudo salvarlos, y la policía asaltó seis veces la imprenta buscando el manuscrito. A los treinta y tres años, luego de contraer el tifus, murió en Rusia. Su sepulcro sigue (hasta donde sé) en la Plaza Roja, con una lápida que dice: “John Reed. Delegado a la Tercera Internacional. 1920”. Sigue ahí, me imagino, porque no se ha puesto en duda su compromiso ni la calidad excepcional de su trabajo como reportero. Y eso que, muchas veces, a este tipo de personajes se les mira desde la posteridad con una piedad no pedida. “Es que murió al amanecer del mundo soviético”. Naturalmente, no es mi visión. Las letras  de la Unión Soviética nacieron con el género de la  literatura documental. Y su fin también fue acompañado por este género, en la forma de los reportajes de Svetlana Alexiévich. A los libros de esta autora me gustaría tratarla en otra ocasión, pero no quisiera dejar de resaltar que son visiones opuestas. Reed se entusiasmó con  los hombres que hicieron la Revolución Soviética, compartió ideales, y, especialmente, los puso en la perspectiva de sus ideales históricos. No es el caso de la Premio Nobel rusa; ella tiene en cada una de sus páginas la ideas del moderno conformismo burgués que es el pacifismo: sus ideas contra la guerra se enuncian sin contexto y sin perspectiva pues quiere poner la Historia del tamaño de los hombres, hacerla del tamaño de su dolor y sus experiencias. Suena bien, aunque eso suponga olvidar el contexto político del mundo, lo que nunca ocurre en las páginas de John Reed.

John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. [Barcelona], Sol 90, 2009. (Biblioteca Pensamiento Crítico)