Voy a recordar rápidamente qué fue el Decadentismo. Como fue hace tanto tiempo, quizá no lo tengan presente. Eran los tiempos en que la Sociología le había quitado misterio al mundo, y la vida era retratada en las novelas naturalistas. Había que devolverle a la realidad algo de magia, era posible hablar incluso de la putrefacción social sin quitar la trascendencia al arte. El aura de lo divino puede posarse en lo más bajo y en lo más podrido. Alberto Leduc (1867-1908) fue uno de aquellos decadentistas. Nació en Querétaro pero vivió en Tlalpan. Por desgracia, su hijo, Renato Leduc, nos dejó muy poco del mundo literario de su padre. Quizá a él y a sus amigos los consideraba cursis… Pero fue el mundo del Duque Job y sus seguidores, Amado Nervo, Rubén M. Campos, Manuel José Othón… Renato pudo haber sido la llave a ese mundo entre sus más cercanos, Agustín Lara, María Félix, Diego Rivera, Leonora Carrington…, pero creo que con nadie compartió ese mundo. Yo abro con fruición los libros que se editaron cuando moria el siglo XIX y paseo la mirada por los cuentos decadentistas. En ellos es imposible hablar claramente de la historia de una madre soltera de la que se enamora un joven con alma de poeta maldito. No, una historia así no se puede referir de este modo. Se tienen que dar numerosos rodeos para que los lectores acepten poco a poco el pecado social de caer en la perdición. A cucharadas se tiene que degustar una trama semejante. Una mujer soltera que cae en el pecado no tiene otra opción que casarse para tapar su terrible falta. Pero si no se casa, tiene que arrastrar con el fruto de su pecado por un munso que prefiere respetar las formas que sentir piedad (en eso consiste una sociedad farisea, término que también ha de haber caído en el desuso). Una madre soltera no tiene derecho a compartir el espacio de la gente decente, por lo que la protagonista tienen que irse a vivir a un pueblo. Allí, en el secreto de una iglesia, se reúne con el joven poeta enamorado, que mira en ella, más que a la mujer, el aura de su culpa. Es imposible el matrimonio entre ellos porque él no podría soportar que hubo otro antes que él, que dejó un fruto, una hija, que mancha todo. Así se deshoja literariamente la hipocresía social. Las almas que pecan se vuelven marginales y deben de encontrarse en la marginalidad, sólo para aceptar que tampoco pueden estar juntas. Otro espacio marginal favorito de los decadentistas fue el cementerio, sitio en el que sus habitantes pueden hacer la crónica de sociales más inobjetable. No se hace mejor disección de la vanidad humana que en la tumba. Desde ese sitio se contempla el día después de las promesas. Los muertos pasean por el cementerio sucio, lleno de flores secas de los vivos. ¿Cuándo dejarán de venir a lucir su arrogancia? Sería mejor el cementerio sin la visita de los vivos. Me pone de buen humor el desencanto de Leduc. Me encantaría decírselo. Desafortunadamente, creo que no abre la correspondencia que le llega de los vivos…
Alberto Leduc. En torno a una muerta (1898), ed. Alfonso D’Aquino. México, Odradek, 2024.
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