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sábado, 15 de febrero de 2025

Tin Tan: Tú tienes personalidad (¿Quién, yo?, ¡qué va!)

 


Todo en Germán Valdés, Tin Tan, es pretexto para el baile y la música. Hasta esa máscara que es la personalidad tiene su propia canción. La canta Tin Tan cuando se mira al espejo y el reflejo se independiza. ¡Ay!, qué difícil es alcanzar esa personalidad huidiza, sobre todo si la enfoco en el aspecto musical. La mejor síntesis que conozco sobre su estilo interpretativo es la que hizo Carlos Monsiváis, así que la cito: 

 

Tin Tan es el crooner y el bolerista, el impregnado de onomatopeyas del boogie-woogie y boleros, el que canta con toda la boca (se me desparrama el hocico). Si no puede ser solemne a lo Juan Arvizu o Emilio Tuero, ni sensual a lo Frank Sinatra, Tin Tan sí logra parodiar los diversos estilos unificándolos en el suyo, abiertamente cursi desde la perspectiva de la ironía, de la reticencia, del uso precavido de los dones vocales que nunca son para tanto.

 

Y a continuación… la difícil tarea de desentrañar esta idea, de ponerle contexto y de darle una melodía reconocible. Una vez que nos entonemos hay que ponerle letra y acompañamiento. Un mariachi está bien o, si no, de perdida un piano o una guitarra. Nos sentaremos alrededor de la sala que el escenografista ha puesto para la ocasión, y se irán presentando las canciones según se nos ocurran. La mejor parte de una evocación es cuando uno se convierte en el guionista que tiene el poder de llamar a todos los artistas a cantar lo que uno desee. 

Tin Tan perteneció a una generación de artistas perseguidos por las buenas costumbres. En su caso, de las buenas costumbres lingüísticas que se escandalizaron cuando aparecieron los primeros pochismos en boca suya. Estaba mejor antes, cuando privaban los galicismos, denotaban buen gusto, clase e idea del mundo. Pero… ¿los pochismos? Ésos ya estaban presentes desde antes, en los discos y en el teatro. Ciertamente, el pocho tenía en México un papel secundario. Si rascamos en la memoria encontramos algunas canciones, como aquella de Rafael Hernández, La pocha, que en los años treinta tuvo una visión aprobatoria: “Me dijo que no hablaba el español, / y yo le dije que no hablaba inglés, / y a todo lo que ella me decía, / le respondía: ¡Oh, lady, lady, yes!” 

Toda una rama de las canciones humorísticas de los años treinta y cuarenta tratan sobre la presencia cada vez más intensa del inglés en México. Pero las canciones de entonces apenas se atreven a utilizar un par de palabras en aquel idioma. Felipe Bermejo, en su canción Los inditos, decía: “Nuestro México se agringa / olvidando el español, / pisoteando arteramente / nuestra rancia tradición. / Los muchachos dicen: Kiss me, / las muchachas: Okey, boy, / y en lugar de Santos Reyes / ya nos llega Santa Claus”. El espanglish era un advenimiento, algo cuya explosión era cuestión de tiempo. El gobierno de Lázaro Cárdenas reguló la presencia de la música extranjera en la radio: al menos ochenta por ciento tenía que ser mexicana; esto con el fin de no darle demasiada cabida al jazz. Tin Tan fue fenómeno musical de los años cuarenta, del sexenio de Ávila Camacho, de tiempos en que la canción ranchera tenía como tema la defensa de la patria en tiempos de la segunda guerra. El bolero era entonces la voz de un crooner musitada en el oído de una radioescucha enamorada. Existía el blues, que era como se le llamaba al foxtrot lento, antes de que se diera a conocer el otro blues, el de Misisipi, que llegaría a México lustros después. 

La escena de Hotel de verano (1944) con que Tin Tan debuta en el cine mexicano es también un momento en que comienza la mexicanización del swing. Era el reflejo en México de lo que sucedía en la música de los Estados Unidos: Nueva Orleans dejaba de ser el centro del jazz para dar lugar al estilo Chicago. Era el foxtrot que daba paso al swing, el género que Benny Goodman consolidó luego de su célebre concierto de 1938 en el Carnegie Hall. Mientras el foxtrot marcaba los dos tiempos fuertes del compás, el swingmarcaba cada uno de los cuatro tiempos, causando esa sensación de que el contrabajo caminaba. Ese nuevo pulso de la música unido al léxico incomprensible de Tin Tan,encendió las alarmas de los defensores del idioma. Mexicanizar el swing significaría agregarlo al relajo, esa suspensión de la moralidad de que hablan los filósofos de lo mexicano; unir la acrobacia del habla a la gimnasia del baile. El swing era la última moda, y el descubrimiento de Tin Tan, la nueva síntesis entre bolero y relajo, entre desparpajo léxico y baile acrobático. Su esposa, Rosalía Julián, lo recordaba cuando lo conoció:

 

Estaba ensayando con mis hermanas y con Juan García Esquivel, en la xew, en 1943, cuando nos mandaron llamar a todos los artistas al estudio Azul y Plata, al mediodía, para ver la actuación de Tin Tan, un cómico que acaba de llegar de Chihuahua. Yo entonces acababa de cumplir doce años. Estos programas de radio fueron lo primero que hizo en México antes de hacer cine. Venía con la compañía de Paco Miller, quien lo bautizó como Tin Tan (antes se hacía llamar Topillo Tapas, cuando era locutor de la xej, de Ciudad Juárez). Durante esa gira que duró ocho meses conoció a Marcelo Chávez. Venían contratados como dueto cómico a la Ciudad de México para el Teatro Iris, en donde alternaron con Cantinflas. Las rutinas que hacían antes de sus canciones las preparaban en el camerino cuando actuaban en el teatro, aunque ya en la gira las habían trabajado. Germán no tocaba la guitarra, tocaba el ukelele. Pasaron seis años, en los cuales nos encontrábamos en diferentes lugares. Pero una noche en que íbamos a debutar en el Follies, en septiembre de 1949, lo vimos. Él ya me iba a ver al teatro porque yo le gustaba. Le gustaba vernos porque traíamos el ritmo tipo de swing.  Me fue a ver al camerino y me dijo: “Qué chula se ha puesto, señorita Julián”. Y desde ahí… hasta que la muerte nos separó.

 

El swing, casi en la misma medida que el bolero, fue la columna vertebral de su esqueleto musical. Así que se contoneaba al ritmo de ese género que fascinó a los pachucos y que causó la perspicacia del público mexicano. En una de sus últimas películas, El capitán Mantarraya(1970), Tin Tan canta Estoy muriendo de amor, un swing de su autoría, a dueto con Rosalía Julián:

 

Oye quedito, te quiero decir

que sin tus besos me voy a morir;

sin tus caricias dan ganas de llorar

y sin tus besos me voy a matar.

 

Hoy en la noche tu recuerdo azul,

entre las nubes de seda y de tul,

y las estrellas también llorando están

porque tus ojos lejos de mi están.

 

En el relato que estructura el personaje de Tin Tan, encuentro que el pachuco que llega a la Ciudad de México quiere estar a la altura de las grandes voces, de Pedro Infante, de Jorge Negrete y de Agustín Lara, pero le gana el relajo, la parodia, la meta-interpetación: o no sé cómo decirle a esa conciencia de sí mismo que tiene Tin Tan como personaje cinematográfico. Desde siempre, Tin Tan se mira como personaje de una farsa fílmica, sabe que el público está frente a él, detrás de la cuarta pared, riéndose en la sala de proyección. Hay guiños al público y una constante complicidad con él. Es la versión moderna de los “apartes” del teatro de los Siglos de Oro, las formas en que el pícaro puede ponerse en complicidad con el publico: el diálogo se da entre Tin Tan y sus seguidores, lo cual pone a la buena sociedad como adversaria o enemiga natural de la libertad del idioma. El juez le dice a Tin Tan, en El hijo desobediente:

 

Cincuenta pesos de multa por no hablar el idioma oficial.

¿Y usted cree que se lo vamos a paulear?

 

Paulear, nos dice el Vocabulario español de Texas (Austin, 1953), significa pagar. No todo el vocabulario de Tin Tan requiere de pie de página, ya que hemos adoptado mucho de su manera de hablar: carnal, relativos, andar a patín, tiliches, valedor, troca, lonche… Ah, bueno, sí es necesario que nos recuerden que relativos son los parientes. La idea --vuelta una y otra vez a cocinar en los guiones cinematográficos--es: encajar, en todas sus conjugaciones, en todas sus presentaciones y de todas las formas, con la buena sociedad mexicana, centro del aburrimiento y de las simulaciones. Tin Tan (y algunos otros personajes del espectáculo) logran desenmascarar ese mundo. Más adelante, ya despojándose de ese personaje del pachuco, parodia, por ejemplo, el cine del tipo de María Candelaria en la película El violetero(1960).

Tin Tan (y su carnal Marcelo) entraron al mundo de los discos en 1947. Traen detrás de sí fantásticos momentos musicales en una filmografía que los recomienda. Su descubridor fonográfico tuvo que haber sido Felipe Valdés Leal (1899-1988), el compositor coahuilense a quien se le dio la encomienda de abrir en México los estudios de la marca Columbia. Esta compañía había tenido oficinas en nuestro país durante la última década del Porfiriato, pero tenía más de treinta años sin contar con estudios aquí. Entre los artistas que inauguraron el catálogo de esta compañía disquera, además de Tin Tan y Marcelo, se encontraban Eva Garza, Los Panchos, María Alma, Fernando Z. Maldonado, Cuco Sánchez…

La discografía de Tin Tan y Marcelo utilizó el mariachi de José Marmolejo de manera heterodoxa: para tocar,además de canciones rancheras, swing y hasta una canción del repertorio del country que posteriormente grabó Elvis Presley (Just Because, de los Shelton Brothers, traducida por Manuel Valdés como Mi supermango). En Petite madame, un“relajo valseado, sólo se usa el mariachi para tocar las últimas dos notas de la canción. La primera grabación de Tin Tan fue La burrita, de Ventura Romero cantada como tango y como swing, pero es seguro que Valdés Leal les eligió el repertorio de la música ranchera que se oía en Los Ángelespor esa época, como Échale un cinco al piano (de la autoría del propio Valdés Leal). 

Hay pequeños misterios en esta discografía, es el caso de Watatira (Te encontré)swing de Ángel CastroDon Chon. Éste fue un cómico musical que aparecía con su sobrino Tanasio en las carpas de Tampico (encuentro este dato en el libro Las tandas de Monterrey, de Luis Cruz Hernández). Quizá Tin Tan escuchó esa canción a su paso por aquella ciudad y la trajo a México… Otro swing tamaulipeco es el de Severiano Briseño, Los agachados, que se refiere a la pancita que se comía en los puestos de las calles en la Ciudad de México. Tin Tan improvisó unos versos para la grabación: “Chapulines, huitlacoches, charamuscas con tepache, / chilindrinas, charrasqueadas, chinicuiles, chinacates, / cachirulo, chichimecas, chipilines de escamocha, / y alcachofas con puchero… ¡se me reventó el barzón!” No pondré punto y aparte sin agregar que las escamochas eran las sobras de la comida vueltas a guisar en la noche para consumo de los más pobres, por los rumbos de Tepito.

Ignoro de dónde salió el nombre de Tin Tan, pero a mí me gusta pensar que es una resonancia de la última sílaba de Agustín Lara, a quien Germán Valdés imitaba en sus programas de la xej. Quién sabe si al supersticioso Agustín le gustaban las imitaciones de Tin Tan, como la más famosa de todas, que aparece en Cantando en el baño y que siempre es gozoso citar:

 

Esta vida cada día se me acorta,

y mi noche es larga, larga, larga…

ya no me importa si se me alarga

o se me acorta;

ya no me importa si se me acorta

o se me alarga…

 

Sufrir, sufrir, esa es mi vida;

llorar, llorar, ésa es mi suerte.

Estoy muy flaco para estar vivo,

pero muy gordo para estar muerto…

y, mientras yo sollozo,

cómo se ríe el señor que entierra en el pozo.

 

Porque el bolero es una de las grandes conquistas del estilo interpretativo de Tin Tan. Es cierto que se le relaciona con Cab Calloway, con Duke Ellington, con los grandes del jazz, como influencias de su personalidad y de su estilo, pero considero que más que una influencia fue una conquistade abajo para arriba, Tin Tan escaló la elegancia, la expropió, la llevó al barrio y construyó un personaje que era, al mismo tiempo, el galán, el recién llegado a la elegancia, que la domó y la usó a su favor. Le dijo al crooner de la orquesta: Con permisoy se apropió de la interpretación. No se tomó completamente en serio la situación. No fue un Pedro Infante, ni --como decía Monsi-- un Emilio Tuero. Le dio a la interpretación del bolero esa disfrutable cachondería que a veces faltaba en los estirados boleristas del centro social El Patio, o de la programación de la xew

Esa actitud ante el bolero no existió antes y no volvió nunca, es el difícil equilibrio entre el coqueteo, la seriedad de la situación, la seducción y la risa contenida. El gran ejemplo es El rey del barrio (1950), pues el beso de Silvia Pinal desencadena el delirio y la interpretación extraordinaria de Contigo, de Claudio Estrada. Casi puede decirse que la carrera de Tin Tan como intérprete es independiente de su carrera fílmica, tiene su propia vida e importancia. Cuando viajaba contratado a otros países, muchas veces grabó discos en Estados Unidos, Venezuela, Perú, Argentina… Y, además de los boleros y el swing, creció hacia otros rumbos: el cha cha chá, la balada, el rock and roll, el porro, la cumbia, el vals peruano y hasta el bossa nova

Hay que volver a escuchar esos discos en que parodia a los Beatles o en que canta Amarraditos; pero también hay que bucear en toda su filmografía para caer a la mitad de los números musicales, para presenciar desde los deslumbrantes momentos con Pérez Prado hasta aquellos que no dejan de ser testimoniales, pero divertidos, con Miguel Aceves Mejía, los Teen Tops, Los Panchos o Rosa de Castilla. Y un momento cumbre: su versión de Bonita, de Luis Arcaraz y José Antonio Zorrilla, en Músico, poeta y loco (1948). Aunque nada de lo restante desmerece, por lo que cada quien debe de crearse su propio repertorio. El mío consta de Palabras calladas y Soy feliz (Juan Bruno Tarraza), Todavía no me muero (Claudio Estrada), Enséñame (Jorge Zamora, Zamorita), Quién será (Luis Demetrio y Pablo Beltrán Ruiz), Dónde estabas tú (Ernesto Duarte), Lo dudo (Chucho Navarro) y dos que superaron las versiones originales: Personalidad (Harold Logan y Lloyd Price) y De las tobilleras a las medias (Russell Faith, Clarence Kehner y Richard DiCicco). Qué pena que el lugar para evocar este repertorio esté acotado por el espacio. Ahora todo es sumergirse en sus interpretaciones con ánimo meditativo para ver que la presencia de Tin Tan zangolotea el árbol de la música así como lo hizo con el cine, el baile y el idioma. Zangoloteó nuestras ideas al punto de que tiró el epígrafe del texto y lo dejó aquí abajo. Es un epígrafe a ritmo de cha chachá que, en voz de Tin Tan y Luis Aguilar, sintetiza lo expuesto en las páginas anteriores:

 

Perdóname, Beethoven, perdónanos, Chopin,

pero es que es muy sabroso bailar el cha cha chá.

 

Luis Demetrio

miércoles, 5 de febrero de 2025

Mozart. La libertad indómita, de Marie-Françoise Vieuille



Recuerdo vagamente Praga, como dentro de una alucinación de absenta, con el fuego del alcohol quemándome el estómago, los edificios como enormes pasteles que se perdían en la noche, el cementerio judío con la tumba del Rabbi Judah Loew (Judá León para los borgistas), las obras de arte de Jan Švankmajer que encontramos por accidente… La casa donde nació Kafka estaba exactamente enfrente del hotel (nunca lo supe), el castillo y el vidrio cortado, el jazz gitano de la plaza y el reloj astrológico a un lado, el mal humor checo y las estatuillas del gólem que a veces reaparecen en mi casa, sin que sepa dónde vuelven a esconderse. Ésa es mi breve Praga, tan distinta de la de Mozart (1756-1791). ¿Volveré a verla? Me prometo más curiosidad. Un poco de tiempo para inspeccionar las esculturas en el Puente Carlos. Más atención para enterarme de que es el más antiguo de la ciudad. De entre los miles y miles de libros sobre Mozart, éste fue escrito por una crítica checa experta en el Barroco. Así que nos enteramos de que el genio de Salzburgo se identificó más con esta ciudad del reino de Bohemia que con su propia ciudad natal. Aquí escribió, fue admirado y estrenó obras que atesora esta ciudad tan sobrecargada de patrimonio y de riqueza estética. ¿A qué se deberá esta diferencia entre ambas ciudades? Curiosamente, Salzburgo es luminosa, las montañas se cruzan a la mitad de la calle, se quitan la casa de la cumbre como un sombrero y saludan. El río Salzburg es azul impecable y se puede contemplar desde la terraza de un café, acompañado de pastel de chocolate. Pues esa ciudad que pareciera una representación del espíritu alegre y de aire limpio como el de Mozart, no fue precisamente su mejor refugio. Fue Praga, a la que conoció cinco años antes de morir, la que lo aplaudió con emoción. Allá, le decían al joven músico, se baila al ritmo de tus obras, se cantan y se aplauden tus arias, si vas verás que la admiración a tu nombre es unánime. Una ciudad en que pocas décadas antes se había impulsado el barroco arquitectónico y escultórico. Según Marie-Françoise Vieuille, la autora de este volumen, hay más semejanza de Mozart con los escultores barrocos de Bohemia que con la estética vienesa; son iguales porque “la rapidez del gesto irradia con fuerza el compromiso intelectual”. Cincuenta años antes de que naciera Mozart, el conde Franz Anton von Sporck construyó un jardín alrededor de su palacio en que el escultor Matthias Braun utilizó las piedras del terreno para cincelar figuras de ermitaños. Varias de las esculturas que adornan el Puente Carlos, a las que no apreciamos cuando pasamos por él, fueron realizadas por otro de los grandes artistas que decoraron la ciudad, Ferdinand Maxmilián Brokoff. No le diremos nada a la anfitriona que nos pasea por la ciudad, pero Mozart no tiene nada que ver con esa escultura voluptuosa, enamorada del volumen antes que del color. La música de Mozart está vestida de un verde profundo y de un azul acariciante. La luz forma escalas de peldaños firmes y dorados por los cuales se sube y se mira una ciudad hermosa, perdida en el tiempo y llena de gente que deambula por entre las plazas escondidas. No sabría decir si el joven músico, consentido por Praga, estaba más enamorado del Barroco o de la Ilustración.

 

Marie-Françoise Vieuille. Mozart. La libertad indómita Mozart ou l’irréductible liberté (2001), tr. Jordi Terré. Barcelona, Paidós, 2006. (Testimonios, 37)

lunes, 3 de febrero de 2025

Miguel de Unamuno: descolgar mitos del armario y llevarlos al combate, nuevamente



No sé qué impresión llevarme cuando, después de mucho autodespojarme de todo tipo de palabrería, me doy cuenta de que siempre ha estado sumergido dentro de mí el pensamiento de Miguel de Unamuno. Como en esa pequeña novela, San Manuel Bueno, mártir, en que se muestra el bello lago glacial de Sanabria. Se dice que bajo sus aguas está un antiguo pueblo hundido. Don Manuel, el párroco del lugar, lo recorre cotidianamente, lo mira, se asoma a sus aguas, pero en realidad la profundidad está en él. El lago nada sabe de profundidades, es la vida apacible de don Manuel la que tiene una vieja ciudad sumergida. Allá abajo, detrás de la apariencia está la eterna angustia viva, respirando bajo las aguas. Sólo uno mismo, y no siempre, decide bucear para encontrar esa angustia inconfesable. Hay más, muchas cosas sepultadas, y esta metáfora de Unamuno es muy útil. Sirve para confesar sin confesarse. Sirve mantener oculta pero actuante la parte primigenia del pensamiento. Todo lo que tenemos fuera, mostrando a los demás, es una construcción racional, justificante de nuestro actuar, pero dentro: angustia irracional. Como si el mundo se construyera sobre eso. Pero debe de existir entonces una ruptura, pues si no: ¿cómo sería posible la serenidad, la fuerza de espíritu para construir una argumentación que permita vivir? ¿Cómo se sostiene sobre bases tan débiles como la angustia de uno mismo? No lo sé… tal vez porque es un lago, un bello lago de pensamiento, que no deja percibir la profundidad. Sé que una imagen así conduce a un principio irracional, instintivo. Esa Voluntad de la naturaleza sobre la que levantamos nuestro pensamiento pues no podría ser de otro modo, ya que la Voluntad nos pone en pie, aunque no queramos, y nos lleva hacia algún sitio que no vemos. ¿Somos sinceros? ¿Sabemos, aunque no lo manifestemos, qué vestigios iniciales yacen bajo nosotros? Es, claro, una definición personal. Es decir, un pensamiento construido sobre la individualidad. No es tan difícil adivinar que bajo estas aguas, no tan ocultos, están las ideas de Schopenhauer y Kierkegaard, no debí de mencionarlos, eran tan obvios. Esa obcecación en llevar la contraria, puede provenir del filósofo danés. Siempre estar en contra. “¿De qué están discutiendo, para oponerme?”, es una frase que escuché atribuida a don Miguel. Su irracionalismo consiste en asumir esa fractura entre razón y realidad, lo que lleva a una eterna persecución, ya que la realidad nunca terminará de ser apresada por el pensamiento. La realidad siempre saldrá movida en nuestra fotografía, en nuestra representación mental. Aun cuando le digamos que no se mueva, aun cuando ella sinceramente quiera salir bien en la foto. Porque nada le cautiva más a la realidad que saber cómo es. Comenzando porque no tiene ojos, es ciega de nacimiento. Los ojos para verse son nuestros. Muy bien, podemos hacerle un retrato hablado para que se conozca. No podemos decirle: “Conózcase a usted misma”, como aconsejaba el oráculo. Necesita de nosotros, pero cada uno de nosotros le entrega una descripción diferente. Si un día se pierde, nadie podrá encontrarla si depende de nuestras descripciones. Además, cuando la Realidad se percata de por qué persistimos en retratarla, se irrita. “Éstos lo que quieren es perdurar, trascender, retratarse ellos mismos”, dice de nosotros, que tenemos tan pocos recursos para aspirar a la inmortalidad. Salimos a vivir, que equivale a decir: a actuar, en el escenario de la vida. Una única vez, sin ensayo y sin repeticiones. Sin embargo, el teatro tiene la ventaja de que encarna una y otra vez, porque en el viejo teatro griego se representaron más que vidas individuales, mitos. Para mí, es fundamental. Insisto en leer la realidad con esos anteojos, así como antes que yo otros lo hicieron. Unamuno decide regresar, regresar por el camino del pensamiento, algunos cientos de años, para volver al momento en que la razón tomó un camino diferente del mito. Así que sus obras filosóficas y literarias coinciden, se erigen en el mismo punto del camino, porque no se han dividido aún. Llamar a Antígona, descolgarla del armario de personajes y sacarla a vivir de nuevo, pero en el escenario de España de principios del siglo XX, es algo que le da sentido a la Historia. Otros lo hicieron, por ejemplo Alfonso Reyes recurrió a Ifigenia; Martín Luis Guzmán, a la tragedia, pues como decía Carlos Montemayor, La sombra del Caudillo es una especie de tragedia griega, en que el protagonista se dirige a su destino fatal a pesar de que todo mundo se lo advierte. No hace caso del coro, que insiste en despertarlo. No es inútil seguir este método, pues enel caso de Unamuno, él logra llegar a ciertas categorías antropológicas para explicar los hechos que lo rodean. concluir que la civilización se funda sobre el incesto (Edipo y Yocasta) y el fratricidio (Polinices y Eteocles), los crímenes originales que se buscan ocultar. Meditar, meditar, que equivale a produndizar, rascar bajo tierra para construir un hormiguero. No se trata de colocar falsamente un mito sobre la Historia, para que los sucesos tengan un determinismo y se dirijan fatalmente a su destino. Por el contrario, se recopilan los relatos, los sucesos y se le pregunta por qué realizaron ciertas decisiones. Detrás de las decisiones, está el determinismo. Detrás del determinismo está la libertad. Son las dos caras de la moneda, mientras más se conoce el determinismo, más aflora la libertad. Eso también es algo muy dicho, pero no está de más reiterar, pues rápidamente se olvida esa condicionante de la libertad. Y Unamuno, él vuelve su pensamiento contra él mismo, por lo que llega a ser irritante. Profundamente, irritante. Siendo colaborador de los anarquistas y los marxistas, de pronto decide su conversión al jesuitismo. Me molesta bastante, no se queda quieto en ninguna idea. Además, siendo un hombre que murió en 1936, vuelve a irritar de nuevo, pues considera que la “posteridad” es una guerra entre vivos y muertos. Así que tomamos partido sin quererlo, imponiendo nuestras ideas contra los muertos, pero ellos siempre vencen. Determinan lo que somos, construyeron las armas intelectuales que esgrimimos. Los muertos crearon casi todo, y esa fabricación inmensal la confundimos con la vida. Nos dice esta frase: “Que no te clasifiquen: haz como el zorro que con su jopo borra sus huellas: despístales” (en Amor y pedagogía). Desfortunadamente, no hay sistema. Hay vida desesperada por no concederle autoridad a nadie. Es un pensamiento que no permite ser encerrado. Quisiera, al menos, aspirar a robarle algo, saquear alguna idea, llevarla a mi casa, enterrarla en la terraza, entre las plantas, a ver qué crece, qué frutos dará. Ha sido un maestro, Manuel Padilla Novoa (1939-2002) autor de un manual, el que me guió en esta ocasión por el pensamiento de Unamuno. Lo digo para coraje de don Miguel, que en los libros de Filosofía aparece encerrado entre incisos, citas bibliográficas y demás recursos de embalsamamiento que utiliza la academia. O para gusto suyo… porque es evidente que no descansa plácidamente dentro de este tipo de libros.

 

Manuel Padilla Novoa. Unamuno, filósofo de encrucijada, pról. Javier Sadaba Garibay. Madrid, Ediciones Pedagógicas, 2021. (Serie Historia de la Filosofía, 25)

sábado, 1 de febrero de 2025

El gran libro de Satán, de Jorge de Cascante



No sé qué opinión tenga Satán en torno a nuestra variada imaginación. A veces tenemos una muy mezquina idea del mal, reduciéndola a nuestra desventura personal. En otras ocasiones, hemos llegado a pensar que el Diablo es un aliado de los planes de Dios, encargándose de administrar la condenación eterna de las almas pecadoras. Reflexionar profundamente sobre el Maligno nos llevaría a quitarle la máscara, pues sería ilógico concebirlo como un enemigo de Dios, dueño de un inmenso reino de Ausencia del bien. Sería una demostración del fracaso de la Omnipotencia. En fin, literariamente tiene Satanás una larga tradición que lo muestra como un refinado caballero (o dandy) preocupado por nuestro destino. Secretamente nos ayuda, aunque tal vez seamos nosotros los que cavemos nuestro castigo. Somos culpables de no leer las letras pequeñas de nuestros contratos. La idea que tenemos de él obedece a nuestras diferentes épocas, de ahí que el Diablo de hoy sea naíf y muy limitado en cuanto a maldad. Nos lo imaginamos preocupado por nuestro destino individual y desinteresado del destino de la Humanidad. En ese sentido tiene una notable competencia de parte de cierto sector de los Empresarios Inmobiliarios Neoyorquinos postulados por el Partido Republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, o bien de alguno de los Notables Egresados del Massachusetts Institute of Technology que despacha de Ministro de Israel en Beit HaNassi. El Demonio tiene más aficiones literarias, lo cual lo hace más estimable. En fin, no indagaré en esa misteriosa relación de Satanás y Dios, pues como dice uno de los antologados en este libro: las guerras del mundo se han llevado a cabo siempre en nombre de Dios, y nunca en nombre del Diablo. Es cierto que extrañé la presencia de Goethe y, por nacionalismo, de El tercer Fausto, de Salvador Novo. Pero en cambio descubrí al menos tres autores que realizan una notable irrupción del mal en sus textos: Michael Chabon (“El Dios de la Risa Oscura”), Shirley Jackson (“El amante demoniaco”) y Sofía Rhei (“Sándwiches de pepino en pan sin corteza”). Hasta hoy, creo que mi cuento favorito sobre el Diablo es “Enoch Soames” (se incluye un fragmento); pero Bulgákov, pero Fernán Caballero, pero Nathaniel Hawthorne…, ellos deberían de gozar de todas las consideraciones del Demonio. Finalmente, cada uno de estos autores tiene una Teología de ocasión. Silvina Ocampo imagina que las leyes del cielo y del infierno son bastantes versátiles. Al final de tu vida, llegan los demonios y los ángeles y te llevan, a través de los corredores, al centro de tu vida. Te harán creer que eres niño y te harán elegir tus preferncias entre todos los objetos. Víctima de la Envidia, no puse comillas en el pasaje anterior, para que pareciera mío. Bueno, lo alteré un poco. Lo imporante aquí es que uno no sabe de qué depende la entrada al cielo o al infierno: “si eliges más cosas del cielo que del infierno, corres el riesgo de ir al infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia”. Además de varios pasajes que despiertan más veces el pecado de la envidia, el libro incluye numerosos fragmentos de autores que se han referido a Satán, para que uno siga por su cuenta la documentación de esta sincera y duradera amistad.

 

Jorge de Cascante (ed.). El gran libro de Satán, ilustraciones de Alexandre Reverdin. Barcelona, Blackie Books, 2024.