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sábado, 16 de mayo de 2026

Freud y la “ideología de género”



Me gustaría que leyeran el libro ¿Ideología de género? Disputas políticas sobre la diferencia social (Taurus, 2025), de Marta Lamas, antes que mis anotaciones. Sin embargo, es importante compartir algunas de sus ideas generales. En primer lugar, que escuchamos recurrentemente el concepto de “ideología de género”, usado por el pensamiento conservador como uno de sus más importantes enemigos. Desde Papas y Presidentes hasta senadores del PAN, escuchamos que la “ideología de género” es el dispositivo de dominio usado en contra de la familia y de los niños como una manera de perversión. En estas tres palabras, el conservadurismo ha encontrado al causante de todos los males sociales. Sin embargo, afirma la autora, “ideología de género” sería en realidad el pensamiento que concentra las indagaciones sociales e intelectuales que han resultado del cuestionamiento de una esencia del ser humano. Los hombres no somos de algún modo, ni las mujeres de otro: representamos un papel en sociedad. Marta Lamas presenta a Sigmund Freud (1856-1939) como el pensador de que proviene la moderna idea de “género”. Aunque el libro trata de muchos aspectos más, comparto aquí las ideas centrales sobre el autor austriaco y su repercusión en el pensamiento actual.

 

El concepto de género

Generalmente se piensa que sólo se nace mujer u hombre, pero existen personas intersexuales (1 de cada 3,000, aproximadamente), que nacen con órganos sexuales ambiguos (los antiguamente llamados hermafroditas). Desde el punto de vista biológico, esta diferenciación entre hombre y mujer tiene sus dificultades. Sexo sería la condición biológica, en tanto que género es lo que cada persona decide ser.

La filósofa estadounidense Judith Butler, quizá la teórica de género más leída hoy, ha basado sus ideas al respecto en Freud, al plantear el “género” como un acto performativo. Es decir, que el sujeto “actúa” su género de acuerdo a las normas que recibe de la sociedad. Freud plantea que la libido es indiferente al sexo anatómico. La orientación sexual de cada persona se resiste a aceptar (desde el inconsciente) el mandato cultural heterosexista, es decir, aquel que considera que sólo la heterosexualidad es natural, el que piensa que la homosexualidad es una desviación de la norma natural de la conducta humana. (p. 56)

 

Biología y sociedad

Hay exigencias culturales que oprimen a muchas personas. Freud, en 1930, consideró que esas opresiones constituyen “el malestar en la cultura”. El Yo, para vivir en sociedad, tiene que reununciar a sus instintos y restringir sus posibilidades de satisfacción. Por lo menos, posponer la satisfacción: trabajar de día, disfrutar de noche. Ante la variedad de deseos que se dan en sociedad, el gran problema de ser humano sería la coexistencia pacífica con el otro. Desde el siglo XVIII hasta hoy, la idea de la “tolerancia” ha venido a significar “soportar al otro”. Por esa razón, se plantea en este libro que se busquen las maneras de llegar a una “tolerancia respetuosa”. La finalidad de la actuación en sociedad tendría que consistir en lograr el respeto a la diversidad.

Sin embargo, la gran mayoría de lo que pensamos se encuentra en el inconsciente, sólo que aún así deja una marca social. Aun cuando leer nuestra sociedad,  sus productos culturales y la esfera política requiere que recurramos a una lectura simbólica, todavía hay muchos espacios en donde se quieren olvidar los aportes del psicoanálisis. Todavía existen perspectivas “científicas” que pretenden ignorar los aportes de Freud. (pp. 77, 80)

 

Freud en la base del pensamiento liberador

No importa que el pensamiento de Freud provenga del discurso científico: muchas sociedades han visto una afrenta su pensamiento. Todavía no se logra despenalizar la homosexualidad en muchos países del mundo. Con mucho retraso, la OMS desclasificó la homosexualidad de la lista de enfermedades en 1990. Ni siquiera la totalidad de la Unión Europea acepta el matrimonio igualitario (23 de 27 países lo consideran legal). En África sólo Sudáfrica reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo. Todavía en 2020, la tercera parte de Polonia se declaró “zona libre de LGBT”.

La batalla cultural consiste, como se dijo antes, en construir el respeto por el otro. Ha sido difícil avanzar en este sentido. Todavía falta mucho para llegar, por ejemplo, a conocer el deseo trans, quizá la comunidad más frágil entre todas las que forman la diversidad. Esa sensibilidad hacia el otro la odia el pensamiento conservador. Aunque Foucault es el filósofo preferido en los colectivos gays y feministas, quizá se deba de insistir en el pensamiento de Freud, en su amplitud, en su extensión filosófica. El pensador que nos dijo que el deseo humano, a diferencia del animal, nunca se colma. Nuestro deseo sólo tiene límites impuestos por la cultura. (pp. 95-96, 110, 157, 159)

 

Los nuevos herejes

A los antiguos herejes los quemaba la Inquisición. Hereje es el que cuestiona el dogma. Nos toca ser los herejes de hoy. El heterosexismo, uno de los dogmas contemporáneos, que convive con el imperialismo y el neofascismo, considera que la homosexualidad es una degeneración alarmante. Pierre Bordieu dice que el orden social es una inmensa máquina simbólica dominada por el hombre. Entre otras cosas, se ha usado para domar el deseo sexual de la mujer y crear el ideal de “madres no sexualizadas”. Pero el deseo sexual es indomable.

Hay otro aspecto importante que expresa la filósofa francesa Geneviève Fraisse: que en la vida humana el sexo siempre es exceso. El conservadurismo (por ejemplo el fascismo de hace un siglo) ha comprendido que el sexo desborda y provoca desorden. De ahí su afán de medir moralmente la energía del se humano. Por eso el control que las mujeres tienen de su propio cuerpo es un eje fundamental de los conflictos contemporáneos. Muchas mujeres comparten esta desvalorización sobre ellas a causa de la “violencia internalizada”.

Freud fue uno de los grandes herejes de la cultura. Sus escritos son fundamentales para explorar en qué se basa la eficacia de las creencias. Ya con anterioridad se pensaba que el término “sexo” no bastaba para comprender a la humanidad. Sólo hasta que se construyó el concepto de “género” se le pudo poner nombre a algo que ya se movía ahí dentro, en la intimidad, en los procesos sociales. Es cierto, “género” es un término destructivo. Sirve para que tiemblen los cimientos del mundo que funciona a través del control del deseo.

Finalmente, otro término acuñado por Freud (basado en el trabajo del antropólogo inglés Ernest Crawley) es el de “el narcisismo de las pequeñas diferencias”. Tiene que ver aquí, porque quiere decir que las pequeñas diferencias que existen entre la gente más cercana se magnifican. Pueden ser los gays los peores enemigos de los gays, siendo más cercanos, teniendo más motivos para estar en la misma lucha. Por lo que no hay que olvidar que es importante luchar también en contra de los grupos que sólo se mantienen unidos por el odio. O, como decía Borges: “No nos une el amor sino el espanto”. (pp. 185-209)

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