Otras entradas

viernes, 11 de marzo de 2022

La forma inicial. Conversaciones en Princeton, de Ricardo Piglia



 

Ricardo Piglia (1941-2017) fue considerado siempre un gran conversador, lo que trajo como consecuencia que varias de sus entrevistas fueran reunidas en forma de libro. No todas son amenas y algunas son sólo entretenidas para aquellos que demuestran alto rendimiento para las reuniones académicas. A sorbos, según mi parecer, resultan más beneficiosas. Siempre he tenido curiosidad por sus ideas en torno a la literatura y a sus intereses como pensador. Con frecuencia me digo que necesito saber de él más que frases que se citan en otros textos. Y ya que he tomado todo el día café y le he puesto bolsitas de todo tipo de sustitutos, mis metáforas únicamente revuelven una cucharadita de algo con un chorrito de algo más. Lo que significa que las ideas de Piglia me resultan como una bolsita que se le echa a la literatura para que sepa mejor, pero unas cuantas cucharaditas o sólo un chorrito. Puesto que sus ideas sirven para, a su vez, extraer algo de la experiencia estética que se pueda compartir. En el fondo se trata de mezclar la literatura con la sociedad. Básicamente, la literatura, en un diálogo en el cual los demás elementos tienen cierta independencia. Lo que le interesa es hablar de literatura, pero de literatura en su relación con otras experiencias. Cada lector sabrá a lo que le sabe este libro. Yo lo recorro pensando en las pasiones de Piglia: la novela policiaca, el consumo de arte, el guion cinematográfico, Onetti, etc. Por ejemplo, la famosa entrevista que se le hizo en Princeton (1998) tiene elementos que se pueden reconsiderar. Él hablaba de la novela como un género que había sido desbancado por el cine. De algún modo, se supone que vivimos en una sociedad que consume narrativas. Piensa que la novela vivió su época de oro en el siglo XIX gracias a su popularidad, y que los escritores han tenido que ir al cine porque este género ha instalado un tipo de narración entre la sociedad. Puesto que tengo que confesar que no he visto series, el desarrollo de esta idea de narrativa le corresponde a otra persona. Aunque es evidente que cada vez más los libros tienen cintillas que indican que inspiraron o que fueron inspirados por series. Considera también que la novela ha perdido popularidad, aspecto en el que no creo, puesto que la ésta tendría que ser considerada el género literario más popular. Quizá es que los géneros van y vienen como olas, los sentimos periódicamente cercanos y lejanos. Algunos han desaparecido para siempre, pero no los extrañamos en absoluto, como los sermones religiosos. Pero es que tal vez la novela ha tenido una relación compleja con los medios audiovisuales. Después de tantos debates infructuosos deberíamos de concluir que ella ha sobrevivido y que el debate tendría que ir por otros caminos. Aunque Piglia termina su reflexión con cierto conservadurismo: si todos se van al cine a ver la película de la novela de moda, los modernos Proust y Joyce se quedan solos para crear en libertad.

 

Ricardo Piglia. La forma inicial. Conversaciones en Princeton, ed. Arcadio Díaz Quiñones y Paul Fibras. México, Sexto Piso, 2015.

sábado, 5 de marzo de 2022

Conflictos del alma infantil, de Carl Gustav Jung

  



 

Volver al mundo de la infancia…, ¿a estas alturas de la vida? Para ello necesitaría una amplia bibliografía y un potente telescopio puesto que ese mundo se encuentra ya muy lejano. Recuerdo de él momentos, fragmentos imposibles de armar. Ni un día completo en la memoria. A veces pienso que me gustaría volver a formular la realidad como lo hizo ese niño que fui. Volver a esa (para mí) extraordinaria capacidad de darle fantasía a la vida, ensoñación. Habrían de pasar años, décadas, para enterarme de que el doctor Carl Gustav Jung (1875-1961) consideraba que la introversión es consecuencia del amor que no fue capaz de llegar a su objeto real. Amor que retorna a uno mismo y se convierte en un cauce que rodea las cosas para no tocarlas. El inmenso flujo de la conciencia. Y yo que consideraba mi ensimismamiento como una conquista estilística, una locura conducida por el lenguaje para lograr imágenes y metáforas eficientes. Pero esas metáforas serían entonces tristes simulacros del mundo. Nada real, puesto que el amor no se puede tocar y entonces se tiene que intentar construir en el texto. Pero es que no trato mucho ese tema en mis textos, doctor Jung. No importa, lo importante es que la libido ha sido desviada para no llegar a su destino. Por otra parte, la libido se esfuerza en no venir de ningún sitio. Por un lado, el amor no llega a su objeto. Por otra, uno no proviene del amor. El ser humano ha preferido, en otros tiempos históricos, abstraer su origen, tratando de desconocer la relación entre coito y gravidez. Lo que quiere decir que la niñez (cierta niñez) es una isla. No sabe su origen y la fuerza de su deseo no será correspondida. Sueña en sí misma, sueña de por sí. Y más adelante tratará de salir de ese mundo poblado de proyecciones inventadas por un Yo muy creativo. Eso significa que querrá escapar de su destino. Un destino que no se puede ver ni apreciar pues los caminos que unen el mundo circular de la infancia con el rápido devenir de la vida adulta están elididos. A aquellas fuerzas que otros llaman Dios o el Diablo, yo las continuaré llamando el Destino. No sé si tiene menos fuerza que las otras deidades para conducirme a donde no quiero. Ahora bien, el Destino me ha traído Aquí. No sé, en todo caso, si he logrado amotinarme contra él. Estar Aquí tiene una gran ventaja: es posible hacer el balance y saber si se ha llegado al presente deseado o al que obliga un hechizo que une a los hijos como una prolongación de las neurosis de los padres. Jung escribió en un mundo menos secular que éste, lo que significa que actualmente culpamos menos a Dios y al Diablo. Fundamentalmente, dice Jung, el Diablo ha caído en un mayor descrédito. Es una lástima, es el personaje que vela por nuestra lujuria y para el que han sido escritos algunos de los mejores papeles del teatro en los últimos siglos.

 

Carl Gustav Jung. Conflictos del alma infantil / Konflikte der kindlichen seele (1910). México, Paidós, 2021.

viernes, 25 de febrero de 2022

La prodigiosa vida del libro en papel, de Juan Domingo Argüelles






Hasta hace algunos años, la definición de libro era bastante sencilla. Con esta palabra denominábamos una serie de pliegos encuadernados y cuyo contenido decidía un editor (a veces con el acuerdo del autor). Pero una vez que la tecnología permitió la existencia de libros electrónicos, todo cambió. Al principio, este formato era sólo la versión en pantalla de un libro impreso. Dado que existen libros que nunca se verán editados en papel, ¿puede decirse que se trata, efectivamente, de libros? Es como si el alma se independizara del cuerpo, pero fuera el alma la que definiera el concepto de “libro”. En este caso, tal definición se hace compleja, aunque también más sugerente. Aun cuando yo no acostumbre leer libros electrónicos (me vence el fetiche de la obra en papel), sé que el libro impreso es ahora una de las categorías de la idea de “libro”. Libro designaría la unidad de una obra, o bien una conjunción de obras unidas por una idea general. En todo caso, será siempre el contenido que el editor decida que cabe en lo que pagamos por leer (física o electrónicamente). Puesto que ya existía el arte literario aun antes de la invención de la escritura, puede decirse que el libro es una larga coagulación, un formato que ha durado muchos siglos pero que no se diluye del todo. Permanece en un formato “digital”, ya que uno, como autor, decide que ha puesto punto final al desarrollo de una obra. Por comodidad llamamos libros a las obras que existen antes y después del mundo del libro salido de las imprentas. Entre las muchas actitudes posibles ante dicho fenómeno, de las páginas de este libro emana el pánico: el libro electrónico (y, en general, el mundo virtual) acarrean el apocalipsis de la cultura: la banalidad, la superficialidad, la ignorancia. De la existencia de las computadoras se deduce la decadencia de la novelística. “Lo que de veras les importa a quienes escriben es el éxito y no la cultura”, como si el culto por el éxito fuera invención reciente y no algo que ambicionaron muchos de los escritores que admiramos (Poe, Balzac, etc.). Parece que el terror que ocasiona el e-book en ciertos sectores es similar al que causaron el rock & roll y la minifalda en otras décadas. Se dice: “lo que se consiguió con internet fue… ampliar… el consumismo y la banalidad, pues si algo caracteriza a internet es la ideología del consumismo”. Pero esta idea no puede aplicarse ni siquiera al mercado (que es el fenómeno que subyace en esta frase), puesto que el mercado distribuye incluso las ideologías que lo pueden aniquilar. En ese sentido internet sería más que un aparato ideológico, más que un lugar en que se produce la ideología: el medio y la red de destinatarios, simulacro de mundo, contenedor de delirios. Ha estructurado nuestro pensamiento, pues para explicar mundo de afuera recurrimos a las metáforas del mundo virtual. 


Juan Domingo Argüelles. Leer y escribir en la modernidad digital. México, UNAM-Cal y Arena, 2020.

sábado, 19 de febrero de 2022

Arquitectura contemporánea en Europa Oriental, de Udo Kultermann

  



 

La arquitectura es un arte que conjuga el tiempo artístico en presente de indicativo. Aquello que pudo ser o que sería bueno que fuera, al convertirse en edificio se vuelve real. Aun perteneciendo a mundos desaparecidos, sus edificios son la forma de la persistencia. El libro que me dedico a ojear es una especie de carta de una sociedad que pudo seguir siendo, el mundo socialista de Europa del Este. Es difícil (para mí, imposible) definir ese estilo, y sin embargo lo identifico en otros lugares, en ciudades y en monumentos. Puedo recorrer las calles de cualquier lugar y decir de pronto: aquí está la influencia de esa arquitectura que se encuentra regada por Europa del Este. El socialismo real cayó o fue derrumbado –otro edificio inmenso–, pero sus vestigios tienen vida, vida reconstituida porque aquello que fue creado con cierta ideología ha tenido que ser habitado por el capitalismo. El molusco invasor se mete a los edificios que dejó aquel otro que los creó. Y viendo el catálogo de construcciones, me fijo en algunas. Como en aquella que albergó la Administración de Construcción de Puentes y Carreteras en Georgia, es la sede del banco de aquel país. Es un edificio complejo, un laberinto hecho de hormigón. Los conocedores lo llaman: “muestra del brutalismo arquitectónico soviético”. Antes de comenzar a escribir, sólo tenía intuiciones, que se van afinando gracias a los expertos, por los cuales voy sabiendo que el brutalismo es un estilo de geometría repetitiva hecho fundamentalmente con concreto, proveniente de Le Corbusier y reconocible porque deja la estructura interna descubierta a simple vista. Son inmensas flores arquitectónicas que florecieron por las ciudades y las praderas del Socialismo tardío. No sé por qué se eligió en esa arquitectura estatal este modelo estético. No lo sé puesto que no asimismo ignoro las proclamas estéticas de sus creadores. Sólo puedo conocer la proclama que es la construcción en el espacio. El historiador del arte Udo Kultermann (1927-2013) revisó largamente en sus obras esta ramificación de la arquitectura contemporánea. Lo hizo sin saber que reseñaba una forma de sociedad que terminaba. Aconseja recordar Exposición Internacional de París de 1937, en donde se construyeron diversos pabellones arquitectónicos representando 44 países. Fue la Exposición en que se mostró el Guernica de Picasso. Aun cuando hubo numerosas propuestas (Francisco Keil do Amaral, de Portugal; Alvar Aalto, de Finlandia; y José Luis Sert, de España, entre muchos otros), lo que realmente destacó fue la oposición entre los pabellones de la Alemania nazi –proyectado por Albert Speer– y la URSS –creado por Borís Iofán–. Antes de enfrentarse a muerte, se enfrentaron en efigie. El pabellón alemán, con su águila de nueve metros cuyas garras sostenían una enorme suástica, se encontraba frente al pabellón ruso. Era cosa de cruzar la calle para entrar al coctel de inauguración del enemigo. No me importa ahora la estética nazi, las referencias de la antigüedad clásica que inspiraron a Speer. Miro hacia la propuesta de Iofán (el gran representante del “gótico stalinista”) para interrogarla un poco. Enrique Solé León describió, teniendo en sus manos el catálogo del evento (en “La Exposición Internacional de 1937. Cómo organizar un evento mundial antes de la tragedia”, Revista Fua), algunos detalles: rusos y alemanes presentaron ambos, una torre, pero Iofán se decidió por coronarla con una enorme estatua El obrero y la koljosiana, de la escultora Vera Mikhina, primera escultura realizada en el mundo con acero inoxidable. Quiero hacer algunas preguntas al pabellón ruso. Una postal que muestra ambas construcciones frente a frente deja ver que el edificio alemán es fundamentalmente un bloque austero, en tanto que el ruso es más compacto, hecho de bloques sobrepuestos, sobre los que se encuentran los dos cuerpos humanos. Hay movimiento en ellos, cruzan ambos la hoz y el martillo. Hay varias maneras de aproximarse a esta arquitectura. Una de ellas es la que propone el director austriaco Nikolaus Geyrhalter, en su documental Homo sapiens (2016): una serie de tomas fijas en lugares donde los hombres han desaparecido. Sitios que nos hablan desde un lugar impreciso del futuro o del pasado. O de un presente alternativo en que las cosas pasan sin nosotros. Podemos mirar el Monumento Buzludja (alguna vez fue el proyecto más ambicioso de la arquitectura búlgara), un inmenso salón de sesiones soviético: aparece filmado como es hoy, casi destruido, combatiendo diariamente el sol y el viento, y la nieve durante unos meses al año. La policía lo rodea hoy todos los días para evitar el vandalismo. Y en el documental, con su foto fija, sólo se escucha la dura reflexión del viento solitario. La belleza del abandono existe. Pero hay otro tipo de belleza, un poco más modesta. No sé si decirle modesta. Se trata de la que acompañó originalmente este tipo de arte, una concepción en que la estética era un añadido, un plusvalor que podían tener o no los edificios. Las autoridades del funcionalismo arquitectónico explicaban que la forma va detrás de la función del edificio. Diría yo que la forma de la belleza es su función. Por alguna razón, me parece que esos funcionalistas eran ciegos a la que producían. Decía que hay otras maneras de aproximarse a este mundo arquitectónico. Por ejemplo, conocer la manera en que la gente ha vuelto a habitar los edificios que les dejó el Socialismo. Mientras se recorren con la vista los países que compartieron esta estética, se mira que según la región los artistas pretendieron dialogar con la arquitectura vernácula. En el caso de Uzbekistán, los arquitectos asimilaron la tradición islámica: la importancia de los patios interiores, la ornamentación y las artes decorativas. Miro el edificio del ministerio en la capital, Tashkent: de geometría simple, pero atravesado por múltiples y complejas líneas rectas. Antiguamente se encontraba en la Plaza Lenin, aunque conforme se pasó a estar dentro de la esfera de influencia estadounidense se llamó “Plaza de la Independencia” y el monumento a Lenin fue desmantelado. (El determinismo económico al que llamamos “libertad” e “independencia” tiene otro tipo de arquitectura menos humana y con su dosis de belleza industrial, bastante más repetitiva en el mundo de lo que se le acusaba a la arquitectura soviética.) Revisar la vida y las obras de estos arquitectos es fascinante, pero rebasa cualquier buena voluntad ya que no existe tiempo para profundizar en ellas. En Hungría esta nueva arquitectura se adaptó a la estética de las ciudades. Se decía: “Socialista en el contenido y nacional en la forma”. Desafortunadamente, para hablar de arquitectura las generalizaciones no dicen nada. Es necesario referirse a edificios concretos, de la sensación que causa cada espacio. Yo, por razones sentimentales, me dejo llevar por estos espacios. Paseo largamente la mirada por la estética de influencia soviética. Son monumentos, lo que significa que tienen como fin hacer recordar. Aunque tengo la impresión de que en la amplia geografía en que se encuentran, se les ha desmantelado de significados. 

 

Udo Kultermann. Arquitectura contemporánea en Europa Oriental / Zeitgenössische Achitektur in Osteuropa (1985), tr. Miguel Vila. Barcelona, Stylos, 1989.

sábado, 12 de febrero de 2022

Una feminista de antaño



 

Hace poco tiempo que el rostro de Hermila Galindo (1886-1954) aparece en los billetes de mil pesos, detrás del presidente Madero. Me temo que sus ideas no circulan con la misma frecuencia ni van de mano en mano. Bueno, los billetes de mil tampoco. Pero tampoco las personas que los pueden apreciar me imagino que piensan en Hermila. Ignoro si aparece entre las listas de mujeres que les dicen algo a las de hoy. Siendo, como fue, una mujer combativa y centrada en los derechos políticos y educativos de las mujeres, no deja de ser un personaje de otro tiempo. Su agenda de actividades estuvo subordinada a los ritmos de la historia que dictaban los hombres: Hermila se integró a la Revolución inspirada por Madero y siguió después fielmente a Carranza, de quien fue secretaria particular. Tanto dependió de estas figuras que su propia imagen se desvaneció después del asesinato de este último, en 1920. Años más tarde, la recordaron para darle una medalla por su mérito. Pero ciertamente tuvieron que ir a sacarla de esa tumba llamada hogar en donde se encontraba. Siendo de otra época, decía, no se podía evitar que una vez que pasara ese tiempo de la juventud fuera destinada al matrimonio, a olvidar sus méritos políticos e intelectuales. Es que ella, nos informa esta valiosa biógrafa de Hermila, se dio a conocer porque en 1909 tomó en taquigrafía un discurso pronunciado en Torreón a favor de Benito Juárez, con ataques a la figura de Porfirio Díaz. Puesto que el alcalde recogió el original a su autor, la copia de Hermila llegó a manos del hijo de don Benito. Así que la modesta escritura rápida de esta joven la convirtió en una propagandista política y en una oradora que impresionó a Venustiano Carranza desde el día en que la escuchó. Las olas de la Historia suben y bajan, y entre ellas a veces aparece el rostro de Hermila Galindo, y a veces, muchas más veces, desaparece, se la traga el agua. Ésa es la causa de que muchas de sus obras –prácticamente todas– hayan sido inundadas: el semanario Mujer Moderna en que publicó sus ideas en torno a la educación femenina, su participación en dos Congresos Feministas (en Yucatán): en el primero de ellos pidió la educación sexual para la mujer. Pero lo más destacado quizá es que fue ella la primera en pedir el voto para las mujeres, iniciativa que fue leída, analizada, valorada y rápidamente desechada por los buenos constitucionalistas de Querétaro. Eso no le impidió ser la primera mujer que logró una candidatura para diputada, en 1917. Olvidaba exponer los razonamientos de aquellos opositores al voto femenino: que al ser la clientela preferida de la Iglesia, el clero dominaría las ideas políticas de las mujeres. Así que Hermila contestó sencillamente: “Existe un remedio: ¡la escuela laica!” Murió hace mucho (por suerte le tocó presenciar el voto femenino), su figura se desgastó como papel viejo. Quedan varios de sus escritos políticos en que se advierte su valor, su ironía, la fortaleza de su pensamiento. Es decir, valores muy poco femeninos y muy poco valorados. Y fue enemiga del sentimentalismo. Eso lo demuestra una anécdota. Cuando amenazó con presentarse a votar, le dijeron en un periódico: tan fácil como que le echarán a la basura su credencial. Y ella, sin importarle, respondió con una sola frase: “La Srita. Galindo no llorará si le desechan su credencia”. Sutil y elegante actitud ante una sociedad entera que tenía en contra.

 

Rosa María Valles Ruiz. Hermila Galindo, sol de libertad, 2ª ed. México, Gernika, 2015.

viernes, 4 de febrero de 2022

Yoga, de Emmanuel Carrère



 

Según leo, la crítica literaria dice que el francés Emmanuel Carrère (1957) reinventó la no-ficción. Antes de leer Yoga no sabía nada de este autor. Me dijeron: “Empieza por otro libro”. Pero como era el que tenía en las manos, no dejé de leerlo. Al fin, cualquier texto es una puerta de entrada a un escritor, sea buena o no. En el fondo, no sé si se trata, como dicen muchos, de que Carrère haga o no ficción con su propia vida. Es cosa de reflexionar en torno a si es posible no hacer ficción con un material tan huidizo como el “yo”, reflexión que no me interesa mucho: si la ficción es el procedimiento exclusivo para fijar la propia personalidad en un texto. Sería entonces muy difícil lograr aquello de lo que se jactaba Rousseau, que podía presentarse ante el tribunal de Dios con su libro de Confesiones bajo el brazo. En todo caso, quien sí se presentó ante un tribunal con su libro bajo el brazo fue Carrère, demandado por Hélène Devynck, su exesposa, con quien había firmado un contrato comprometiéndose a no mencionarla en sus obras futuras. Cuando ella leyó Yoga pudo percatarse de que la sinceridad prometida por el autor era inexistente. Quienes lo conozcan sabrán que la sinceridad del libro se encuentra adulterada, construida de un modo autoexculpatorio. La sinceridad como sirviente del narrador… Como idea literaria, es la primera que se erradica en las clases de crítica. La sinceridad, de hecho, es la principal acusada, la que despierta las sospechas de todos los críticos. ¡No creerle al autor!, la regla más importante. ¿Qué pretende al contarnos su historia, de qué nos quiere convencer? Ni siquiera le digan “autor”, cuando le corresponde la categoría de “narrador”. Alguien desposeído de su propia experiencia, si es que la tuvo alguna vez. No nos consta. Disculpen por lo que voy a decir, pero creo en la palabra de la sinceridad, la gran indiciada. Creo con gran ingenuidad en sus afirmaciones, porque de algún modo es el autoengaño en cuya neblina caminamos al escribir. Seguimos esa serie de ideas en busca de una verdad, ya sea una verdad propia o una literaria. Un yo que construimos para olvidar al que nos acompaña a lo largo del día. Naturalmente, no es la misma noción la que tienen la ex señora Carrère y su abogado. Ellos creen, más prácticamente, en que la literatura está en el cuarto de al lado. Se abre una puerta y ya se está rápidamente en la literatura, sin transición. Como esos malos actores que son uno y el mismo dentro y fuera de la pantalla…

 

Emmanuel Carrère. Yoga (2020), tr. Jaime Zulaika, 3ª ed, 1ª ed. mexicana. Barcelona, Anagrama, 2021.

viernes, 28 de enero de 2022

Fama y oscuridad, de Gay Talese



 

Por estos días, Gay Talese (1932), uno de los padres del “periodismo literario”, festeja sus noventa años de vida. De sus textos, los periodistas y los escritores pueden extraer grandes moralejas. Pero eso no quiere decir que las extraigan o que las sigan. De hecho, Talese tiene la idea de que el periodismo se encuentra desvirtuado. Algunas de las principales razones es el uso desmedido de la grabadora (que le permite al reportero dejar de prestar atención a su entrevistado) o lo poco rentable que es para un autor la investigación profunda en sus temas. La prosa tallada con dedicación tendría en contra la prisa de las redacciones. De ahí que la sensación de que el tiempo pasa vertiginosamente entre las páginas de esta recopilación de sus textos no sea más que una más de sus argucias como escritor. Me llaman la atención varias de sus ideas. Por ejemplo, considera que un reportero no debería de poner lo primero que uno de sus personajes le contesta. Por el contrario, se atreve a detener la conversación y le pregunta a su entrevistado: “¿Está seguro de que quiere contestar eso? ¿No quiere tomarse un tiempo para pensarlo bien?” A fin de cuentas, la crónica es una foto para la posteridad. Si esta idea se trasladara al fotoperiodismo sería muy mal juzgada. En ese ámbito se valora por sobre todo la objetividad y la espontaneidad. Nada de retoques. No se debe de pasar a la realidad por la sala de maquillaje. Esto deriva en una discusión en torno a la objetividad que no nos lleva a ninguna parte. O nos lleva a una visión muy estrecha del ejercicio periodístico. La protagonista de este libro es la ciudad de Nueva York, pero una ciudad que fue hace tiempo. El autor habla del lejano momento en que, allá por los años 50, un animal de dimensiones lovecraftianas se posó definitivamente sobre las aguas del estrecho que separa Staten Island y Brooklyn. Entonces, los viejos barros neoyorquinos sintieron la primera de las inmensas pisadas del puente Verrazano-Narrows, siempre proyectado, siempre cancelado. Su construcción terminó con barrios enteros, los vecinos se fueron para siempre, pero el autor tuvo la paciencia de preguntar sus historias y de colocarlas en uno de sus capítulos. En otro colocó las ideas y su evolución en torno a la construcción de los puentes. Un capítulo más contiene la vida de los trabajadores que hicieron posible esta obra de ingeniería. Y no falta aquel que se refiere a la atracción del vacío, a las muertes que ocurrieron durante la edificación del (entonces) puente más largo de los Estados Unidos. Lamento tanto no tener más herramientas para dar idea –aunque sea en forma de maqueta– de la ingeniería de Gay Talese. Para hablar de sus grandes reportajes que le dieron fama: su hipnótica no-entrevista a Frank Sinatra, el personaje que pasa a lo lejos, enojado y resfriado, por las páginas de una crónica que deja plasmada su personalidad. O de su exhaustivo conocimiento de las profesiones exóticas que se dan en Nueva York: la vida de las 200 adivinas de la ciudad y las necesidades que satisfacen a sus clientes (compuesto en un 80% por mujeres que tienen problemas en torno al amor). Puesto que todo en esta vida está regido por la ley de la oferta y la demanda, Nueva York necesita de más adivinas. Así que las más viejas dan clases para nuevas médiums en la zona de la Calle Setenta y Ochenta de Manhattan. Dan, o daban, según se hayan modificado la renta de la ciudad, la credibilidad en esta profesión y la necesidad de amor entre los neoyorquinos.

 

Gay Talese. Fama y oscuridad / Fame and Obscurity (1970), tr. Emma Barzini. Madrid, Grijalbo, 1975.