Mohamed Chukri (1935-2003) fue un escritor de Tánger. No de Marruecos, sino de un pequeño universo llamado Tánger, que ha atraído magnéticamente a numerosos autores. Paul Bowles se instaló ahí en 1947 y mantuvo un círculo de artistas del que formaron parte Tennessee Williams, Truman Capote y Gore Vidal; también en Tánger escribió El cielo protector (1949), su testimonio literario de la ciudad. Precisamente Bowles tradujo al inglés la novela de Chukri, convirtiéndose en su principal impulsor. Tánger fue también la ciudad que obsesionó a William Burroughs, pues en ella escribió la mayor parte de su novela El almuerzo desnudo, pero la llama Interzona, espacio en que exploró la droga y su homosexualidad. Otros autores atraídos por Tánger: Henri Matisse, Jean Genet, Jane Bowles. Sin embargo, el escritor tangerino Anouar Majid dice que estos autores vivieron en su propia burbuja, ajenos a la verdadera ciudad. Arqueología de la gentrificación: artistas extranjeros, con sus problemas particulares, con el paisaje del exotismo de fondo. Ya lo hemos visto bastante. Sin embargo, no creo que esta consideración alcance a Paul Bowles, quien se quedó definitivamente en esta ciudad, y que conoció a Chukri. El pan desnudo no es más que la detallada narración de su propia vida. No una autobiografía, ya que no se concentra en sus sentimientos. No unas memorias, ya que no pretende mostrarnos su tiempo a través del recuento histórico. Parece más un testimonio, algo que para Juan Goytisolo tiene más cercanía con la cultura árabe. El testimonio, como género, parece tratar de darle a quien lo escribe un lugar en el mundo, una explicación de su situación y de sus decisiones. Chukri nació en la pobreza y creció entre el crimen y la prostitución. Algún día se encontró con la literatura, la cual lo ayudó a darle sentido a su propia existencia. Se acercó al idioma español, también escribió sobre su trato con Tennessee Williams y Jean Genet, fue censurado en su propia lengua (esta novela fue prohibida en árabe hasta el año 2000). Había vivido dentro de una familia llena de violencia, su pequeño hermano menor murió estrangulado por su padre, en un aranque al ver el hambre del niño. Chukri miró a su madre aceptar ese destino, pero a los once años decidió huir de su casa para vivir en las calles. Se prostituyó, convivió con prostitutas, conoció el mundo del crimen, pero lo miró como se mira un paisaje irremediable. Aprendió incluso a querer a esa comunidad marginal. A veces, en el decurso de su narración, se pregunta por el destino de alguna mujer que lo amó y luego lo odió. Gente que se perdió entre las calles y la vida de Tánger. Él mismo se perdió, llegó a jardines escondidos, en que mujeres desnudas bailaban para hombes que las miraban, sentados bajo un árbol. El olor almizcle perfumaba el ambiente, sólo que esa fragancia me llega sin aroma, pues la mencionan los poemas. Sale de las glándulas de un tipo de ciervo asiático. El vino moscatel pasaba de mano en mano, pero yo no percibo el sabor floral de las uvas que se trituraron. Se oyen las mandolinas, la derbuka y la pandereta, pero soy sordo a esa música. Percibo, desafortunadamente, ese pasaje erótico como del otro lado de una gasa. Sólo escucho las voces de los jóvenes marroquíes que miran mujeres entusiasmados. “¡Tienes suerte!” “¿Por qué?” “Porque tienes una mujer que te hace compañía, a la que además, le pegas cuando quieres”. Era el jardín de erotismo en que se sembraban estas ideas brutales.
Mohamed Chukri. El pan desnudo (1973) / الخبز الحافي, tr, Abdellah DjBilou, pr. Juan Goytisolo, 2ª ed. Barcelona, Montesinos, 1988.
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