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jueves, 1 de enero de 2026

Celio González, de Rafael Figueroa Hernández



La música es fundamental en la filmografía de Federico Fellini, como lo demuestra cada una de sus películas. Por ejemplo, la inclusión de Patricia, el famoso mambo de Dámaso Pérez Prado, en La dolce vita (1960). Sin embargo, me parece que en ocasiones la excesiva presencia de la música circense desvirtúa lo que podrían ser escenas mucho más memorables. En la cinta Bocaccio 70 (1962) aparece por unos minutos un grupo de músicos cubanos tocando una olvidable rumba. Si el director hubiera sabido que uno de esos músicos cubanos era José María Quiñones, autor de Cien mil cosas y Vendaval sinrumbo, éxitos de Celio González (1924-2004), quizá no lo hubiera desaprovechado de ese modo. Como dejó Cuba para residir en Toulouse, escribió en francés sus recuerdos musicales… Otra de sus canciones, Mi cocodrilo verde tiene una bella versión de Caetano Veloso. Pero la más famosa es Los aretes de la luna, que hizo popular Vicentico Valdés.Por desgracia, no es este compositor mi tema ahora, sino el creador de sus éxitos, Celio González, quien tampoco fue muy apreciado por el cine. Hay una cinta, Ole Cuba (1957), en que se puede admirar lo que era una actuación de la Sonora Matancera: Celio González canta No te quedes mirando y Celia Cruz, Me voy a Pinar del Río. (Ahí cantan separados, pero afortunadamente grabaron un dúo con la Sonora, Madre rumba). El secreto de las sonoras: dos trompetas al unísono. Las trompetas legendarias de la Matancera: Calixto Licea y Pedro Knight. Tampoco ha sido costumbre de los historiadores sentarse a escuchar a las grandes leyendas del cine, la música y el teatro. En cambio, sí es algo que acostumbra Rafael Figueroa Hernández, quien ha recogido testimonios muy valiosos para la historia musical que une a México con Cuba, como lo hizo con Celio González, voz de la Sonora Santanera entre 1955 y 1959, cuando salió de su país para instalarse en México. Me ha gustado empezar este año ojeando su vida, viendo sus fotos y oyendo sus canciones. Escuchar sus dos primera grabación, Quémame los ojos y Si tuviera tu amor. Por suerte, existe la grabación de una presentación radial de la Sonora en 1957, en que Celio canta Baila mi rumba y Despego. Lo escucho y no sabría decir si su voz es alegre o es triste pues ante todo transmite el gozo de cantar. Sin embargo, su interpretación de Total, de Ricardo García Perdomo, es la que supera todas sus grabaciones. Cuando le propusieron grabarla, la rechazó porque antes la había grabado Ñico Membiela, pero la incluyó en un disco que la Matancera preparaba para México. García Perdomo fue amigo de Jaime Rico Salazar, el historiador del bolero, y le contó la historia de Total: tenía una novia para cada día de la semana, pero resultó que se enamoró también de la empleada de la casa de su novia del domingo. Quedaron de verse, pero ella sólo se presentó a la cita para decirle que había preguntado por él y se había enterado de que era un “enamorador empedernido”. De regreso, en la guagua, escribió Total en un papel. Total… si no tengo tus besos, no me muero por ellos. El despecho es buen consejero, aunque los consejeros emocionales no lo tengan en buen concepto…

 

Rafael Figueroa Hernández. Celio González. Xalapa, ConClave, 2001.

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