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sábado, 25 de junio de 2022

El amante polaco. Libro 2, de Elena Poniatowska




 

Este libro es la segunda parte de la vida del último rey de Polonia, Stanisław Poniatowski (1732-1798). Rápidamente, podría decir que los últimos años del protagonista son la nostalgia por la primera mitad de la vida. Pero son, también, el florecimiento y la desaparición de Polonia, un reino asediado por Rusia, Prusia y Austria. Es decir que ante el rey Stanisław se abría la fatalidad de un inmenso vacío: la desaparición de su país, devorado por las potencias enemigas. Así que otro ingrediente más es la nostalgia por un reino maravilloso y justo, pero también la esperanza en el amor, ése que no se borra bajo casi ninguna circunstancia. Me refiero al amor de Poniatowski por Catalina la Grande, Zarina y Autócrata de Todas las Rusias: la amada que brilla a lo lejos, inspirando una supuesta protección. El Rey piensa que Catalina le dio Polonia como una muestra de amor, y pasa los años con la esperanza de volver a verla, de mirar en ella un poco de la pasión que quedó ardiendo en el corazón de él. Así que El amante polaco de Elena Poniatowska es asimismo el relato de la desilusión, puesto que el protagonista ve morir poco a poco las ilusiones de su vida. Todos estos sentimientos se encuentran encerrados en esta novela, y se encuentran agitados en cada uno de los capítulos del libro. Dice la solapa que es el libro más ambicioso de Elena; no lo sé, porque cada uno de sus libros es ambicioso. En diferentes sentidos todos ellos, pero ambiciosos. Son grandes tapices, muestras grandes de humanidad: personas en profusión mostrándose a través de la palabra. En este caso, la técnica de Elena consistió en extender la vida de Poniatowski como en un gran mapa, la vida en las llanuras, en los bosques, en las estepas rusas: el exilio una vez que la Tercera Partición desapareció Polonia para siempre. No para siempre, pero sí durante un periodo que para la medida humana es equivalente a un “para siempre”. Y el protagonista, exiliado en Rusia, pero atendido soberbiamente, piensa en el regreso. Muere añorando volver a su Polonia desaparecida. Un personaje algo soñador, si se piensa en un monarca sin territorio y sin su corte. Siempre construyendo en la imaginación lo que ya no existe o viviendo siempre en lo que es aparente. En las noches, la mente vuela con esa “esperanza demente” de su corazón a las fiestas en que estuvo con Catalina la Grande, a esas noches en que hicieron el amor, en que se despojaron de sus títulos y de sus propias personas para convertirse en sólo pronombres entretejiéndose, un Tú y un Yo arborescentes con ramas que tienden hacia un Otro. Ese monarca, cuya vida consiste en ser elegante, en bailar con corrección y en discutir sobre la literatura contemporánea de Europa, tiene la obsesión de educar a su sobrino, Józef Poniatowski, quien alcanzará la gloria de ser mencionado en un par de líneas por Tolstoi. La educación de Józef lo distinguió entre los polacos de su tiempo, y lo hizo una inspiración para los que vinieron después, por lo que existe una escultura ecuestre en el Palacio Presidencial de Varsovia que hace recordar sus hazañas militares al lado de Napoleón, en Rusia, y su muerte heroica cerca de Leipzig, en 1813. Era, sin embargo, el sobrino “Pepi”, el joven que se deslumbraba con las historias de su abuelo, el conde Stanisław Poniatowski, aquel que se decepcionó cuando supo que su hijo, el futuro monarca, no tenía vocación militar. Prefiere los elogios de los artistas que se presentan en el Teatro de Invierno, prefiere escuchar las obras de Haydn y Salieri. Avanza la vida de Poniatowski a lo largo de las páginas, y avanza igualmente la vida de la autora. ¿Con qué sentido? ¿Cuál será el punto en que la pinza estreche sus puntas? Son el ensueño de la vida y las glorias militares, todos aquellos mapas que cambian todo el tiempo… A veces el río queda de este lado y a veces de aquel. Los mapas son tan inconstantes, tan caprichosos e ininteligibles. Fruto de voluntades en pugna. Sobre los territorios se asoman interesadamente, los poderosos. Y, como dije, el Rey lleva tanto tiempo esperando que sea Ella, Catalina, quien se asome sobre los prados de Polonia, que se vea su enorme rostro mirando desde el cielo, interesada en este mapa. Poniatowski prefiere sumergirse en sus ensoñaciones. El Rey no sabe que del otro lado de la página está su descendiente, la escritora que nació doscientos años después, explicando ambas vidas: la de ella y la de él. Elena sale a caminar por la plaza Federico Gamboa, frente a la pequeña iglesia. Les explica el pasado a sus tres nietas, les habla de sus desconocidos antepasados, los que miran intrigados desde los marcos de las fotografías y desde los cuadros. Pequeño como la plaza de Chimalistac o inmenso como un reino que se pierde en el horizonte, nuestra única posesión es el instante. “El pasado se lo lleva el viento, así como se llevará esta imagen de tres niñas risueñas haciendo bailar a una mujer de pelo blanco a quien ayudaron a subir a un quiosco… Así es la vida, me conformo…” Entonces, ¿la vida de ese Rey? Hay que medirla, proporcionarla, convertirla en capítulos. En el fondo caminamos paralelos con los demás seres de la Tierra. No falta espacio para recordar la editorial ERA, que tiene las letras de Espresate, Rojo y Azorín, ni el viaje que hicieron sus editores y autores a Tonantzintla, en donde se encuentran al temible Guillermo Haro, quien habla con más sabiduría de Thomas Mann que Fernando Benítez. Es el astrónomo al que temen los estudiantes, pero es el mismo que escucha atentamente a los campesinos de Cholula cuando hablan de sus observaciones sobre el campo y los montes. De regreso de Puebla, Elena le dice a su mamá: “Guillermo Haro tiene que ser el padre de Mane”, quien viene tomado de la mano desde finales del volumen anterior. El peso específico de cada persona de nuestra vida está determinado por este sistema de mediciones que es la narrativa. Alguna condesa del siglo XVIII tiene el mismo peso que por ejemplo María Alicia Martínez Medrano, a quien no conocía, pero que creó el Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena (LTCI), que se inició en Oxolotlán, Tabasco, en 1983. Los habitantes del pueblo, la señora de la tortillería y el dueño de la tlapalería se mueren de la pena, pero aprenden a perderla y a subir a un escenario. Esta promotora tiene su espacio en el relato de Elena, dirigiendo Bodas de sangre Lilus Kikus, esta última obra, el regalo de cientos de niños que representaron en homenaje a Elena, acompañada por Julieta Campos. Yo tuve la extraordinaria suerte de ver una puesta en escena del LTCI en San José, de Simón Sarlat, Centla, una ranchería de Tabasco: La dama boba, de Elena Garro. Entre el paisaje selvático, con los niños y los adultos del pueblo, pude ver, en febrero de 2020, la representación teatral más memorable, una forma de la belleza que no conocía, desafortunadamente. Iba bajando el sol entre los pantanos de Centla, sonaba la marimba. A los niños de Centla estaría bien contarles qué es un Rey, qué pelucas suele usar, qué ropa se pone para bailar y qué otra para cazar. Al viejo Rey de Polonia sería bonito contarle dónde queda la selva del Sureste, los calurosos pantanos. Propongo que, mejor, veamos felices la obra de Elena Garro, como en un capítulo de Lewis Carroll, condes, niños, liebres, cartas de la baraja, la escritora y sus nietos, los sastres reales, la corte y el solitario Rey que perdió un reino hace un poco más de doscientos años.

 

Elena Poniatowska. El amante polaco. Libro 2. México, Seix Barral, 2021.

domingo, 12 de junio de 2022

Pedro Armendáriz, de Gustavo García

  



 

Pedro Armendáriz (1912-1963) iba a ser el mexicano ideal. Pero qué lejos ha quedado todo eso, ¿no les parece? Se ha redefinido tantas veces lo que significa ser mexicano que será difícil saber qué parte de esa esencia le corresponde actualmente. Siempre y cuando, esa esencia exista y alguien se la esté disputando. Por otra parte, se debe de seleccionar parte de su filmografía para intentar una narrativa que enuncie lo que significa. A este actor le debe de corresponder una fotografía que se rinda ante su rostro, un director que sepa conducirlo a lo largo de una historia, ya que los géneros cinematográficos (sobre todo los mexicanos) son una misma receta con diferentes proporciones. Antes de abandonar esta metáfora para siempre, sólo debe decirse que la sazón sería el toque maestro que deja cintas admirables para siempre, como María Candelaria Enamorada. En los 40, Armendáriz no sería la cara visible de una industria, sino la emanación mágica de un pueblo del que se sabe poco, y lo poco que se sabe es una continuación narrativa del buen salvaje. Bueno, los países colonializados tienen esa opción para presentarse en el mundo. Pero eso les permite manifestar las virtudes estéticas en los festivales cinematográficos. Los cineastas mexicanos, en los años 40, tienen un prestigio internacional, lo cual no debe de olvidarse, pues así dejaríamos de asombrarnos demasiado ante la presencia mexicana en la industria actual. Esa sorpresa nos vuelve un poquito provincianos ante el mundo: causa un olvido injusto. Gustavo García (1954-2013), que tanto hizo por la historia y la crítica del cine mexicano, logró dar una visión de conjunto de Armendáriz, gracias a las entrevistas con familiares y colegas del actor. La visión de conjunto que dejó resalta las virtudes profesionales y delinea los rasgos esenciales de una personalidad fílmica. Pero son tantas las películas en que actuó (casi 130) que necesariamente, pasan rápido por una biografía. Se encuentra uno reposando su opinión acerca de la más reciente cinta, cuando ya el protagonista filmó otras tres. Pero el éxito es engañoso porque obliga al actor a repetir su éxito hasta que se precipita en el vacío… o hasta que logra sobreponerse a sí mismo. Gustavo García no cuenta la historia en singular, sino que narra lo que hizo una asombrosa generación de cineastas que lograron una presencia mundial: María Candelaria y su éxito en Copenhague, Gabriel Figueroa recibiendo un premio en Checoeslovaquia, y películas como EnamoradaBugambilia Maclovia, exhibidas en Japón… Sin embargo, siempre ha habido malas películas insertas en todas las filmografías. Sirven para demostrar que aun los mejores ingredientes producen obras terribles. Vi, para acompañar esta lectura, una cinta de las que no conocía de Armendáriz: El charro y la dama (1949). A pesar de Max Aub y de Shakespeare (es la adaptación de La fierecilla domada), el resultado es terrible. Pero hay que decir un poco más que un juicio sumario: el director, Fernando Cortés, quiso hacer de Armendáriz un galán cómico que sólo le habría quedado bien a Pedro Infante; al ver la película, se renace el agradecimiento por Fernando Soto Mantequilla, que logra salvar buena parte de nuestra cinematografía. Finalmente, se reflexiona que muchas cintas tienen como fondo esta historia shakespereana en que las mujeres necesitan ser domadas. Sin embargo, no es un juicio terminante, pues es como una dialéctica, ya que muchas actrices lograron crear personajes que se yerguen espléndidamente en una época adversa a su realización. Por último, Armendáriz, en cualquiera de sus cintas, aun en las peores direcciones, logra escenas en que destaca como una efigie insólita, una mirada y un rostro cuyo misterio no logra ser despejado. En mi caso, queda una cinta que me gusta más que cualquiera otra, Distinto amanecer (1943). En ella, Pedro Armendáriz y Andrea Palma son vidas trágicas cuyo dolor, a punto de doler, son desvanecidas por los trenes que ululan al amanecer.

 

Gustavo García. Pedro Armendáriz, 3 vv. México, Clío, 1997.

 

lunes, 23 de mayo de 2022

Simone Signoret: los secretos de un rostro





 I. Simone Signoret

Allá en 1954, cuando Elena Poniatowska apenas empezaba su carrera en el periodismo, hizo un viaje a Francia gracias al IFAL. Regresó a la ciudad en que nació y pudo platicar con los amigos de su abuelo, André Poniatowski, amigo a su vez de Valéry y de Debussy. “Con esas entrevistas crecieron flores en mi cabeza –escribió Elena– y me abrí a la vida y a preguntarme qué diablos iba yo a hacer en esta gran aventura en la que todos tenemos una razón de ser.” Pero hay muchísimas más entrevistas de todos los tamaños con los franceses de los años 50, políticos, poetas, cantantes. Hay crónicas sobre Édith Piaf, conversaciones con Marcel Bataillon y con Eugène Ionesco. Pero la que ahora quiero recordar ocurrió en 1955, en un camerino del Teatro Sarah Bernhardt, de París. Elena tocó la puerta y, al entrar, pudo ver el rostro bellísimo pero de dura expresión de Simone Signoret. Entonces, estaba de moda la película Las diabólicas, dirigida por Henri-Georges Clouzot, pero la actriz no quiso hablar de eso. Más bien le repitió a la joven periodista las palabras que aparecen al final de la película: “No sea diabólica. No destruya el interés que puedan sentir sus amigos por esta película. No les cuente lo que ha visto. Gracias en su nombre.” ¿Cuándo caducará la prohibición?, ¿ya se podrá hablar de la película Las diabólicas? Meditaré un poco en ello, y más adelante sabré qué puedo contar de esta cinta. Pero ahora quiero divagar por el rostro de Simone, de amplias cejas y mirada irónica. Su sonrisa es contenida e irónica, y como se encuentra siempre erguida, parece escéptica ante todo. Si en tantas películas hizo de amante o de prostituta, seguramente fue por el rostro que a la vez parecía sencillo de leer e imposible de comprender por completo. Eso puedo decir con mi pobre experiencia en lectura de rostros. Fue una breve conversación con Elena, pues la estrella de cine tiene que salir a escena, a darle vida a Elizabeth Proctor, en la obra Las brujas de Salem, de Arthur Miller. Entonces, Simone aún no conocía en persona al autor de la obra. Pasarían algunos años, y, en 1960, cuando viajó a Hollywood en compañía de su esposo, el actor y cantante Yves Montand, conocería por fin a Miller y platicaría con él… Mientras que su esposo empezaría a vivir un romance con Marilyn Monroe. En realidad lo que me interesa son las palabras que le dijo a Elena en ese breve encuentro: que durante el ensayo de Las brujas, el director Raymond Rouleau les hablaba de la persecución de los judíos, del macartismo, del racismo…

–Pero usted es una actriz, una vedette, que debe de tener, al igual que otras artistas, abrigos de pieles, joyas, coches, champaña, en fin, qué sé yo.

–Señorita, yo no vivo así. No le digo que no me compro cosas bonitas, o que no uso perfumes, pero para mí el tener pieles o joyas no es una preocupación constante… México, me han dicho, es un país muy generoso, muy inteligente, porque acoge políticos perseguidos por otros países… Leo a Balzac, Maupassant, y claro está, Victor Hugo y Apollinaire y el surrealista magnífico Paul Éluard. ¿Y qué decir de Pablo Neruda, ese gran poeta, y del brasileño Jorge Amado? ¿Ha leído usted el delicioso Doña Flor y sus dos maridos?

Se me hace importante no dejar de decir que se manifestó contra Franco, Pinochet y Videla, siempre de manera pública. Además, quisiera leer su libro de memorias, que me tienta desde el título: La nostalgia ya no es lo que era

 

II. Las diabólicas

–Su película conmocionó París. Señora, la encontré estupenda en Las diabólicas y me inspiró usted mucho miedo –dijo Elena.

–Qué bueno, de eso se trataba.

Pero la actriz ya no quiso agregar nada sobre la cinta. Yo, que quisiera decirlo todo, no puedo decir mucho, porque revelar el final de una película policiaca, o de una novela, es de mal gusto, por más que la Crítica Literaria nos tache de ingenuos. El Sindicato de Autores de Novelas de Misterio está en contra de estas nociones, y se manifiesta en favor de que los lectores y el público en general tengan la suficiente sensibilidad de no arruinar la experiencia de la trama. Las diabólicas fue primero una novela titulada Celle qui n'était plus (La que no existía), escrita por Boileau-Narcejac, nombre de pluma de dos autores: Pierre Boileau (1906-1989) y Thomas Narcejac (1908-1998). Se cuenta que Alfred Hitchcock quiso ganar los derechos para filmar esta historia, pero fueron ganados por Clouzot. Sin embargo, Hitchcock conseguiría poco después los derechos de otra novela, Vértigo, que protagonizarían James Stewart y Kim Novak. En la novela que inspiró Las diabólicasdesaparece el cadáver de la esposa asesinada, en cambio en la película lo que desaparece es el cuerpo del esposo asesinado, Michelle Delassalle: su esposa y su amante –las diabólicas del título– se coluden para matarlo ahogándolo en una bañera. Las asesinas echan el cuerpo en la piscina del colegio (la historia ocurre en un internado rural). Pero días después del asesinato, el muerto da señales de vida, parece que se encuentra rondando en los alrededores de las asesinas… Aun cuando no tengo talento de investigador privado, ni mucho menos, hay una línea tenue que me llamó la atención de esta cinta que parece influir en la cinta El resplandor, de Stanley Kubrick. Sobre todo, porque Las diabólicas es considerada por Stephen King como una de sus películas favoritas de terror. Pero la influencia de Clouzot sobre Kubrick parece más cinematográfica, más directa, en dos aspectos: la máquina de escribir que suena en la noche, y que una de las asesinas encuentra con una hoja de papel que sólo tiene un texto repetido, el nombre del asesinado: Michelle Delassalle. Y más adelante, su cadáver ahogado se levanta de la tina de la misma manera en que lo hace la mujer que se encuentra muerta en la habitación 237, a la cual no se debe de entrar. Puesto que existe toda una corriente de pensadores que se dedican a encontrar nuevas interpretaciones de la película de Kubrick, no me remuerde proponer esta relación con Clouzot.

 

III. El reposo de Baco

Lo ignoro todo de la literatura policial, y más particularmente, de la que se ha escrito en francés. Sólo recuerdo a mi papá, todas las noches, leyendo antes de dormir una novela policiaca. Me decía entonces, algún día leeré a Ross McDonald o a Boris Vian… Pero de entonces a acá, lo he hecho muy pocas veces. Y como no sé nada, me limitaré a tomar uno de aquellos libros que tenía él, para ojearlo y saber un poco más de esa afición que muy pocas veces me visita. Pienso algunas cosas mientras voy leyendo El reposo de Baco; en primer lugar, en la elegancia que tuvieron en otro tiempo los criminales. Los que ejercían el robo con el fin de jugar una especie de ajedrez con el detective. Pienso también que esta novela es anterior a la Segunda Guerra Mundial, no sé si eso la determine de algún modo, pero es notorio que el criminal tiene un código de ética que comparte con el detective. Ocurre que un cuadro de Da Vinci, que da título a la novela, desaparece de la galería que tiene en su castillo el conde de Moncelles. Desde el primer momento sabemos que el ladrón entra a la galería para robar el cuadro, y aunque el cuadro es robado y el responsable es detenido, el cuadro no aparece jamás. Es imposible que haya sido sustraído del castillo, así que debe de estar escondido en algún lugar, en alguna habitación. Cuando el detective logra descubrir el misterio descubrimos que es evidente que la respuesta siempre había estado ahí. Es el gran lugar común de este género, pero es también su gran maravilla.

 

Pierre Boileau. El reposo de Baco / Le repos de Bacchus (1938), tr. Rafael Aguilar. Barcelona, Froum, 1984. (Col. Círculo del Crimen, 69/XII)

domingo, 8 de mayo de 2022

“The Paris Review”. Entrevistas (1953-2012)

  



 

Desde sus inicios, en 1953, The Paris Review ha publicado la conocida sección de entrevistas “Escritores en el trabajo”. En ella, cientos de autores han hablado en relación con sus hábitos de escritura, de su trayectoria y de sus ideas en torno a la literatura. Editorial Acantilado publicó en 2021 una selección de cien entrevistados. Tocan a la puerta. Quizá vengan por la basura, a dejar el recibo de la luz o, más probablemente, se hayan equivocado de timbre. Pero nunca el entrevistador de The Paris Review. Qué lástima, tengo consejos por si alguien quiere traducirme al chino, me gustaría compartir algunas palabras en torno a la inspiración y algo se me ocurrirá en torno a mi generación. Mientras espero improbables citas para improbables conversaciones, leo las entrevistas de esta publicación. Me doy cuenta de que no todos los escritores tienen el mismo interés en torno a los encantos de la palabra hablada. Algunos, en cambio, son obsesivos: leen con el entrevistador las pruebas de la revista y corrigen cada una de sus palabras. De algunos me esperaba bastante más, por ejemplo, de Graham Greene, de Ernest Hemingway o de Lawrence Durrell. Steinbeck le dedica demasiadas páginas a hablar de su lápiz. Leyendo a Faulkner me quedo asombrado, no esperaba menos del autor que influyó a toda la narrativa en lengua española. No conocía el humor sin límites de Nabokov. Y, finalmente, pude conocer a dos escritoras encantadoras, Nadine Gordimer y Doris Lessing. Me refiero a: conocer sus personas, ya que en gran medida no he leído la obra de los autores seleccionados. Apenas una tercera parte de ellos. Sería algo que confesaría en una entrevista. Me asombró, asimismo, que Toni Morrison dijera que ella no se inspira en nadie real para crear sus personajes, pues lo considera ofensivo. Puesto que los capítulos van en orden cronológico y los autores que son entrevistados vuelven a aparecer aludidos en otras entrevistas, el libro pareciera una enorme novela río en donde vemos morir a los personajes, dejando mayor o menor herencia. Pound y Eliot son entrevistados y, al mismo tiempo, paisaje de épocas. Mientras que Roberto Calasso me pareció un personaje muy distante, y Umberto Eco un entrevistado algo frívolo, las palabras de Ray Bradbury se concentraban en una conversación que se convirtió en una obra de arte. Ted Berrigan toca a la puerta, no podía imaginar que dentro lo esperaba una reunión en la que, como un torrente, se encontraba desbordado el genio de Jack Kerouac. Y Pasternack relata la novela que va a escribir… qué lástima, el lector está ya sumergido en la historia cuando termina la entrevista. Puesto que, como dije, sólo he leído un bajo porcentaje de estos autores, este libro me da la posibilidad de acudir a las reuniones como siempre lo he deseado: sin tener idea del tema, sin obligación de participar en la plática e invisible para los demás.

 

“The Paris Review”. Entrevistas. Vol. I: (1953-1983), Vol II: (1984-2012), tr. María Belmonte, Javier Calvo, Gonzalo Fernández Gómez y Francisco López Martín, 1ª reimp. Barcelona, Acantilado, 2021. (Col. El Acantilado, 415)

 

sábado, 7 de mayo de 2022

Las intermitencias de la muerte, de José Saramago




 

Uno de los aspectos en los que la humanidad no ha destacado particularmente ha sido en el terreno de las utopías. El oficio de imaginar otros mundos ha tenido momentos de refinamiento, pero la imposibilidad de ponerlos en práctica a veces no ha sido culpa de las utopías sino de sistemas que usurpan su lugar. Preferimos voltear a los cuentos fantásticos, en donde tampoco los deseos del hombre han tenido buenos resultados. Esperamos muchas veces en la vida encontrar aquella lámpara que contiene el genio que nos concederá tres deseos. Pero reservemos siempre el último de ellos para anular el fracaso de los dos anteriores, pues con seguridad nuestras ambiciones ejecutan planos arquitectónicos sumamente imperfectos. Mejor volver a la realidad previa al momento en que la echamos a perder. No conozco mejor constructor de mundos con el material de las suposiciones que José Saramago (1922-2010). Cuando leí Ensayo sobre la ceguera, a momentos me decía: No habrá inteligencia que pueda continuar esta novela. Pero los hechos continuaban ocurriendo, como en la realidad, uno detrás de otro, en un devenir inverosímil. Que la Muerte deje de trabajar es uno de nuestros deseos, que se tome días de vacaciones, que vaya a la Oficina de Asuntos Laborales y le contabilicen sus años de sabático. Pero ella (la Muerte humana) trabaja y trabaja sin descanso. En esta novela de Saramago, simplemente ocurre en determinado país, y comienzan a verse de inmediato las consecuencias. Existen dos vertientes principales: la económica y la metafísica. La industria de la muerte es vigorosa, da empleos, y no se puede detener. Como los animales siguen muriendo, las pompas fúnebres se entretienen mientras dando sepultura a pajaritos, perros y gatos. La Muerte animal, por suerte, no se detiene. Por alguna razón, sólo la parte de la maquinaria laboral que nos toca a los humanos. En el terreno metafísico, la Iglesia y la Filosofía son otras de las afectadas, pues precisamente existen en virtud de la Muerte. Sin ella, no sirven de nada Dios ni las discusiones sobre la existencia. Y mientras esto ocurre, se acumulan los moribundos y los ancianos en montones, en una premonición de una pesadilla para los economistas, los cuales miran cómo el descanso de la Muerte es simplemente incosteable. Ya que la Muerte, en esta novela, aparece como un personaje más, la historia tiende a asemejarse a alguna leyenda medieval. Se transfigura, escribe cartas, decide avisar a las personas con una misiva que el término de sus días ha llegado, sin plazo. Por desgracia para la Muerte, ella sabe poco de nosotros. Trabaja tanto que no se ha tomado la molestia. Si en sus días de descanso, quizá se diera la oportunidad de acercarse a alguna exposición o a algún concierto. Se asombraría de que Ella es la protagonista de un alto porcentaje de ellas. El porcentaje restante se trata de obras en que aparece ella, pero disfrazada de algo más, como de Amor o de Esperanza. Que se enamore de la Vida, que deje escapar a algún artista de sus manos de vez en cuando, para que no tengamos de ella esa mala imagen de tecnócrata del universo.

 

José Saramago. Las intermitencias de la muerte / As intermitencias da morte (2005), tr. Pilar del Río, 12ª reimp. México, DeBolsillo, 2020.

 

domingo, 1 de mayo de 2022

El vendedor de pasados, de José Eduardo Agualusa


 

No soy experto en la fauna de Angola. Mucho menos en la presencia, en ese país, de gecos (esa agradable lagartija con cuerdas vocales que en México llamamos cuija o lagartija besucona). Sin embargo, parece que tanto allá como aquí, son animales bien recibidos en las casas porque les gusta trepar por las paredes y comer insectos. Hay alrededor de 1500 especies de gecos, viven en todas las zonas cálidas del mundo y no les gusta la sociabilidad. A esto se reduce mi conocimiento acerca de estos pequeños reptiles; pero es importante, ya que el narrador de esta novela es un geco. El autor, José Eduardo Agualusa (1960), da sólo unos pocos datos más, ya que dice que se trata de una especie atigrada; pero entre las autoridades (es decir, en Wikipedia), no he encontrado nada más al respecto. Existe un geco leopardo que vive en las zonas desérticas de Irán y Paquistán, así que no se trata del mismo. El Diccionario de la Real Academia, como acostumbra en éstos y en algunos otros casos, no aporta mucho al respecto. Ni siquiera sugiere una manera de escribir la palabra, aunque acepta que proviene del inglés gecko, y a su vez del malayo gēkoq, que es una onomatopeya del sonido que emiten estos pequeños lagartos. El propio autor no se interesa demasiado en asuntos de taxonomía, y sólo en un rincón de la página 28 nos revela que la historia la cuenta una lagartija que observa todo lo que ocurre en la casa de Félix Ventura, un albino que se dedica a fabricar pasados para la gente más poderosa de Angola. Que el narrador sea este pequeño animal es una de las sorpresas de la novela. Pero tenía que revelarla, pues de otro modo no sería posible hablar de ella. La reseña no es un género para gente discreta que cuide los intereses del autor, sentimos en el alma. Pero no comprendemos para qué alguien lee una reseña pudiendo evitar su lectura. En un feo género que se trepa de las paredes y las más de las veces se alimenta de bichos. Mira por todas partes y el autor pocas veces sabe que está siendo espiado por un pequeño animal que repta y que sabe treparse por donde sea para sacar sus mínimas satisfacciones. Para saber algo más del autor de la novela –es decir: del creador del narrador–, quisiera citar dos epígrafes de otro libro suyo (La sociedad de los soñadores involuntarios, no la he leído, la tengo aquí junto a mí, esperando): “Lo real me da asma” (E.M. Cioran) y “Acordémonos siempre de que soñar es buscarnos” (Bernardo Soares / Fernando Pessoa). Pero vienen a propósito porque la lagartija de esta novela sueña. De hecho, sus sueños forman capítulos independientes. Los sueños son los espacios en que se encuentran Félix Ventura y el geco, hablan, se cuentan sus asuntos. Esta pequeña lagartija que, por otra parte, recuerda su reencarnación anterior. Y ahora volvió a brotar en la vida pero en forma de reptil. Vive brevemente para narrarnos. Todavía no cuento nada de la construcción de esta novela. Espero hacerlo, si es que las palabras me lo permiten. Pero ahora quiero construir un poco al escritor, del cual sé tanto como si fuera también un geco. Sin embargo, muchas cosas me dicen de él sus elecciones narrativas. Por ejemplo, la narración que se vale de sueños y de almas y metempsicosis, me recuerdan a dos autores que menciona a lo largo de su texto: Borges y Eça de Queiroz. La casa del albino es también una biblioteca de libros raros y antiguos. El gran Eça de Queiroz, el extraordinario y exquisito novelista, llamado “realista” y “naturalista”, pero en cuyas obras se incorpora como si nada el mundo fantástico. Como cuando sus personajes de pronto, como si nada, se encuentran frente a Jesucristo y a su madre, María. O aquel oficinista que puede apagar una velita y, con ello, matar a un mandarín y heredar su inimaginable fortuna. Leemos la literatura de un país sobre el cual sabemos pocas cosas y resulta que dentro de su tradición están los autores que conocemos: el canon occidental, aquel que tanto desagrado nos dio aprender en los libros de Harold Bloom, porque lo considerábamos el san Pedro de la crítica literaria que decía quiénes sí entraban al reino de los cielos. Y ahora, vemos a García Márquez y a Baudelaire nadando cómodamente en las obras de autores tan aparentemente exóticos, como el chino Mo Yan. Y aquí, la voz de la tradición portuguesa, el idioma más hablado en el hemisferio sur, y la misteriosa poesía que tiene la voz de este autor. Ya han visto que no conozco muchas de las cosas que refiere el autor. Además, inventa la mayoría. Así que lo mejor es pensar que todo es invención. Hasta las canciones que se escuchan en los discos de vinil son ficticios, junto con el repertorio que canta la inexistente artista brasileña, Dora la Cigarra. Las mujeres que cada sábado el albino lleva a la casa se espantan con las miradas de los cuadros antiguos, los caballeros antiguos, el retrato de un príncipe del Congo, la sonrisa burlona de una bessangana, una de aquellas altivas mujeres angoleñas, hijas del mar y guardianas de la sabiduría del país. La casa de Félix Ventura es un pequeño laberinto de intimidante historia. Mejor algo de música, ¿no?, algo de kuduro o de kizomba. ¡Al fin algo que existe!, aun cuando no lo conozca. Pero habla de aquel reino del sur. Son dos géneros musicales que hablan de la cercanía entre Angola y Brasil. El kuduro –aclara la traductora– es un género angoleño que ha hecho furor en Brasil, al grado de que una telenovela, Avenida Brasil (2012), lo usó como tema. Fue creado por el músico Tony Amado en los años 90: parece breakdance, tiene beats de música electrónica, pero inspirado en danzas tradicionales. Es el ritmo que se ha convertido en parte de la identidad del país. Como significa “culo duro”, es posible imaginar las coreografías, las cuales son fundamentalmente improvisaciones. Por su parte, la kizomba fue creada por Eduardo Paim en los años 70. Es un baile de pareja, más lento, que puede parecer a primera impresión parecida a la bachata, pero en una versión barroca. Es la mezcla de los bailes típicamente angoleños con los bailes que los soldados cubanos llevaron a África, especialmente el zouk de Martinica y Guadalupe. La kizomba ha llegado a México, hay clases especiales de este género, aunque muchos viajan a Luanda para aprender los pasos directamente con los campeones de este baile. Las vidas pasadas, los óleos del siglo XIX, abren los ojos con estupor ante esta música. La importancia de la música en la novela se debe a que Agualusa es experto (tiene su propio programa de radio, La hora de las cigarras, sobre poesía y música). Mientras lo escucho, regreso al pasado en el árbol genealógico de la kizamba hasta llegar al zouk, para descubrir al pianista martiniqués Marius Cultier (1942-1985), colindante con el delirio. ¿Lo conocerá Agualusa? Pero nos encontrábamos en la novela de este autor…, o pretendíamos hablar de ella. Tendrá que abrirse una puerta para que entre un misterioso personaje, José Buchmann, que solicita los servicios de Félix Ventura: requiere un pasado que lo haga angoleño. El albino le prepara un pasado sumamente atractivo, pero le advierte que no lo investigue, que no se sumerja en esa historia, que no busque a su madre ficticia. Pero Buchmann decide buscar su “pasado”. Parece que he logrado caminar por la orilla de la novela, sin entregar demasiado de sus secretos, ¿tal vez porque yo mismo los ignoro? Por cierto, la lagartija se llama Eulalio, y es la reencarnación de Jorge Luis Borges. Es como si fuera la metáfora de que las referencias a América y a sus escritores reencarnaran en un cuerpo desconocido para mí, el lejano y apetecible cuerpo de la literatura africana.

 

José Eduardo Agualusa. El vendedor de pasados / O vendedor de passados (2004), tr. Rosario Peyrou. Barcelona, Edhasa, 2018.

  

sábado, 23 de abril de 2022

El valor de elegir, de Fernando Savater

 



 

Cuando nos encontramos tirada en la calle la moneda de la “libertad”, la levantamos inmediatamente. ¡Cómo no levantarla! Para inmediatamente ver que el otro lado de la moneda es el “conocimiento de la necesidad”. Sin conocimiento no hay libertad: camino que conduce a la felicidad, ya que esta última es “la satisfacción de la necesidad”. Es tan sencillo este camino que naturalmente no lo recorreremos. Fernando Savater (1947) postula una libertad positiva: aquella que elegimos dentro del marco de lo permitido. Hay que pensar muy bien qué pasos dar si pretendemos traspasar esos límites. Sin embargo, no se trata de un positivista que promueva la resignación ante las leyes de la realidad, pues escribe: “vivimos en dos mundos: el de la necesidad natural y el de la libertad política”. Aunque me temo que no es un libro que vaya mucho más allá, para intentar hacer de la libertad una fuerza liberadora en verdad, con lo que se convierte en un texto de filosofía inofensiva. Nos informa que no todos los hombres son igualmente libres en una sociedad (“la división genealógica entre nacidos para mandar y nacidos para obedecer”), pero su razonamiento se detiene abruptamente cuando llega a este delicado tema. A partir de este momento, el libro se dedica a recomendar algunas maneras de ejercer la libertad, pero de tal forma que hace del individuo una abstracción limitada a elegir sólo entre categorías dadas. Y eso porque es necesario respetar las instituciones ya creadas por el hombre (leyes, costumbres, técnicas), pues de otro modo estaríamos destinados a crearlo todo cada día. Tal como el autor enuncia sus razonamientos, parecen lógicos, independientes del mundo político. Y tal vez así sea, pero creo que eso ameritaría una explicación. Al menos en el caso de algunos de los pensadores que van guiando sus ideas. Si afirma que Arnold Gehlen (1904-1976) es quien mejor ha demostrado la importancia de las instituciones en el desarrollo de nuestra libertad, ¿no convendría explicar cómo es que este pensador es al mismo tiempo un viejo miembro del Partido Nazi y un inspirador del pensamiento neoconservador? Según el autor alemán, a instituciones más fuertes corresponde un individuo más libre. Las instituciones fuertes detienen la tendencia a la degeneración social y garantizan, por otra parte, la libertad. Así se explica –y se justifica– que grandes genios sean al mismo tiempo artistas extraordinarios y socialmente conservadores. Naturalmente, no se considera necesario explicar quién es Gehlen, ni tampoco si es deseable tomar su pensamiento en conjunto o no. Con respecto a la moneda que nos encontramos tirada al principio, no sabemos si es para gastarla o no. El libro ofrece un catálogo bastante convencional, pues intenta quedar bien con todos los lectores. Quizá eso sea común entre ciertos autores de libros de ética. Pero, en fin, recomienda elegir el placer, pero el placer que encuentra vida dentro de la vida, y no vida más allá de la vida. De hecho, en las enseñanzas de los moralistas generalmente el placer es cobrado con demasiados intereses, y se pagan una vez que la muerte nos ha arrebatado nuestra irresponsablemente gastada moneda. El libro se detiene –como decía– en el punto en que la libertad está por convertirse en teoría social, con lo que se la retrata como un personaje que intenta caerle bien a todos los lectores. Lo que pasa es que la libertad, en el momento en que intenta imponerse en el mundo, afea los tratados filosóficos dedicados a la bella tarea especulativa.

 

Fernando Savater. El valor de elegir. Barcelona, Ariel, 2003.