Revisando la obra de José Revueltas –pero sólo la de tema
político– encuentro una constante angustia por encontrar interlocutor. Una
angustia “extratextual”, pero que en muchos casos se manifiesta abiertamente.
Un no saber acerca del destino de cada texto. Muchos fueron rescatados del bote
de basura, otros de viejos montones de legajos, porque la gran mayoría no
fueron publicados. “Reproducido del original mecanuscrito”, dicen gran parte de
las notas al pie. Rechazado por revistas, o tal vez ya ni siquiera se decidía a
enviar varios de sus extensos textos. Y se resignaba a compartir sus ideas en
los cafés, en las conferencias, en las discusiones teóricas. Aunque quién sabe
si publicarse en revistas clandestinas era mejor destino para sus textos. Dije
antes: textos sólo de tema político. Pero tampoco sé si el aspecto literario
tenía mejor suerte. Me imagino que no. Era un continuo trabajo de hablar y
dirigirse a un público incapacitado o tal vez: desinteresado. La lucidez
cocinándose en su propio jugo, todo el tiempo. Mientras las ideas no se hacen
públicas y no se discutan, uno las trae arrastrando consigo como una condena.
Más desesperante si se trata de ideas que en gran medida no se quieren escuchar.
Y mientras, las ideas de Revueltas maduran, se nutren de la realidad, de la
filosofía alemana, de la experiencia política, del trabajo de partido. Ahora
bien, el método dialéctico no es cualquier cosa. Aparentemente habla de temas
que nos interesan a todos, pero cuando la argumentación da un rodeo para situar
el problema en lo universal, la voz del autor se va tan lejos que el lector
piensa: qué pequeño se ve, ha perdido su
pertinencia, cuando en realidad el autor intenta conectar la circunstancia
con la totalidad para que pierda su condición de aparente. Ese ir y venir, en
cuyo transcurso las ideas se transforman. Lo que hace del ideario de Revueltas
una masa casi intratable porque no se queda quieta, es una especie de voz que
se escucha, ya que si no es escuchada se convierte en su propia interlocutora.
Esa corona de palabras que se deposita sobre la cabeza de la realidad y la
alumbra. José Revueltas en la cárcel, 1968, 1969, las autoridades carcelarias
permiten que los presos comunes entren a las crujías de los presos políticos y
los agredan, y en plena desesperación el autor de Los muros de agua escribe largamente a Arthur Miller, buscando un
agujero en la pared, para intentar ver algo más allá, verse a sí mismo,
conceptualizarse. Quién sabe si estará destinado a ser leído. Pero está
destinado a hablar y a develar su propio pensamiento. Porque no siempre el
pensamiento se revela con las palabras. Generalmente, se oculta a sí mismo. Y
Revueltas decidió liberarse a sí mismo mientras algo mejor no ocurriera. Nada
bueno ocurrió después. Este escritor fue expulsado una vez. Y luego otra vez.
Hasta que fue a caer con los estudiantes del movimiento del 68, quienes a su
vez estaban expulsados de la mecánica de la Historia, puesto que el Partido
Comunista no los apoyó cuando debió de hacerlo. Al caer, el pensamiento de
Revueltas se fue despojando de sucesivas capas. Siempre en esa relativa soledad
de la que ya hablé. Primero, hablando de la necesidad de terminar con la idea
de los dogmas en el proceso revolucionario. Es decir, que el Partido formule el
pensamiento que conduzca a los obreros a la revolución, pero sin que se
independice como un poder libre de la crítica. Basta de ese pensamiento
transmitido por revelación. Y luego, los años de crisis. El exilio del Partido
Comunista, la esperanza de volver. La acusación diversas herejías
–revisionismo, existencialismo– de las que sintió gran culpa –una culpa
alimentada por la mayor herejía de todas: su inherente catolicismo, cultivado
desde su infancia. Siempre, el mártir. El que se dejaba herir para salvar a los
estudiantes. Después de intentar definir la noción de Partido como liberador
del proletariado, como cabeza de la revolución, para declararlo inexistente. Es
decir: de existencia aparente (como lo formuló en diversas ocasiones, siguiendo
a Hegel). Pero se debía de construir, de erigir teóricamente para que luego la
realidad pudiera vestirse con esta idea. Pero su desilusión lo fue alimentando.
Quizá después, a finales de los 60, se centró en otra idea. Una idea, qué les
diré, ingenua… no… algo así como dotada de excesiva confianza. Bueno, la diré y
ustedes le colocan un adjetivo pertinente. La idea de la universidad
autogestiva como instrumento de conocimiento. Es decir, la concepción de la
Universidad como una comunidad formada por interesados en el conocimiento como
instrumento de la liberación. La universidad sin académicos interesados sólo en
sus puntos académicos, sin alumnos enfocados sólo en subir los peldaños de la
burocracia. Nuestros congresos, nuestras constancias, y luego, disculpe, ¿ya
tiene su boleto para la comida?, será en la Casa Club del Académico. La
connotada Doctora hablará y se otorgará constancia. Luego, es natural, usted
podrá hablar, y podrá ser debidamente citado para a su vez volver a citar a sus
colegas, y de esa entusiasta proliferación de sentencias brotará un puntaje que
organizará por categorías a los investigadores. Ese gran Leviatán que camina
sin rumbo es el gran temor de Revueltas. ¿Qué se pretende con esa Universidad
entretenida en sus procesos burocráticos sino una de-socialización del
conocimiento? Esa concepción de la Universidad requirió de un cambio teórico en
Revueltas, ya que la palabra “autogestión” es opuesta al funcionamiento del
Partido. Es un rompimiento con el leninismo. Es una palabra de la que no sé su
alcance en su momento histórico. Pero proyectada al futuro, es una respuesta
distinta y poco atendida sobre el papel de la izquierda. Es una manera de
decir: hablar por uno mismo, sin estructuras que pretendan asumirse como
liberadoras. Una palabra que comenzaba a replantear políticamente la realidad.
Revueltas murió antes que su palabra. Bueno, eso se debe a que su palabra está
continuamente naciendo.
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miércoles, 1 de julio de 2015
El beso de la quimera
Quién sabe si el Colegio de San Luis publicó este libro para
mostrarlo o para esconderlo. En el colofón se lee que se hicieron sólo 250
ejemplares y que se terminó de editar el 31 de diciembre de 2012, lo cual me da
muy mala espina. Pareciera que se hizo nada más para cumplir con requisitos
académicos, y de la manera más discreta posible. Para el autor, los escritores decadentistas
fueron cautivados por la quimera, un ser híbrido que representa la subversión:
con partes de serpiente (la vanidad), de macho cabrío (la lujuria) y de león
(el afán de poder). Poco más se puede sacar en claro de este libro, ya que el
autor no tiene claro el tema de que trata. A lo largo de numerosas páginas,
zurce pasajes que se anulan entre sí. En algún momento, cita a Octavio Paz (“El
modernismo no consiste nada más en la asimilación de la poesía parnasiana y
simbolista que realizan algunos ávidos poetas hispanoamericanos”) pero sin
consecuencias en su argumentación. De hecho, no hay argumentación sino una
serie de oraciones inconexas. Veamos unas cuantas frases dedicadas a explicar
en qué se distinguen los términos modernismo,
simbolismo y decadentismo: “El decadentismo mexicano nació para proponer algo
distinto al modernismo”, “los decadentes mexicanos no fueron sino una
continuidad natural del primer modernismo”, “el simbolismo fue un paso previo
al decadentismo”, “tanto el modernismo como el decadentismo se originaron en el
simbolismo”, “el decadentismo es uno de los rasgos del modernismo”, “todavía
hay investigadores empeñados en reducir el decadentismo al modernismo”, “en
realidad, el auténtico sinónimo del decadentismo fue el modernismo, un sinónimo
más preciso y riguroso que el de simbolismo”, “ese movimiento que en Francia y
Europa se llamó simbolismo, en Hispanoamérica comenzó a llamarse modernismo”.
Así por el estilo hasta la página 460… Mejor cerremos el libro para elogiar la
ilustración de portada, un cuadro de Julio Ruelas titulado Entrada de don Jesús Luján a la Revista Moderna. Pero un momento…
Si el autor afirma que el Decadentismo terminó en 1898, ¿por qué ilustra su
libro con un cuadro pintado en 1904? ¿Y por qué todas las ilustraciones de
Ruelas que aparecen en el apéndice son posteriores a 1898? Si siempre se ha
dicho que la Revista Moderna fue la
principal publicación de los decadentistas, ¿por qué sólo se refiere a la Revista Azul (en donde tuvo un lugar
prominente el Parnasianismo)? Volvamos a la lectura. En la página 194 afirma
que: “en 1898 las cosas habían cambiado mucho: se había firmado el acta de
defunción del decadentismo, sus integrantes se habían sumado al modernismo”.
Curiosamente, años después siguió habiendo manifestaciones del Decadentismo, y
el autor las menciona, aun cuando no se retracta de esta frase. A estas
alturas, las páginas de este libro parecen los pasillos de la mente de un
psicótico. Y eso que no hemos llegado a lo mejor, en la página 316 afirma que
los Decadentistas ni siquiera eran Decadentistas, sino unos jóvenes que se
pusieron este nombre como una estrategia de promoción. Se supone que un buen
director de tesis sería capaz de detener un texto así antes del examen de
licenciatura. Este autor ha llegado, sin embargo, a los niveles del Sistema
Nacional de Investigadores. De todas maneras, no está de más poner un cerco
sanitario antes de que la “metodología” del autor pueda extender sus males en
la bibliografía dedicada al Modernismo.
Juan
Pascual Gay. El beso de la quimera. Una
historia del decadentismo en México (1893-1898). San Luis Potosí, El
Colegio de San Luis, 2012.
domingo, 21 de junio de 2015
La fiesta de la insignificancia
El tema de este libro es la insignificancia, como lo
dice su título. La fiesta que lo completa seguramente se refiere a su
abundancia, pues la historia completa está construida sobre insignificancias
que, entre sí, se sostienen. Puede ocurrir algo, o, ¿por qué no?, lo contrario.
“Buenos días, ¿cómo estás?”, puede preguntar un personaje. “Bien” o “mal”,
puede ser la respuesta, la cual cambia completamente el desarrollo de los
acontecimientos. Pero una vez que las insignificancias forman parte de una
trama, tienen que ocupar el lugar de los grandes sucesos. Así, la caída de una
plumita que nadie ve a la mitad de una fiesta, puede ser un evento importante o
no. Todo esto es el trazo de una poética. Los personajes de la novela son
amigos que tienen un momento de coincidencia en la historia, aunque cada uno de
ellos tiene su propio mundo del cual les interesa poco salir. Aunque, viéndolo
bien, no parecen quererse mucho, los une más bien la costumbre. Y el aburrimiento.
Así que inventan bromas entre sí. Por ejemplo, dos de ellos van juntos a las
fiestas y uno de los dos se hace pasar por un sirviente pakistaní, sin saber
hablarlo, así que tiene que inventar su propio idioma, pero de una manera
verosímil para que la gente no se dé cuenta de la broma, y poder seguir
divirtiéndose en los cocteles. ¿Y si la gente se diera cuenta? Ése es el
problema, no todo mundo tiene sentido del humor. Las bromas se han vuelto
peligrosas, escribe este escritor checo que vive en París. Bueno, los franceses
han comprobado ya esta frase. ¿Desde cuándo el humor es peligroso? Hay una
anécdota sobre la cual gira la novela, atribuida a Stalin. Muchas veces,
después de un día de trabajo, al líder soviético le gustaba quedarse con sus
colaboradores más cercanos para contarles historias de su vida. Una de ellas
fue cuando salió de caza y recorrió trece kilómetros, cuando, de pronto, vio
veinticuatro perdices sobre un árbol, pero él sólo había salido con doce
cartuchos. ¡Qué mala suerte! Así que disparó y mató a doce, recorrió los trece
kilómetros de regreso a su casa, tomó otros doce cartuchos, volvió hasta las
perdices, que seguían posadas en las ramas, y las mató a todas. Los
colaboradores lo miraron pasmados, pero no se atrevieron a decir nada. Al final
del día, los que habían escuchado la historia se reunieron en el baño,
furiosos. ¡Stalin nos contó una mentira!, dijeron mientras escupían con
desprecio. Todos alrededor de Stalin habían olvidado qué era una broma, es la
conclusión de los personajes. Naturalmente, Stalin no lo había olvidado. No
creo seguir bien la conclusión de esta fábula. Quizá, Kundera piensa que un
tirano puede tener un buen sentido del humor. Pero no creo que sea sólo eso.
Puede ser que el humor es como una clave, un sobreentendido. Cada historia,
cada imagen, puede ser leída en serio o en broma. La leyenda que consagra puede
ser también la que destruye, si el humor la ridiculiza. Una sola ironía puede
pulverizar el solemne imaginario del Querido Líder norcoreano, sólo por poner
un ejemplo. Como nada está a salvo de su alcance, ni el poder más alto, es
buena broma saber que Stalin conservaba sano su sentido del humor.
Milan Kundera. La
fiesta de la insignificancia / La
fête de l’insignifiance, tr. de Beatriz de Moura. México, Tusquets, 2014.
(Col. Andanzas, 837)
sábado, 9 de mayo de 2015
Artículos varios, de Mariano José de Larra
Pável Granados
A Mariano José de Larra (1809-1837) lo recordamos
por haber escrito una larga serie de artículos en los que retrataba a los españoles
de su tiempo. Algunos lo recuerdan por sus obras teatrales y por sus poemas.
Los especialistas en su obra se ocupan, pero no aconsejan la lectura, de sus
artículos políticos, pues su realidad nos queda tan lejos que nos perderíamos
entre cientos de nombres y de circunstancias. Resulta interesante saber que los
artículos de Larra se leían y se comentaban en los cafés de la España de entre
1828 y 1836 (fue uno de los escritores más populares en esos ocho años).
Anteriormente, se publicaban largos artículos que ocupaban amplias planas, y
para leerlos se necesitaba mucho tiempo libre. De ahí que sólo los aristócratas
y la alta burguesía tenía tiempo de hacerlo. Por el filósofo Walter Benjamin
sabemos que la costumbre de leer las noticias y comentarlas en los cafés fue
una de las grandes modificaciones de la sociedad europea del XIX. Para que eso
fuera posible, se tuvo que pensar en mostrar muchas noticias en poco espacio, y
artículos más o menos breves con opiniones actuales. Por la necesidad de hablar
y de comentar, los cafés fueron el sitio de la conspiración (aunque se hablaba
de todo, y los artículos de Larra se refieren lo mismo a las costumbres
españolas que al teatro). Los españoles de entonces querían ver cómo eran sus
contemporáneos, se divertían mirando los defectos de los otros. En ese sentido,
no hemos cambiado mucho. Si acaso, se escriben muchos artículos más, pero la
esencia de la opinión en las revistas o en el Internet es la misma. “El
costumbrismo” se encuentra muy desacreditado, y realmente no pensamos si lo
consumimos sin saberlo. Acaso es que pocos de los textos que podrían ser calificados
de este modo tienen la calidad para ser considerados literarios. Larra
describió su tiempo con ironía. Es decir, con una mirada que nos hace reír.
Pero a él mismo, no lo sabemos. La ironía tiene muestra un lado y nos oculta
otro. Difícil saber qué oculta en realidad. En este caso, una rotunda amargura.
Acerca de los españoles, no se ríe de ellos ni con ellos, es decir, no comparte
la diversión por más que sus lectores así lo supusieran. Lo que está fuera del
alcance de la lectura es cómo se fue gestando la inconformidad. Quizá, porque
fue un afrancesado que no pudo estar en Francia el tiempo que quiso. El día de
muertos de 1836, su crónica trata de cementerios, y aún tiene fuerzas para
reírse. No ocurre así unas semanas más tarde, en la Nochebuena de ese año.
Larra se desdobla para entablar un diálogo imaginario con su criado. Lo que su
álter ego le dice es irrebatible: “Tú buscas la felicidad en el corazón humano,
y para eso le destrozas, hozando en él, como quien remueve la tierra en busca
de un tesoro”. Sí, precisamente, como un cerdo. Lee noche y día, buscando la
verdad entre los libros, sin encontrarla: “Ente ridículo, bailas sin alegría;
tu movimiento turbulento es el movimiento de la llama, que, sin gozar ella,
quema.” No sé si todavía publicó un artículo más, pero consecuente con su
ideario, se suicidó poco después. Ya sé que fue por amor… pero algún modesto lugar
ocupará en esta decisión su oficio de escritor costumbrista.
Mariano José de Larra, Artículos varios, 2ª ed. revisada; edición, introducción y notas de
Evaristo Correa Calderón. Madrid, Castalia, 1979. (Clásicos Castalia, 70)
lunes, 4 de mayo de 2015
Tres visiones de Carlos Monsiváis
Para unas predicciones retroactivas
Desde el 19 de junio de 2010 no he dejado de voltear hacia
atrás, como buscando una respuesta al presente. Es la costumbre oracular de
encontrar en sus textos una respuesta a cada momento. Cada mirada retrospectiva
ha sido un asedio, una esperanza de arrancar una palabra nueva a una obra
literaria detenida para siempre. Supongo que no soy el único, y que Carlos
Monsiváis es cantera generacional, ya que su obra abarca tantos ámbitos y se
dirige hacia tantas direcciones. En muchísimos aspectos, su trabajo fue una
empresa absolutamente solitaria: de no haber existido su aproximación total a
Salvador Novo (Lo marginal en el centro,
2000, aumentada en 2004), habríamos perdido un documento único para entender un
contexto cultural y una lectura privilegiada de un personaje escurridizo y cuya
explicación depende de la constancia en su estudio. Apenas pienso en Monsiváis,
y la esperanza de comprenderlo vastamente se diluye, porque considero casi
imposible un libro similar pero enfocado en la obra de Monsiváis, puesto que se
desbordaba sin término –y su afán ordenador fue, paradójicamente, el causante
del caos que lo rigió. Y eso que tenía rituales, como todo caos, porque
compraba obsesivamente fragmentos precisos del pasado, porque sus lecturas eran
un misterio: un laberinto mental muy bien trazado para poder perderse
gozosamente. Todo en Monsiváis era un proyecto personal desconocido: una serie
de intuiciones, de experiencias apretadas lo suficientemente como para
funcionar simbólicamente, reflexiones que sólo se mostraban en su forma final,
nunca como un proceso. Pues el autor de Amor
perdido acudía a los fenómenos y los contemplaba, pero se cuidaba de no
revelar el proceso de construcción de sus ideas: prefería la forma final del
aforismo, y también: un procedimiento que consistía en hurgar en el pensamiento
ajeno, desarmarlo, volverlo a armar con su voz y ponerlo a funcionar nuevamente
de tal manera que todo fuera autoparodia. Citar y contextualizar. Para que el
acusado pronunciara la condena: sus
propias palabras. Todo su estilo y sus recursos estaban armados por el
cemento de su personalidad. Me parece central la afirmación de Carlos Fuentes:
que Monsiváis creó un género literario mezcla del ensayo y de la crónica.
Observador privilegiado por el solo motivo de que la realidad se peleaba para
desfilar ante él y ser desnudada por su mirada. Ya eso representa cierto voyeurismo
intelectual que lo definió, es cierto. También es cierto que pensar la realidad
es transformarla, agredirla para convertirla en algo distinto, y Monsiváis, al
pensar ciertos fenómenos les dio una forma irrenunciable: ni Juan Gabriel, ni
Siqueiros, ni Revueltas, ni Benita Galeana, saldrán fácilmente de esos nichos
fabricados de palabras en que los depositó Monsiváis, pues cristalizó momentos
claves de estas existencias y dinamizó ideas incomprensibles para los lectores
(el desentrañamiento de la retórica priista del periodo clásico, la
reinterpretación del mal gusto del cine mexicano como conquista estética, por
ejemplo). Y aun estos artefactos de palabras, tan efectivos, son sólo una parte
de su actividad, pues no cubrió de palabras gran parte de su plan intelectual
–que, como dije, era prácticamente desconocido– y en muchos casos fue un flâneur, una mezcla de Walter Benjamin y
del nuevo periodismo (y del antiguo periodismo también, pues pienso en un
Guillermo Prieto altamente teorizante). La colección resguardada por su museo,
El Estanquillo, puede dar fe de los temas que pudo haber tratado y que sólo
pueden ser observados en las vitrinas de lo potencial.
Vuelvo con frecuencia a Monsiváis. Es
inevitable, pues ciertas realidades (como la política y su retórica) muchas
veces tienen sólo el atractivo de haber sido escrutadas en sus textos. Otras,
como el espectáculo –los movimientos ciudadanos– siguen vivas porque comparten
la pasión del cronista que se involucra y se mezcla hasta donde le era posible,
ya que nunca dejaba de ser conciencia corrosiva. Discurso aglutinador:
coleccionista de citas tristemente célebres, barroquismo estructural, polemista
armado de una enorme infraestructura cultural… El resultado es,
paradójicamente, una notable falta de diálogo: la derecha en muy pocas
ocasiones estuvo a su altura (Javier Sicilia trató de defender ante él la idea
de que la mujer no debe de trabajar). Pero la academia también ha mostrado una
falta capacidad de diálogo con su obra: quizá porque tiende a desmontar su
discurso y a discutirlo a partir de marcos teóricos demasiado particulares (la
crítica literaria, la sociología). O la academia norteamericana, que ha querido
hacerle un lugar ¡al lado de los autores marxistas del siglo XX (a Monsiváis,
un autor tan pronunciadamente antimarxista)! Prefiero incurrir en el error de
compararlo con Sartre. ¿Recuerdan que Sartre se sentía capaz de enfrentar el
pensamiento marxista con solo su método personal de pensar? Un papel similar
jugó Monsiváis en México: no estuvo fielmente cerca de ningún pensamiento,
aunque llevó nota de las principales manifestaciones civiles durante más de
medio siglo.
A los dos años de su muerte, yo sólo puedo
erigir un lugar común: que Monsiváis fue una tradición en sí misma. Creó un
lenguaje, una mirada de ver, una notable actividad intelectual en torno a un
personaje dinámico y cambiante (la ciudad) y a sus actores (los mexicanos).
Parecía que era un momento de la cultura y, fundamentalmente, se trataba de una
actividad solitaria que elevó el nivel de la discusión de ideas en el espacio
público durante años.
Cronista
¿Hablar sobre Carlos
Monsiváis? Está muy bien. Mientras no haya sido hablar ante Carlos Monsiváis. Porque eso me causaba un nerviosismo casi
incontrolable. En vida de él, ni pensarlo. Ninguna de las dos posibilidades. En
ese entonces, su obra era lo más parecido a un ser vivo. Cada manifestación de
la realidad le provocaba una reacción más o menos apasionada. Era la respuesta
extremadamente analítica a los sucesos culturales, sociales y políticos. Una
reacción sintetizadora que al mismo tiempo desmenuzaba minuciosamente los
fenómenos, las interpretaciones, las declaraciones de los políticos. El
rompecabezas de la realidad es incomprensible. De ahí que Monsiváis lo
destrozara de unos cuantos golpes y lo volviera a unir. No es que la hiciera
más comprensible. Pero por lo menos, pretendía decir que las cosas no eran
sencillas. Los discursos que se repiten, la ideología dominante que sale a cada
momento por la televisión… contra eso estaba dirigida su obra, casi totalmente.
Por eso fue una continua batalla. Los argumentos de hoy resurgirán mañana, en
la edición del periódico, en el noticiero de la noche. Contra eso no había
tregua. Leer un texto de Monsiváis era como aparecer de pronto en un mar:
palabras suyas hacia todos los horizontes. Como escribió sobre todos los temas,
no estuvo mal elegir esta imagen, la del mar. Era como una ola que se llevaba
todos los residuos y los lanzaba fuertemente sobre una playa. Curiosamente, un
hombre siempre es de su época. Esta verdad tan obvia se revela extrañamente.
Apenas un día después de su muerte ya la realidad asumía formas tan distintas
que me parecía imposible saber con qué comentario reaccionaría frente a los
últimos años del gobierno de Calderón. Siento que los festejos del Centenario
no se realizaron porque Monsiváis no realizó la crónica que consumara los
festejos de frivolización de la Independencia y de la Revolución. Falta su
visión de las elecciones de 2012. Falta su visión de los fenómenos del Internet
(en los cuales, por otra parte, fue pionero). Siempre se dice que el estilo es
el hombre. Pero pienso, en el caso de Monsiváis, que la actitud es el estilo. Y
que, en su caso, el “punto de vista” no es un punto de partida. Es por el
contrario: el lugar de llegada. Para poder observar la sociedad, fue primero
necesario conseguir el lugar privilegiado, reunir los materiales, construir una
teoría, documentar el optimismo. De otra manera, estaría destinado a ser
desbancado. Y la suya fue, quizá, la más consistente de las visiones y la más
amplia. Sin los aires metafísicos de la obra de Octavio Paz, Carlos Monsiváis
realizó mejor una “fenomenología” que partía de la experiencia y que
desembocaba en categorías instantáneas y que se diluían, tal como debe de
hacerse con el conocimiento: diluirlo en el devenir. Ha sido necesario, para
mí, adquirir una distancia crítica con respecto a su obra, para poder voltear y
mirarla. Puesto que me eduqué en su lectura, y me contagió su pasión por los
temas de la cultura mexicana, era necesario desligarme y diferenciar lo suyo de
lo mío. Y ahora pienso que de su obra permanecen, entre otras cosas, la
actitud. Lo contingente se desvanece. Bueno, no es tan cierto. Para que “lo
fugitivo” permanezca es necesario que se aferre a un sistema, a una
interpretación total. Pareciera que Monsiváis se centró su mirada en lo
instituido. Tal vez. Pero buscaba en todo eso la presencia de lo que se
desvanece. Las manifestaciones culturales que hay que cazar porque de otro
modo, se van para siempre. Uno no se puede quedar en su hogar, fabricando
teoría porque la realidad no esperará. No hay que perder el tiempo, mejor hacer
teoría mientras las cosas ocurren. O mejor aún: que la teoría nazca junto con
las apreciaciones. Cuando él murió, Elena Poniatowska dijo que Carlos no nada
más veía la ciudad, sino que miraba y meditaba al mismo tiempo, es decir que
hay mucho de periodístico, pero también de literario y hasta de filosófico.
Cada aspecto es insustraíble de los demás: no puede decirse “el literato” ni
“el pensador” o “el cronista”. Quizá, eso se deba a que buscamos dividir por el
hábito de poner los textos, según nos ha enseñado la academia, al servicio de
la división de géneros, según lo enseña la teoría europea. En México nunca ha
sido así, los críticos dividen para darse cuenta de que los textos no caben en
las categorías. Aquí, los textos de Prieto y Altamirano aprovechaban los
diarios para relatar y meditar. Lo mismo Juan Bautista Morales, en El Gallo Pitagórico. Fernando Benítez
fue, en el siglo pasado, el mejor exponente. El autor en el que periodismo y
arte se confunden. Más bien, ni siquiera se piensan como elementos separados.
En dos libros, Monsiváis vuelve a esa historia para dos causas distintas, para
restaurar la secuencia del pensamiento que legitima el Estado laico (Las herencias ocultas). Y para
fundamentar la crónica como género equidistante de la literatura y el
periodismo (A ustedes les consta). En
la “Nota preliminar” de este libro, escribe: “crónica: reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género
donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”. Monsiváis
subraya la palabra literaria, porque
es fundamental la técnica y el estilo. Y porque las crónicas seleccionadas por
él son memorables. Entre otras cosas, este libro establece el espacio en el que
convive un gran número de escritores notables y a los que une esta forma
precursora de la non fiction. Ésta es
su plataforma, y va desmenuzando los distintos componentes de la crónica y sus
postulados. Cómo, en el siglo XIX, s principal función fue una necesidad de
tipo urgente: el conocimiento del país, en un tiempo sin caminos. Nervo,
Guzmán, Novo, Benítez, Revueltas, Garibay, Poniatowska, Pacheco… En este
espacio mental que defiende, ¿cuál será la actuación del Monsiváis cronista?
Porque releo a Carlos con frecuencia y porque busco directrices en sus textos,
sé que su estilo es ante todo, una actitud (véase arriba) y una forma de zurcir
las experiencias personales. Ante todo, Monsiváis siempre está en escena. Nunca
la naturalidad. Para qué. Eso no. Bajo ninguna circunstancia. Siempre, la
puesta en escena de un estilo. Y de un estilo nada sencillo. De hecho, uno de
los estilos más complejos de la literatura mexicana. Muchos lo han descrito, y
si lo hago nuevamente es porque de su forma brotan los contenidos. Puesto que
el caos en realidad es la manera en que se muestran las leyes del universo, su
estudio requiere de una metodología que capte sus regularidades. El caos,
escribe Carlos, se explica en gran medida por el consumo. El consumo cultural,
de contenidos en los medios, de productos indispensables. El consumo crea
celebridades, mitos, y actitudes ante los mitos. El caos es la manifestación
exterior de una estructura profunda de la sociedad. El aparente caos de su
estilo es una representación articulada de la realidad. Por un momento pensemos
en Carlos Monsiváis como un espectador de la sociedad mexicana. Eso equivaldría
a decir que de sus obras saldría un retrato fidedigno y unívoco. Pero nada más
lejana su obra de ese retrato. Sale otra cosa muy distinta. En boca de sus
personajes, las palabras no dicen lo que dicen sino lo que quieren decir, es
decir: lo contrario de las intenciones de las palabras. Cuando un político es
citado por Monsiváis… algo pasa, qué extraño, una angustia pasa por su rostro, el
verdadero significado de su discurso se revela sobre el papel, y las palabras
revelan en lugar de ocultar. Las crónicas de Monsiváis están disfrazadas de
definitividad. Parecen dar una versión permanente de los fenómenos. En sus
textos jamás una elaboración de una idea: siempre es una colección de
aforismos. Monsiváis, el lector de novelas policiales, nunca dirá cómo llegó a
sus conclusiones. Siempre es el detective que deslumbra porque convirtió las
pistas en una conclusión inesperada. En su voz hablan otras voces. Pero la
seriedad con que las cita es, asimismo, aparente. En la red de referencias que
arma, sólo hay un pegamento: la sospecha. Ante la realidad, la desconfianza.
Desconfiar hasta del mínimo movimiento de la menor pestaña del interlocutor, escribió
en su Autobiografía. Ante sus
palabras, ¡cuidado!, no se confiar demasiado. Los mexicanos tenemos que
educarnos estéticamente, sin pedir permiso, porque nadie nos lo enseñó y
tenemos un gusto autoesculpido. Para inscribir esta “educación estética” en la
lógica del choteo, Monsiváis escribe: “no importa que ese gusto sea producto de
la importación o de la sustitución de importaciones”. Los proyectos políticos
nacionales no contemplan la salida del subdesarrollo. El público, en su obra,
es el espejo en el que se contemplan las celebridades. Me llama mucho la
atención el papel del pueblo (las masas, la sociedad civil) en la obra de
Monsiváis. Pienso que sus crónicas, en gran medida, tienen como tema la
transformación del pueblo en sociedad civil. Y la “sociedad civil” como un
concepto liberal que utiliza para burlarse un poco de la academia marxista
(como lo hace ver en Entrada libre)
pues Monsiváis sugiere que los cambios sociales pueden lograrse a través de las
luchas civiles. La sociedad de masas tiene como contraparte a las celebridades.
Quizá esté detrás del planteamiento de Monsiváis la obra de C. Wright Mills, el
autor de La élite del poder, la más
lúcida descripción del poder norteamericano. Desde aquel libro, el mundo de las
celebridades es básicamente neutralizado y considerado un distractor para que
el verdadero poder pueda esconderse del escrutinio público. Monsiváis muchas
veces es implacable contra este tipo de personajes: las celebridades que son
famosas porque son conocidas. O aquel payaso de la televisión que menciona en Entrada libre, que: “es famoso porque
fue famoso”. O los ídolos de la lucha libre, en Los rituales del caos: que son ídolos porque “muchos pagan por
verlos”. La celebridad es una tautología. Un espejo frente a otro espejo. La
vanidad frente a sus admiradores. No hay escapatoria. No la hay mientras la
sociedad sea una reproducción de la ideología de la sociedad de masas. El
personaje más acabado de las crónicas de Monsiváis es la sociedad civil, la que
surge con el sismo de 1985. La desobediencia contra el presidente Miguel de la
Madrid, quien pidió a la gente que no saliera a ayudar en los días del sismo.
La solidaridad de la gente. La autoorganización social. Las conquistas civiles.
Una sociedad que había sido obligada a callarse sus opiniones es la que
describe en sus libros. La inercia social y la riqueza cultural son sus motores
permanentes. Todo esto que escribo son mis conclusiones preliminares. No es la
primera vez que lo hago. Trato de escribir sobre Monsiváis con frecuencia,
buscando ideas nuevas, puesto que me eduqué leyendo su obra con obsesión,
porque esperaba los lunes para leer Por
mi madre, bohemios y porque me irritaban las opiniones de Octavio Paz sobre
esta columna política. A Carlos Monsiváis, a quien considero mi maestro en la
escritura, le pido disculpas por estas impresiones fragmentarias sobre su obra.
La construcción verbal
Carlos Monsiváis resucitó al día siguiente en forma de
causas políticas vigentes, de reconocimientos públicos y de polémicas. Noto en
algunos sectores una prisa por leer su epitafio y continuar. En aquellos que
dicen: “No dejó una herencia intelectual”. Me parece bien que no la recojan y
que no la reconozcan. Pero me opongo a que se dé el paso siguiente, negarla o
impedir su reivindicación de parte de cualquiera de sus lectores. Se divertirán
entre escombros, no extraerán nada, parecen decirnos si pretendemos leer su
obra. Todo me parece, menos que se trate de un enigma resuelto, de un estilo
superado o de una visión sobreseída de la realidad.
A Monsiváis lo empobrece la clasificación de
cronista, ya que no sólo narra –en muchos casos, la narración es algo marginal–
sino que comparte las reflexiones que la realidad le sugiere. En este sentido,
toda su obra es preliminar, ya que es work
in progress, nada está dicho por última vez, y si el autor regresa a lo
mismo, a tratar lo mismo, tal vez sea para decir casi lo mismo, lo cual es
decir ya otra cosa. La realidad le produce una sensación de perplejidad, puesto
que sus manifestaciones ideológicas más superficiales (las declaraciones de los
políticos, la ideología de la clase media, las letras de los boleros, los
comics) colaboran para hacerla más incomprensible. La ironía es el mazo que
permite romper la cáscara de la realidad, paradójicamente rompiendo el mazo y
no la cáscara, ya que Monsiváis se sitúa del lado de las consecuencias; si los
ideólogos persisten en sus apreciaciones de la realidad, la realidad dará la
razón a las apreciaciones (de ahí la ventaja de irse a vivir a las
declaraciones de los políticos o de plegar el destino del país a los argumentos
de las telenovelas con la confianza de esperar la redención final en el
sufrimiento). Su objeto más recurrente es la ciudad de México, la categoriza
pero no en términos sólo de conocimiento; si así fuera, se podrían extraer sólo
conclusiones “sociológicas” o “filosóficas”, por llamarles de algún modo. Pero
se extraen asimismo conclusiones literarias, con ello quiero decir que
pertenecen al orbe de la creación –y no de la descripción de una realidad.
Concibo el estilo como un método; el estilo le permite al autor crear su objeto
–y no sólo: conocerlo–, y hay veces en que los autores no terminan de conocer
lo que crean. En el caso de Monsiváis, las construcciones verbales son convincentes,
la creación literaria que superpone a su Tema a Tratar se confunde con él, se
convierte en una versión indiscutible (o discutible) de la realidad, pero
indiscutiblemente es una versión eficiente de la realidad. Y poderosa. Ya que
sirve como reproducción de una idea de ciudad. En ella se da la idea de
coexistencia (el metro de la ciudad contradice la ley de que no puede haber dos
cuerpos en un mismo espacio, afirma Carlos) y de todos sus derivados y
consecuencias. La tolerancia y la convivencia son dos consecuencias de sus
textos, pero así mismo lo son la extrañeza y la rivalidad. En última instancia,
Monsiváis plantea una idea de “sociedad civil” clásica, regida por un Estado
modelado a base de logros civiles. Lo cual no evita la tensión en su obra, la
tensión de opuestos, la realidad en movimiento. La ciudad de México que se
extrae de su obra –personajes, sitios, experiencias– es la ciudad de Monsiváis,
en el sentido más estético que se le pueda dar a esta expresión, ya que ése es
precisamente el margen de creación que puede tener un ensayista.
Todo está bien mientras no aparezca la ironía,
como veo que afirman algunos, porque entonces ¡ridículo!, seguramente no hay
nada adentro de esa frase, algo suena en su interior, pero no será seguramente
una idea, tal vez sean sólo ocurrencias, para parafrasear una frase ocurrente,
la verdad de las cosas, aunque ésta sí, con cierta fortuna. Será que ha servido
para ahorrar el trabajo de pensar. Algo así se quiso hacer contra Salvador
Novo: despojarlo de la posibilidad de tener un ideario. Eso es lo central, me
parece, en Lo marginal en el centro,
el libro dedicado a Novo: la reivindicación de un escritor en un medio
intelectual que cree que es posible escribir sin ideas. Existir sin ideas… Qué
enternecedor de parte de la crítica postular la pura pirotecnia verbal como un
acto sin ideas, como una reducción al mínimo de parte del pensamiento, en tanto
que la facilidad verbal juega por su lado a sorprender sin sentido. Sin
embargo, a mí la obra de Monsiváis me parece la lúcida formulación de una
constante relación con un sujeto inabarcable (la ciudad, la realidad, sus
manifestaciones sociales) por la que se siente un inmenso amor (correspondido),
así como un inmenso odio (igualmente correspondido).
martes, 21 de abril de 2015
Estación Finlandia, de Jorge Aulicino
Estación Finlandia
Pável Granados
Quiero comenzar deponiendo la lectura burocrática y oficiosa
ante la poesía. Puede pasar que sus pétalos se vuelvan de piedra y se nieguen a
abrirse. Esta idea encierra un relativo misterio, pues por lo general no
sabemos bien lo que ocurrirá cuando se encuentra un poema con un lector. Muchas
veces nos preguntamos cómo es que determinado escritor pasó sin ver a cierto
poeta. Pero llevar al extremo esta idea tiene el gran inconveniente de
relativizar las grandes obras, casi siempre de importancia inobjetable.
Criticar, por ejemplo a Virgilio es como tirar una piedra que caerá de regreso
pesadamente contra aquel que la lanzó. A veces, sucede lo contrario, que un
lector curioso descubra belleza en un poema aparentemente seco, puesto por
compromiso en las historias literarias. De por sí es complejo el tema cuando
hablamos de lo que ocurre en la tradición literaria de un país. Pensemos en el
nuestro, cuya tradición poética ha sido frecuentemente interrumpida, de tal
modo que para saber qué mensaje nos manda un poeta no podemos recurrir a los
poetas, y a veces ni a los críticos. Tendremos que volver al poeta para
saberlo, y para lamentar que, en muchas ocasiones, lo que nos quería decir no
pasó siquiera a la siguiente generación. Hay algo en el léxico que pertenece a
una época y a un espacio. El poeta no puede saber hasta qué grado su obra podrá
salir de cierto ámbito, lo que contradice la universalidad de la poesía. Pienso
esto por pura incapacidad, porque pretendí leer de principio a fin la obra del
argentino Jorge Aulicino, y, al mismo tiempo, enterarme de lo que decían los
críticos acerca de su obra. Pero es que también debo de traducir lo que los críticos
dicen a mi propio lenguaje. Naturalmente, no busco lo que ellos. Ni esta poesía
me dice lo mismo. Una parte de ella está vuelta hacia su tradición, y se me
escapa. Es poesía que me diría más si yo nadara en sus referentes. La otra sí,
se deja ver y admirar. Hay una experiencia personal (o la apariencia de una
experiencia personal) que se impone ante los símbolos, es una especie de
no-simbolismo. Aunque me pregunto si efectivamente es posible y deseable eso.
El poeta sigue el destino de un grillo que se encuentra en su habitación, lo
cual conmueve grandemente. La poesía es un trabajo que lo lleva a congresos y a
viajes, y hace que le den tarjetas con correos electrónicos. Parecen
asociaciones libres, instantes que condensan tiempos ajenos entre sí, pero el
destino unifica los temas. Un grillo y un poeta en la encrucijada… Y yo me he
portado como una araña, tejiendo una telaraña de palabras en el aire, por ver
si cazo un momento de belleza. No era necesaria tanta teoría para capturar un
poema y abrirlo como a mosca. Es un poeta sobre el cuál me costaría teorizar,
no se puede digerir a grandes cantidades. Pero elegiría el poema titulado “Hay
tórtolas…”. El poeta ve a sus hijas a lo lejos, andar por su propio sendero, y
quiere comparar su propia experiencia con el de ellas, pero la experiencia no
puede compararse nunca. Y sin embargo, el grillo, el poetas, las hijas… alguna
sustancia poética transferible las debiera comunicar.
Jorge
Aulicino. Estación Finlandia. Poemas
reunidos 1974-2011. Buenos Aires, Bajo La Luna, 2012.
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