A lo largo de su vida, Alfonso Reyes practicó el periodismo, aunque
un periodismo muy alejado del actual. Pienso que casi cualquier editor
rechazaría textos como los que aparecen en estas páginas. Al mismo tiempo,
Reyes rechazaría los diarios actuales, y los cerraría casi de inmediato. Sin
ánimo de calificar nada, debe decirse que la tradición que él continuaba está
casi muerta hoy: un periodismo literario, una conversación inteligente con el
lector. Claro, había entonces más tiempo para colaborar en un juego semejante.
Prosa elaborada, con una tarde para las especulaciones no políticas. Y si son
políticas, vertidas en amplias columnas tabloides. Aquellos textos que llamamos
“el periodismo” de Alfonso Reyes es una proyección cartesiana de un deseo
editorial, de avenidas de textos rodeando una plaza pública. Y para nosotros:
un modelo. Un hombre informado que camina por la calle, enaltecedor
espectáculo. Naturalmente, el mundo no era entonces (1929) una tragedia. Los
lectores no abrían las hojas de un diario para enterarse si no han muerto. Ni
se recorrían las secciones de noticias internacionales para presenciar un
Apocalipsis cotidiano. Pero hablemos de estilo. Yo, al escribir, releo y borro,
rectifico, y la frase resultante aún duda, pero continúa: se le une la
siguiente, y trata de desarrollar algo. El periodismo no tiene tiempo de eso,
se piensa en el momento en que se escribe pues de otro modo pasa la oportunidad
de decir. Lo que Alfonso Reyes escribió se puede calificar de “periodismo”
porque se publicó en periódicos, porque lo apremió el tiempo. Pero su entraña
no necesariamente tiene contenidos periodísticos. Lo que significa que el corte
que disecciona su obra es necesariamente arbitrario. Escribió sobre periodismo,
sobre lo que se debe de entender por este género, pero también de su historia,
pues dejó páginas sobre la historia de los diarios europeos. Fue optimista en
un tiempo en que no era pecado serlo. Todavía era tiempo para las buenas
intenciones. Es el caso de su entrevista al hispanista judío Abraham S. Yahuda
(1917), al respecto de la esperanza de que el pueblo judío poblara Palestina.
En esa proyección del futuro se miran cabañas, un pueblo trabajador, escuelas,
zonas de recreo. Se pensaba que este pueblo sería un buen vecino, y no el
engendrador de un gobierno sangriento capaz de crímenes atroces. Es extraño
llamar a Reyes “periodista”; depende por completo del antologador. Quizá es que
estos zapatos le quedan demasiado pequeños, o bien: son tan grandes que entran
demasiadas cosas (¡prácticamente toda su obra!). Importa también si sus textos
son actuales. Y él, tan afecto a estas diversiones de la reflexión, nos diría:
“¿Y qué cosa no es actual?” Ah, quizá sí, es cierto: se abre un periódico de
cualquier año, y la actualidad es algo que pone la inteligencia del lector.
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lunes, 8 de enero de 2018
Sismos
¿Mi poética? Una ciudad en ruinas, grietas en
las vidas ajenas. Bueno, también en la
propia. Pero por alguna razón, me sostengo. Buscar la belleza no en lo que está por marchitarse, como los
antiguos modernistas, sino en aquello que
se puede reconstruir desde los vestigios.
Una ciudad que me recibió devastada, pues antes de 1985 no tengo recuerdos de ella. La que vi entonces, recuerdo,
tenía fisuras y era vieja, un caracol dejado en la playa por sus antiguos
habitantes. La vez que mi abuela me llevó a la
XEW y vi al locutor Pepe Ruiz Vélez y a
la cantante Lupita Corazón, la ciudad era otra. Qué lástima, no era nueva como en las fotos, como en el cine. Un sismo
estaba entre ella y yo. Escombros en el suelo,
cuerpos enterrados, esperanzas puestas a
secar. El libro que dejó ese mundo: Las
batallas en el desierto,
de José Emilio Pacheco. ¿Que fue escrito antes? No importa, no se puede leer sin pensar en la
destrucción, en los sentimientos dejados
por ahí, debajo de los escombros. A ver qué queda, se puede pensar, pepenar entre vidas ajenas, puede salir una
carta de amor, un zombie, una mirada perdida.
Perdida para siempre, luz sin destino.
Bien, por alguna razón todo se desploma. Todo se reconstruye y se intenta volver a vivir. ¿Para qué continuar, con qué
fin? ¿Esa pregunta pretendes responder,
curiosamente con el material del último
derrumbe? Modela un hombre, sopla para darle vida, y a ver a dónde llegas, a
dónde que no te alcance un sismo de unos
cuántos grados. Quizá a construir una voz que hable mientras el mundo no se
cimbre lo suficiente. Voz que es una argamasa, voz construida con fragmentos.
Si la escuchas bien, verás que tiene grietas en sí misma, y lucha continuamente
para parecer que es una sola. En cierto momento, llegué a sentir que escribía
siguiendo una voz, la cual me dictaba de manera constante. Un ritmo que seguía
fascinado, el cual creaba sin saber. Y luego, algo cambió. Una tensión de voces
que pelean por hablar, se muerden entre sí, se asfixian, todas quieren salir al
mismo tiempo. Y yo, mientras tanto, he perdido esa voz. Y buscándola me he
extraviado. Ya me ha ocurrido antes, así que no hay angustia, y aunque no hay
angostura, es difícil seguir adelante. Todo esto se ha construido sobre un yo hasta
dejarlo lejos, sepultado por influencias literarias, lecturas, retazos, restos
de un derrumbe. Y ahora, algo se ha movido, lejos, allá abajo. He de ser yo.
Pero entre yo y yo hay una distancia grande, una fisura nos recorre. En fin,
inútil buscarme, no me alcanzaré. Y lo que se construye está listo para ser
derrumbado. Si en mí hay un cambio, es lógico que acá, lejos, yo lo sienta,
como una repercusión, finalmente no puedo moverme de mí y entonces cerca estaré
del epicentro. Pero decía que un sismo abrió la ciudad y me la entregó como una
fruta sin cáscara para que la probara. Así entré a la ciudad, pisando
levemente, para que nada se moviera. Imaginando azoteas, perspectivas,
posibilidades de catástrofes, alternativas para salir corriendo. Todavía aquí,
a unas calles, hay un edificio derrumbado, legado del otro temblor, del viejo
temblor. El reciente me asaltó en la calle. De pronto, los Los árboles
comenzaron a bailar alegremente, los edificios parecían barcos en alta mar, en
un balanceo armonioso, alumbrados por el sol, el ritmo telúrico era vivo e
indiferente. Y abajo, las hormigas corrimos aterradas, indiferentes a la
belleza del mundo. Sacamos rápidamente conclusiones sociológicas, derivamos
aprendizajes útiles, probamos del fenómeno. Vagamos sin rumbo, es cierto, por
una ciudad desconocida. Sentimos el vaivén de las olas terrestres. Se recordó a
Esopo, al parto de los montes, y los medios acudieron a ver qué saldría ahora.
Pequeñita, apareció la fraternidad humana. Bueno, no tan pequeñita, pero sí de
vida breve. Si ese primer impulso fraterno logra sobrevivir, tiene la opción de
despojarse de esa inclinación a los aspectos sentimentales, y darle sitio al
compromiso. La mariposa que así resulte no revoloteará frente a la pantalla de
televisión, deslumbrada por los detalles de la última tragedia. Pues el
compromiso es abstracto, un punto de llegada a una idea hecha para un bien más
colocado más allá de las individualidades. Y yo que creí que nada optimista iba
a salir de un derrumbe.
Recuerdo las palabras del escritor francés Michel Le Bris, escritas luego del
terremoto de Haití, en enero de 2010: “Dany
Laferrière (escritor haitiano galardonado el pasado 4 de noviembre en París con
el prestigioso premio Medicis por su novela El
enigma del regreso) vuelve con nosotros por la tarde. Se nota trastornado. La
gente reconoció a Dany, se le acercaron, le apretaron la mano agradeciéndole
por su libro premiado que, según decían, les honraba. Dany se sentía en una
situación embarazosa: en estas circunstancias… un libro… Pero la gente
insistía. Le repetía que por el contrario, más que nunca necesitaba libros,
porque los libros dicen que en lo más hondo del ser humano existe algo más
fuerte que la desgracia.” El periodista puertorriqueño Huáscar Robles
Carrasquillo, que visitó Puerto Príncipe durante el terremoto de Haití de 2010,
escribió en Puertos
Príncipes. Temblemos todos (Cifra
Editorial, 2017) la experiencia de la desorientación: la sociedad derrumbada y
caminando en pasos hacia no se sabe qué parte. Puerto Príncipe destruido al
inicio de una tragedia de un solo acto. Derrumbado en segundos. Al regresar a
la isla, en 2014, descubre que la cultura es un cemento que reconstruye. Quizá
sea más duradero este cemento inmaterial. De hecho, sobrevive al derrumbe de
las sociedades.
domingo, 31 de diciembre de 2017
Gockel, Hinkel y Gackeleia, de Clemens Brentano
Un cuento
fantástico, magnífico tema, además es fin de año, en él pasarán todas las
cosas, pero hay que fijarse bien, porque en este tipo de literatura puede pasar
lo que sea, pero no todo asombra. Lo verdaderamente fantástico es el tipo de
cosas con las que se maravillan los personajes, porque lo que a ellos les
parece natural a nosotros nos parece fuera de toda norma, y viceversa. Así que
si un día despertamos y nuestra casa se ha convertido en un palacio de oro y
marfil, está bien. Pero la existencia de una ciudad en que vendan rosquillas y
pasteles de liebre, eso sí que es increíble. Clemens Brentano (1778-1842), a
partir de 1810 se dedicó a recoger y escribir cuentos para niños. Como de
costumbre, los adultos los leen para descubrir en ellos cosas que de otro modo
no verían. Es que las fábulas esconden bastante bien sus moralejas y su
sustancia. Gockel y Hinkel son esposos, y tienen a su hija Gackeleia, viven en
un viejo y pobre castillo que fue de sus antepasados, acompañados de su gallo
Electryo. Y el centro de este largo cuento es la irresponsabilidad de Hinkel y
Gackeleia, esposa e hija del protagonista, respectivamente, que una noche, por
imprudencia dejan que un gatito se coma a la esposa de Electryo y a sus
pollitos, y deciden echarle la culpa al pobre padre. Electryo, desdichado por
la muerte de su familia, sólo pide que su amo lo mate con la espada de sus
antepasados. Al morir, de la garganta de Electryo sale una sortija mágica. Hace
muchas páginas que se quedó atrás nuestra credulidad (vamos en la 59),
saboreando el juicio contra el gatito culpable, pues las aves sirvieron como testigos
contra él. Qué lástima, no verá entonces cuál es el meollo de esta historia: que
Gockel le pide a la sortija mágica que a él y a su esposa les devuelva la juventud.
Así que lo maravilloso de este cuento maravilloso es que no existe lo
irremediable, como en la realidad. No pasa el tiempo fatalmente, y lo que
ocurrió una vez no ocurrirá para siempre. Por eso causa tristeza su lectura,
pues mientras continuamos embarcados en el tiempo, los personajes regresan a
vivir su juventud, piden riquezas. ¿Y si le pedimos a la sortija mágica que
le devuelva la vida a Electryo? Concedido. El gallo vuelve feliz a aletear
frente a todos. Naturalmente, ocurren más aventuras en este cuento, pero apuremos
las hojas hasta el final, ¿cuál es el último deseo? Gackeleia, que se encuentra
feliz de poder pedir cualquier deseo, exclama: “Ya no me queda más que desear
que volvamos a ser como niños y toda esta historia sea como un cuento y que
Electryo nos la esté contando”. Así que permitan que ponga aquí el por varios
motivos maravilloso último párrafo: “Apenas pronunció estas palabras, que
Electryo se sentó encima de la mesa, cogió la sortija con el pico y se la tragó
en un santiamén, y justo en aquel mismo instante todos los presentes se
convirtieron en unos hermosos y alegres niños que, sentados sobre una verde
pradera en torno al gallo, escuchaban atentamente la historia que éste les
contaba, mientras palmoteaban, y todavía me arden las manos de dar tantas
palmadas, pues yo también estaba allí, pues de lo contrario no habría podido
contar esta historia”. ¿No es una bella manera de decir que esta realidad de aquí,
irremediable, puede que esté construida con el material de lo fantástico?
Clemens Brentano. Gockel,
Hinkel y Gakeleia, prólogo y traducción de Carmen Bravo Villasante.
Barcelona, José J. de Olañeta, 1988.
jueves, 28 de diciembre de 2017
José Maria Eça de Queiroz, Obras completas, tomo I
¿Para
qué era que queríamos obras completas? ¡Ah, sí!, para tener a la mano a
los clásicos, para consultar pasajes célebres, para venerar a los que
así han sido editados y para evocar los tiempos en que se escribía
siguiendo el gran plan de las obras completas. Todavía hace pocos años,
Milán Kundera hacía el elogio de la escritura como la ejecución de un
gran proyecto vital. Nada de anotaciones en papelitos. Qué rápido se ha
jubilado esa idea. Aunque no es menos nueva esa frase de Amiel: “No
dejaré más que fragmentos”. En fin, el portugués Eça de Queiroz
(1845-1900) es llamado en el prólogo: “el vencedor del tiempo”.
Irónicamente, sería cuestión de gran molestia para los portugueses del
siglo XIX saber que su escandaloso contemporáneo haya logrado esa
trascendencia. Con gran pena haré memoria de esos tiempos y diré que no
recuerdo casi ningún otro nombre de entonces. Perdurará entonces el
mundo que vio Eça de Queiroz: alegremente corrompido. Sus novelas son la
demostración constante de que el cinismo es el verdadero bien a que
podemos aspirar. Las tragedias que relata, finalmente no lo son tanto.
Sus personajes van aprendiendo a vivir en esta sociedad construida por
la doble moral y la murmuración. La idea que este autor tiene del
escándalo es bastante peculiar. Aquí, quienes se escandalizan son los
viejos sacerdotes cuando se enteran de que el joven padre Amaro respeta
el secreto de confesión. En la novela La reliquia (1887),
el protagonista viaja a los tiempos de Cristo; al hacerlo, no muestra
sorpresa, como si prefigurara el realismo mágico. Ese personaje, a su
regreso al siglo XIX, ve perdida su fortuna por falta de cinismo.
Entonces, el Cristo colgado en la pared, lo mira, su rostro se desfigura
y comienza a burlarse: su desgracia proviene de la falta de cinismo.
Pero quizá mi secuencia favorita, la que se me quedó revoloteando a lo
largo de estas páginas, es la que se relata en El primo Basilio
(1878): la historia de un adulterio ocurrido mientras un ingeniero
parte a un largo viaje y deja a su esposa sola. Su primo Basilio la
visita y la seduce, y todo es visto perspicazmente por Juliana, la
sirvienta. Un personaje maravillosamente delineado, que va recogiendo,
del cesto de la basura, las cartas de amor que documentan la
infidelidad. La delicia con que Juliana va saboreando el poder que
adquiere sobre su patrona se palpa. Literariamente, el resentimiento
descrito con morbo es un platillo suculento. Juliana, asimismo, se
deleita imaginando las escenas en que denuncia a su patrona con su
esposo, antes de que sus mezquinas ambiciones sean aplastadas con gran ironía por el destino. Finalmente, el otro sentimiento que caracteriza a Eça de Queiroz
es la indiferencia, una seca indiferencia por las ambiciones humanas.
Así como piensa que los hombres se valen de lo que sea para conseguir
sus fines, éstos son vistos como algo despreciable. Un poco del
escándalo que causó hace 130 años permanece vivo sin duda.
José María Eça de Queiroz. Obras completas, tomo I,
recopilación, traducción, prefacio, acotaciones marginales y notas
explicativas de Julio Gómez de la Serna. Madrid, Aguilar, 1964.
sábado, 16 de diciembre de 2017
Riña de gatos. Madrid 1936, de Eduardo Mendoza
Escribir, escribir porque sí. Y luego, buscar una justificación. Y quizá, delinear hasta una poética. Pero breve, que quepa en unas cuantas líneas, porque le quitas espacio a lo importante. Decir, por ejemplo, que comentarios como éste son piezas pequeñas de un rompecabezas inmenso e incompleto, cuyas piezas difícilmente embonarán. Que tienen la forma que tienen por la prisa, que se escriben en los bordes de los compromisos importantes, por la única necesidad de no dejar pasar. Porque antes, ¿recuerdas?, dejabas pasar los libros, los arrojabas a un afluente que se dirigía al olvido. Ahora también, pero el olvido sólo te pertenece a ti, que tienes la pasión de convertir en palabras olvidables. El personaje de esta novela tiene asimismo una pasión: la pintura de Velázquez. Ésa lo hace viajar a Madrid, en los inicios de la Guerra Civil. Le han dicho que una familia de aristócratas necesita dinero, y por esa razón necesita la opinión de un experto. Naturalmente, acepta, aunque el camino sea peligroso y a pesar de que no haya que hablar con nadie pues en los trenes, en las ciudades, quién sabe con quién se cruce uno. Pero como decía: la pasión. Y a su alrededor se entrecruzan otros asuntos, como las conspiraciones, el amor, el fascismo. En esta novela, que corre tan natural y placenteramente, hay una precisa recreación de la España antes de Franco. Jorge Luis Borges odiaba ciertas maneras de la descripción. Decía que en el Corán no hay un solo camello, y nadie ha dicho, por esa razón, que sea menos árabe. No hay nada de pintoresquismo en esta novela, no hay descripciones detalladas, sólo apuntes hechos rápidamente al pasar. Y eso lo hace profunda. Hay algo en la técnica de este autor que no podría exponer, pero cuyos resultados son notables: la cualidad de dar el efecto del movimiento de una ciudad, de las masas anónimas que la transitan. Personajes cuyo anonimato los une, con una personalidad que oculta algo. Los personajes nunca son lo que aparentan. Se van revelando según las circunstancias de esta novela que podría ser llamada policiaca, si bien no sabemos siquiera quién es el que en realidad está investigando, pues el protagonista se encuentra tan confundido como los policías que intentan seguir la trama de los hechos. Si tuviera que compararlo con algún autor mexicano, elegiría a Jorge Ibargüengoitia, por su costumbrismo irónico y por el ridículo social. Y luego, me preguntaría qué se necesita para que la obra de un autor tenga importancia fuera de las fronteras de su país, porque Eduardo Mendoza ha sido distinguido con el Premio Cervantes 2016, pero tengo la impresión de que no tiene el reconocimiento que merece entre los lectores de otros países. Olvidaba la pasión que persigue el protagonista: la pintura de Velázquez. Todos los peligros se toleran porque se tendrá oportunidad de especular de largamente sobre la autenticidad de una obra desconocida del pintor de Felipe IV. ¿Para qué es que está Velázquez en este panorama de una España en descomposición? Quizá como ejemplo de que esos tiempos decepcionantes nos heredan un arte que seguirá deslumbrando.
Eduardo Mendoza. Riña de gatos. Madrid 1936. México, Planeta, 2016.
viernes, 10 de noviembre de 2017
Lucho Bermúdez. Cumbias, porros y viajes, de Sergio Santana Archbold y Rafael Bassi Labarrera
Entre Cartagena y Bogotá existe una relación parecida a la
que hay entre Veracruz y Xalapa. Cartagena tiene la cultura caliente del
trópico, mientras que Bogotá es la ciudad de las alturas, fría y húmeda, con
una población más conservadora, y cuya cultura tiene que ver con la meseta. El
ritmo musical de Bogotá fue por mucho tiempo el pasillo, ritmo común con
Ecuador. En cambio, en Cartagena se escuchaba el porro, género alegre de
influencia africana. Todavía en los años 20, un ensayista como José Carlos
Mariátegui decía que la literatura de América era de la meseta y que nada había
producido el trópico. Claro, entonces no se vislumbraba la obra de Gabriel
García Márquez, quien logró cambiar esa idea al grado de que un mapa mental sin
el trópico nos parece muy ajeno. En el ámbito musical ocurrió algo parecido. La
música del Caribe debió de conquistar la montaña. Y eso ocurrió, nos enteramos
en este libro, hacia finales de los años 40, con la música de Lucho Bermúdez.
Este clarinetista hizo del porro un género orquestal con influencia del jazz
(especialmente de Duke Ellington y Benny Goodman). Poco a poco, logró que se
interpretara no sólo en Colombia sino en otros países de Sudamérica y, más
adelante, fue uno de los músicos cuyas composiciones se escucharon en Cuba y
México. A finales de los 40, una orquesta argentina de tangos, la de Eduardo
Armani, llegó a Medellín, pero tuvieron un contratiempo: el empresario que los
había contratado los abandonó sin pagarles. Un empresario, Toño Fuentes, los
salvó en aquella ocasión contratándolos para tocar en Cartagena. Como pago a su
favor, retó a Armani y a su cantante, Eduardo Farrell, a que grabaran unos
arreglos para orquesta realizados por Lucho Bermúdez. Como fue retado (“A ver
si usted lo puede tocar”), Armani se decidió a grabarlos, con tan buena suerte
que, a partir de entonces, se especializó en tocar el porro en Buenos Aires. En
la tierra del tango quizá no queda memoria de esta época de música colombiana.
Lucho Bermúdez viajó a Cuba, invitado por Ernesto Lecuona. Y más adelante,
entre 1952 y 1953, estuvo en México, en donde tuvo una época notable. Entonces,
los mejores estudios de grabación de la RCA Victor de Latinoamérica estaban en
México y Buenos Aires. Ya antes, desde 1946, se había tocado el porro en
nuestro país, y el músico Antonio Escobar había grabado en ese año “El gallo
tuerto” y “Micaela”. Aquí, Bermúdez grabó un disco con los músicos de la
orquesta de Rafael de Paz, y tuvo como cantantes a Las Tres Conchitas,
Miguelito Valdés, las Hermanas Montoya y Yeyo. Sin embargo, el porro se fue
diluyendo por la decisión de las disqueras de no individualizar los géneros
afrocaribeños y denominarlos bajo el nombre común de “música tropical”. Esta
olvidable reseña vale sólo si ha logrado que alguien escuche las grabaciones de
este músico del Caribe colombiano.
Sergio Santana Archbold y Rafael Bassi Labarrera
(coordinadores). Lucho Bermúdez. Cumbias,
porros y viajes. Medellín, Santo Basillón, 2012.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Si mi biblioteca ardiera esta noche, de Aldous Huxley
Me gustaría hacerle justicia a este libro de ensayos de
Aldous Huxley (1894-1963). Pero será difícil, ya que las ideas que revolotearon
a mi lado durante su lectura, volaron lejos rápidamente. Eran los suyos,
ensayos que se publicaban en las revistas más leídas de su tiempo, por lo que
sus ideas eran comentadas con amplitud. Aunque su interés era confrontarse con
los asuntos más elevados, y se dirigía a los lectores más selectos, su estilo
revestía la forma más directa posible. Discutir pública, periodísticamente, la
literatura, el arte, la música. Y construir momentos memorables en páginas que
expiraban con rapidez. La poesía francesa, la música medieval, la retratística
inglesa…, todo explicado para el lector promedio. Una manera elegante de referirse
a un ser inexistente, pues encubre un diálogo que con probabilidad no se dio.
Pero eso no importa ahora, eso es lo común del ensayista: provocar una discusión
en la que sólo se participa con el primer parlamento. Veamos: el hombre es un
anfibio, una mitad suya vive en la realidad, y la otra, en el universo de los símbolos.
Ocurre que el lenguaje es utilizado para tratar con la experiencia, pero se
trata de un artículo que caduca, como las frutas o la leche. Lo sacamos del
envase y lo servimos en nuestro vaso diario, para recibir energía. ¡Pero puede
ser asqueroso! Unas frases podridas atoradas en el esófago, y de un producto
que no se puede vomitar, desafortunadamente. Y lo consumimos a diario, en
presentaciones desagradables. Por desgracia, no contamos con catadores que nos
adviertan que no lo probemos. Qué falta de exquisitez, diría Huxley: “Que Dios
ayude a una generación que se niega a leer a sus poetas”. Ya entonces (1934),
la prensa era aficionada a elaborar listas de las mejores obras: los cien
mejores libros, por ejemplo. Eso, por supuesto, exige tomar ciertas decisiones:
qué poner de filosofía, qué de poesía, si hay que poner algo de ciencia. ¿Nuestros
cien mejores libros cuáles serían? Me temo que, a semejanza de hace ochenta años,
este tipo de encuestas no tienen ninguna coherencia, y ofrecen una respuesta
estadística, que, de todas maneras, no ayuda en nada. Pero ése es el problema
principal de este momento de la cultura: no la restricción del conocimiento,
sino el paulatino e imparable incremento de los medios de difusión. ¿Qué será
lo que se debe dar a conocer? ¿Qué se debe de comentar en la prensa, qué buscan
los lectores? Proponer el tema del arte y la filosofía en la discusión pública.
Me parece pertinente, para esa época y para ésta. Es curioso que esa encomiable
actitud humanista, luego de rendir elogios a lo mejor de la música italiana, concluya
que de eso “está hecho el fascismo”. Lo que me hace pensar que el contenido
tiene una fecha de caducidad más cercana que la forma literaria.
Aldous Huxley. Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música,
literatura y otras drogas, selección de Complete
Essays of Aldous Huxley, selección, prólogo y traducción de Matías Serra
Bradford. México, Edhasa, 2015.
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