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domingo, 14 de enero de 2018

Periodismo, de Alfonso Reyes

A lo largo de su vida, Alfonso Reyes practicó el periodismo, aunque un periodismo muy alejado del actual. Pienso que casi cualquier editor rechazaría textos como los que aparecen en estas páginas. Al mismo tiempo, Reyes rechazaría los diarios actuales, y los cerraría casi de inmediato. Sin ánimo de calificar nada, debe decirse que la tradición que él continuaba está casi muerta hoy: un periodismo literario, una conversación inteligente con el lector. Claro, había entonces más tiempo para colaborar en un juego semejante. Prosa elaborada, con una tarde para las especulaciones no políticas. Y si son políticas, vertidas en amplias columnas tabloides. Aquellos textos que llamamos “el periodismo” de Alfonso Reyes es una proyección cartesiana de un deseo editorial, de avenidas de textos rodeando una plaza pública. Y para nosotros: un modelo. Un hombre informado que camina por la calle, enaltecedor espectáculo. Naturalmente, el mundo no era entonces (1929) una tragedia. Los lectores no abrían las hojas de un diario para enterarse si no han muerto. Ni se recorrían las secciones de noticias internacionales para presenciar un Apocalipsis cotidiano. Pero hablemos de estilo. Yo, al escribir, releo y borro, rectifico, y la frase resultante aún duda, pero continúa: se le une la siguiente, y trata de desarrollar algo. El periodismo no tiene tiempo de eso, se piensa en el momento en que se escribe pues de otro modo pasa la oportunidad de decir. Lo que Alfonso Reyes escribió se puede calificar de “periodismo” porque se publicó en periódicos, porque lo apremió el tiempo. Pero su entraña no necesariamente tiene contenidos periodísticos. Lo que significa que el corte que disecciona su obra es necesariamente arbitrario. Escribió sobre periodismo, sobre lo que se debe de entender por este género, pero también de su historia, pues dejó páginas sobre la historia de los diarios europeos. Fue optimista en un tiempo en que no era pecado serlo. Todavía era tiempo para las buenas intenciones. Es el caso de su entrevista al hispanista judío Abraham S. Yahuda (1917), al respecto de la esperanza de que el pueblo judío poblara Palestina. En esa proyección del futuro se miran cabañas, un pueblo trabajador, escuelas, zonas de recreo. Se pensaba que este pueblo sería un buen vecino, y no el engendrador de un gobierno sangriento capaz de crímenes atroces. Es extraño llamar a Reyes “periodista”; depende por completo del antologador. Quizá es que estos zapatos le quedan demasiado pequeños, o bien: son tan grandes que entran demasiadas cosas (¡prácticamente toda su obra!). Importa también si sus textos son actuales. Y él, tan afecto a estas diversiones de la reflexión, nos diría: “¿Y qué cosa no es actual?” Ah, quizá sí, es cierto: se abre un periódico de cualquier año, y la actualidad es algo que pone la inteligencia del lector.

Alfonso Reyes. Periodismo, prólogo de Federico Reyes Heroles. México, FCE-Cátedra Alfonso Reyes-f,l,m., 2012 (Col. Capilla Alfonsina, 9)

lunes, 8 de enero de 2018

Sismos

¿Mi poética? Una ciudad en ruinas, grietas en las vidas ajenas. Bueno, también en la propia. Pero por alguna razón, me sostengo. Buscar la belleza no en lo que está por marchitarse, como los antiguos modernistas, sino en aquello que se puede reconstruir desde los vestigios. Una ciudad que me recibió devastada, pues antes de 1985 no tengo recuerdos de ella. La que vi entonces, recuerdo, tenía fisuras y era vieja, un caracol dejado en la playa por sus antiguos habitantes. La vez que mi abuela me llevó a la XEW y vi al locutor Pepe Ruiz Vélez y a la cantante Lupita Corazón, la ciudad era otra. Qué lástima, no era nueva como en las fotos, como en el cine. Un sismo estaba entre ella y yo. Escombros en el suelo, cuerpos enterrados, esperanzas puestas a secar. El libro que dejó ese mundo: Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. ¿Que fue escrito antes? No importa, no se puede leer sin pensar en la destrucción, en los sentimientos dejados por ahí, debajo de los escombros. A ver qué queda, se puede pensar, pepenar entre vidas ajenas, puede salir una carta de amor, un zombie, una mirada perdida. Perdida para siempre, luz sin destino. Bien, por alguna razón todo se desploma. Todo se reconstruye y se intenta volver a vivir. ¿Para qué continuar, con qué fin? ¿Esa pregunta pretendes responder, curiosamente con el material del último derrumbe? Modela un hombre, sopla para darle vida, y a ver a dónde llegas, a dónde que no te alcance un sismo de unos cuántos grados. Quizá a construir una voz que hable mientras el mundo no se cimbre lo suficiente. Voz que es una argamasa, voz construida con fragmentos. Si la escuchas bien, verás que tiene grietas en sí misma, y lucha continuamente para parecer que es una sola. En cierto momento, llegué a sentir que escribía siguiendo una voz, la cual me dictaba de manera constante. Un ritmo que seguía fascinado, el cual creaba sin saber. Y luego, algo cambió. Una tensión de voces que pelean por hablar, se muerden entre sí, se asfixian, todas quieren salir al mismo tiempo. Y yo, mientras tanto, he perdido esa voz. Y buscándola me he extraviado. Ya me ha ocurrido antes, así que no hay angustia, y aunque no hay angostura, es difícil seguir adelante. Todo esto se ha construido sobre un yo hasta dejarlo lejos, sepultado por influencias literarias, lecturas, retazos, restos de un derrumbe. Y ahora, algo se ha movido, lejos, allá abajo. He de ser yo. Pero entre yo y yo hay una distancia grande, una fisura nos recorre. En fin, inútil buscarme, no me alcanzaré. Y lo que se construye está listo para ser derrumbado. Si en mí hay un cambio, es lógico que acá, lejos, yo lo sienta, como una repercusión, finalmente no puedo moverme de mí y entonces cerca estaré del epicentro. Pero decía que un sismo abrió la ciudad y me la entregó como una fruta sin cáscara para que la probara. Así entré a la ciudad, pisando levemente, para que nada se moviera. Imaginando azoteas, perspectivas, posibilidades de catástrofes, alternativas para salir corriendo. Todavía aquí, a unas calles, hay un edificio derrumbado, legado del otro temblor, del viejo temblor. El reciente me asaltó en la calle. De pronto, los Los árboles comenzaron a bailar alegremente, los edificios parecían barcos en alta mar, en un balanceo armonioso, alumbrados por el sol, el ritmo telúrico era vivo e indiferente. Y abajo, las hormigas corrimos aterradas, indiferentes a la belleza del mundo. Sacamos rápidamente conclusiones sociológicas, derivamos aprendizajes útiles, probamos del fenómeno. Vagamos sin rumbo, es cierto, por una ciudad desconocida. Sentimos el vaivén de las olas terrestres. Se recordó a Esopo, al parto de los montes, y los medios acudieron a ver qué saldría ahora. Pequeñita, apareció la fraternidad humana. Bueno, no tan pequeñita, pero sí de vida breve. Si ese primer impulso fraterno logra sobrevivir, tiene la opción de despojarse de esa inclinación a los aspectos sentimentales, y darle sitio al compromiso. La mariposa que así resulte no revoloteará frente a la pantalla de televisión, deslumbrada por los detalles de la última tragedia. Pues el compromiso es abstracto, un punto de llegada a una idea hecha para un bien más colocado más allá de las individualidades. Y yo que creí que nada optimista iba a salir de un derrumbe. Recuerdo las palabras del escritor francés Michel Le Bris, escritas luego del terremoto de Haití, en enero de 2010: “Dany Laferrière (escritor haitiano galardonado el pasado 4 de noviembre en París con el prestigioso premio Medicis por su novela El enigma del regreso) vuelve con nosotros por la tarde. Se nota trastornado. La gente reconoció a Dany, se le acercaron, le apretaron la mano agradeciéndole por su libro premiado que, según decían, les honraba. Dany se sentía en una situación embarazosa: en estas circunstancias… un libro… Pero la gente insistía. Le repetía que por el contrario, más que nunca necesitaba libros, porque los libros dicen que en lo más hondo del ser humano existe algo más fuerte que la desgracia.” El periodista puertorriqueño Huáscar Robles Carrasquillo, que visitó Puerto Príncipe durante el terremoto de Haití de 2010, escribió en Puertos Príncipes. Temblemos todos (Cifra Editorial, 2017) la experiencia de la desorientación: la sociedad derrumbada y caminando en pasos hacia no se sabe qué parte. Puerto Príncipe destruido al inicio de una tragedia de un solo acto. Derrumbado en segundos. Al regresar a la isla, en 2014, descubre que la cultura es un cemento que reconstruye. Quizá sea más duradero este cemento inmaterial. De hecho, sobrevive al derrumbe de las sociedades.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Gockel, Hinkel y Gackeleia, de Clemens Brentano



 
Un cuento fantástico, magnífico tema, además es fin de año, en él pasarán todas las cosas, pero hay que fijarse bien, porque en este tipo de literatura puede pasar lo que sea, pero no todo asombra. Lo verdaderamente fantástico es el tipo de cosas con las que se maravillan los personajes, porque lo que a ellos les parece natural a nosotros nos parece fuera de toda norma, y viceversa. Así que si un día despertamos y nuestra casa se ha convertido en un palacio de oro y marfil, está bien. Pero la existencia de una ciudad en que vendan rosquillas y pasteles de liebre, eso sí que es increíble. Clemens Brentano (1778-1842), a partir de 1810 se dedicó a recoger y escribir cuentos para niños. Como de costumbre, los adultos los leen para descubrir en ellos cosas que de otro modo no verían. Es que las fábulas esconden bastante bien sus moralejas y su sustancia. Gockel y Hinkel son esposos, y tienen a su hija Gackeleia, viven en un viejo y pobre castillo que fue de sus antepasados, acompañados de su gallo Electryo. Y el centro de este largo cuento es la irresponsabilidad de Hinkel y Gackeleia, esposa e hija del protagonista, respectivamente, que una noche, por imprudencia dejan que un gatito se coma a la esposa de Electryo y a sus pollitos, y deciden echarle la culpa al pobre padre. Electryo, desdichado por la muerte de su familia, sólo pide que su amo lo mate con la espada de sus antepasados. Al morir, de la garganta de Electryo sale una sortija mágica. Hace muchas páginas que se quedó atrás nuestra credulidad (vamos en la 59), saboreando el juicio contra el gatito culpable, pues las aves sirvieron como testigos contra él. Qué lástima, no verá entonces cuál es el meollo de esta historia: que Gockel le pide a la sortija mágica que a él y a su esposa les devuelva la juventud. Así que lo maravilloso de este cuento maravilloso es que no existe lo irremediable, como en la realidad. No pasa el tiempo fatalmente, y lo que ocurrió una vez no ocurrirá para siempre. Por eso causa tristeza su lectura, pues mientras continuamos embarcados en el tiempo, los personajes regresan a vivir su juventud, piden riquezas. ¿Y si le pedimos a la sortija mágica que le devuelva la vida a Electryo? Concedido. El gallo vuelve feliz a aletear frente a todos. Naturalmente, ocurren más aventuras en este cuento, pero apuremos las hojas hasta el final, ¿cuál es el último deseo? Gackeleia, que se encuentra feliz de poder pedir cualquier deseo, exclama: “Ya no me queda más que desear que volvamos a ser como niños y toda esta historia sea como un cuento y que Electryo nos la esté contando”. Así que permitan que ponga aquí el por varios motivos maravilloso último párrafo: “Apenas pronunció estas palabras, que Electryo se sentó encima de la mesa, cogió la sortija con el pico y se la tragó en un santiamén, y justo en aquel mismo instante todos los presentes se convirtieron en unos hermosos y alegres niños que, sentados sobre una verde pradera en torno al gallo, escuchaban atentamente la historia que éste les contaba, mientras palmoteaban, y todavía me arden las manos de dar tantas palmadas, pues yo también estaba allí, pues de lo contrario no habría podido contar esta historia”. ¿No es una bella manera de decir que esta realidad de aquí, irremediable, puede que esté construida con el material de lo fantástico?

Clemens Brentano. Gockel, Hinkel y Gakeleia, prólogo y traducción de Carmen Bravo Villasante. Barcelona, José J. de Olañeta, 1988.

jueves, 28 de diciembre de 2017

José Maria Eça de Queiroz, Obras completas, tomo I

 
¿Para qué era que queríamos obras completas? ¡Ah, sí!, para tener a la mano a los clásicos, para consultar pasajes célebres, para venerar a los que así han sido editados y para evocar los tiempos en que se escribía siguiendo el gran plan de las obras completas. Todavía hace pocos años, Milán Kundera hacía el elogio de la escritura como la ejecución de un gran proyecto vital. Nada de anotaciones en papelitos. Qué rápido se ha jubilado esa idea. Aunque no es menos nueva esa frase de Amiel: “No dejaré más que fragmentos”. En fin, el portugués Eça de Queiroz (1845-1900) es llamado en el prólogo: “el vencedor del tiempo”. Irónicamente, sería cuestión de gran molestia para los portugueses del siglo XIX saber que su escandaloso contemporáneo haya logrado esa trascendencia. Con gran pena haré memoria de esos tiempos y diré que no recuerdo casi ningún otro nombre de entonces. Perdurará entonces el mundo que vio Eça de Queiroz: alegremente corrompido. Sus novelas son la demostración constante de que el cinismo es el verdadero bien a que podemos aspirar. Las tragedias que relata, finalmente no lo son tanto. Sus personajes van aprendiendo a vivir en esta sociedad construida por la doble moral y la murmuración. La idea que este autor tiene del escándalo es bastante peculiar. Aquí, quienes se escandalizan son los viejos sacerdotes cuando se enteran de que el joven padre Amaro respeta el secreto de confesión. En la novela La reliquia (1887), el protagonista viaja a los tiempos de Cristo; al hacerlo, no muestra sorpresa, como si prefigurara el realismo mágico. Ese personaje, a su regreso al siglo XIX, ve perdida su fortuna por falta de cinismo. Entonces, el Cristo colgado en la pared, lo mira, su rostro se desfigura y comienza a burlarse: su desgracia proviene de la falta de cinismo. Pero quizá mi secuencia favorita, la que se me quedó revoloteando a lo largo de estas páginas, es la que se relata en El primo Basilio (1878): la historia de un adulterio ocurrido mientras un ingeniero parte a un largo viaje y deja a su esposa sola. Su primo Basilio la visita y la seduce, y todo es visto perspicazmente por Juliana, la sirvienta. Un personaje maravillosamente delineado, que va recogiendo, del cesto de la basura, las cartas de amor que documentan la infidelidad. La delicia con que Juliana va saboreando el poder que adquiere sobre su patrona se palpa. Literariamente, el resentimiento descrito con morbo es un platillo suculento. Juliana, asimismo, se deleita imaginando las escenas en que denuncia a su patrona con su esposo, antes de que sus mezquinas ambiciones sean aplastadas con gran ironía por el destino. Finalmente, el otro sentimiento que caracteriza a Eça de Queiroz es la indiferencia, una seca indiferencia por las ambiciones humanas. Así como piensa que los hombres se valen de lo que sea para conseguir sus fines, éstos son vistos como algo despreciable. Un poco del escándalo que causó hace 130 años permanece vivo sin duda.



José María Eça de Queiroz. Obras completas, tomo I, recopilación, traducción, prefacio, acotaciones marginales y notas explicativas de Julio Gómez de la Serna. Madrid, Aguilar, 1964.


sábado, 16 de diciembre de 2017

Riña de gatos. Madrid 1936, de Eduardo Mendoza



Escribir, escribir porque sí. Y luego, buscar una justificación. Y quizá, delinear hasta una poética. Pero breve, que quepa en unas cuantas líneas, porque le quitas espacio a lo importante. Decir, por ejemplo, que comentarios como éste son piezas pequeñas de un rompecabezas inmenso e incompleto, cuyas piezas difícilmente embonarán. Que tienen la forma que tienen por la prisa, que se escriben en los bordes de los compromisos importantes, por la única necesidad de no dejar pasar. Porque antes, ¿recuerdas?, dejabas pasar los libros, los arrojabas a un afluente que se dirigía al olvido. Ahora también, pero el olvido sólo te pertenece a ti, que tienes la pasión de convertir en palabras olvidables. El personaje de esta novela tiene asimismo una pasión: la pintura de Velázquez. Ésa lo hace viajar a Madrid, en los inicios de la Guerra Civil. Le han dicho que una familia de aristócratas necesita dinero, y por esa razón necesita la opinión de un experto. Naturalmente, acepta, aunque el camino sea peligroso y a pesar de que no haya que hablar con nadie pues en los trenes, en las ciudades, quién sabe con quién se cruce uno. Pero como decía: la pasión. Y a su alrededor se entrecruzan otros asuntos, como las conspiraciones, el amor, el fascismo. En esta novela, que corre tan natural y placenteramente, hay una precisa recreación de la España antes de Franco. Jorge Luis Borges odiaba ciertas maneras de la descripción. Decía que en el Corán no hay un solo camello, y nadie ha dicho, por esa razón, que sea menos árabe. No hay nada de pintoresquismo en esta novela, no hay descripciones detalladas, sólo apuntes hechos rápidamente al pasar. Y eso lo hace profunda. Hay algo en la técnica de este autor que no podría exponer, pero cuyos resultados son notables: la cualidad de dar el efecto del movimiento de una ciudad, de las masas anónimas que la transitan. Personajes cuyo anonimato los une, con una personalidad que oculta algo. Los personajes nunca son lo que aparentan. Se van revelando según las circunstancias de esta novela que podría ser llamada policiaca, si bien no sabemos siquiera quién es el que en realidad está investigando, pues el protagonista se encuentra tan confundido como los policías que intentan seguir la trama de los hechos. Si tuviera que compararlo con algún autor mexicano, elegiría a Jorge Ibargüengoitia, por su costumbrismo irónico y por el ridículo social. Y luego, me preguntaría qué se necesita para que la obra de un autor tenga importancia fuera de las fronteras de su país, porque Eduardo Mendoza ha sido distinguido con el Premio Cervantes 2016, pero tengo la impresión de que no tiene el reconocimiento que merece entre los lectores de otros países. Olvidaba la pasión que persigue el protagonista: la pintura de Velázquez. Todos los peligros se toleran porque se tendrá oportunidad de especular de largamente sobre la autenticidad de una obra desconocida del pintor de Felipe IV. ¿Para qué es que está Velázquez en este panorama de una España en descomposición? Quizá como ejemplo de que esos tiempos decepcionantes nos heredan un arte que seguirá deslumbrando.

Eduardo Mendoza. Riña de gatos. Madrid 1936. México, Planeta, 2016.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Lucho Bermúdez. Cumbias, porros y viajes, de Sergio Santana Archbold y Rafael Bassi Labarrera

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Entre Cartagena y Bogotá existe una relación parecida a la que hay entre Veracruz y Xalapa. Cartagena tiene la cultura caliente del trópico, mientras que Bogotá es la ciudad de las alturas, fría y húmeda, con una población más conservadora, y cuya cultura tiene que ver con la meseta. El ritmo musical de Bogotá fue por mucho tiempo el pasillo, ritmo común con Ecuador. En cambio, en Cartagena se escuchaba el porro, género alegre de influencia africana. Todavía en los años 20, un ensayista como José Carlos Mariátegui decía que la literatura de América era de la meseta y que nada había producido el trópico. Claro, entonces no se vislumbraba la obra de Gabriel García Márquez, quien logró cambiar esa idea al grado de que un mapa mental sin el trópico nos parece muy ajeno. En el ámbito musical ocurrió algo parecido. La música del Caribe debió de conquistar la montaña. Y eso ocurrió, nos enteramos en este libro, hacia finales de los años 40, con la música de Lucho Bermúdez. Este clarinetista hizo del porro un género orquestal con influencia del jazz (especialmente de Duke Ellington y Benny Goodman). Poco a poco, logró que se interpretara no sólo en Colombia sino en otros países de Sudamérica y, más adelante, fue uno de los músicos cuyas composiciones se escucharon en Cuba y México. A finales de los 40, una orquesta argentina de tangos, la de Eduardo Armani, llegó a Medellín, pero tuvieron un contratiempo: el empresario que los había contratado los abandonó sin pagarles. Un empresario, Toño Fuentes, los salvó en aquella ocasión contratándolos para tocar en Cartagena. Como pago a su favor, retó a Armani y a su cantante, Eduardo Farrell, a que grabaran unos arreglos para orquesta realizados por Lucho Bermúdez. Como fue retado (“A ver si usted lo puede tocar”), Armani se decidió a grabarlos, con tan buena suerte que, a partir de entonces, se especializó en tocar el porro en Buenos Aires. En la tierra del tango quizá no queda memoria de esta época de música colombiana. Lucho Bermúdez viajó a Cuba, invitado por Ernesto Lecuona. Y más adelante, entre 1952 y 1953, estuvo en México, en donde tuvo una época notable. Entonces, los mejores estudios de grabación de la RCA Victor de Latinoamérica estaban en México y Buenos Aires. Ya antes, desde 1946, se había tocado el porro en nuestro país, y el músico Antonio Escobar había grabado en ese año “El gallo tuerto” y “Micaela”. Aquí, Bermúdez grabó un disco con los músicos de la orquesta de Rafael de Paz, y tuvo como cantantes a Las Tres Conchitas, Miguelito Valdés, las Hermanas Montoya y Yeyo. Sin embargo, el porro se fue diluyendo por la decisión de las disqueras de no individualizar los géneros afrocaribeños y denominarlos bajo el nombre común de “música tropical”. Esta olvidable reseña vale sólo si ha logrado que alguien escuche las grabaciones de este músico del Caribe colombiano.

Sergio Santana Archbold y Rafael Bassi Labarrera (coordinadores). Lucho Bermúdez. Cumbias, porros y viajes. Medellín, Santo Basillón, 2012.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Si mi biblioteca ardiera esta noche, de Aldous Huxley


Me gustaría hacerle justicia a este libro de ensayos de Aldous Huxley (1894-1963). Pero será difícil, ya que las ideas que revolotearon a mi lado durante su lectura, volaron lejos rápidamente. Eran los suyos, ensayos que se publicaban en las revistas más leídas de su tiempo, por lo que sus ideas eran comentadas con amplitud. Aunque su interés era confrontarse con los asuntos más elevados, y se dirigía a los lectores más selectos, su estilo revestía la forma más directa posible. Discutir pública, periodísticamente, la literatura, el arte, la música. Y construir momentos memorables en páginas que expiraban con rapidez. La poesía francesa, la música medieval, la retratística inglesa…, todo explicado para el lector promedio. Una manera elegante de referirse a un ser inexistente, pues encubre un diálogo que con probabilidad no se dio. Pero eso no importa ahora, eso es lo común del ensayista: provocar una discusión en la que sólo se participa con el primer parlamento. Veamos: el hombre es un anfibio, una mitad suya vive en la realidad, y la otra, en el universo de los símbolos. Ocurre que el lenguaje es utilizado para tratar con la experiencia, pero se trata de un artículo que caduca, como las frutas o la leche. Lo sacamos del envase y lo servimos en nuestro vaso diario, para recibir energía. ¡Pero puede ser asqueroso! Unas frases podridas atoradas en el esófago, y de un producto que no se puede vomitar, desafortunadamente. Y lo consumimos a diario, en presentaciones desagradables. Por desgracia, no contamos con catadores que nos adviertan que no lo probemos. Qué falta de exquisitez, diría Huxley: “Que Dios ayude a una generación que se niega a leer a sus poetas”. Ya entonces (1934), la prensa era aficionada a elaborar listas de las mejores obras: los cien mejores libros, por ejemplo. Eso, por supuesto, exige tomar ciertas decisiones: qué poner de filosofía, qué de poesía, si hay que poner algo de ciencia. ¿Nuestros cien mejores libros cuáles serían? Me temo que, a semejanza de hace ochenta años, este tipo de encuestas no tienen ninguna coherencia, y ofrecen una respuesta estadística, que, de todas maneras, no ayuda en nada. Pero ése es el problema principal de este momento de la cultura: no la restricción del conocimiento, sino el paulatino e imparable incremento de los medios de difusión. ¿Qué será lo que se debe dar a conocer? ¿Qué se debe de comentar en la prensa, qué buscan los lectores? Proponer el tema del arte y la filosofía en la discusión pública. Me parece pertinente, para esa época y para ésta. Es curioso que esa encomiable actitud humanista, luego de rendir elogios a lo mejor de la música italiana, concluya que de eso “está hecho el fascismo”. Lo que me hace pensar que el contenido tiene una fecha de caducidad más cercana que la forma literaria.

Aldous Huxley. Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas, selección de Complete Essays of Aldous Huxley, selección, prólogo y traducción de Matías Serra Bradford. México, Edhasa, 2015.