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viernes, 3 de mayo de 2024

Las filosofías nacionales. Siglos XIX y XX, de Yvon Belaval



El autor francés Yvon Belaval (1908-1988) dirigió esta Historia de la Filosofía hace exactamente cincuenta años. Yo saqué al azar este volumen del librero. Lo hice para saber qué nos dice un libro, de ésos que envejecen rápidamente. En el caso de la Filosofía, qué extraño, envejecen y no. Hay demasiadas teorías que nadie vuelve a tomar en cuenta, otras que uno rumia mentalmente toda la vida quién sabe con qué fin y algunas más que sorprenden. Pocas teorías, pero deslumbrantes, colocamos sobre nosotros como una estrella para que nos guíen. El tomo 9 comienza con la filosofía anglosajona del siglo XIX (escrita por Harry Burrows Acton) y concluye con el desarrollo del marxismo en Europa a partir de 1917 (largo capítulo realizado por André Tosel). Los compendios tienen el defecto de que arrancan de sus narrativas los nombres de muchos filósofos. Por eso es aconsejable sumergirse de vez en cuando en historias particulares, para sentir un poco la maleza de las épocas. Es justo decir que hay una filosofía judía que intenta trascender el pensamiento religioso para hacer que los judíos sean habitantes unidos al mundo por el lazo de la razón. Incluso, vale la pena, por justicia, saber que el sionismo original tenía el ideal de darle una tierra a los trabajadores judíos. Y que el camino reaccionario que desemboca en el genocidio llevado a cabo hoy por el gobierno israelí es una catastrófica posibilidad. Pero hay más ideales, muchos pensadores nobles que se horrorizarían con nosotros de la existencia del régimen de Benjamín Netanyahu. Indispensable entonces volver el camino y conocer qué disyuntivas tuvo la humanidad, al menos en cuanto al pensamiento se refiere. Reafirmar ciertos conceptos que parecían evidentes. Por ejemplo, que podemos entender por “socialismo” el resumen de las utopías de la humanidad. Esa sistematización que sigue un largo camino a lo largo de los siglos. Y esa condensación que sería el marxismo igualmente seguiría un camino que interrumpirían tanto el nazismo como el stalinismo, de dos maneras distintas. Es curioso que los intelectuales amenazados por la Segunda Guerra Mundial hayan preferido refugiarse en los Estados Unidos antes que en la URSS, plantea Tosel. Todos, menos Lukács. Pero la teoría marxista se continuaría en las obras de Marcuse, Adorno y Horkheimer. Esa intelectualidad decidió dar la lucha en dos frentes, pues fueron antistalinistas y anticapitalistas. Hay un corolario asumido hoy en México por la intelectualidad reaccionaria: que el marxismo lleva al stalinismo. Fue una idea asumida fundamentalmente por Octavio Paz, y de ella se deriva gran parte del pensamiento de la reacción de hoy. Pero ocurrió que apareció entonces una nueva forma de pensadores marxistas, más vinculados a la academia que a las bases obreras. Aunque siempre pensando en una filosofía que una a los seres humanos. Sin embargo, están las clases sociales… esas dos categorías que tienen esta contradicción: la superior, que quiere fomentar el progreso intelectual de la inferior, hasta que ese espíritu redentor se transforma en miedo ante el progreso intelectual de la clase trabajadora. Visto así, por lo menos sirve en un primer momento para desenmascarar la hipocresía de la burguesía que quiere dirigir los pasos de la Historia.

 

Yvon Belaval, dir. Las filosofías nacionales. Siglos XIX y XX Histoire de la philosophie 3. Encyclopédie de la Pléiade (1974), tr. José Miguel Marinas y Eduardo Bustos, 2ª ed. México, Siglo XXI, 1981. (Historia de la Filosofía, 9)

miércoles, 1 de mayo de 2024

Viaje a la noche y otros ocho dramas, de Eugene O’Neill



Muchos años escuchando acerca de Eugene O’Neill (1888-1953), esperando el momento de conocer sus obras dramáticas. Y con grandes expectativas, pues quienes lo recomendaban eran Xavier Villaurrutia, Juan José Arreola y Fernando de Paso, entre muchos otros. Mi cita con él se dio tarde, muy tarde. Y, pues bien: fue además decepcionante. Las luces se fueron apagando, dieron la tercera llamada y los personajes fueron mostrando los lugares comunes de la clase media, los dramas convencionales que afligen a cierta clase de personas que no pretenden perderse demasiado en sus propios problemas. Antes bien, quisieran salir edificados del teatro. De preferencia, con una escena de intensa devoción. O que los personajes rectifiquen el camino, encuentren los ideales de su juventud. En fin, que no desentonen con la cena, pues de aquí nos iremos a un buen restaurante a digerir los parlamentos. Bueno, buscando entre las obras se pueden encontrar experimentaciones que pueden sorprender. Como el señor Loving, de Días sin fin (1934), que tiene dos personalidades: una, que lo lleva hacia el ateísmo y la perdición existencial, y otra, que es el ser que ojalá se salve al final de la obra, justo a tiempo para que prendan las luces. De hecho, el señor Loving está representado por dos actores que comparten el escenario durante toda la obra. Sólo que el actor que representa el mal sólo es visto por el personaje que sufre, el señor Loving, que además es un escritor frustrado. ¡Ah!, poco a poco nos daremos cuenta de que su novela, aquella novela que escribe a solas en su oficina y que lo hace sufrir, revela el deseo de engañar a su esposa. Tiene la escena particularmente incómoda en que nos damos cuenta de que la señora Loving presume con su mejor amiga la fidelidad de su esposo, para darnos cuenta poco después de que precisamente es engañada con esa gran amiga. Pero mi opinión, como de costumbre, no capta lo importante de este autor. Es mejor evocar que O’Neill significó para el teatro mexicano un momento fundamental para la liberación artística. Olvidaría todas mis críticas si pudiera ver la representación que de Ligados que se hizo en 1928, en el Teatro Ulises de la calle de Mesones. En el escenario aparece, Eleanor, una bella joven, tendida sobre su chaise-longue. Intempestivamente, entra su marido, a quien Eleanor se figuraba de viaje. Se abraza, se besan y hablan de cuánto se aman, cuando, de pronto… tocan a la puerta, y se presenta Darnton, un amigo de la familia. Qué sospechoso. ¿Por qué fue sabiendo que su mejor amigo estaba de viaje? Fue lo primero que se representó de O’Neill en México, traducido por Salvador Novo. Pensándolo bien, no me hubiera gustado ver a Antonieta Rivas Mercado, Gilberto Owen y el propio Novo intercambiando estos parlamentos. “¡Enorgullezcámonos de nuestra riña! Nació hace cien millones de años, cuando una célula se dividió en tú y yo, dejando un anhelo eterno de convertirse en una misma vida de nuevo.” No me quiero imaginar a estos admirados artistas en esa situación. Más adelante, Julio Bracho montó Lázaro rió en el Teatro Hidalgo con 200 actores, todos con máscaras diseñadas por Germán Cueto. Eso sí me gustaría ver… Aunque no la conozco, pues mi volumen no tiene esa obra, y no sé si también me desilusionaría. Seguramente sí. Mejor arranco todas las hojas del libreto y me imagino los momentos fundacionales del teatro moderno sin obras que arruinen este momento.

 

Eugene O’Neill. Viaje a la noche [pero no viene en el libro] y otros ocho dramas [pero el libro sólo trae cinco], tr. León Mirlas, 3ª ed. Buenos Aires, Sudamericana, 1960.

viernes, 26 de abril de 2024

Tan poca vida, de Hanya Yanagihara



El siglo XXI tiene demasiada prisa en tener sus listas de mejores libros. Con la misma prisa, las obras elogiadas por la crítica son arrojadas de los sitios más altos (me imagino que con gran alegría de los especialistas que descubren nuevos autores). Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, es un libro que continuamente uno encuentra en las listas de los más vendidos, los más comentados por todo tipo de lectores (es seguro que la entusiasta recomendación de la cantante Dua Lipa contribuyó con muchos miles de lectores). Sin embargo, haré lo posible por alejar de un soplido la infame turba de las nocturnas aves lectoras, para ver si puedo escuchar mi propia opinión. De los cuatro personajes principales, cuya vida se reseña desde los días de la universidad, va destacándose la personalidad de Jude: un joven huérfano que destaca como abogado, pero que tiene un pasado misterioso al cual nunca se refiere. Es hostil al contacto físico, y obsesivo por el trabajo y el estudio. Hay algo en su actitud y en su forma de ser que despierta la compasión de la gente que lo conoce, por ejemplo, de su maestro Harold y de su esposa Julia, quienes deciden adoptarlo cuando cumple 30 años. Los secretos de Jude se ocultan a lo largo de demasiadas páginas (la novela tiene casi mil), en tanto que se destaca su afición a autolesionarse, infringiéndose heridas con una navaja, en varias zonas de su cuerpo. De nada sirve que la felicidad lo ronde, pues tiene a sus padres adoptivos y el amor de Willem, el guapo excompañero de la universidad, que vive para cuidarlo. Todo aquello que Jude calla sobre su pasado, grita de otro modo: por las heridas de su cuerpo escurre la culpa acumulada. Algún día, todos los que me aman terminarán cansándose de mí. Y esa idea es la que finalmente triunfará. No el cansancio ajeno, pero sí la convicción propia de que su vida tiene un menor valor existencial que el del resto del mundo. Entre mayor es el cuidado de los demás, es más profundo el hoyo de autodestrucción en el que cae. Todo se debe a la vida de abusos sexuales que padeció desde su infancia en el monasterio en que fue criado. El hermano Luke, el más cercano a él, lo secuestró para prostituirlo durante un largo tiempo. El estilo no destaca en ningún momento, no va más allá de la neutralidad narrativa, así que las agresiones sexuales y el gusto de Jude por lastimarse, destacan por su propia y fría enumeración. El niño agredido se encapsula dentro de la personalidad de un adulto lánguido que pide continuamente perdón en todo momento. Sin embargo, considero que la novela no construye la personalidad. Es un misterio que no se resuelve, el de saber por qué nadie ni nada llegan a convencer a Jude de desistir. Es un ser que camina en línea recta hacia su propia autodestrucción. Es un personaje que pasa frente a todos sin que el amor que le tienen ayude. Pero tampoco hay una explicación interior. Desafortunadamente, la narración se abre en dos caminos que no se encuentran a lo largo del libro: la gozosa afición de la autora por describir la putrefacción de la carne y el camino interior que Jude recorre sin que podamos conocerlo o comprenderlo aunque fuera un poco. Es la razón por la que resulta poco convincente el personaje de Jude, más golpeado por el efectismo literario de la violencia que por la construcción de un verdadero dolor existencial.

 

Hanya Yanagihara. Tan poca vida A Little Life (2016), tr. Aurora Echevarría, 5ª reimp. México, Lumen, 2023.

domingo, 21 de abril de 2024

Evocaciones presidenciales (con menú adjunto)


         

No conocí jamás el restaurante Churchill de Polanco. Pero al mencionarlo Julio Scherer García (1926-2015) en su libro Los presidentes (Grijalbo, 1986), pensé que no podía ser otro que esa casa de aspecto inglés a un lado de Periférico, pasando la Fuente de Petróleos, que vi tantas veces. Leo que ha cerrado para siempre luego de la epidemia de covid. Me entero sin pena, aunque quizá sería un lugar ideal para levantar un museo de la política mexicana. Siempre dará nostalgia a cualquier prianista el olor proveniente de la parrilla, el sabor de los vinos y los deliciosos postres con que se debatían las novelescas traiciones al país, como el Fobaproa o el Pacto por México. Cuántas veces decimos, al referirnos a los lugares: “¡Si estos muros hablaran…!” Pero en este caso, si hablaran habrían metido a la cárcel a muchos de sus habitués. Lugares icónicos de la vieja política, qué nostalgias estéticas del mundo inglés, incluso don Corleone desde Italia no tendría nada que objetar. Por suerte, no tengo la menor idea de dónde desayuna, come, cena y pacta la derecha partidista de hoy. No sé qué salsas exquisitas bañan el oportunismo, tampoco si la corrupción se sirve caliente o fría. Sin embargo, la comida continuamente rememorada por Julio Scherer, en que también estuvo presente Vicente Leñero, ocurrió en 1978 y que fue convocada por el Secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, tuvo una intención muy diversa. Fue una de aquellas pocas ocasiones en que se le ofreció a Scherer negociar con el presidente López Portillo para que fuera reintegrado a Excélsior. Pero Proceso era ya una revista que había tomado su propio camino independiente. Además, Scherer le habló de esta negociación al corresponsal de The New York Times, el periodista británico Alan Riding, quien publicó una nota que fue reproducida por el Excélsior tomado por Regino Díaz Redondo. En ella, Scherer decía: “Si el gobierno impone alguna condición a nuestro regreso, no la aceptaremos.” Ante esta filtración, cualquier intento de ayudar a Scherer se detuvo. Además, Reyes Heroles duró poco tiempo en Gobernación, pues fue cesado en mayo de 1979. ¿Cuál fue el motivo? Para documentarlo, consulté un libro de título prometedor: Juan Pablo II, el santo que caminó entre nosotros, de Hannia Novell (no lo compré, lo encontré en Google Books). Según la autora, Reyes Heroles amenazó con renunciar si López Portillo se atrevía a invitar al Papa a dar una misa en Los Pinos. El propio Secretario de Gobernación amenazó con multar al Presidente de la República si se atrevía. Aunque nos desviemos un poquito de nuestro tema, nunca está de más consignar un poco de la exquisita prosa de López Portillo, que según Novell proviene de su diario íntimo: “La situación es complicada: la ley de cultos; la devoción del pueblo; los masones; unos grupos de izquierda que se oponen; los comunistas lo quieren. ¿Cuál debe de ser mi posición? ¿Cuáles los actos que se autorizan?” ¡Oh, Dios!, ¿en qué acabará esta situación? Naturalmente, se expulsó al jacobino del gabinete y triunfó la maravillosa retórica que tantos aplausos concitaba en el Congreso y en el Senado: “La secularización del Estado es una realidad tan fuera de discusión, que aguantaba la visita de todos los papas del mundo”. Como una sutil venganza, Reyes Heroles le contó a Scherer un dato que por primera vez se hacía público: la construcción de un conjunto de residencias para el Presidente y su familia en Cuajimalpa. Pero tampoco es algo que le remordiera mucho a López Portillo, pues lo relató con orgullo en su libro Mis tiempos (tampoco lo compré, lo cita Scherer en La terca memoria): “El profesor Hank que, como Jefe del Departamento del Distrito Federal se había enterado del proyecto (las casas), generosamente nos ofreció el crédito. Nos prestó inicialmente doscientos millones de pesos y más tarde sumas complementarias. El profesor no aceptó que formalizáramos el préstamo ni la garantía. Se la debemos.” Esta bella historia en que amistad y complicidad se funden en un abrazo selló una época. “Se la debemos”. Muy bonita frase, sirve de fondo para bucear en ese mundo político de absoluta represión y censura. Los nombres de Carlos Hank González o Arturo Durazo representan algo más que el mal gusto estético de ese sexenio. Son más que la impunidad y la complicidad. Scherer nadó a contracorriente (y a veces a un lado) de la frivolidad presidencial y de sus consecuencias aún menos dichosas, aunque necesariamente algo se le pegó de la solemnidad ambiente, pues es la época de algunas de las frases más gloriosas del pensamiento priista: “Un político pobre es un pobre político” o “No pago para que me peguen”, que precisamente proviene de la decisión de López Portillo de cerrar la publicidad gubernamental a Proceso casi al final de su sexenio, acción que llevó a cabo el último vocero del Presidente, Francisco Galindo Ochoa. Por cierto, casi al final de su vida este exvocero presidencial todavía soñaba con algunas maneras de reprimir el movimiento de López Obrador. Hablar de Scherer García es pertinente porque a su alrededor parece haberse operado un acto de magia. De pronto, los priistas más corruptos amanecieron impolutos, marcharon un domingo para defender la democracia. Los herederos ideológicos de los represores diazordacistas un domingo tomaron las calles para reivindicar el movimiento del 68. En cambio, la lucha de la izquierda se convirtió en el sinónimo de la represión y la censura. Y el portal Latinusdespertó teniendo las funciones equivalentes de la revista Proceso de los años 70. Aun la apacible ironía tiene un límite, y este punto de vista insultante contra Rosario Castellanos, Jorge Ibargüengoitia o Carlos Monsiváis (colaboradores de Excélsior Proceso) no causa ninguna sonrisa. Loret de Mola sería Scherer, Alazraki sería Manuel Buendía… comparaciones así que sólo pueden vivir en la mente cada vez más asfixiada de la derecha mexicana. El 7 de enero de 2022, el periodista José Martínez M. publicó, en Proceso, un texto en donde afirmaba: “La revista Proceso sigue su curso y continúa con el legado de Julio Scherer. En noviembre pasado la revista celebró su 45 aniversario en medio del acoso desde Palacio.” En un sexenio en donde no se ha demostrado un solo caso de acoso presidencial, a diferencia de los anteriores, se ha querido construir un relato de miedo y persecución en donde la reacción gusta de vivir. En ese mismo artículo, Martínez citaba a Enrique Krauze: “Hacia 2005 algo comenzó a separarnos: la adhesión de Julio a Andrés Manuel López Obrador y mi relación con la televisión. Yo le señalé que su adhesión era incondicional y acrítica. Y le expliqué que mi vínculo (centrado en Clío, empresa autónoma) no mermaba mi libertad e independencia.” La decisión política de Scherer era acrítica, y la adhesión a Televisa, símbolo de la independencia crítica… El libro de Scherer concentra sus obsesiones de los sexenios de Díaz Ordaz a De la Madrid. Me centré en un momento sólo de la época de JLP (siglas inconfundibles), aunque por todas partes están los enredos, los ridículos, la corrupción… Y las extrañas alucinaciones políticas derivadas de haber evocado el restaurante Churchill. Todos los elementos. Quizá sólo faltaría la existencia de un nuevo Martín Luis Guzmán.

sábado, 13 de abril de 2024

Hijos de la fábula, de Fernando Aramburu



Me reí mucho con este libro, el primero que leo de Fernando Aramburu. Pero una vez que terminé de reírme, comencé a culparme, puesto que es importante para mí saber si la risa es un elemento reaccionario en mi interior. O si la risa puede ser revolucionaria. Cuando una persona compra un libro que trata sobre la ETA, ¿sabe que tiene guardar una seriedad absoluta sobre el tema? El terrorismo, las guerras, las tragedias del ser humano, ¿pueden ser motivo de risa? ¿A partir de cuándo, cuántas generaciones hay que dejar pasar para poder reír? ¿Y de qué aspectos? No lo sé, he querido siempre sumergirme en el humor sin tener una guía metodológica. Es que el humor es como el arte, terreno de la libertad. Sin embargo, vemos los más desagradables cartonistas de los periódicos, como el caso del Reforma y su dibujante estrella, aprendiz de fascista… y algo nos impide sonreír. Quiere decir que tenemos una armadura que nos protege. No podría ensayar ni siquiera unas cuantas ideas sobre la risa. El volumen se llama Hijos de la fábula, título que, ahora, a la distancia, me alumbra mucho, no había pensado que los dos protagonistas son hijos de la costumbre de contarse cuentos. Son dos muchachos de Guipúzcoa, Asier (20 años) y Joseba (21), que ingresan a las filas de la ETA y son enviados a prepararse, en la clandestinidad, al sur de Francia. Pero apenas cruzan la frontera, se enteran de que la organización vasca ha sido disuelta y que sus afanes revolucionarios dejan abruptamente de tener un objetivo… No importa, hay que continuar la preparación militar, hay que estudiar la ideología de la organización. Y todo lo hacen construyendo sobre la nada, cuidándose de los posibles espías del gobierno, pero sobre todo, manteniendo el ideal revolucionario. Como son los únicos habitantes de ese ideal, son incomprensibles para el resto de la realidad. Así que son observados como dos personajes del teatro del absurdo, o como Oliver Hardy y Stan Laurel –como acertadamente los críticos han comparado–: vistos como dos personajes que sólo disponen de sus actitudes para fabricar su mundo. Porque ya la comparación con don Quijote y Sancho se me hace un poco más inexacta, puesto que Asier y Joseba no convencen. Son hijos de la fábula, pero hijos desheredados. No logran que nadie crea en ellos, pero tampoco quieren darse cuenta de que ninguno de los dos cree en ese ideal que los llevaba a levantarse temprano a marchar por Euzkadi. Ni siquiera son capaces de comprender a los personajes que los rodean. Hay algo más, los personajes no quieren hacer reír, tampoco pueden hacer sufrir. Ambos regresan a su pueblo, con diferentes anhelos. Uno de ellos quiere saber de su esposa, a la que dejó abandonada en su pueblo. Pero el otro busca dejar impreso su nombre en el libro del heroísmo. Las últimas páginas son conmovedoras. Cada uno decide buscar su destino. No hay tanto humor en ellas, más bien melancolía, porque el que decide seguir el ideal en soledad se hunde en la soledad y no en el heroísmo.

 

Fernando Aramburu. Hijos de la fábula. México, Tusquets, 2023. (Col. Andanzas)

viernes, 5 de abril de 2024

Grata compañía, de Alfonso Reyes



Del tomo IX de las obras completas de Alfonso Reyes (1889-1959) hubo un aspecto que me interesó en algún momento. Esos momentos a los que él volvía de vez en cuando para recordar su militancia en el Ateneo de la Juventud: los días en que leían a los autores clásicos en casa de Antonio Caso, o las caminatas por las calles de Santa María la Ribera. Heroicos días en que la juventud cambiaba el rumbo de la Historia. Fueron varios momentos… pero uno de ellos, que llenaba de emoción a los ateneístas, fue el homenaje a Gabino Barreda, en la Universidad Nacional, el 22 de marzo de 1908. Fue un logro para el grupo que se organizaba en contra del Positivismo que el Ministro de Instrucción, Justo Sierra, pronunciara un discurso crítico de Gabino Barreda en ocasión de su homenaje. Al finalizar, los ateneístas quitaron los caballos del carruaje del ministro, y lo jalaron para llevarlo hasta su residencia. Reyes dejó escrito, sobre ese momento, que: “no es inexacto decir que allí amanecía la Revolución”. Es una frase que me hace pensar… Como si el Ateneo fuera el padre intelectual de la Revolución Mexicana, como si el proyecto cultural de la Revolución proviniera de ellos, ahí, los jóvenes que esperaban que cayera el Porfiriato en las elecciones de 1910, para luego heredar, ellos, los hijos del poder, el poder que dejaría Justo Sierra. Me parece más bien inexacto, porque fueron los ateneístas en su mayoría, enemigos de la Revolución, apoyaron a Victoriano Huerta y algunos huyeron del país luego del triunfo de Venustiano Carranza. Como filósofos, encabezaron una revolución conservadora, pues opusieron al positivismo, el intuicionismo de Bergson. Ruy Pérez Tamayo, en su Historia de la ciencia en México (2010), considera que los ateneístas detuvieron los avances de la ciencia en México, pues no sólo fueron antipositivistas, sino anticientíficos. No lo creo de don Alfonso, interesado en Einstein, en Sandoval Vallarta (su primo, especialista en los rayos cósmicos) y en las matemáticas. Reyes habría de reconciliarse con la Revolución unos años más tarde, en 1924, cuando escribió Ifigenia cruel. Bien a bien, no sabría decir cómo nació ni qué es el proyecto cultural de la Revolución, pero incluye el muralismo y el nacionalismo… Pero yo he tomado un camino que no era el que pretendía tomar. Pensaba en meditar junto a don Alfonso acerca de la poesía. ¿Cuál es el futuro de este arte? Sus conferencias son largas evocaciones al paisaje en la poesía, los campos que describió Pagaza y que mejoró aún más Manuel José Othón. Yo me emociono como si hubiera estado escuchándolo dictar su conferencia en que Othón es recordado como un católico describiendo una naturaleza panteísta, en que cada ser tiene una voz inolvidable. Ay, ese galope de los berrendos que cruza por su poema y que culmina con el ocaso sobre el desierto: la luz roja del sol se derrama sobre la arena. Un campo de matanza en donde unas horas antes hubo el último sacrificio del amor. Parecía un poeta lejano del desierto, desconocido, antiguo. Por eso, Borges, cuando le preguntó por él a don Alfonso, se asombró: ¿Conoció usted a Othón? Parece de esos nombres de los libros que sólo son nombres. Pero esos nombres alguna vez fueron hombres y alguien pudo conocerlos.

 

Alfonso Reyes. Grata compañía [1948]. Pasado inmediato [1941]. Letras de la Nueva España [1946] (1969), 2ª reimp. México, FCE, 1997. (Obras completas, IX)

sábado, 30 de marzo de 2024

El lugar, de Mario Levrero



El hecho de que Mario Levrero (1940-2004) llamara “involuntaria” a su trilogía hace pensar que sólo hasta que terminó la tercera sus novelas se dio cuenta de que había trabajado en un plan literario. Aparentemente, no se dio cuenta de que había caminado por ciudades que no existen, siempre en busca de una verdad interior. Casi todos sus lectores acuerdan que El lugar es la más gustada de estas novelas. No sabría decir por qué, pues para mí Levrero es la representación del trabajo del escritor que escribe sin saber por qué. Yo mismo, no sé explicar nada de mí. Sé que mi idea de infelicidad es una página en blanco, pero también ha sido motivo de sufrimiento el obligarme a escribir. No era algo que yo necesitara, pero he construido mi necesidad línea tras línea. En El lugar, el protagonista aparecer de pronto en una habitación oscura, sin saber cómo llegó ahí, pero recuerda que tiene una cita con una mujer. Así que busca la salida, hasta que da con una sola puerta que logra abrir. A partir de ahí, comienza una sucesión de habitaciones, idéntica cada una a la anterior, que el personaje recorre, abriendo cada una de las puertas que lo llevan a la siguiente. Cada habitación tiene la característica de que contiene una decoración similar: una cama y un comedor. A cierta hora, parece ser que a la misma siempre, cae invariablemente dormido, y, al despertar, encuentra la mesa servida. Lo más fácil es caer rendido, conformarse con quedarse en cualquier habitación, al fin que siempre hay luz y comida. Pero el personaje sigue y sigue, por una red de cuartos, algunos habitados por seres incomprensibles que hablan un idioma desconocido, y algunos deshabitados. Yo me apego fielmente a la pesadilla de caminar al lado del narrador, sin mirar más que su obsesión. Pero otros lectores que han hecho este camino con Levrero, han notado su pasión por el cine mudo, por las historietas, por el insomnio, por Carlos Gardel, por Kafka (¡principalmente!), por artistas casi desconocidos entre nosotros como Rosa Chacel… Tanto que decir de esta novela, pero no puedo decir lo que quisiera. Tal vez, que sería una magnífica serie de televisión: una agobiante serie cuyo laberinto desemboca en una playa y una selva. Y más adelante, en una posible escapatoria. Pero en Levrero ocurre que no sirve de nada llegar a la meta. Tan desolado queda uno mismo con las metas de la vida, que uno quisiera volver al desasosiego, a los viejos caminos que uno recorrió extraviado. Es cierto que hemos caminado ciudades, calles, estaciones del metro, aeropuertos… acompañados de personas que no recordamos, que no sabemos bien dónde quedaron. Que no encontraremos si regresamos nuevamente a los viejos recorridos en que quisimos encontrarnos a nosotros mismos. Por lo que veo, me he extraviado, en esta ocasión en mí mismo. Eso se debe a que quise respetar a este autor que aborrecía las interpretaciones de sus enigmáticos libros.

 

Mario Levrero. El lugar (1982), prólogo de Julio Llamazares, 2ª ed. Barcelona, DeBolsillo, 2010.