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domingo, 27 de abril de 2025

Paseo libertino por el Extremo Oriente



A lo largo de las clases del Taller literario que daba en la Facultad de Filosofía y Letras, Jorge López Páez indadagaba nuestros intereses. Nos preguntaba por qué autores sentíamos curiosidad, o nos recomendaba escritores que consideraba útiles para nuestras inquietudes. “A usted”, me dijo un día saliendo de la Facultad, “le recomiento a Julian Barnes, que escribió una novela muy notable que se llama El loro de Flaubert, y las obras de Christopher Isherwood”. Confieso que hasta hoy no he llevado a cabo ese consejo, pero como ven, no lo dejo en saco roto. “¿Usted por qué libro se interesa?”, me preguntó una vez en clase. “Por Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire”. Al final del semestre nos hacía una comida en su penthouse de la calle de Havre, pequeño enclave de aspecto francés en la exafrancesada colonia Juárez. Nos regalaba un libro a cada uno de nosotros, sus alumnos. A mí me extendió éste, de Apollinaire (1880-1918). “Yo no sé para qué quiere usted eso, pero en fin…” Hoy también yo me pregunto eso mismo… Pero en ese momento tenía entre mis manos pornografía, pero también incesto, pedofilia, sangre, asesinato y cosas bastante más intensas. Todo eso en las primeras páginas es bastante excitante, pero a partir de cierto momento ya no tanto. La libertad de escribir de todo, pero sin pretextos filosóficos como hicieran los pervertidos dieciochescos, es una gran conquista. A lo largo de bastantes páginas, la vida del apuesto príncipe rumano Mony Vibalano emociona, transmite su emoción por los placeres impúdicos de París. Pero luego, para escapar de tanto sexo seguido, uno prefiere pasear la mirada por el contexto, para darse cuenta que el final de la novela ocurre durante el sitio de Port Arthur, en plena Guerra Ruso Japonesa, y eso que el autor procura darle más emoción a las escenas de depravación, con violaciones y decapitaciones de niños, o con animados retozos entre sangre y tripas, como aperitivos del desenfreno. A finales del siglo XIX, el expansionismo ruso (ya construido el tramo oriente del ferrocarril transiberiano) buscaba un puerto que no se congelara el invierno, como Vladivostok, lo cual encontró en Port Arthur (hoy Lüshunkou, en China). Este puerto sería el punto de salida de las mercancías rusas (y algunas que llegaban desde Europa) hacia el Lejano Oriente. Japón ofrecía reconocer el dominio de Rusia en el norte de China, a cambio de mantener su dominio en Corea, pero Rusia no lo aceptó. La noche del 8 de febrero de 1904, los japoneses atacaron sorpresivamente Port Arthur, a lo que siguió una guerra y un asedio que duró poco más de un año, hasta que rusos y japoneses firmaron un tratado que beneficiaba a Japón. Un tratado que le valió el Premio Nobel de la Paz de 1906 al presidente Theodore Roosevelt por su papel como mediador en este tratado. El príncipe Vibalano se paseaba por las calles de Port Arthur seguido de cerca por un vigilante japonés, quien le contó acerca de su mujer, la que dejó en Japón… “Mientras me espera, piensa en mí y tañe las trece cuerdas de su kó-tó de madera de polonia imperial o toda el sio de doce tubos.” Qué extraño, ¿y qué hace ese soldado cuando tiene ganas de satisfacerse? Pues mira cuadernitos de relaciones sexuales de mujeres con pájaros, tigres, perros, peces y pulpos, y demás escenas priápicas. Todo el ejército japonés tiene esos cuadernitos que le ayudan a estar lejos de su patria. El tema central, pienso, es el de la libertad creativa, aquella que nos despliega la historia de la literatura ante nuestros ojos y nos dice: “Éstos son los terrenos que los escritores se han atrevido a transitar”. Ciertamente, sólo me atrevo a atravesarlos pero como lector. En general, todos nos detenemos mucho antes de llegar siquiera a una palabra prohibida, a una idea censurable. ¿Ése es el mérito de Apollinaire? Tal vez, y tal vez lo convierte en un artista solitario, una especie de eremita en el desierto de la depravación. Mira con sorna los productos de las alucinaciones que tanto miedo nos dan. Las combinaciones sin límite entre las depravaciones que nos aterran. ¡Miren, las describe, las analiza, las contempla, y sin fines filosóficos como el Marqués de Sade! No hay detrás de sus bestialidades esa inmensa arquitectura de la racionalidad filosófica. Hay Libertad. Básicamente eso. ¿Pero qué mira por entre los heridos de la guerra? Ahí, entre las camillas, un herido llamado Katache le cuenta cómo es que las tragedias de su vida han hecho que combine la tragedia con el placer convirtiéndolo en un masoquista. Le cuenta cómo es que su madre enloqueció creyéndose convertida en una letrina sobre la que todos iban a defecar. “Hubo que encerrarla el día que se figuró que la fosa estaba llena”. Lejos de escandalizarse, Katache se excitaba terriblemente con los relatos de su madre. El príncipe Vibalano le lee las cartas en que le relatan que su mujer lo engaña con un vendedor de pieles, cartas que lo hacen sufrir y disfrutar a un mismo tiempo. Katache, que ama a su adorada Florence, no la puede poseer, pues ella no lo quiere, pero se deja poseer por todos los demás hombres. Pienso que todos los personajes que se atraviesan por la vida de Mony Vibalano tienen detrás de sí una historia de libertinaje y de depravación, qué alegre perspectiva de la vida, pero no la he puesto en práctica, no he sido confidente en este sentido, aunque pienso que seguramente todo depende de lo que el narrador quiere ver. Si se mira la vida pensando en este hilo narrativo, es seguro que la realidad proveerá al narrador del material necesario. Bueno, a Katache le reservó sólo sufrimiento colindante con el placer. Casado con su amada Florence, se dirigieron a París, en donde ella buscaba perder la virginidad, sólo que no tenía reservado ese privilegio para su esposo, sino para un francés. Conoció a uno de ellos durante una batalla de flores, esa tradición en que se lanzan flores a la multitud desde carros decorados. Próspero, un joven de Niza que de inmediato miró a Florence. Ella se subió al carro de él, lo abrazó y lo besó, ante la mirada de su esposo. Era el elegido para quitarle la virginidad. Florence lo invitó a su cuarto de hotel, le señaló un sofá a su esposo para que se sentara, y le dijo: “Vas a asistir a una lección de placer, procura aprovecharla”. Después de una lección que duró unas diez demostraciones, el desdichado marido le pidió a su esposa oportunidad para ejercer su turno, pero ella prefirió que llamaran a su perro, un gran danés con el que tuvo algunos problemas a la hora de terminar. Katache tuvo que recurrir al agua fría apra separar a su mujer y a su mascota. “Mi mujer perdió las ganas de hacer el amor con perros desde aquel día”, nos aclara. El resto de la historia consiste en la descripción de las muchas personas que satisfacen a la hermosa Florence ante la impotencia de su marido, quien sufre lo mismo que los mártires de la Iglesia Católica al ver a su mujer entre los brazos de todo tipo de gente. Fue entonces que una orden de Su Majestad llevó a Katache al frente de guerra, mientras en la lejanía la hermosa Florence lo seguía engañando. ¡Qué maravillosa historia, con qué alegría la siguieron Mony Vibalano y una enfermera polaca que asistía al enfermo! Les causó tanto placer esa historia que no se les ocurrió otra cosa que azotar al narrador hasta hacerlo sangrar. Este libro (publicado anónimamente) encantó a los cubistas y a los surrealistas. Yo opté por sólo relatar algunos pasajes, disfrazado de fantasma, dentro de las oraciones escritas por Apollinaire. ¿Para qué? Quizá, sólo para sentir la lejana brisa de la libertad de escribir lo que sea, sin freno, para recorrer los dominios que autores como Apollinaire, efectivamente, añadieron a los dominios de las artes.

 

Guillaume Apollinaire. Los once mil falos Les Onze Mille Verges ou les Amours d'un hospodar (1907), tr. Josep Elías, 5ª ed. México, Premià, 1982. (Col. Los brazos de Lucas, 1)

jueves, 17 de abril de 2025

El cuarto mandamiento, de Newton Booth Tarkington



The Magnificent Ambersons (1918), del escritor estadounidense Booth Tarkington (1869-1946),  fue la novela que obtuvo el Premio Pulitzer en la categoría de Ficción, en 1919. En español fue traducida como El cuarto mandamiento, y su versión cinematográfica, realizada por Orson Welles justo después de haber dirigido El ciudadano Kane, también ha sido conocida en español como Soberbia. Con el nombre original, Alfonso Arau dirigió una nueva versión del guion de Welles, en 2001.  Cualquiera de estos títulos le quedan bien, sin embargo, no se trata de un texto reconocido en español. Si lo fuera, podríamos agregarlo a la lista de textos en torno a la decadencia de las familias a través de las generaciones, como Los Buddenbrook o los Buendía. Los Ambersons viven en una ciudad en algún lugar del Middlewest (tal vez Indianápolis, la ciudad natal del autor), a finales del siglo XIX, cuando los automóviles todavía no aparecían en el horizonte de las poblaciones. Las escenas de nostalgia, antes de la luz eléctrica, cuando los tranvías de mulas, son de lo más efectivas, así como las detalladas descripciones de la moda, de los tipos de zapatos y de sombreros en rápida sucesión. Y en esas calles que poco a poco se ensanchaban, que se sorprendían con la música de moda y con el lujo, se instalaron los Ambersons, estirpe que tenía su riqueza de sus terrenos y sus negocios algo difusos. Se sabe que la hija de los Ambersons, Isabel, fue una belleza en su juventud… Al inicio de los acontecimientos debe de tener un poco más de treinta años, es decir, una edad nada interesante para el amor. Sigue siendo bella, pero su hijo adolescente no puede siquiera concebir que una persona de esa edad pueda seguir pensando en el amor. Por ahí, en algún pasaje, dice el autor que sólo la gente de cierta edad puede tolerar una historia en que los enamorados ya no son jóvenes. De hecho, no nos aburrirá con amores maduros. A un baile celebrado en la mansión Amberson llega una bella joven de la que se enamora de inmediato el joven Amberson, George, hijo de Isabel. Sólo que esa joven, Lucy, es la hija de Eugene Morgan, un antiguo pretendiente de Isabel, que muchos años antes dejó su sitio en el cortejo al futuro padre de George. La “soberbia” del título (al menos, del título traducido) es la de George, el joven Amberson, que luego de quedar huérfano de padre se da cuenta de que el amor entre su madre y su antiguo pretendiente nunca se apagó del todo, así que decide tomar la decisión de abandonar los Estados Unidos y llevarse a su madre con él a vivir a París. Isabel casi regresará a su ciudad natal a morir… sin que su hijo le permita ver a su amor verdadero. Qué raro hacer el recuento de una historia así, no sé si estoy en edad de hacerlo. Me imagino que no. O más bien, que estoy en edad de escandalizarme de la soberbia de la juventud. Finalmente, a eso juega el autor: le quita la soberbia a su protagonista, pero para ello hace que el personaje de Isabel renuncie al amor. Por último, la historia acaba con relativa felicidad, todo porque Isabel se manifiesta en una sesión espiritista en que parece indicar sus deseos póstumos (más abnegación). No sé qué pensar de esta escena porque tengo fascinación por las historias de espiritismo, así afeen las obras de los escritores…

 

Newton Booth Tarkington. El cuarto mandamiento / The Magnificent Ambersons (1918), tr. y notas, Regina Fernando Santos. Madrid, Aguilar, 1951. (Col. Crisol, 329)

domingo, 6 de abril de 2025

Bastarda, de Dorothy Allison



Dorothy Allison murió a finales de 2024, pero su fallecimiento no fue noticia entre nosotros. Bastarda (1992), que había sido editada por Alfaguara en español en 1999, fue reeditada a los treinta años de su publicación por Errata Naturae, editorial española. Por desgracia parece que es la única obra suya disponible en español, y aunque la crítica ha destacado la tragedia que marcó su entrada en la adolescencia, el libro es también una declaración de amor a su natal Carolina del Sur y también a la música góspel. Una declaración de amor, pero también una detallada descripción de la decepción que pueden causar las cosas que amamos. Poco se salva de ser desvirtuado en esta novela de forma auobiográfica. Una bella argamasa de situaciones divertidas y trágicas. Por ejemplo, desde el primer capítulo en que la madre de la protagonista tuvo que mantenerse hospitalizada cuando su hija nació, por lo que fue llevada a registrar por su abuela, quien no evitó que en el acta de nacimiento quedara para siempre la palabra “bastarda”. Es la palabra que marca la vida de Bone, como la llama la familia. En realidad, marca más a su madre que a ella, quien se olvida rápidamente de esa palabra y de su significado. Aunque hay una connotación de degradación, realmente significa nacer fuera del matrimonio. Y quizá eso explique la conducta de la madre, quien sacrifica todo por la ilusión que trae conseguir un esposo. Todo, hasta el destino de sus hijas, lo sacrifica por tener un hombre a su lado. Mientras, en Bone nace un amor por la música. Incluso, es capaz de ser amiga de la niña más desagradable de la clase, sólo porque es hija de dos representantes de artistas de góspel, así que es invitada a los conciertos de los músicos de la región, a quienes conoce en sus miserias y en sus excelsitudes musicales. Escucho, por ejemplo, a Patsy Montana, quien grabó en 1934 su canción I Want to Be a Cowboy's Sweetheart, con la que se convirtió en la primera mujer del country en vender un millón de discos. Era de la lejana Arkansas, pero se escucha en Carolina del Sur. Pero detrás de las noches calurosas, en que las tías y las primas se sientan en el portal a escuchar música, rodeadas de los ruidos de los insectos, se siente la violencia latente, como un contrapunto musical, una melodía ominosa y vulgar que tendrá su propio espacio como tema solista de esta novela. El padrastro sentará a su hija entre las piernas, la tocará, comenzará a agredirla poco a poco, en un crescendo que contendrá golpes. Pero aún no es el momento de la verdadera violencia. La violencia auténtica de esta narración es preparada por la madre, quizá a su pesar. Nadie lo sabe, nadie lo puede incluso predecir, pero es la madre (a quien está dedicado el libro), la que no puede escapar del amor por su esposo, aunque esto signifique traicionar a su hija. Leo, después de esta novela, sobre la vida y el pensamiento de la autora, y me doy cuenta de su madurez como pensadora feminista. Desde esa madurez narra su infancia, pero nunca interfiere con la voz de ella misma a los doce años. La deja sola en su circunstancia, contando la belleza y el terror de la infancia.

 

Dorothy Allison. Bastarda Bastard Out of Carolina (1992), tr. Regina López Muñoz. Madrid, Errata Naturae, 2022.

viernes, 28 de marzo de 2025

Sonetos del portugués, de Elizabeth Barrett Browning



Tengo dos ediciones de los Sonetos del portugués (1850), de Elizabeth Barrett Browning (1806-1861), editados en dos años consecutivos: 1942 y 1943. Alrededor de las dos ediciones se encontraban grupos de mujeres escritoas. La primera, es de una editorial de escritoras, Rueca, fundada por Carmen Toscano, María Ramona Rey y María del Carmen Millán, entre otras universitarias. La traductora fue la española exiliada en México, Ernestina de Champourcín (1905-1999), miembro de la Generación del 27, quien seleccionó 21 de los 43 sonetos y los tradujo en prosa. La segunda fue realizada en Barcelona y fue traducida por Ester de Andreis (1901-1989), escritora cuya casa en Barcelona era frecuentada por escritores como Guillermo Diaz-Plaja, Dámaso Alonso, Giuseppe Ungaretti y Vicente Aleixandre. Este tomo, que contiene los 43 sonetos, en verso, tiene la peculiaridad de que perteneció a Pita Amor, pues la dedicatoria dice: “A Gudalupe Amor, verdadera poesía, esta otra poetisa que también fue tan verdad, Ester de Andreis, VI-50.” No diré más, salvo que Elizabeth Barrett sigue siendo tan desconocida hoy como hace 80 años que se tradujo al español, así como la mayor parte de las escritoras que formaron parte del mundo de estas dos ediciones. Ahora sólo glosaré las palabras que Ester de Andreis le dedica a la poetisa (es la palabra que usan ellas). Aunque tuvo una infancia feliz en su natal Coxhoe, al norte de Inglaterra, contrajo al igual que dos de sus hermanas, una misteriosa enfermedad que sólo persistió en ella: un fuerte dolor de cabeza y pérdida de movilidad en la columna. Antes de esta enfermedad, que fue tratada con opiáceos, ya era una escritora precoz y llena de imaginación, con un talento que fue apoyado por sus padres. Al morir su madre, en 1828, su padre se dedicó a cuidar a sus doce hijos (Elizabeth fue la hermana mayor) con un cariño tan vehemente que era realmente una locura: la sola idea de que alguna de sus hijas pudiera tener una relación amorosa lo enloquecía. La muerte de su hermano consentido y la soledad que la envolvió, además de la enfermedad, sólo se aliviaba gracias a la compañía de su perro Flush. El cruel encierro al que la confinó su padre fue combatido por ella con la poesía y con la correspondencia secreta que comenzó a tener con el poeta Robert Browning (1812-1889), que la buscó, admirado por su obra. Ante la negativa de su padre por reconocer este romance, Elizabeth se fugó con Robert a Italia, donde se casaron. Elizabeth quiso, con el tiempo, recobrar la relación con su padre, pero éste le devolvió cerradas todas las cartas que ella le envió. Los aaños italianos fueron una sucesión de días felices, que terminaron con la muerte de ella. En secreto escribió estos sonetos describiendo su amor por Robert y alegrándose de haber dejado atrás los largos años en que aún no lo conocía. Él tenía admiración especial por un poema de Elizabeth, “Catalina a Camoens”, y la llamaba: “Mi pequeña portuguesa”. Se supone que ése es el origen del título de estos sonetos en que “el portugués” sería Browning. Cuando se casaron, Wordsworth dijo: “Espero que se entenderán; nadie más los entendería”. Quizá los comprendió Virginia Woolf, que penetró en ese mundo para retratar a un personaje entrañable, el cocker spaniel de Elizabeth, Flush, a quien le dedicó una biografía, homenaje por la compañía que le dio durante su corta vida.


Soneto VI

 

Vete de mí. Y sin embargo siento que en adelante viviré en tu sombra. Pues ya nunca, sola en el umbral de mi propia vida, dispondré libremente de mi alma,

ni alzaré mi mano a la luz del sol, serenamente, como antes, sin el recuerdo de lo que no conocía… tu roce en mis palmas.

La distancia mayor que entre nosotros alza el destino, deja tu corazón en mi corazón latiendo con doble pulso. Cuanto yo hago y cuanto sueño te incluye a ti, igual que el vino ha de saber

a sus propias viñas. Y cuando imploro a Dios por mí, oye también tu nombre y ve en mis ojos las lágrimas de dos.

(versión de Ernestina de Champurcín)


Elizabeth Barrett Browning. Sonetos del portugués Sonnets from the Portuguese (1850)

1)    tr. y nota, Ernestina de Champourcin. México, Rueca, 1942.

2)    tr. Ester de Andreis. Barcelona, Librería Mediterránea, 1943.

 

domingo, 23 de marzo de 2025

Yo, cruel vengador; tú, Mesalina…



Este libro no contiene lo que pareciera sugerir el título. Es decir, no se trata de una historia de las mujeres en el mundo antiguo. Sino que la autora, Daisy Dunn, clasicista inglesa, vuelve a relatarnos la historia que ya conocemos (al menos de manera superficial), pero teniendo en cuenta la participación de las mujeres. Me parece mucho mejor que una historia relatada a través de ellas (como dice el título). Porque ahora podríamos pensar en los homosexuales, las lesbianianas, los pueblos sometidos por los romanos, los niños, etc. Todo esto para llegar a una historia de la humanidad un poco más justa. Sólo que en realidad, no será nunca justa, siempre tendrá un grado de injusticia, lamentablemente. Por ejemplo, en México, estábamos tan a gusto con las versiones grecolatinas de Alfonso Reyes y demás expertos, hasta que Francisco de la Maza escribió su libro sobre La erótica homosexual en Grecia y Roma, que alumbró tantos sitios que los padres Méndez Plancarte y muchos otros ignoraron sin remordimientos. A mí, este libro me sirve para explicarme la letra de un foxtrot de 1936, con letra del publicista español Bernardo San Cristóbal, y música del compositor michoacano Miguel Prado, “Redención”, que dice: “Yo fui cruel vengador; tú, Mesalina, / y los dos somos reos del dolor”, y que grabaron entonces las Hermanas Barraza, en San Antonio, Texas. Más o menos, el sentido de la canción es que la mujer engañó por amor, y el hombre lo hizo para vengarse, pero terminan perdonándose el uno al otro. Ya que apareció su nombre, me gustaría mencionar aquí su leyenda, tal como la cuenta Daisy Dunn. Valeria Mesalina (25 d.C.-48 d.C.) fue la tercera esposa de Claudio, personaje que se sobrepuso a la cojera y la tartamudez de su infancia, y que a los 50 años se convirtió sorpresivamente en emperador, tras el asesinato de Calígula. Quizás hasta Mesalina ninguna mujer en Roma había tenido un puesto tan destacado, pues desfiló en un carro detrás de su esposo en el año 44, cuando Claudio conquistó las actuales Inglaterra y Gales. A diferencia de Claudio, que recibió siempre faltas de respeto de gente que le aventaba huesos de frutas o pedazos de pan, Mesalina no toleró nada: apenas leyó la sátira de Séneca contra su esposo, La calabacificación del divino Claudio, lo acusó de adulterio con la sobrina de Claudio, Julia Livila (parece que fue la razón por la que el Emperador, su tío, la mandó ejecutar). Sobre este libro de Séneca, dice la historiadora Mary Beard que quizá sea el único texto latino que realmente nos podría sacar carcajadas hoy en día. Se podrá intuir que no fue el único escritor que tuvo problemas con la emperatriz, pues también escribieron contra ella los satíricos Tácito y Juvenal, aunque según Dunn, no se les debería de creer al pie de la letra. Tácito acusa a Mesalina de haber envidiado unos hermosos jardines en el monte Pincio, de Roma, propiedad del cónsul Décimo Valerio Asiático. Así que para deshacerse de él, lo acusó de estar implicado en el asesinato de Calígula por lo que sería un peligro para Claudio. Éste respondió con pánico, así que mandó arrestarlo y a que lo presentaran ante él para leerle personalmente los cargos en su contra (corrupción del ejército, adulterio y ser pasivo en el sexo con hombres). Puesto que el acusado logró conmover a Claudio y a Mesalina con su defensa, le fue concedido el derecho de elegir cómo morir. Asiático eligió suicidarse. Pero dice la doctora Dunn que no se debe de creer mucho en estas historias, sospechosamente escandalosas. Plinio el Viejo asegura que Mesalina ganó una competencia contra una prostituta pues tuvo 25 coitos seguidos en un solo día, y Juvenal la llamó “puta augusta”, pues la hace salir por la noche, con los pezones pintados de dorado, buscando sexo que nunca la deja satisfecha. Y Dion Casio asegura que hizo prostituirse a otras mujeres, forzándolas a tener relaciones con otros hombres mientras sus maridos las miraban. Mesalina se fue convirtiendo en una leyenda, asesina de hombres que la rechazaban, noctámbula insaciable que dejaba al apocado Claudio solo en su cama. Pero se supone que hay una historia que, según la autora del libro, Tácito da por cierta: que Mesalina, en medio de las ausencias de Claudio, se enamoró del hombre más bello de Roma, el cónsul designado Cayo Silio. Aunque era casado, comenzó a tener una aventura con la Emperatriz, una aventura que se volvió tan pública que nadie en Roma la ignoraba. El extremo llegó a la idea de Mesalina de ceder al ruego de Cayo Silio de casarse. Lo hicieron mientras Claudio estaba fuera de la ciudad, pero un esclavo liberto que trabajaba para Claudio, se lo hizo saber. Se supone que los amantes se encontraban juntos, en la fiesta de la vendimia, cuando llegaron los centuriones que había enviado Claudio, y detuvo a Mesalina, pues Silio logró huir. Parece que Claudio todavía dudó ante el amor que tenía por su esposa, pero al revisar la casa de Cayo Silio, se descubrieron muebles que provenían del palacio, así que él sólo pidió una muerte rápida. Pero Mesalina tuvo la oportunidad de defenderse ante su esposo. Bueno, eso estaba a punto de pasar porque Mesalina se encontraba en sus jardines, echada junto a su madre, quien la trataba de convencer de suicidarse, cuando uno de los guardias llegó y enterró en Mesalina la daga que ella tenía entre sus manos. Todavía entonces, Claudio dudó, el amor era tanto que no le permitía convencerse de la muerte de Mesalina. Ella tenía 23 años cuando murió, aunque ya había efigies suyas por todas partes de la ciudad. El Senado ordenó eliminar su recuerdo y mandó que se destruyeran todas sus estatuas. Sin embargo, dice Daisy Dunn que a pesar de todo, se salvaron tres imágenes suyas, por las que podemos saber cómo era Mesalina. Volviendo al bolero que traía en la mente, puedo decir que es extraño que su efigie haya emergido en la radio de los años 40. No sé qué tanto sabían los autores de la antigua emperatriz, pero le dan su propia interpretación. Se entiende que los dos se hicieron daño y que los dos sufren por el engaño. En esta canción, simbólicamente Mesalina no es asesinada, sino perdonada en su arrepentimiento. El mundo antiguo permitió mujeres sumamente poderosas, mujeres que podían cooperar con dinero en favores que les pedía el poder, por lo que lograban cierto respeto. Algunos Emperadores, con mayor odio a esa influencia social de las mujeres, emitieron leyes para limitarlas. Especialmente, la ley que las obligaba a no poder heredar más allá de cierta cantidad, lo que limitaba su poder de manera importante. Para defendese de estas leyes, las mujeres de Roma hicieron una manifestación pública para combatir un edicto que obligaba a las mujeres más ricas a dar una parte de su fortuna al estado. Lograron que sólo las 400 mujeres más ricas dieran una aportación. Pero esas mujeres respondían a una ferocidad constante, por lo que los parámetros de la moral y de las costumbres son bastante más laxas que las que usamos para medir hoy. Como el caso de Amestris, la esposa del temido Jerjes I, quien al enterarse de una infidelidad de su esposo, mandó cortar, a la madre de la amante, los senos, la nariz, los labios y la lengua. Como puede verse, este espacio histórico dista mucho de la idealización romántica…

 

Daisy Dunn. La venganza de Pandora. Una historia del mundo antiguo a través de las mujeres / The Missing Thread, tr. Miguel A. Pérez. México, Crítica, 2024.

lunes, 17 de marzo de 2025

El padre de la democracia, de Felipe Ávila



La breve presidencia de Francisco I. Madero, que duró del 6 de noviembre de 1911 al 19 de febrero de 1913. Apenas un año y tres meses, pero que se tiene que volver a contar. En esta narración se evita caer en la interpretación común en que el “ingenuo” Madero no supo evitar su trágico final. Pero las circunstancias que relata Felipe Ávila se encuentran encadenadas. El entramado político que fue llevando a Madero por su camino y que retrata la complejidad de muchos pasajes. Por ejemplo, esa relación con Emiliano Zapata, pues ambos personajes se miraban con simpatía (Madero, se cuenta incluso, fue padrino de bodas de Zapata), pero los proyectos políticos los tenían que separar. Es cierto, desde el presente podemos recriminar a los personajes todo lo que queramos, pero es que hace mucho que cada uno de ellos mostró su juego. El general Bernardo Reyes, hace mucho que supimos que no estaba dispuesto a jugar un papel secundario. Madero, legítimamente, le ofreció la Secretaría de Guerra en caso de ganar la presidencia. Sabemos que la realidad política de Madero consistía en negociar con un ejército muchas veces adverso y con figuras como Reyes que buscaban el poder. Alfonso Reyes tenía una visión, naturalmente, muy diferente de su padre de la que ocupó en los hechos de la Decena Trágica. Relatados por él, esos días de febrero de 1913 se tornan míticos. Son mucho más sórdidos, vistos desde el punto de vista de los hermanos Madero y del vicepresidente, José María Pino Suárez. La Embajada de los Estados Unidos, en su apoyo a Victoriano Huerta y Félix Díaz, dibujaron una circunstancia que vuelve a ser repulsiva en este recuento. El detalle con que se cuenta la usurpación de Huerta y el asesinato de Madero es verdaderamente notable. La relación de confrontación entre las distintas facciones de la Revolución, lo que pasaba entre el gobierno de Madero y los zapatistas y los villistas, fue algo que siempre estuvo dentro de cierto rango. Nada que ver con el juego que trabama Huerta. Pero Madero no tenía otra opción… Además, Huerta se presentaba con los mejores triunfos militares, pues en julio 1912 se erigió como vencedor de la rebelión de Pascual Orozco, en el norte del país. Tampoco sabía Madero que Orozco se uniría más adelante a Huerta, para combatir a Zapata. En realidad, las subtramas de los protagonistas de la Revolución son complejas… Los personajes son héroes o traidores, según la página en que se abra el libro. Y el país que se mira a través de la narración de esta biografía es inestable. Finalmente, Madero no logra controlar las fuerzas que desata la Revolución. Eso, desde el punto de vista político. Pero como analista de la realidad política, Madero ha recibido poca atención: su análisis del país en el libro La sucesión presidencial es realmente fuera de serie. Se leyó por todos lados, y su campaña por México despertó una esperanza en los numerosos asistentes a sus mítines. Mientras leía entusiasmado esta biografía, pensaba dos cosas: que en poco tiempo, con la pasión de Madero, se despertaba un fervor político en México, que dio como resultado un breve periodo democrático; y que la selva de intereses adversos (la prensa vendida de México, el gobierno de EU, los diferentes niveles de oportunismo, etc.) logró sepultar un proceso que merecía una continuidad. El arduo trabajo biográfico de Felipe Ávila logra dar claridad a todo un periodo, en el que destaca el extraordinario trabajo narrativo de la Decena Trágica. Leí esta biografía con deleite porque me alumbró una época intrincada en la que fecuentemente me extravío.

 

Felipe Ávila. El padre de la democracia. Biografía de Francisco I. Madero. México, Debate, 2024.

domingo, 16 de marzo de 2025

La vegetariana, de Han Kang



La vegetariana es el libro de moda, pues es el más comentado de su autora, Han Kang, la ganadora del Nobel de Literatura 2024. Sin embargo, su título me parece inexacto, ya que la protagonista inicialmente deja de comer carne luego de tener algunos sueños imprecisos para el lector, pero en realidad deja paulatinamente de comer cualquier cosa. Incluso la abandona la voluntad de comer. Más parecería habitarla el deseo de convertirse en un vegetal. No niego que muchas veces comparto con la protagonista ese fantasía de descender hasta la vida de las plantas, sin conciencia, tal vez sin pensamiento, para sólo sentir como una brisa el transcurrir de la vida. Cualquiera que sea el deseo de la vegetariana, el libro no lo comunica. En realidad, la narración nunca explica cuál es el deseo de su personaje, ni existe una comunicación entre ella y su medio. Los personajes se diluyen a lo largo de la trama, algunos hasta desaparecer. La novela está escrita con tales huecos narrativos el lector puede proponer su interpretación, cualquiera que ésta sea, sin que la trama se vea afectada. Puede ser que la vegetariana se rebele ante la sociedad, puede ser… pero la novela no lo dice. Puede ser que sus sueños sean un vislumbre de la destrucción ecológica, o un símbolo del sufrimiento animal. Todo puede ser. Cuando Yeonghye (que así se llama la protagonista) es ingresada a un psiquiátrico, pensaríamos que algo tiene que decir una disciplina científica en torno al sujeto de esta narración. Pero la psiquiatría parece una ciencia contemplativa, que sólo se limita a mirar sin diagnosticar. En los pasajes que leemos no hay diálogos entre Yeonghye y su hermana, o entre ella y sus padres (pero ellos ya han desaparecido desde el primero de los tres capítulos del libro). Ese momento de violencia en que el padre quiere hacer comer por la fuerza a su hija también ha quedado atrás, no tiene antecedentes ni consecuencias. Su madre, cuando ella está internada en el hospital, la engaña para que coma caldo de carne, pero lo vomita una vez que se da cuenta de lo que comió. Cuando su padecimiento progresa, Yeonghye sueña que los árboles en realidad hunden las manos en tierra, así que ella misma se pone boca abajo dejando las piernas hacia arriba, para que una flor le creciera en el pubis. Desafortunadamente, no pasa lo mismo con el libro, no florece, las imágenes no dan fruto. Tan incomprensible como el personaje es la sociedad que lo rodea: un vegetariano parece algo tan extravagante que puede arruinar una reunión cuando los asistentes se enteran de que hay uno entre ellos. Hay algo constante en los personajes de esta novela: parece que todos, en algún momento, se sorprenden cuando se dan cuenta del tipo de persona que tienen enfrente. Hay una incomunicación constante, un incapacidad de darse cuenta del otro. Siempre se sorprenden de la existencia del otro, pero no tienen herramientas para comunicarse con él.

 

Han Kang. La vegetariana 채식주의자 (2007), tr. Sunme Yoon. México, Random House, 2024.