Otras entradas

viernes, 6 de agosto de 2010

El arte de hablar entre los pájaros


En los días de antaño los hombres poesían el arte de hacer que los pájaros discurrieran en el idioma humano. El invento se atribuye a un gran filósofo, que dividió sus lenguas, y después de muchas generaciones produjo una raza selecta que nació con ese órgano dividido. Alteró las formas de sus cráneos atando ligaduras detrás del oocipucio, lo que provocó que el sincipucio se proyectara, que sus ojos se volvieran prominentes y que sus cerebros dominasen el arte de expresarse a través de la palabra.

Pero este maravilloso descubrimiento, como en general todos los de los grandes filósofos, tuvo un terrible defecto en la práctica. Cuando los pájaros empezaron a hablar, hablaban sabiamente y con gran tino, y decían la verdad con tal persistencia que reprochaban a sus hermanos de piel sin pluma tan abiertamente, los halagaban tan poco y los aconsejaban tanto, que la humanidad pronto se hartó de oírlos discurrir. Así que el arte fue cayendo en desuso, y ahora se cuenta entre las cosas desaparecidas.

Sir Richard Burton, Vikram y el vampiro

viernes, 23 de julio de 2010

José Emilio Pacheco: La iniciación de Monsiváis




—¿Conoce usted a Carlos Monsiváis?

—No, para nada.

—Pero ha sido amigo suyo durante cincuenta años.

—Es cierto, sin embargo esa eternidad no me autoriza a decir que lo conozco. Oportunidades no han faltado: durante la adolescencia y la juventud, inmensas caminatas nocturnas por la ciudad de México, después largos trayectos aéreos, prolongadas estancias compartidas en otros países. Y no me refiero nada más a la vida íntima: en torno a él hay datos esenciales que ignoro por completo o acabo de enterarme de ellos.

—¿Por ejemplo?

—Algo tan importante como el lugar de su nacimiento. Por la Guía literaria del Centro Histórico que hizo Pável Granados, supe que Monsiváis había nacido en el edificio de Rosales en donde estuvo la Universidad Obrera y más tarde el Teatro del Caballito que recuerdo como primera sede del grupo Poesía en Voz Alta.

—¿Existe?

—Desapareció en 1964 cuando el entonces regente Uruchurtu demolió sin ninguna necesidad toda esa manzana para abrir el Paseo de la Contrarreforma. Se perdieron el edificio antiguo de Relaciones Exteriores, donde visitábamos a Octavio Paz y a Carlos Fuentes y un día fuimos presentados a José Gorostiza; la sede del PAN, antes un hotel que había sido el cuartel general de Álvaro Obregón, y la casa en que, bajo el mandato de Henry Lane Wilson, Huerta, Félix Díaz y Manuel Mondragón, el padre de Nahui Olin, firmaron el Pacto de la Ciudadela y la sentencia de muerte de Madero y Pino Suárez.

Para Monsiváis, para Sergio Pitol y para mí aquella plaza era un lugar importante porque enfrente estaban el café Kikos y la antigua librería de El Caballito. Pero Monsiváis jamás nos dijo: “Aquí nací”.

Tolerancias e intolerancias

—¿Y acerca de su infancia?

—Sé menos todavía. Me hubiera gustado preguntarle, pero jamás me dio la oportunidad, sobre algo que aparece en dos líneas supuestamente humorísticas de su Autobiografía de 1966. Al lado de las incesantes atrocidades de nuestra época, hay una conciencia que no existía antes por José Emilio Pacheco acerca de problemas tan graves como el abuso sexual y el acoso escolar y los daños irreparables que provocan. Monsiváis habla sonriente y como de pasada de lo que significó para él ser el único niño protestante en una escuela laica en la que sin embargo todos sus condiscípulos —aquí no puedo emplear el término “compañeros”— eran católicos.

Usted no puede imaginarse la virulencia de la intolerancia en aquellos años. Y al mismo tiempo se consideraban como algo meritorio y divertido lo que ahora vemos como auténticos crímenes. Por ejemplo, un maestro universitario, caballero cristiano decentísimo, padre de muchos hijos y pilar de la sociedad, nos invitaba a comer para vanagloriarse deportivamente ante nosotros sus alumnos de cómo, bajo otra identidad y promesa de matrimonio, seducía a sirvientas adolescentes y a muchachitas de las secundarias populares. Era como el cazador que presume de las liebres o las palomas abatidas en su última excursión de caza. Siempre me pareció algo terrible, pero tuve la cobardía de no reprochárselo y me arrepiento ya muy tarde.

—Entonces, ¿cree usted que la obra de Monsiváis es un largo ajuste de cuentas del niño que fue con ese México y todo lo que significa?

—Señalo el dato, de momento no me atrevo a hacer interpretaciones. Nada más le digo que esa situación tuvo su otra cara: el marginal que no participa en las diversiones de su edad es el lector y el espectador nato, por así decirlo. Además, y esto sí se ha apuntado, ese niño se forma en la Biblia de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, una obra maestra del Siglo de Oro a la que nunca se toma en cuenta como parte esencial de la gran literatura española, mientras para la mayoría de sus contemporáneos la prosa castellana era lo que leían en las más veloces y descuidadas traducciones, pagadas a un céntimo por línea.

—¿Usted leyó también la Biblia de Reina y Valera?

—Sí, pero tarde y gracias a Monsiváis. Yo ni siquiera me había acercado a las biblias católicas, excepto por supuesto a los Evangelios. En vez de la lectura directa, que nos desalentaban casi como una invitación al luteranismo, había clases de “Historia sagrada” en que nos contaban los relatos de Adán y Eva y el Diluvio y la torre de Babel.

El último polígrafo

—Pero Monsiváis no se ocupó nada más de textos religiosos.

—No, cuando lo conocí a sus diecinueve años, nadie de nuestra edad había leído tanto como él. A menudo se olvida que la lectura es tiempo y no podemos dar por leído lo que sólo hojeamos o picoteamos. Monsiváis a esa edad tenía ya una gran cantidad de libros perfecta y críticamente asimilados.

—Y ahora, con una actividad tan intensa como la suya, ¿a qué horas lee?

—No lo sé, no me lo explico. Creo que no duerme. Monsiváis paseó en su derredor lo que en inglés llaman un red herring, es decir, una pista falsa que desorienta a los rastreadores. Se hizo pasar por desorganizado y caótico y, todo lo contrario, es de una disciplina brutal y una capacidad de trabajo sobrehumana. De otra manera no se entiende lo mucho y lo bien que ha escrito.

—¿Ha escrito más que Alfonso Reyes?

—Más que nadie en el México actual. Compilar sus obras requeriría de cuarenta tomos como los de Guillermo Prieto. Él es nuestro gran hombre de letras, el último polígrafo que puede escribir (y hablar) sobre todas las cosas. Y digo hablar porque sus antepasados no daban conferencias y no había televisión ni radio, ni entrevistas ni declaraciones. A todo esto ahora hay que sumar internet. ¿Cuántas docenas de “correos” despachará al día Monsiváis?

—¿Y eso es bueno?

—La hiperproductividad tiene la desventaja de que impide el acabado total y, como nadie puede abarcar la obra en su conjunto, juzgamos el todo por la parte. Le juro que soy un auténtico lector de Monsiváis, lo he leído sin tregua durante estos cincuenta años. Y al ver la lista que usted me presenta no quiero engañarla y le confieso algo de lo mucho que desconozco: El crimen en el cine, Cultura urbana y creación intelectual, De qué se ríe el licenciado, El género epistolar, Sin límite de tiempo, con límite de espacio, Rostros del cine mexicano,

Luneta y galería, El bolero, Julio Ruelas, Modernista y muchos libros más.

—Hay que hacer una antología.

—Se pueden hacer muchas y no obstante me temo que le suceda lo mismo que pasa con Reyes. Por buena que sea la antología, y las hay excelentes, uno termina sintiendo que no lo representa: el sentido de la obra está en la variedad y en la vastedad inabarcables. Cada escritor es único y no es posible exigirle más de lo que puede darnos. O sí: podemos demandarle que no sea él, pero en ese caso la pérdida será para nosotros.

—Ahora le devuelven lo que él dijo un día: Se necesita una beca para leer a Monsiváis.

—Y no cualquier beca, sólo la MacArthur que se prolonga por cinco años y es nada más para escritores angloamericanos. Sí, en lo que me resta de vida me encantaría leer lo que desconozco de Monsiváis.

El arte de la memoria

—¿Por qué no escribe usted sus memorias de Monsiváis en esos años?

—Ya lo hizo inmejorablemente Sergio Pitol en El arte de la fuga. La suya será la versión clásica y la única realidad. Las cosas no existen mientras no hay un texto que las fije. Lo demás es la nebulosa llena de estruendo y confusión en que vivimos inmersos.

Lo que pasó es lo que está en el libro, no lo que sucedió en el mundo real ni en las imágenes. Pero al recordar por fuerza inventamos. Sergio y Carlos quedaron muy sorprendidos cuando les demostré que los hechos sintetizados en un día, como es privilegio de la literatura, sucedieron a lo largo de varios años.

El ensayo-relato de Pitol empieza en 1957. Yo no conocí a Sergio hasta el año siguiente. Monsiváis entrega a Excélsior su columna de televisión “La caja idiota”. Por supuesto, faltaban siglos para que colaboráramos en Excélsior. La sección sólo se publicó en La Cultura en México cinco años después, en 1962. De allí van a casa de Juan José Arreola donde yo losestoy esperando porque Arreola nos va a publicar nuestros primeros títulos: Victorio Ferri cuenta un cuento y La sangre de Medusa. Todo esto es cierto pero en 1957 yo no conocía tampoco a Arreola, los Cuadernos del Unicornio no comenzaron hasta 1958 y los nuestros no los publicó Juan José sino a finales de aquel año.

—¿Importan estas precisiones?

—No, importa de verdad lo que ambos significaron para mí en cuanto guías de lecturas y críticos feroces de mis primeros trabajos. Lo que valdría la pena es recrear la atmósfera cultural de aquellos años. Parecen a distancia de varios siglos. Usted no puede imaginarse un mundo ya no digamos sin internet ni Google ni Wikipedia ni celulares con cámaras ni iPods, sino carente de fotocopiadoras, grabadoras y hasta de teléfonos fijos. A fin de comunicarse con Monsiváis había que llamar a una miscelánea para que lo buscaran en su casa. Ante nosotros era inconcebible nada que no fuera el transporte público. Ni pensar en comprarse un coche. Sólo en casos de extrema urgencia se tomaban taxis o se hacían llamadas de larga distancia. Sin embargo, las cartas eran algo más de lo que es hoy el correo electrónico. Uno se escribía en cualquier ocasión. Y para quienes empezaban su trabajo literario resultaban impensables términos como “mercado”, “becas”, “premios”, “agentes”.

A la mitad del siglo

—¿Cómo eran los primeros textos de Monsiváis?

—Hay un Monsiváis que desconozco. Me han hablado de tres crónicas preparatorianas: una sobre la protesta por la invasión de Guatemala, otra sobre el velorio de Frida Kahlo y una tercera sobre el cantante y pianista cubano Bola de Nieve. Lo primero que leí de él, y no me he cansado de elogiar desde entonces, fue el ensayo “Acerca de la literatura policial” en la revista Medio Siglo.

—¡En 1953! ¡A los catorce años!

—No, en 1957, a los diecinueve, aunque una nota al pie dice que se trata de una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras, el 6 de julio de 1956. Entiendo su confusión porque hubo dos Medio Siglo, así como tres Revista Mexicana de Literatura, una de Fuentes y Carballo, otra de Alatorre y Segovia, la tercera de García Ponce y un grupo fluctuante porque casi invariablemente estábamos peleados.

—Hay grandes debates sobre cómo llamar a esa generación: ¿del Medio Siglo, de los cincuenta, de la Casa del Lago? ¿Usted qué piensa?

—Creo que se dan varias promociones quizá fundidas en

una sola generación: 1) Una, la de 1950 agrupada en torno de la revista América: Juan Rulfo (pero no Arreola), Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño, Ricardo Garibay, Dolores Castro, Enriqueta Ochoa, y los dramaturgos: Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña. 2) Otra de la primera Revista Mexicana de Literatura con algunos que ya habían aparecido en el primer Medio Siglo: Carlos Fuentes, Marco Antonio Montes de Oca. 3) La de la Casa del Lago que no es en absoluto de los cincuenta: comienza como tal en 1961 con Tomás Segovia, ya bien pasado el medio siglo, y tiene su esplendor bajo Juan Vicente Melo entre 1962 y 1967, cuando termina trágicamente, como tantas cosas en México. La Casa del Lago es el eje de los sesenta mexicanos.

—No lo veo muy claro.

—Desde luego que no. El esquema presenta cuarteaduras: ¿en dónde pone usted a los españoles de México: José de la Colina, Tomás Segovia, Ramón Xirau que están presentes en varias de estas revistas? ¿Y qué hacemos con Monsiváis, nacido en 1938, veinte años después de Rulfo y Arreola (oriundos de 1918 como Chumacero que tiene su nicho en la promoción de Tierra Nueva, parte de la generación de Taller) y seis años más tarde de aquel 1932 en que parece haber llegado al mundo algo así como la mitad de los escritores mexicanos? (pero no Zaid ni Del Paso, entre tantos otros).

—¿Y nosotras las mujeres?

—Si usted me lo permite, quisiera rogar indulgencia y hacer un pacto para decir que la palabra “escritores” incluye, y en primerísimo plano, a las mujeres. Está muy bien haber reparado las injusticias y exclusiones, pero después de que Fox protegió a los cetáceos y a las cetáceas del Mar de Cortés, creo que debemos reflexionar sobre el caso y no perpetuar horrores como “l@s poetas de uno y otro sexo”, “l@s compañer@s de Monsiváis”. El colmo de la corrección lo encuentro en algunos manuales norteamericanos que llevan en su título la palabra writer. En el interior se habla invariablemente de the writer como she.

La exclusión de Benítez

—Yo nací en 1983 y por tanto contemplo el panorama como si viera las pirámides de Egipto, con perdón suyo. Mi conocimiento es hemerográfico, es decir, arqueológico. No tengo las pasiones de los vivos y por eso me adelanto a reclamar una injusticia: ¿por qué han excluido a Fernando Benítez y a los suplementos México en la Cultura (1949-1951) y La Cultura en México (1962-1971)? El suplemento que dirige Monsiváis a partir de 1972 es una cosa muy distinta, ¿no cree? Y los setenta no son en modo alguno los sesenta.

—Tiene usted razón. Hemos sido de una ingratitud radical con Fernando Benítez. El suplemento fue nuestra Biblia laica. Sergio Pitol ha contado cómo descubrió a Borges en la estación de autobuses de Tehuacán gracias a que México en la Cultura había publicado “La casa de Asterión”. Yo puedo citarle veinte ejemplos personales al respecto. Monsiváis otros tantos. Y en los suplementos sí colaboramos todos.

—Usted trabajó mucho en ellos ¿verdad?

—Fui secretario de redacción del primero en su último año y jefe de redacción del segundo durante nueve (excepto el 68 que me tocó en Inglaterra y en Francia, como lo muestra Jorge Volpi). Sin embargo, esto no figura en ningún lado. He desaparecido por completo en tanto editor o subeditor de los suplementos. El propio Monsiváis jamás me ha mencionado al hacer sus historias de La Cultura en México.

En modo alguno quiero pedirle cuentas ni cobrar protagonismo: mi labor fue muy constante y muy difícil pero muy secundaria frente a la importancia de Benítez y Vicente Rojo. Hice la talacha anónima de las notas y las traducciones aunque me autopubliqué muy pocas veces. Mis poemas salían en las revistas de mi generación. Respecto a la ética de todo esto, nunca dije en un texto sin firma o con pseudónimo nada que no hubiera dicho bajo mi nombre.

—Eso sí no lo sabía.

—Tampoco creo que haya habido una conspiración staliniana para borrarme o recortarme del retrato de familia. El suplemento ha llegado a identificarse casi por completo con Monsiváis porque fue, con Radio Universidad, su auténtico terreno de despegue. Muchas de las crónicas de Días de guardar aparecieron allí. Él tuvo una participación muy destacada durante el 68 y en 1971, cuando Benítez dejó en mis manos La Cultura en México, preferí renunciar y pedirle a Monsiváis que estaba en Londres venir a encargarse del suplemento, una decisión de la que no me arrepiento. Fue la mejor para todos.

La niebla y el acero

—No ha dicho nada de Estaciones.

—Resultó el primero de mis muchos trabajos en común con Monsiváis. Mi maestro Enrique Moreno de Tagle, que lo fue de muchos otros escritores mexicanos: Jaime García Terrés, Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Montes de Oca, Xavier Wimer y seguramente muchos más, me llevó con el poeta Elías Nandino, que era un hombre muy generoso, y él abrió un espacio no para los jóvenes sino para los adolescentes: ninguno de nosotros había cumplido aún los veinte años. En cuanto conocí a Monsiváis le pedí que hiciéramos en colaboración esas páginas.

—¿Qué es lo más notable que publicó allí Monsiváis?

—Su primer cuento y el único antes del Nuevo catecismo para indios remisos. “Fino acero de niebla” está agobiado por una retórica poetizante que entonces nos parecía estupenda pero que envejeció muy pronto y muy lastimosamente:

Intentó hundirse en la respiración que le brotaba, en la huida de sí a través de su cuerpo; creando situaciones para adentrarse en ellas evadiendo su rostro. Un ataúd sin puertas, una brisa surgida de las manos. Empañada en vaho la voz.

Yo estaba tan confundido como él. Escuche este parrafito:

Enero se derrama encima del tálamo colectivo de los gatos. La azotea resiente el frío invernal y acoge a sus visitantes con indiferencia… Con el último gato que se aleja, las estrellas se cuelan por las tuberías y van a deshacerse en las coladeras.

Pero “Fino acero de niebla” es tal vez el primer cuento en que aparece la delincuencia juvenil de la época y la neohabla mexicana de entonces. Es como un leve presagio de la Onda. Si la niebla estaba en nuestra prosa infantil que nadie corregía, la finura y el acero se hallaban en el oído de Monsiváis para recoger y transformar lo que se escuchaba en las calles:

—Así que te rajas. Cuando todo está listo. Y tú qué dijiste, a éstos ya se los cargó. Pues te falló, pendejo. Si te avientas o no a esa vieja y por andar dándolas, le sacas, es tu movida. Ora te friegas. O jalas o te friegas.

Este cuento inició su entrenamiento como el narrador, a diferencia del ensayista, al que debemos los mejores relatos en sus crónicas.

Los contemporáneos del porvenir

—¿Y los ensayos?

—Brotaron con una naturalidad asombrosa. Aquí no parece haber habido aprendizaje en público. En once páginas Monsiváis puede hablar de cien libros y proponer una tesis que se volvió dominante: en México no hubo novela policial (a diferencia de la novela negra, impensada o innombrada entonces) porque siempre hemos desconfiado de la policía.

En el ensayo escribe por ejemplo:

Edgar Allan Poe, iniciador del género, es también el que señala elementos que posteriormente serán invitados casi obligatorios de la literatura policial: el investigador de gran capacidad y extraordinaria capacidad y extraordinaria facultad de raciocinio y de dominio en el uso de métodos analíticos y deductivos, su ayudante, admirador y consignador de la inteligencia del detective más desprovisto de ésta; los representantes del andamiaje oficial a quienes casi todos los investigadores han de poner en evidencia mostrando su incapacidad y su falta de recursos para descubrir a un criminal; el problema del cuarto cerrado; la acusación al inocente; el sorpresivo desenlace; la culpabilidad del menos sospechoso; la aparición del mayordomo y otros tantos que igualmente se repetirán.

Reyes y Enrique González Martínez habían hecho respetable la lectura del género; José Luis Martínez había escrito un artículo pionero. Sin embargo, no conozco ningún mexicano anterior a Monsiváis que haya instalado ese género “popular” en los recintos de la llamada entonces alta cultura.

Más valor se necesitaba para tomar como objeto de estudio literario la ficción científica. A unos meses del Sputnik que iba a cambiar el mundo al llevarnos a la era de los satélites, Monsiváis lo hizo en su ensayo de 1958 “Los contemporáneos del porvenir”, quizá la primera consideración mexicana del género desde sus antecedentes en Luciano de Samosata y Johannes Kepler hasta Ray Bradbury y Arthur C. Clarke.

—¿Hay otros textos notables de esta época?

—Muchos más. Me he limitado al espacio que va entre la publicación de dos libros fundamentales para nosotros: Piedra de sol en octubre de 1957 y La región más transparente en abril de 1958. Por gusto y por necesidad llenamos las pequeñas revistas, las publicaciones marginales, de artículos y notas, increíblemente malas por lo que a mí respecta. Contribuimos sin quererlo a la leyenda de que un solo grupo se había adueñado de todas las publicaciones mexicanas. No es así: fuimos la primera generación que intentó vivir sólo de su trabajo sin ocupar ningún puesto administrativo.

—¿Y la mafia?

—Es un término genial, un modelo del arte de injuriar que se atribuye indistintamente a Margarita Michelena y a Luis Spota para hablar de un grupo literario en tanto asociación delictuosa, delincuencia organizada. Desde 1880 por lo menos se infama en México a la “sociedad de elogios mutuos”. Como todo en este mundo, la real o supuesta mafia debe ser sometida a crítica implacable. Sin duda cometió graves errores y enormes injusticias. Pero también dio muchas cosas. Los excluidos tienen todo el derecho del mundo a protestar contra ella y atacarla póstumamente. Lo que me parece absurdo es que algunos de sus beneficiarios la injurien todavía cuando hace mucho dejó de existir.

También se habla de una elite cerradísima. De haber sido así jamás hubiéramos hallado oportunidad alguna Monsiváis y yo (Pitol se marchó a Europa), simples estudiantes de clase media que no teníamos apoyo alguno ni pertenecíamos a familias poderosas. Pero la justificación final está en los libros: medio siglo después seguimos leyendo Piedra de sol y La región más transparente, como seguiremos leyendo a Carlos Monsiváis y a Sergio Pitol.

—Gracias por todo lo que me ha dicho.

—Al contrario, mil gracias por su generosidad arqueológica al escucharme.

(Publicado en la revista Nexos, mayo del 2008.)

miércoles, 7 de julio de 2010

La música mexicana (inicio de un libro que quedará inconcluso)




I.

Es curioso que en un país tan musical como el nuestro, falten tantas piezas para contar la historia de su música. Sabemos que los indios, los negros y los criollos tuvieron sus melodías favoritas, sus bailes y sus instrumentos. Los historiadores se han dado a la tarea de descubrir, poco a poco, las piezas faltantes. Han buscado en las bibliotecas, en las iglesias y en los archivos más insospechados los datos que puedan darnos más luz sobre la música de México. Como las obras de teatro de la Nueva España muchas veces se representaban con el fin de recaudar fondos para los hospitales, no es extraño encontrar argumentos teatrales y su respectiva música en los archivos de salubridad.

En las calles, los mulatos, los indios y los negros, tenían su música. Bailaban el chuchumbé, los sones y todo tipo de jarabes. Entre estos últimos, podemos mencionar el jarabe gitano, el pan de jarabe y el jarabe gatuno. En este último, por ejemplo, la mujer bailaba como si toreara y el hombre como si embistiera. Como dice una denuncia de la Inquisición: “el hombre todo se vuelve cuernos para embestir a la toreada”. Gracias a esta misma denuncia sabemos lo populares que eran estos jarabes:

“Este baile, ilustrísima señoría, no es de aquellos que se ven de tarde en tarde; es bastante frecuente, y creo no hay concurrencias de arpa y guitarra, especialmente en las casas de campo, en las pequeñas de la Jalapa y antigua Veracruz, en que no se vea bailar, unas veces con más, otras con menos desenvoltura, pero casi siempre con demasiada disolución.”

Cada uno de estos estilos tenían su particularidad y eran sumamente variados. Pero si algo unía tanta diversidad en estos bailes, era que ninguno de ellos le gustaba a la Iglesia y que los inquisidores se dedicaron a prohibir estos bailes llenos de inmoralidad. En 1796, el bachiller don José Mariano Paredes fue a una iglesia para presenciar una posada y cuál no sería su sorpresa que el organista comenzó a tocar un son llamado “Pan de manteca”. Este padre fue de inmediato a la Inquisición para informar de esta música, pues si esto ocurría en una iglesia, seguramente era peor en las celebraciones populares, en las que se bailaban tiranas, boleras y seguidillas, es decir, composiciones que “sensibilizan los malvados afectos que están empapando unos corazones verdaderamente carnales”. Estas piezas se bailaban con tanto desenfado y voluptuosidad, que si esos danzantes pudieran contemplar cualquier ballet folklórico de la actualidad seguramente las desconocerían por completo.

Hoy el jarabe no produce malos afectos, por el contrario, destila alegría y vida. El escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña, cuando llegó a México notó que a diferencia de las Antillas –en donde hay una enorme cantidad de bailes– en el altiplano de México, el jarabe resumía todas las danzas. A Henríquez Ureña no le pareció ardorosa ni lánguida nuestra música, por el contrario le pareció “seca”. Y concluyó que oír música del centro del país equivale a tomar un vaso de jerez, en tanto que las Antillas tiene una música más dulce, semejante al vino moscatel. Ya sea de origen español y provenga de las seguidillas y del zapateado, o tengo influencia de las danzas indígenas de Jalisco, lo cierto es que el jarabe tiene una identidad propia, un sonido inconfundible que no se repite en la música de los demás países de América. Pero además, lo distingue algo más, como lo notó el dominicano: es espontáneo y es popular, jamás se bailó entre las clases altas, que preferían la mazurca, el chotís y la polca.

Pero el baile que más horrorizó a la iglesia fue el chuchumbé. Este baile lo danzaban en las calles, se cantaba en todos lados y los sacerdotes no descansaron en la lucha contra sus coplas. Como la Iglesia terminó con todas las manifestaciones de este baile inmoral, sólo han llegado hasta nosotros las coplas del chuchumbé transcritas en una de las actas inquisitoriales:

En la esquina está parado
un fraile de la Merced,
con los hábitos alzados
enseñando el chuchumbé.

Que te pongas bien,
que te pongas mal,
el chuchumbé
te he de soplar.

Si bien hace falta saber mucho de la Nueva España, y aunque todavía faltan historiadores que armen el rompecabezas de las influencias africanas, indígenas y españolas, puede decirse que en los 300 años de virreinato se dio el mestizaje musical, es decir, un amalgama de influencias, el carácter que distingue a la música de nuestro país y la variedad riquísima de combinaciones de instrumentos, ritmos y bailables.

La vida urbana de la Nueva España tenía en el teatro su centro. Ahí se comentaba la política, se regaban los chismes de toda la sociedad y se iban a lucir las nuevas modas. Hombres y mujeres eran tan dados a lucir modas extravagantes que la gente del pueblo los llamaba petimetres, currutacas, lechuguinos y gomosos. Al iniciar 1810, la ciudad de México vivía un momento tenso, pues España estaba tomada por Napoleón, así que no llegaban novedades musicales ni teatrales de Europa por lo que muchas veces los teatros permanecían cerrados. Y hay que decir que desde que comenzaron a llegar las noticias del levantamiento del padre Miguel Hidalgo, las autoridades novohispanas comenzaron a transmitir la alarma en todos los ciudadanos.

Todo lo contrario pasaba entre las filas de los independentistas. Cuando los campesinos que se levantaron en armas con Hidalgo salieron de sus pueblos, lo hicieron con sus guitarras y sus violines, con sus arpas y sus tambores. Pero ¿qué música era la que se oía cotidianamente entre las filas de Hidalgo? Sin duda eran los jarabes, como “Los enanos”, “El gato”, “El palo” y “El torito”, los más populares. Dice el historiador Jas Reuter que los jarabes constan de cinco partes bien definidas: introducción, copla cantada, zapateado, descanso (o paseo) y final. Generalmente, los jarabes estaban formados de pequeños sones, pero una de sus características era que tomaban fragmentos de las canciones de moda, por lo que las difundieron por todo el país. Aunque hoy es raro que los sones lleven letra, lo cierto es que los sones y los jarabes llevan el nombre de la copla con que se cantan. Actualmente el jarabe se toca casi siempre de manera instrumental, pues los músicos han olvidado las coplas que lo acompañaban. No está de más transcribir los versos que durante años se cantaron con el Jarabe tapatío:

Vengan a tomar atole
todos los que van pasando,
que el atole está muy bueno
y la atolera se está agriando.

Desde que comenzó la insurrección, el pueblo le hizo a Hidalgo y a Morelos sus canciones, sus mañanitas, sus himnos y sus marchas. “Es el pueblo mexicano un cantor muy expresivo y simpático”, escribe Luis G. Urbina, “Y en todos los episodios de su vida, apasionante y generosa como pocas, la musa anónima ha sabido encontrar estrofas sencillas y burdas, pero extremadamente cordiales y verdaderas, para rememorar y glorificar los incidentes de su epopeya por la libertad.” Dice el historiador Carlos María de Bustamante que los soldados de Morelos cantaban con sus guitarras antes de entrar en combate: “Por un cabo doy dos reales; / por un sargento, un doblón; / por mi general Morelos / doy todo mi corazón”; pero en cuanto el enemigo estaba cerca, cambiaban sus guitarras por fusiles y se lanzaban a pelear con furia. “Concluido el lance, lo celebraban con igual canción y quedaban tan serenos como si nada hubieran hecho.”

Las crónicas de esos tiempos hablan de una ciudad temerosa, en la que el teatro se encontraba en decadencia y en que las autoridades se desentendieron de los asuntos teatrales. Parecía que todo iba a cambiar cuando Iturbide entró a la ciudad de México, frente al ejército Trigarante. Frente a él, la gente cantaba:

Soy soldado de Iturbide,
visto las Tres Garantías,
hago las guardias descalzo
y ayuno todos los días.

Pero nada mejoró ya que se cuenta que en cada función había pelea entre los realistas, los iturbidistas, los centralistas y los federalistas, por lo que el gobierno prohibía con frecuencia las funciones teatrales. Lo que sí gustaba y lo que preferían los asiduos al teatro era la ópera italiana. A principios del siglo XIX era la gran atracción de los habitantes de la ciudad de México. Sobre esto escribió el poeta Anastasio de Ochoa:

Que aplauda con boca y manos
Juan los versos italianos,
vaya en paz;
pero que porque él se extienda
en su elogio, los entienda,
¡qué capaz!

El público estaba ávido de ópera tanto como el europeo. Por ejemplo, el 13 de septiembre de 1823, La urraca ladrona se estrenó en México, es decir, apenas seis años después de que la compusiera Gioachomo Rossini. Se contaba que el compositor fue encerrado por el productor de la ópera para que terminara de escribir la obertura, así que Rossini fue echando las partituras por la ventana para que el arreglista fuera haciendo las partes de cada uno de los instrumentos. Rossini era tan popular que se hablaba incluso de la ropa que usaban las actrices en los estrenos de sus óperas. Además de Rossini, el público de teatro era aficionado a las óperas de Bellini y de Donizetti. Esto nos habla de que en México aún no llegaba la hora del romanticismo arrebatado y trágico, porque justamente las obras que por entonces gustaban eran las que tenían final feliz.


Mariano Elízaga

El michoacano Mariano Elízaga (1786-1842) fue el músico más importante de este periodo. Era comparado con Mozart, porque además de ser un músico precoz fue educado con gran rigor por su padre, cuando se dio cuenta de su talento musical. Era tanto su talento que La Gaceta de México publicó una nota hablando de un niño prodigio. Tal vez por esta causa, el virrey Revillagigedo lo mandó llamar a su corte. Gracias a esto, pudo tomar clases de composición y dedicarse de manera profesional a la música. Más adelante fue un renombrado profesor; entre sus alumnas se encontraba Ana María Huarte, una joven también michoacana, que más adelante contraería matrimonio don Agustín de Iturbide, por lo que se convertiría en Emperatriz de México durante los diez meses que se mantuvo su esposo en el poder. Mientras gobernaba Iturbide nombró a Elízaga “maestro de capilla”, aunque sólo era un nombramiento honorario que no incluía sueldo. De ahí que Elízaga buscara otras maneras de ganarse la vida como músico, así es que con un amigo suyo, don Manuel Rionda se puso a trabajar y en febrero de 1826 anunció la fundación de la primera imprenta musical de México. También fue el primero en hacer una orquesta filarmónica en México. Como se sabe, una “filarmónica” tiene detrás un grupo de melómanos que organizan conciertos destinados a difundir la música. No era nada extraño, ya que Elízaga era un hombre muy admirado; tanto lo era que se cuenta que el tumulto que se hizo cuando estrenó su Himno patriótico sólo era comparable a la entrada del Ejército Trigarante en 1821. El novelista Manuel Payno, en Los bandidos de Río Frío hace una remembranza de Elízaga, que era conocido como “el Rossini mexicano”, en el lujoso salón de uno de los personajes de la historia:

La entrada del maestro Elízaga era cada jueves un acontecimiento; hombres y señoras se ponían en pie, le estrechaban la mano, le saludaban y le decían tantas y tan afectuosas palabras, como si en años no le hubiesen visto. Era el maestro agradable, de buena figura, hombre de mundo, y correspondía a tanto agasajo con desembarazo y amabilidad, dejando contentos a todos sus amigos. Platicaba y reposaba un rato, y después, sin que nadie le rogase y sin dar a conocer cuánto le agradaban los aplausos de aquella reunión, se ponía al piano y encantaba a los que lo oían, pues poseía una destreza, una dulzura y una propiedad… que aun hoy, que tantos y tan insignes pianistas hay en Europa y en América, sería una notabilidad. Generalmente, en lugar de tocar las piezas de música que se usaban en ese tiempo, improvisaba y producía melodías que eran completamente desconocidas.


Desafortunadamente, de él sólo se conocía una Misa en La mayor, hasta que en 1993 se descubrió un ejemplar de la obra que publicó en la editorial que había fundado en 1826. Sí, la obra Últimas variaciones estuvo extraviada 167 años hasta que casi milagrosamente un musicólogo mexicano, Ricardo Miranda, encontró esta obra para piano que ya cuenta con algunas grabaciones.

Mientras que la música en los altos estratos de las principales ciudades de México comenzaba a tener influencia italiana y francesa, la gente del campo tenía sus propias melodías, ciertamente no muy apreciadas por la gente de la ciudad. Muchos de los géneros más representativos de la música de nuestra música tradicional se desarrollaron en el siglo XIX. Uno de los géneros más antiguos, con ejemplos en la Colonia es la valona –más antiguo incluso que el corrido.


Valonas y corridos

Antiguamente, era un género muy difundido en todo el país, pero hoy sólo se canta en algunas zonas de Guanajuato, San Luis Potosí y principalmente Michoacán. La valona es un género festivo, en el que se luce el improvisador y muestra sus dotes para versificar. Una alegre introducción anuncia que se va a cantar una valona; se escucha un violín tocando con fuerza, mientras que la guitarra y el arpa acompañan con sus rasgueos y sus arpegios. En el caso de Michoacán, se utiliza un arpa tan grande que se incorpora otro músico al que se le llama “tamboreador” y que toca la caja del arpa. Los valoneros improvisan entonces estrofas humorísticas, de tema político o paródico. La base de este género es la décima, una forma de estrofa inventada por el poeta español Vicente Espinel, que se hizo popular en el siglo XVII. La espinela tuvo fortuna no sólo en España sino en la poesía popular de toda América, por lo que hay décimas en todos los países en que se habla español, desde Estados Unidos hasta Chile. Dice el estudioso Vicente T. Mendoza, quien viajó por México estudiando la música tradicional, que cuando las fiestas llegaban a su momento de máxima cordialidad, siempre alguien gritaba: “¡Vamos a cantar valonas!” Es entonces cuando se hace gala de la música y de la capacidad para improvisar. He aquí una décima de esas valonas antiguas, en la que un valonero dice una “Receta contra el amor”:

Se ponen al fuego dos
adarmes de indiferencia,
cuarenta gotas de esencia
de “¡abur!” y vaya con Dios;
se añade una libra en pos
de “no me importa” (molido),
y todo muy bien cocido
con aceite de alegría,
se toma una vez al día
en la taza del olvido.

Justo en el año de la Consumación de la Independencia, Pepe Quevedo, un músico del que no tenemos ningún dato biográfico, compuso el primer corrido de nuestra historia. Qué curioso que el corrido y la Independencia sean del mismo año, pues el corrido es el género llamado a narrar los principales acontecimientos de México desde entonces. Ese primer corrido se llama “La pulga” y está versificado en forma de décima:

Ay, yo vi una pulga arando
uncida con un novillo,
y en esto llegó un zorrillo,
con la semilla sembrando.
El tlacuache iba tapando
con un arado deforme.
y el zancudo que era un conde.
llegó y le dijo… ¡malajo!
¡Amigo, en el trabajo,
yo vide llorar a un hombre!

Mucho se ha discutido si esta canción es un corrido, porque los estudiosos del género dicen que un corrido debe seguir las formas del romance español, es decir que deben ser cuartetas de versos octosílabos, con rima asonante en los pares. Sin embargo, no es extraño que hoy, los narco-corridos estén compuestos en versos decasílabos sin importar el carácter de las rimas. El corrido ha servido de juglar desde la Edad Media, y en el caso de México, ha servido para relatar noticias, difundir tragedias, y sobre todo para ver la historia desde el punto de vista cotidiano, es decir, con el toque irónico que muchas veces caracteriza a la nota roja:

Entre las diez y las once,
Juana se puso a pensar:
“Voy a matar mi marido
para salirme a pasear”.

Luego que ya lo mató
se agachaba y le decía:
“Ya te moristes, José,
lucero del alma mía”.
(“Juana Matamaridos”)

Los toreros, los revolucionarios, los accidentes, los bandoleros, los narcos, los que asesinan por amor, los fusilados, los aparecidos, los terremotos, las epidemias, las autoviudas, los perseguidos, los migrantes, los caballos, el petróleo, los boxeadores, los agraristas y finalmente los ovnis, han inspirado miles de corridos. No hay que dejar de decir que prácticamente no hay fenómeno social o hecho histórico de México que no haya sido registrado por un corrido. Cuando llegan a los pueblos, a las plazas o a los mercados, los cantores piden permiso para empezar a cantar y no se despiden sin dejar una moraleja o una enseñanza, con la promesa de volver, ya que mientras haya muertos, revoluciones o tragedias, continuarán cantándose corridos: “Yo les digo a mis amigos, / vámonos acomodando, / que si se siguen matando, / corridos sigo arreglando”.



II.



La jarana

En Yucatán, pasa lo mismo que con los jarabes del altiplano: se combinan en bailes más complejos, los cuales se ejecutan de manera alegre y desenfadada en los festejos populares. La orquesta es particularmente alegre, y por lo general está integrada por dos clarinetes, dos trompetas, dos trombones, güiro y timbales. Sobre su origen, varios musicólogos han notado que este baile tiene influencia del zapateado español que llegó a esa región desde el siglo XVII. Como haya sido, la jarana es un baile importante para el pueblo yucateco porque es una manera en que los mayas de la península hicieron suya la música española que se bailaba en las haciendas. Es además parte de su historia, pues del siglo XIX data una pieza llamada El degollete, que se cantaba en la Guerra de Castas (comenzada en 1847), la cual enarbolaron los mayas contra los criollos. Así que la jarana, a pesar de ser de origen completamente español se ha vuelto parte de la identidad maya. Se acostumbra bailar con los brazos a los lados y la espalda completamente erguida, aun cuando también tiene sus complicaciones, como puede verse en el típico “baile del almud”. Se llama así porque el danzante se pone una botella en la cabeza y comienza a bailar sobre un almud, es decir sobre una caja que se usaba antiguamente para medir semillas. Hoy su uso está restringido sólo para bailar sobre ella. La jarana es un baile prácticamente hecho para las piernas, pues los brazos quedan a los lados salvo cuando hay que levantarlos para tronar los dedos, como en el zapateado español.

Como se sabe, el grito de ¡bomba! sirve para anunciar que la música se detendrá por un instante y que uno de los bailadores recitará una pequeña estrofa de amor o de humor. Jesús Amaro Gamboa, especialista en la cultura yucateca, explica que ¡bomba! se usó originalmente para avisar que una carga de dinamita estaba a punto de explotar mientras se hacían trabajos de excavación, y para que así la gente corriera a resguardarse de una piedra aventada al aire. Hoy, el grito de ¡bomba! es mucho más festivo y, como dijimos, anticipa una estrofa, como ésta, bella por sencilla, del poeta Élmer Llanes Marín:

Quisiera ser la medalla
de tu cadena de oro
para estar sobre tu pecho
y decirte que te adoro.

Es común que muchas de las coplas se valgan del maya, como puede verse en el siguiente caso:

P’urux Dzoncauich,
nacido en Tahmek’,
es un pobre uinik’
con cara de pek’.
Y siendo aún dziriz,
su Tata don Sos,
lo dejó k’oliz
de tanto uazk’op.

Que significa lo siguiente:

El panzón Dzoncauich,
nacido en Tahmek’,
es un pobre hombre
con cara de perro.
Y siendo aún niño,
su Tata don Sos,
lo dejó pelón
de tanto pescozón.

Acerca de la jarana, hay varias precisiones que hace el profesor Amaro Gamboa en su Vocabulario del uayeísmo en la cultura de Yucatán (1985); en primer lugar, que las jaranas cantadas son las que se bailan, y las que sólo son instrumentales son para escucharse; en segundo, que las jaranas en ritmo de 3/4 –más lentas– se zapatean y las que están en 6/8 –más rápidas– se guapachean (es decir, que se bailan con las piernas extendidas y haciendo una especie de arco). Además, “los bailadores de jarana no deben de usar el paliacate rojo colgando de la cintura, y deben de usar alpargatas. Las bailadoras deben de usar sombrero y banda con zapatos bordados, de raso; jamás usar rebozo al bailar”. Por otra parte, si el baile es de día, se llama vaquería y, si es de noche, se llama jarana. La diferencia es que la vaquería es la fiesta para herrar el ganado, por lo que el traje de vaquero de las mujeres tiene sentido sólo en la mañana.

Luego de lucirse en el baile, la mujer “cuando así lo consideraba, con un saludo, inclinando levemente la cabeza, señalaba a su pareja el fin del baile y se retiraba sin más, hasta sentarse en su lugar. Con esto el bailador cesaba en su baile también”, escribe el poeta Llanes Marín (Cuentos de mi terruño, 1961).


José Antonio Gómez

José Antonio Gómez (1805-1870) es otro ejemplo de que aquellos compositores, célebres en otros tiempos y de los que prácticamente no pervive nada. Cuando era joven, Gómez fue director de la Orquesta Lírica, la cual acompañó durante su gira a Manuel García, un célebre tenor español para el cual, nada menos que Rossini, había compuesto su ópera Elisabetta. Toda la ciudad estaba ávida de escuchar a este tenor, sin embargo, el empresario vendió los boletos a un precio muy elevado. Hay que decir que el público mexicano de entonces no tenía mucha simpatía por los españoles, así que a García le fue tan mal que la compañía que lo había traído quedó en la ruina. Por si fuera poco, este tenor perdió en un asalto “hasta el último peso”, así que no podemos saber siquiera si pudo salir de México.

El 15 de diciembre de 1839, siguiendo el ejemplo de Mariano Elízaga, Gómez fundo la Gran Sociedad Filarmónica, y de la misma manera que su antecesor, tenía el interés de organizar recitales y dar clases de música. En el concierto de inauguración se cantó un aria de la ópera Semíramis, de Rossini, quien seguía siendo el compositor más admirado por la sociedad mexicana. Los días 1º y 15 de cada mes había un concierto reglamentario realizado por los alumnos de la Sociedad Filarmónica. En la sede de esta Sociedad se daban clases de solfeo, vocalización, canto, piano, violín, vihuela, clarinete, flauta, acompañamiento, italiano, francés, inglés, baile, esgrima, escritura inglesa y española, dibujo natural, miniatura y aguada. Los alumnos de Gómez se convirtieron en músicos destacados, pues apenas un año después de la fundación de la Sociedad Filarmónica, estos jóvenes formaron una orquesta para acompañar al violinista, pianista, compositor y profesor del Gran Conservatorio de Londres, el irlandés William Vincent Wallace (1812-1865). Durante sus celebrados conciertos en México interpretó la obertura de la ópera Preciosa, de Carl Maria von Weber, así como obras de Donizetti. Pero lo que más llamó la atención fue que Wallace quitó tres cuerdas a su violín para interpretar la Gran fantasía sobre una sola cuerda de Paganini.

Sin duda, Gómez era un músico muy reconocido, que trabajó durante años como organista en la catedral de la ciudad de México y posteriormente fue, con el mismo puesto, se fue a vivir a Tulancingo, Hidalgo. Compuso misas, oratorios, bailes de cuadrillas, pero hoy sólo se conocen sus “Variaciones sobre el tema del jarabe mexicano” que estrenó en 1841.


La música norteña

Leamos lo que dice la musicóloga Yolanda Moreno Rivas en su Historia de la música popular mexicana (1979):

La gran extensión del territorio mexicano fue uno de los factores decisivos en los sucesos histórico-políticos del siglo [ante]pasado. En 1821 fue facultado Moisés Austin para colonizar una parte de Texas con trescientas familias en su mayoría provenientes de Estados Unidos, aunque también había europeos, principalmente polacos y alemanes. En 1836, los colonos texanos lograron su independencia después de vencer al ejército del general Santa Anna. Lo demás es historia de sobra conocida; en 1848, a raíz del triunfo intervencionista de Estados Unidos, México se vio obligado a ceder Nuevo México, Alta California y Texas. En 1853 Santa Anna vendió la Mesilla y en 1860 la Guerra de Secesión estadounidense provocó la emigración de un gran número de personas de diversas nacionalidades.


Como puede deducirse, el acordeón era el instrumento musical que los migrantes europeos traían consigo, y por esta causa se convirtió en el sonido característico de la música del Norte. A mediados del siglo pasado, el musicólogo Vicente T. Mendoza viajó a Nuevo México para investigar la música mexicana que había quedado del otro lado de la frontera. Los estudios que se han hecho a este respecto son una fuente de sorpresas, pues demuestran que el México que se perdió en 1848 ha conservado la música en español; no sólo perviven los conjuntos norteños –acordeón, bajo sexto y contrabajo–, también los mariachis, los tríos, las orquestas típicas y todo su repertorio se conoce por allá. Los romances, los corridos, las danzas cubanas, las polcas, los chotises, los pasodobles, las mazurcas y los valses, siguen sonando en donde se habla la lengua española. Por si fuera poco, cien años después de que México perdiera la mitad de su territorio, en Estados Unidos se seguían cantando música religiosa de origen novohispano, décimas, coplas, zarzuelas, tonadillas, sones y jarabes.

Por un lado, los europeos emigraron al Norte de México llevando consigo con la música de sus países (y el acordeón, que, a diferencia del piano, es un buen compañero de viaje); y por el otro, la música popular mexicana de entonces se cantaba sin acordeón, pues los conjuntos norteños (o texanos, como se les dice en los Estados Unidos) sólo aparecieron hasta 1920. Podemos preguntarnos entonces, ¿qué pasó en casi un siglo? ¿por qué el acordeón se volvió el sello característico de esa música después de tanto tiempo? Tal vez, durante muchos años, el acordeón siguió a los inmigrantes europeos, los cuales acompañaban sus canciones con acordeón, guitarra y violín, pero esta música aún no era parte de los grupos populares mexicanos. Por el contrario, los estratos altos de la sociedad norteña se llevaron el gusto por la ópera, las canciones francesas e italianas y las danzas habaneras, que habían aprendido en la Ciudad de México. Naturalmente, como se trataba de polacos y alemanes, llevaban también las redovas, las mazurcas y las polcas de sus países. Esta música pasó después a un nivel que todavía no puede considerarse “popular”, sino que se difundió en los bailes de salón de la burguesía. Y finalmente, los cantores populares, los campesinos y los músicos trashumantes hicieron suya esa tradición musical. De ahí que a fines del siglo XIX ya se haya comenzado a tocar música popular mexicana con acordeón. Fue entonces que comenzaron a hacerse populares los primeros virtuosos del acordeón, lo cual ha sido característico de la música de la frontera.

Hay que decir que más que de música mexicana, podemos hablar de una música de la frontera: la música de ambos lados tiene un mismo punto de partida, aunque cada lado haya tomado su propio camino. Del lado sur de la frontera, las polcas, las canciones rancheras y los corridos, han ocupado las preferencias de los conjuntos musicales. Y del lado estadounidense, si bien ha pervivido la tradición de los conjuntos texanos, también han sido más dinámicos pues han tocado jazz, rag, fox trot, rock & roll, swing, entre otros ritmos (el mejor acordeonista texano de la actualidad, Flaco Jiménez, ha tocado incluso con los Rolling Stones).

Por otra parte, hay que mencionar el corrido de la frontera más emblemático es el dedicado a Joaquín Murrieta, conocido como “el Robin Hood de El Dorado”. No se sabe bien dónde nació y no se sabe dónde está enterrado, pues la leyenda le atribuye tres lugares de nacimiento y existen tres tumbas suyas. En 1850 llegó a California con su esposa, a trabajar en las minas, pues era la época de la fiebre del oro; ahí construyó su casa y un día, llegaron los gringos a correrlo. Así pasó por varios poblados, hasta que finalmente, su esposa fue asesinada. Ahí comenzó la leyenda de Murrieta, ya que poco después formó una banda de salteadores de caminos. Los historiadores le atribuyen el robo de 100 mil dólares y de más de cien caballos. Finalmente, murió a manos de la policía rural, en 1853, y le cortaron la cabeza. Luego la mandaron en un frasco con brandy al condado para poder cobrar la recompensa. No obstante, mucha gente aseguró que en realidad Joaquín Murrieta no había muerto, y que se le seguía viendo por muchos lugares cercanos. De ahí, la leyenda de este personaje que inspirara no sólo uno de los corridos más celebres de la frontera, sino incluso una obra de teatro escrita por Pablo Neruda.


Las pirekuas

El pueblo purépecha, que resistió el poder de los aztecas, y cuya lengua pervive hasta hoy, tiene un gran respeto hacia la música. Su propia lengua es como una melodía; y sus canciones –o pirekuas– que interpretan sus el cantores populares –o pireri– son de las grandes riquezas de México. Los pueblos purépechas de Michoacán no sólo mantienen vivo el repertorio ancestral, sino que continúan componiendo pirekuas –se estima que en cada una de las 120 poblaciones existentes hay en promedio 5 compositores. En junio de 2009, los pueblos purépechas pidieron a la UNESCO que reconozcan su música como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En el repertorio de pirekuas está la manera de sentir la naturaleza, de enamorarse y hasta la historia michoacana. Se cantan, dice Herón Pérez Martínez, en su Cancionero michoacano (1830-1940) (El Colegio de Michoacán, 2000), a ritmo de son abajeño, y se acompañan con guitarras u orquestas de cuerda o de viento; cuando son temas amorosos, intercalan los piropos, las declaraciones amorosas, preguntas ansiosas, quejas, súplicas y lamentos. Véase la pirekua “Cuatro estrellas”, la cual tiene una belleza que recuerda a la poesía prehispánica:

Cuántas cosas le dicen a mi corazón
las cuatro estrellas que yo veo pasar.
Ellas brillando saldrán igual que siempre,
mientras yo, ¡pobre!, parto para siempre,
me alejo a diario para no volver.

Por eso dice Pérez Martínez que el purépecha es hermano de la flor, de la estrella y de la montaña. Hay que agregar que aunque las pirekuas se cantan fundamentalmente en purépecha, también son una forma de mestizaje, ya que la manera de cantarse a coro, tal vez fue aprendida de los coros de iglesia. Además, el ritmo de la pirekua tiene mucho de europeo, ya que tiene influencia del vals.

Las pirekuas más antiguas, como “Cuatro estrellas” hablan del mundo de la naturaleza; pero las más actuales se refieren a mujeres con nombre de flor o a flores con nombre de mujer, como “Josefinita”, “Luisita”, “Flor de la canela”, etc. Las pirekuas vienen de lejos en la historia, son como todas las flores de la naturaleza, al mismo tiempo antiguas y nuevas. Franciso López Morales, director de Patrimonio Mundial del INAH, dijo al respecto de esta tradición musical:

“La pirekua es un canto interpretado por los pireris (interpretes y autores), tanto en purépecha como en español, y es sincretismo de elementos de origen prehispánico –entre ellos la propia lengua tarasca– y colonial, sobre todo en cuanto a la instrumentación y a la enorme tradición polifónica que llevó ‘Tata’ Vasco a territorio michoacano.
“Esta expresión musical transmitida de generación en generación, tal y como la conocemos, con base en partituras y las formas musicales del son y el abajeño, se originó a mediados del siglo XIX. Hoy en día es un canto vivo que lo mismo se interpreta en casas que en eventos como el Concurso Artístico de la Raza Purépecha que se realiza desde los años 70”.


La vida en México y su música (1839-1842)

Gracias a las cartas de una mujer excepcional, sabemos cómo era la vida cotidiana de México a principios de los años cuarenta del siglo XIX. Se trata de las cartas que Frances Erskine Inglis (1804-1882), esposa del embajador español, el marqués Calderón de la Barca, mandaba a su familia en Boston. Las cartas son divertidas, pues a la Marquesa le maravillaba todo lo que veía por las calles, hace retratos de los políticos mexicanos, de las ciudades que conoció, y especialmente, de las fiestas populares. Lo que para los mexicanos es común y corriente, para la Marquesa era lo más exótico y complicado. Hasta la menor anécdota le causaba asombro, como entrar a misa:

“Los caballeros se acomodaron en sillas o en bancas en la iglesia, pero las mujeres deben permanecer arrodilladas o sentadas en el piso. ¿Por qué?
“–Quién sabe.
“Es todo lo que he podido sacar en limpio acerca de esta cuestión.”


Leamos sólo dos pasajes narrados por esta extraordinaria escritora: un concierto durante una misa en la Catedral y la descripción de los bailes populares:

“El primer acorde de la música fue a modo de un estallido, que turbó el sabor de un adormecimiento en que había yo caído poco a poco. Nunca oídos mortales fueron aturdidos con semejantes discordancias en instrumentos y voces, y con tal confusión peor confundida, e inarmónica armonía. Parecía como si las mismas esferas celestiales desafinasen, rodando y estrellándose las unas con las otras. Cómo hubiera yo también gritado ¡Miserere! en medio de esta indisciplinada orquesta, un “maestro de música”, enarbolando el arco de un violín acudía, desesperado, como Faetón confiado en sus indomables corceles, de un ejecutante a otro, espantado de aquel clamor del cual él mismo era el instrumento. El ruido empezaba a ser alarmante, y el calor lo era en proporción, el rostro tranquilo de la Virgen parecía inclinarse con aire de reproche. Dimos gracias a Dios cuando, al terminar esta tempestuosa imploración de misericordia, pudimos abrirnos paso hacia la salida y gozar del aire fresco y de la suave luz de la luna…”


Y un baile en casa de la familia Adalid, amigos de los Marqueses:

“Los bailes son monótonos, con pasos cortos y con mucho desconcierto, pero la música es más bien agradable y algunos de los danzantes eran muy graciosos y ágiles; y si no fuera porque el hacer distinciones provoca la envidia, deberíamos mencionar con énfasis a Bernardo el Matador, al primer cochero y a una hermosa muchacha campesina de falta corta roja y enaguas amarillas, con pies y tobillos à la Vestris.
“Todos permanecían muy tranquilos aunque demostraban su gozo intenso; algunos de los hombres acompañaban a los danzantes con la guitarra.
“Primero, el guitarrista rasgueaba en una cadencia muy viva, y el bailarín hacía un movimiento rápido. Empezaba entonces el músico a acompañarse con su propia voz y el bailarín iniciaba algunos pasos lentos. Así sucede, por ejemplo, con el baile del Aforrado, curioso nom de tendressse, que supongo expresa la idea de algo suave y acolchado. He aquí la letra:

¡Aforrado de mi vida!
¿cómo estás, cómo te va?
¿cómo has pasado la noche,
no has tenido novedad?

¡Aforrado de mi vida,
yo te quisiera cantar!
¡Pero mis ojos son tiernos,
y empezarán a llorar!

De Guadalajara vengo
lidiando con un soldado,
sólo por venir a ver
a mi jarabe aforrado.

Y vente conmigo,
y yo te daré
zapatos de raso
color de café.

“La música correspondiente a estos “versos inmortales”, la he aprendido al oído y os la he de mandar. En el baile de los Enanos, el bailarín se va haciendo más pequeño cada vez que se canta el coro.

¡Ah qué bonitos
son los enanos!
¡Los chiquitos
y mexicanos!

Sale la linda,
sale la fea,
sale el enano
con su zalea.

Los enanitos
se enojaron,
porque a las enanas
las pellizcaron.

“Siguen más versos, pero creo que con la muestra tendréis bastante para quedar satisfechos. Hay otro baile, llamado “El Toro”, cuya letra no es muy interesante, y el “Zapateado” que bailó con mucha gracia uno de los caballeros acompañándose al mismo tiempo con la guitarra.”


Las cartas fueron publicadas en inglés, en 1843, y todas “están escritas de manera fácil y con suelta gracia; en muchas partes sale brillante una burlona agudeza y una sutilísima ironía; están llenas, además de finas observaciones, de atinados comentarios, aparte de su sencillez y amenidad, que las hace leer con gusto y sin cansancio”. Así las describe Artemio de Valle-Arizpe. Para conocer nuestra música son de indudable valor. La Marquesa regresó a España y nunca más volvió a México. Falleció en 1882.


III.


Los sones

No hay una definición satisfactoria del “son”, no hay un análisis musical que diga qué es exactamente. Sabemos que esta palabra proviene del latín sonus –de donde la palabra inglesa sound–, la cual a su vez deriva del griego tonos. De ahí las palabras sonido, tonalidad, sonoro, tónico. Tal vez, “son” sólo quiera decir que así es como suena un pueblo. Existen sones principalmente en las Antillas, Centroamérica y México. En el caso de nuestro país, puede decirse que el son es la música más típica, la que ha alimentado desde hace cinco siglos la música tradicional de nuestro país. Hay que decir, como escribe el musicólogo Jas Reuter, que se trata asimismo de la música más refinada y compleja, aun cuando sea raro que los músicos que lo interpretan sepan leer por nota. Pero, ¿qué distingue a este género? Una de las dificultades para hablar de él, es que según la región geográfica recibe distintos nombres, “huapango” en la Huasteca, “gustos” en Guerrero, y “jaranas” en Yucatán. Veamos las características que menciona Reuter: el son es música festiva y profana (es decir, no tiene asuntos religiosos ni sirve para fiestas sagradas). Es un género hecho para bailar; generalmente las parejas no se tocan y se ejecuta sobre una tarima que sirva de resonancia para el zapateo. Además, el baile del son expresa el coqueteo entre el hombre y la mujer.

El son alterna partes cantadas con partes instrumentales. Generalmente, las partes bailables son las más rápidas y sirven para el lucimiento de las parejas, y las partes cantadas son aprovechadas por los bailadores para “descansar” –pues no dejan de bailar, sólo que hacen menos vistosos, para que el auditorio pueda concentrarse en la letra. Finalmente, dice Reuter, las coplas que se usan en los diversos sones de nuestro país son de origen español. Curiosamente, muchas coplas hacen alusiones a los animales, a las palomas, las mulas, los gallos y los bueyes, entre muchos otros. Y lo general es que los bailadores imiten los movimientos de estos animales.

Rápidamente, veamos cuáles son las principales ramas del son: en la costa del Pacífico se encuentra el son huasteco (Tamaulipas, San Luis Potosí, Querétaro, Hidalgo, Puebla y Veracruz) y el son jarocho (Veracruz y Tabasco). Y del lado del Pacífico se encuentran el son oaxaqueño, el guerrerense (“gustos” y “chilenas”), el michoacano y el jalisciense –que llega a Colima y Michoacán. Finalmente, hay que decir que para algunos estudiosos, la jarana sería el son de Yucatán.

sábado, 19 de junio de 2010

Todo será posible, menos llamarse Carlos



Todavía no nos recuperábamos de la desaparición de Carlos Montemayor y José Saramago, cuando se anuncia la muerte de Carlos Monsiváis.

Es un completo desconcierto.

Durante años, el ejercicio mental diario consistió en acudir a Monsiváis para conocer lo que opinaba acerca de todo. La precisión de sus palabras, la obligación de actuar, la perseverancia de su obra, el conocimiento responsable, la respuesta inmediata y lúcida, el compromiso con la cultura mexicana: son los grandes ejemplos de su vida y de su obra. Pero ante todo: la generosidad.

Fue el periodista cuya responsabilidad lo llevó a presenciar todos los hechos históricos y todas las manifestaciones sociales (su enfermedad realmente comenzó cuando fue a Sonora para estar cerca del caso de los niños asesinados por la irresponsabilidad del gobierno mexicano; ¡no: por su criminal responsabilidad!).

Puso por escrito todas sus reflexiones, reunió una invaluable colección de arte mexicano (que puso a disposición del público en el museo más concurrido de México), conocía todas las canciones, había leído todos los libros y había visto todas las películas –como lo hizo notar Octavio Paz.

Ningún escritor había tenido en nuestro país tal amplitud de temas, y mucho menos había contado con el instrumental estilístico ni con el conocimiento para abordarlos. No distinguió, por suerte, entre alta y baja cultura, y supo entender la de nuestro país en su totalidad. Son muchos los aspectos de nuestra cultura que quedarán sin voz, con el silencio de Carlos Monsiváis. Su obra proviene de Guillermo Prieto, de Ignacio Manuel Altamirano, del liberalismo del siglo XIX, de Alfonso Reyes, de Fernando Benítez, de los Contemporáneos... Ojalá no sea la última voz de esta tradición.

Monsiváis, si puede decirse así, fijó la cultura mexicana, tuvo palabras para situar los fenómenos sociales y culturales, la visión más amplia, el aforismo más contundente, la información privilegiada.

Y el humor. El humor que nos sirvió para poder reírnos del mal chiste de la realidad mexicana.

Todo será posible, menos llamarse Carlos...

jueves, 28 de enero de 2010

Agustín Lara y Madrid




El pasado 23 de enero comenzó a difundirse la información de que el área de gobierno de las Artes de Madrid impulsaría una investigación para saber si Agustín Lara es el verdadero compositor del chotís Madrid, luego de que el libro Gran vía 1910-2010, del novelista Raúl Guerra Garrido escribiera que el verdadero autor fuera un músico español exiliado en México, Rafael Escalona. Sin saber que se trataba de una ficción literaria, la historia fue acogida por la concejal Milagros Hernández, de Izquierda Unida, quien anunció que se procedería a investigar en los archivos de la ciudad para saber si existe información al respecto. Pero de inmediato, Belén Martínez, directora de Archivos, Museos y Bibliotecas, aseguró que esta investigación ya se había realizado sin obtener resultados.

“Rafael Escalona” es sólo un personaje literario inventado por los asistentes a una tertulia literaria. Como escribió el periodista español Isabelo Hernández, “Rafael Escalona no existió… se trata de una artimaña literaria que ideamos hace años en una tertulia literaria, a la que también asiste Raúl Guerra Garrido, y que es autor de la novela La Gran Vía es Nueva York, en la que no aparece esta historia. A nuestro amigo le propusieron participar como coautor del libro Gran Vía 1910-2010 y se le ocurrió que era una historia… digna de un relato” (“De Escalona a Oropeza, la historia de un chotis”, 26 de enero, en www.eldigitalcastillalamancha.es).

Pero esta historia está siendo aprovechada cada vez por más personas para poner en duda la autoría Agustín Lara.



El supuesto compositor de Madrid

El País creyó esta historia y así lo publicó dos días después: “El hombre vivía pobre como las ratas con su mujer enferma, a la que adoraba y veía consumirse en su padecimiento. Para amenizarle el mal trago que pasaba, para recordarle sus años felices en España, le compuso el famoso chotis. Por eso, cuenta Guerra, en la letra original se decía 'cuando volvamos a Madrid', en vez de 'cuando llegues a Madrid', como alteró, supuestamente, el propio Agustín Lara… Huelga decir, que como tantos otros negros -trabajadores anónimos a sueldo de la gloria de otro- de la historia, Rafael Escalona y su mujer, según el libro, murieron pobres, exiliados de su casa y sin reconocimiento.” (25 de enero).

Sin embargo, al día siguiente, Garrido Guerra divulgó una historia muy distinta de la que aparece en su libro. Ya no es Rafael Escalona sino Rafael Oropesa el autor de Madrid. Seguramente, el escritor entró, en este par de días, en contacto con la familia Oropesa, por lo que cambió la historia aparecido en su libro. Ahora dice (El Universal, 26 de enero) que Lara “encargó y pagó” esta canción a Rafael Oropesa, director de la Agrupación Española Madrid. Pero entonces no es ya un músico pobre y sin fama: Oropesa fue un gran compositor, reconocido en México que grabó discos, trabajó en la XEW, acompañó a varios artistas y tocaba con su orquesta en la plaza de toros de la colonia Condesa. No sólo era un compositor notable, era también un compositor complejo. Su orquesta estaba integrada por los músicos de la Banda del Ayuntamiento de Madrid y salieron de España en 1939, rumbo a México. Pero tampoco llevaron existencias miserables, eran músicos tan notables que, como dice el escritor Francisco Martínez de la Vega: “La calidad de la Banda Madrid era tan alta… que varios de sus componentes se incorporaron a la Orquesta Sinfónica Nacional y a la Ópera de Bellas Artes” (El exilio español en México, 1939-1982). Uno de estos músicos era Juanito Arteta, que después sería el trompetista estrella de la orquesta de Pérez Prado.


Las “pruebas”

Guerra Garrido supone que Francisco Franco le encargó a Lara la canción, pero como éste no conocía España, le pidió a Oropesa que la compusiera. Como la canción fue tan buena, Franco le regaló una casa a Lara en Granada. ¿Por qué no se la regaló en Madrid? ¿Y por qué se la regaló hasta 1964? ¿En que año encargó la canción? ¿En 1948, cuando ya había muerto Oropesa? ¿Por qué si la escribió Oropesa, que murió en 1942, Lara la estrenó hasta 1948? ¿Por qué Lara nunca dijo que era un encargo del dictador?

¿Cuáles son las pruebas de estas afirmaciones? El periodista Pedro Montoliú, que conoce a la familia Oropesa, escribió, en Madridiario (26 de enero), que Oropesa mandaba cartas a su familia en España, las cuales fueron destruidas por miedo a que fueran descubiertas por el gobierno. Según Mintoliú:

“Los testimonios orales de la familia Oropesa recogen una carta, que se destruyó como todo lo referente a Rafael por temor a la dictadura franquista. En ella, este contaba que había escrito un chotis de tema madrileño a su esposa, que se había quedado en la capital española junto a sus nueve hijos; en otra misiva narraba que había conocido a Agustín Lara. ¿Pudo vender este chotis a Lara? No es nada descabellado. Según la familia, que siempre ha escuchado que Madrid era aquel chotis, Rafael logró mandar dinero a España y vivió desahogadamente hasta que el 12 de octubre de 1944 murió a los 48 años debido a un aneurisma.”

Las pruebas son: que Oropesa escribió un chotís de tema madrileño a su esposa –que nunca vino a México, por lo que no podía volver a Madrid– y que conoció a Agustín Lara. Llama la atención que la familia Oropesa y los diarios de Madrid, dan mal el año de muerte de Oropesa: no murió en 1944, sino en 1942, apenas 3 años después de llegar a México, como lo asegura el músico Juan S. Garrido, colaborador de la Enciclopedia de México.

Pero ahora, la familia Oropesa afirma que en las cartas su abuelo afirmaba que él era el compositor de Madrid. ¿Cómo es que Oropesa afirmaba algo así cuando el chotís ni siquiera se había estrenado? Según la familia del compositor español, Madrid “era de dominio público entre el exilio español en México”. Esta afirmación no tiene ningún valor ya que puede ser lo mismo un invento actual que un rumor sin sustento documental. Pero, sin duda, es un rumor que proviene de la desconfianza de que un mexicano haya compuesto una canción española.

Lo que sí se dijo, durante mucho tiempo, era que Lara compró sus canciones españolas a los músicos exiliados por la Guerra Civil (1936-1939). Supuestamente, Lara se habría aprovechado de la pobreza de los españoles para comprarles música. Sin embargo, la suite española de Lara fue compuesta casi en su totalidad entre 1932 y 1936, cuando la Guerra no había siquiera comenzado.


La suite española son 31 canciones compuestas a lo largo de 34 años

¿Agustín Lara compuso Madrid sin conocer España? Sí, así como le compuso otras muchas canciones entre 1931 y 1965. España fue una de sus obsesiones, leyó muchos libros acerca de ese país y tenía una enciclopedia en la que subrayó todos los detalles sobre varias ciudades de la península. Desde que en 1931 leyó la novela El embrujo de Sevilla, del novelista uruguayo Carlos Reyles. A partir de entonces decidió hacer una serie de canciones a diferentes regiones de España. Le compuso a Sevilla, Granada, Murcia, Navarra, Toledo, Valencia y Madrid. Pero a Madrid ya le había compuesto un pasodoble en 1934, antes del famoso Madrid. ¿Cuál era el sentido de comprar un chotís? Compuso pasodobles a toreros, canciones para que fueran interpretadas por cantantes españolas como Lola Flores o María Conesa.

¿Cómo hizo para escribir esta letra? Lara leía sobre España, ya había compuesto muchas canciones sobre este país, conocía a los españoles que vivían en México. Como tenía tantas ganas de conocer Madrid, se documentó sobre la ciudad. Hay una pregunta que no se hacen sus críticos y que tal vez sea más importante: ¿No es más difícil captar la música de otro país? Es mucho más difícil que hacer una letra que hable de una ciudad. Y esa facilidad musical es una habilidad que nadie ha discutido de Lara.


Clarita Martínez estuvo el día que Lara compuso Madrid

En el libro Mi novia, la tristeza (Oceano-Gobierno de Veracruz), que escribimos Guadalupe Loaeza y yo, se da el testimonio de Clarita Martínez, pareja del compositor entre 1947 y 1953. Clarita relata que Lara siempre quiso conocer España y que, finalmente, en 1948, fue invitado a trabajar en Madrid. Fue tanta su alegría que decidió componer una canción a esa ciudad, así que una noche llegó a su casa con su amigo, Rodolfo el Chamaco Sandoval, y juntos estuvieron trabajando en el chotís. Sandoval era periodista y libretista, y en varias ocasiones le ayudó a Lara a afinar y a revisar sus canciones. Luego de un rato, Lara le habó a Clarita para que bajara a escuchar su nueva canción, Madrid.

Por desgracia para Agustín, España le negó la visa y no pudo ir en esa ocasión a Europa. Sin embargo, le dio esa pieza a Esmeralda la Versátil, una cantante de la XEW, para que la estrenara en radio. Y más adelante, se le dio a Ana María González, una cantante de Xalapa, para que la llevara a estrenar a Madrid. Pero como escribió Ana María en sus memorias, Lara no tenía mucho entusiasmo cuando lo estrenó: “Traía como tarjeta de presentación un número que le había sacado a Agustín Lara por milagro: se trataba de un chotís… Este número –como ya estarán ustedes adivinando– es el chotís Madrid. No creo que Agustín ¡ni yo mucho menos! hayamos pensado que ése sería el número de más éxito en este Viejo Mundo.”

Ojalá en Madrid se investigue bien, sobre todo para reconocer a un gran compositor español, Rafael Oropesa, a quien sí se le debe un gran homenaje por su obra musical. Los españoles lo tienen olvidado aun cuando hizo una obra importantísima. Pero ese homenaje no se debería hacer a costa de la obra de Agustín Lara.

A diferencia de hoy, dos madrileños, el músico Ricardo Yust y el letrista F. López Delgado escribieron un chotís titulado Mexicano, para agradecer a Lara que haya escrito Madrid. Fue un acto de cortesía de parte de Madrid que no debería olvidarse:

Hace tiempo que debemos una cuenta los madrileños de corazón,
una cuenta que de cotizar la renta no la pagamos con un millón;
es el chotís mexicano que a la Cibeles ha mareao,
el "Madrid, Madrid, Madrid" de Agustín Lara que le ha salido dibujao.

Mexicano: yo te quiero a ti, petén, como a un hermano;
mexicano: yo te invito a hacer un chotis mano a mano;
mexicano: aunque estés un rato lejos de Madrid,
en nuestro corazón sentimos la ilusión que estás embadurnao en Chamberí.

Un día vino a hacerse el amo de los Madriles un chotis fino de importación,
ya no quieren boogie woogie en los madriles ni más chatarra de safoxón,
es el chotis mexicano el que a Madrid ha alborotao,
a la misma Nicanora y al Cirpiano que son la flor del agarral.

Este chotis tan marcao de artesanía,
servidora muy finolis se lo envía.
Mexicano: muchas gracias por tu chotis a Madrid,
ya estamos empataos que somos delicados
lo mismo los de allá que los de aquí.

sábado, 16 de enero de 2010

La vocación democrática del PAN


Me parece admirable que el PAN ponga a votación los derechos civiles conquistados en el DF. Doblemente admirable, que se pueda entrar a la página del partido y votar todas las veces que se desee. Es un ejercicio tan sencillo y las preguntas están redactadas de forma tan clara que cualquier militante las puede entender en su totalidad:

1.- ¿Está usted de acuerdo o en desacuerdo en que las parejas homosexuales puedan adoptar niñas y niños?
2.- ¿Está usted de acuerdo o en desacuerdo con el matrimonio entre homosexuales?
3.- ¿Cree usted que un niño adoptado por homosexuales sería víctima de discriminación por parte de sus compañeros de escuela?

La página del partido, amablemente invita a enviar un mensaje en un link que no responde. Tengo algo que decir acerca de la última pregunta y que no pude enviar al partido que más expertos en las sagradas escrituras ha reunido para argumentar contra los matrimonios homosexuales:

Estoy en desacuerdo con la tercera pregunta de su encuesta sobre los matrimonios de personas del mismo sexo, por ser absolutamente tendenciosa. Claro que en muchos estratos -de ideología panista, principalmente– puede haber discriminación contra los niños adoptados por estos matrimonios. ¿Es el argumento contra este tipo de uniones? Me imagino, entonces, que no es incumbencia del PAN luchar contra la discriminación.

Si el PAN quiere hacer una encuesta sobre los feminicidios en Ciudad Juárez, sugiero la siguiente pregunta: "¿Cree usted que las familias de las asesinadas han logrado algo al organizarse para exigir justicia?"

jueves, 7 de enero de 2010

Nuestra misma canción (la poesía del Ateneo de la Juventud)


Para Roberto Sánchez Huerta


Mañana los poetas

Mañana los poetas cantarán en divino
verso que no logramos entonar los de hoy:
nuevas constelaciones darán otro destino
a sus almas inquietas con un nuevo temblor.

Mañana los poetas seguirán su camino
absortos en ignota y extraña floración,
y al oír nuestro canto, con desdén repentino
echarán a los vientos nuestra vieja ilusión.

Y todo será inútil, y todo será en vano;
será el afán de siempre y el idéntico arcano
y la misma tiniebla dentro del corazón.

Y ante la eterna sombra que surge y se retira,
recogerán del polvo la abandonada lira
y cantarán con ella nuestra misma canción.
ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ


Enrique González Martínez mandó torcer el cuello al cisne, es una verdad tan cierta que nadie se ha tomado la molestia de cuestionar. O por lo menos, nadie se ha preguntado qué cisne tuvo tan mala suerte. O qué crimen cometió. Sólo se sabe y se acata, ya que tuvo tan contundentes consecuencias. Aunque por alguna causa, no existían tantos cisnes en los lagos de la literatura mexicana. Tal vez alguno en un poema de Efrén Rebolledo: “Como un cisne espectral, la luna blanca”. El cisne de engañoso plumaje es la única nota blanca en medio de la noche. Belleza que no se sabe a sí misma, de ahí su engaño, y de ahí su mendacidad, ya que emana, se manifiesta, está en sí misma, aunque la comprensión provenga de fuera. Pero al objeto se le pide que comprenda, que adquiera una autoconciencia y que hable de sí. No el cisne que sería, en todo caso, una fuerza ciega. Una manifestación temible de la belleza enceguecida que no es aprendida por la razón. Y ya se sabe, lo sublime, como lo repitiera Antonio Caso en sus clases de Estética, hace que el espíritu “advierta su impotencia para ahondar el infinito”. Detrás de los ojos del cisne está la pavorosa y ciega naturaleza, opuesta a la placidez del espíritu. Por lo que el símbolo abarcador del búho que es capaz de penetrar con su mirada en el mundo se dispone a tapizar la naturaleza. El búho, que menciona González Martínez en su soneto, “interpreta el misterioso libro del silencio nocturno”, y al interpretar ordena el mundo.

Encuentro otro cisne, en Tablada, luego de su asesinato a manos de González Martínez: “Al lago, al silencio, a la sombra, / todo candor el cisne / con el cuello interroga” (Un día…, 1919). Pero ese cisne tiene otro significado, porque tiene en sí la pregunta, tiene angustia a la mitad del silencio y por eso pregunta, o en él está depositada la pregunta. Aunque no me pregunten qué pregunta, pues yo no comparto su angustia ni su pregunta. O por lo menos, yo pregunto otras cosas, muy distintas de las del cisne, pregunto por el cisne, por ejemplo, pero ya saben: el cisne no responde ya que como dije antes, está ciego a la belleza. Tal vez pregunte por ella, pero yo no sabría decirles. Ya los poetas decidieron torcerle el cuello. Pero yo no he contestado la pregunta, y lo haré antes de que el tiempo me tuerza el cuello: veo dos lugares con cisnes. Las respectivas obras de Manuel Gutiérrez Nájera y de Rubén Darío. Pero si el Ateneo de la Juventud se formó para defender a Manuel Gutiérrez Nájera de las “momias” incapaces de comprenderlo, ¿sería sensato dirigir esta agresión contra su obra? ¿O contra Rubén Darío, que vio nacer bajo sus alas la nueva Poesía? ¿Contra Darío, quien era esperado por todos los poetas del país, en 1910, para las fiestas del Centenario, y que llegó sólo a Xalapa, ya que por presión del gobierno estadounidense se le impidió la llegada a la ciudad de México? No: este es un cisne inmaterial, que no necesita aparecer en la literatura. Sólo necesita ser concebido como fuerza primordial de un estilo, cuando allá, antiguamente, en las revistas francesas de la década de 1870, el cisne presidió la estética parnasiana. Cuando, contemporáneos de la Comuna de París, los poetas repudiaron la vida cotidiana para concentrar su atención visual en la gran Historia y en la naturaleza. Entonces, el cisne nadó por los lagos como representación de la belleza. En algún momento, se pensó que ese cisne representaba el modernismo, que ser modernista era incluir la figura o la esencia de ese cisne. Como si no hubieran existido los simbolistas, quienes vieron el universo como una creación de Dios y pretendieron hallar las pistas de la creación en la poesía. No, hallar no: pretendieron transportar ese misterio al poema y dejarlo como un oráculo al cual preguntarle por las correspondencias secretas entre los seres, de donde provienen los símbolos, como figuras que tienen detrás de sí una realidad más difícil de comprender que la primera, dejando intocable el misterio primero del mundo. Y como si no hubieran existido los decadentistas, esos seres a los que la contemplación de la realidad descarnada los afligía por lo que fueron a la Edad Media en busca de refugio ante la literatura naturalista. Y vieron la podredumbre del cuerpo de Cristo y a la divinidad en esa podredumbre. Con tal de restaurar el reino de la trascendencia le dieron paso al demonio y a su culto, ¿pueden ustedes creerlo?, porque más que Dios, el hombre busca la trascendencia y la toma de donde puede, de la mano que vea tendida lo más cercanamente de su fe. Digamos que el cisne murió, como en efecto aconteció, pero acontecieron más cosas. Amado Nervo todavía, en su obra poética veía al universo como una gran masa de relaciones secretas, estrictamente como lo vería un ocultista, un poeta como Baudelaire o un teólogo, un mundo en el que todo se corresponde: los sentidos con las palabras, los colores cantan y los sonidos huelen. No obstante, mientras que la realidad perdía trascendencia a causa del psicoanálisis, el positivismo y el marxismo; el poema ganaba en independencia. Las leyes del universo hermético quedaron aprisionadas en el poema, por lo que no importaba mucho el problema de la libertad exterior, mientras dentro del poema estuviera presa la noción de la libertad. Eso, más o menos, es lo que según Isaiah Berlin, está dentro de las ideas de J.G. Fichte: la posibilidad de la creación de una libertad interior sin que la realidad política o social importen, por lo que ambos aspectos quedan fuera de la esfera de la libertad moral. Eso explica, por ejemplo, que en el momento en el que González Martínez retoca su poema “Los días inútiles” en el que un saúz que llora duerme sobre un lago, una bala atraviese su departamento de la calle de Bucareli y se incruste en la pared, pues eran los días de la Decena Trágica. Así, la realidad irrumpe en la vida del poeta y lo hace salir de sí mismo por más que la vida interior y sus ideales estén a salvo dentro del poema.

Llamaré a esto el Neosimbolismo, por ser distinto del Simbolismo anterior proveniente de Baudelaire. Y lo llamaré así esencialmente porque Marcel Raymond, en su libro De Baudelaire al Surrealismo, nota estas mismas características en la poesía publicada por la revista Phalange a partir de 1906, en la que se leía la obra de André Breton, Valery Larbaud O.-V. de Milosz y André Gide. Un desprendimiento del poema con respecto de su realidad, un creciente interés psicologista y la construcción de verdades sólo válidas en el poema. Y lo llamaré así en oposición a los que han visto con la muerte del cisne un periodo de “Posmodernismo”: una serie de momentos sin definición precisa, un proceso en el que la poesía no dejaba de ser y en el que aún no podía ser algo nuevo. Pero la poesía tiene que ser algo en sí misma, algo que la defina por lo que es y no sólo un tránsito, un cambio, pues de alguna manera toda poesía es sólo un estado intermedio, sea cual fuera su situación. Dentro del frasco con la etiqueta de Posmodernismo hay elementos distintos e incluso antagónicos, neosimbolistas encerrados en su vida interior y provincialistas que volcaron sus esfuerzos en la creación inspirada en la provincia francesa y en llenar sus creaciones de buena fe católica. Pero no hablaré de estos últimos porque los ateneístas no tuvieron ningún interés por redimir la provincia o por irse a vivir a su pueblo como la grulla del refrán. El antecedente de la poesía de González Martínez fue la obra de un autor no comprendido por sus contemporáneos, al que los románticos llamaban modernista y los modernistas, romántico. Pero que tenía una voz propia, una serie de procedimientos que pudieron haber usado los románticos, pero no lo hicieron. Luis G. Urbina, nacido en 1864, quien fue el primero en explorar las posibilidades del encabalgamiento, en cortar de manera violenta los versos como no lo hizo ni Nervo, ni Díaz Mirón, ni Othón. Que le dio espacio al silencio y a la meditación. En sus poemas, todo movimiento es simbólico, nunca un cuerpo se dirige a otro, pero trata de demostrar la vitalidad que tiene la contemplación:


LUIS G. URBINA

METAMORFOSIS
Madrigal romántico

Era un cautivo beso enamorado
de una mano de nieve que tenía
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acercó tanto a la prisión del beso,
que ya no pudo más el pobre preso
y se escapó; mas, con voluble giro,
huyó la mano hasta confín lejano,
y el beso, que volaba tras la mano,
rompiendo el aire, se volvió suspiro.
1905
(De Puestas de sol)

LA FELICIDAD

Sí la conozco. Es bella. Una mañana
–maravillosamente– apareció
como una blanca sombra en mi sendero,
y me dijo: –Aquí estoy.

¿Quién eres? –pregunté.
–La que tú esperas;
la tardía ilusión
que una vez sola viene; el prodigioso
sueño de paz de un fiel y último amor.
(Y mi alma estaba mustia; mis cabellos
grises; mi corazón helado ya.)

Alcé los ojos; la miré. ¡Qué bella
es la felicidad!
–¡Piadosa mía! Llegas tarde; todo
en mí, dormido para siempre está.

Lloré un momento; le besé la mano,
le dije ¡adiós!… y la dejé pasar.
20 de julio de 1913
(De Lámparas en agonía)


Sobre el Ateneo de la Juventud hay un juicio contundente: no tuvo poesía. Como todo juicio contundente que se queda inmóvil en el tiempo, es desconfiable. Según Gabriel Zaid, el prejuicio viene desde Xavier Villaurrutia, quien escribió que la poesía del Ateneo se reduce a un nombre, Alfonso Reyes, que a su vez se reduce a la promesa de “una nueva colección de versos”. Nunca se le ha considerado un grupo poético, aun cuando sus primeras manifestaciones fueron en defensa de Manuel Gutiérrez Nájera y aun cuando todas sus reuniones incluyeran la lectura de poesía. Parece un juicio realizado para dispensar a los investigadores del regreso a una época complicada –más que compleja. Bajar a una mina que ofrece poca recompensa, pues la crítica literaria quiere su recompensa. De qué sirve volver atrás para recuperar lo que no tiene valor si de cualquier manera está juzgado. Como si se perdiera la continuidad de nuestra poesía durante unos años, la continuidad que provenía del modernismo porfirista y que se vuelve a recuperar más o menos con el estridentismo o con los Contemporáneos. Pero durante la Revolución, el Ateneo se dispersó, como algunos fueron huertistas, se dedicaron a olvidar ese periodo de su vida. Luis G. Urbina estuvo algunos días en la cárcel por haber aceptado dirigir la Biblioteca Nacional bajo el periodo de Huerta, González Martínez trabajó en Educación y escribió que treinta años de contrición no habían bastado para lavar 30 días de colaboración con el usurpador, Ricardo Gómez Robelo que fue Procurador bajo la usurpación, fue el primero en hablar contra el positivismo (aunque no sabemos qué dijo) y el primero entre los ateneístas en estudiar a Poe (aunque su obra no tiene ninguna de sus audacias) y el que venciendo la fealdad propia conquistó a Tina Modotti y por eso Elena Poniatowska hace decir a la fotógrafa: “A mí me parece atractivo… quizá por su misma fealdad, y porque repite siempre que su única pasión es la pasión de la belleza. Le fascina Toulouse-Lautrec porque él mismo es un Toulouse-Lautrec”, y Rubén Valenti, subsecretario de Educación, huyó a Guatemala cuando Carranza llegó a la ciudad de México. Valenti fue tal vez el primer cultivador del poema en prosa en México, pues sus Poemas amatorios fueron publicados en 1908. Sin maña, sin efectividad, pero son textos que conducen los recursos estilísticos hacia la disolución de la narrativa para crear un solo efecto literario. Exiliado en Guatemala, mientras estaba sentado en el balcón del primer piso de su casa, bebiendo con algunas amistades, se cayó de espaldas y murió. Con el dinero que tenía en su bolsillo se pudo pagar el entierro, se dice en su familia, como para subrayar la aristocracia de este escritor chiapaneco que si bien no alcanzó a distinguirse como poeta, sí tuvo una importancia en el pensamiento filosófico del Ateneo. Durante una discusión en la Escuela de Jurisprudencia, en 1906, Valenti defendió a los nuevos pensadores anti-intelectualistas europeos que enarbolaban la intuición como instrumento de conocimiento, ante dos jóvenes incrédulos que aún se consideraban positivistas, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso. Esa noche, ambos regresaron a sus casas avergonzados, dispuestos a leer el intuicionismo. Esa discusión con Valenti les abrió la puerta a la crítica contra el Positivismo. Como sea, gracias a Huerta, Nemesio García Naranjo –ateneísta también– logró ver aprobada su iniciativa para rehacer el plan de estudios de la Preparatoria Nacional desterrando para siempre el Positivismo e incorporando el Intuicionismo.

Se dice que en el Ateneo floreció el ensayo de Reyes y la prosa vigorosa de Vasconcelos, tal vez por no dejar, se habla del pensamiento de Caso, el cual aunque no se lea, se le distingue. O tal vez se le distingue con tal de que no se lea. Así que el ateneísmo se presenta como un árbol vigoroso, lleno de vida, extraída de las raíces grecolatinas de las que tanta fuerza y vigor extrajeron sus integrantes, cada semana en la biblioteca de Antonio Caso. Ahí, un busto de Goethe servía de perchero para los abrigos de los asistentes. Como tantas veces se ha dicho, leían a Platón, a Kant, a Homero, a Walter Pater, para llenar los huecos de la educación positivista. Ahí construyeron un país imaginario al cual llamaron “Grecia íntima”. Los valores grecolatinos que formaron a partir de entonces el piso moral del Ateneo los ayudaron a enfrentarse a su realidad, a la educación restrictiva del Positivismo. Una educación que les daba la certeza de la ciencia. Dudaron y el suelo tembló bajó sus pies. Como ha dicho Octavio Paz en Los hijos del limo, la afición por Grecia es una forma de insertarse en el tronco central de la civilización occidental. Y el Ateneo tuvo esta idea central, insertarse en el centro, directamente. Saltarse pasos, pues qué mas se puede hacer cuando se ha llegado tarde al banquete de la civilización. Por esta causa, el trabajo del espíritu consiste en buscar su tradición, en conseguir su herencia y a su vez dejarle algo a los hombres. Curiosamente, para tratar este tema, en “El descastado”, Alfonso Reyes recurrió por primera vez en la poesía mexicana, al verso libre, como para decir “la tradición puede ser lo más novedoso”:


ALFONSO REYES
EL DESCASTADO

I
En vano ensayaríamos una voz que les recuerde algo a los
hombres, alma mía que no tuviste a quien heredar;
en vano buscamos, necios, en ondas del mismo Leteo,
reflejos que nos pinten las estrellas que nunca vimos.
Como el perro callejero, en quien unas a otras se borran
las marcas de los atavismos,
o como el canalla civilizado
–heredera de todos, alma mía, mestiza irredenta, no
tuviste a quien heredar.

Y el hombre sólo quiere oír lo que sus abuelos contaban;
y los narradores de historias
buscan el Arte Poética en los labios de la nodriza.

Pudo seducirnos la brevedad simple, la claridad elegante,
la palabra única que salta de la idea como bota el
luchador sobre el pie descalzo…
Mientras el misterio lo consentía, mientras el misterio lo
consentía.

Alma mía, suave cómplice:
no se hizo para nosotros la sintaxis de todo el mundo,
ni hemos nacido, no, bajo la arquitectura de los Luises
de Francia!

II

¿Quién, a la hora del duende, no vio escaparse la esfera,
rodando, de la mano del sabio?
Con zancadas de muerte en zancos échase a correr el
compás, acuchillando los libros que el cuidado olvidó en la
mesa.
Así se nos han de escapar las máquinas de precisión, las
balanzas de Filología,
mientras las pantuflas bibliográficas nos pegan a la tie-
rra los pies.
(Y un ruido idefinible se oía, y el buen hombre se daba a
los diablos.
Y cuando acabó de soñar, pudo percatarse de que aquella
noche los ángeles –¡los ángeles!– habían cocinado para él.)

III

San Isidro, patrón de Madrid, protector de la holgazanería;
San Isidro Labrador: quítame el agua y ponme al sol.

San Isidro, por la mancera que nunca tu mano tocara;
San Isidro: quítame el sol, a cuya luz se espulgó la ca-
nalla; quítame el sol y ponme el agua.

Si por los cabellos arrastras la vida, como arrastra el hampón
la querida,
ella trabajará para ti.
San Isidro, patrón de Madrid: deja que los ángeles ven-
gan a labrar,
y hágase en todo nuestra voluntad.

IV

Bíblica fatiga de ganarse el pan, desconsiderado miedo a
la pobreza.
Con la cruz de los brazos abiertos ¡quién girará al viento
como veleta!

Fatiga de ganarse el pan: como la cintura de Saturno, ciñe
al mundo la Necesidad.
La Necesidad, maestra de herreros,
madre de las rejas carcelarias y de los barrotes de las
puertas;
tan bestial como la coz del asno en la cara fresca de la
molinera,
y tan majestuosa como el cielo.

Odio a la pobreza: para no tener que medir por peso tan-
tos kilogramos de hijos y criados;
para no educar a los niños en la escasez de juguetes y
flores;
para no criar monstruos despeinados, que alcen mañana
los puños contra la nobleza toda de la vida.

Pero ¿vale más que eso ser un Príncipe sin corona, ser un
Príncipe Internacional,
que va chapurrando todas las lenguas y viviendo por
todos los pueblos, entre la opulencia de sus recuerdos?
¿Valen más las plantas llagadas por la poca costumbre
de andar
que las sordas manos sin tacto, callosas de tanto afanar?

Bíblica fatiga de ganarse el pan, desconsiderado miedo a la
pobreza.
Alma, no heredamos oficio ninguno –ama loca sin eco-
nomía.
Si lo compro de pan, se me acaba;
si lo compro de aceite, se me acaba.
Compraremos una escoba de paja.
Haremos
con la paja
una escalera.
La escalera ha de llegar hasta el cielo.
Y, a tanto trepar, hemos de alcanzar,
siempre adelantando una pierna a la otra.
Guadarrama, 1916


Ese vigor del árbol ateneísta, al cual me referí antes, no tenía nada que ver con una rama menos visible, la que entonces tenía la savia de la poesía. Una rama débil, infértil, decadente. Con poetas que estaban a punto de seguir el camino de las víctimas de la vida modernista, asiduos del bar y del ajenjo. Pues esa es la otra rama del Ateneo. El dominicano Henríquez Ureña, desde su llegada a México se tomó en serio su papel de educador, es decir: de violentador, de reencauzador, pues se dispuso a darle un sentido a las vidas de sus más cercanos, particularmente de Alfonso Reyes y Antonio Caso. Pretendía alejar a los ateneístas del bar para encerrarlos en el gabinete de estudios. Lo logró a medias, pero no se cansó de juzgar a los “decadentistas” del Ateneo, a los seguidores de Verlaine y de Baudelaire. En 1909, le escribió a Reyes: “Los poetas (Tablada, López, Parra, Argüelles, etc.)… no son capaces de organizar su vida; pero esto se debe a que son gentes desorganizadas en todo, y la prueba está en que no llegan a realizarse totalmente en la poesía.” Tenía razón parcialmente, pues no creo que Tablada sea un ejemplo de mala realización poética. Tampoco creo que la falta de realización personal sea la causa de su falta de consumación poética. A menos que se refiera a la trascendencia de su obra. Entonces tal vez se vea la falta de cuidado que tuvieron algunos de ellos, que nunca se preocuparon por reunir su obra, como fue el caso de Roberto Argüelles Bringas. En una ocasión, el poeta e historiador Luis Castillo Ledón, caminando por la calle se encontró a Amado Nervo, quien le presentó a un joven de melena roja: “Éste es el futuro gran poeta de México”. Argüelles Bringas, por su cabellera y por su adicción al deporte (iba al gimnasio con José Juan Tablada) era conocido como “el Tigre de Mixcoac”. “De vida atormentada –escribió Luis Castillo Ledón–, torturado por una mente enferma, cogido entre los tentáculos de ese gran monstruo que se llama neurastenia, cantó al dolor como nadie, seguramente, lo ha cantado en el habla castellana.” Desafortunadamente, no encuentro ese dolor en sus versos. Murió a los 40 años, en 1915, sin ver reunida su obra. Sólo hasta 1986, Serge I. Zaïtzeff la recopiló en el tomo Lira ruda. No sé si yo sea culpable de no hallar dolor ni placer en su poesía, a la que también le falta algo a lo que llamaré vigor, pues no sé de qué otra forma nombrar, ya que sus pesadas cláusulas parecen la imagen de un águila incapaz de remontar la cumbre, a la manera del verso de Díaz Mirón: “El bóreas, como un poeta sañudo que va de viaje / al llegar a la montaña, los torrentes de armonía / de su inspiración extraña desata en la vega umbría, / en la azul linfa discreta y en el fondo del boscaje” (“Ventarrón”).

Es tiempo de que aparezca como un fantasma, el fantasma de Manuel de la Parra, el zacatecano de Sombrerete, con su bastón y su paso lento. El poeta ingenuo al que no valía la pena siquiera molestar, pues era inmune a las bromas, y tenía una musa ebria de medievalismos imposibles –según Alfonso Reyes– , y que parecía uno de los enanos de Blanca Nieves. Llegaba a las sesiones del Ateneo y se sentaba en las últimas sillas, siempre tímido. A veces desaparecía completamente. En una ocasión, el novelista Carlos González Peña. paseando por la Alameda de Santa María lo encontró vendiendo bombones. Borrachín, empleado en los más bajos puestos burocráticos, distraído, tuvo el extraño honor de ser traducido al inglés por Samuel Beckett. No tuvo más aspiración que ser considerado el seguidor más fiel de Paul Verlaine:


MANUEL DE LA PARRA
MOMENTO MUSICAL
A Jesús T. Acevedo

Grande paz interior, como una esencia
delicada y sutil, como suave
matiz, o como cántico de ave
se difunde y perfuma mi existencia.

Siento como si hallárame en presencia
de hondo misterio, en un momento grave,
solemne del espíritu: ¡Quién sabe
qué anunciación, qué extraña florescencia!

Y en el gris horizonte, en donde arde,
única estrella, una visión arcana,
mi vida al tramontar, deja que aguarde

la aparición de mi remota hermana.
¡Quién sabe si al fin llegue por la tarde
la que tanto esperé por la mañana!
(De Visiones lejanas, 1914)


Parrita, el último en llegar a su trabajo y el primero en salir a la cantina más cercana. Mientras comía parado en la calle, y se reía con el rostro congestionado mientras sus compañeros contaban algún chiste, un libro robado de la biblioteca a su cargo se asomaba debajo de su chaleco. El autor impuntual que ni siquiera pudo conservar más de dos semanas una columna semanal en Revista de Revistas. “No tengo idea de qué escribir”. “Escribe de tu bastón”, le dijeron sus amigos. Cuando Ramón López Velarde quiso seguir al presidente Carranza que huía a Veracruz, se citó en la estación con Manuel de la Parra, pero éste llegó tarde, así que a causa de esa impuntualidad ninguno de los poetas presenció la muerte del presidente. Al final de su vida, completamente ciego, llegaba a sus clases de literatura en la secundaria número 1 de las calles de Corregidora en el centro de la ciudad. Ricardo Cortés Tamayo, alumno de esos cursos, recuerda a Manuel de la Parra y “su esfuerzo de voz fuerte y compacto, arrancado a una garganta invadida de dominadas lágrimas”. El poeta declamaba sus poemas entre el escándalo de decenas de alumnos que gritaban sin freno: “Yo, a veces, en estas tardes bruñidas de yodo mágico, como aquellas de junio, me pregunto si esos animales de ayer, profesionistas de hoy, orondos de títulos, despachos, automóviles, petulancias, formalidades burguesas, sentirán alguna vez, cuando la memoria los ascienda a su clase de Literatura del maestro De la Parra, bochorno y remordimiento.” Ah, y se me olvidaba decir, su obra tuvo un solo tema: el amor que se espera y que nunca llega. Antes de devolver a Manuel de la Parra a su lugar entre los muertos, quiero decir que el amor llegó para sorpresa de todos los ateneístas, quienes se dijeron entre sí: “¡Parrita se casó!” Eso debió ocurrir por 1919, cuando escribió: “Como es tan bello / este amor otoñal / y delicado, temo / con pavor la venida solapada / o brusca de una ráfaga de invierno / que me lo arrebatara, / dejándome en silencio, / de la desesperanza en el sombrío / melancólico yermo.”

Pero no quiero dejar mi tema, el que venía tratando de seguir, ¿cuál era?, ah sí, la irresponsabilidad de los poetas, que no pueden solucionar su vida, por lo que Henríquez Ureña tal vez los hubiera expulsado de la República como Platón. No me parece que sintiera simpatía hacia ellos, hacia su poca seriedad. ¿Habrá querido guiar a sus compañeros hacia los géneros más serios como el ensayo y la filosofía? No sé, lo único que sé es que entonces, la poesía ocupaba el lugar más prominente, así que una de las preocupaciones más comunes era tener claro quién ocupaba el sitio principal de la poesía. Enrique González Martínez, quien había terminado con el cisne en 1911, era considerado el poeta más importante. Digamos que había dicho por dónde no ir, aunque entonces nadie sabía hacia dónde dirigirse. Así que de 1911 a 1915, la experimentación poética de González Martínez ocupaba la atención de los poetas. Las decisiones que tomó con respecto a su obra afectaron a los ateneístas, pero también a la generación de su hijo, Enrique González Rojo, pues quienes formarían el grupo de la revista Contemporáneos comenzarían su obra siguiendo los lineamientos del autor de Los senderos ocultos. Henríquez Ureña se preguntó entonces ¿quién será el poeta de mañana? porque quería que escuchar la voz del eco repetir: “Alfonso Reyes”. Pero Julio Torri respondió en un artículo: “López Velarde es nuestro poeta de mañana, como lo es González Martínez de hoy, y como lo fue de ayer Manuel José Othón.” Pero reconocer a un provinciano mocho y pobre, era algo que ni Henríquez Ureña ni Reyes ni González Martínez podían permitir. Gabriel Zaid cita en su fundamental ensayo “López Velarde ateneísta” una carta de González Martínez burlándose de “las vacas crepusculares” del zacatecano. Reyes pagó con silencio la crítica con que López Velarde recibió su libro El plano oblicuo: “su prosa descuella. Tal es el caso de Reyes, por más que lo prefiramos, en definitiva, fuera de la lírica”. Henríquez Ureña, por su parte, sólo dejó un pequeño y seco párrafo sobre el autor de La suave patria: “Otro tipo de poesía barroca, en que la complicación y novedad de las imágenes que se dan la mano con una cariñosa ternura por las cosas comunes y cotidianas, apareció con Ramón López Velarde, que retrató la vida pintoresca de las viejas ciudades del centro de México y finalmente trazó una breve síntesis del país con su Suave patria.” Ninguno de los ateneístas se interesó por tocar el tema de la provincia, un contenido poético que sirvió como depositario de los valores católicos. Sólo uno de ellos, el guanajuatense Rafael López se maravilló por la poesía del zacatecano. Se conocieron en el estudio de Saturnino Herrán y López, de un estilo fácilmente mimético, se dejó impresionar por la búsqueda estética de López Velarde. Seis años después de la muerte del autor de La suave patria, Rafael López escribió una parodia del estilo de este poema, dedicada a Chapala, el sitio de moda para las vacaciones de Semana Santa: “Del gran libro en que Dios puso el secreto / del mar, eres el lírico folleto; / cuna infantil de su flujo y reflujo, / de un soplo, una pompa de jabón / y el pulso de su errante corazón. / El domingo de Pascua, placentera / y fina, en tu recámara playera, / proporcionas al ocio ciudadano / tu ‘agua florida’ y tu ‘espejo de mano’. / Tu alma de moaré bien se acomoda / al capricho del viento y de la moda; / te envuelve el lujo en seda casquivana / y la niebla filosófica, en lana. / Pérfida en ocasiones, no te pierdes / de ser crüel con tus enamorados, / que –naturalmente– han muerto ahogados / en la caricia de tus brazos verdes.” Hay una diferencia entre estas obras que tuvieron cierta intersección: a diferencia de López Velarde, López parece no tener culpa cristiana a pesar de utilizar como recursos literarios los temas cristianos, como puede verse en su mejor poema:


RAFAEL LÓPEZ
VENUS SUSPENSA

Tu presencia en mi sombra se divulga
como el vuelo de un pájaro escarlata
con el que un pardo atardecer comulga.

Y tu alegría matinal desata
un sonoro esplendor sobre mi vida;
es una esquila de cristal y plata

que en silencio de muerte sacudida,
me lleva del pavor del viernes santo
al júbilo de la Pascua florida.

Absuelto el corazón de su quebranto,
con el hechizo de tu primavera,
se agita en rosicler y en amaranto.

Así pinta la nube –pasajera
en el navío ardiente de la aurora–
la habitual palidez de su bandera.

El instante de nuevo se avalora
con la esperanza nómade, que el día
pugna en fijar al ancla de la hora.

Vuelve el halago de la melodía
que la ilusión maravillada canta
en un crepuscular violín de Hungría.

Un conjuro se gesta en la garganta
a las pupilas de inquietud de onda
que abrió el Maligno en tu perfil de santa.

A la audacia le grito que se esconda
y a la emoción que siga en su retiro,
pues sólo tengo en tu belleza blonda,

un sepulcro de oro a mi suspiro
y un sudario de nieve a mi deseo
–roto avión en escollos de zafiro.

En un milagro estoy: cuando te veo,
se deshace la hora en un segundo,
como el relámpago en su centelleo.

Me da la vida su ritmo profundo,
la pavesa interior sustenta llama
y un insólito abril me embruja el mundo.

Juventud, gracia, amor, es tu anagrama
claro, pero insoluble a mis delirios;
quisiera, para descifrar su trama,

ser jardinero, entre dulces martirios,
tras cómplice cortina de sonrojos
en tu regazo de rosas y lirios,

sobre tu boca de jacintos rojos,
y tardo sol de veraniego alarde,
demorado en las hiedras de tus ojos.

Y en un palmo de azul, sola tu huella,
alivia mi crepúsculo cobarde,
cual la paloma de Venus la bella,
suspensa en las cornisas de la tarde.
(En Poemas)


El Ateneo de la Juventud que se fundó oficialmente el 28 de octubre de 1909 en el Salón de Actos de la Escuela de Jurisprudencia. Fue un espacio quincenal, abierto al público, en el que los miembros se reunían a leer su producción personal. Como afirma Fernando Curiel, “Ateneo de la Juventud” es un nombre que al mismo tiempo se inserta en una tradición mexicana de las asociaciones intelectuales y sugiere la idea de la renovación generacional; pero sobre todo fue un grupo conformado por una élite que aspiraba al poder cultural. Con esta regularidad continuó funcionando hasta principios de 1914, durante el periodo de Victoriano Huerta. Pero los ateneístas habían tenido varios intentos de formar un grupo antes de 1909. Primero, al tratar de formar un grupo independiente de la Revista Moderna de Jesús Valenzuela. Por ello formaron la revista Savia Moderna en 1906 con dinero de Alfonso Cravioto, hijo del ex gobernador de Hidalgo. Pero Cravioto, a los pocos meses dejó la revista para irse de luna de miel a Europa. Al año siguiente, volvieron a reunirse para repudiar a Manuel Caballero, un periodista tapatío que intentaba resucitar la Revista Azul de Gutiérrez Nájera, pero con ideas literarias completamente ajenas a las que había practicado. Los poetas jóvenes habían hecho una marcha en defensa del Duque Job en la que gritaban “momias, a vuestros sepulcros” y habían firmado un desplegado en el que decían que Manuel Caballero era no sólo incapaz de apreciar la obra del autor de “La duquesa Job”, sino siquiera de entenderla. Luego organizaron un homenaje al fundador de la Preparatoria Nacional, Gabino Barreda, en el que se dedicaron a combatir el positivismo. Hace cien años, como fruto de esa batalla ganada contra los viejos positivistas, Antonio Caso dio la primera clase de Filosofía de la Universidad, en la que festejó la inminente restauración del pensamiento religioso (años más tarde, con la libertad de cátedra, festejó que las puertas de la Universidad se habían abierto para Cristo). Los poetas que habían sido fieles al Decadentismo y al Simbolismo, fueron quedando relegados literariamente. Luis G. Urbina, quien trabajaba como Secretario Particular de Justo Sierra, se acercó a los ateneístas. De esta manera, su poesía influyó en ellos, revitalizando la decaída decadencia de sus poetas. Entre Urbina y González Martínez puede verse una continuidad poética: la poesía conversacional, la construcción a base de símbolos y prosopopeyas, el tono vespertino de su obra, la noción del poema como mundo interior… Algunos de sus poemas tienen correspondencias conscientes; otros, evidencian intereses literarios sumamente cercanos. Por ejemplo:

–Dolor: ¡qué callado vienes!
¿Serás el mismo que un día
se fue me dejó en rehenes
un joyel de poesía?
(“Balada de la vuelta del juglar”, Luis G. Urbina)

Dolor, si por acaso a llamar a mi puerta
llegas, sé bienvenido; de par en par abierta
la dejé para que entres… No turbarás la santa
placidez de mi espíritu… al contemplarte, apenas
el juvenil enjambre de mis dichas serenas
apartaráse un punto con temblorosa planta…
(“Dolor, si por acaso…”, de Enrique González Martínez)

La poesía de González Martínez determinará la poesía de la primera mitad de la década de la Revolución. En ella encontraron inspiración autores como Porfirio Barba Jacob, Rodrigo Torres Hernández y los jóvenes estudiantes de la Preparatoria como Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Al interior del Ateneo, esta influencia continuará en la obra de Porfirio Barba Jacob. Su poema Canción de la vida profunda parece inspirada en un poema de Albert Samain; Fernando Vallejo, biógrafo del poeta colombiano, considera más cercana la influencia de González Martínez, pues la expresión “vida profunda” aparece en el famosísimo “Tuércele el cuello al cisne…”: “Huye de toda forma y de todo lenguaje / que no vayan acordes con el ritmo latente / de la vida profunda…” Los cuarenta años de amistad entre González Martínez y Barba Jacob resultó provechosa para ambos, opina Vallejo. También lo fue para los jóvenes escritores que vieron en la obra de González Martínez una vía para continuar el proceso de independencia del poema. Finalmente, otro neosimbolista, Leopoldo de la Rosa, colombiano como Barba Jacob, fue el último de los poetas cercanos a González Martínez: iba todas las semanas a pedirle dinero. Poeta único en todo el siglo, no trabajó jamás: vivió de pedir prestado. Sólo una vez fue contratado: en 1921, por José Vasconcelos, para dar cuerda a un reloj de pared en la SEP. Según documenta Fernando Vallejo: “Tan parado como siempre siguió el reloj, y cuando Vasconcelos le reclamó a Leopoldo éste le respondió que era muy poco los seis pesos diarios que le pagaban. Heróicamente Leopoldo nunca trabajó”. Dos poemas de los dos poetas colombianos:



Porfirio Barba Jacob
Canción de la vida profunda

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer:
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día...
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables
¡un día en que ya nadie nos puede retener!


Leopoldo de la Rosa (1888-1964)
Nocturno

VI
No sé qué me ha herido;
pero vengo triste, cansado y cobarde…
No veo mi herida; debe de estar muy honda porque los suspiros
traen y me dejan en los secos labios un sabor de sangre.

Muy allá, muy dentro de mí, se me anublan
unas soledades…
Muy allá en el fondo me llora una pena
descreída y vaga,
y un odio me ruge,
y hay una borrasca
sobre un mar oscuro que no sentí nunca;
y la luz de oro que yo no sabía que en mí radiaba,
muy allá en el fondo,
muy allá se apaga…
más allá del ritmo de mis pensamientos…
más allá del alma…

Corazón oculto:
cofre rojo y vivo de fúlgidas lágrimas:
cofre de recuerdos de besos: rubíes;
cofre en que han vertido todas las nostalgias
sus lunados ópalos; donde los carbúnculos deseos prenden
sus diabólicos ojos de sangre inflamada;
en donde han granado, la ilusión, zafiros,
y la gloria solares topacios;
y en donde han llorado su lloro esmeralda
los ojos marinos
de las esperanzas…
Corazón oculto:
cofre rojo y vivo:
¡tus joyas empañan!

No sé qué me ha herido…
Muy allá, muy dentro de mi tristeza
se arrastra y aúlla, su cubil buscando
como herida fiera.
Muy allá muy dentro soy como tierra
que aguarda un cadáver,
muy allá soy noche, sollozante de nada.
Muy allá me escucho llorar a mí mismo:
muy allá en el fondo la herida desangra…
desangra…
Más allá del ritmo de mis pensamientos…
¡Más allá del alma!


En 1910, durante las fiestas del Centenario, un joven escritor poblano llegó a la ciudad de México para leer un poema frente a Porfirio Díaz. Se cuenta que el presidente se conmovió con sus versos y que se acercó a él para felicitarlo. Sin embargo, Victoriano Salado Álvarez, que estuvo al lado de Díaz en la ocasión en que Nervo leyó por primera vez su poema “La raza de bronce”, cuenta que el Presidente, desesperado preguntó: “A qué hora se acaba la musiquita”. El joven llegado de Puebla, Rafael Cabrera, venía de dirigir una de las mejores revistas literarias de su época, Don Quijote, y gracias a la distinción que le significó estar en la Ciudad de México, pudo quedarse a vivir aquí en la casa de huéspedes de las señoritas Garay, en la calle de Donceles, en donde hizo amistad con varios miembros del Ateneo de la Juventud, como Efrén Rebolledo, Mariano Silva y Aceves y Julio Torri, quien lo recordaba con estas palabras: “Era alto, robusto, de noble apariencia. Muy blanco, sanguíneo; bajo la frente hermosa y pálida, los ojos escrutadores y la mirada penetrante. Muy atildado en el vestir y de trato muy fino… Siempre nervioso con nerviosidad un tanto enfermiza.” A propuesta de Pedro Henríquez Ureña, Rafael Cabrera y un compañero de Puebla, Alfonso G. Alarcón, se hicieron miembros del Ateneo. Según recuerda Torri, “el pintor Jorge Enciso y yo comíamos en la misma casa con nuestros dos poetas [Cabrera y Rebolledo]. A nuestra mesa solían acudir los diplomáticos don Bartolomé Carvajal y Rosas y don Luis Ricoy, viejos camaradas de Rebolledo, y algunos amigos míos como el filósofo don Mariano Silva y Aceves… Sin duda la frecuentación de tan excelentes amigos despertó y alentó en Rafael la inclinación por la vida diplomática.”

Un grupo formado por Cabrera, Silva y Aceves, Arturo Álvarez Cortina, Carlos Díaz Dufoo jr. y Torri, acudían, una vez a la semana, a los tés literarios “que se celebraban en la rica biblioteca de Pablo Martínez del Río, recién llegado de Oxford.” Resulta interesante que los principales autores ateneístas que se interesaron por el poema en prosa, el aforismo y la nueva prosa europea formaran un pequeño grupo dentro del Ateneo de la Juventud, es decir Torri, Cabrera, Silva y Aceves y Díaz Dufoo jr. Poesía en prosa: que consiste en lograr con la prosa los efectos de la poesía, siguiendo el ritmo del pensamiento, prescindiendo en lo posible de la narrativa y dedicándose a lograr un solo efecto literario –como lo sugería Poe. Aunque Torri manifestara en alguna de sus cartas que entre Cabrera y él había en el terreno literario una distancia de cuarenta años, lo cierto es que coinciden en el interés por la poesía en prosa que puede encontrarse en el libro que inició este género, Gaspard de la nuit de Aloysius Bertrand (1807-1841). En cierto sentido también la prosa breve de Charles Lamb y Marcel Schwob influyó a este pequeño grupo. Además de estos autores, hay que mencionar a Eduardo Colín, crítico literario, poeta y aprendiz de súperhombre que se levantaba todos los días a las cinco de la mañana a bañarse con agua fría antes de correr, para poder ser un digno aprendiz de Nietzsche. No es casual que se vea la prefiguración de Juan José Arreola, Gilberto Owen y Augusto Monterroso en los siguientes poemas en prosa:


Eduardo Colín (1880-1945)
UNA MUJER
Charlotte, flor de Bavaria, perdida en París en sus pensiones y sus bulevares. Venías ⎯rostro de manzana, ingenuas muselinas y ojos de muñeca⎯ de tu parroquia protestante con sus verdes praderas y sus grandes vacas tranquilas, a la Urbe.
Leías una carta en un rincón del hall y llorabas, con lágrimas auténticas (que no eran de París), y pasé. A poco sabía de tu pena, te dejé hasta el alto piso, ofreciéndote mi brazo. Y tu vida era la que apoyabas en él, en ese instante.
¡Ser útil, bueno, en el egoísmo gozador de París, qué grato! Y te llevé conmigo. No lloraste más. Huías lo rastá, espléndido parisiense, por las quietas barriadas, San Sulpicio provinciano, Montsouris con sus burgueses, un pequeño teatro, cualquier bombón. Y el cielo de París abrióse en blanco ⎯azul para nuestro idilio probo. Economizabas en el restorán, fuiste fiel, besabas seriamente, con torpeza. ¡Buena amiga fragante!...
Pasaban Mistinguet, Picasso, Marinetti, y tú no sabías de ellos. Jurabas amor. Amaste por tres años y ofrecías amar otros tres.
Sólo tres semanas... Otra carta. Hablábate de reconciliación; enfermó tu hijo. Y dejaste París.
Junto a la portiere llorabas nuevamente... Un encargo aún (un menudo encargo femenino). ⎯ ¡Adieu! Y corrí a mi curso de Lanson. Lo había perdido esas semanas.
¿Por qué no la guardé? Me he dicho a veces. ¡Qué sabe uno del amor! No lo conocemos, ni se sabe detener. Es una instantaneidad, un puntito que miramos un momento en unos ojos.
Ahí estaba, en los tuyos, Charlotte. Y pasé a otra cosa.
(En Mujeres, 1934)


Mariano Silva y Aceves (1887-1937)
LOS GRANDES EDIFICIOS
Cuando los niños van por la ciudad de la mano de sus padres, éstos les llaman la atención sobre los grandes edificios. Es muy raro que los padres no hagan esto con propósito de aprovechar la debilidad del niño para hacer un alarde de cultura.
Desde el punto de vista del niño, los grandes edificios contribuyen a fijar ideas muy exactas y útiles para la vida. Gracias a ellos entenderá claramente, por ejemplo, la superioridad del Gobierno. Un país cuyo Gobierno no sea propietario de los mayores edificios, corre el serio peligro de verse menospreciado, desde temprano, en el corazón de sus ciudadanos.
El verdadero sentido de los grandes edificios lo adquiere el niño cuando sube a una torre o a una azotea que domina la ciudad, en momentos de un acontecimiento público. Por primera vez se conmueve su espíritu con una emoción fuerte y las campanas le parecerán cosas llenas de una nobleza singular, que la poesía no hará sino precisar más tarde si acaso da con ella en su vida. Las vistas de un lejano horizonte darán a sus pies un equilibrio muy estable y al bajar sentirá que su carrera es más segura. ¿Y quién se atrevería a negar que el heroísmo puede nacer de allí? Sobre la vida de nuestro Pípila no hay gran documentación, pero la fe intensa que le guió cuando atacó la Alhóndiga de Granaditas, nos permite sospechar que tenía el sentido de los grandes edificios.


Carlos Díaz Dufoo jr. (1888-1932)
EPIGRAMAS

CREYÓ QUE LOS ACTOS heroicos no tenían consecuencias, que eran hechos aislados de la vida común –prejuicio literario corriente. Un día acometió un acto heroico, cuidadosamente preparado. Pero ese acto sui generis fructificó en hechos vulgares, en situaciones grotescas, en relaciones inferiores que le uncieron a una vida repugnante e inevitable.
* * * * *
LA INCOHERENCIA ES SÓLO un defecto para los espíritus que no saben saltar. Naturalmente, sólo pueden practicarla los espíritus que saben saltar.
* * * * *
LA VIDA, COMO UN soplo remoto, pasó entre sus dedos, íntima y ajena. De su visita quedó la huella del viento que agitó las hojas.
* * * * *
EL VENDEDOR DE INQUIETUDES
(En la feria de las novedades psicológicas. Mil años después de Freud.)
–Venid: fabricados científicamente, perfeccionados por prácticas centenarias de laboratorio, os ofrezco procedimientos increíbles, capaces de cambiar vuestro pacífico orden por inquietudes sutiles, tormentosas o crueles; inquietudes que llenan no más un instante de la vida y que son luego un recuerdo melancólico de cosas que tal vez no fueron; inquietudes que llenan una vida y la sujetan al yugo de la dura necesidad; inquietudes que hacen cambiar un mundo e inquietudes que rizan levemente un espíritu con la magia de lo inútil. Yo puedo daros el regalo de lo imprevisto y poner en vuestra sencillez el fermento de la divinidad. Tengo aquí para vosotros un poco de dolor y un poco de gracia.
(De Epigramas)


Julio Torri (1889-1970)
A CIRCE

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

ESTAMPA ANTIGUA
NO CANTARÉ TUS COSTADOS, pálidos y divinos que descubres con elegancia; ni ese seno que en los azares del amor se liberta de los velos tenues; ni los ojos, grises o zarcos, que entornas, púdicos; sino el enlazar tu brazo al mío, por la calle, cuando los astros nos miran con picardía, a ti linda ramera, y a mí, viejo libertino.

DE FUNERALES
Hoy asistí al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo muy torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! con alabanzas para el difunto. El orador es casi siempre el mejor amigo del muerto, es decir, un sujeto compungido y tembloroso que nos mueve a risa con sus expresiones sinceras y sus afectos incomprensibles. Lo menos importante en un funeral es el pobre hombre que va en el ataúd. Y mientras las gentes no acepten estas ideas, continuaremos yendo a los entierros con tan pocas probabilidades de divertirnos como a un teatro.


El poema en prosa, el verso libre, son medios para escapar del modernismo. Los ateneístas los usaron como llaves para salir de una cárcel. Aun cuando no todos lo lograron. Hasta 1935, Antonio Caso continuaba escribiendo para emular a Othón o a Díaz Mirón. El modernismo, sin embargo, no murió. Fue desplazado. Tal vez, incluso siga vivo, errando como alma en pena. Como sus cultivadores, como Nervo que viajó por España y Argentina; como Tablada por Venezuela y Estados Unidos; como Othón por las sierras agrias del desierto; como Díaz Mirón por Cuba. Si vuelve, que sea para ser leído. Si se lo merece. No lo creo. Cada nota al pie es un grillete más que arrastra. Yo no sé si sea capaz de mostrarse ante nosotros como un fantasma libre. El Ateneo lo aceptó, pero sólo para inmediatamente enfrentarlo. Aceptó la influencia de Othón y de Gutiérrez Nájera, para alejarse de ella. Sólo que como no sabía cómo alejarse de ella, chocó en varias ocasiones con sus influencias. También salió, es cierto, pero salió con cierta cortesía. Fue saliendo de una habitación en partes. O más bien, fue sacando a su invitado por partes. Hasta que no quedaba nada del huésped, ni del anfitrión. Sólo el cuarto del Modernismo con sus cuadros y sus objetos. Todo lo demás son retazos. Diáspora de la huída de los ateneístas. No todos se dirigían al mismo sitio ni desembocaron como ríos en un mismo mar. Efrén Rebolledo que se vaciaba de sí mismo, como para realizar el vaciado de una escultura, de una escultura sexual, en la que por primera vez se mostraba antes que ocultarse el sexo de la misma manera que la pedrería preciosista. Luis Castillo Ledón, que escapaba de la poesía y que en 1916 decidió publicar un solo poemario antes de dedicarse a la Historia. Junto con Amado Nervo, fue el único que utilizó el arte mayor de la España medieval, pero en su caso para hacer un poema que por intentar la preservación de la moral, tropieza y cae en la pederastia y el sacrilegio. Y Ángel Zárraga, pintor, poeta limitado, pero que tuvo un momento importante, pues fue el primer poeta mexicano que conoció la obra de Apollinaire, la posibilidad del simultaneísmo, de descomponer la realidad en partes y pegarlas desde distintas perspectivas, sólo para descubrir que la realidad no encaja consigo misma.

Como se dijo al principio, una lira quedó debajo del polvo, en la que el Ateneo cantó su canción, la recojo y la toco, yo también soy polvo. Lo mejor es tenderla hacia una mano que la ejecute con mayor precisión.


Efrén Rebolledo (1877-1929)
Posesión

Se nublaron los cielos de tus ojos,
y como una paloma agonizante,
abatiste en mi pecho tu semblante
que tiñó el rosicler de los sonrojos.

Jardín de nardos y de mirtos rojos
era tu seno mórbido y fragante,
y al sucumbir, abriste palpitante
las puertas de marfil de tus hinojos.

Me diste generosa tus ardientes
labios, tu aguda lengua que cual fino
dardo vibraba en medio de tus dientes.

Y dócil, mustia, como débil hoja
que gime cuando pasa el torbellino,
gemiste de delicia y de congoja.


El beso de Safo

Más pulidos que el mármol transparente,
más blancos que los blancos vellocinos,
se anudan los dos cuerpos femeninos
en un grupo escultórico y ardiente.

Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
combas rotundas, senos colombinos,
una lumbre los labios purpurinos,
y las dos cabelleras un torrente.

En el vivo combate, los pezones
que se embisten, parecen dos pitones
trabados en eróticas pendencias.

y en medio de los muslos enlazados,
dos rosas de capullos inviolados
destilan y confunden sus esencias.


Luis Castillo Ledón (1879-1945)
En elogio de los senos

¡Oh, los senos!…
Son floreros de albo raso, turgescentes, duros, plenos,
oprobiosamente ocultos tras los cándidos corpiños.
Son nectarios ampulosos, breves, blancos o morenos,
que debieran verse libres, germinar sin desaliños,
ostentando al aire todos sus espléndidos adornos
como en tiempos ya lejanos, en que el culto de esas cosas
todas luz y blandas líneas y suavísimos contornos,
elevaba a las mujeres hasta el rango de las diosas.

Como rosas
tiritando entre la nieve que se hacina en los barbechos,
o cual aves que friolentas tremolaran sus plumajes,
son los senos impolutos, son los castos leves pechos,
que al impulso del aliento van alzando sus encajes.
¡Oh preciosos hemisferios de tersura marfilina!
Yo quisiera acariciarlos cuando alguna vez os veo,
pero pienso que si toco vuestra piel alabastrina,
borraré tal vez mi culto con la mancha del deseo.

Aleteo
de paloma que despierta, de paloma esperezante,
tiene el seno que se asoma sobre el arco de un escote;
y semejan los globos, blancas lunas en menguante
que entre nubes vaporosas en un cielo hacen su brote.
¡Senos blancos, yo os adoro con las ansias de un amante!
¡Senos blancos que se esponjan, que se ofrecen y hacen gala
de belleza con el brillo de su aspecto rozagante!
¡Senos blancos que han bañado blancas luces de Bengala!

Como el ala
augur del cisne, son los senos eucarísticos de Leda,
y tan diáfanos y frescos, que su hálito provoca
y convida hasta palparlos... ¡Pero el blanco de su seda
no permite que se toquen sino sólo con la boca!
¡Níveos senos que se yerguen como plácidos pompones,
como eurítmicas magnolias, como flores del pecado:
son hermosos porque os ornan esos cárdenos botones,
porque late siempre un bello corazón a vuestro lado!

Yo he soñado
ver los senos de mi amada, bajo el sol de Himeneo
semi-ocultos entre blondas sus esféricos perfiles;
palpitantes, al influjo de un tremor, de un tembelequeo,
y rindiéndose al halago de unas manos infantiles.
Ver gustar con ansia y gula sus pezones rubicundos,
por los labios de algún niño que sus jugos aproveche,
y que rudamente opresos, en contactos furibundos,
viertan raudas sus heridas, en lugar de sangre, leche!

Yo os adoro
senos breves de las niñas encubiertos con desdoro;
capullitos apretados, puntiagudos y distantes;
senos firmes de novicias que en el claustro y en el coro
renegáis de vuestro sexo, de sus savias fecundantes.
¡Oh los senos de las madres siempre llenos y abultados:
sois dos ánforas de vida. Sois un dulce abrevadero
donde beben la existencia tantos seres adorados!…
¡Cómo os amo, senos blancos; cómo os amo, cómo os quiero
y os venero!


ÁNGEL ZÁRRAGA (1886-1946)
ODA A LA VIRGEN DE GUADALUPE
CANTO I

EL ÁNGEL
Compuerta mal cerrada
para el agua turbia de mi palabra:
mi garganta.
Un nudo en mi garganta y otro
nudo ciego en mi corazón.
Oscuro trabajo subterráneo de mi vida,
donde se anudan ciegamente las raíces.
Temblor de motor en las matrices desgarradas
del imposible parto. Palabras…
Palabras escritas.
Palabras…
Palabras habladas.

Clavado al árbol, entre tierra y cielo,
sin más tortura –hay algo más terrible que la tortura–
que el delirio
del cielo suprarreal.
Mis pasos van, pesados tanto
como los del buzo a la presión normal.
Ángel patudo que quiso volar y no pudo.

Inextricable maraña.
Arquitectura de la tela araña antes de la mañana,
en la terraza de Elsinor.
Tela de araña en close-up y aumentada diez mil veces
(he perdido la escala y no sé si es al 1 x 10
o al 10 x 10 000).

Doctor, ¿es la gangrena?
Tengo una llaga en la pierna izquierda
como la de mi patrón san Roque,
como la de mi rey Tizoc.
Y nací entre el león y la Virgen.
Pero sobre el santo y el rey y sobre el león y la virgen,
el aleteo loco del pájaro atado por la pata izquierda
con un hilo que no se rompe.
Manos crueles e inocentes
del niño que está dentro de mí.

Transmutación constante. Retortas y alambiques.
Alambicada, retorcida esencia de mi ser.
Exorbitados y quemados de angustia, mis ojos
reflejan la llama verde,
la llama roja,
la llama azul,
y las tres llamas en una como la Santa Trinidad.
¿Hay un pedazo de sol en el crisol
o es sólo el sol negro de mi subconsciencia?

Se desdobla el viento.
Se desdobla el tiempo.
Y el gallo de la veleta gira en el centro fijo
de un ideal círculo horizontal
a 500 kilómetros por hora… Y el pico
no sabe dónde esperar el grano, en los millones
de pétalos de la rosa de los vientos.

La luna en el cielo se harta de nubes.
Paz aparente del campo.
Y la guerra, la guerra, la guerra
entre el hombre que está a mi vera,
vestido solamente del acero de su escudo,
y el otro, hediondo y negro,
y que no se ha lavado nunca
y que espera su hora a mi siniestra.

Proa del barco que no zarpa nunca
o que zarpará un día, en los siglos de los siglos,
cuando las cadenas vuelvan al polvo,
cuando el ancla se desmorone
como los raigones en una mandíbula milenaria.
Barco fantasma entonces,
huracán sin ruido,
idea fija en la inmensidad circular…
Y una tras otra,
en los bordes inmensos de los horizontes sucesivos,
excéntricos,
las mil y una tierras de las posibilidades.

Confines de la tierra entre las cuatro paredes
del cuarto donde escribo,
sin puertas ni ventanas.
Confines de mi cuarto –el círculo en un cuadro–,
confines de la tierra –trescientos sesenta grados–:
trescientas sesenta hojas que deshojo,
ridículo y adolescente
(un peu beaucoup passionément pas du tout);
y el libro sin fin que hojeo
y en el que cada línea es un desenlace
y que puedo leer como un anagrama
o como un caligrama, y de derecha
a izquierda, y de izquierda
a derecha, o como un crucigrama. ¡Oh Cruz!

Palabras escritas en la página de un lago
(Erie Xochimilco Maggiore Chapala)
de un paisaje de cromo.
Palabras habladas desde la más lejana
barrera del mundo,
y que no suenan
porque anoche el viento
se llevó la antena del jardín.

Confines del mundo.
Murallas, murallas… Murallas
del confín del mundo, del fin del mundo.
Murallas de nieve, de bruma, de jade.
Murallas: un frontal, dos parietales, dos temporales,
un occipital.

Un signo, el signo intacto, el signo nuevo
antes de los tiempos,
el signo sólo para mí solo,
¡oh mis Babeles!
A puñadas mis manos golpean
–28 falanges, hecatombes
de carpos y de metacarpos–
contra los muros de cal y canto.
Diez uñas en astillas
contra los muros de cal y canto
chorrean sangre.
Y mi garganta de estropajo
en el cero ecuatorial.
Y mi corazón en la Piedra de Sacrificios.
¡Mi deuda milenaria, Huitzilopochtli!
Y mis pies de trapo. Y mis ojos al revés…
One, two, three, four, five, six, seven,
eight, nine…

¿Out?
No.
¡Las rosas de tu tilma en mi sangre, Juan Diego!
París, 1917

(Conferencia leída en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, 10 de diciembre de 2009. Leyeron los textos poéticos Blanca Luz Pulido y Eduardo Langagne. Una versión resumida apareció en la revista "Tierra Adentro" 161-162, diciembre de 2009-marzo de 2010)