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viernes, 30 de octubre de 2009

Murieron otros… (sobre Pedro Requena Legarreta y los poetas muertos)


A la derecha, casa de Pedro Requena Legarreta

Para mi amigo Christian Gaudí, quien murió a los 24 años el 4 de abril de 2009

I
Los muertos rieron, tocaron pieles, amaron, besaron labios, durmieron, despertaron, la admiración los turbó por un momento. Y luego su vida se detuvo, repentinamente, como para dar la imagen de la perfección. Como si el río de la vida, congelado de pronto, guardara la ilusión de la vida. Y el momento de la felicidad quedara petrificado dentro de una gota de ámbar para ser contemplado. Entonces, se opera una inversión que nos hace a los vivos: incompletos. La vida aún no se resuelve en nosotros, no ha desembocado en ninguna parte. Y los muertos, desde su culminación, nos miran, perfectos.

Y luego están aquellos muertos que pelearon valientemente y que ahora nos dan una bella lección histórica, ya que partieron hacia la guerra para enfrentar su destino y pelear en las trincheras por intereses que afortunadamente no comprendían. Tenían una cita con la muerte e hicieron de su destino personal una bella parábola que felizmente oculta los motivos económicos que llevaron a la muerte a ocho millones de personas en la Primera Guerra Mundial. Iban alegres, con una misión histórica a cuestas y sólo vieron el horror de la guerra cuando ya no era posible volver atrás.

Después vino la influenza, la cual mató probablemente a cien millones de personas en el mundo, entre 1918 y 1919. Se le llamó gripe española, no porque hubiera surgido en ese país, sino porque fue el único gobierno que no ocultó los datos de la enfermedad que tenía un índice de mortandad del cincuenta por ciento.

Ese terreno desolado fue el suelo propicio para que brotara el ocultismo, y se recopilaran enormes cantidades de testimonios de presentimientos, premoniciones y de telepatía de ultratumba. Pues “jamás nuestra tierra, desde que se humanizó, vio acumularse sobre ella, en tan poco tiempo, semejante masa de muertos jóvenes ávidos de sobrevivir” (Maurice Maeterlinck, El huésped desconocido). La desesperación de otorgar a cada muerte individual un sentido trascendental, que explicara la causa por la que toda una generación se extingue en plena juventud, en cierto sentido hace comprensible la difusión de la obra de Rabindranath Tagore (1861-1941), en la cual el ser supremo tiene la cortesía de enviar un emisario para avisar a cada hombre la decisión de su muerte. ¡Y aun el agonizante elevaba una alabanza para agradecer su destino!

El año más importante fue, definitivamente: 1914, el inicio de la guerra por la cual “la eternidad se sentía orgullosa del hombre” (Antonio Castro Leal). ¿Qué resonancia sentimental tenía en aquellos que fueron llamados para morir? El mismo crítico escribió al respecto: “El mejor día, hastiados de la tranquilidad, nos arrojamos fuera de nuestra patria. En la mesa de trabajo queda un manuscrito sobre la poesía bucólica y en el bolsillo del abrigo nos ponemos unas cuantas monedas y los diálogos de Buda. Partimos. En ocasiones hasta el infierno es un país agradable, por nuevo… La guerra no me aparece, decía un soldado, en su aspecto moral sino en su aspecto cósmico.” Ignoro si esta consolación haya servido a algún poeta. Ni siquiera sé si su propia poesía le haya servido para explicarse el horror de su destino. Pero el poeta estadounidense Alan Seeger (1888-1916) murió en acción, en Belloy-en-Santerre, pues se unió a la Legión Extranjera para pelear por Francia. T.S. Eliot, su compañero de clase en Harvard, escribió sobre él: “Seeger era muy serio en su trabajo y vertió mucho dolor sobre él. El trabajo está bien hecho, y tan pasado de moda que eso casi lo dota de un atributo positivo. Es de altos vuelos, pesadamente decorado y solemne, pero su solemnidad lo abarca todo, no es una mera formalidad literaria. Alan Seeger, como alguien que lo conoció, puedo atestiguarlo, vivió su vida entera en este plano, con impecable dignidad poética”. Seeger vivió en México de 1900 a 1902 y frecuentó las librerías de viejo de la capital; según Castro Leal “contagiándose de los vicios del país, publicaba un periódico literario que nunca aparecía en su fecha… El cuadro del paisaje de sus poemas es bien mexicano y hasta hay en su canto un movimiento melódico, aprendido de seguro en nuestra tierra”. También murió Rupert Brooke (1887-1915), el amigo de Robert Frost, a quien W.B. Yeats llamó “el joven más bello de Inglaterra”. Murió durante una batalla en la isla griega de Skyros por lo que la juventud de su país lo reconoció como un nuevo Byron. Su amigo, el compositor W.D. Browne, que estaba a su lado cuando murió, dejó escrito en su diario: “Me senté con Rupert. A las cuatro de la tarde, comenzó a debilitarse, y a las 4:46 murió, con el sol que brillaba en todas las partes, y la fresca brisa marina que sopla por la puerta y las ventanas protegidas del sol. Nadie podría haber deseado un final más tranquilo que en aquella bahía encantadora, protegida por las montañas y fragante con la salvia y el tomillo.” Y murió Leslie Coulson (1889-1916), de quien sólo se recuerda su carácter amable durante los días de la guerra. Murieron más poetas. Murieron otros –pero eso sucedió fuera de la poesía.


II
Existe un cuadro del poeta Pedro Requena Legarreta pintado en 1917, por Alfredo Ramos Martínez. Pedro murió en 1918, en Nueva York, a los 25 años, víctima de la epidemia de influenza. Entonces, su padre, José Luis Requena mandó hacer para ese retrato un marco de madera representando una lira con las cuerdas rotas. Ambos –poeta y pintor– caminaron por la campiña en busca de la inspiración. Requena escribió: “Y tú y yo llevábamos, en la sangre presas, intuiciones y ansias de luces y vuelos, sorpresas causantes de nuevas sorpresas, anhelos creadores de nuevos anhelos. Y en el alma amores e ideas opimas, que a expresarse tienden en ritmos diversos, tú captando luces, yo apresando rimas, ¡Oh vida, ambos ebrios de sol y de versos!” (“Cuadros y versos”)

Cuando murió el poeta terminaron las tertulias del restaurante El Angelo, de la Calle 8, en donde se reunían Amado Nervo, José Juan Tablada, Joaquín Méndez Rivas, el poeta hondureño Alfonso Guillén Celaya, Antonio Castro Leal, José Santos Chocano y Salomón de la Selva, entre otros. Ahí, Rubén Darío había elogiado el talento de Pedro. Ahí, Nervo le había ofrecido llevarlo consigo a Argentina para ayudarlo a difundir su obra. Entonces, su cuerpo embalsamado fue enterrado en el cementerio de Woodlawn, en donde permaneció hasta el 19 de octubre de 1920, cuando sus restos fueron trasladados a México. En octubre de 1922, por iniciativa de José Vasconcelos, Rector de la Universidad Nacional, se le realizó un homenaje en el Panteón Español con la participación de Manuel Toussaint y de Carlos Pellicer, quien se refirió a Requena con estas palabras: “Indudablemente la juventud de México ha perdido con él a su poeta mejor. Hermosa vida de cinco lustros, consagrada al amor, a la amistad y a la belleza. Espíritu ferviente y manos gentiles, existieron para la dicha casi exclusivamente… suspendamos este recuerdo sin decir la palabra postrera.”

Requena pretendía ser el mejor traductor de poesía en México, aunque también dejó una notable obra personal. En Nueva York, conoció a Tagore en una de las conferencias del escritor Nobel en el Carnegie Hall, durante 1916. Sobre este encuentro, Requena escribió: “La voz aguda de Rabindranath Tagore, una voz penetrante y bien tímida, tórnase grave y pausada cuando asienta los principios de su filosofía, apasionada cuando habla en defensa de su patria o en contra de Inglaterra, e irónica cuando satiriza finamente los progresos morales de los pueblos de occidente” (Revista Universal, Nueva York, diciembre de 1916). Posteriormente, Tagore conversó en varias ocasiones con Requena acerca de su obra literaria. Joaquín Méndez Rivas, amigo del traductor, anota que las traducciones del Gitanjalí se hicieron a partir de las versiones que Tagore hizo de su propia obra al inglés; pero Requena, para intentar acercarse en lo posible al sentido original, estudió la filosofía de los upanishads y recogió datos del propio autor.

Como parte de la colección Cvltvra, apareció en 1919 la Antología de poetas muertos en la guerra (1914-1918) con versiones de Pedro Requena y un ensayo y notas de Antonio Castro Leal. La antología es una muestra literaria de una generación que murió en la guerra europea; en ella se encuentran siete escritores ingleses, seis franceses y un estadounidense, nacidos entre 1868 y 1895. Los autores de la Antología consultaron en Nueva York la amplia bibliografía que fue apareciendo luego de la muerte de los poetas. Antonio Carreira, uno de los más importantes especialistas en Góngora, considera a los poetas del libro “magníficamente traducidos” y aventura que Max Aub pudo componer su libro Imposible Sinaí (1982, póstumo), una muestra de poetas y traducciones apócrifos, inspirado en la Antología de poetas muertos en la guerra.


III
El 16 de octubre de 2005, a las seis cuarenta de la mañana se derrumbó una casa que se encontraba en la calle de Santa Veracruz 43. Durante mucho tiempo fue conocida como Casa Requena, hasta que el nombre fue olvidado y se comenzó a llamar Mansión Mazahua por haber servido de hogar a 42 familias indígenas durante años. En el centro del patio estaba la vieja fuente, tapada por los escombros. En las paredes del primer piso se encontraban aún los mosaicos venecianos pintados a mano que la familia Requena mandó traer de Europa para decorar la casa. Antiguamente, la Casa Requena había sido una de las residencias porfirianas más célebres, por la decoración delirante que José Luis Requena había mandado hacer, gracias a la fortuna que había hecho como empresario minero. Por los días del derrumbe, alguna persona pegó sobre la fachada una serie de fotos de la casa con la decoración original. Las fotos de Pedro y de los muebles art nouveau que hace décadas la familia donó a la Universidad de Chihuahua. Las fotos de las recámaras copiadas de los cuentos de Perrault. Los muebles que parecían inspirados en los dibujos de Julio Ruelas.

Pedro Requena vivió en esa casa durante su infancia y adolescencia. Aunque fue enviado a estudiar a Estados Unidos, regresó para inscribirse en la Escuela de Jurisprudencia. Pasó esos días con sus amigos en la pastelería El Globo, en los teatros que presentaban óperas italianas y leyendo a los escritores franceses cuyos libros había traído de Europa su amigo Víctor Velázquez –hijo adoptivo de Félix, sobrino de Porfirio Díaz. Pero su vida en la Santa Veracruz terminó cuando su padre estuvo a punto de ser asesinado por Victoriano Huerta, por haber participado en la candidatura presidencial de Félix Díaz. Entonces, la familia huyó del país y se dirigió a Nueva York. Entre otras circunstancias, la lejanía es una de las causas por la que la obra de Requena se ha olvidado completamente. Tuvo un destino literario que Gabriel Zaid resumió de esta manera: “Requena pasó de ser famoso, sin ser leído, a quedar descartado, sin ser leído”.

(Revista Tierra Adentro 159, agosto-septiembre de 2009)

martes, 6 de octubre de 2009

El sentido cervantino dentro de la obra de Alfonso Reyes (Reflexiones en forma de espiral)


Para Sergio Fernández

Miguel de Cervantes nunca fue una circunstancia “exterior”, es decir nunca fue motivo de unión pública para los ateneístas. A estos jóvenes los unió primero su guerra contra Gabino Barreda y su interés en sacar el positivismo de la Escuela Nacional Preparatoria; luego, su deseo de conocer la pintura europea; defender el legado de Manuel Gutiérrez Nájera; dar conferencias acerca de lo que era la actualidad cultural en México y Europa; leer a los griegos –y a los alemanes que se consideraban helénicos (y sortear a Nietzsche, quien les dio motivos de preocupación moral). Y hay que aceptar que como generación hicieron bastante al redescubrir a sor Juana y a Juan Ruiz de Alarcón. El tercer centenario de la publicación del Quijote pasó por encima de ellos, como pasa el agua de la tormenta por encima de una casa de dos aguas, mientras adentro se habla del buen tiempo. Los mayores –Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo y Francisco de Icaza–, ellos sí se ocuparon de Cervantes, pero por alguna causa, los jóvenes se encontraban lejos de su influencia. (Susana Quintanilla en su reciente libro “Nosotros”, sólo hace una mención a Cervantes: Reyes y Torri se conocieron platicando del libro Novelistas anteriores a Cervantes, de Buenaventura Carlos Uribau.)

Si hago esta circunscripción es porque quiero preguntarme cuál es la razón por la que Cervantes aparece sólo de manera marginal en uno de los principales grupos de humanistas de México. Porque frecuentemente se da por hecho que Miguel de Cervantes está ahí de una manera tan real y objetiva como si siempre hubiera estado con la misma fuerza. Decía que adentro de la casa se hablaba y afuera llovía, y bien podía ser un diluvio y la casa flotar por encima de la inmensidad del agua, de todas formas, uno está obligado a meter sólo una pareja de cada especie al interior para preservarla de la inundación. Y ya se ha hecho suficientemente el censo de lecturas del Ateneo (Goethe, Nietzsche, Anatole France, Góngora, Shakespeare, Schopenhauer, Platón, Walter Pater, William James, Rodó, Poe, Azorín, d’Annunzio, Darío) como para saber que el encuentro con Cervantes se trata de un asunto estrictamente personal, que tiene que ver con ese “yo” que fabrica su propia obra artística. Y ese hombre que pretende ser provechosamente nacional abre la puerta de su casa, como para huir de su propia circunstancia y cae inesperadamente en un mar generosamente universal de la cultura.

Yo no soy cervantista y mi acercamiento a su obra es necesariamente externo, es decir que lo veo en relación con todo lo demás. Y generalmente escucho que Cervantes es un problema resuelto, que por ciertas razones es la literatura de donde parte toda la concepción moderna del arte. Pero eso no es así, o por lo menos no fue así para Alfonso Reyes, quien se enfrentó a la literatura española con otra “correlación de fuerzas” (si se me permite usar esta expresión) y tuvo que comenzar a despejar sus incógnitas de manera personal. Darle un sitio a Góngora, pues le tocó admirar su obra antes de su descubrimiento oficial. Y dedicar su tiempo al Arcipreste de Hita, a Gracián, a la picaresca española. Y a un enigma llamado Cervantes. Un enigma que no está ahí para que lo solucionemos sino para convertirnos en parte del problema. Una obra literaria en la que los personajes no saben que son literatura y son transformados en literatura por un personaje que al imitar a los antiguos caballeros andantes comienza a convertir su realidad en una realidad literaria de una manera tan convincente y voraz que se vuele el epicentro de una conversión generalizada. Y para que ésta se logre realmente, tiene que abolir la frontera entre el adentro y el afuera de la obra.

“El cervantismo de Alfonso Reyes es muy marginal”, escribió Manuel Alcalá en 1966. Si regreso a este tema luego de que ya se ha enunciado algo tan categórico es sólo para extraer un sentido a una serie de textos y comentarios dispersos en la extensa obra ensayística de Reyes, a lo largo de cincuenta años. Y una relación literaria que supuestamente comenzó en la infancia: “Mi primera lectura data de aquel enorme infolio con las magníficas ilustraciones de Doré que hacía mis delicias en la casa paterna. El volumen me ‘quedaba grande’, y yo tenía materialmente que sentarme en él para leerlo” (“Quijote en mano”). Una relación menos estrecha de lo que pretendía cuando le escribió a Henríquez Ureña en 1908: “¡Ah! También voy a leer el (Quijote) (que quiere decir X 4ª vez)” Una afirmación hecha a los 19 años y que no creyó José Luis Martínez (“una presunción infantil, típica de la ambición intelectual”) y posiblemente tampoco Henríquez Ureña quien respondió con una frase más o menos hueca: “El látigo de la sátira está fabricado con fibras del propio corazón desgarrado”.

El general Bernardo Reyes se equivocó al pretender suceder a Porfirio Díaz, y la misma tarde que se lo propuso al dictador fue exiliado del país. Volvió a equivocarse el día de su muerte, cuando trató de entrar a Palacio Nacional, el 9 de febrero de 1913, y fue alcanzado por una bala. Alfonso salió de México luego de negarse a colaborar con el gobierno de Victoriano Huerta. En España comenzaron las primeras menciones a la obra de Cervantes, aunque tienen un carácter indirecto ya que provienen de la lectura de la obra de Azorín. En 1900, este autor había escrito El alma castellana, dos retratos líricos de Castilla, dedicados al siglo XVII y al XVIII, para dejar constancia de una continuidad en el tiempo, una continuidad conocida como “alma” que pretendía darle contenido al problema del nacionalismo; y cinco años más tarde, La ruta de don Quijote, un encargo de Manuel Ortega Minilla, director de El imparcial, para que Azorín viajara a La Mancha y le explicara minuciosamente al lector español cómo eran trescientos años después los pueblos que visitaron don Quijote y Sancho. (Para más señas, Ortega Minilla le regaló previsoramente un arma de fuego a Azorín para que se defendiera de los salteadores de caminos.) A lo largo de los pueblos, pobres y abandonados, el autor vio o quiso ver la realidad como una extensión de la novela de Cervantes. Azorín, un costumbrista que pretendía construir cierta metafísica de las costumbres, escribió largamente sobre Cervantes siempre en estos términos. Pero su “alma castellana” siempre fue cervantina. Visión de Anáhuac (1917), la descripción alfonsina de la ciudad de México en el momento de la llegada de Cortés, pretendía ser el primer capítulo de una serie dedicada a describir el carácter mexicano, siglo por siglo, a la manera de Azorín. Con lo que quiero decir que en ese momento Azorín fue más significativo para Reyes que Cervantes y que el par de notas que dedicó a Cervantes en 1915 y 1916, fueron a propósito de los textos de Azorín, La ruta de don Quijote y una novela sobre la juventud de El licenciado Vidriera.

La mayor parte de las referencias a Cervantes en la obra de Reyes son las diez recensiones de libros que escribió para la Revista de Filología Hispánica y dos más para el diario El Sol, entre 1916 y 1918. Las cuales no pasan de las 20 cuartillas pero ayudan a conocer las ideas en torno al Quijote que comenzaron a circular en España hace noventa años: el anuncio de las ediciones de Rodríguez Marín, el comentario de Cervantes en la literatura inglesa, de José de Armas, del que Reyes extrae el siguiente párrafo: “Con muy justificada satisfacción ha dicho este eminente hispanista (J. Fitzmaurice-Kelly) que su patria fue la primera en traducir el Quijote, la primera en publicarlo en español lujosamente, la primera en hacer el comentario de su libro y la primera en publicar una edición crítica de su texto, la de 1899.” Y a propósito de Cervantes y el romancero, de Chacón y Calvo, Reyes escribe: “Cervantes, como lo es por su espíritu toda la literatura clásica española, era un folklorista; no sólo por el folklore que en su obra aprovecha, sino por el procedimiento constructivo de su obra. Aun sin refranes y bailes, su obra sería de inspiración folklórica; pero, entendido esto, cobran mayor sentido todos los elementos directos de corte popular que la obra contiene.” Por encima de los ensayos publicados en esa época, hay dos obras que parecen haber interesado más a Reyes, la conferencia sobre don Quijote de William Paton Ker y el ensayo de Giovanni Papini “Don Quijote del Engaño”, publicado en La Voce, de Firenza, en 1916. Acerca del crítico español, escribe: “Las opiniones literarias de Cervantes… ofrecen un problema que no siempre ha sido bien planteado: el Quijote las expone muy largamente. Y resulta que ese libro tan generoso y tan amplio fue escrito por un hombre que participaba de todas las supersticiones de la preceptiva de su tiempo”. El “descuido” técnico de Cervantes hace del Quijote uno de los libros más descuidados: “si fuera antiguo, los críticos habrían creído hallar en él, como en la Ilíada, varios autores y varios interpoladores sucesivos.” Pues entonces se encontraba presente la polémica de si era pertinente leer “filosóficamente” el Quijote (José Enrique Varona, según Reyes, rechaza esa lectura en su libro Cómo debe leerse el Quijote). Sin embargo, Ker sugiere que es imposible leer la novela siguiendo sólo alguna de las intenciones manifiestas del libro, ya que se llega a un callejón sin salida o a una serie de contradicciones. Toda la novela es “una selva de invenciones, pero también de intenciones e ideales artísticos”. En este contexto, la lectura de Hegel: el libro contra la caballería es esencialmente caballeresco en la persona de don Quijote.

La interpretación de Papini, según la cual don Quijote no es un loco sino un imitador que se finge loco y que logra engañar a todos, incluyendo a Cervantes, parece haber tenido mayor influencia sobre Reyes. El sentido profundo del protagonista sería: romper con las limitaciones de su ambiente fingiéndose loco para poder viajar, pues sólo los locos tienen el privilegio de errar a su antojo. El verdadero loco es Sancho, que cree en don Quijote, el cual a su vez no tiene ninguna virtud, ya que ayuda a los débiles por imitación, nunca por convicción. Los demás personajes sospechan de su cordura, al punto de llamarlo “el cuerdo loco”. La cueva de Montesinos es la clave de su disimulo; y para en seco a Sancho, cuando éste comienza a inventar: “Si quieres que te crea, créeme mi historia de la cueva de Montesinos”. Papini y Ker coinciden en la necesidad de desconfiar de las intenciones manifestadas en la novela. Ya que se trata de una “miscelánea” en la que aparece poesía burlesca, novelas insertadas, crítica literaria de manera directa o en forma de parodia, trozos retóricos sobre temas y lugares comunes medievales o humanísticos. Pero en medio de todo esto se abre paso el tema fundamental, el viaje, porque los libro más profundos y populares son los de viajes, La Odisea, La Eneida, La Commedia, Gulliver, Robinson, Simbad, Fausto. “Todo gran libro es un remedo del Juicio Final, y para juzgar a los hombres hay que viajar y conocerlos”.

Luego de estas breves anotaciones sobre Cervantes, Reyes se refirió a su obra siempre a propósito de cualquier otro asunto. Siempre de una manera característica de su procedimiento creador, es decir, anotando diariamente, sumando cuartillas para organizar un libro, la obra cervantina puede decirse que revoloteó sobre las cuartillas de Reyes. Adolfo Castañón y Alicia Reyes seleccionaron 140 pasajes en los que el ensayista rememora un pasaje o pone un ejemplo extraído de la obra de Cervantes. Ciertos pasajes estuvieron presentes siempre, como la quema de libros hecha por el barbero y el cura, la cual es atribuida por don Quijote a su enemigo el sabio encantador Frestón. Para Reyes, Frestón es un personaje con aspectos liberadores, pues no se puede emprender la aventura ni el heroísmo si se tiene a cuestas una biblioteca de 10 mil volúmenes. Por eso los héroes no tienen libros. Si tan sólo viniera Frestón a hacer la crítica literaria de nuestras bibliotecas para aligerarnos la vida, porque un libro llama a más libros. “Leer y escribir se corresponden como el cóncavo y el convexo; el leer llama al escribir, y éste es el mayor y verdadero mal que causan los libros” (“Mal de libros”, en Calendario, 1924).

De esa quema de libros, Reyes toma el nombre de Antonio de Torquemada, ya que es uno de los autores enviados a la hoguera, aun cuando en el Persiles, es tomado como modelo para la descripción de las regiones nórdicas. Así es que el único ensayo largo de tema cervantino es el dedicado a Torquemada, en 1957, el cual es una monografía de los libros “censurados” por Cervantes. Antes, sólo hizo un relativo balance de su lectura en el ensayo “Quijote en mano”, de 1947. Reyes adoptó frente a esta obra una actitud enciclopedista, pues sus comentarios son observaciones léxicas, aspectos detallados de la expresión cervantina, y sobre todo son señalamientos de pasajes que pueden servir como ejemplos útiles para acomodar en la propia obra. Me parece que hay cierta desilusión de parte de Reyes ante don Quijote y ante Sancho. Treinta años después de su comentario a Papini, todavía resuena esta teoría en su mente, sobre todo en la afirmación del ensayista italiano: “En la vida del Quijote no hay drama porque no hay seriedad”. Pero Reyes intentó buscar “el drama”, y por eso meditó acerca de la relación de los personajes. Y casi llegó a la conclusión de que algunos –los más– son descreídos y sólo don Quijote vive sumergido en su alucinación. “Sólo Sancho Panza vive en un patético vaivén. Ya duda, ya cree, ya sigue a don Quijote a ojos cerrados; ya se le aparta, a veces irónico y otras simplemente desconfiado. Este vaivén de Sancho Panza es el dinamismo trágico del Quijote. En su corazón, y sólo en su corazón, acontece la verdadera tragedia. Desde que Sancho entra en arreglos con Don Quijote, se condena a vivir, textualmente, con el corazón hecho pedazos.” Reyes recordaba que al final del libro Sancho se sentía defraudado por su amo cuando éste acepta dejar la caballería. Pero en su relectura de 1947, se dio cuenta de que Sancho no adopta ninguna postura patética ante la inminente muerte de Alonso Quijano. Al contrario, Cervantes hace saber que “Sancho se regocijaba; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muera”. “Con estas palabras al descuido –concluye Reyes–, Cervantes ha matado en mí al Sancho Panza que yo había empezado a forjarme. Le ha quitado su más alto sentido, su valor artístico definitivo y perdurable: el ser el personaje mismo en quien se libra el combate trágico de la obra. Perdón por la insolencia.”

Alfonso Reyes no hizo teoría novelística; esa omisión no es un abandono ni una falla de su parte. Reyes tampoco era proclive a mostrar su tragedia, si es que la tuvo o si es que sospechaba que la tenía. Quisiéramos salir de nuestra vida y verla desde fuera, pero desafortunadamente, por más que nos alejemos siempre quedamos de “este lado”, del lado del yo –lo llevamos con nosotros, pegado. Cervantes vagó por el Mediterráneo, quizá se equivocó al elegir el camino de la dicha. “Erró” en ambos sentidos, como su personaje. Pero es que nadie acierta con su propia vida. Reyes erró por las embajadas y por los países; sintió el error de la muerte de su padre, y erró al distanciarse de la política mexicana, tanto como puede errarse al congraciarse con ella. Pero ninguno de ellos vio su vida, ni tampoco Reyes. Nada de lo que he dicho es una Verdad, y no debería concluir nada, así como Reyes tampoco concluyó sus ideas sobre Cervantes. Pero en la medida en que damos vueltas a lo largo de la vida, erramos. El camino no existe, el camino va quedando siempre atrás, y el que lo recorre no sabe si atrás de sí dejó una tragedia o una comedia.

(Texto leído en la inauguración de la cátedra Miguel de Cervantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Marzo de 2009)

viernes, 25 de septiembre de 2009

"Y por mi lengua quieren levantarse..." (Acerca de la poesía y el 68)


No hay mucho que yo pueda decir sobre 1968. Ni nada que pueda agregar a lo que se ha dicho. Pero por lo menos, tampoco voy a derrumbar nada, ni a quitar un mínimo grano, ya que lo que se ha escrito es historia colectiva y por mucho que los historiadores pretendan relativizar estos hechos, se destrozarán los nudillos tratando de pegar sobre ellos. Ese año es un horizonte en mi paisaje, no puedo alejarme pero tampoco acercarme, sólo sé que detrás de él está: la historia antigua. Que detrás de las montañas, las personas son otras, tienen costumbres ajenas, están ocupadas en otros asuntos. Son muy distintos. Desafortunadamente nosotros nos las vemos con muertos, no sabemos con cuántos, pero son los vivos de ellos. Aunque a decir verdad han dejado de estar muertos para nosotros, pues nunca estuvieron vivos. Sus voces no claman desde las profundidades, no piden nada, se reintegran al flujo anónimo de la historia. Como no tienen rostro, su voz se confunde entre las otras. El historiador se enfrenta al silencio pues cuando llega, tarde a todos lados, se encuentra con el silencio, todos los hechos han pasado y han dejado sus huellas. Continuamente, los historiadores más escépticos (es decir, cuando la versión reaccionaria se disfraza con un sano escepticismo) nos dicen: No fueron tantos, han dejado escapar un alud de gritos, una avalancha de manifestaciones y todo por unos cuantos muertos, pues nuestras cuentas científicas dan un número mucho menor del que ustedes afirman, no se llenó de muertos ese sitio, y lo peor de todo es que ustedes utilizan ese lamentable suceso –es cierto, nosotros nos lamentamos juntos, nada nos duele más que una agresión de este tipo– ustedes utilizan esos lamentables hechos para dominarnos. Más o menos así es el discurso de la historia reaccionaria de hoy, ya que la experiencia le ha enseñado que no hay tantos hechos extraordinarios, pretende quitar los extremos, no hay tantos villanos como suponíamos, pero tampoco tantos héroes. La experiencia, como decía Walter Benjamin, es una misteriosa máscara metálica, no sabemos qué hay atrás de ella cuando habla con su voz de profeta, cuando dice: Lo digo por experiencia. Se remueve la máscara y queda humo tan sólo. La experiencia sólo ve lo que se repite, acumula hechos parecidos, pero no sabe que existe lo extraordinario. Se niega a ver que por encima de la vida cotidiana hay otra forma de existencia, se dedica a reproducir el círculo eterno de la semana laboral, con sus días de asueto y sus horas de comida. Nada hay tan emocionante como un viernes seguido de un sábado al cual sucederá el domingo, consagrado para el descanso y la vida en familia. Con lo cual seguirá dando vueltas la enorme rueda de los acontecimientos. Pienso que el temor a romper la cotidianidad fue durante mucho tiempo el miedo a esa historia, pues los jóvenes de hace cuarenta años estuvieron enfrentados a esos valores que dejaban a la sociedad tal como estaba, pero al mismo tiempo sacrificaba la libertad personal.

Tal vez, esté explicando con cierto misterio, y tal vez el misterio equivale a explicar con el silencio. Pero dentro de ese silencio, hay una serie de murmullos, los de las voces que no se apagan del todo. Es cierto que los muertos están muertos, pero entonces qué es lo que se escucha en la oscuridad. Si nada consta en actas, si no hay nadie, a quiénes pertenecen las voces. La historia está guardando sus mejores galas para festejar dos centenarios, es lógico que quiera ser invitada al festín de los vencedores, que por esta ocasión son los enemigos. Pero estamos acostumbrados, hace cien años, los que festejaban eran los enemigos de los festejados. Pero no debería de alarmarnos, tal vez los que lucharon no harían fiestas tan bonitas, aunque no sabría decir si este centenario promete. Hay tantos motivos de orgullo, como un segundo piso administrado por la iniciativa privada, se pondrán las biografías de los héroes de aquellos que tienen una estación del metro, incluso, no sé si sepan, hay un robot de Hidalgo que explica sus ideales de 9 a 1, de lunes a viernes. Se le aprieta un botón y comienza a hablar, parece que hasta responde las inquietudes del público. Tal vez el responsable de las celebraciones del Centenario sea un robot que repite un discurso hueco, ya que hasta la fecha nadie ha podido encontrarle un discurso con ciertas ideas más o menos coherentes.

De cualquier forma, es más cómodo hablar de todo eso, cuando ya ha pasado tanto tiempo. Zapata está más vivo, eso es cierto, pero no obsta, se le puede invitar al banquete, se puede decir su nombre incluso. De preferencia no, pero se puede, con cierta delicadeza. Pero el 68, tal vez no sea tema. Sí Maximiliano y Santa Anna, pero no estos momentos porque la izquierda no ha dejado de señalar esos hechos. Porque hostigan al poder, porque los movimientos de hoy son deudores de aquel movimiento reprimido tan brutalmente. ¿Que no hubo tantos muertos? ¿Carece de validez entonces darle voz? A mí lo único que se me presenta en estos momentos es la oposición de la historia y la poesía. Ya que hay una corriente actual que pide que se acabe con los “mitos históricos”, la poesía es entonces invitada a pasar al banquillo de los acusados. Esos poetas y sus bellas mentiras, que crean mitos y echan a perder las mentes más lúcidas. Es mejor que se haga un corte preciso entre la realidad y la literatura, clama la Historia, como si la Historia no tuviera una posición interesada. Y se prefiere que los poetas permanezcan fuera de las opiniones políticas, tal vez construyendo sus mundos independientes. Pero en el fondo, mitificar y desmitificar son dos caras de la misma moneda, o una lucha un tanto centrada en la ideología, en tanto que los hechos se escapan. Mientras uno discute con otro, mientras los mitos se cosen y se descosen como Penélope, mientras decidimos si la realidad es cognoscible o no por la Historia, no faltará el político que meta mano en nuestros bolsillos seguro de que el juicio de la Historia se producirá cuando nadie sepa qué era lo que se estaba juzgando. Cuando la Historia junte sus evidencias, cuando reúna valor y grite sus conclusiones volverá a estar rodeada de silencio.

“No consta en actas”. Sí, eso parece. No hay nadie. Nada. Hace poco me enteré en el blog del descendiente de uno de los niños héroes, que la maestra de primaria le dijo: “Los niños héroes no existieron”. Como al descendiente de Aureliano Buendía cuando una buena tarde se enteró por el cura de Macondo de que Aureliano Buendía no existió. Si los hechos no fueron así, cómo fueron. No es que el poeta presente pruebas, presenta experiencias y el poema es el camino por el que sigue su propia verdad. Una verdad que nunca es extensiva, que a lo mucho sirve para que se refleje en ella toda la humanidad. Pero sólo reflejarse. Generalmente, se le pide a la poesía cierta “objetividad”, como si tuviera la responsabilidad de ser el mapa para que se descubra Troya. Se le pide que sea responsable. Se le pide que dé juicios informados. Y la poesía…, bueno, ustedes saben, ya la han visto, la poesía, no hace mucho caso de eso. Se ha tomado muy en serio eso de poner en práctica una libertad interior, quiere salir de sus límites, aun cuando se le pida que sea “políticamente correcta”. Contiene deseos muy profundos, pero los exhibe. Nadie me ha preguntado mi opinión acerca de la literatura comprometida, pero pienso darla, pues sé que nunca llegará la pregunta. Y prefiero que cuando llegue, la respuesta le salga al paso. Como la poesía es compromiso de por sí, no puede objetársele ninguna omisión. Yo debería voltear el cuestionamiento hacia otro sitio. Es la teoría social la que debería darnos alguna respuesta; es ella la que debería responder qué camino seguir para resolver las dudas que formulan los poetas, así como los caminos para convertir esas posibilidades poéticas en realidades potenciales. Desafortunadamente, el compromiso que falta es el contrario, el de la política con la poesía.

No obstante, el poeta sabe sus caminos. Se puede permitir ser voluntarista y mistificador. Se puede permitir cualquier cosa. ¿Dije “cualquier cosa”? Sí, cualquier cosa. Es cierto, se puede permitir la censura. Pero no hay puerta cerrada. Yo, por mi parte, no puedo imponerle nada a nadie. Pero por otra parte tengo el derecho de no ir a donde me llaman. Y no pienso ir detrás de las interpretaciones ritualistas del 68, así como no seguiré cierto voluntarismo insinuado a veces en algunos pasajes del libro. Sobre todo, no me atrae la metáfora prehispánica, que hace de los hechos políticos vividos en 1968 un momento ritual, cíclico, purificador de la historia. Pero como dije antes, el poeta tiene derecho a eso. Sobre todo porque la poesía nunca esconde su visión interesada de las cosas. Siempre es el interés del poeta. Por muy escondido que tenga sus intereses. En última instancia, tiene un compromiso con lo posible. Aunque, viéndolo bien, lo posible es hasta cierto punto interesado. Pienso en un caso concreto, ya que a nada me llevará el rumbo de la especulación. Juan Bañuelos escribe sobre una joven muerta. Bueno, no es sólo una joven muerta. Es Regina Teuscher. Ya ustedes la conocen, pues se hizo un musical al respecto con Lucero. Tenían sus productores tan buenas intenciones democráticas que hasta tuvo un bello subtítulo: “Musical para una nación que despierta”. En él, como en la famosa novela, Regina es elegida por un Lama del Tíbet, aquellos espirituales seres tantas veces han ayudado a la CIA y que pugnan por la teocracia y por el paternalismo. El día en que se presentó el libro, una mujer se levantó de su lugar: “Soy la hermana mayor de Regina”, dijo. “De Ana María Regina Teuscher Krüger. Me llamo María Luisa Teuscher y he venido a preguntarle, señor Velasco, quién lo autorizó a utilizar a mi hermana para hacer tanto dinero, para escribir esa bola de mentiras, de sandeces, para engañar a la gente…” El autor del libro dijo: “Hay muchas Reginas. Usted habla de una de ellas”. Pero eso es anecdótico y a nosotros no nos gusta lo anecdótico, fuchi, nos gusta lo trascendental. Y lo trascendental es que la noche del estreno estuvieron presentes Martha Sahagún de Fox, Francisco Barrio y Rodolfo Elizondo. De ninguna manera estuvo la familia Teuscher, es decir los dueños de esa visión parcial y fragmentaria de esa edecán. Comparto con ustedes los conceptos de El Diario de Torreón del 26 de marzo de 2003: “Regina, un Musical para una Nación que Despierta, cuenta la historia de una niña que nació en el Tíbet y que tiene una misión: despertar espiritualmente a México; lograr un solo pensamiento y así lograr un mejor país, sin corrupción y con los valores por lo que lucharon los héroes que nos dieron patria y libertad. Por todo eso, Regina está relacionada con el gobierno de Vicente Fox; por la esperanza que tenía la gente de ver un cambio, ya que Regina tenía la misión de encontrarse con él y ayudarlo a unir un sólo pensamiento.” Tal vez recuerden que por esas fechas Vicente Fox se declaró heredero del 68. No todo es así, por más que algunos ex líderes del 68 se hayan sentido honrados por esa declaración. De esa manera no se resuelven los conflictos históricos. Por más que Fox se hubiera aprendido las canciones de Lucero, eso no soluciona nada.

Hay otra voz, que nada tiene que ver con la de Lucero ni con su musical. Es el silencio de Regina. La que está en la plancha con el rostro desfigurado, pero con la belleza intacta. Ese silencio que Lucero no deja escuchar es el verdadero fluir del ritmo de aquella época. Hay una voz, definitivamente. Encuentro en los mejores momentos poéticos de los autores reunidos en Epopeya del 68, de José Alberto Damián, Himber Ocampo y Alejandro Zenteno Chávez, una voz recuperada que da voz al silencio y a las voces que claman desde el abismo, a las cuales la poeta polaca Wislawa Szymborska pide disculpas por escuchar un disco de minué.

(Presentación del libro Epopeya del 68, de José Alberto Damián, Himber Ocampo y Alejandro Zenteno; Salón de Actos, Facultad de Filosofía y Letras, 24 de septiembre de 2009)

domingo, 6 de septiembre de 2009

Ciudades invisibles, narradores invisibles



La patria es impecable y diamantina, dijo López Velarde. Florece inaccesible al deshonor; aunque me parece que no opinaban lo mismo los ministros de la suprema corte que hace unos años votaron en contra del poeta de Campeche, Witz Rodríguez, por haber escrito un poema, “La patria entre mierda”. En ese entonces, la ministro Olga Sánchez determinó que el ultraje poético afectaba “la seguridad de nuestra nación”. Desde luego, lo más peligroso es escribir, da igual de qué o sobre qué pues la escritura generalmente tiene forma de espiral y conforme más se le deja sola a su libre arbitrio, alimentándose de sí misma, podrá tomar formas incomprensibles y peligrosas, ya que la libertad generalmente está mal entendida. En algún momento las palabras pueden salir del libro y será inútil cerrar el libro, cerrar las bibliotecas –o inaugurarlas, como no hace mucho lo hizo un presidente, en un edificio enorme, ¡la biblioteca de Babel de la superación personal! Es claro que la Suprema Corte nos protege de las extralimitaciones de nuestra libertad. Como es el caso del poeta Witz Rodríguez, quien escribió: “Yo / me seco el orín en la bandera / de mi país, / ese trapo / sobre el que se acuestan / los perros / y que nada representa”. No comprendo bien los lazos metafísicos entre un regular poema y la desestabilización del país, aunque algo han de saber los ministros que ahora perciben 340 mil pesos al mes para ejercer sus conocimientos filológicos. Sólo hay que tener confianza pues las palabras pueden decir muchas cosas y saltar por donde quieran, como víboras saliendo de un nido, en todas direcciones. Y alguien debe esperar fuera con un martillo para aplastarlas. Las palabras, generalmente no saben lo que dicen, no saben en qué momento ofenden la moral pública, afectan los derechos de terceros, contravienen la paz y la seguridad pública, o perturban el orden público. ¡Y eso ya es demasiado! Alguien debe mantener el respeto por las palabras, por ejemplo la policía. ¿Ven lo que ocurre? Yo sólo quería decir que la patria es impecable y diamantina, como el gran poeta. Pero las palabras salen solas, rumbo a sus propios intereses. En el poema hay bellos consejos como ser igual, fiel al espejo cotidiano, igual en todos los momentos como el ave maría del rosario. Pero nadie siguió el consejo de López Velarde. Fundamentalmente, la patria. Los poetas… bueno, los poetas hacen lo que pueden. Van siguiendo los hechos, poetizan lo que pueden. La Suprema Corte hasta los lee con interés. No, de preferencia no los lee. Sólo si alguien los denuncia. No entremos al tema de la libertad, no tiene mucho caso y se avanza poco. Además, generalmente discutimos mucho, hacemos enemigos y no llegamos a ninguna conclusión. Es mejor, por ahora, pensar que cada quien puede tener su idea de libertad –y que en eso radica su libertad. Así puede decir lo que quiera –y yo ya no mencionaré a la Suprema Corte, pero confío en que no se les olvide que ahí está–, decir lo que sea. Y en una revista hay un diálogo. Aunque cada quien habla por su lado, pero ¿de qué otra forma están hechos los diálogos? Hay que decir que todos los textos tienen forma de círculos concéntricos, como una piedra que cae y cuyos significados se alejan de ella, poco a poco hasta que se disuelven. Claro que en la realidad esto no es así, pero sí en la quietud del pensamiento, cuando escribimos y escuchamos nuestra propia voz extendiéndose sobre el universo. Ahora, si ustedes me preguntan, yo sólo veo que las palabras se sofocan casi al salir de la boca y son silenciadas. Hay tanto qué decir y tantas personas diciéndolo al mismo tiempo que casi no hay tiempo para recibir el interés por nuestra palabra. Pero eso no importa, lo fundamental es que las palabras salen en busca de algo, de otra forma se quedarían en donde estaban, existiendo potencialmente. Hablé antes de un poeta y de su patria. Con cuánta emoción las palabras salieron siguiéndolo. No obstante, el poeta y su patria han quedado muy lejos. El santo olor de la panadería, el ritmo y la lujuria de las horas, los pájaros de oficio carpintero, en fin, ya saben, todo eso. Cuando nuestras palabras salieron, todo eso ya se había esfumado. La palabra salió y esquivó a tiempo un descabezado. Y se enfrentó a otra realidad, la cual, no sé si les interese mi opinión, es completamente inaprensible para mí, no obstante traté de entenderla a através de los textos que están en Tierra Adentro. Creí que yo había llegado tarde a discutir ciertas cosas, entre otras, el tema del centralismo –o el de la marginalidad. Pensé que ya se había discutido todo lo concerniente, pero no es así. Se discute, duele, es que todavía está vivo. Jesús Gardea –a quien desafortunadamente sólo conocía por el cuento “Todos” antologado por Mario González Suárez en Paisajes del limbo y por dos cuentos aparecidos en una colección de Cuadernos mexicanos, de la SEP, me imagino que con la intervención de José Emilio Pacheco– tal vez sea “marginal”. No por vivir en Ciudad Juárez la mayor parte de su vida. O no sólo por eso. Aunque yo tengo mi idea de marginalidad: y es la obra que está dejada de lado por la elaboración de un canon, en algún sitio. El canon no se teje a sí mismo. Tiene una araña gorda adentro, Harold Bloom, aunque ciertamente esa araña no lo decide todo por más que se indigne contra Harry Potter y trate de pescar niños para rellenarlos de “canon”. Comparto la idea de Christopher Domínguez al final de este número (p. 87) de que “el gusto por las estrellitas como forma de calificación” es lo que “vulgarmente se espera de la crítica”; sin embargo, no creo que él haya estado al margen de esa manera de hacer crítica. Pero decía que no todo es así, pues Domínguez Michael incluye a Gardea en su Antología de narrativa sin que éste sea necesariamente reconocido. Me gustaría que se historizara el canon, para no tenerlo como un ídolo, mirando sobre las cabezas, como la espada de Damocles, pescando por la cabeza al autor que no le es grato, para tirarlo al olvido. Porque lo que hay son “trabajadores del canon”, si me permiten decirlo así, aunque sé que no se me permite y de todas maneras lo hago. En medio de todo esto, Tierra Adentro es una fuerza que se opone, no es que esté sola esta publicación, o mejor dicho, sí está sola. Es una fuerza centrífuga, porque además de todo debo añadir nuestro canon es centralista, la cual es su forma de ser provinciano a su modo. O era centralista hasta la aparición de las mafias estatales. (Provinciano en el mal sentido, así como Milán Kundera acusa de provincianismo a los franceses, que no saben el valor de su literatura para el mundo –en Francia, según su libro El telón, es más valorado como escritor Charles de Gaulle que Baudelaire.) No todo es así, por suerte, creo que la respuesta a lo que me preguntaba a mí mismo está en la misma revista: en el tema de las ciudades invisibles. En estos textos veo además autores invisibles, o que asumen cierta invisibilidad para relatar, pues sus interlocutores ignoran su condición de escritor. Y ese narrador invisible, disuelto con su ciudad, se disuelve de tal manera que logra entrar a donde un autor visible no podría entrar. Como un fluido que penetra entre los engranajes de la realidad. De la misma manera, la literatura es invisible para la ciudad, por suerte. De lo contrario no permitiría nada a la literatura. “Lo esencial es invisible a los ojos”, decía el Principito, quien no sabía de Economía Política. No sé si ustedes lo recuerden, la estructura económica de su planeta consistía en podar baobabs de tal forma que las raíces no lo desintegraran. Tal vez se refería a las invisibles semillas que amenazaban con desarrollarse y terminar con su asteroide. Bien podría decir lo mismo el Código da Vinci, ya que la teoría complotista opera en lo invisible. Son semillas que si se dejan crecer destruirán el mundo, como sabiamente aconsejaba George W. Bush. Hay un mecanismo desconocido, sin duda, básicamente el de la economía que mencionan algunos de los autores de estos textos. Hay algunos, como el de la aventura de encontrar mariguana gold en Acapulco que oculta muy bien su posibilidad. Aunque la posibilidad de encontrar peor mariguana es mayor eso no invalida la búsqueda. Así como la búsqueda de medicinas de patente sostiene una forma de vida en Guadalajara, esa industria invisible oculta al mismo tiempo los mecanismos que la hacen posible. Y los escritores invisibles, que tienen que dejar de ser para poder conocer, que tienen que sacrificar su pluma –su computadora– para poder vivir aunque sea por un rato para luego regresar con su experiencia y tomar un cuerpo prestado. Es lo que ocurre en el texto sobre Torreón, ya que los fantasmas toman un cuerpo para existir en comunidad, para presenciar el futbol y ser por medio de esa cohesión que da ser parte de la afición. Ocurre lo mismo con la reportera que conoce casualmente a un traficante sólo cuando se despoja de su profesión. Hay algo que palpita en lo invisible, de tal forma que el ojo que no es visto puede ver y que al develarse como el ojo que observa se pierde para siempre. Decía que veo una fuerza centrífuga que desbarata el monopolio de la Voz y la entrega a otros, para que no se eternice el que habla en la posesión de las palabras. Es el ejemplo a seguir en esta publicación, dar voz a Alguien Siempre Distinto, otorgar un espacio a Todos los Espacios. Y yo, yo sólo quería decir que la patria es impecable y diamantina, si me lo permite la Suprema Corte, y pasar la palabra a alguien que la utilice con mayor responsabilidad.

(Presentación de la revista Tierra Adentro 159, en el Centro Cultural España, 1o de septiembre de 2009)

lunes, 20 de julio de 2009

John Ashbery, "En la granja del norte". Versión de José Balza


En algún lugar alguien viaja furiosamente hacia ti,
a increíble velocidad, viaja día y noche,
a través de ventiscas y el ardor del desierto,
cruzando torrentes, salva estrechos pasos.
¿Pero sabrá él dónde hallarte,
reconocerte cuando te vea,
darte lo que tiene para ti?

Poco crece aquí,
mas los graneros estallan con comida
los sacos de alimentos apilados a los armarios.
El arroyo corre con dulzura, cebando el pez;
oscuridad de aves en el cielo. ¿Es suficiente
que el plato de leche sea puesto por la noche,

que pensemos en él a veces,
a veces y siempre, con mixtos sentimientos?

jueves, 26 de marzo de 2009

Un ideal dentro del Yo (Reflexiones sobre el centenario del Ateneo de la Juventud)


Con las celebraciones del centenario del Ateneo de la Juventud volverán a escucharse palabras como “belleza” y “humanidad” de la misma manera más o menos abstracta con que fueron enunciadas hace cien años. Se hablará de las derivaciones (directas o no) que este grupo intelectual tuvo en nuestra tradición, como la tendenciosa defensa de la “libertad de cátedra”; o de la “batalla” que terminó en la autonomía concedida a la derecha universitaria y que permitió el magisterio, en la Universidad Autónoma de México, de fascistas como Jesús Guiza y Acevedo, preocupados por detener la amenaza del “materialismo histórico”. Y se explicará de nuevo cómo es que Próspero sometió las fuerzas de la naturaleza y triunfó sobre los instintos destructivos de Calibán y dio libertad a Ariel, el espíritu que se fortalece con la bondad y que ha servido de símbolo a la juventud para encaminar sus proyectos. Pero qué postura tomar si uno está del lado de Calibán, el caníbal que da una mordida en la cabeza de la racionalidad europea. Cómo es que se debe deslindar uno de la ideología ateneísta, si es que vale la pena y si es que a alguien le importa que se tome postura acerca de una discusión cerrada y que tal vez nunca se dio, pues nada más lejano que pretender cuestionar el “ateneísmo” que dio plumas como Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Rafael López y Pedro Henríquez Ureña y situó a México en medio del mundo, como si fuera una bella floración en el centro de la cultura occidental, que bebía su savia de las más profundas raíces griegas y cuya degustación del espíritu dionisiaco estuvo a punto de secar flor y fruto (¡o de transformarlos en: delirio creativo!), aunque afortunadamente triunfó el bien, y se esterilizó el helenismo para utilizarlo como una salutífera pedagogía destinada a nutrir el espiritualismo inoculado en la juventud que comenzó a educarse en “las humanidades” durante el huertismo. Un pequeño grupo de personas que de manera tensa y activa se nutrían y convivían para formar esa alta cultura ¡tan necesaria! y que por lo tanto volvía indispensable a la élite que la produjo (parafraseo a Henríquez Ureña); un pequeño grupo actuó para construir, pero construir hacia adentro, si es que puede decirse de este modo, ya que la construcción fue interior en gran medida. ¿O es que fue exterior? ¿Es que sus esfuerzos se desbordaron y crearon “algo” a lo que podamos llamar de alguna manera? Pues es que paradójicamente, la libertad fue interior y trabajó en secreto, dentro del sí-mismo de cada uno de sus integrantes para producir la expresión artística, para brotar como una sustancia frutal que se manifiesta cuando la estación manda que explote el fruto. Algo que estalló hacia adentro, en la maduración de una obra personal que, a su vez, esculpió la interioridad de cada uno de esos artistas dedicados a construir sus propios valores y seguir apasionadamente sus creaciones morales (de ahí que su Estética se encuentre apuntalada firmemente sobre su Ética). Paradójicamente el Ateneo de la Juventud fue una agrupación que se vio en la necesidad de pactar políticamente para darse su sitio como élite, al mismo tiempo que la tensión interna fue cediendo para dejar ver individualidades. Dentro de ese “Yo empírico” sometido a las leyes de la naturaleza existía otro “Yo inmaterial”, a salvo de la contingencia del mundo (Isaiah Berlin). Al quitar esa endeble cáscara con la que el “Yo empírico” cubre la personalidad profunda del artista se descubre un ideal auténtico, trabajado en la soledad. Idealismos aparte, éste debe ser retomado, arrojado al mundo para frotarlo con él y saber qué carga de verdad oculta. De verdad estética, se entiende. Y esa obra generacional se expondrá ante aquel que quiera cuestionarla, siempre y cuando el que cuestione pierda toda infalibilidad. Todo esto no es una Verdad, sólo es algo que así me represento para poder explicarme el por qué se debe “salvar” (aunque no me corresponda, ni sea yo el indicado para “salvar” nada) ese ideal estético construido por cada uno de esos artistas reunidos hace cien años en el Ateneo de la Juventud.