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sábado, 17 de agosto de 2024

La muerte y la primavera, de Mercè Rodoreda


 

En este libro, los moribundos son llevados a un bosque, a ser metidos dentro de un árbol que se llena con cemento, para que el alma no se escape. A lo lejos, los niños que se quedan encerrados en casa escuchan los ruidos de estos rituales mortuorios ocurridos en el bosque de los muertos. Las leyes y las costumbres de este pueblo no se van aclarando sino enrareciendo conforme se avanza en la lectura de La muerte y la primavera, la novela póstuma de Mercè Rodoreda (1908-1983). La conocía de nombre, había oído hablar de esta escritora, pero no sé si al leer su último libro puedo decir que la conozco más. Parece que fue una escritora que pasó más tiempo viendo pinturas en los museos de París y Bruselas que frente al espejo. Conocía más los cuadros de los pintores surrealistas que su propio rostro, aunque de pronto se horrorizaba de ver en su reflejo el paso del tiempo. Claro, con razón su novela póstuma parece una especie de miniatura de Brueghel el Viejo o del Bosco. Pintura realizada sobre el lienzo de la angustia. Aparente paisaje pintado del natural que, conforme lo leemos, se desdibuja, se vuelve extraño y cruel. Retrato de una comunidad rural que no termina de ser lógica, pues no tiene ningún elemento estructurador, no hay detrás una forma de gobierno, salvo un “señor” que mira desde lo alto, en una especie de castillo, todo lo que ocurre. Es la descripción de un pequeño pueblo cuyas costumbres transcurren como si fueran parte del mecanismo de la naturaleza, con leyes que rigen el mundo natural y el social con los mismos misterio y rigidez. El pueblo ha sido construido sobre una roca que se encuentra sobre un río, así que es costumbre que un joven entre nadando para comprobar que los cimientos del pueblo se encuentran firmes. Pero al salir, cada uno de estos jóvenes regresa sin su rostro, destruido por las rocas de las profundidades. La trama que atraviesa este mundo indescifrable es la relación del narrador –un niño– con su madrastra, luego de que su padre se suicida sepultándose por voluntad propia en el árbol que le corresponde del bosque de los muertos. La relación con su madrastra casi niña se convierte en un incesto culpable, el pueblo se vuelve de pronto hostil a ese amor. ¿Qué esconde esta novela? ¿Qué grito extraño sale de ese mundo que parece imitación de la Edad Media o de las aldeas muertas de las Guerras Mundiales? El toque de belleza natural, las abejas que sobrevuelan las páginas, rápidamente traslucen un mundo burdo, lleno de secretos. Seguramente su autora enterró aquí alguna verdad personal que no alcanzo a descifrar. Regresé a leer pasajes de esta novela, como si volviera a un museo a mirar de nuevo un cuadro… pero me quedé mirando, no el paisaje sino el lienzo, abismado en el transcurrir, en lo perecedero, en la muerte y en la futilidad de la vida.

 

Mercè Rodoreda. La muerte y la primavera / La mort i la primavera (1986), tr. Eduardo Jordá, 2ª ed., 1ª reimp. Barcelona, Club Editor, 2022. (La Montaña Pelada, VIII)

sábado, 10 de agosto de 2024

La idea de Cristo en los Evangelios, de George Santayana



No tengo, desafortunadamente, ninguna lectura fina sobre Cristo. La Biblia la consulto sólo para aclarar los pasajes literarios que la refieren y que no entiendo. De ese personaje que desborda lo religioso y lo literario, me gustaría no decir nada. Pero la lectura de este libro de Georges Santayana (1863-1952) me obliga a no dejar la página en blanco. Como no tiene ninguna importancia lo que yo pueda decir, me atrevo a bordar el vacío. Me atrae la idea de que es posible decir algo más de alguien de quien todo está dicho en un solo libro, porque eso significa que hay suficientes lagunas en idea de Cristo como para escribir libros y libros. Santayana casi no se refiere al contexto histórico del personaje real, salvo para referir la ideología de la Judea de su tiempo. Un mundo en que ocurrió una conversión colectiva; es decir: en que una gran cantidad de personas individuales tuvieron motivos para comenzar a creer en algo nuevo, como producto de experiencias propias o escuchadas. La tarea histórica de la Iglesia primitiva fue armonizar la fe privada con la creencia colectiva, y derivar dicha idea de Cristo. Hubo, con seguridad, muchos aspirantes a evangelistas, pero no contaron con una comunidad que lo aprobara. Hubo un fervor que se fue extendiendo y que sirvió como fermento para que fructificara la Biblia, el único texto de entonces que ha sido aceptado como “suficiente e inspirado”. La concepción de Cristo que se dio en el pueblo judío tiene un aspecto sumamente interesante, y es que no es sólo un Dios que se encuentra presente en todas partes: no es sólo una presencia metafísica sino una fuerza histórica actuante. Es el responsable de que su pueblo elegido fuera superior a los demás: “todas las fuerzas y conjunciones de fuerzas que mueven al mundo deben de ser exclusivas de Él”. Y, sin embargo, se trata de un Rey que gobierna sin ejercer su omnipotencia. En todo caso su poder absoluto es potencial; gobierna, pero sin convertirse en enemigo de sus súbditos. Eso permite que en el ser humano exista un margen de libertad. Es curioso, pero la libertad humana coincide con la voluntad divina. Que su reino venga y que su voluntad se haga, son ideas sinónimas. Entonces, ¿para qué se elevan oraciones pidiendo cosas que son ya un hecho? La respuesta del autor se dirige al ser humano: es él quien reza dirigiéndose a su parte rebelde para aceptar la voluntad divina. Quizá el aspecto más atractivo del personaje literario sea esa manera oscura en que vivió, pues nació en un establo en una provincia remota y predicó y sanó a los pobres. Santayana se pregunta sobre el islote de sus milagros y curaciones en el mar de la degradación humana, ¿para que unos cuántos milagros? Porque el mundo no tenía cura, venía a anunciar su fin y la llegada de un nuevo reino. Me entero, cuando termino de escribir, que Santayana era ateo. ¡Claro: un libro como éste lo necesitamos los ateos! Somos los únicos que necesitan de un tratado para entender lo que la fe explica repentinamente, por inspiración.

 

George Santayana. La idea de Cristo en los Evangelios / The Idea of Christ in the Gospels (1946), tr. Demetrio Núñez. Buenos Aires, Sudamericana, 1947.

domingo, 4 de agosto de 2024

Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo XXI, de Javier Blánquez



Este libro es una larga exaltación de la música electrónica. A estas alturas de la Historia, este tipo de música se ha filtrado sobre todos los sonidos de la actividad humana, de tal modo que prácticamente no hay sonido que no sea electrónico, es decir: sintetizado por una máquina. El ruido ambiente del siglo XXI es, en gran medida, electrónico. Es difícil separarlo de los sonidos naturales, y quizá inútil. Para qué. Sobre la base de los sonidos naturales, hemos construido una serie de sonidos, mecánicos, eléctricos, hasta llegar a la gruesa capa electrónica que subsume todos los anteriores. Hacer consciente esta serie de capas sirve para descubrir cómo es que los sonidos artificiales, creados por máquinas, intentan copiar la naturaleza, sustituir la naturaleza y crear algo nuevo jamás oído. Es una especie de esencia que corre por todas las venas. Quizá, como una primera categorización, esta música sea la opuesta al jazz, dado que funciona a través de loops, lo que permite que sirva como base de una creación en vivo o bien de una insistente repetición mecánica sin fin. Fue considerada, por muchos años, la música del futuro. Ese impensable futuro de que hablan las utopías o las obras de ciencia ficción. En algún momento, ese futuro quedó atrás, en el pasado, como una mala profecía. O como una profecía autocumplida: nuestra música futurista se creó en el pasado, se formó con la imaginación de los compositores de antes, que soñaron una realidad mecánica y mística. ¿Por qué la música electrónica puede ser al mismo tiempo la ensoñación de las máquinas y la supuesta visión musical del espíritu? Por más que pretenda conocer las diferentes variantes que se abordan en estas páginas, en la gran mayoría de los casos sólo me quedaré con la aproximación que impide conocer el verdadero fenómeno, puesto que la puesta en escena de un DJ o la noche de un club en Holanda requiere el contexto, el conocimiento de las subculturas, la disposición de los espacios y hasta la experiencia de la instalación sonora. Buscar la localización de un rave, mezclar la música con ácidos, vaciar la mente de conceptos para que sólo la habite el sonido… Todo eso pide una experiencia total. Pero el lector sólo puede recurrir a la exterioridad que significa el registro sonoro. Sin embargo, con eso me basta. Puede uno leer la música al igual que se leen sociedades, vidas, aunque sería deseable. Entre las muchas formas de narrar una historia como ésta, llama la atención una: cómo la música electrónica ha pretendido borrar esa concepción geográfica de la música. Ya no hay circuitos musicales, centros culturales. El centro en todas partes. Algo así, porque uno de los últimos fenómenos es el de la cacería de “beats”: en África, en Sudamérica, en los viejos casetes, en todas partes aparecen células sonoras que sirven para alimentar la creación musical. Se crea expresamente sobre lo ya creado. Se usa la nostalgia como material, pues todos reconocemos sonidos de otros tiempos, sólo que no nos habíamos dado cuenta de que habían ya pasado, y tampoco que tenían un potencial tan extraordinario. Los sonidos de las consolas de videojuegos, el viejo Atari, la música de películas de los años 70, los sonidos de las naves espaciales… Con todo y esas pretensiones ecuménicas, hay grandes formas. Por ejemplo, el hip hop y la música de los clubes de baile. Dice el autor, Javier Blánquez, que el primero apunta a la palabra, en tanto que la segunda, a la creación de texturas. El hip hop, una inmensa subcultura que incluso puede que contenga en un principio al reguetón, tiene implicaciones sociales, pues existe un hip hop político. Pero también incluye ciertas prácticas como la disputa entre rivales (feud beef) y los insultos de un rapero a otro (diss). El consumo recreativo de drogas, la fraternidad que espera el amanecer en comunión, la paz, etc., todo eso pertenece a los clubes europeos. El discurso del hip hop es: la ostentación de la riqueza, la objetualización de las mujeres, el machismo y la homofobia. Por lo menos, en gran medida, pues me refería a un hip hop político, dado que se reconoce como uno de sus principales pilares al colectivo artístico The Las Poets. Sus miembros –Jalaluddin Mansur Nuriddin, Umar Bin Hassan y Abiodun Oyewole– fueron inspirados por el poeta sudafricano Bra Willie exiliado en los Estados Unidos, quien dijo que su época sería la última era de poetas antes de toma total de las armas. Tocaban en las calles de Harlem, hasta que Alan Douglas (el productor de Jimi Hendrix) los llevó a grabar su primer disco. Los caracterizan los coros, los tambores y una voz principal que conduce la interpretación. En Niggers Are Scared of Revolution, decían: “Los negros tienen miedo de la revolución. Los negros aman todo menos a sí mismos”. Es poco lo que puedo saber de ellos, pero la activista negra Assata Shakur, escribió en su autobiografía: “The Last Poets, un grupo de jóvenes poetas negros, me impactó. Siempre había pensado en la poesía desde un punto de vista europeo, pero The Last Poets hablaban en ritmos africanos, cantaban al son de los tambores de África y hablaban de revolución”. Esa voz líder de las grabaciones se convertiría con el tiempo en el MC o Maestro de Ceremonias del hip hop. Sin embargo, este grupo no es una manifestación de la música electrónica; más bien, sus enseñanzas fueron absorbidas en los 70 por los artistas de hip hop. Si las ramificaciones de la música electrónica llegan a todas partes, las del reguetón son inmensas, y causan mayor oposición. No sé si el hip hop contiene el fenómeno del reguetón. Pero ambos causan una reacción tan extrema entre sus odiadores, que da mucho de qué pensar. Muchos comentarios sobre el reguetón dependen del clasismo y de opiniones racializantes, lo que causa la respuesta más provocadora de los reguetoneros. Esta música acostumbrada a la confrontación no tiene ningún remordimiento de expresar una serie de ideas políticamente incorrectas. Aunque, por otra parte, las propuestas más convencionales del pop lo van incorporando. Quizá el reguetón termine por ser asimilado por completo, pues la violencia verbal y el perreo serán neutralizados por la práctica. Me gustaría saber la relación entre hip hop y reguetón, los componentes ideológicos que comparten y que los distinguen. El autor de este libro no ve con buenos ojos a los representantes del “pop depredador” que devora al reguetón y lo incorpora a sus producciones. Mientras tanto, el perreo y las letras del reguetón se van convirtiendo en el discurso amoroso de grandes sectores. Para relatar la historia musical de los últimos veinte años se debe de comprender el reguetón (muy recientemente, aunque no es parte del mismo fenómeno: los corridos tumbados). Me parece fascinante su historia. Tenía la gran duda de saber cómo es que el reguetón proviene de la asimilación que los panameños hicieron de la música jamaiquina. La canción por la cual uno comprende esta relación es “Dem Bow” (1991), del cantante jamaiquino Shabba Ranks. Ahí está claramente el beat del reguetón, que después El General, cantante panameño haría en español como “Son Bow”. Los une a ambos intérpretes la homofobia y la insistencia erótica del ritmo. En el caso del General, las referencias despectivas a la comunidad gay de Nueva York que se reunía en la calle 42: “Todos los mariflores, ellos son bow / En la cuarenta y dos, buscando el blow”. Dem Bow: es expresión del inglés de Jamaica: “Don’t Bow to opression”. No te doblegues. No te empines. No te inclines. No hagas sexo oral. No tengas sexo gay. La homosexualidad como consecuencia de la decadencia de Occidente. Hay tantas y tantas ramas sugerentes en este libro, pero imposibles de continuar. Pero es necesario tenerlo como guía en este hipnótico mar musical.

 

Javier Blánquez. Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo XXI (2018), epílogo de Ewan Pearson. Barcelona, Reservoir, 2022.

sábado, 27 de julio de 2024

Alejandro Quijano, por Isidro Fabela, et al.



Cuando murió don Alejandro Quijano (1883-1957), sus amigos reunieron los elogios póstumos en un breve cuadernillo. Desafortunadamente, nada más que elogios huecos, palabras en torno a la amistad y a sus méritos que no guardaron nada de individualidad. Si fui a buscar algo en las páginas de esa rareza bibliográfica se debe a que estuvo entre los más cercanos amigos de Ramón López Velarde. Amigos de 1915: Saturnino Herrán, Julio Torri, Enrique González Martínez y Rafael López. Y entre ellos, algunos más, como don Alejandro, maestro de derecho administrativo, de prosa castiza y giros forenses. Pero nadie recordó en sus discursos que este académico de la lengua frecuentó los teatros de la ciudad con Ramón, y que sabía sus aficiones por las bailarinas. Qué nombres exactos danzaban sobre sus mentes. Anna Pavlova, Tórtola Valencia, Antonia Mercé “La Argentina”… “Bajo tus castañuelas se rinden los destinos, / y se cuelgan de ti los sueños masculinos”. Pero la escoba de la respetabilidad entró a barrer la biografía del homenajeado. Es una lástima porque supo los secretos del poeta. Varias veces debió de escuchar secretos centrales de su existencia. Algo le debió decir cuando le dedicó “A Alejandro Quijano” el poema a un candil que vio en una iglesia de San Luis Potosí y en el que se sintió reflejado. Algo, algo… Algo de esa existencia suya que zozobraba entre lo celeste y lo terrenal, como un bajel. Porque cuando dijo: “Soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece como gozoso pasto”, tuvo que haber dicho más. Algo más, pero no lo dejó escrito el amigo hispanófilo y miembro de numerosas sociedades filantrópicas. El candil del poema es un exvoto que testimonia que alguien se salvó del naufragio. El folleto se abre con la foto del homenajeado en su biblioteca. Salvadas las décadas, en que han de haber naufragado los pudores, ¿será posible revisarla?, ¿habrá alguna clave, una carta? Margarita Quijano, a quien tampoco se menciona en la oratoria testimonial, era hermana de don Alejandro, pero fue además un gran amor de Ramón López Velarde. Tomaban ambos el camión que llegaba hasta Tacubaya, pero él se bajaba unas calles antes. Si no se saludaban era porque en esos tiempos se necesitaba que alguien los presentara. Ese amor es quizá el más misterioso de la poesía mexicana, comenzó un día 13, el día en que la vio por primera vez, aunque ya la adivinaba, y terminó quién sabe cuándo, “por mandato divino”. También entonces, se quemaban las cartas, se llevaban los secretos a la tumba y naufragaban algunas suposiciones en versos enigmáticos. Conservaré el folleto, sólo porque algo tiene que ver con López Velarde. Molesta que, el día del entierro del poeta, Alejandro Quijano pronunciara el peor de los discursos, con sentencias solemnes, y que se refiriera a los versos de Ramón como: “ora simples, ora complicados”. Mucho me temo que la profundidad de las confesiones del poeta no halló comprensión en el espíritu de su contemporáneo.

 

Alejandro Quijano et al. Alejandro Quijano. México, La Justicia, 1957.


sábado, 20 de julio de 2024

Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, de Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina (coords.)

 


Haré algo que nos ha prohibido, entre otras ciencias, la de la Historia: calificar de histeria y locura los caracteres comunes de los habitantes del mundo colonial. Ya sé que denota falta de familiaridad con la época, poca sensibilidad y conocimiento, así como insuficiencia para entender que nuestra manera de seccionar el espíritu es completamente diferente. En fin, los santos de otros tiempos me perdonarán la insolencia, pero tratándose de una sociedad reprimida por todo tipo de ordenanzas y mandamientos, cualquier escape mínimo traía consigo manifestaciones un poco escandalosas. Sé que los académicos que fueron convocados para hablar de la religiosidad de aquellos siglos nos piden comprensión. Pero qué pensar de aquel santo peruano, Francisco Solano, que interrumpía las obras teatrales con un crucifijo en la mano para llamar al público a abandonar la representación y arrepentirse. A esa locura colectiva que entonces se llamaba la normalidad, la caracterizaron la venta de reliquias de santos y la compra de indulgencias (para pasar poco tiempo en el Purgatorio). Con los dedos de los santos o con partes de sus pies, se hacían preparados milagrosos que se bebían con la debida fe. La devoción religiosa continúa arrojando sus restos sobre las playas del presente. Hay devocionarios hallados en las piedras de los templos y oraciones que mantienen las momias entre sus manos rígidas, pero que arrebatan los historiadores. Las oraciones eran esparcidas abundantemente sobre todos los días del año, varias veces al día. Y no había pecado secreto, porque una de las obligaciones de todo buen cristiano era espiar y delatar. De este modo, los sacerdotes iban concentrando a través de la confesión los secretos sexuales de la sociedad. Sólo se podía pedir comprensión a la grey celeste si se prometía sumisión total, entrega absoluta. Quizás a cambio los santos cumplan alguna venganza, quizá hagan el mal al prójimo, pero lo harán por bondad. La aparición de la Virgen por aquí y por allá era cotidiana, con suerte se te aparece en un día próximo, con sus flores y sus esclavos. ¿Quién será más milagrosa, la Virgen de rostro más doloroso, la santa que eligió como hogar una cueva inhóspita o la mártir que más veces ha visto al Diablo? No sabría qué capítulo de este libro dedicado a la devoción colonial, tiene más personajes extravagantes. La relación de prácticas relacionadas con la Virgen María que relata Pilar Gonzalbo causa un perdurable horror. Subrayé con alegría muchos personajes supurantes. Llegué a compartir con ellos su alegría por cada llaga. La virtud tuvo entonces una acepción bastante escatológica. Y creo que el historiador David Brading fue feliz al descubrir la vida de Juan Antonio Pérez de Espinosa, varón del siglo XVII. Espinosa despertaba a las dos de la mañana, tres veces a la semana se hacía azotar y dormía con frecuencia en un ataúd. Usaba anteojos de vidrios verde oscuro, para ver siempre el mundo en tinieblas. Le gustaba dormir bajo un esqueleto para no olvidar nunca que habría de morir. Y hay por estas páginas una mujer (la he perdido en mi amontonadero de penitentes subrayados) que dormía con las manos abiertas para ni siquiera sentir su propia piel y no caer en la tentación de los tocamientos. Pensaré tantas cosas de ustedes, antiguas existencias virreinales, menos que la locura permitía el aburrimiento dentro de las paredes de sus cuerpos.

 

Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina (coords.). Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano. México, INAH-Condumex-UIA, 1997.

 

viernes, 12 de julio de 2024

Loops 1. Una historia de la música electrónica, de Javier Blánquez y Omar León (eds.)



La música electrónica es música de máquinas, la que se hace con instrumentos eléctricos. Poco más que esto podría decir con seguridad. Eso se debe a que la propia definición de “música electrónica” conlleva un rodeo histórico. En prácticamente toda la música grabada de hoy intervienen aparatos eléctricos, desde su ejecución y pasando por todos los procesos de su producción. Sin embargo, hay que recordar que la música en sus orígenes es la producción de un sonido a través de medios físicos. En los años 40 surgió el término de música concreta para referirse a aquella que podía ser fijada en un soporte (disco, cinta) y, que, por lo tanto, se podía alterar. Es una excepción la música que se graba sin un tratamiento posterior. Históricamente, los aparatos para reproducir música fueron sustituyendo los instrumentos en las casas así como los discos a los grupos musicales, en las estaciones de radio. Son muchos los fenómenos que derivaron de estos cambios. Por ejemplo, la costumbre de oír música con un buen equipo de sonido, e incluso reunirse para ello. Si no fue el primero, David Mancuso ha quedado en la memoria como el pionero de los DJ, porque a principios de los años 70 organizó en su departamento en Broadway fiestas privadas para escuchar música de su colección de discos. Pronto se hizo popular entre la comunidad gay y afroamericana como “The Loft”, el antecedente de las discotecas: locales para escuchar música grabada, la cultura de la droga, y paulatinamente los ambientes industriales. A su vez, el circuito de la música había sido: Cuba, Nueva Orleans, Nueva York; pero al comenzar la industria de la música electrónica, se desplazó a Jamaica y a las ciudades industriales como Detroit y Chicago. Se abandonó el mambo y la salsa, para adoptar como uno de sus beats fundamentales el “dub” jamaiquino, experimentación del reggae. La ausencia de “intérpretes” hizo que el protagonismo de esta música recayera en el DJ. Pero era necesario que el público no se amontonara sobre la tornamesa, así que fue surgiendo la figura del MC (“maestro de ceremonias”), encargado de llamar la atención hacia la pista de baile. Estos elementos (DJ, MC y baile, a los que se les suma la cultura del grafiti), permitieron el hip-hop. Los fenómenos son incontables, pero puede destacarse la tendencia de la música electrónica europea en quitar de la música electrónica los elementos negros. Uno aprendía a escuchar, además de la música: el soporte. Los viejos discos de 78 y 33 1/3 rpm se revelan por el ruido de la aguja sobre su superficie; y las cintas, por las ediciones que los productores hacían para insertar ruidos. En el caso de la música electrónica, es posible “oír el soporte” en las producciones del grupo alemán Oval, que se distingue por aprovechar el sonido de los CD dañados para crear música. Este libro reúne los principales aspectos de la música electrónica del siglo XX, y cada uno de ellos me parece abismal. Rastrear un solo tema requiere una discoteca y una narrativa especializada y apasionante. Basta con pensar un solo tema: la historia de los bajos a lo largo de la producción de la música electrónica.

 

Javier Blánquez y Omar León (eds.). Loops 1Una historia de la música electrónica (2002), 1ª reimp. Barcelona, Reservoir, 2022.

domingo, 7 de julio de 2024

Una deformación sin precedentes. Marcel Proust y las ideas sensibles, de Mauro Carbone



Recuerdan ustedes que Platón expulsó de la República a los poetas condenados por los delitos de deformar la realidad y de presentar no el ser de las cosas sino su apariencia. Sin embargo, el Tiempo es otro artista, deformante, que nos guarda en el desván y nos saca año tras año para retocarnos, a nosotros, sus extrañas obras de arte. Desafortunadamente, no podemos expulsar al Tiempo de ninguna de nuestras repúblicas ilusorias. Lo debemos de aceptar, y tenemos que asistir a sus retrospectivas. Nos convoca a mirar qué tipo de cosas se dedica a hacer, maravillas inconcebibles. También han de recordar que más recientemente, Marcel Proust se dedicó a buscar el tiempo perdido. Empresa inútil, pareciera, aunque no tanto. Se nos ha inculcado la idea de que el tiempo no regresa, mucho menos aquel que hemos perdido. Recordarán que la madre de Marcel, al inicio de su novela, le ofreció un poco de té y una magdalena, inútil no saberlo pues muchas veces es lo único que se dice de Marcel, quien tomó una taza de té, sumergió una cuchara en ella y lo probó. Por alguna razón, recordaba que los recuerdos se inflaron como esas miniaturas orientales que se inflan en el agua, dando como resultado flores, animales, juguetes… Pero no era eso lo que ocurrió al principio, sino la sensación de algo que venía de más allá, de la profundidad de las capas del recuerdo estaba por expresarse. Habría que explorar con el pensamiento, escarbar en la memoria vigorosamente. ¿Qué quiere venir del pasado remoto hasta este instante? Para lograr atrapar esa sensación que huye, el narrador de En busca del tiempo perdido intenta apartar cualquier idea extraña, como hiciera Descartes en otro siglo. Aquello de ser “un sujeto que piensa”… pero no funciona. Es inútil, no hay comunicación con esa realidad que quiere decir algo, como ocurre en varias ocasiones a lo largo de la novela. Momentos en que el protagonista se da cuenta de que la realidad está a punto de comunicarle algo, o más bien de revelarle algo que tiene él dentro de sí, pero que no se logra develar. La naturaleza se agita inútilmente, pero se lleva la clave de algo. La intención de Mauro Carbone, en el libro Una deformación sin precedentes, es penetrar detalladamente en la expresión de ese momento en que el espíritu extenuado recibe la aparición del recuerdo. Ese recuerdo específico es la revelación de una idea precisa. Es como sintonizar una frecuencia lejana, luego de caminar por mucho tiempo entre tinieblas. Por el país en que nuestra vida camina no hay bagaje que sirva. Ocurre que mi Ser me opaca. Si el fenómeno se ve desde sí mismo, se puede dar esa ilusión de coincidir con el centro visual del ojo que mira. En ese momento, Aquello y Yo se confunden en la Idea. Pero, nuevamente, esto ocurre luego de circundar inútilmente el objeto. Porque esa realidad es incompleta cuando está frente a mí, la miro sin entender, le falta completitud, como si dijera: plenitud. La realidad ahora, aquí, es un vaso que se está llenando y por lo tanto no está listo para ser bebida, puesto que la realidad se forma de memoria. Qué extraño descubrimiento. Para qué esta degradación del presente que tanto nos encomia la poesía latina y los anuncios de las aseguradoras. Resulta que el conocimiento se me dará cuando no lo busque, o luego de luchar inútilmente por lograrlo. Porque dice Marcel: “Las flores que alguien me enseña hoy por primera vez, no me parecen flores verdaderas.” Me quitas la plenitud de este instante, pero ¿qué me das a cambio? La verdad no está aquí, entre mis brazos, sino dentro de esa bodega que experiencias que somos. Por suerte adquiere sentido esta profesión de albergar sinsentidos. Porque, está bien, entiendo que es una falacia ese paréntesis que nos pide la Filosofía, que mi espíritu no puede suspender nada ni vaciarse de sí para volver a plantear de nuevo el Universo. Ese espíritu que pretende conocer está lleno de cosas. Me asomo a él y miro un día de campo con mi familia, un perro corriendo feliz, pero yo aterrado de que se pudiera perder. Un pastel y familia que me tardo en reconocer. Una casa abandonada en la lejanía, que causaba terrores exquisitos al recorrerla. Y cuando incluso siento el viento y los olores de entonces, me recuerda el ruido de un avión que no estoy allá, sino aquí. Más conocedor del ayer que del hoy. Que por alguna extraña razón, no se me arrebata ese momento perdido. Soplo las velas del pastel y curiosamente me miro feliz. Podría empezar a tejer la realidad a partir de ahí. Podría… En realidad tendría que decirle al río o al perro que amé: Quítate, no te busco a ti, busco una palabra, algunos símbolos, un sentido que perdí y que necesito anudar con este presente. Aquello invisible y que por esa razón no vi, pero que puedo buscar desde el Ahora. Más que objeto de conocimiento, el Ahora se me figura como una ventana desde la cual se pueden pescar algunas ideas trascendentales. Aparentemente, picarán en nuestra caña de pescar ya que hayamos fracasado en la lucha contra la falta de peces. Pobre Platón, será vapuleado nuevamente, porque en esa pesca literaria del día encontraremos un conocimiento real, abriremos un conducto que da directamente a nuestro ser y que nos proveerá de verdad, precisamente gracias a la deformación que el arte hace de la realidad. Hay un “Yo pienso” que nos habla al oído. Pero mucho tiempo después, escuchamos una segunda voz que vuelve a decirnos: “Yo pienso”. Es diferente, porque esa segunda voz sabe más que la primera. Esa segunda voz a la que muchas veces llegamos a través del psicoanálisis, descubierta por Freud, nos dice de nosotros algo que no sabemos. La primera voz, que se erige como conciencia y que pretende saber de nosotros, no sabe tanto. Y sabe muchas veces en sentido contrario a nosotros. Pero hay un descubrimiento mayor de Freud (según Merleau-Ponty): la idea de que existe un simbolismo primordial que está encerrado sólo para ser conocido por nosotros y que es el responsable de los sueños y, de manera más general “de la elaboración de nuestra vida” (p. 138). La infancia es una anticipación de la vida en tanto que la vida adulta vuelve a ella para atar un cabo suelto. Retomar para reestructurar, dice el autor del libro. Es famoso el buitre que Da Vinci vio en su cuna, entrar y poner sus plumas en la boca del niño. Ese no-recuerdo, porque pasó antes de la existencia de la memoria, fue una visión construida en el mundo adulto. Igualmente, la cantidad de detalles y reflexiones que construyen el mundo de la infancia en En busca del tiempo perdido son necesariamente añadidos posteriores, porque la niñez no tuvo tiempo de fijarse en nada ni de mirar con los ojos posteriores. En el recuerdo, toma su forma definitiva. Pero no soy yo quien piensa, en última instancia: “No soy yo quien me [hace] pensar como tampoco soy yo quien hace latir mi corazón” (Merleau-Ponty). No iré más allá, no preguntaré qué hay detrás del Yo, de cualquier manera, es una pregunta que me persigue, pero puesto que aquí en esta dirección no vive el Yo, no recogeré la carta que lo busca y quedará en el buzón, o pediré que se reenvíe la petición a su correcto destinatario. Acuso, sí, otra frase de Merleau-Ponty que me dejará pensando mucho más: que el psicoanálisis es la filosofía, no del cuerpo, sino de la carne. Eso, al menos, palpita en estas notas y paráfrasis que tomé al vuelo durante la lectura.

 

Mauro Carbone. Una deformación sin precedentes. Marcel Proust y las ideas sensibles Una deformazione senza precedenti. Marcel Proust e le idee sensibili (2004), tr. Eduardo González Di Pierro, revisión de la ed. Antonino Firenze y Josep Maria Bech. Madrid, Anthropos-Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, 2015. (Col Autores, Textos y Temas. Filosofía, 89)