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sábado, 24 de febrero de 2024

Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos, de Marx y Engels





No hay que olvidar que la editorial de Juan Grijalbo se inició publicando libros de marxismo. Este volumen con 5,000 ejemplares es una de aquellas selecciones de textos de Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) que circularon por México en los años 70. En realidad, de Marx sólo se incluyen cuatro páginas (las “Tesis sobre Feuerbach”, de 1845, que Engels dio a conocer en 1888). El resto son textos de Engels tomados de varios de sus libros, como el prefacio a El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884). Varias de las ideas desarrolladas en esta obra, aun escritas hace 140 años, serán de absoluta novedad para los conservadores de hoy, como el planteamiento de que la familia no es la base de la sociedad sino una formación de carácter histórico. Ideas tan evidentes como que hay diferentes tipos aceptados de familias según las condiciones sociales de las culturas (por ejemplo, el permiso de que las mujeres tuvieran varias parejas sexuales) inquietarían todavía los sueños los derechistas de hoy. En ese sentido, el libro de Juan Grijalbo publicado en 1970 es más novedoso que el ideario de moda. Pero mayor interés tiene para mí el texto “Dialéctica de la naturaleza”, en que Engels se refiere a la historicidad de la ciencia, tema que se ha desarrollado en diversas direcciones por estudiosos como Pierre Bordieu, quien ha analizado cómo los aspectos de poder en el ámbito de la ciencia han determinado qué consideramos “científico” y “verdadero”. Pero lo que le interesa a Engels es que la naturaleza también tiene historia. Por ejemplo, las nebulosas serían un documento “histórico”, pues se trata de las regiones interestelares en donde se fabrican las estrellas. Siguiendo esta imagen, el pensamiento filosófico sería la nebulosa en que se forma el pensamiento científico. Eso puede verse en el hecho de que la teoría sobre las nebulosas como formadoras del sistema solar, provino de un filósofo, Immanuel Kant, y no de un científico. A grandes rasgos, Engels propone que la filosofía modifica el pensamiento científico. Este texto, escrito entre 1873 y 1883, demuestra el interés constante del filósofo alemán por la ciencia. Al morir, Engels dejó como albacea de su obra a Eduard Bernstein, el famoso padre del “revisionismo”. Éste, a su vez, le preguntó, en 1924, a Albert Einstein si el texto debía de publicarse. La respuesta es decepcionante porque el extraordinario científico no supo comprender que su propio pensamiento estaba determinado por esa nebulosa que es la filosofía. Escribió: “Mi opinión es la siguiente: si este manuscrito procediera de un autor sin interés como personalidad histórica, no recomendaría su publicación; porque el contenido no tiene ningún interés especial, ni desde el punto de vista de la física moderna ni siquiera para la historia de la física.” No me satisface la opinión de Einstein. Aunque sobre eso no debo decir nada, no conozco su acercamiento a la filosofía. Pero no es la primera vez que dos grandes pensadores se encuentran sin tener mucho que decirse…

 

Karl Marx y Friedrich Engels. Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos. México, Grijalbo, 1970.

domingo, 18 de febrero de 2024

Tiene la noche un árbol, de Diego Cristian Saldaña

  


Es difícil es explicar de qué trata Tiene la noche un árbol, de Diego Cristian Saldaña (1990). Se trata de su primera obra narrativa, con la que obtuvo el Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2019. Varias veces, mientras la leía, pensé que quizá el autor se dijo al escribirla: “En caso de que no haga después otra novela, voy a poner en ésta todas las referencias, todas las tramas, todos los recursos, todas las técnicas y todos los sucesos”. No sé casi nada de Diego Cristian, apenas que me dejó su libro una mañana con una dedicatoria, pero me gustaría saber más. Lo busco entre las redes sociales y lo veo por muchos lados, canta, actúa, viaja, escribe, da talleres de performance, baila, hace homenajes al canto cardenche… Naturalmente, me gustaría que escribiera nuevas novelas, pero entonces me gustaría preguntarle en torno a las decisiones que toma en las páginas de este libro. Quisiera saber por qué cierta resolución, por qué algunas estructuras. Porque pareciera que quiso contener todo apretadamente en una historia, de tal manera que a una acción le corresponde una consecuencia inmediata. Puesto que él está trepado en alguno de dichos verbos (los enumerados arriba, o quizá en alguno otro), yo comienzo una conversación imaginaria y sólo mía, la que me hace recorrer las páginas. Sé, antes de comenzar a preguntar, que no terminaré de resolver esta novela, la cual es un pequeño artefacto que necesita armarse en la mente del lector. Hay pistas por todos lados y tal nivel de relaciones que no esperen que una primera lectura las conecte todas. Es como esos relojes que uno abre por curiosidad y al cerrarlos de nuevo, quedan más piezas tiradas todas por la habitación. Como yo no sé armar de nuevo el mecanismo de la novela y simplemente quiero irme y dejar todo regado, prefiero hacerle al autor preguntas de poética: ¿qué sigue en la siguiente narración?, ¿cuáles de estas resoluciones que ahora están en este libro te dejaron insatisfecho?, ¿qué es lo que en realidad quieres continuar? Hablo como si por aquí hubiera alguien que me oyera, cuando en realidad hablo conmigo. Pero es que sé que al realizar preguntas frente a la obra de arte las esfinges, tradicionalmente mudas, se ponen a hablar. El punto de partida de la novela es sencillo, aunque desemboca en asuntos que no conozco del todo, así que llegaré hasta cierto punto de los caminos, y luego me daré la vuelta otra vez. Ni siquiera sé por qué hilo comenzar a desmadejarla. Pensé que por el título, verso de Muerte sin fin, pero en el fondo ignoro si eso me lleve a ninguna parte: “Tiene la noche un árbol / con frutos de ámbar”. No sé si se refiere a las estrellas, semifijas en la inmensidad, que señalan el destino. Señalan todos los destinos, o por lo menos los cubren. La novela mira a veces a ese cielo, a la inmensidad y al jeroglífico de las estrellas. Pero más comúnmente, mira hacia dentro, como hacían los surrealistas, pues en gran medida este libro es un homenaje a esos artistas que, en tiempos de entreguerras, habían diagnosticado antes que nadie, la putrefacción del siglo XX. Tal vez este libro, al hacer homenaje a los artistas de hace cien años, pretenda usar esa mirada rara de los surrealistas ante el mundo. O, al menos, mirar los productos del surrealismo en este país: Xilitla, la visita de Artaud, todo el arte mexicano deudor de esa vanguardia tan europea como americana. Cuánto del arte mexicano, visible y oculto, es fructificación de esa escuela. Pero todas las referencias que realiza el texto crean una constelación enorme y quizá ajena a la propia narración.

La novela está dividida en dos partes: dos historias aparentemente separadas, cuya unión profunda se me escapa. Por alguna razón, la primera parte consta de los capítulos nones y la segunda, de los pares. No sé si la relación entre ambas historias es de simultaneidad o si, al contrario, deben de contarse en dos tiempos distintos. (No recuerdo, por ejemplo, si en esta segunda parte se habla de la epidemia que ocurre en la Ciudad de México o del terremoto que la devasta.) Por alguna razón, el autor no las barajó sino que dejó los dos montoncitos de capítulos separados unos de otros.

Me referiré a ciertos aspectos de la trama. Los sueños de Felipe, el protagonista de la primera mitad de la novela, se cumplen puntualmente al día siguiente de ser soñados. Un día, una pandemia; otro, un terremoto. El tercero sueña que desaparece Nora, una exnovia que trabaja como conductora de un programa de televisión en el Amazonas… Todo esto se lo comienza a contar a Julia, una psicoanalista con la que comienza a tener una relación erótica. Ese día, en la mañana, la madre de Felipe, Laura, llega inesperadamente a vivir con él. Por cierto, cada cosa que ella come tiene un extraño sabor a huevo… Ah, por cierto, su padre, que lleva mucho tiempo en estado de coma, acaba de morir. Son demasiados asuntos en unas pocas páginas, más de los que cualquier narrador sería capaz de contar. Por esa razón, supongo, las consecuencias de cada uno de estos sucesos no tienen la suficiente trascendencia en la historia. Si bien la ciudad está devastada, eso apenas interfiere en la narración. Aunque hay una epidemia de algo como una gripa, tampoco hay consecuencias serias (lo cual notamos de inmediato, todos, luego de vivir una larga epidemia). La narración avanza pero se llena de referencias varias (el blues y el jazz, el cine de Christopher Nolan, la poesía japonesa, el Surrealismo, etc.) cuya consistencia no siempre me queda clara. Y algunos elementos de la trama que no vuelven a aparecer o a justificar su presencia (el trabajo de Felipe como analista de economía, o el de su madre, en un laboratorio de biología). Es como si la trama fuera una ramificación que terminara en estériles inflorescencias, como todas las cosas que le saben a huevo a Laura, aunque el huevo le sabe a fettuccini en salsa de tres quesos con piñón y trozos de salmón ahumado. Tal vez eso se deba a que el hilo central de la novela, o la semilla que dio como consecuencia todo este planteamiento novelístico sea la admiración por el Surrealismo, los artefactos literarios que no conducen a resoluciones lógicas, las ramificaciones absurdas, etc. Pero suena contrario a la sucesión estrictamente lógica entre sueño y predicción que vive el protagonista de esta primera mitad de la novela. Pero, ¿y su revés?, es decir, la otra mitad del libro. Es completamente diferente. Mientras la primera parte del libro podría ocurrir en una ciudad cualquiera, la segunda tiene un fuerte arraigo en el paisaje (Xilitla, Acapulco…). Mientras que la narrativa de la primera parte tiene una complejidad que parece evocar los guiones de Christopher Nolan, la segunda parte tiene una linealidad centrada en apenas tres personajes. Su estilo me parece más cuidadoso en cuanto a las consecuencias que tienen los actos de los personajes. A diferencia de los nones, cada capítulo de esta sección está precedido por un haiku: recordatorio de la pequeñez de la humanidad ante la naturaleza (por ejemplo: “No lloréis, bichos, / que sufren desengaños / hasta los astros”, de Kobayashi Issa, 1763-1827). Aquí se cuenta la historia de un viaje que realiza una pareja (Mercedes y Andy). Los acompaña Phillip, el abuelo de Mercedes. Estos últimos, de Texas; Andy, de ascendencia griega. Es un nuevo homenaje a los surrealistas: la imagen de André Bretón los lleva a visitar San Luis Potosí. El tiempo se espacia, existe la oportunidad de integrar el paisaje a los estados de ánimo, y los personajes igualmente logran crear un espíritu lo suficientemente estable como para guardar secretos y para contemplar misterios. Caminan por Las Pozas y la arquitectura de Edward James se refleja en el interior. Los jóvenes buscan la experiencia estética, el descubrimiento de un pequeño mundo perdido en la Huasteca; en tanto que Phillip regresa a visitar un recuerdo. Al final, los jóvenes se dan cuenta de que forman parte de la continuidad de una historia que comenzó mucho tiempo antes que ellos.

Jean Cocteau, cercano a los surrealistas, dijo que “el mecanismo de una obra de arte era invisible”. Como un mecanismo de referencias, me parece que la novela crea una constelación inconsistente. Mayor fortuna tienen los personajes que construyen su destino como un proyecto de búsqueda del Surrealismo, para que –como dicen en algún pasaje de la novela– “los sueños gobiernen la vida, para permitir que el alma gobierne al hombre”.


Diego Cristian Saldaña. Tiene la noche un árbol. México, Tierra Adentro, 2019.


sábado, 17 de febrero de 2024

Vidas en el aire, de Bertha Zacatecas



Bertha Zacatecas, socióloga y periodista, fue esposa del filósofo Josu Landa. Cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, ella acababa de morir, y Josu, que me contó de ella, le había dedicado poco antes su Treno a la mujer que se fue con el tiempo, poema que ganó en 1996 el premio Carlos Pellicer de obra publicada. Bertha tuvo tiempo de reunir sus entrevistas en torno a la radio, poco antes de morir, las cuales había publicado en una columna en el diario El Financiero. Aunque comenzó a interesarse por los asuntos sindicales, poco a poco se interesó en el mundo de la radio, y entrevistó a sus protagonistas con mucha cercanía e interés. Aunque tengo el libro desde entonces, y siempre me ha servido de consulta, por primera vez lo leo de corrido. Sería inútil tratar de referir incluso una pequeña parte de todas las historias que se cuentan en sus páginas. Hay cancioneras de bolero, crooners, locutores, empresarios, productores, compositores… Está Pedro de Urdimalas, que convenció a Ismael Rodríguez de ir a un café de chinos para contarle la historia de Pepe el Toro y la Chorreada, lo que desembocó en una de las grandes películas del cine mexicano. Las protagonistas de las radionovelas cuentan su experiencia, el triste éxito de ser desconocidas en la calle aun cuando no había nadie que no las conociera por su voz. Como los personajes y los programas pasan por el libro como parte de largas evocaciones, hay que cazarlos al paso. ¡Ahí va el nombre de Toño Escobar, extraordinario músico, a quien le he seguido la huella durante años, para sólo encontrar unos pocos datos! Amparo Montes recuerda su programa Bon soir, seguramente patrocinado por el perfume del mismo nombre, y que duró diez años. Era un programa en que Amparo cantaba canciones de amor, Manuel Bernal decía poemas, y el público mandaba cartas con sus historias de amor para ser leídas al aire. Y el tema musical era una canción de Antonio Escobar. “Bon soir, madame, así le habló, y yo no sé qué contestó…” El locutor Edmundo García, voz de la antigua XEB, recuerda a Escobar, cuando en los años 30 era el pianista de la orquesta de Rafael Hernández. Eran los días en que Margarita Romero y Wello Rivas estrenaron Perfume de gardenias en esa estación. Aunque es una canción cuyo perfume no termina, no se sabe que comenzó a escucharse en 1936 en la “B grande de México”, como la bautizó Edmundo García. Si le sigo la pista a Escobar es porque se trata de uno de los grandes músicos olvidados de México: trajo a nuestro país al menos tres ritmos, la conga, el porro y el merengue. Eso, porque durante una gira a la República Dominicana con las hermanas Águila (era esposo de una de ellas), se convirtió en el músico favorito del dictador Leónidas Trujillo. A esas figuras de la radio quise seguirles el paso después de Bertha Zacatecas, a algunas pude llegar, aunque tiempo después, a otras ya no fue posible. Entre los que sí, recuerdo a Lupita Palomera y Fernando Fernández, porque vivían a dos calles de mi escuela, el CCH Sur. Algunas veces fui a tocarles la puerta y platicar con ellos. Aquí recuerda que fue el primer cantante de radio que fue a cantar a un cabaret, el Waikikí. Aunque sus compañeros lo criticaron entonces, hoy lo recordamos por sus películas en que enamoraba con boleros a una hermosa rumbera, Meche Barba. Hace mucho que no veo esas películas, pero creo recordar que enseñan algo de que el amor florece en medio de la desdicha.

 

Bertha Zacatecas. Vidas en el aire. Pioneros de la radio en México, presentación de Raúl Trejo Delarbe. México, Diana, 1996.

martes, 13 de febrero de 2024

Sororidad



 

La palabra “sororidad” fue empleada por primera vez por Miguel de Unamuno (1864-1936) en su novela La tía Tula (1921). Con este término, el escritor español quiso completar el listado esencial de las relaciones humanas: maternidad, paternidad, fraternidad… y sororidad, que sería la relación entre hermanas. De hecho, existe en latín la palabra sororiare, que significa “crecer por igual y juntamente”. El escritor español se dedicó a estudiar las diferentes formas de relaciones humanas y su forma de manifestarse a lo largo de los mitos fundamentales de la civilización. Desde tiempos bíblicos, la “fraternidad” tiene cierto problema para significar algo enaltecedor, puesto que el primer crimen de la humanidad fue precisamente un fratricidio, el de Abel por Caín. Este último fundó una ciudad a la que llamó con el nombre de su hijo, Enoc. Se trata de la primera ciudad del mundo: en ella comenzó la civilización, el derecho y la política, lo que significa que estas actividades comenzaron en una ciudad construida por un fratricida. Las relaciones derivadas del incesto crean una intrincada red de crímenes y complicidades que es mejor obviar llamándonos entre todos hermanos. Hay muchos hermanos famosos en la historia de la humanidad, no todos destacan por haber realizados acciones enaltecedoras, sino por lo contrario: traicionar y matar. Ojalá el percatarse de que los países están formados por hermanos hiciera tomar conciencia del fratricidio que son las guerras civiles. Más o menos, estoy siguiendo las ideas de Unamuno en el prólogo a este libro escrito en un momento de persecución política, pues el autor fue exiliado de España a causa de sus ataques al rey Alfonso XIII y, más adelante, a la dictadura militar de Primo de Rivera. Instalado en Francia conoció a Alfonso Reyes en casa de Jean Cassou. Es posible que todas estas obsesivas disquisiciones en torno a las relaciones simbólicas de los seres humanos hayan germinado en los pensamientos de Reyes, pues México a fin de cuentas es también tierra de fratricidios, y durante la Revolución la muerte a manos de un hermano era lo común. Ifigenia, la sacerdotisa amnésica que reconoce a su hermano en el momento anterior a sacrificarlo, fue el personaje que eligió Reyes para expresar que la toma de conciencia de la fraternidad puede detener la violencia. Como puede verse, fratricidio e incesto explican largos pasajes fundacionales de la Historia. Unamuno investigó más pasajes de la antigüedad, como el caso de Abisag, la sunamita llevada al lecho del rey David, con el fin de acostarse a su lado para curarlo de sus males, como se aseguraba que hacía gracias a los poderes curativos que la hicieron famosa. Abisag, según Unamuno, se entregó espiritualmente a David, puesto que él ya no tenía fuerzas para “conocerla”. Y ella, estaba destinada a servir sólo para acompañar. Son esas mujeres, tanto tiempo llamadas solteronas, que sacrificaban la sexualidad para ejercer la maternidad en una familia, para cuidar y heredar la memoria de una estirpe. Eso, naturalmente, en una forma social en que las mujeres son prisioneras, abejas encerradas en un panal, esa sociedad que conoció Unamuno. Tula, la protagonista de esta novela, se interesa por la vida de las abejas, por los zánganos y las abejas reinas que no supieron hacer miel pero ponen huevos. Quiere decir que la cultura abejil se transmite de un modo lateral, por medio de las abejas que no tienen descendencia. Pero el propio Unamuno pensaba que esa imitación servil del positivismo ante la naturaleza era una forma reaccionaria del pensamiento. Quiere decir que la función de la sororidad va tomando otras formas menos hexagonales y determinadas de las que crean las abejas. Sororidad es una palabra que toman en sus manos las mujeres que la consideran propia y la vuelven a construir cotidianamente. Es dificil explicar el sentido de La tía Tula; de hecho, su autor tuvo que combatir algunas interpretaciones que hacían de la protagonista una mujer que ejercía una larga venganza al ser privada de la sexualidad. Toda la novela se desarrolla a partir de una escena única: dos hermanas, Rosa y Gertrudis (Tula), salen a pasear, pero la primera de ellas atrae las miradas de un joven que las encuentra en la calle. Cuando Tula se da cuenta de la atracción que su hermana despertó en aquel joven, la convence de casarse y de tener hijos, que ella se encargará de cuidarlos y educarlos. Como abeja, construye en su mente el panal para construir una familia. No le importa que su hermana muera luego de dar a luz, pues la obliga a cumplir con el destino de ser madre. Cuando muere Rosa, Tula se queda ante Ramiro, pero vence la idea común entonces de que el viudo puede casarse con su cuñada. Aun cuando Ramiro está enamorado de Tula, incluso cuando le confiesa que siempre se sintió más atraído por ella, no puede consumarse esta relación. Es tanto lo que le ruega, que Tula pone un plazo: un año, y si él es constante, se casarán luego de pasado ese lapso. Sólo que Ramiro no logra mantenerse fiel, así que meses después embaraza a Manuela, la joven que sirve en la casa. Parece una venganza que Tula lo obligue a casarse con ella, para hacerse cargo también de los hijos que resultan de esa relación. En realidad, no sabemos mucho de ellos, no sabemos qué pasa a lo largo de tantos años en esa familia. Los hijos cumplen la función de ser criados por la tía, quien se convierte en una figura tutelar. Cuando Tula muere, una de sus “sobrinas”, la hija de Manuela, asume el papel de madre de sus hermanos. Leída como una novela de amor, la historia trataría de la tragedia de Ramiro, que no consuma su pasión por su cuñada. Pero vista desde la virtud inflexible de la protagonista, es el triunfo de un pensamiento “civilizatorio”, el de la hermana que se sabe llamada a sacrificarse por educar y mantener la esencia familiar. Éste es el complejo significado que le dio Unamuno a esta palabra que se ha vaciado de ese significado y se le ha vuelto a llenar con otras ideas. Para Unamuno, la función de la hermana “sorora” no se detiene incluso ante hacer morir, pues mira la progenie.  Yo no sabría desprender de aquí más consecuencias. No sabría decir si esta sororidad significa un amor entregado a los demás a costa de la felicidad propia, o bien una venganza largamente planeada pues consiste en decirle no al enamorado para consagrarse a un fin más alto. Así fue Antígona, la hija y hermana de Edipo, otro fruto del parricidio y del incesto, siguió a su padre durante su exilio. Pasados los años, Edipo maldijo a sus dos hijos y hermanos hombres, Etéocles y Polinices, cuando supo que combatían por quedarse con el poder de Tebas. “Si vivo, es gracias a mis hijas”, dijo poco antes de morir. En el combate decisivo entre los hermanos, uno murió a manos del otro, como dictaba la maldición de Edipo. Sólo que Creonte, tío y cómplice de Etéocles, decidió que el cadáver de Polinices yaciera sin ser enterrado. Antígona se arriesgó pero puso tierra sobre el cadáver de su hermano y fue condenada por su propio tío. Se impuso la ley inmemorial de la familia ante la orden de estado. Por eso, dejó escrito Unamuno: “Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero no es una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino sobre matrias y sororidad.” Sólo que la postura final ante el término de sororidad es ambiguo. Finalmente, Tula es una especie de zángano en el panal de su familia: es la abeja que transmite el saber familiar, pero por otra parte es la abeja que no supo hacer miel ni tener hijos. Y mientras sean rijan las colmenas “los zánganos que revolotean en torno de la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron”, habrá barbarie de guerras devastadoras.

Tapamos crímenes con palabras y las obligamos, entonces, a reformularse eternamente.

domingo, 21 de enero de 2024

Tiempo de saber, de Julio Scherer García y Carlos Monsiváis

  



 

Este libro contiene textos de Julio Scherer García y de Carlos Monsiváis. El primero amplía aspectos que había tocado en sus memorias periodísticas, Los presidentes, especialmente en el cerco del poder en torno a Excélsior y la manera en que Gobernación se encargó de financiar Excélsior Libre, un periódico dedicado a combatir el periodismo impulsado por Scherer. Por otra parte, el texto de Monsiváis… una crónica sobre la relación del poder y la prensa a lo largo de dos siglos. Desafortunadamente, se lee como una historia inconclusa; no hay quien haga la valoración, en unas pocas cuartillas, de lo que ha ocurrido en los medios los siguientes veinte años. El desprestigio autocultivado a conciencia por los medios corporativos, los youtubers que valiéndose de una conexión a internet han sitiado a la comentocracia, la censura calderonista, la cobertura de la contrarreformas energética y educativa en tiempos de Peña Nieto, el periodismo aparentemente independiente, la complicidad de los medios en la Guerra Jurídica, el actual cerco informativo de la prensa corporativa, pero especialmente: los medios condenados a reconocer los intereses que los guían y la guerra por la “objetividad” (por objetividad, los medios comerciales entienden: imponer su agenda particular). En su texto, Monsiváis narra los principales periodos y extrae conclusiones generales, como la idea de México en la Era del PRI: país de una sola lengua y de un solo discurso nacional; la irrupción de las escuelas de Comunicación y el fin del periodismo narrativo, la sustitución de “prensa” por “medios” en el sistema de información en el país, la caricatura como editorialización (con certeros análisis de algunos grandes caricaturistas). Es cierto que Monsiváis se centra en el periodismo impreso, práctica que ha desembocado en el mar de lo digital, por lo que hoy más que nunca se habla de “medios de comunicación”. Cada etapa de la vida en México establece una correlación de fuerzas. Pienso en el caso del Alemanismo retratado por Monsiváis: era en que se difunde el “hamiltonismo social” (acumular el capital en unas manos para luego repartirlo, ideología que llegaría hasta prácticamente 2018), la prensa que da cuenta de Alemán que preside no sólo un país sino las grandes celebraciones de sociedad, bodas, fiestas, inauguraciones. La sociedad como una gran foto de familia retratada por el sociólogo Charles Wright Mills, que devela los diferentes tipos de poder que no siempre quieren aparecer en las imágenes. La prensa de sociales era poco estimada por la alta sociedad, pues la consideraban un exhibicionismo propio de los nuevos ricos. A lo largo de las páginas se demuestra históricamente que el pueblo (la opinión pública) se ha informado en contra de los medios de comunicación y no gracias a ellos. La mayoría de los medios comerciales de hoy no dejarán una imagen diferente a las páginas frívolas del alemanismo que omitieron la represión a veces brutal como la que señala Monsiváis: el 1 de mayo de 1952 los hermanos Mayo retratan un obrero asesinado, abrazado por su madre. Será más fácil encontrar la imagen en el vestíbulo del Teatro Jorge Negrete, reproducida por Siqueiros, que en la hemerografía de entonces.

 

Julio Scherer García y Carlos Monsiváis. Tiempo de saber. Prensa y poder en México. México, Aguilar, 2003.




 

sábado, 20 de enero de 2024

El ajolote, de Andrés Cota Hiriart



 

El ajolote es un anfibio de cuerpo alargado y ligero, “puede decirse que casi serpentoide”, dice el autor de este libro. Tiene, además, doce pliegues transversales en cada costado y una gran cola. Me encontré con uno de ellos y quise acercarme para analizar la verdad de estas palabras, pero el pequeño animal dejó su proverbial quietud para retirarse horrorizado al fondo de su pecera. No miran fijamente como buscando una respuesta en los demás (por lo menos, éste no lo hizo). Esta característica –la velocidad– también se encuentra consignada en el volumen de Andrés Cota Hiriart. De dichos animales, casi lo único que yo sabía era lo que narra Julio Cortázar en su cuento “Axólotl”, publicado en 1956: que su figura es silenciosa e inmóvil, y de cuerpecito rosado y translúcido. Lo que quizá no sabía Cortázar era que aquellos que miró en el Jardin des Plantes de París eran seguramente descendientes de los 34 ejemplares vivos que llegaron a aquella ciudad en 1864, enviados desde Xochimilco en tiempos de Maximiliano. Auguste Duméril, profesor del Museo de Historia Natural, se interesó en ellos y escribió un texto titulado Reproducción en la colección de reptiles del Museo de Historia Natural, de ajolotes, batracios urodelos de branquias persistentes, procedentes de México (Siredon mexicanus vel Humboldtii), que nunca antes se habían visto vivos en Europa (1865). Tal vez el ajolote tenga tantos biógrafos como Tólstoi o Napoleón. De las diferentes ramas de esa extensa bibliografía, ¿por cuál subiré? Mientras que Cortázar se interesó por algunos aspectos de la psicología del ajolote, el ilustre doctor Duméril estudió la reproducción del ajolote, al cual le dedicó sus últimos años. Pero parece que la regeneración corporal es lo más fascinante: pueden perder los ojos, la mandíbula, cualquiera de sus patas o incluso un pedazo del corazón, y volverá a regenerarse con una rapidez admirable. La esperanza de arrancar ese secreto al ajolote ha llevado a varios gobiernos a invertir cantidades enormes en investigación. El secreto de activar en los genes humanos esa capacidad hace soñar, pero no mucho tiempo, ya que se trata de un sueño todavía lejano de alcanzar. Así que es mejor soñar con sus movimientos silenciosos, con su piel que se escurre de las manos. Tiene razón el autor en que parece una pieza arqueológica sumergida en el lodo, pieza que inexplicablemente no ha perdido su brillo a pesar de su antigüedad. Es cierto que tiene algo de irreal, que parece más ficticio que otros animales y que despierta una sensación inaprensible como él. Si pudiera, me gustaría conocer al Ambystoma velasci, cuyo nombre es un homenaje al pintor José María Velasco, que lo describió por primera vez. En vez de eso, guardo un billete de 50 pesos, con la efigie del ajolote. Y me entero de que el Banco de México no emitirá más de estos billetes porque la gente prefiere coleccionarlos que gastarlos. Tengo un ajolote en casa, pero hecho de cartón. Lo miro, lo miro, sin esperanza de mirar el mundo desde sus ojos.

 

Andrés Cota Hiriart. El ajolote. Biología del anfibio más sobresaliente del mundo (2016), ilustraciones de Ana J. Bellido, 2ª ed. México, Elefanta, 2022.

lunes, 15 de enero de 2024

Mujer en papel. Memorias inconclusas de Rita Macedo


Cecilia Fuentes recopiló las anotaciones de su madre, Rita Macedo (1925-1993), las ordenó y reconstruyó una personalidad que no acaba de quedar armada ante nosotros. Hay más pliegues en su vida de los que podemos sospechar. Yo ya la había visto pasar por varias películas, pero ciertamente no me había detenido a contemplarla hasta que me despertó la curiosidad con su serie de recuerdos. Escribió sus memorias, ¿pero para qué las escribe uno?, ¿para creerlas? Muchos conocidos míos la recuerdan, la vieron en las clases de José Luis Ibáñez, coincidieron con ella… Algo siempre atrajo a los extraños. Como aquellos “hippies” con los que coincidió en el Festival de Venecia y a los que pidió aventón para llegar al cine. Se miraron unos a otros y levantaron los hombros. Está bien… y la llevaron. ¿Se habrán extrañado de esa mujer distraída y elegante que no reconoció a los Rolling Stones? Esa narrativa centrada en su encanto, en su elegancia, que sólo sale de sí misma para sorprenderse con otro ser digno de admiración que fue Carlos Fuentes. Cecilia, que cosió los fragmentos de su madre para poder conocerla mejor, se dio cuenta de que le había mentido en aspectos de su vida. Gracias a sus recuerdos supo que Carlos Fuentes siempre fue un padre preocupado por ella, que no la había abandonado como se lo decía Rita. Nuevamente: las memorias, un señuelo construido pacientemente por la actriz para decirnos: esto soy, pero al mismo tiempo evadiéndose para poder suicidarse, con lo que esta angustiante labor de conocerla perdería sentido forzosamente. Entonces, esa bolsita de té que son sus palabras comenzó a disolverse en mí (su lector) y me hizo volver la vista a la pantalla. La pantalla… ese espacio que es la prueba de la existencia. Entonces, me tuve que preguntar: en el caso de los actores, ¿son sus personajes un reflejo, un espejo?, ¿son los seres ficticios puerta de entrada para las personas reales (tan evasivas)? Los padres de Rita Macedo cortaron su relación con ella, fueron ausencias definitivas. Y ella misma pareció desprenderse de sus hijos, quienes han decidido perdonarla, o no. Pero comprenderla… Cuenta ella que en los inicios de su carrera también se prostituyó. Relata que, en vez de ir a convivir con Pedro Infante mientras filmaban Pueblo, canto y esperanza (1956), se alejaba a leer algún libro de Kafka. Sí, mirar la vida a través de la lente de sus actuaciones. No sé si ella habrá sido un personaje de Usigli, de José Rubén Romero o de Pérez Galdós. Personas con problemas burgueses, escenas de duelos de silencios y de apartes. La tentación de la cámara opaca las dotes histriónicas, posar antes que actuar. Qué bueno que existe la cuarta pared y que todo ocurrió hace setenta años, porque ya no podremos irrumpir en la historia para decirle a Manolo Fábregas que nos parece evidente que no ama a su esposa, Rita Macedo, tanto como al amante de ella, Rubén Rojo. Tampoco importa que dejara colgado el disfraz de Andara en el camerino, la prostituta que sigue por los caminos al padre Nazarín. La época le construyó a Rita Macedo una personalidad llena de puertitas, de claroscuros en el espíritu, de fatalidades de un destino que cobra en el sindicato único de trabajadores de la industria cinematográfica. Las palabras de este libro atraen para que uno naufrague en una filmografía fascinante, para que siga a una actriz de rostro inolvidable, que fue musa de un novelista y de varios directores notables. Rita Macedo es un personaje tan atractivo que la autora de estas memorias la persiguió casi hasta el fin, para tratar de entenderla. Me gustaría saber si hay algo más profundo en la personalidad de un actor que la actitud de eternidad ante la cámara de cine.

 

Cecilia Fuentes (recopilación y ed.). Mujer en papel. Memorias inconclusas de Rita Macedo (2019). México, Trilce, 2020.