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sábado, 30 de abril de 2016

Sobre la vida (extraña)


 
 
Hay que hablar de la vida, aunque sea una vez en la vida. Aunque sea para poder decir: “Quién sabe”. Parece un tema para especialistas, pero todos estamos directamente involucrados. Un día preciso en un sitio preciso, ocurrió que una cosa que no estaba viva comenzó de pronto a estarlo. No concibo que se haya hecho vivo “poco a poco”. Peldaño último de las especulaciones. Corro a consultarlo en un libro, para saber si está ahí la respuesta. Pero el libro está hecho con la misma materia orgánica. Y está colocado entre los niveles de un librero hecho de células de madera. Como si estuviéramos todos dentro de esa célula sólo que inconcebiblemente multiplicada, células felices que no se preguntan de dónde vienen. Qué otra cosa será la vida que un montón de seres que se comen entre sí para que la vida se expanda hasta donde pueda. Suficientemente variada, tanto que muchos de sus representantes se aterran cuando se encuentran. Cómo se agita la mosca cuando se da cuenta de que está en medio de una telaraña. Viéndolo bien, no es lucha por la vida ni muerte lo que tenemos aquí. A la vida en forma de mosca se le seca la boca de pánico al ver cómo se acerca la araña, y a la vida en forma de araña le brillan los ojos al ver que la presa no puede huir. Las emociones y los conceptos de vida y muerte son visiones incompletas de la vida, lo tendríamos que concluir todos, en hermandad con las arañas, las moscas y todos los hacendosos trabajadores en la cadena de la vida. Lo que sigue no lo tendré que discutir necesariamente con el molusco ni con el coleóptero ni con la conífera. No a todos ellos les interesa saber si son únicos en el universo, pues se conforman con bastante menos. Somos la frondosa germinación de una célula única. Pero un solo arbusto de miles de ramas. Si hubo un árbol similar en otra parte del universo o si la habrá, es mi pregunta. Si la existencia de la vida es algo necesario en el cosmos, es demasiado poca la que hay como para que esa premisa sea cierta. Si no es un proceso necesario, qué la hizo entonces existir. Desafortunadamente, la ciencia ficción tiene muy poco que decirnos en este tema, pues gran parte de las reflexiones de este tipo de literatura tienen que ver con la esencia del ser humano, cómo es que en distintas épocas, en distintas circunstancias, rodeados de otra tecnología, en distintos confines del universo, el hombre sigue siendo el hombre, ese brote de la vida que planta sus envidias y sus miedos en la tierra que pisa. Seamos serios, el hombre iría de aquí para allá, colonizando el universo, en el mejor o en el peor de los casos. Pero suponer que la vida más allá, en caso de que esté, sea como aquí, que tenga una similitud, es pecar de ingenuidad. Quién sabe si podríamos darnos la mano (qué tontería, cuál mano) con un ser criado en una atmósfera de amoniaco. Y si nos disolveríamos en el elemento (para él) tan apacible. O si ellos no se licuarían en nuestro inhóspito aire. Y qué dirían de nuestra gravedad, tan poco apta para la vida. En ese viejo sistema solar no hay nada, es casi impensable, han de decir en sus palabras impensables. Por mi parte, es decir, desde mi árbol biológico, me pregunto si el camino que va de la primera célula a la conciencia era un camino necesario, es decir, que no podía pasar de otro modo. ¿Y todos los caminos de las vidas posibles concluyen en la conciencia? Por supuesto que no creo en que la conciencia tenga como descendiente a la inteligencia artificial, a la cual concibo sólo como una metáfora que encierra operaciones complejas, un espejo de la conciencia mas sin conciencia. En cambio, si hay seres que en otros sitios han logrado resolver problemas para sobrevivir, la experiencia se tendría que condensar en un pensamiento. ¿Sería universal?, ¿se podría construir un puente entre ellos y nosotros? Una vez, frente al mar, en Acapulco, me asomé por un puente y vi unos cangrejos. Recordé claramente cuando fui uno de ellos, caminando de lado sobre las piedras; recordé la sensación de las olas sobre mi caparazón. Y no sé si fue una memoria recuperada o inventada por el lenguaje, capaz de contener lo que sea, incluso los pensamientos de un cangrejo. Caminaré, con patas de cangrejo o con pies de humano, hacia mi asunto. Aunque para caminar hacia el asunto da igual despojarse de caparazón y piel, pues es la palabra la que se arrastra como un pez salido del agua buscando subir a un árbol. Subir para saber qué se puede ver desde allá. Palabra, conciencia del universo. Palabra, que se posa sobre otros planetas y los recorre a pie, descalza. Hay que buscar planetas, pues la vida no se da probablemente en estrellas. Buscar condiciones improbables pues, incluso en la tierra, los organismos se aferran a las temperaturas más extremas, incluso se podrían encontrar seres vivos con una base distinta a la del carbono. Si eso ocurriera, la definición de vida tendría que ampliarse, para que nos incluya en una categoría al lado de seres de existencia sólo posible. Qué extraña es la vida en estos términos, nada tiene que ver con las cosas familiares, con el ave afuera de la ventana o la bugambilia de aquí cerca. En el fondo, con uno mismo. Son reflexiones que me han surgido de leer Vida extraña (Biblioteca Buridán, 2015), de David Toomey, divulgador estadounidense de ciencia. “Vida extraña” sería toda aquella vida hipotética que no pertenece al árbol surgido de nuestro primer antepasado común. Hasta hoy no se ha encontrado un solo organismo que no tenga que ver con nosotros. Pero eso no detiene la especulación científica. La física cuántica enrarece lo que toca y hace de la ciencia ficción un género casi sin imaginación. Y al tocar el terreno de la biología, lo multiplica de una manera más que delirante. Si todas las partículas se pueden acomodar en cierto espacio, y si existe un número ilimitado de espacio, entonces todas las disposiciones son posibles. Lo que quiere decir que todos los seres vivos deben de existir –incluso los posibles– no una, sino un número infinito de veces. Los seres que no contradigan una ley física están a una distancia inimaginable de nosotros. El más cercano de mis dobles se encuentra a una distancia de 10(10)29 metros, cuando el universo observable sólo tiene una extensión de 4 x 1026 metros. Parece una especulación más. Sin embargo, escribe Toomey, “desde hace más de medio siglo, ni un solo experimento ha contradicho las predicciones de la mecánica cuántica”. Hay muchas consecuencias, yo ni siquiera las imagino. Sólo consigno una, la de Barrow y Tipler, quienes, en 1986, pensaron que “las leyes de la física y del universo están destinadas a producir observadores de estas leyes y de este universo”. No se encontraba desencaminado Amado Nervo cuando pensó que, si el tiempo es infinito y el número de partículas finito, las combinaciones de la materia se tendrían que repetir en algún momento. Eso quiere decir que lo que hoy vemos ocurrió en un pasado remoto. Por eso nuestros continuos déjà vu son en realidad un recuerdo repentino que nos llega desde fondo del tiempo. Vaya, qué gusto saber que ahora mismo, en algún lugar, Amado Nervo está cayendo en cuenta de este recuerdo.

domingo, 24 de abril de 2016

Ensayos históricos, de Vicente Riva Palacio


 
La obra de Vicente Riva Palacio (1832-1896) es el origen de muchas ideas acerca de México, tenidas como ciertas y universales. Como la que dice que somos un pueblo melancólico. La visión general de la Nueva España que aún hoy conservamos, es muy probable que provenga de sus libros –novelas y estudios históricos. Eso lo afirmaba José Emilio Pacheco (quien a su vez hizo el guión cinematográfico de El santo oficio, cinta de Arturo Ripstein basada en el caso de la familia Carvajal, quemada por judaizante; un caso dado a conocer por Riva Palacio en 1871, en El libro rojo). Pero abundemos un poco: se debe a que Riva Palacio, en 1861, albergó en su casa el archivo de la Inquisición, gracias a una encomienda de Benito Juárez. El General le dio dos salidas literarias a este acervo: una serie de novelas inspiradas en célebres procesos y una serie de artículos históricos. Qué suculencia, pasar las páginas de un material oculto detrás de los muros del Santo Oficio. Antes que él, sólo habían sido observadas por los amanuenses que escucharon las confesiones de los pretendidos herejes, judíos y hechiceros. La secular secrecía de la Iglesia, vulnerada por el liberalismo… Me pregunto cómo habrán recibido los sacerdotes de entonces estos libros en que se habla de los procesos inquisitoriales. Hoy existe una corriente de historiadores que intentan limpiar un poco el papel de la Inquisición diciéndonos que no era tan terrible, que hay una leyenda negra, que no fueron tantos los quemados públicos. Quizá sea falaz, pero también un poco inquietante, preguntarse si hoy, el hecho de ventilar todo públicamente ha hecho que se reduzca la impunidad. Cómo sería entonces en un mundo en que la Inquisición no tenía un poder que le hiciera contrapeso. El relato de Riva Palacio es la descripción de una maquinaria, sin nombres, sólo cargos y funciones, una serie de personajes exentos de la sospecha y de la persecución. En el empeño de mostrar su poder sobre los vivos y los muertos –los muertos también podían ser investigados, y las propiedades de sus herederos, confiscadas–, la Inquisición hizo de las quemas públicas un espectáculo suntuoso (al Virrey se le acondicionaba un cuarto superior de alguna casa rica para comer y dormir, conectado por un puente a su palco para presenciar las quemas públicas). Al autor le sirvió el estudio de la Inquisición para buscar la relación de las instituciones con los pueblos. Dice que los historiadores caen en el error de juzgar a las sociedades por sus instituciones. Pero eso no sirve de nada, pues las sociedades como las personas pueden ser profundamente hipócritas y decir que sus leyes son progresistas y sabias cuando los gobiernos no las acatan: “Las instituciones son muchas veces el engaño de un pueblo que quiere aparecer como muy avanzado en el camino de la libertad”. No hemos sido ajenos a este debate, pues hoy se nos pide de muchos modos que respetemos las instituciones. Sin embargo, son los gobiernos los que preparan los grandes cataclismos de los que serán víctimas. Sería buena moraleja para muchos pasajes de nuestra historia, si no tuviera el inconveniente de que fue escrita antes.

Vicente Riva Palacio, Ensayos históricos, comp. de este volumen y coord. de la obra, José Ortiz Monasterio. México, Conaculta-UNAM-IMC-Instituto José María Luis Mora, 1997. (Obras escogidas, IV)

domingo, 17 de abril de 2016

Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, de Anna Bikont y Joanna Szczesna

 
¿Cómo viven la vida las personas que consideramos más inteligentes? Para responder esta pregunta hay que leer la biografía de Wislawa Szymborska. (Se pronuncia: shimbórska, con una reverencia al final). Ya lo decía ella, la vida de un poeta, si la pudiéramos ver, consistiría en observarlo acostado, viendo al techo, para luego pararse y anotar algunas palabras en un cuaderno, y luego volverse a echar por un rato. Czeslaw Milosz decía que escribía sus poemas paso a paso, desde el principio hasta el final. ¿Pero, Wislawa? Ella, por el contrario, comenzaba desde el final, decía, y así seguía hasta que escalaba el principio. Ponía en su cuaderno alguna idea, y ahí quedaba hasta que pensaba que valía la pena usar la idea y meterla en algún poema. Algunas ideas quedaron en él hasta cincuenta años antes de ser aprovechadas. Todo lo guardaba en cajoncitos: sus recortes (hacía collages para las postales que enviaba a sus amigos), los objetos que coleccionaba (le gustaban los objetos kitsch, que mostraran tensión entre lo ingenuo y lo profundo) y sus fotos. Y decía que el mundo le debía un monumento al inventor del cajón. Le gustaba viajar, pero sólo en auto, y con sus amigos. Lo que más le gustaba de los viajes era llegar a la entrada del pueblo y retratarse frente al letrero de entrada. Muchas veces, sólo le bastaba con retratarse frente a él y daba por visitado el lugar. Uno de los sitios que más le honraba haber conocido –en cuyo letrero se retrató– fue Neandertal. No conoció otro continente que Europa. Algún día la invitaron a conocer Nueva York, en donde Woody Allen quería conocerla, pero finalmente, no aceptó. El director de cine, después dijo: “Ella ejerce una influencia enorme en el nivel de mi alegría de vivir… Me siento honrado porque sepa de mi existencia”. También le gustaba dar cenas para sus amigos, las cuales iban de sus grandes creaciones en la cocina a las alitas de pollo congeladas de Kentucky Fried Chicken. En una ocasión, los invitados recibieron un menú escrito a mano con platos muy elegantes, todos tachados. Abajo, sólo quedó un plato, el más común, y eso fue lo que cenaron. Pero lo bueno venía después, la rifa de objetos. Ningún invitado se iba sin un objeto ganado en la rifa, cachivaches que mezclaban el mal gusto con el bueno. Le encantaba su juego de salero y pimentero en forma de bustos de Goethe y Schiller, pero ése no lo incluyó en la rifa. Las autoras persiguieron mucho tiempo la vida de la poeta, regada en sus obras, pero encontraron poco, porque ella pensaba que el arte no es lugar para confesarse. Ella misma no quería colaborar mucho en su propia biografía, hasta que se dio cuenta de que era inevitable. Fue entonces que aceptó una entrevista, y les dijo: “Está bien, precisemos”. No quería que se creyera que la vida la había tratado sólo con palmaditas en la cabeza. Ahora bien, ella hizo las reseñas más maravillosas sobre los libros más comunes, los que se podían conseguir en el Polonia comunista y que a nadie le interesaban. Libros sobre cómo poner papel tapiz a la casa, la vida de los escarabajos, yoga para todos, enfermedades de las mascotas, las aves domésticas. Con esos temas hizo breves obras de arte comparables a los ensayos de Montaigne.

Anna Bikont y Joanna Szczesna. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, trad. de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós. Valencia, Pre-Textos, 2015. (Narrativa Contemporánea, 123)

sábado, 9 de abril de 2016

Victoria y sus amigos, de Flaminia Ocampo


 
Debió de haber sido difícil ser Victoria Ocampo (1890-1979): millonaria (¡dos veces millonaria!), inteligente, culta, guapa, elegante y propietaria en un país al final del mundo. No, no quería estar en la orilla del planeta, quería estar en el centro. ¿Argentina?, ¿Sudamérica? Virginia Woolf ni siquiera podía escribir bien su apellido: O’Campo, Okampo… qué extraño. ¿Qué hay en su país, mrs. Ocampo?, ¿mariposas? Me imagino que muchas mariposas. En efecto, Virginia, muchas mariposas revoloteando por las inmensas llanuras, Allá en ese país tengo una revista, se llama Sur, y Jorge Luis Borges, uno de nuestros colaboradores, tiene grandes deseos de traducir tu Orlando al español. ¿Al español?, yo creo que no es buena idea, en ese tu país no me leerá nadie, y nadie comprenderá lo que quiero decir. Qué difícil el encuentro de una argentina y una inglesa, excéntricas ambas, cada una a su modo. Vista de lejos, parece tan encerrada en su época, así que tuvo que crear el espacio intelectual para existir. Una latina millonaria, mecenas de artistas, culta. ¡Deja de ser tan frívola, Victoria, tan artificial!, parece decirle Gabriela Mistral por su parte. Se conocieron, se vieron seis veces en la vida, pero se mandaron cartas durante veinte años. Fascinadas las dos, porque eran tan distintas. Quedan ochenta y cuatro cartas de Gabriela y treinta y cuatro de Victoria. En ellas intentan retratarse a sí mismas, mejor unas palabras que unas fotos, y la insistencia de no dejarse, de estar siempre al otro lado de la distancia. Pero qué ganas de interrogar más a las cartas, tan avaras que no sueltan mucho más de lo que dicen. ¡Y ese español, Ortega y Gasset, que no soporta vivir en Buenos Aires y que Victoria le preste dinero! Bueno, después olvidaría la deuda. En las cartas, los detalles sin importancia conviven con las palabras trascendentales, sin que sepamos bien cuáles eran cuáles para sus autores. Buscamos en ellas pero no entendemos la mitad, o más de la mitad, quién sabe qué entendemos cuando husmeamos en las palabras de los muertos. Revivimos unos instantes que, quién sabe, deberían de estar justamente olvidados. Sólo lo importante tiene una vida propia, ajeno a las cartas personales. La autora, Flaminia Ocampo ha leído cartas y cartas de su tía Victoria. Al principio por casualidad, es que en realidad no le caía bien. Es que en su familia se contaba que a Victoria, su hermana, la poeta Silvina le había leído un poema en que decía “la infame primavera”. Y Victoria, que amaba las flores y sus fragancias, había gritado: “¿Infame la primavera? ¡Infame jamás!” ¡Qué arrogante era la tía Victoria, qué incapaz de comprender las razones ajenas!, pensó Flaminia, y por eso dejó de interesarle su antepasada ilustre, hasta que se encontró con sus cartas. Se dedicó a esbozar algunas amistades, aunque faltan muchas más. Éstas hablan de un mundo de relaciones inusitadas. Waldo Frank, que cenó con Victoria, antes había cenado con Diego Rivera, y antes con Hearst y su amante Marion Davies (¡los inspiradores de El ciudadano Kane!). Bueno, emociona saber que la amistad es una costra que se queda pegada a las cartas y que tiene una vida propia, independiente de las personas que la sintieron y que, luego, tal vez, olvidaron.

Flaminia Ocampo. Victoria y sus amigos. Buenos Aires, Aquilina, 2009.

jueves, 24 de marzo de 2016

A pesar de la enorme distancia: Lola Beltrán

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 Para María Elena Leal

¿A dónde vuelan las manos de Lola Beltrán cuando canta? ¿Por qué revolotean, se paran sobre su pelo, se coquetean entre ellas como dos palomas, hacen como que se van y se regresan, forman el signo del silencio y el de la cruz, despliegan sus alas, bendicen, avientan el desprecio y finalmente se pierden en el cielo cuando termina la canción? ¿Por qué parece que nos toman y nos acarician o nos elevan entre sus dedos? ¿A dónde nos llevan sin que nos demos cuenta? Bueno, en esta ocasión nos trajeron a Navojoa, nos reunieron en esta ocasión para estar con ella. Qué bueno que no nos ha abandonado, a pesar de que hace veinte años que se fue. Nos arrojó por aquí, bajo el cielo más inmenso, a la orilla del desierto, en el Norte, yo no aguantaría el paseo del caballo blanco, des de Guadalajara hasta California, cantando todo el día. María Elena Leal, ella sí, porque no se cansa, igual que Lola, cantar le da fuerzas para seguir cantando, pues esa voluntad es algo que ha heredado. Así Lola, iba por las ocho direcciones de la rosa de los vientos, cantando. "Precioso, bonito, maravilloso, encantador", cada que terminaba una canción daba una muestra de agradecimiento. Yo no sé, me la imagino como una flama blanca que crepitaba sobre el escenario, moviéndose elegantemente en su lugar, cálida como una fogata. Cuando ella nació, en los años 30, de la canción ranchera no había ni sus luces, apenas los mariachis cantaban sus sones en las rancherías de Jalisco, guitarras, vihuelas, arpas y violines, Ayer no vine, se me hizo tarde, allá en la esquina con mi Lupita,cantaban en medio de las fiestas, pero sin imaginarse que sus intentos de llegar a la Ciudad de México tendrían que fructificar muy pronto. Con el mariachi se cantaban los sones, las canciones de las cantinas, la sorprentente guitarra de golpe que parece más un instrumento de percusión. Cuando nacieron, el mariachi y Lola no sabían que se iban a encontrar. Cada uno siguió su camino por su lado, el largo camino que iba a concluir más tarde, en los años 50, años de la radio, de la televisión, del cine mexicano no tan bueno, o bueno sólo porque tenían a los mejores cantantes con los peores argumentos. El largo camino de la estilización, de la creación de la canción ranchera como una pequeña obra de arte, una breve representación trágica.
A Lola no la conocí; ella volaba muy alto, y yo tan bajo, tan bajo... Pero sí la vi un par de veces, pero allá de lejecitos, cuando iba a visitar a María Elena a su departamento, y yo vivía enfrente, al otro lado de la calle. Si María Elena lavaba sus platos, tenía que ver a fuerzas la ventana de mi cuarto. Yo la miraba de pronto, a ver si un día... También saludé a la mamá de Lola, un día, pero yo era alumno de secundaria. Llegaba en su camioneta. "¡Ya llegué, ábranme!" Y yo no sabía que se podía cimbrar la tierra de un solo grito. Ya tenía entonces, unos discos de 78 rpm, marca Peerless, como La piedra,Cucurrucucú La chancla, que oía alternando con los boleros de Agustín Lara. Por ella descubrí que las canciones rancheras son los oráculos de nuestro destino y que las escuchamos para saber qué pasará con nuestro corazón. Descubrí que el mariachi toca con solemnidad y que es como una constelación de luces que adorna la fatalidad. Si se fijan, este repertorio no es igual, no late como un corazón, sino que se detiene y se acelera, sus violines y sus trompetas simulan las nubes del cielo que se oscurece y los truenos que se desploman sobre la vida. Cuando Lola dice: "Olvídate de todo...", la música se detiene, la sinfonola se queda suspensa con la boca abierta, pero luego continúa: "…menos de mí, y vete a donde quieras, pero llévame en ti." Como para morirse cantando. ¡Ah, cuando creíamos en el amor y asediábamos las canciones intepretadas por Lola, para encontrar entre sus versos un puñal para ensangrentar nuestro corazón! Pero luego, mejor fuimos explorando sus secretos interpretativos, su manera de que las canciones fueran efectivas y certeras. Las canciones que escuchábamos luego de clases, con los amigos en las tardes, porque hubimos de escucharla también cuando estudiábamos. De lejecitos, para poder ser felices, porque la negra filosofía de la canción ranchera nos podía hundir el fin de semana completo. Al amor mejor no hay que abrirle la puertita, ni poquito, porque tal vez sucedería lo que afirma Lola cuando canta a Ferrusquilla: "Podríamos decir que apenas te conozco, / y ya te llevo en mí como algo de mi todo". Los que nos hicimos con estas canciones tenemos en vez de catecismos, versos bíblicos de José Alfredo Jiménez.
Lola era un habitante de unos buenos tiempos. Los nuestros, tiempos sin remedio, no eran para ella. Sus interpretaciones hablan de México con orgullo, del norte y del sur, de Sinaloa y de Zacatecas. Por eso se convirtió en una embajadora artística, la mejor, la más cotizada, la que todo el mundo conocía, la única cantante mexicana comparable con Amalia Rodrigues, con Edith Piaf, con Lola Flores, la única que era reconocida en el país en que se parara. Durante los años 70, y hasta los 90, si una voz era sinónimo de México era la de ella. Lola en Rusia, Lola en Londres, en España, en Francia, Lola caminando por Roma o por los Champs Elysées, Lola el 12 de diciembre en la Basílica. ¿Personajes como ella? Hace mucho que ya no existen. Ya han dejado de pisar nuestras calles, esa magia que los hacía brillar ya no se posa sobre casi nadie. Carlos Monsiváis la admiraba, y Lola, halagada por este admirador, lo invitó a cantar a Canal 2. Carlos iba decidido a debutar esa noche como cantante de música ranchera, pero cuando Lola le cedió el micrófono, el cronista no quiso, se chiveó, y eso que cantaba bonito. Lola abría los brazos y cabía la Sierra Madre Oriental y la Occidental, los maizales inmensos, las vías del ferrocarril y las máquinas con sus adelitas, los cielos y los mares. Como era mujer paisaje, voz de todas las aves y caudal de todas las aguas, su voz gustaba igual en Rusia que en Nueva York, como era altísima, brincaba el muro. La disfrutaban en Rusia los comunistas y en el Vaticano el Papa. Nadie sabía que cantaba de una paloma triste que va a cantar muy de mañana a una casita sola, pero entendían que cucurrucucú era un lamento que venía de otro país. Así como en España, los españoles sabían lo que hacía Lola Flores, en México, se sabía todo de Lola, de su esposo Alfredo Leal, de su hija María Elena, de sus comidas con García Márquez, de su amistad con María Félix. Yo no sé si existe una cantante así, que represente una cultura de este modo. Pero en medio de todo esto, de su voz, de su estilo, e, incluso, de su repertorio, está el proceso de estilización de un personaje. Es Lola vestida por los mejores modistas, peinada por los grandes estilistas y moviéndose en el escenario como nadie antes, como si fuera el equivalente del ballet de Amalia Hernández o de un mural de Diego Rivera. Fue Lola, la síntesis de lo que México buscó representar como su música durante varias décadas.
Antes que ella, sólo Lucha Reyes. Pero formó parte de un grupo de cantantes magníficas. Cada una de ellas aportó un estilo, una manera de llorar o de carcajearse de la vida. Pero sin duda, ninguna de ellas buscaba el tipo de público al que aspiró Lola. A Lucha la escuchaban en las sinfonolas, en los centros nocturnos en que cantaba, en las fiesta a que llegaba con sus amigos, era la gran cantante, la que hacía cachitos la voz cada noche para amanecer entera al otro día. Pero Lucha fue un incendio en que se calcinó ella misma. Pero nos dejó una intepretación que no tiene igual, porque nadie puede pasar frente a Por un amor, de Gilberto Parra, sin estremecerse. Porque las vocales de estos versos se derraman sobre las consonantes. Lucha Reyes se suicidó en 1944, la canción ranchera tenía menos de una década de existir. Luego, lo que vino fue una generación de cantantes que pretendían crear un estilo, sin alejarse completamente de la influencia de Lucha, es decir, que se notan perfectamente las limitaciones de todas aquellas que quisieron medir su voz con la creadora de un estilo. Lola también lo intentó. Al principio, cuando grababa sus primeros discos, hacía siempre un homenaje a Lucha, incluso, pensó en un momento llamarse "Lucha Beltrán", pero se lo desaconsejó Eulalio Ferrer. Mejor Lola. También este publicista le recomendó cantar con las manos, todo un lenguaje independiente el de sus manos. Si la llamamos "cantante bravía" no la entendemos por completo. Lola es un poco más que eso, algo tiene de fuerza interpretativa salvaje, como en sus primeros discos, cuando la voz es incontenible, pero también hay dulzura y melancolía, tristeza y toda una compleja formación de sentimientos. Lola, no te vi en Bellas Artes, pero sé que Jaime Labastida te admiraba como nadie, y te dedicó unas palabras en uno de esos conciertos. Las cantantes de ranchero no están igual de cotizadas hoy, ni siquiera el género ranchero sigue siendo el mismo. Pasa algo, que la canción ranchera se desvirtuó, en poco tiempo se marchitó al no haber una consistencia. Quizá es que todo un repertorio se fue perdiendo, faltaban cantantes que lo fueran retomando. No todos los mariachis se saben todas las canciones de Tomás Méndez o Cuco Sánchez, apenas unas cuantas, las suficientes para las noches de parranda, pero aparentemente no queda tan viva la canción ranchera. ¿Cuántas de las canciones de Severiano Briseño nos sabemos, si es que sabemos que existió? La complejidad de lo que llamamos "la canción ranchera" se ha perdido para los oídos de hoy, tenemos que volver la mirada atrás para conocer y comprender. Mentiría el que caiga en fórmulas como "la música de cantina", "las quejas dolientes", es cierto, existen, pero no es todo, y menos cuando existe un compositor tan complejo como José Alfredo, un autor como Cuco Sánchez que hizo que las coplas populares se actualizaran en sus canciones, y una intérprete como Lola. Además, hay un repertorio escondido, con menos suerte, el que cantaron mujeres como La Panchita, Manolita Arriola o La Torcacita, el de Pedro Galindo, Felipe Bermejo y Alfredo D'Orsay, entre otros. Cuando Lola llegó a la radio, un joven le quiso cerrar la puerta (al menos eso dicen): "Ya está lleno". Era el jala-aplausos de la estación, un joven llamado Tomás Méndez, que quería también ser famoso. No sabía que le estaba cerrando la puerta a la gloria. Sí, esa joven que quería entrar era la que le traería sus mejores éxitos. Aunque por segunda vez Tomás Méndez se equivocó, pues se dice que no quería que Lola grabara Cucurrucucú. ¿Y en qué acabó? En que el repertorio de Lola comenzó con las obras de Tomás Méndez, con Paloma negra, Bala perdidaGorrioncito pecho amarillo...
Ahora bien, el estilo de Lola. Difícil, porque como dicen, el estilo es el hombre. Es su personalidad en la mayor plenitud. La perfección de una mujer que se sabía destinada a trascender. Me gustan las distintas etapas de su carrera, son muy precisas, y van de la voz que se desborda como catarata hasta la conversación íntima que se convierte en comunión cuando dio su último concierto en Bellas Artes. En su juventud, incluso en las canciones tan personales como Esta tristeza mía, la voz gana sobre el comedimiento. Con el tiempo, gana algo religioso, algo que es como dialogar con ella misma para que se entienda públicamente lo que siente. Bajaban las palomas en forma de manos que revoloteaban el teatro, tocaban con su blancura al público, el gran momento solemne de la consagración. Un estilo al que hay que volver para aprender: Lola no nada más fue un momento de la canción ranchera, sino un estilo de cantar sin adjetivos, porque le conocemos sus boleros y, sin alterar su forma de cantar, incluye La huella de mis besos o Ella, naturalmente en el bolero ranchero, pero se hacen personales, Lola Beltrán sobre el género musical. De niña cantó en la iglesia, mayor cantó con banda sinaloense (una formación musical que siempre, desafortunadamente, ha requerido de voces que le den categoría), su estilo era un homenaje a sus antecesoras, reunió lo mejor de la canción mexicana anterior a ella, pero sobre todo le agregó una interpretación. Antes, en la época de la radio, por razones técnicas y sentimentales, las cantantes no interpretaban, eran apreciadas por la belleza de sus voces. Con la llegada del cine y de la tele, se crearon las condiciones para que las personalidades de la canción tuvieran la oportunidad y el requerimiento de moverse por el escenario. Lola es más "teatral" que Lucha Reyes. Manuel Esperón, que las trató a las dos, y que las acompañó también, prefería a Lola. Yo no diré nada, disfruto a ambas. Pero entiendo que hay un cuerpo en esta voz, la de Lola, que no era posible en los tiempos de Lucha. La confesión con el público, un lujo que Lucha no pudo darse. Y en Lola... bueno, si no se hubiera confesado al cantar, las cámaras se habrían ido en busca de otra mujer. Pero esa audacia sólo era posible con una antepasada como Lucha. En los corridos de Lucha, en sus canciones cómicas, hay algo de ingenuidad, de eso que se hace con mexicana alegría, como atravesar la calle a la viva México. Álvaro Carrillo habría sido feliz si hubiera escuchado la versión que Lola hizo de La señal (murió antes de que se la grabaran). En ella, Lola se dio el lujo de murmurar a grito pelado, si es que se puede concebir eso. Además, coincidió con una reformulación del mariachi, el que sólo fue posible después de Rubén Fuentes. En El toro y la luna escuchamos su voz acompañada por un corno francés. Un crecimiento artístico del mariachi que ya no se continuó, pero me gustaría que no me preguntaran por qué. Lola Beltrán fue, sucesivamente, la niña que cantaba extraordinariamente, la joven impulsiva que creyó en su propia voz, la joven cantante que buscaba demostrar su talento, la forjadora de un estilo nuevo, la cantante que logró trascender las fronteras geográficas y las fronteras clasistas que rodeaban a la canción ranchera, la madre, el personaje público y, por último, la leyenda de la canción ranchera. Muchos tienen como última etapa el olvido o el reconocimiento de unos cuantos. Pero Lola es hoy el fenómeno cultural que sirve para explicarla y explicar los fenómenos artísticos y hasta sociales de su época. Además es un espejo, el espejo en que me he reflejado por años, porque con la vida, como dice un camión al final de Nosotros los pobres: "Se sufre, pero se aprende". Su discografía es la demostración del aprendizaje de la vida. Yo veo en ella complejidad de sentimientos, sabiduría de la vida cuando se canta (porque las cantantes que no aprenden de la vida tampoco aprenden a cantar). Pero es porque yo he aprendido de sus canciones, si no, ni siquiera tendría la capacidad de disfrutarla cada vez más. Y porque espero ese momento que sé para que se me cierre la garganta, porque esa tristeza sólo se siente cuando Lola lo dice de cierta manera. Lola Beltrán, maestra de la vida. Y yo... un alumno avanzado en las artes de tropezar con los mismos errores.

martes, 23 de febrero de 2016

Soy leyenda, de Richard Matheson

 

Es curioso lo que pasa con esta obra: parece que la versión definitiva y perfecta no existe, tiene que ser imaginada por el lector (y espectador). La novela original tenía ciertas características que el guión escrito por el mismo autor no conserva. Cuando apareció la versión protagonizada por Will Smith, el final cambió completamente. La película de los años 60 tenía algo de serie de televisión, de obra teatral. La versión de 2007, dirigida por Francis Lawrence, es más “realista”, si se piensa en las tomas de la ciudad de Nueva York abandonada. Lo curioso es que ni siquiera el cine de horror es tan pesimista como para reconocer el fin de la especie humana y necesita terminar con un mensaje de esperanza. No es definitivamente lo que buscaba Richard Matheson (1926-2013) cuando escribió Soy leyenda. Al pensar en ella, creo que hay similitudes con una obra como Esperando a Godot. La soledad del escenario y la larga espera, en aspectos exteriores. Desde el punto de vista de la interioridad de los personajes, algo tienen en común, pues mantienen la esperanza a pesar de todo, de algo que tiene que llegar, aunque lo que llegue, en el caso de esta novela, no sea más que el fin de la especie humana. Curiosamente, lo que Beckett y Matheson comparten es la representación del cambio social como el fin de los tiempos, la llegada del apocalipsis. Cae la noche, y Robert Neville, el protagonista tiene que refugiarse en casa, pues los vampiros salen de noche, que no sepan el lugar exacto de su refugio, pues lo aniquilarían. Los que fueron amigos, hoy son sus depredadores. Ahora bien, en el espacio circundante, que no se alcanza a ver, que se adivina en la oscuridad, nace una nueva sociedad para la cual el ser humano es repugnante, peligroso. Es la inversión moral del punto de vista. De pronto Neville se convierte en el otro. Esto también es común en el cine, un recurso que precisamente se utiliza en la cinta Los otros. El horror es relativo. No, no es relativo, es absoluto, y depende de un punto de vista parcial y excluyente. El otro existe y lo más aterrador de su existencia es que puede tener acceso a la conciencia. De hecho, hacia ella va y es necesario detenerlo antes de que la alcance. La elegía al último hombre sobre la tierra es también el fin y el punto más extremo de la poesía. Al finalizar el yo, la lírica también sucumbe. Pero lo que me interesa es el hecho de que a la razón se accede si se tiene el poder, pues ambos –humanos y vampiros– tienen la misma capacidad y el mismo derecho. Pero las dos especies de repelen. Entre esta sociedad que termina y aquella que nace, ¿hay algo que pueda ser común? ¿Por lo menos la poesía, la música al menos? Parece que no. Hay una trampa en este tipo de literatura, pues pareciera que todas las creaciones mueren, y que incluso aquello que tiene más probabilidades de trascendernos (como el arte), también sucumbirán. La literatura de horror encierra una gran dosis de egolatría: sólo nosotros por nosotros y por nuestros medios somos capaces de comprendernos, los Otros no serán capaces. Y tenemos la altanería de afirmarlo sin tener siquiera la curiosidad de conocerlos.

Richard Matheson. Soy leyenda. Las criaturas de la noche / I Am Legend. The Night Creatures: The Script (1954 y 1982), trad. de Manuel Figueroa (Soy leyenda, 1960) y Manuel Mata (Las criaturas de la noche, 2014). Barcelona, Planeta, 2014.

lunes, 4 de enero de 2016

Cuarenta años de escribir poesía, de Octavio Paz


La reseña no es lugar para las confesiones. Aún así… Debo decir que hace muchos años, fui al Centro Cultural San Ángel, y junto a mí se sentó nada menos que Octavio Paz. Tenía yo alrededor de veinte años, y a pesar del miedo pude intercambiar unas cuantas palabras: “Me emocionó su ensayo sobre Luis Cernuda. Ayer leí su libro sobre el Modernismo, de hecho aquí lo tengo”, y busqué en mi mochila, pero no, ya había sacado Cuadrivio y en su lugar estaba la obra de Cervantes en editorial Aguilar. “¿Me lo firmaría de todos modos?” Pero no, el poeta me dijo que sólo si se trataba de un libro de él. “Me honra mucho que usted quiera que le firme un libro de Cervantes, pero no puedo”, me dijo con gran amabilidad. Mi diálogo con Octavio Paz no ha sido, a lo largo de la vida, ni complaciente ni confortante. Frecuentemente le contesto, meto mi voz en sus soliloquios. No hago más que responder a la seguridad con que se expresa en sus ensayos. Sin embargo, en este libro baja la voz, se nota algo más a gusto hablando de su propia poesía, sin el tono arrogante de sus ensayos. Se trata de la edición de las seis conferencias que pronunció en 1975 en El Colegio Nacional sobre su propia obra poética. El camino que construyó lo vuelve a andar pero ahora para explicar por qué están esos artefactos poéticos en donde están. Hay humildad del autor ante su obra, y la confesión de ciertos aspectos, detrás del telón, que no son evidentes. Se autodefine “post-surrealista” y realiza la afirmación de una poética en que el tiempo se detiene, quiere cristalizar el instante, como si hubiera quedado dentro de una gota de ámbar, para ser contemplado por aquellos que vengan después. Y sin embargo, encuentro más fascinación en el recuento de todo aquello que pasa. Mixcoac, pero el que se ha desvanecido; las calles, pero las que ya no son. La metafísica de la ciudad, la vivisección, ¿o disección?, del poema. Eso depende de si se considera al poema algo vivo o algo que potencialmente vive al ser releído. No está ni vivo ni muerto. Como si el tiempo se descongelara al pasar por los ojos del lector, continuara su fluir por un momento nuevamente. El tema del poeta es, en extensos pasajes, “el tiempo fijo”, y la posición de Paz se puede ver desde distintos puntos, por ejemplo, su actitud ante la poesía. Dice que tanto Ortega y Gasset como Vasconcelos le sugirieron dejar la literatura para dedicarse a la filosofía. Y Paz, ¿eligió una poética que incluía la filosofía?, ¿o por el contrario, una poesía de la imagen, arte sin ideas? Pienso que optó por la segunda vía, la poesía como construcción, arte-en-sí que es técnica, aunque la filosofía sea la disciplina que vive en la “habitación vecina”. En el centro de esta poética florece la palabra como flor, medita sobre sí misma, pero para hacerlo usa al hombre, se encarna y se modifica, nos modifica para pensarse, una dialéctica en que el hombre se ve superado, es precedido por la palabra y la palabra quedará modificada, trascendiendo al hombre, quizá a la humanidad, pues encuentro en este pensamiento una presencia idealista en que la palabra rodea al hombre y no al revés. Me extraña que no se haya hablado más de este libro, inédito hasta esta edición. Hay en él muchos temas, pero de la misma manera que en la dualidad del hombre y la palabra, en otra que aquí se presenta, la de filosofía y poesía, es esta última la que recubre y sirve como un todo estructurador a las palabras del poeta.

Octavio Paz. Cuarenta años de escribir poesía. Conferencias en El Colegio Nacional, pról. y ed. Enrico Mario Santí. México, DGE. El Equilibrista-El Colegio Nacional-Conaculta, 2014.