Hay que hablar de la vida, aunque sea una vez en la vida.
Aunque sea para poder decir: “Quién sabe”. Parece un tema para especialistas,
pero todos estamos directamente involucrados. Un día preciso en un sitio
preciso, ocurrió que una cosa que no estaba viva comenzó de pronto a estarlo.
No concibo que se haya hecho vivo “poco a poco”. Peldaño último de las
especulaciones. Corro a consultarlo en un libro, para saber si está ahí la
respuesta. Pero el libro está hecho con la misma materia orgánica. Y está
colocado entre los niveles de un librero hecho de células de madera. Como si
estuviéramos todos dentro de esa célula sólo que inconcebiblemente
multiplicada, células felices que no se preguntan de dónde vienen. Qué otra
cosa será la vida que un montón de seres que se comen entre sí para que la vida
se expanda hasta donde pueda. Suficientemente variada, tanto que muchos de sus
representantes se aterran cuando se encuentran. Cómo se agita la mosca cuando
se da cuenta de que está en medio de una telaraña. Viéndolo bien, no es lucha
por la vida ni muerte lo que tenemos aquí. A la vida en forma de mosca se le
seca la boca de pánico al ver cómo se acerca la araña, y a la vida en forma de
araña le brillan los ojos al ver que la presa no puede huir. Las emociones y
los conceptos de vida y muerte son visiones incompletas de la vida, lo
tendríamos que concluir todos, en hermandad con las arañas, las moscas y todos
los hacendosos trabajadores en la cadena de la vida. Lo que sigue no lo tendré
que discutir necesariamente con el molusco ni con el coleóptero ni con la
conífera. No a todos ellos les interesa saber si son únicos en el universo,
pues se conforman con bastante menos. Somos la frondosa germinación de una
célula única. Pero un solo arbusto de miles de ramas. Si hubo un árbol similar
en otra parte del universo o si la habrá, es mi pregunta. Si la existencia de
la vida es algo necesario en el cosmos, es demasiado poca la que hay como para
que esa premisa sea cierta. Si no es un proceso necesario, qué la hizo entonces
existir. Desafortunadamente, la ciencia ficción tiene muy poco que decirnos en
este tema, pues gran parte de las reflexiones de este tipo de literatura tienen
que ver con la esencia del ser humano, cómo es que en distintas épocas, en
distintas circunstancias, rodeados de otra tecnología, en distintos confines
del universo, el hombre sigue siendo el hombre, ese brote de la vida que planta
sus envidias y sus miedos en la tierra que pisa. Seamos serios, el hombre iría
de aquí para allá, colonizando el universo, en el mejor o en el peor de los
casos. Pero suponer que la vida más allá, en caso de que esté, sea como aquí,
que tenga una similitud, es pecar de ingenuidad. Quién sabe si podríamos darnos
la mano (qué tontería, cuál mano) con un ser criado en una atmósfera de
amoniaco. Y si nos disolveríamos en el elemento (para él) tan apacible. O si
ellos no se licuarían en nuestro inhóspito aire. Y qué dirían de nuestra
gravedad, tan poco apta para la vida. En ese viejo sistema solar no hay nada,
es casi impensable, han de decir en sus palabras impensables. Por mi parte, es
decir, desde mi árbol biológico, me pregunto si el camino que va de la primera
célula a la conciencia era un camino necesario, es decir, que no podía pasar de
otro modo. ¿Y todos los caminos de las vidas posibles concluyen en la
conciencia? Por supuesto que no creo en que la conciencia tenga como
descendiente a la inteligencia artificial, a la cual concibo sólo como una
metáfora que encierra operaciones complejas, un espejo de la conciencia mas sin
conciencia. En cambio, si hay seres que en otros sitios han logrado resolver
problemas para sobrevivir, la experiencia se tendría que condensar en un
pensamiento. ¿Sería universal?, ¿se podría construir un puente entre ellos y
nosotros? Una vez, frente al mar, en Acapulco, me asomé por un puente y vi unos
cangrejos. Recordé claramente cuando fui uno de ellos, caminando de lado sobre
las piedras; recordé la sensación de las olas sobre mi caparazón. Y no sé si fue
una memoria recuperada o inventada por el lenguaje, capaz de contener lo que
sea, incluso los pensamientos de un cangrejo. Caminaré, con patas de cangrejo o
con pies de humano, hacia mi asunto. Aunque para caminar hacia el asunto da
igual despojarse de caparazón y piel, pues es la palabra la que se arrastra
como un pez salido del agua buscando subir a un árbol. Subir para saber qué se
puede ver desde allá. Palabra, conciencia del universo. Palabra, que se posa
sobre otros planetas y los recorre a pie, descalza. Hay que buscar planetas,
pues la vida no se da probablemente en estrellas. Buscar condiciones
improbables pues, incluso en la tierra, los organismos se aferran a las
temperaturas más extremas, incluso se podrían encontrar seres vivos con una
base distinta a la del carbono. Si eso ocurriera, la definición de vida tendría
que ampliarse, para que nos incluya en una categoría al lado de seres de
existencia sólo posible. Qué extraña es la vida en estos términos, nada tiene
que ver con las cosas familiares, con el ave afuera de la ventana o la
bugambilia de aquí cerca. En el fondo, con uno mismo. Son reflexiones que me
han surgido de leer Vida extraña (Biblioteca
Buridán, 2015), de David Toomey, divulgador estadounidense de ciencia. “Vida
extraña” sería toda aquella vida hipotética que no pertenece al árbol surgido
de nuestro primer antepasado común. Hasta hoy no se ha encontrado un solo
organismo que no tenga que ver con nosotros. Pero eso no detiene la
especulación científica. La física cuántica enrarece lo que toca y hace de la
ciencia ficción un género casi sin imaginación. Y al tocar el terreno de la
biología, lo multiplica de una manera más que delirante. Si todas las
partículas se pueden acomodar en cierto espacio, y si existe un número
ilimitado de espacio, entonces todas las disposiciones son posibles. Lo que
quiere decir que todos los seres vivos deben de existir –incluso los posibles–
no una, sino un número infinito de veces. Los seres que no contradigan una ley
física están a una distancia inimaginable de nosotros. El más cercano de mis
dobles se encuentra a una distancia de 10(10)29 metros, cuando el
universo observable sólo tiene una extensión de 4 x 1026 metros.
Parece una especulación más. Sin embargo, escribe Toomey, “desde hace más de
medio siglo, ni un solo experimento ha contradicho las predicciones de la
mecánica cuántica”. Hay muchas consecuencias, yo ni siquiera las imagino. Sólo
consigno una, la de Barrow y Tipler, quienes, en 1986, pensaron que “las leyes
de la física y del universo están destinadas a producir observadores de estas
leyes y de este universo”. No se encontraba desencaminado Amado Nervo cuando
pensó que, si el tiempo es infinito y el número de partículas finito, las
combinaciones de la materia se tendrían que repetir en algún momento. Eso
quiere decir que lo que hoy vemos ocurrió en un pasado remoto. Por eso nuestros
continuos déjà vu son en realidad un
recuerdo repentino que nos llega desde fondo del tiempo. Vaya, qué gusto saber
que ahora mismo, en algún lugar, Amado Nervo está cayendo en cuenta de este
recuerdo.
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sábado, 30 de abril de 2016
domingo, 24 de abril de 2016
Ensayos históricos, de Vicente Riva Palacio
La obra de Vicente
Riva Palacio (1832-1896) es el origen de muchas ideas acerca de México, tenidas
como ciertas y universales. Como la que dice que somos un pueblo melancólico.
La visión general de la Nueva España que aún hoy conservamos, es muy probable
que provenga de sus libros –novelas y estudios históricos. Eso lo afirmaba José
Emilio Pacheco (quien a su vez hizo el guión cinematográfico de El santo oficio, cinta de Arturo
Ripstein basada en el caso de la familia Carvajal, quemada por judaizante; un
caso dado a conocer por Riva Palacio en 1871, en El libro rojo). Pero abundemos un poco: se debe a que Riva Palacio,
en 1861, albergó en su casa el archivo de la Inquisición, gracias a una encomienda
de Benito Juárez. El General le dio dos salidas literarias a este acervo: una
serie de novelas inspiradas en célebres procesos y una serie de artículos
históricos. Qué suculencia, pasar las páginas de un material oculto detrás de
los muros del Santo Oficio. Antes que él, sólo habían sido observadas por los
amanuenses que escucharon las confesiones de los pretendidos herejes, judíos y
hechiceros. La secular secrecía de la Iglesia, vulnerada por el liberalismo… Me
pregunto cómo habrán recibido los sacerdotes de entonces estos libros en que se
habla de los procesos inquisitoriales. Hoy existe una corriente de
historiadores que intentan limpiar un poco el papel de la Inquisición
diciéndonos que no era tan terrible, que hay una leyenda negra, que no fueron tantos
los quemados públicos. Quizá sea falaz, pero también un poco inquietante,
preguntarse si hoy, el hecho de ventilar todo públicamente ha hecho que se
reduzca la impunidad. Cómo sería entonces en un mundo en que la Inquisición no
tenía un poder que le hiciera contrapeso. El relato de Riva Palacio es la
descripción de una maquinaria, sin nombres, sólo cargos y funciones, una serie
de personajes exentos de la sospecha y de la persecución. En el empeño de
mostrar su poder sobre los vivos y los muertos –los muertos también podían ser
investigados, y las propiedades de sus herederos, confiscadas–, la Inquisición
hizo de las quemas públicas un espectáculo suntuoso (al Virrey se le
acondicionaba un cuarto superior de alguna casa rica para comer y dormir,
conectado por un puente a su palco para presenciar las quemas públicas). Al
autor le sirvió el estudio de la Inquisición para buscar la relación de las
instituciones con los pueblos. Dice que los historiadores caen en el error de
juzgar a las sociedades por sus instituciones. Pero eso no sirve de nada, pues
las sociedades como las personas pueden ser profundamente hipócritas y decir
que sus leyes son progresistas y sabias cuando los gobiernos no las acatan:
“Las instituciones son muchas veces el engaño de un pueblo que quiere aparecer
como muy avanzado en el camino de la libertad”. No hemos sido ajenos a este
debate, pues hoy se nos pide de muchos modos que respetemos las instituciones.
Sin embargo, son los gobiernos los que preparan los grandes cataclismos de los
que serán víctimas. Sería buena moraleja para muchos pasajes de nuestra
historia, si no tuviera el inconveniente de que fue escrita antes.
Vicente Riva Palacio, Ensayos históricos, comp. de este volumen y coord. de la obra, José
Ortiz Monasterio. México, Conaculta-UNAM-IMC-Instituto José María Luis Mora,
1997. (Obras escogidas, IV)
domingo, 17 de abril de 2016
Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, de Anna Bikont y Joanna Szczesna
¿Cómo viven
la vida las personas que consideramos más inteligentes? Para responder esta
pregunta hay que leer la biografía de Wislawa Szymborska. (Se pronuncia: shimbórska, con una reverencia al
final). Ya lo decía ella, la vida de un poeta, si la pudiéramos ver,
consistiría en observarlo acostado, viendo al techo, para luego pararse y
anotar algunas palabras en un cuaderno, y luego volverse a echar por un rato. Czeslaw
Milosz decía que escribía sus poemas paso a paso, desde el principio hasta el
final. ¿Pero, Wislawa? Ella, por el contrario, comenzaba desde el final, decía,
y así seguía hasta que escalaba el principio. Ponía en su cuaderno alguna idea,
y ahí quedaba hasta que pensaba que valía la pena usar la idea y meterla en
algún poema. Algunas ideas quedaron en él hasta cincuenta años antes de ser
aprovechadas. Todo lo guardaba en cajoncitos: sus recortes (hacía collages para
las postales que enviaba a sus amigos), los objetos que coleccionaba (le
gustaban los objetos kitsch, que
mostraran tensión entre lo ingenuo y lo profundo) y sus fotos. Y decía que el
mundo le debía un monumento al inventor del cajón. Le gustaba viajar, pero sólo
en auto, y con sus amigos. Lo que más le gustaba de los viajes era llegar a la
entrada del pueblo y retratarse frente al letrero de entrada. Muchas veces,
sólo le bastaba con retratarse frente a él y daba por visitado el lugar. Uno de
los sitios que más le honraba haber conocido –en cuyo letrero se retrató– fue
Neandertal. No conoció otro continente que Europa. Algún día la invitaron a
conocer Nueva York, en donde Woody Allen quería conocerla, pero finalmente, no
aceptó. El director de cine, después dijo: “Ella ejerce una influencia enorme
en el nivel de mi alegría de vivir… Me siento honrado porque sepa de mi
existencia”. También le gustaba dar cenas para sus amigos, las cuales iban de
sus grandes creaciones en la cocina a las alitas de pollo congeladas de
Kentucky Fried Chicken. En una ocasión, los invitados recibieron un menú
escrito a mano con platos muy elegantes, todos tachados. Abajo, sólo quedó un
plato, el más común, y eso fue lo que cenaron. Pero lo bueno venía después, la
rifa de objetos. Ningún invitado se iba sin un objeto ganado en la rifa,
cachivaches que mezclaban el mal gusto con el bueno. Le encantaba su juego de
salero y pimentero en forma de bustos de Goethe y Schiller, pero ése no lo
incluyó en la rifa. Las autoras persiguieron mucho tiempo la vida de la poeta,
regada en sus obras, pero encontraron poco, porque ella pensaba que el arte no
es lugar para confesarse. Ella misma no quería colaborar mucho en su propia
biografía, hasta que se dio cuenta de que era inevitable. Fue entonces que
aceptó una entrevista, y les dijo: “Está bien, precisemos”. No quería que se
creyera que la vida la había tratado sólo con palmaditas en la cabeza. Ahora
bien, ella hizo las reseñas más maravillosas sobre los libros más comunes, los
que se podían conseguir en el Polonia comunista y que a nadie le interesaban.
Libros sobre cómo poner papel tapiz a la casa, la vida de los escarabajos, yoga
para todos, enfermedades de las mascotas, las aves domésticas. Con esos temas
hizo breves obras de arte comparables a los ensayos de Montaigne.
Anna Bikont
y Joanna Szczesna. Trastos, recuerdos.
Una biografía de Wislawa Szymborska, trad. de Elzbieta Bortkiewicz y Ester
Quirós. Valencia, Pre-Textos, 2015. (Narrativa Contemporánea, 123)
sábado, 9 de abril de 2016
Victoria y sus amigos, de Flaminia Ocampo
Debió de haber sido difícil ser Victoria Ocampo (1890-1979):
millonaria (¡dos veces millonaria!), inteligente, culta, guapa, elegante y
propietaria en un país al final del mundo. No, no quería estar en la orilla del
planeta, quería estar en el centro. ¿Argentina?, ¿Sudamérica? Virginia Woolf ni
siquiera podía escribir bien su apellido: O’Campo, Okampo… qué extraño. ¿Qué
hay en su país, mrs. Ocampo?, ¿mariposas? Me imagino que muchas mariposas. En
efecto, Virginia, muchas mariposas revoloteando por las inmensas llanuras, Allá
en ese país tengo una revista, se llama Sur,
y Jorge Luis Borges, uno de nuestros colaboradores, tiene grandes deseos de
traducir tu Orlando al español. ¿Al
español?, yo creo que no es buena idea, en ese tu país no me leerá nadie, y
nadie comprenderá lo que quiero decir. Qué difícil el encuentro de una
argentina y una inglesa, excéntricas ambas, cada una a su modo. Vista de lejos,
parece tan encerrada en su época, así que tuvo que crear el espacio intelectual
para existir. Una latina millonaria, mecenas de artistas, culta. ¡Deja de ser
tan frívola, Victoria, tan artificial!, parece decirle Gabriela Mistral por su
parte. Se conocieron, se vieron seis veces en la vida, pero se mandaron cartas
durante veinte años. Fascinadas las dos, porque eran tan distintas. Quedan
ochenta y cuatro cartas de Gabriela y treinta y cuatro de Victoria. En ellas
intentan retratarse a sí mismas, mejor unas palabras que unas fotos, y la
insistencia de no dejarse, de estar siempre al otro lado de la distancia. Pero
qué ganas de interrogar más a las cartas, tan avaras que no sueltan mucho más
de lo que dicen. ¡Y ese español, Ortega y Gasset, que no soporta vivir en
Buenos Aires y que Victoria le preste dinero! Bueno, después olvidaría la
deuda. En las cartas, los detalles sin importancia conviven con las palabras
trascendentales, sin que sepamos bien cuáles eran cuáles para sus autores.
Buscamos en ellas pero no entendemos la mitad, o más de la mitad, quién sabe
qué entendemos cuando husmeamos en las palabras de los muertos. Revivimos unos
instantes que, quién sabe, deberían de estar justamente olvidados. Sólo lo
importante tiene una vida propia, ajeno a las cartas personales. La autora,
Flaminia Ocampo ha leído cartas y cartas de su tía Victoria. Al principio por
casualidad, es que en realidad no le caía bien. Es que en su familia se contaba
que a Victoria, su hermana, la poeta Silvina le había leído un poema en que
decía “la infame primavera”. Y Victoria, que amaba las flores y sus fragancias,
había gritado: “¿Infame la primavera? ¡Infame jamás!” ¡Qué arrogante era la tía
Victoria, qué incapaz de comprender las razones ajenas!, pensó Flaminia, y por
eso dejó de interesarle su antepasada ilustre, hasta que se encontró con sus
cartas. Se dedicó a esbozar algunas amistades, aunque faltan muchas más. Éstas
hablan de un mundo de relaciones inusitadas. Waldo Frank, que cenó con
Victoria, antes había cenado con Diego Rivera, y antes con Hearst y su amante
Marion Davies (¡los inspiradores de El
ciudadano Kane!). Bueno, emociona saber que la amistad es una costra que se
queda pegada a las cartas y que tiene una vida propia, independiente de las personas que la
sintieron y que, luego, tal vez, olvidaron.
Flaminia Ocampo. Victoria
y sus amigos. Buenos Aires, Aquilina, 2009.
jueves, 24 de marzo de 2016
A pesar de la enorme distancia: Lola Beltrán
Para María Elena Leal
¿A dónde vuelan las manos de Lola Beltrán cuando canta? ¿Por qué revolotean, se paran sobre su pelo, se coquetean entre ellas como dos palomas, hacen como que se van y se regresan, forman el signo del silencio y el de la cruz, despliegan sus alas, bendicen, avientan el desprecio y finalmente se pierden en el cielo cuando termina la canción? ¿Por qué parece que nos toman y nos acarician o nos elevan entre sus dedos? ¿A dónde nos llevan sin que nos demos cuenta? Bueno, en esta ocasión nos trajeron a Navojoa, nos reunieron en esta ocasión para estar con ella. Qué bueno que no nos ha abandonado, a pesar de que hace veinte años que se fue. Nos arrojó por aquí, bajo el cielo más inmenso, a la orilla del desierto, en el Norte, yo no aguantaría el paseo del caballo blanco, des de Guadalajara hasta California, cantando todo el día. María Elena Leal, ella sí, porque no se cansa, igual que Lola, cantar le da fuerzas para seguir cantando, pues esa voluntad es algo que ha heredado. Así Lola, iba por las ocho direcciones de la rosa de los vientos, cantando. "Precioso, bonito, maravilloso, encantador", cada que terminaba una canción daba una muestra de agradecimiento. Yo no sé, me la imagino como una flama blanca que crepitaba sobre el escenario, moviéndose elegantemente en su lugar, cálida como una fogata. Cuando ella nació, en los años 30, de la canción ranchera no había ni sus luces, apenas los mariachis cantaban sus sones en las rancherías de Jalisco, guitarras, vihuelas, arpas y violines, Ayer no vine, se me hizo tarde, allá en la esquina con mi Lupita,cantaban en medio de las fiestas, pero sin imaginarse que sus intentos de llegar a la Ciudad de México tendrían que fructificar muy pronto. Con el mariachi se cantaban los sones, las canciones de las cantinas, la sorprentente guitarra de golpe que parece más un instrumento de percusión. Cuando nacieron, el mariachi y Lola no sabían que se iban a encontrar. Cada uno siguió su camino por su lado, el largo camino que iba a concluir más tarde, en los años 50, años de la radio, de la televisión, del cine mexicano no tan bueno, o bueno sólo porque tenían a los mejores cantantes con los peores argumentos. El largo camino de la estilización, de la creación de la canción ranchera como una pequeña obra de arte, una breve representación trágica.
A Lola no
la conocí; ella volaba muy alto, y yo tan bajo, tan bajo... Pero sí la vi un
par de veces, pero allá de lejecitos, cuando iba a visitar a María Elena a su
departamento, y yo vivía enfrente, al otro lado de la calle. Si María
Elena lavaba sus platos, tenía que ver a fuerzas la ventana de mi cuarto. Yo la
miraba de pronto, a ver si un día... También saludé a la mamá de Lola, un día,
pero yo era alumno de secundaria. Llegaba en su camioneta. "¡Ya llegué, ábranme!"
Y yo no sabía que se podía cimbrar la tierra de un solo grito. Ya tenía
entonces, unos discos de 78 rpm, marca Peerless,
como La piedra,Cucurrucucú y La chancla, que oía alternando con los
boleros de Agustín Lara. Por ella descubrí que las canciones rancheras son los
oráculos de nuestro destino y que las escuchamos para saber qué pasará con
nuestro corazón. Descubrí que el mariachi toca con solemnidad y que es como
una constelación de luces que adorna la fatalidad. Si se fijan, este repertorio
no es igual, no late como un corazón, sino que se detiene y se acelera, sus
violines y sus trompetas simulan las nubes del cielo que se oscurece y los
truenos que se desploman sobre la vida. Cuando Lola dice: "Olvídate
de todo...", la música se detiene, la sinfonola se queda suspensa con la boca
abierta, pero luego continúa: "…menos de mí, y vete a donde quieras, pero
llévame en ti." Como para morirse cantando. ¡Ah, cuando creíamos en
el amor y asediábamos las canciones intepretadas por Lola, para encontrar entre
sus versos un puñal para ensangrentar nuestro corazón! Pero luego, mejor fuimos
explorando sus secretos interpretativos, su manera de que las canciones fueran
efectivas y certeras. Las canciones que escuchábamos luego de clases, con los
amigos en las tardes, porque hubimos de escucharla también cuando estudiábamos.
De lejecitos, para poder ser felices, porque la negra filosofía de la canción
ranchera nos podía hundir el fin de semana completo. Al amor mejor no hay que
abrirle la puertita, ni poquito, porque tal vez sucedería lo que afirma Lola
cuando canta a Ferrusquilla: "Podríamos decir que apenas te conozco, / y
ya te llevo en mí como algo de mi todo". Los que nos hicimos con estas
canciones tenemos en vez de catecismos, versos bíblicos de José Alfredo
Jiménez.
Lola era un
habitante de unos buenos tiempos. Los nuestros, tiempos sin remedio, no eran
para ella. Sus interpretaciones hablan de México con orgullo, del norte y del
sur, de Sinaloa y de Zacatecas. Por eso se convirtió en una embajadora artística,
la mejor, la más cotizada, la que todo el mundo conocía, la única cantante
mexicana comparable con Amalia Rodrigues, con Edith Piaf, con Lola Flores, la única
que era reconocida en el país en que se parara. Durante los años 70, y hasta
los 90, si una voz era sinónimo de México era la de ella. Lola en Rusia, Lola
en Londres, en España, en Francia, Lola caminando por Roma o por los Champs
Elysées, Lola el 12 de diciembre en la Basílica. ¿Personajes como ella?
Hace mucho que ya no existen. Ya han dejado de pisar nuestras calles, esa magia
que los hacía brillar ya no se posa sobre casi nadie. Carlos Monsiváis la
admiraba, y Lola, halagada por este admirador, lo invitó a cantar a Canal 2.
Carlos iba decidido a debutar esa noche como cantante de música ranchera, pero
cuando Lola le cedió el micrófono, el cronista no quiso, se chiveó, y eso que cantaba
bonito. Lola abría los brazos y cabía la Sierra Madre Oriental y la Occidental,
los maizales inmensos, las vías del ferrocarril y las máquinas con sus
adelitas, los cielos y los mares. Como era mujer paisaje, voz de todas las aves
y caudal de todas las aguas, su voz gustaba igual en Rusia que en Nueva York,
como era altísima, brincaba el muro. La disfrutaban en Rusia los comunistas y
en el Vaticano el Papa. Nadie sabía que cantaba de una paloma triste que va
a cantar muy de mañana a una casita sola, pero entendían que cucurrucucú era un
lamento que venía de otro país. Así como en España, los españoles sabían lo que
hacía Lola Flores, en México, se sabía todo de Lola, de su esposo Alfredo Leal,
de su hija María Elena, de sus comidas con García Márquez, de su amistad con
María Félix. Yo no sé si existe una cantante así, que represente una cultura de
este modo. Pero en medio de todo esto, de su voz, de su estilo, e, incluso, de
su repertorio, está el proceso de estilización de un personaje. Es Lola vestida
por los mejores modistas, peinada por los grandes estilistas y moviéndose en el
escenario como nadie antes, como si fuera el equivalente del ballet de Amalia
Hernández o de un mural de Diego Rivera. Fue Lola, la síntesis de lo que México
buscó representar como su música durante varias décadas.
Antes que
ella, sólo Lucha Reyes. Pero formó parte de un grupo de cantantes magníficas.
Cada una de ellas aportó un estilo, una manera de llorar o de carcajearse de la
vida. Pero sin duda, ninguna de ellas buscaba el tipo de público al que aspiró
Lola. A Lucha la escuchaban en las sinfonolas, en los centros nocturnos en que
cantaba, en las fiesta a que llegaba con sus amigos, era la gran cantante, la
que hacía cachitos la voz cada noche para amanecer entera al otro día. Pero
Lucha fue un incendio en que se calcinó ella misma. Pero nos dejó una
intepretación que no tiene igual, porque nadie puede pasar frente a Por un amor, de Gilberto Parra, sin
estremecerse. Porque las vocales de estos versos se derraman sobre las
consonantes. Lucha Reyes se suicidó en 1944, la canción ranchera tenía menos de
una década de existir. Luego, lo que vino fue una generación de cantantes que
pretendían crear un estilo, sin alejarse completamente de la influencia de
Lucha, es decir, que se notan perfectamente las limitaciones de todas aquellas
que quisieron medir su voz con la creadora de un estilo. Lola también lo intentó.
Al principio, cuando grababa sus primeros discos, hacía siempre un homenaje a
Lucha, incluso, pensó en un momento llamarse "Lucha Beltrán", pero se
lo desaconsejó Eulalio Ferrer. Mejor Lola. También este publicista le recomendó
cantar con las manos, todo un lenguaje independiente el de sus manos. Si la
llamamos "cantante bravía" no la entendemos por completo. Lola es un
poco más que eso, algo tiene de fuerza interpretativa salvaje, como en sus
primeros discos, cuando la voz es incontenible, pero también hay dulzura y
melancolía, tristeza y toda una compleja formación de sentimientos. Lola,
no te vi en Bellas Artes, pero sé que Jaime Labastida te admiraba como nadie, y
te dedicó unas palabras en uno de esos conciertos. Las cantantes de ranchero no
están igual de cotizadas hoy, ni siquiera el género ranchero sigue siendo el
mismo. Pasa algo, que la canción ranchera se desvirtuó, en poco tiempo se
marchitó al no haber una consistencia. Quizá es que todo un repertorio se fue
perdiendo, faltaban cantantes que lo fueran retomando. No todos los mariachis
se saben todas las canciones de Tomás Méndez o Cuco Sánchez, apenas unas
cuantas, las suficientes para las noches de parranda, pero aparentemente no
queda tan viva la canción ranchera. ¿Cuántas de las canciones de Severiano
Briseño nos sabemos, si es que sabemos que existió? La complejidad de lo que
llamamos "la canción ranchera" se ha perdido para los oídos de hoy,
tenemos que volver la mirada atrás para conocer y comprender. Mentiría el que
caiga en fórmulas como "la música de cantina", "las quejas
dolientes", es cierto, existen, pero no es todo, y menos cuando existe un
compositor tan complejo como José Alfredo, un autor como Cuco Sánchez que hizo
que las coplas populares se actualizaran en sus canciones, y una intérprete
como Lola. Además, hay un repertorio escondido, con menos suerte, el que
cantaron mujeres como La Panchita, Manolita Arriola o La Torcacita, el de Pedro
Galindo, Felipe Bermejo y Alfredo D'Orsay, entre otros. Cuando Lola llegó
a la radio, un joven le quiso cerrar la puerta (al menos eso dicen): "Ya
está lleno". Era el jala-aplausos de la estación, un joven llamado Tomás Méndez,
que quería también ser famoso. No sabía que le estaba cerrando la puerta a la
gloria. Sí, esa joven que quería entrar era la que le traería sus mejores éxitos.
Aunque por segunda vez Tomás Méndez se equivocó, pues se dice que no quería que
Lola grabara Cucurrucucú. ¿Y
en qué acabó? En que el repertorio de Lola comenzó con las obras de Tomás Méndez,
con Paloma negra, Bala perdida, Gorrioncito pecho amarillo...
Ahora bien,
el estilo de Lola. Difícil, porque como dicen, el estilo es el hombre. Es su
personalidad en la mayor plenitud. La perfección de una mujer que se sabía
destinada a trascender. Me gustan las distintas etapas de su carrera, son muy
precisas, y van de la voz que se desborda como catarata hasta la conversación íntima
que se convierte en comunión cuando dio su último concierto en Bellas Artes. En
su juventud, incluso en las canciones tan personales como Esta tristeza mía, la voz gana sobre el
comedimiento. Con el tiempo, gana algo religioso, algo que es como dialogar con
ella misma para que se entienda públicamente lo que siente. Bajaban las palomas
en forma de manos que revoloteaban el teatro, tocaban con su blancura al público,
el gran momento solemne de la consagración. Un estilo al que hay que volver
para aprender: Lola no nada más fue un momento de la canción ranchera, sino un
estilo de cantar sin adjetivos, porque le conocemos sus boleros y, sin alterar
su forma de cantar, incluye La
huella de mis besos o Ella,
naturalmente en el bolero ranchero, pero se hacen personales, Lola Beltrán
sobre el género musical. De niña cantó en la iglesia, mayor cantó con banda
sinaloense (una formación musical que siempre, desafortunadamente, ha requerido
de voces que le den categoría), su estilo era un homenaje a sus antecesoras,
reunió lo mejor de la canción mexicana anterior a ella, pero sobre todo le
agregó una interpretación. Antes, en la época de la radio, por razones técnicas
y sentimentales, las cantantes no interpretaban, eran apreciadas por la belleza
de sus voces. Con la llegada del cine y de la tele, se crearon las condiciones
para que las personalidades de la canción tuvieran la oportunidad y el
requerimiento de moverse por el escenario. Lola es más "teatral" que
Lucha Reyes. Manuel Esperón, que las trató a las dos, y que las acompañó también,
prefería a Lola. Yo no diré nada, disfruto a ambas. Pero entiendo que hay un
cuerpo en esta voz, la de Lola, que no era posible en los tiempos de Lucha. La
confesión con el público, un lujo que Lucha no pudo darse. Y en Lola... bueno,
si no se hubiera confesado al cantar, las cámaras se habrían ido en busca de
otra mujer. Pero esa audacia sólo era posible con una antepasada como Lucha. En
los corridos de Lucha, en sus canciones cómicas, hay algo de ingenuidad, de eso
que se hace con mexicana alegría, como atravesar la calle a la viva México. Álvaro
Carrillo habría sido feliz si hubiera escuchado la versión que Lola hizo de La señal (murió antes de que se la
grabaran). En ella, Lola se dio el lujo de murmurar a grito pelado, si es que
se puede concebir eso. Además, coincidió con una reformulación del mariachi, el
que sólo fue posible después de Rubén Fuentes. En El toro y la luna escuchamos su voz acompañada por un corno
francés. Un crecimiento artístico del mariachi que ya no se continuó, pero me
gustaría que no me preguntaran por qué. Lola Beltrán fue, sucesivamente, la niña
que cantaba extraordinariamente, la joven impulsiva que creyó en su propia voz,
la joven cantante que buscaba demostrar su talento, la forjadora de un estilo
nuevo, la cantante que logró trascender las fronteras geográficas y las
fronteras clasistas que rodeaban a la canción ranchera, la madre, el personaje
público y, por último, la leyenda de la canción ranchera. Muchos tienen como última
etapa el olvido o el reconocimiento de unos cuantos. Pero Lola es hoy el fenómeno
cultural que sirve para explicarla y explicar los fenómenos artísticos y hasta
sociales de su época. Además es un espejo, el espejo en que me he reflejado por
años, porque con la vida, como dice un camión al final de Nosotros los pobres: "Se sufre,
pero se aprende". Su discografía es la demostración del aprendizaje de la
vida. Yo veo en ella complejidad de sentimientos, sabiduría de la vida cuando
se canta (porque las cantantes que no aprenden de la vida tampoco aprenden a
cantar). Pero es porque yo he aprendido de sus canciones, si no, ni siquiera
tendría la capacidad de disfrutarla cada vez más. Y porque espero ese momento
que sé para que se me cierre la garganta, porque esa tristeza sólo se siente
cuando Lola lo dice de cierta manera. Lola Beltrán, maestra de la vida. Y yo...
un alumno avanzado en las artes de tropezar con los mismos errores.
martes, 23 de febrero de 2016
Soy leyenda, de Richard Matheson
Es curioso
lo que pasa con esta obra: parece que la versión definitiva y perfecta no
existe, tiene que ser imaginada por el lector (y espectador). La novela
original tenía ciertas características que el guión escrito por el mismo autor
no conserva. Cuando apareció la versión protagonizada por Will Smith, el final
cambió completamente. La película de los años 60 tenía algo de serie de
televisión, de obra teatral. La versión de 2007, dirigida por Francis Lawrence,
es más “realista”, si se piensa en las tomas de la ciudad de Nueva York
abandonada. Lo curioso es que ni siquiera el cine de horror es tan pesimista
como para reconocer el fin de la especie humana y necesita terminar con un
mensaje de esperanza. No es definitivamente lo que buscaba Richard Matheson
(1926-2013) cuando escribió Soy leyenda.
Al pensar en ella, creo que hay similitudes con una obra como Esperando a Godot. La soledad del
escenario y la larga espera, en aspectos exteriores. Desde el punto de vista de
la interioridad de los personajes, algo tienen en común, pues mantienen la
esperanza a pesar de todo, de algo que tiene que llegar, aunque lo que llegue,
en el caso de esta novela, no sea más que el fin de la especie humana.
Curiosamente, lo que Beckett y Matheson comparten es la representación del
cambio social como el fin de los tiempos, la llegada del apocalipsis. Cae la
noche, y Robert Neville, el protagonista tiene que refugiarse en casa, pues los
vampiros salen de noche, que no sepan el lugar exacto de su refugio, pues lo
aniquilarían. Los que fueron amigos, hoy son sus depredadores. Ahora bien, en
el espacio circundante, que no se alcanza a ver, que se adivina en la
oscuridad, nace una nueva sociedad para la cual el ser humano es repugnante, peligroso.
Es la inversión moral del punto de vista. De pronto Neville se convierte en el
otro. Esto también es común en el cine, un recurso que precisamente se utiliza
en la cinta Los otros. El horror es
relativo. No, no es relativo, es absoluto, y depende de un punto de vista
parcial y excluyente. El otro existe y lo más aterrador de su existencia es que
puede tener acceso a la conciencia. De hecho, hacia ella va y es necesario
detenerlo antes de que la alcance. La elegía al último hombre sobre la tierra
es también el fin y el punto más extremo de la poesía. Al finalizar el yo, la
lírica también sucumbe. Pero lo que me interesa es el hecho de que a la razón
se accede si se tiene el poder, pues ambos –humanos y vampiros– tienen la misma
capacidad y el mismo derecho. Pero las dos especies de repelen. Entre esta
sociedad que termina y aquella que nace, ¿hay algo que pueda ser común? ¿Por lo
menos la poesía, la música al menos? Parece que no. Hay una trampa en este tipo
de literatura, pues pareciera que todas las creaciones mueren, y que incluso
aquello que tiene más probabilidades de trascendernos (como el arte), también
sucumbirán. La literatura de horror encierra una gran dosis de egolatría: sólo
nosotros por nosotros y por nuestros medios somos capaces de comprendernos, los
Otros no serán capaces. Y tenemos la altanería de afirmarlo sin tener siquiera
la curiosidad de conocerlos.
Richard
Matheson. Soy leyenda. Las criaturas de
la noche / I Am Legend. The Night
Creatures: The Script (1954 y 1982), trad. de Manuel Figueroa (Soy leyenda, 1960) y Manuel Mata (Las criaturas de la noche, 2014).
Barcelona, Planeta, 2014.
lunes, 4 de enero de 2016
Cuarenta años de escribir poesía, de Octavio Paz
La reseña
no es lugar para las confesiones. Aún así… Debo decir que hace muchos años, fui
al Centro Cultural San Ángel, y junto a mí se sentó nada menos que Octavio Paz.
Tenía yo alrededor de veinte años, y a pesar del miedo pude intercambiar unas
cuantas palabras: “Me emocionó su ensayo sobre Luis Cernuda. Ayer leí su libro sobre
el Modernismo, de hecho aquí lo tengo”, y busqué en mi mochila, pero no, ya
había sacado Cuadrivio y en su lugar
estaba la obra de Cervantes en editorial Aguilar. “¿Me lo firmaría de todos
modos?” Pero no, el poeta me dijo que sólo si se trataba de un libro de él. “Me
honra mucho que usted quiera que le firme un libro de Cervantes, pero no
puedo”, me dijo con gran amabilidad. Mi diálogo con Octavio Paz no ha sido, a
lo largo de la vida, ni complaciente ni confortante. Frecuentemente le contesto,
meto mi voz en sus soliloquios. No hago más que responder a la seguridad con
que se expresa en sus ensayos. Sin embargo, en este libro baja la voz, se nota
algo más a gusto hablando de su propia poesía, sin el tono arrogante de sus
ensayos. Se trata de la edición de las seis conferencias que pronunció en 1975
en El Colegio Nacional sobre su propia obra poética. El camino que construyó lo
vuelve a andar pero ahora para explicar por qué están esos artefactos poéticos
en donde están. Hay humildad del autor ante su obra, y la confesión de ciertos
aspectos, detrás del telón, que no son evidentes. Se autodefine
“post-surrealista” y realiza la afirmación de una poética en que el tiempo se
detiene, quiere cristalizar el instante, como si hubiera quedado dentro de una
gota de ámbar, para ser contemplado por aquellos que vengan después. Y sin
embargo, encuentro más fascinación en el recuento de todo aquello que pasa.
Mixcoac, pero el que se ha desvanecido; las calles, pero las que ya no son. La
metafísica de la ciudad, la vivisección, ¿o disección?, del poema. Eso depende
de si se considera al poema algo vivo o algo que potencialmente vive al ser
releído. No está ni vivo ni muerto. Como si el tiempo se descongelara al pasar
por los ojos del lector, continuara su fluir por un momento nuevamente. El tema
del poeta es, en extensos pasajes, “el tiempo fijo”, y la posición de Paz se
puede ver desde distintos puntos, por ejemplo, su actitud ante la poesía. Dice
que tanto Ortega y Gasset como Vasconcelos le sugirieron dejar la literatura
para dedicarse a la filosofía. Y Paz, ¿eligió una poética que incluía la filosofía?,
¿o por el contrario, una poesía de la imagen, arte sin ideas? Pienso que optó
por la segunda vía, la poesía como construcción, arte-en-sí que es técnica,
aunque la filosofía sea la disciplina que vive en la “habitación vecina”. En el
centro de esta poética florece la palabra como flor, medita sobre sí misma,
pero para hacerlo usa al hombre, se encarna y se modifica, nos modifica para
pensarse, una dialéctica en que el hombre se ve superado, es precedido por la
palabra y la palabra quedará modificada, trascendiendo al hombre, quizá a la humanidad,
pues encuentro en este pensamiento una presencia idealista en que la palabra
rodea al hombre y no al revés. Me extraña que no se haya hablado más de este
libro, inédito hasta esta edición. Hay en él muchos temas, pero de la misma
manera que en la dualidad del hombre y la palabra, en otra que aquí se
presenta, la de filosofía y poesía, es esta última la que recubre y sirve como un
todo estructurador a las palabras del poeta.
Octavio Paz. Cuarenta años de
escribir poesía. Conferencias en El Colegio Nacional, pról. y ed. Enrico
Mario Santí. México, DGE. El Equilibrista-El Colegio Nacional-Conaculta, 2014.
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