Leo de nuevo este libro de Alfonso Reyes y recuerdo las clases de su nieta, Alicia, en la Capilla Alfonsina, la inolvidable casa de su autor. Ahí, durante meses, leímos poco a poco La experiencia literaria, comentando algunos aspectos y dejando para después muchas anotaciones. Naturalmente, en este volumen están los apartados dedicados a la crítica literaria y su culminación, que es el juicio en torno a la obra (confieso rehuir sistemáticamente el ejercicio de esta potestad), a las jitanjáforas y a muchas de las diversiones más o menos eruditas a que nos tiene acostumbrados Reyes. Por ejemplo, le gusta referirse a la cantidad de palabras similares que tienen idiomas como el español, el catalán, el portugués y el italiano. Son idiomas que se entre-adivinan, nos dice. “Son muchos los peligros de la cercanía” y para poder hablarlos se necesita de acrobacia lingüística, sería como partir un cabello en cuatro partes. Y viene ahora una frase que subrayé y que el autor anota con ánimo de no olvidarla: “¡Me río del malgacho que traduce a Góngora!” Es más fácil esta aparente proeza que bregar entre lenguas parecidas. La nota a que me refiero es la que nos aclara que efectivamente hubo un gongorino en Madagascar: “Mi llorado amigo Rabearivelo, poeta hova”. Se llamó Joseph-Casimir Rabearivelo (1901 o 1903-1937) pero cambió su nombre a Jean-Joseph para tener las mismas iniciales que J.J. Rousseau. Su afición a Francia lo llevó a cartearse con Gide y Valéry. Desde Madagascar, isla de la que no salió nunca, se enteró de la existencia de la revista Monterrey, que publicaba Alfonso Reyes y que enviaba por correo a sus amigos literarios. En mayo de 1932 le escribió una cartas desde Antananarivo para pedir que le llegara regularmente esta publicación. Llegaron varias cartas; una en que disertaba sobre las relaciones musicales entre el español y el hova, su lengua natal, otra en que pide una fotografía de Reyes para poder conocerlo y otra en que manda su propio retrato dedicado. Cuenta de la enfermedad de su hija (que morirá a los tres años), de sus proyectos literarios (uno de los cuales, Ventanas, piensa dedicar a Reyes) y comienza a evocar a Góngora. Finalmente, en 1933 anuncia que está por terminar su traducción rítmica al hova de las Soledades. Ya antes, en el número 6 de Monterrey, Reyes dio cuenta de la publicación de tres sonetos del poeta cordobés (“descaminado, enfermo, peregrino”, “Tras la bermeja aurora, el sol dorado” e “Ilustre y hermosísima María”), pues Rabearivelo tenía su propia publicación literaria, Ny Fandrosoam-baovao (“Nuevo Progreso”). Reyes no sabía que en su modesta casa, Rabearivelo tenía las Soledades como libro de cabecera y un pequeño busto de Góngora. Aprendió español por sí mismo, con ayuda de un diccionario y en compañía de un quinqué (el artículo “Jean-Joseph Rabearivelo y el mundo hispánico”, de Guillermo Pié Jahn e Irina Razafimbelo, es bellísimo y emocionante). Muerta su pequeña hija y endeudado, al poeta le avisan que no ha sido seleccionado para viajar a París, y se suicida el 22 de junio de 1937. Le manda decir a Reyes por medio de un amigo que su desaparición era voluntaria. Están las cartas a don Alfonso y se han localizado los tres sonetos gongorinos traducidos al hova, pero es poco el rastro hispano de este poeta en nuestra lengua. Lo busco y veo que sólo hay un pequeño volumen en español, Traído de la noche, publicado por la Universidad Villa María (sólo 200 ejemplares). Así, sus poemas y su vida me llegan, como traídos por la noche.
Alfonso Reyes. La experiencia literaria / Tres puntos de exegética literaria / Páginas adicionales, nota preliminar de Ernesto Mejía Sánchez, 2ª reimp. México, FCE, 1997. (Obras completas, XIV)