lunes, 2 de marzo de 2026

La crítica en la edad ateniense, de Alfonso Reyes



Con la lectura de Alfonso Reyes me he acostumbrado a dar vueltas alrededor de Platón, Aristóteles, Cicerón, Quintiliano y todos los antiguos oradores. Me gustaría haber sacado más provecho de sus lecciones. Sin duda, pocas cosas hay mejores que ser un peripatético al lado de don Alfonso. Caminar a su lado, como los antiguos caminaban con Aristóteles. Algo se me pegará si camino a su lado. Una de las cosas que más le agradezco es su manera de liberar a Aristóteles, haciendo de su pensamiento una vitalidad refrescante. Con los siglos se le ha convertido en un filósofo lleno de reglas, de preceptos que seguir para componer una obra de arte. Cuando él, en realidad, se acercaba al teatro, a la poesía, a la retórica, para advertir su variedad. Pero los aristótelicos de después lo volvieron un maestro inconsecuente. En realidad, Reyes ha devuelto el gusto por caminar al lado de Aristóteles. Esa palabra, la catársis, que aparentemente tenemos dominada, ese desahogo que da ver obras de arte y tener una catarsiss… se convierte en algo indeterminado. El propio filósofo manda a sus lectores a otros lugares de su obra para que estudien el concepto de catarsis, pero cada lugar explica menos que el anterior. Se supone que la catarsis era una función que surgía en la contemplación de la tragedia, pero desborda este género dramático para inundar las Bellas Artes y se convierte en una herramienta para comprender el espíritu humano. Catarsis es una especie de purga, una manera de depurar “el fondo emocional del alma, mediante el placer que procura la expresión artística”. Es un término que jamás ha dejado de estar presente. Luego de que Brecht haya escrito en contra de esta facultad del teatro, hemos tenido que presenciar obras que impiden ese desahogo biológico del cuerpo y del alma que significa estar en contacto con el arte. Tristemente, este debate en torno al arte no ha tenido respuestas, y más bien se ha diluido en las últimas décadas. Por lo menos, parece que tenemos el acuerdo de que el arte más conservador nos produce una catarsis. El salir insatisfecho de una obra de arte tiene más prestigio que presenciar un final feliz. Sin embargo, no pareciera que la falta de catarsis sea de por sí más valioso, una vez que nos volvimos antiaristotélicos en nuestros planteamientos artísticos. Volvamos a Reyes, quien tiene un plantemiento más profundo. La catarsis sería una manera homeopática de tratar el alma. Cura el terror a base de contemplar escenas terroríficas. Cura la desesperación con la contemplación de la desesperación. ¿Las pasiones se curan contemplando las pasiones? ¿Pero entonces por qué no funciona así con el amor? Contemplar el amor no nos cura de él. Conforme sigo a Reyes en sus obras, me doy cuenta de que es inagotable. Extrae meditaciones, ideas, del disfrute de sus filósofos. Sirve como muestra una intuición genial sobre la Poética: es el texto que da los primeros pasos para emanciparnos contra dos esclavitudes: “la confusión entre valor estético y el valor moral, y la visión del arte como una reproducción fotográfica de la realidad”. Sirve mucho percatarnos de que hay crítica artística que retrocede milenios al confundir de nuevo estos dos valores.

 

Alfonso Reyes. La crítica en la edad ateniense (1941) / La antígua retórica (1942), nota preliminar de Ernesto Mejía Sánchez, 2ª reimp. México, FCE, 1997. (Obras completas, XIII)

 

viernes, 20 de febrero de 2026

¿Qué pasa en el mundo? Los medios de información de masas, de Juan Luis Cebrián



Mi papá era aficionado a las enciclopedias. Debimos de tener unas tres o cuatro en la casa, además de colecciones de libros de economía, carpintería, novela policiaca, cine, la Segunda Guerra Mundial, la vida marina, el arte universal, salud, clásicos juveniles, el cultivo de las flores, literatura de terror, comics, biografías de políticos, atlas, libros de filatelia y de modelismo, entre muchos otros temas. Todavía hay veces en que un libro sobreviviente de entonces se me aparece en los libreros y lo tomo con curiosidad. Simplemente, la manera en que llegaron a nuestra casa tiene algo de práctica en peligro de extinción: los vendedores de revistas y periódicos que conseguían números atrasados. Ahora es difícil encontrar periódicos en los lugares en donde antes se iba a ojearlos o a comprarlos. La costumbre de leer la edición dominical y repartir las secciones entre los miembros de la familia, las revistas que aparecían los domingos y los suplementos de historietas y literarios. Todo lo que intuía entonces era anacrónico. Los periodistas escribían su columna en su casa y tenían que llevarla o mandarla al periódico. Así que era un buen rato tomar el coche e ir a la redacción. La hora del cierre, ¿qué implicaba? La formación de las secciones y el envío a las rotativas. Ni entonces ni ahora me puedo imaginar el proceso completo. Nunca había meditado en la manera en que las fotografías que se tomaban una mañana en África llegaban al otro día en la mañana a la casa, en la portada del periódico. De eso trata este libro, pero cada uno de los capítulos amerita un libro completo. Sobre todo porque cada tema ha cambiado en las últimas décadas. Me entero, en el capítulo dedicado al video, que el Bing Crosby Research Institute presentó en 1951 una cinta magnética que podía registrar imagen y sonido. No conozco este instituto, pero buscándolo me entero también de que existe una wikipedia de Historia de la Ingeniría y de la Tecnología (ETHW) en que se cuenta la relación del cantante Bing Crosby (1903-1977) con la grabación magnetofónica. Además de ser uno de los grandes crooners de la historia, fue un astuto hombre de negocios: invirtió en la primera marca de jugo de naranja congelado (la actual Minute Maid), así como en negocios inmobiliarios y en pozos petroleros. Pero la relación con la tecnología proviene de su disgusto por hacer programas en vivo en horarios que interrumpían con su vida familiar. Luego de negarse, la NBC aceptó que los programas de la temporada 1945 fueran grabados, siempre y cuando tuvieran la misma calidad que los programas en vivo. Luego de probar con la grabación en discos de gran formato, que no alcanzaron la calidad deseada, el cantante conoció a Jack Mullin, un ingeniero que había notado la gran calidad de los programas transmitidos desde Alemania. Por ese entonces, había sido enviado a París para conocer un equipo de transmision alemán, capturado por los aliados. Fue que conoció las cintas magnetofónicas, de las cuales pudo llevarse 50 para estudiar en los EU. Bing Crosby utilizó estas cintas para grabar sus programas. Cuando llegó la televisión, Crosby preguntó si sería posible grabar la televisión como era posible grabar la radio. Algunos años más tarde, en 1956, la marca Ampex presentó la grabadora de video. Entonces, el cantante pagó 50 mil dólares por esa primera grabadora, con lo que se convirtió también en pionero en este sentido. Quizá el único daño que provocó con su visión comercial fue la invención de las risas grabadas que puso en sus programas. Quien piense que es un capítulo que ocurrió hace mucho, debe de saber que la preservación de hoy, en tiempos digitales, sigue haciéndose en cintas magnéticas.

 

Juan Luis Cebrián. ¿Qué pasa en el mundo? Los medios de información de masas. Madrid, Salvat, 1986. (Col. Aula Abierta, 55)

domingo, 8 de febrero de 2026

El pozo en la memoria



El poeta vasco Jon Juaristi escribe su columna política en el diario conservador español ABC. Por suerte no entiendo nada de su pensamiento, pues tendría que investigar los temas que trata. De hecho, traté de penetrar en uno de sus recientes artículos (“Hudna”, 31 de octubre de 2025), pero me di cuenta de que tiene un aspecto similar al de Letras Libres, así que como una tregua (que eso significa “hudna”) con ese pensamiento, leeré su poesía, publicada hace 36 años. Confieso que me atrae la cantidad de referencias literarias y musicales de sus textos. No conozco otra edición mexicana suya como ésta que hizo esta editorial dedicada a la poesía, pero sé de él que dirigió el Instituto Cervantes, que su prosa es elegante y que ha sido profesor de Literatura en el país Vasco, de donde es originario. Como pocos textos míos, sé de éste que no lo leerá nadie, que no es de interés más que para mí (que sólo lo escribo para seguir el apretado laberinto de sus versos). También entiendo que aprendió el vasco por su cuenta, ya que su familia le enseñó el español –hay que recordar que el vasco fue prohibido por el franquismo–. La masacre de Guernica en 1937, que ahora tanto nos recuerda a Gaza, inspiró el mural de Picasso, y, naturalmente, tiene que estar en un poeta de este perfil. Escribió hacia 1986 un poema para conmemorar el cincuentenario de la Guerra Civil Española. Han pasado desde entonces otros cuarenta años, pero no importa. Para nosotros en México sigue siendo importante, por los intelectuales que llegaron a nuestro país, y porque lamentamos el franquismo asesino con la misma intensidad. Y porque desafortunadamente miramos el nuevo retoño del fascismo en nuestros días, quizá tan sano como el que se engendró entonces. El poema (“Ante el cincuentenario de una guerra civil”) le habla a quien quiera recordar, parece que amenaza llegar un espléndido verano, pero no es tiempo de la lamentación, ya lo habrá. Mientras tanto, es verano. Fue una masacre entre hermanos: “Ellos, los derrotados de entonces, los eternos / abeles, se cobraron con creces la derrota / en vosotros, sus hijos”. Por desgracia no podría hablar de la generación de hijos de la derrota de la Guerra Civil. Pero parece decir que las víctimas directas de la derrota son los hijos de los vencidos, que se cobraron con sus hijos. El castigo es no haber decidido “qué patria / habría de tocarte en suerte, hermano”. Es una derrota que forma parte de la “masa hereditaria”, como he aprendido de los abogados. Hasta hoy, España parece no liberarse de esa derrota. Todavía con reyes, no puede llamarse República. Todavía quiere mandarnos sus mas retrógadas ideólogos (no hace mucho vino a impresionar a algunos Cayetana Álvarez de Toledo, que habló en la Universidad de la Libertad de Ricardo Salinas Pliego). El título del libro es parte de su poética, un pozo negro en la memoria: una fosa séptica a donde van a parar los escombros de la memoria. El primer poema del libro se llama “Pozo negro en la memoria (Material de derribo), y en él se refiere a su ciudad natal. Bilbao (el Vinogrado de sus poemas) va a parar completo a ese pozo, no sólo sus aguas, sino el puerto completo con todas sus calles. A su modo, es la traducción de Verlaine: “Tristeza de la carne y haber leído todos los libros necesarios.” Libros que van a dar al mismo pozo, junto con las experiencias de la carne. Es una breve poética que termina con estos versos: “Y en contadas horas en que con otros cuerpos / desisto de mí mismo / un poco de erotismo.” Es un uso curioso del verbo “desistir”, porque parece que le da un uso transitivo, como si el cuerpo pudiera desistir erotismo. Como si el erotismo surgiera del cuerpo como una forma de abdicación. ¿Qué es lo que se derriba? Sin duda, el cuerpo mismo. Se derriba, se va a la misma fosa en que terminará su erotismo, su circunstancia, su puerto natal y el erotismo que parece escurrirse como mugre hacia las profundidades. Hay más adelante un bello poema, “Canción para recoger el agua solsticial”, en que parece dirigirse ambiguamente a una amada ausente o a la lluvia de junio. Ella llena el mundo con su voz inaudible… como un chispear tenue que llena la tarde de bruma. En medio de la ensoñación, el poeta se da cuenta, de pronto, que es tarde, que la edad lo ha llenado de remordimiento. Al final del poema, reverdecen unos chopos. Lo hacen en vano, pues tanto ellos, como la lluvia, como la amada, como el poeta, todos saben que las raíces causan un dolor que va devorándolos. Más o menos ése es el sentido de este poema que se agrega como parte de un vasto paisaje artístico que pinta al igual la tierra del norte de España que el espíritu del poeta. Lo hace en pequeñas estrofas heptasílabas: “Cómo tiendes las manos / en la bruma anegada, / grial de tibia penumbra, / cauce de húmeda luz.” Hay otro porma, “Vers l’ennui” (Hacia el tedio), que parece explicarse por un epígrafe de Elliot: “but who is that on the other side of you?” (Pero ¿quién es ése al otro lado de ti?), que el autor de The Waste Land explicaba así: “Las siguientes líneas fueron inspiradas por el relato de una de las expediciones antárticas (no recuerdo cuál, pero creo que fue una de Shackleton): se contaba que el grupo de exploradores, en el extremo de sus fuerzas, tenía la constante ilusión de que había un miembro más de los que en realidad se podían contar.” En este caso, se trata de alguien en formación, alguien que sigue al poeta desde sus años de infancia, pero alguien que se está creando mientras la niñez sorprendida contempla los valles verdes, los pinares y los habares. Qué palabra tan bella y sorprendente, habares. Los busco en internet. Tienen un verde claro y fresco. Por eso, Juan Ramón Jiménez escribió: “Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna”. Durante la infancia, el mundo parecía grande. La luz parecía no terminar, las cosas estaban por descubrirse. Otra vez junio derramando oro sobre los campos. Las cosas se inventaban diariamente y había que nombrar nuevamente a los seres. Y al regresar a casa por los pequeños caminos de tierra, el cansancio ya los rondaba. Es una escena llena de belleza que remata el poeta con estas líneas: “Pero yo te sentía. Tú venías conmigo, / ángel del tedio, hermano, arrojando tu sombra / sobre las zarzamoras, tu sombra abominable.” El desconocido que crece junto a nosotros, aquel que tomará forma en nuestra adultez y que matará a ese niño que se sorprendía… ¿A ése se refiere? Al que arrojó lejos la sorpresa por el universo. Al que nos llena como copas llenas de aburrimiento. No conozco a esta generación de poetas, aunque quizá Luis García Montero sea uno de ellos, de los más cercanos. En este caso, sentí la cercanía de la poesía inglesa, de sus referencias (no nada más Elliot), apenas al otro lado de la Mancha. Allá ocurre el poema titulado “Bed & Breakfast”, que parece aludir al matrimonio entre el poeta W.H. Auden y Erika, la hija de Thomas Mann. En realidad, fue un matrimonio por conveniencia ya que ella necesitaba ser ciudadana inglesa una vez que el régimen de Hitler la quitó la nacionalidad.  Auden era gay y ella, lesbiana. Nunca vivieron juntos, pero llevaron una buena relación toda la vida, ni siquiera necesitaron divorciarse. Sin embargo, Juaristi los imagina juntos, sufriendo ella en la habitacion de al lado, a punto de tomar la decisión de dejarlo. Tal vez él la pueda retener, pero será inútil. El autor le sugiere al poeta, a la distancia, recitarle este verso “tan bonito”: “He disappeared in the dark of winter” (“Desapareció en la oscuridad del invierno”). Me llama la atención pues, en realidad, el verso de Auden dice: “He disappeared in the dead of winter” (“Desapareció en pleno invierno”). Se encuentra originalmente en el poema “En memoria de W.B. Yeats”, escrito en 1939, a la muerte de este poeta irlandés. Es el poema en que pide: “Tierra, recibe un invitado de honor”. Cuando eso pasó, las naciones –decía Auden– las naciones estaban “secuestradas en su odio”. A punto de iniciar una nueva guerra. Así nos encontramos, pero también tratando de leer poesía.

 

Jon Juaristi. El pozo en la memoria, selección y prólogo Mariapía Lamberti. México, El Tucán de Virginia, 1990.

jueves, 1 de enero de 2026

Celio González, de Rafael Figueroa Hernández



La música es fundamental en la filmografía de Federico Fellini, como lo demuestra cada una de sus películas. Por ejemplo, la inclusión de Patricia, el famoso mambo de Dámaso Pérez Prado, en La dolce vita (1960). Sin embargo, me parece que en ocasiones la excesiva presencia de la música circense desvirtúa lo que podrían ser escenas mucho más memorables. En la cinta Bocaccio 70 (1962) aparece por unos minutos un grupo de músicos cubanos tocando una olvidable rumba. Si el director hubiera sabido que uno de esos músicos cubanos era José Dolores Quiñones, autor de Cien mil cosas y Vendaval sinrumbo, éxitos de Celio González (1924-2004), quizá no lo hubiera desaprovechado de ese modo. Como dejó Cuba para residir en Toulouse, escribió en francés sus recuerdos musicales… Otra de sus canciones, Mi cocodrilo verde tiene una bella versión de Caetano Veloso. Pero la más famosa es Los aretes de la luna, que hizo popular Vicentico Valdés. Por desgracia, no es este compositor mi tema ahora, sino el creador de sus éxitos, Celio González, quien tampoco fue muy apreciado por el cine. Hay una cinta, Ole Cuba (1957), en que se puede admirar lo que era una actuación de la Sonora Matancera: Celio González canta No te quedes mirando y Celia Cruz, Me voy a Pinar del Río. (Ahí cantan separados, pero afortunadamente grabaron un dúo con la Sonora, Madre rumba). El secreto de las sonoras: dos trompetas al unísono. Las trompetas legendarias de la Matancera: Calixto Licea y Pedro Knight. Tampoco ha sido costumbre de los historiadores sentarse a escuchar a las grandes leyendas del cine, la música y el teatro. En cambio, sí es algo que acostumbra Rafael Figueroa Hernández, quien ha recogido testimonios muy valiosos para la historia musical que une a México con Cuba, como lo hizo con Celio González, voz de la Sonora Matancera entre 1955 y 1959, cuando salió de su país para instalarse en México. Me ha gustado empezar este año ojeando su vida, viendo sus fotos y oyendo sus canciones. Escuchar sus dos primera grabación, Quémame los ojos y Si tuviera tu amor. Por suerte, existe la grabación de una presentación radial de la Sonora en 1957, en que Celio canta Baila mi rumba y Despego. Lo escucho y no sabría decir si su voz es alegre o es triste pues ante todo transmite el gozo de cantar. Sin embargo, su interpretación de Total, de Ricardo García Perdomo, es la que supera todas sus grabaciones. Cuando le propusieron grabarla, la rechazó porque antes la había grabado Ñico Membiela, pero la incluyó en un disco que la Matancera preparaba para México. García Perdomo fue amigo de Jaime Rico Salazar, el historiador del bolero, y le contó la historia de Total: tenía una novia para cada día de la semana, pero resultó que se enamoró también de la empleada de la casa de su novia del domingo. Quedaron de verse, pero ella sólo se presentó a la cita para decirle que había preguntado por él y se había enterado de que era un “enamorador empedernido”. De regreso, en la guagua, escribió Total en un papel. Total… si no tengo tus besos, no me muero por ellos. El despecho es buen consejero, aunque los consejeros emocionales no lo tengan en buen concepto…

 

Rafael Figueroa Hernández. Celio González. Xalapa, ConClave, 2001.