sábado, 30 de abril de 2016

Sobre la vida (extraña)


 
 
Hay que hablar de la vida, aunque sea una vez en la vida. Aunque sea para poder decir: “Quién sabe”. Parece un tema para especialistas, pero todos estamos directamente involucrados. Un día preciso en un sitio preciso, ocurrió que una cosa que no estaba viva comenzó de pronto a estarlo. No concibo que se haya hecho vivo “poco a poco”. Peldaño último de las especulaciones. Corro a consultarlo en un libro, para saber si está ahí la respuesta. Pero el libro está hecho con la misma materia orgánica. Y está colocado entre los niveles de un librero hecho de células de madera. Como si estuviéramos todos dentro de esa célula sólo que inconcebiblemente multiplicada, células felices que no se preguntan de dónde vienen. Qué otra cosa será la vida que un montón de seres que se comen entre sí para que la vida se expanda hasta donde pueda. Suficientemente variada, tanto que muchos de sus representantes se aterran cuando se encuentran. Cómo se agita la mosca cuando se da cuenta de que está en medio de una telaraña. Viéndolo bien, no es lucha por la vida ni muerte lo que tenemos aquí. A la vida en forma de mosca se le seca la boca de pánico al ver cómo se acerca la araña, y a la vida en forma de araña le brillan los ojos al ver que la presa no puede huir. Las emociones y los conceptos de vida y muerte son visiones incompletas de la vida, lo tendríamos que concluir todos, en hermandad con las arañas, las moscas y todos los hacendosos trabajadores en la cadena de la vida. Lo que sigue no lo tendré que discutir necesariamente con el molusco ni con el coleóptero ni con la conífera. No a todos ellos les interesa saber si son únicos en el universo, pues se conforman con bastante menos. Somos la frondosa germinación de una célula única. Pero un solo arbusto de miles de ramas. Si hubo un árbol similar en otra parte del universo o si la habrá, es mi pregunta. Si la existencia de la vida es algo necesario en el cosmos, es demasiado poca la que hay como para que esa premisa sea cierta. Si no es un proceso necesario, qué la hizo entonces existir. Desafortunadamente, la ciencia ficción tiene muy poco que decirnos en este tema, pues gran parte de las reflexiones de este tipo de literatura tienen que ver con la esencia del ser humano, cómo es que en distintas épocas, en distintas circunstancias, rodeados de otra tecnología, en distintos confines del universo, el hombre sigue siendo el hombre, ese brote de la vida que planta sus envidias y sus miedos en la tierra que pisa. Seamos serios, el hombre iría de aquí para allá, colonizando el universo, en el mejor o en el peor de los casos. Pero suponer que la vida más allá, en caso de que esté, sea como aquí, que tenga una similitud, es pecar de ingenuidad. Quién sabe si podríamos darnos la mano (qué tontería, cuál mano) con un ser criado en una atmósfera de amoniaco. Y si nos disolveríamos en el elemento (para él) tan apacible. O si ellos no se licuarían en nuestro inhóspito aire. Y qué dirían de nuestra gravedad, tan poco apta para la vida. En ese viejo sistema solar no hay nada, es casi impensable, han de decir en sus palabras impensables. Por mi parte, es decir, desde mi árbol biológico, me pregunto si el camino que va de la primera célula a la conciencia era un camino necesario, es decir, que no podía pasar de otro modo. ¿Y todos los caminos de las vidas posibles concluyen en la conciencia? Por supuesto que no creo en que la conciencia tenga como descendiente a la inteligencia artificial, a la cual concibo sólo como una metáfora que encierra operaciones complejas, un espejo de la conciencia mas sin conciencia. En cambio, si hay seres que en otros sitios han logrado resolver problemas para sobrevivir, la experiencia se tendría que condensar en un pensamiento. ¿Sería universal?, ¿se podría construir un puente entre ellos y nosotros? Una vez, frente al mar, en Acapulco, me asomé por un puente y vi unos cangrejos. Recordé claramente cuando fui uno de ellos, caminando de lado sobre las piedras; recordé la sensación de las olas sobre mi caparazón. Y no sé si fue una memoria recuperada o inventada por el lenguaje, capaz de contener lo que sea, incluso los pensamientos de un cangrejo. Caminaré, con patas de cangrejo o con pies de humano, hacia mi asunto. Aunque para caminar hacia el asunto da igual despojarse de caparazón y piel, pues es la palabra la que se arrastra como un pez salido del agua buscando subir a un árbol. Subir para saber qué se puede ver desde allá. Palabra, conciencia del universo. Palabra, que se posa sobre otros planetas y los recorre a pie, descalza. Hay que buscar planetas, pues la vida no se da probablemente en estrellas. Buscar condiciones improbables pues, incluso en la tierra, los organismos se aferran a las temperaturas más extremas, incluso se podrían encontrar seres vivos con una base distinta a la del carbono. Si eso ocurriera, la definición de vida tendría que ampliarse, para que nos incluya en una categoría al lado de seres de existencia sólo posible. Qué extraña es la vida en estos términos, nada tiene que ver con las cosas familiares, con el ave afuera de la ventana o la bugambilia de aquí cerca. En el fondo, con uno mismo. Son reflexiones que me han surgido de leer Vida extraña (Biblioteca Buridán, 2015), de David Toomey, divulgador estadounidense de ciencia. “Vida extraña” sería toda aquella vida hipotética que no pertenece al árbol surgido de nuestro primer antepasado común. Hasta hoy no se ha encontrado un solo organismo que no tenga que ver con nosotros. Pero eso no detiene la especulación científica. La física cuántica enrarece lo que toca y hace de la ciencia ficción un género casi sin imaginación. Y al tocar el terreno de la biología, lo multiplica de una manera más que delirante. Si todas las partículas se pueden acomodar en cierto espacio, y si existe un número ilimitado de espacio, entonces todas las disposiciones son posibles. Lo que quiere decir que todos los seres vivos deben de existir –incluso los posibles– no una, sino un número infinito de veces. Los seres que no contradigan una ley física están a una distancia inimaginable de nosotros. El más cercano de mis dobles se encuentra a una distancia de 10(10)29 metros, cuando el universo observable sólo tiene una extensión de 4 x 1026 metros. Parece una especulación más. Sin embargo, escribe Toomey, “desde hace más de medio siglo, ni un solo experimento ha contradicho las predicciones de la mecánica cuántica”. Hay muchas consecuencias, yo ni siquiera las imagino. Sólo consigno una, la de Barrow y Tipler, quienes, en 1986, pensaron que “las leyes de la física y del universo están destinadas a producir observadores de estas leyes y de este universo”. No se encontraba desencaminado Amado Nervo cuando pensó que, si el tiempo es infinito y el número de partículas finito, las combinaciones de la materia se tendrían que repetir en algún momento. Eso quiere decir que lo que hoy vemos ocurrió en un pasado remoto. Por eso nuestros continuos déjà vu son en realidad un recuerdo repentino que nos llega desde fondo del tiempo. Vaya, qué gusto saber que ahora mismo, en algún lugar, Amado Nervo está cayendo en cuenta de este recuerdo.

domingo, 24 de abril de 2016

Ensayos históricos, de Vicente Riva Palacio


 
La obra de Vicente Riva Palacio (1832-1896) es el origen de muchas ideas acerca de México, tenidas como ciertas y universales. Como la que dice que somos un pueblo melancólico. La visión general de la Nueva España que aún hoy conservamos, es muy probable que provenga de sus libros –novelas y estudios históricos. Eso lo afirmaba José Emilio Pacheco (quien a su vez hizo el guión cinematográfico de El santo oficio, cinta de Arturo Ripstein basada en el caso de la familia Carvajal, quemada por judaizante; un caso dado a conocer por Riva Palacio en 1871, en El libro rojo). Pero abundemos un poco: se debe a que Riva Palacio, en 1861, albergó en su casa el archivo de la Inquisición, gracias a una encomienda de Benito Juárez. El General le dio dos salidas literarias a este acervo: una serie de novelas inspiradas en célebres procesos y una serie de artículos históricos. Qué suculencia, pasar las páginas de un material oculto detrás de los muros del Santo Oficio. Antes que él, sólo habían sido observadas por los amanuenses que escucharon las confesiones de los pretendidos herejes, judíos y hechiceros. La secular secrecía de la Iglesia, vulnerada por el liberalismo… Me pregunto cómo habrán recibido los sacerdotes de entonces estos libros en que se habla de los procesos inquisitoriales. Hoy existe una corriente de historiadores que intentan limpiar un poco el papel de la Inquisición diciéndonos que no era tan terrible, que hay una leyenda negra, que no fueron tantos los quemados públicos. Quizá sea falaz, pero también un poco inquietante, preguntarse si hoy, el hecho de ventilar todo públicamente ha hecho que se reduzca la impunidad. Cómo sería entonces en un mundo en que la Inquisición no tenía un poder que le hiciera contrapeso. El relato de Riva Palacio es la descripción de una maquinaria, sin nombres, sólo cargos y funciones, una serie de personajes exentos de la sospecha y de la persecución. En el empeño de mostrar su poder sobre los vivos y los muertos –los muertos también podían ser investigados, y las propiedades de sus herederos, confiscadas–, la Inquisición hizo de las quemas públicas un espectáculo suntuoso (al Virrey se le acondicionaba un cuarto superior de alguna casa rica para comer y dormir, conectado por un puente a su palco para presenciar las quemas públicas). Al autor le sirvió el estudio de la Inquisición para buscar la relación de las instituciones con los pueblos. Dice que los historiadores caen en el error de juzgar a las sociedades por sus instituciones. Pero eso no sirve de nada, pues las sociedades como las personas pueden ser profundamente hipócritas y decir que sus leyes son progresistas y sabias cuando los gobiernos no las acatan: “Las instituciones son muchas veces el engaño de un pueblo que quiere aparecer como muy avanzado en el camino de la libertad”. No hemos sido ajenos a este debate, pues hoy se nos pide de muchos modos que respetemos las instituciones. Sin embargo, son los gobiernos los que preparan los grandes cataclismos de los que serán víctimas. Sería buena moraleja para muchos pasajes de nuestra historia, si no tuviera el inconveniente de que fue escrita antes.

Vicente Riva Palacio, Ensayos históricos, comp. de este volumen y coord. de la obra, José Ortiz Monasterio. México, Conaculta-UNAM-IMC-Instituto José María Luis Mora, 1997. (Obras escogidas, IV)

domingo, 17 de abril de 2016

Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, de Anna Bikont y Joanna Szczesna

 
¿Cómo viven la vida las personas que consideramos más inteligentes? Para responder esta pregunta hay que leer la biografía de Wislawa Szymborska. (Se pronuncia: shimbórska, con una reverencia al final). Ya lo decía ella, la vida de un poeta, si la pudiéramos ver, consistiría en observarlo acostado, viendo al techo, para luego pararse y anotar algunas palabras en un cuaderno, y luego volverse a echar por un rato. Czeslaw Milosz decía que escribía sus poemas paso a paso, desde el principio hasta el final. ¿Pero, Wislawa? Ella, por el contrario, comenzaba desde el final, decía, y así seguía hasta que escalaba el principio. Ponía en su cuaderno alguna idea, y ahí quedaba hasta que pensaba que valía la pena usar la idea y meterla en algún poema. Algunas ideas quedaron en él hasta cincuenta años antes de ser aprovechadas. Todo lo guardaba en cajoncitos: sus recortes (hacía collages para las postales que enviaba a sus amigos), los objetos que coleccionaba (le gustaban los objetos kitsch, que mostraran tensión entre lo ingenuo y lo profundo) y sus fotos. Y decía que el mundo le debía un monumento al inventor del cajón. Le gustaba viajar, pero sólo en auto, y con sus amigos. Lo que más le gustaba de los viajes era llegar a la entrada del pueblo y retratarse frente al letrero de entrada. Muchas veces, sólo le bastaba con retratarse frente a él y daba por visitado el lugar. Uno de los sitios que más le honraba haber conocido –en cuyo letrero se retrató– fue Neandertal. No conoció otro continente que Europa. Algún día la invitaron a conocer Nueva York, en donde Woody Allen quería conocerla, pero finalmente, no aceptó. El director de cine, después dijo: “Ella ejerce una influencia enorme en el nivel de mi alegría de vivir… Me siento honrado porque sepa de mi existencia”. También le gustaba dar cenas para sus amigos, las cuales iban de sus grandes creaciones en la cocina a las alitas de pollo congeladas de Kentucky Fried Chicken. En una ocasión, los invitados recibieron un menú escrito a mano con platos muy elegantes, todos tachados. Abajo, sólo quedó un plato, el más común, y eso fue lo que cenaron. Pero lo bueno venía después, la rifa de objetos. Ningún invitado se iba sin un objeto ganado en la rifa, cachivaches que mezclaban el mal gusto con el bueno. Le encantaba su juego de salero y pimentero en forma de bustos de Goethe y Schiller, pero ése no lo incluyó en la rifa. Las autoras persiguieron mucho tiempo la vida de la poeta, regada en sus obras, pero encontraron poco, porque ella pensaba que el arte no es lugar para confesarse. Ella misma no quería colaborar mucho en su propia biografía, hasta que se dio cuenta de que era inevitable. Fue entonces que aceptó una entrevista, y les dijo: “Está bien, precisemos”. No quería que se creyera que la vida la había tratado sólo con palmaditas en la cabeza. Ahora bien, ella hizo las reseñas más maravillosas sobre los libros más comunes, los que se podían conseguir en el Polonia comunista y que a nadie le interesaban. Libros sobre cómo poner papel tapiz a la casa, la vida de los escarabajos, yoga para todos, enfermedades de las mascotas, las aves domésticas. Con esos temas hizo breves obras de arte comparables a los ensayos de Montaigne.

Anna Bikont y Joanna Szczesna. Trastos, recuerdos. Una biografía de Wislawa Szymborska, trad. de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós. Valencia, Pre-Textos, 2015. (Narrativa Contemporánea, 123)

sábado, 9 de abril de 2016

Victoria y sus amigos, de Flaminia Ocampo


 
Debió de haber sido difícil ser Victoria Ocampo (1890-1979): millonaria (¡dos veces millonaria!), inteligente, culta, guapa, elegante y propietaria en un país al final del mundo. No, no quería estar en la orilla del planeta, quería estar en el centro. ¿Argentina?, ¿Sudamérica? Virginia Woolf ni siquiera podía escribir bien su apellido: O’Campo, Okampo… qué extraño. ¿Qué hay en su país, mrs. Ocampo?, ¿mariposas? Me imagino que muchas mariposas. En efecto, Virginia, muchas mariposas revoloteando por las inmensas llanuras, Allá en ese país tengo una revista, se llama Sur, y Jorge Luis Borges, uno de nuestros colaboradores, tiene grandes deseos de traducir tu Orlando al español. ¿Al español?, yo creo que no es buena idea, en ese tu país no me leerá nadie, y nadie comprenderá lo que quiero decir. Qué difícil el encuentro de una argentina y una inglesa, excéntricas ambas, cada una a su modo. Vista de lejos, parece tan encerrada en su época, así que tuvo que crear el espacio intelectual para existir. Una latina millonaria, mecenas de artistas, culta. ¡Deja de ser tan frívola, Victoria, tan artificial!, parece decirle Gabriela Mistral por su parte. Se conocieron, se vieron seis veces en la vida, pero se mandaron cartas durante veinte años. Fascinadas las dos, porque eran tan distintas. Quedan ochenta y cuatro cartas de Gabriela y treinta y cuatro de Victoria. En ellas intentan retratarse a sí mismas, mejor unas palabras que unas fotos, y la insistencia de no dejarse, de estar siempre al otro lado de la distancia. Pero qué ganas de interrogar más a las cartas, tan avaras que no sueltan mucho más de lo que dicen. ¡Y ese español, Ortega y Gasset, que no soporta vivir en Buenos Aires y que Victoria le preste dinero! Bueno, después olvidaría la deuda. En las cartas, los detalles sin importancia conviven con las palabras trascendentales, sin que sepamos bien cuáles eran cuáles para sus autores. Buscamos en ellas pero no entendemos la mitad, o más de la mitad, quién sabe qué entendemos cuando husmeamos en las palabras de los muertos. Revivimos unos instantes que, quién sabe, deberían de estar justamente olvidados. Sólo lo importante tiene una vida propia, ajeno a las cartas personales. La autora, Flaminia Ocampo ha leído cartas y cartas de su tía Victoria. Al principio por casualidad, es que en realidad no le caía bien. Es que en su familia se contaba que a Victoria, su hermana, la poeta Silvina le había leído un poema en que decía “la infame primavera”. Y Victoria, que amaba las flores y sus fragancias, había gritado: “¿Infame la primavera? ¡Infame jamás!” ¡Qué arrogante era la tía Victoria, qué incapaz de comprender las razones ajenas!, pensó Flaminia, y por eso dejó de interesarle su antepasada ilustre, hasta que se encontró con sus cartas. Se dedicó a esbozar algunas amistades, aunque faltan muchas más. Éstas hablan de un mundo de relaciones inusitadas. Waldo Frank, que cenó con Victoria, antes había cenado con Diego Rivera, y antes con Hearst y su amante Marion Davies (¡los inspiradores de El ciudadano Kane!). Bueno, emociona saber que la amistad es una costra que se queda pegada a las cartas y que tiene una vida propia, independiente de las personas que la sintieron y que, luego, tal vez, olvidaron.

Flaminia Ocampo. Victoria y sus amigos. Buenos Aires, Aquilina, 2009.