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miércoles, 5 de agosto de 2009

Antonio Caso, una lectura



Hace unos meses, Christopher Domínguez afirmaba, en su columna del Ángel de Reforma, que para su generación Antonio Caso (1883-1946) es un desconocido. ¿El hecho de que desde hace muchos años haya dejado de comentarse su obra quiere decir que están muertos o superados los debates en los que participó con sus ideas? ¿Qué significa que sea uno de los ateneístas menos conocidos? ¿Por qué es un pensador que ni siquiera los conservadores se han esforzado por mantener vivo? Fui a los libros de Caso para regresar con una lectura. Lo poco que pueda decir sobre su obra y su vida está en función de lo que pueda extraer para hacer un posible diálogo con sus ideas.

Caso antes del Ateneo de la Juventud
Antonio Caso Andrade fue hijo de un ingeniero de pensamiento liberal y positivista y de una madre de ideas católicas; y hermano mayor del arqueólogo Alfonso Caso (1896-1970), descubridor de la Tumba 7 de Monte Albán. Su pensamiento filosófico tiene raíces en las ideas familiares, pues por un lado tuvo simpatía por el Positivismo durante su juventud, aun cuando no quedó testimonio escrito de esa etapa; y por el otro, mantuvo siempre un pensamiento católico anticlerical semejante al de su madre y al de varios liberales mexicanos que lo precedieron, como Altamirano o Prieto. Lo demuestra el hecho de que a los 19 años participó al lado de Diego Rivera y José Vasconcelos en una manifestación estudiantil para protestar en contra de José A. Esparza y Antonio Icaza, dos sacerdotes implicados en denuncias de abuso sexual.

Estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y recibió con agrado, como él mismo lo manifestó más adelante, las enseñanzas de los profesores positivistas. Eligió la carrera de Derecho por su cercanía con la Filosofía, a pesar de que su padre le había escogido la carrera de Ingeniería. No recibió una educación formal como filósofo, por lo que fue formando de manera personal una biblioteca filosófica que fue consultada por sus compañeros del futuro Ateneo. Desde que estudiaba en la Escuela Nacional de Jurisprudencia destacó entre sus condiscípulos, por lo que el 1º de julio de 1905 fue elegido para pronunciar un discurso de homenaje a Justo Sierra, primer responsable del recién creado Ministerio de Instrucción Pública. A los pocos días, el 27 de julio, fue invitado a leer su primer texto conocido, el poema “Canto a Juárez”, en el Instituto Literario de Toluca. A nueve días de la muerte de Benito Juárez, ocurrida el 18 de julio de 1872, los estudiantes de aquel Instituto organizaron una velada luctuosa, la cual se convirtió en un acto tradicional celebrado anualmente. También a esa etapa pertenece otro poema hoy extraviado, “El alabado”.

Posiblemente, hacia 1905 conoció a Alfonso Cravioto, quien era un año menor que él y compañero de estudios en Jurisprudencia. Cravioto acababa de recibir una herencia de su padre, Rafael Cravioto (1829-1903), ex Gobernador del Estado de Hidalgo, con la que financió la revista Savia Moderna, la cual apareció de marzo a julio de 1906. Esta publicación fue el primer intento de reunir a los jóvenes escritores que no habían logrado formar un grupo independiente de la Revista Moderna de México que dirigía Jesús E. Valenzuela. Varios de los futuros ateneístas comenzaron a publicar en la revista de Cravioto, sin abandonar su cercanía con Valenzuela. En ella apareció el primer artículo de Caso, “El silencio” (marzo de 1906) en el que se notan ciertas ideas espiritualistas, aun cuando en esa época todavía no rompía con el Positivismo.

Álvaro Matute considera que Caso tuvo una serie de coincidencias con el dominicano Pedro Henríquez Ureña (1883-1946), quien llegó a la ciudad de México en 1906. Ambos fueron ante todo académicos, es decir formadores de discípulos, aunque a lo largo de su vida hayan participado como intelectuales en la discusión pública. A finales de mayo de ese año, Henríquez Ureña fue invitado a las oficinas de Savia Moderna. Allí conoció a Caso, a quien escuchó poco después “en una velada del centenario de Stuart Mill, discurso que me reveló una extensa cultura filosófica y una manera oratoria incorrecta todavía, pero prometedora”. Desde entonces, Henríquez Ureña y Caso iniciaron una amistad reforzada por una serie de ideas en común, pues ambos tenían intereses similares así como cierta insatisfacción ante la educación positivista. En sus “Memorias”, Henríquez Ureña relata la ruptura con este pensamiento:

Una noche, a mediados de 1907 (cuando ya el platonismo me había conquistado, literaria y moralmente), discutíamos Caso y yo con [Rubén] Valenti: afirmábamos los dos primeros que era imposible destruir ciertas afirmaciones del positivismo; Valenti alegó que aún la ciencia estaba ya en discusión, y con su lectura de revistas italianas nos hizo citas de Boutroux, de Bergson, de Poincaré, de William James, de Papini… Su argumentación fue tan enérgica, que desde el día siguiente nos lanzamos Caso y yo en busca de libros sobre el anti-intelectualismo y el pragmatismo. Precisamente entonces iba a comenzar el auge de éste, y la tarea fue fácil.



El Ateneo formado por Caso
Alrededor de Henríquez Ureña se fue constituyendo un pequeño grupo que comenzó a reunirse en la biblioteca de Caso para leer los autores que la educación positivista no contemplaba en los programas de estudio. En esas reuniones, llamadas por Alfonso Reyes “veladas de Santa María”, se leyeron principalmente textos filosóficos de Platón, Kant, Schopenhauer y Goethe. Una evocación de Reyes escrita en 1917 da una idea de su carácter:

¡Adiós a las noches dedicadas al genio, por las calles de quietud admirable o en la biblioteca de Antonio Caso, que era el propio templo de las musas! Preside las conversaciones un enorme busto de Goethe, del que solíamos colgar sombrero y gabán, convirtiéndolo en un convidado grotesco. Y un reloj, en el fondo, va dando las horas que quiere; y cuando importuna demasiado, se lo hace callar: que en la casa de los filósofos, como en la del Pato Salvaje, no corre el tiempo. Caso lo oye y lo comenta todo con intenso fervor; y cuando, a las tres de la mañana, Vasconcelos acaba de leernos las meditaciones del Buda, Pedro Henríquez Ureña se opone a que la tertulia se disuelva, porque –alega entre el general escándalo– “apenas comienza a ponerse interesante”. A esta hora de la vida dedicamos hoy copiosos recuerdos, seguros de que fue la mejor.


Aunque las lecturas de los jóvenes discípulos de Henríquez Ureña contemplaban la filosofía alemana y las corrientes de pensamiento opuestas al positivismo, se ha destacado con frecuencia el interés por Grecia de estas reuniones que darían forma al futuro pensamiento del Ateneo de la Juventud. Esta orientación puede interpretarse como un afán por incorporar a México a la tradición occidental fundada sobre el helenismo, como puede verse en la obra de sus integrantes, desplegada a lo largo de la primera mitad del siglo XX, como El nacimiento de Dionisos de Henríquez Ureña (1916), Ifigenia cruel de Reyes (1924) o Evocación de Aristóteles del propio Caso (1946), sólo por mencionar algunos ejemplos. Al respecto, escribe Reyes, en su “Comentario a la Ifigenia cruel”: “Justificada la afición de Grecia como elemento ponderador de la vida, era como si hubiéramos creado una minúscula Grecia para nuestro uso: más o menos fiel al paradigma, pero Grecia siempre y siempre nuestra.”

Si bien Savia Moderna y las “veladas de Santa María” tenían como intención organizar formalmente un grupo intelectual independiente de la Revista Moderna, parece que el verdadero estímulo se lo proporcionó la aparición de una segunda época de la Revista Azul (abril-mayo de 1907), dirigida por Manuel Caballero. Esta publicación, que se autonombraba como heredera de la que hiciera Manuel Gutiérrez Nájera entre 1894 y 1895, se presentó como enemiga del Decadentismo, es decir de los autores cercanos a la Revista Moderna de México. Sin embargo, fueron los futuros ateneístas los que tomaron la responsabilidad de contestar los ataques de Revista Azul. El 11 de abril de 1907, el diario El Entreacto, también dirigido por Caballero, publicó un desplegado de los jóvenes escritores:

Nosotros, los que firmamos al calce, mayoría de hecho y por derecho, y del núcleo de la juventud intelectual […] protestamos públicamente contra la obra de irreverencia y falsedad que en nombre del excelso poeta Manuel Gutiérrez Nájera, se está cometiendo con la publicación de un papel que se titula Revista Azul […]. Protestamos […] porque el referido sujeto no sólo no es capaz de continuar la obra del “Duque Job” sino ni siquiera de entenderla.


Aunque Caso no se contaba entre los firmantes, es importante consignar este hecho ya que, junto con el grueso de los participantes en la “protesta literaria”, organizaría ese mismo año una Sociedad de Conferencias, según una propuesta del arquitecto Jesús T. Acevedo. Su propósito, según Reyes, era “tener trato directo con los públicos, para hablar con ellos”: “El primer ciclo se dio en el Casino de Santa María. En cada sesión había un conferenciante y un poeta. Así fue extendiéndose nuestra acción por los barrios burgueses. Hubo de todo: metafísica y educación, pintura y poesía. El éxito fue franco.” En este ciclo, Antonio Caso participó con la conferencia “La influencia de Nietzsche en el pensamiento moderno” (12 de junio), una de las primeras exposiciones acerca del filósofo alemán en México. Un año más tarde, en el segundo ciclo de conferencias, organizadas en el Conservatorio Nacional, Caso habló de “Max Stirner y el individualismo exclusivo”. De ambos filósofos alemanes tomó Caso elementos que le sirvieron para enfrentarse al Positivismo, todavía hegemónico en la Escuela Nacional Preparatoria. El siguiente comentario de José Rojas Garcidueñas puede hacerse extensivo a los dos pensadores: “El ocuparse Antonio Caso de Max Stirner probablemente se debió, por una parte, a proseguir la campaña ya emprendida, y que culminaría en los años subsecuentes, de dar a conocer y estudiar diversos sistemas filosóficos, para romper y acabar el monopolio oficial que había venido ejerciendo hasta cierto punto el positivismo”. En efecto, en 1909 Caso dio un curso sobre la historia del Positivismo que terminó de definir a la juventud sobre las limitaciones de este pensamiento al que consideraba una “fe en la ciencia”. Estas conferencias, como dice José Luis Mártínez, “por ahorro mental se designan ‘contra el positivismo’, auque su tema real sea la nueva filosofía espiritualista”. Según Rosa Krauze, para escapar de los límites de la formación positivista, recurrió a la lectura de Kant, Hegel, Nietzsche, Schopenhauer, Boutroux, Bergson y James, entre muchos otros, aunque nunca tomó el pensamiento de estos autores de manera total, siempre utilizó algún aspecto de cada uno de ellos para enfrentarse a ciertos problemas que le interesaban: “la primera formación de Caso [consistía en] un antiintelectualismo intuicionista, pragmatista e indeterminista, matizado por una intensa preocupación moral”. Posteriormente, una vez constituido el Ateneo, Caso dictó conferencias en los dos ciclos organizados por el grupo, “La filosofía moral de Eugenio M. de Hostos” (8 de agosto de 1910, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia) y “La filosofía de la intuición” (noviembre de 1913, en la Librería General de Francisco Gamoneda). No fue un azar el tema de cada una de las conferencias organizadas por el grupo (la nueva filosofía, los pensadores hispanoamericanos, las nuevas perspectivas para el estudio de la cultura mexicana, el descubrimiento de la arquitectura colonial, la música popular mexicana, la revaloración de Juan Ruiz de Alarcón, etc.), pues como afirma José Luis Martínez: “Caso y Henríquez Ureña las planeaban y balanceaban, y el dominicano se encargaba del examen previo de los textos de los novatos, y aun de rechazar los proyectos no suficientemente maduros”. Así, siguiendo al mismo crítico, “el alma fue Henríquez Ureña; pero su conciencia, su densidad pensante fue Antonio Caso”.

La primera serie de conferencias (mayo-julio de 1908) casi coincide con el homenaje realizado el 22 de marzo de ese año en honor de Gabino Barreda (1820-1881), fundador de la Escuela Nacional Preparatoria e introductor del Positivismo. Este homenaje, abiertamente antipositivista, organizado por los futuros ateneístas era una manera de decir, según Gabriel Zaid: “Estamos en contra del positivismo, pero no de sus instituciones, que esperamos tomar”. En enero, Henríquez Ureña le había escrito a Reyes sobre la conveniencia de aprovechar la discusión propiciada por el libro La enseñanza secundaria en el Distrito Federal (1908), de Francisco Vázquez Gómez, en torno a la incongruencia de imponer la educación positivista cuando la Reforma había logrado la enseñanza libre. Y en otra carta, fechada el 17 de febrero, agrega:

Figúrate que el doctor Vázquez Gómez es instrumento de la Compañía de Jesús, y que los jesuitas han intrigado tanto con don Porfirio, que éste llegó a decirle a don Justo que veía algo digno de tomarse en consideración en la proposición de Vázquez Gómez de que la enseñanza preparatoria se dejara en manos de particulares; así, pensaba, se dedicaría ese dinero a la primaria. En manos particulares es decir en manos de los curas; pues ¿qué particulares sino ellos, cuenta con medios de instalar colegios? La manifestación resulta más oportuna de lo que hubiéramos pensado. La vacilación de don Porfirio es cosa de erizar los cabellos, dice Caso. Nos hemos hecho tan “íntimos” de don Justo.


El “homenaje” tuvo como parte central el discurso de Sierra, pronunciado para tomar postura ante el Positivismo, pero también para evitar que Díaz fuera a entregar la Preparatoria al Clero. Por esta causa, Caso opina que tal vez la más importante de las obras del escritor campechano sea “la memorable oración que pronunció, en honra del doctor Barreda […] ante un público inmenso de jóvenes y entusiastas discípulos”. La apoteosis, escribe Zaid, “culminó en que los estudiantes, desenganchando los caballos y poniéndose en el tiro, le dieron un paseo triunfal” a Sierra. No hay que olvidar que el primer cuestionamiento que realizó Caso al Positivismo fue su concepción de los alcances del conocimiento científico, por lo que la postura de Sierra marcó su pensamiento; dice el discurso:

Dudemos; en primer lugar, porque si la ciencia es nada más que el conocimiento sistemático de lo relativo, si los objetos en sí mismos no pueden conocerse, si sólo podemos conocer sus relaciones constantes, si esta es la verdadera ciencia, ¿cómo no estaría en perpetua lucha? ¿Qué gran verdad fundamental no se ha discutido en el terreno científico, o no se discute en estos momentos? La geometría está al debate, y varios de sus postulados son tenidos como opuestos a toda objetividad, a toda realidad […]. Las ciencias de la vida, que se gloriaban de tener por base su absoluta independencia de lo inorgánico; las que, según el apotegma de uno de los más ilustres biólogos, tenían por punto de partida la necesidad de lo vivo para producir lo vivo, se acercan cada día más al mundo físico-químico, y comienzan a columbrarse en éste relámpagos fugitivos de vitalidad, bosquejos del puente que colmará ese abismo, que parece un reto a la lógica de la ley de evolución. Allí, en la biología, se detenían Barreda y su maestro Comte: ¿Más no basta esta especie de temblor de tierra bajo las grandes teorías científicas, para hacer comprender que la bandera de la ciencia no es una enseña de paz?


La filosofía de Caso es también una reacción ante el desmoronamiento del Positivismo, pues intenta construir un conocimiento basado en la metafísica. Por eso, años después, en 1939, se pregunta, al comentar el discurso de Sierra:

¿Qué podrá salvarse de esta duda radical, incoercible, que siente un temblor de tierra constante bajo las grandes teorías científicas y mira a las religiones como estupendos organismos vivos, confinando con la metafísica, y a esta misma síntesis mental como algo completamente hipotético y probablemente quimérico? ¿En qué asiento, que no sea deleznable, vamos a fundar nuestra vida y a construir nuestro ideal, si ni las ciencias, ni la filosofía, ni las religiones nos lo proporcionan?…

Como resultado del homenaje a Barreda, se estrecharon los vínculos entre la juventud universitaria y Sierra, en una relación siempre de “coincidencia y colaboración en política educativa” (Alfonso García Morales). Se hacía evidente que los jóvenes vieron la oportunidad de “heredar” el poder cultural, concentrado en Justo Sierra, pues el presidente Díaz había hecho declaraciones al reportero James Creelman, el 3 de marzo de 1908, que alentaban el tema de la sucesión: “He esperado pacientemente porque llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar sus gobernantes, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país. Creo que, finalmente, ese día ha llegado.” Así que era probable que estas palabras hicieran más urgente la constitución de un grupo cultural presente en las elecciones de 1910. No obstante, Caso fue reeleccionista durante esa etapa, pues dirigió por breve tiempo el semanario político La Reelección, convencido por Rosendo Pineda, uno de los Científicos más cercanos a Díaz. No obstante, señala Salvador Azuela, “se desentendió de tal manera del empeño por no tener gusto para la acción política, que hubo necesidad de fundar otro periódico con el nombre de El Debate, que era de una terrible mordacidad”. En junio de 1909 ya se encuentra de regreso en salón El Generalito, de la Preparatoria, pronunciando la serie de conferencias sobre la “Historia del positivismo”. Vale la pena recordar que, tal como afirma Henríquez Ureña, Caso se apoya en Nietzsche porque éste “logra descubrir la base de metafísica idealista en que se apoya el positivismo”; sin embargo, hasta hoy no existe un estudio que explique la recepción de Nietzsche en la filosofía, pues como se sabe, los textos del filósofo alemán fueron manipulados por su hermana, la antisemita Elisabeth Förster-Nietzsche. Sin contar con que no se conoce con exactitud las ediciones leídas por los ateneístas, aunque Reyes, Henríquez Ureña y Caso mencionan frecuentemente El nacimiento de la tragedia.

El 28 de octubre de 1909, como una idea original de Caso, se instaló el Ateneo de la Juventud en el salón de actos de la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Ese día se efectuaron elecciones, quedando como primer Presidente Antonio Caso. El Ateneo funcionó como un espacio quincenal, abierto al público, en el que los miembros se reunían a leer su producción personal. Como afirma Fernando Curiel, “Ateneo de la Juventud” es un nombre que al mismo tiempo se inserta en una tradición mexicana de las asociaciones intelectuales y sugiere la idea de la renovación generacional; pero sobre todo fue un grupo conformado por una élite que aspiraba al poder cultural. Con esta regularidad continuó funcionando hasta principios de 1914, durante el periodo de Victoriano Huerta.

El maestro Caso
Desde 1906, Caso había resultado ganador en un examen de oposición para la clase de Historia, pero el jurado lo consideró muy joven para impartir la materia. Al año siguiente había sido designado profesor de Conferencias Ilustradas sobre Historia y Geografía, en la Escuela de Artes y Oficios para Hombres. Pero su fama como profesor va unida a la fundación de la Universidad Nacional el 22 de septiembre de 1910, luego de que Justo Sierra nombrara Rector a un antiguo católico maximilianista, Joaquín Eguía Lis, y a Antonio Caso como Secretario. Pocos después, respondió al positivista Agustín Aragón, quien argumentaba que la fundación de la Universidad era un retroceso porque abría la puerta a la metafísica; Caso insistió en que el Positivismo no había dejado de ser una fe:

¡Qué tremendo sería nuestro destino si, al sacudir el yugo de la Iglesia Católica, hubiésemos de caer necesariamente bajo la férula de ese ‘catolicismo sin cristianismo’, de ese ‘seudocatolicismo laico’, de ese monstruoso organismo político que preconizó en sus delirios de dominio universal aquel teócrata de la humanidad, espíritu gemelo de los Inocencios y los Hildebrandos, el genial e irreverente discípulo del socialista Saint-Simon, a quien veneráis como a pontífice infalible! (Revista de Revistas, 26 de marzo de 1911)


Sin embargo, luego de que Francisco León de la Barra nombrara a Vázquez Gómez, antiguo enemigo de los ateneístas, Secretario de Instrucción Pública (mayo de 1911), Caso renunció a su cargo. A partir de entonces, ocuparía cargos de diversa categoría en la Universidad Nacional, pero siempre considerando que su principal responsabilidad era el magisterio. En este aspecto, fue fundamental para la siguiente generación, pues dio a conocer el pensamiento de un gran número de autores europeos, fundamentalmente franceses, y expuso de manera sistemática disciplinas como la Sociología y la Estética. Su grandilocuente estilo oratorio convenció a los alumnos que asistieron a sus clases entre 1909 y 1916, muchos de los cuales guardaron un recuerdo emocionado de esos años (de los futuros Contemporáneos, algunos prefirieron desertar y otros se le enfrentaron por escrito). Jorge Cuesta, por ejemplo, escribe del maestro:

Lo dejé [el libro Problemas filosóficos] alimentando un amargo sentimiento de impotencia, del que sólo me alivió la esperanza que puse en sus lecciones orales. No asistí sino a una o dos: salí de ellas más desalentado que antes. El entusiasmo pedagógico era algo que no había encontrado todavía en mi vida escolar. La exaltación de sus gestos y de su voz sólo consiguió atemorizarme. Yo pretendía, ingenuamente, que la filosofía era un ejercicio intelectual esforzado, pero tranquilo. Su exuberancia excedía mi poder, y tanto, que tuve miedo que la decepción de mí fuese allí definitiva.


Tal vez, la generación más afín a su magisterio fue la de los “Siete Sabios” (Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Alberto Vázquez del Mercado, Antonio Castro Leal, Alfonso Caso, Teófilo Olea y Leyva y Jesús Moreno Baca), la cual formó incluso una Sociedad de Conferencias similar a la del Ateneo de la Juventud. Escribe Gómez Morin:

En el inolvidable curso de Estética de Altos Estudios y en las conferencias sobre el Cristianismo en la Universidad Popular, estaban González Martínez y Saturnino Herrán y Ramón López Velarde y otros más jóvenes. Todos llevados allí por el mismo impulso.
En esos días, Caso labraba su obra de maestro abriendo ventanas espirituales, imponiendo la supremacía del pensamiento, y con ese anticipo de visión propio del arte, en tono con las más hondas corrientes del momento, González Martínez recordaba el místico sentido profundo de la vida, Herrán pintaba a México, López Velarde cantaba a un México que todos ignorábamos viviendo en él. (1915)


Más adelante, tuvo como discípulos a Eduardo García Máynez, Oswaldo Robles, Guillermo Héctor Rodríguez, Francisco Larroyo y Andrés Henestrosa. Afirma Carlos Monsiváis: “Como en México las generaciones ya no tienen maestros directos sino maestros indirectos (el maestro directo Antonio Caso murió definitivamente en México, nadie puede conmoverse por asistir a una clase), el magisterio se ha trasladado a los libros y uno se conmueve a través de ellos.” Por esta razón, vale la pena transcribir el testimonio de una de sus alumnas, Concha Álvarez (citada por Krauze):

Se hizo el silencio expectante. Empezó a hablar el maestro. El tema del día era Sócrates. Ante nuestros ojos asombrados resucitó la sociedad fastuosa y refinada de Atenas, la ciudad llena de las obras de arte más grandes de todos los tiempos; la vida del ateniense fuera de su casa, siempre en el ágora, en el gimnasio, en la asamblea, en las calles de su querida Polis.
Y la política apasionando su espíritu, su democracia amenazada por ambiciones ávidas de la herencia de Pericles.
En ese ambiente situó a Sócrates. “Feo, chato, ventrudo, allí donde todos los hombres eran hermosos. Recorría las calles de Atenas inquietando los espíritus de sus conciudadanos, con preguntas capciosas: “¿Qué es el bien? ¿Qué es la virtud? ¿Es una ciencia? ¿Se puede enseñar?”
“Los atenienses se irritaban, sentíanse lastimados, confundidos. La ironía de Sócrates rompía la cáscara de su vida fácil, les preocupaba. Y Atenas empezó a odiar al terrible dialéctico. Sócrates, indiferente, recorría la plaza publica desempeñando su oficio perpetuo de despertar almas e inquietar con las grandes inquietudes las conciencias.”
Y así continuó la cátedra, hasta la muerte del filósofo que describió según la célebre Apología de Platón: “Sentí que mis lágrimas corrían en abundancia y me cubrí la cara con el manto para llorar sobre mí mismo. Pues no era la desgracia de Sócrates la que lloraba sino la mía, el pensar en el amigo que iba a perder.”
Terminó la clase. Nadie se movió de su asiento. Un silencio recogido, emocionado, siguió a sus últimas palabras. Fue después, pasada un poco la emoción, que estalló el aplauso.


Posteriormente, entre sus alumnos se encontraban varios de los miembros de Contemporáneos (Cuesta, Owen, Ramos), pero sus ideas no lograron satisfacer las inquietudes estéticas y filosóficas de esa generación y por ello, existen varias alusiones en su contra en la obra de varios de ellos o francas burlas como la “noticia” de que el maestro Caso había raptado a una mujer en Puebla, aparecida en la revista estudiantil San-Ev-Ank. Tal vez, Carlos Pellicer sea el único poeta de esa generación que lo recordaba con admiración:

Me acerqué una vez al maestro Caso para decirle que si me permitía que yo le leyera unos versos, y el pobre tardó mucho para decirme que sí. A pesar de eso, le agarré la palabra y me presenté en su casa unos días después a la hora indicada, a las ocho de la noche. Yo llevaba como tres kilos de papel echado a perder. El maestro me aguantó como hora y media. Después de la hora y media yo prudentemente guardé mis hojas y entonces él, después de una pausa, me dijo: “Mi querido Carlos, qué mal está todo eso”. A los seis meses, echándole valor al valor me le acerqué otra vez a la salida de una clase en la Escuela de Altos Estudios, que estaba antes en Licenciado Verdad, donde se alojó la Rectoría después en tiempo del licenciado Vasconcelos, y le dije: “Maestro, yo quisiera leerle unos versos”. También tardó más que la otra vez. Me dijo que sí. Yo fui otra vez con una millarada de cosas muy largas y me dijo: “Querido Carlos, esto está peor que lo otro”. Todavía hubo un tercer acto con el maestro Caso y me dijo: “Todo eso está muy malo, muy malo”. El maestro Caso tenía una cultura retórica, sabía hacer versos, tenía un gran sentido poético y era muy mal poeta, pero sabía hacer las cosas, vamos, sabía eso que llamamos en todas las artes el oficio; lo sabía muy bien. En esa última ocasión me estuvo dando consejos, me acompañó hasta la puerta y le dije que próximamente marcharía a Sudamérica… En fin, volví a los dos años y medio y después de algunos meses, un día encontré al maestro Antonio Caso en la calle y le dije: “Maestro, ¿se atreve usted a recibirme?” Me dijo: “Sí, hombre, cómo no. ¿De qué se trata?” “De lo mismo”. Pues nada, a los dos días me presenté en su casa y entonces le leí seis poemas. Ya eran de otro modo y le leí una cosita muy pequeña que se llama “Recuerdos de Iza”, un pueblecito de los Andes. Él se me quedó mirando y me dijo: “Bueno, yo esperaba que tarde o temprano en usted tenía que surgir el poeta.” […] Pero ¿qué tal si en lugar de eso el maestro Caso me hubiera dicho: “Hombre, usted es un Victor Huguito”, o alguna cosa así, pobre de mí. No, las tres veces que yo consulté al maestro Caso y que él me dijo puntualmente “qué mal está todo eso”, pues yo allá en mis retiros de Colombia y Venezuela lo recordaba con una emoción muy sincera y efectivamente leía mis papeles y veía que aquello estaba muy mal.


Desde esa etapa de su vida, Caso tenía presente el “activismo ético” del alemán Rudolf Christoph Eucken, de quien tomó la frase: “La idea tiende al acto”. Por eso, en su Estética (XI. Las artes impuras), justifica la acción del orador como un impulsor de la acción: “El poeta es un espectador de la vida. El orador un actor. Poesía quiere decir creación y contemplación; elocuencia, obra. Una oratoria que no tiende al acto, es pura declamación inconsistente, puro verbalismo irreal. Para invitarnos a reformar el mundo, a modelarlo, hablan los oradores…”

Caso, universitario
La diversidad de posturas políticas de los miembros del Ateneo, le permitieron al grupo tener presencia en los diversos regímenes del periodo revolucionario. Aunque los planteamientos de los ateneístas iban más allá de la visión académica, su ámbito fue el de la Universidad y la función pública. Para comprender el momento y las circunstancias de Caso, hay que señalar que la Universidad a lo largo de la década de los 10 fue sobre todo antimaderista y prohuertista. Según Garciadiego, esto se debió a dos causas fundamentales; por un lado, Madero pretendió dirigir la Universidad con dos ministros sucesivos, uno adverso a la comunidad universitaria (Vázquez Gómez) y otro, ajeno (José María Pino Suárez), lo que le valió serios problemas con la institución. Y por otra parte, Huerta, viendo los fracasos de Madero, decidió que tanto Instrucción Pública como la Universidad fueran dirigidos por miembros ilustres de la comunidad. Además, asegura Garciadiego, la experiencia personal de Huerta “le había enseñado que el progreso se logra, sobre todo, mediante la educación”, por lo que convirtió a la educación en pieza central de su política.

Durante el régimen de Madero ocurrieron tres importantes hechos en la vida académica. En primer lugar, se consolidó la Escuela de Altos Estudios, un ambicioso proyecto integral de Sierra y Ezequiel A. Chávez, que en la práctica fue una “institución de difusión cultural en lugar de una de investigación científica” (Garciadiego), la cual gracias a los cursos de Caso y Reyes, se convirtió en una escuela en funciones. Caso impartió unos cursos libres de Filosofía en junio de 1912 y de Estética en 1913, lo que contribuyó a cimentar Altos Estudios, una escuela que pasó por problemas de personal y de asistencia durante años. También durante el maderismo, se dio el movimiento oportunista que creó la Escuela Libre de Derecho. Varios abogados adinerados comenzaron a organizar y financiar un movimiento en contra de Luis Cabrera, director de Jurisprudencia, y como consecuencia iniciaron una institución privada: “Una educación superior privada era radicalmente contraria a lo propuesto por Sierra en 1910”, apunta Garciadiego. La Escuela Libre de Derecho fue apoyada por profesores en activo y retirados de Jurisprudencia. Caso –junto con otros cuatro profesores– aceptó dar clases en ella sin renunciar a Jurisprudencia. Finalmente, hay que mencionar la Universidad Popular creada en 1912 por una recomendación del Consejo Universitario, para seguir el artículo de la Ley Constitutiva, que decía que la Universidad Nacional debía desempeñar labores de difusión cultural. Caso, Henríquez Ureña y Reyes comenzaron a dar clases en esta institución:

sus actividades consistirían en conferencias aisladas y visitas guiadas a museos y sitios históricos, y los conferencistas y guías, por lo general miembros del Ateneo, escogerían libremente el tema a tratar o el sitio a visitar, con la única restricción de que los temas políticos quedarían prohibidos. Los objetivos eran el mejoramiento de la situación de los obreros y sus familias, así como la promoción del nacionalismo por medio del conocimiento y la cultura. (Javier Garciadiego, Rudos contra técnicos)


Nemesio García Naranjo, Ministro huertista de Instrucción tuvo mayor movilidad que sus antecesores, lo que le permitió consolidar el cambio de plan de estudios, iniciado en diciembre de 1913; este funcionario, escribe Garciadiego, “reconoció la grandeza de Barreda y la importancia que había tenido la escuela; sin embargo, alegó que después de casi cincuenta años de haber sido fundada la Preparatoria ya era decadente; que su rígido currículum había olvidado erróneamente, la educación moral”. Como resultado de esta reforma, la Preparatoria incluyó en su programa materias humanísticas. Aunque el autor de la reforma fue García Naranjo, debe señalarse que el movimiento ateneísta contribuyó a minar la hegemonía del positivismo, sobre todo por medio de las clases del filósofo.

Caso no era un intelectual antimaderista, pues al mismo tiempo que daba clases en la Libre de Derecho trabajaba como asesor legal de la Dirección de Correos. Además, Salvador Azuela afirma que “se sabe que Vasconcelos, maderista, obtuvo para él la secretaría del Ayuntamiento de la ciudad de México. A la caída de Madero, renunció al cargo para dedicarse a la enseñanza.” Pero tampoco era plenamente huertista pues fue la única voz universitaria que protestó por la militarización de la educación en la Preparatoria alegando que era más urgente hacer escuelas en los cuarteles que cuarteles en las escuelas. Sin embargo, tuvo una postura de omisión; es decir, luchó por darle autonomía a la Universidad y defendió la libertad de cátedra, pero al mismo tiempo, sus posturas “antipolíticas” eran una forma de legitimar el poder de facto (salvo cuando consideraba de izquierda al régimen).

Caso, el filósofo
Con la publicación de su primer libro, Problemas filosóficos (1915), Caso inició la organización de su pensamiento, aun cuando nunca pretendió crear un sistema. Parte de su obra fue concebida como complemento y resultado de sus clases, pero varios de sus libros fueron reuniones de artículos periodísticos. A pesar de todo, Caso, en medio de la polémica con su alumno Samuel Ramos, alardeaba: “Mientras su señoría escribe artículos de periódico, yo amontono libros, que me producen miles de pesos…” Dice Rosa Krauze que Caso publicó en la prensa y revistas especializadas, como El Universal (hasta su muerte), Excélsior y Revista de Revistas, artículos sobre filosofía, arte, moral, temas literarios, educativos, políticos “y aun sobre música que él conocía profundamente. Y con ellos iba formando libros… En otras ocasiones, Caso hacía exégesis filosóficas; tradujo y escribió libros de texto, también una Historia y antología del pensamiento filosófico y dos libros de poemas.” Pero el libro que resume su pensamiento personal fue La existencia como economía, como desinterés y como caridad (1916, reeditada y aumentada en 1919 y 1943).

Caso, como dice Rosa Krauze “rehusó especular a través de ningún sistema […] urgido por la necesidad de dar salida a sus ideas, las desarrollaba casi siempre en forma de artículos que recogía para más tarde darles cierta unidad […] Aunque sería posible, como quieren sus exégetas, hallar un sistema filosófico en su producción, éste no fue el propósito del maestro”. En efecto, hay una serie de ideas constantes en su pensamiento filosófico, necesariamente sistemáticas, sin importar que haya sido su intención o no. Con ciertas variaciones, las siguientes son las ideas centrales de la filosofía de Caso expresadas entre 1906 y 1946.

Antonio Caso escribió una extensa obra filosófica con la esperanza de que las ideas se convirtieran en actos y de que la elaboración del pensamiento tuviera consecuencias prácticas. El impulso de su obra se lo dio la lucha contra el positivismo, lo condicionaron las circunstancias históricas, pero hubo más, pues como dice Rosa Krauze, “hubo seguramente motivos más hondos”:

Nosotros nos atrevemos a suponer que estos motivos tenían sus raíces en la religión personal de Antonio Caso.
Caso profesaba el cristianismo. Ninguna figura como la figura de Cristo lo había cautivado más y a nadie amaba con mayor celo. “Para mí, confesó en alguna de sus entrevistas, Jesús es el modo de resolver todos los problemas.” Pero si amaba a Jesús, lo desvinculó de los dogmas de la iglesia.


Es decir, intentó convertir el cristianismo en la base de un pensamiento filosófico. La esencia del cristianismo, sin las ideas que fueron incorporadas por el catolicismo y el protestantismo, en su interpretación, se reduciría a dos enseñanzas: “el amor al prójimo y la vida eterna”. Como seguidor de Cristo, su pensamiento se inscribe en el idealismo objetivo, pues cree en la existencia de una realidad independiente del sujeto, creada por un ser divino. Pero Caso distingue dos formas de idealismo. Por una parte, el alemán, desarrollado por Hegel, del cual se distancia. En una conferencia pronunciada en agosto de 1917 en la Alianza Francesa, “La filosofía francesa contemporánea”, define el idealismo alemán:

Para los modernos filósofos germánicos, lo ideal es idéntico a lo real. Hegel fue el autor de la tremenda transformación de los valores de la palabra, al formular su célebre apotegma preñado de peligrosos corolarios metafísicos y morales: todo lo real es racional, todo lo racional es real.
Ya se concibe entonces, fácilmente, cuál será la actitud de un pueblo que se convence de que el ideal está inmanente en las cosas del mundo. Creerá que la historia, por sí misma, va realizando el triunfo paulatino del bien. Que lo que sucede cúmplese en servicio de Dios, necesaria fatalmente, como se eslabonan por su intrínseca necesidad lógica las premisas de un silogismo.


Caso toma partido por el idealismo francés, “menos dialéctico, menos inhumano”. Para él, los ideales de la Revolución Francesa consisten en “la colaboración efectiva, social, cristiana, del hombre con Dios. El mundo es objeto sumiso de la voluntad que realiza el ideal.” El hombre transforma la realidad y lucha contra ella. De aquí proviene la idea de ver la Historia como el desempeño del heroísmo humano. Y de Thomas Carlyle extrae la concepción heroica de los grandes hombres. A la clasificación de los héroes del historiador inglés, que incluye divinidades, profetas, poetas, sacerdotes, literatos y reyes, Caso agrega al filósofo y constantemente se refiere al “heroísmo filosófico”. En 1927, su alumno Samuel Ramos criticaría esta postura grandilocuente de Caso que ve a los filósofos de forma desmesurada, como grandes montañas y convierte “el drama histórico” en “un movimiento externo, con gestos y ademanes teatrales”.

Pero el idealismo de Caso contempla la oposición entre el espíritu y la materia, pues según su teoría “lo físico se caracteriza por un conjunto de notas espacio-temporales; lo psíquico es inespacial y sólo se da en el tiempo” (y por eso, siguiendo este planteamiento, el materialismo puede explicar la materia, pero no el espíritu). Para fundamentar esta idea, recurrió a la obra del francés Maine de Biran, espiritualista del siglo XVIII, cuyo pensamiento entroncó con el de Bergson a principios del siglo XX. Para Maine de Biran, el yo no sólo piensa y luego existe (cogito ergo sum) sino que también quiere (volo ergo sum). Así, en el acto de esforzarse, el yo conoce lo que es y lo que no es él mismo. Ese yo es capaz de conocer el mundo pero luego de convertirlo en un hecho psíquico, por eso “la percepción” es para Bergson una acción antes que un conocimiento. La razón no funda nada por sí misma, afirma Caso, sino que requiere de la evidencia y ésta sólo llega a la razón por medio de la intuición, una forma de percepción que penetra en el objeto a conocer. Es decir, de manera contraria al método científico de los positivistas que lleva extrae los datos del objeto al sujeto, el intuicionismo hace que el sujeto penetre en el objeto. Pensaba que la intuición es necesaria pues la razón pura no es capaz de penetrar el ser-en-sí, según la crítica de Kant a Aristóteles. Pero el conocimiento de la Fenomenología de Edmund Husserl hizo reflexionar nuevamente a Caso sobre el problema de la esencia. Husserl parte del “yo pensante” cartesiano y acepta toda la experiencia para percibirla y describirla. Gracias a la Fenomenología, Caso concluye que “los seres cambian” pero “las esencias permanecen inalterables”:

Los objetos universales son siempre; no cambian, no se mudan, no se transforman. Un ser concreto e individual tiene historia. Los objetos universales no la tienen. Son fuera de todo tiempo y, no obstante, la intuición los ve, con la misma claridad, con la propia pristinidad con que contempla lo individual. Husserl […] declara que son, simplemente, “los últimos datos de la intuición”. […] Por esto dice el propio Husserl, con legítimo orgullo: el positivismo verdadero es el mío y no el de los filósofos empiristas: “el positivismo de las esencias”. (La existencia como economía, como desinterés y como caridad)


El positivismo declaraba constantes las relaciones entre los entes, de tal manera que la filosofía sólo era una coordinadora de los conocimientos particulares. Así, la ley natural concibe la relación necesaria entre causa y efecto. Caso inicia su crítica contra el Positivismo en dos aspectos. Como dice Rosa Krauze, “si el conocimiento debía partir de la experiencia, había que aceptar ‘toda la experiencia’, sin condiciones, sin límites, sin restricciones de ninguna especie. La metafísica y la religión también nacían de la experiencia”. Pero además, Caso encuentra una serie de eventos no necesarios. Así como una ley física no explica un fenómeno biológico, la suma de las leyes científicas no explican la totalidad; hay eventos no necesarios o “desinteresados”: la caridad, el heroísmo y el arte. Para Caso, el “estado económico” es el de la necesidad, pues el ser biológico destina su energía a sobrevivir y sólo el excedente de energía le permite modificar su forma de vida. De aquí se desprende el pensamiento moral y estético de Caso. Por un lado, la caridad y el heroísmo son acciones desinteresadas, basadas en el bien moral que no tiene justificación “científica”. Y por otra parte, como afirma Juan David García Bacca, Caso piensa que es preciso dejar el estado de economía para ascender al estado de desinterés, estético. Curiosamente, las matemáticas son en el pensamiento de Caso un instrumento para dejar el estado de economía: “Merced al lenguaje del matemático, se descubre la ARMONÍA del UNIVERSO.” Es decir, la idea de la belleza proviene, en última instancia, de una comprensión científica del universo; parece una manera de superar el pensamiento platónico depositando la belleza no en el mundo de las ideas sino en el de la ciencia.

La Estética de Caso proviene, pues, del excedente de energía que permite superar el “estado de economía”. Ese excedente tiene un primer ámbito en el que se desarrollan combinadamente las capacidades lúdicas y las artísticas, afirma en consonancia con Schiller. El arte supera la etapa moral, pues no debe juzgarse al arte por sus valores morales, ya que su finalidad no es el bien, sino una “finalidad sin objeto”; cuando se habla de lo bueno, lo útil y lo agradable, hay un interés de parte del que percibe el fenómeno, pero cuando el espectador habla de “lo bello” hay un desinterés, “un objeto que satisface sin interés alguno es bello”. Por eso, el arte excede a su vez la etapa utilitaria y moral para convertirse en una “proyección” (Einfühlung), es decir, el espíritu humano se “proyecta” en el mundo, siendo así el arte una forma en la que el ser humano se hace objetivo, pero al mismo tiempo se encarga de transformar la idea en acto. Pero no se trata sólo de decir sino de expresar: no enunciar lo que se siente sino de proyectar los sentimientos.

Caso, siguiendo a Kant, contrapone lo bello a lo sublime, dos conceptos en constante lucha. Por un lado, “la razón advierte su impotencia para ahondar el infinito”, es decir que la inconmensurabilidad de la naturaleza se encuentra lejos de proporcionar placidez al espíritu; el sentimiento que tiene el hombre ante esa desproporción es lo sublime. La belleza, por su parte es considerada por el espíritu como algo conquistado, una posesión del espíritu. Así, lo sensible (o captado por los sentidos) “se torna simbólico del sentimiento”. De aquí se desprende una postura personal de Caso que concibe al arte como un símbolo:

Cuando un árbol, un sauce, inclina su follaje sobre la lámina de un lago, el alma del poeta fuga de sí mismo, se unifica con el follaje lánguido del sauce, y llora con él sobre el lago en silencio. Es que ha infundido, simpáticamente, su dolor en un árbol que se inclina. Si el ciprés apunta al cielo, la intuición poética sube por el ramaje que asciende, y hace el árbol erecto, un episodio de su anhelo infinito. El hombre consuela a sus queridos muertos con el signo del ciprés que apunta al cielo. Es decir, se consuela a sí mismo. La pujanza rectilínea del árbol sagrado, muestra constantemente, dentro de la conciencia, esa región verdadera o quimérica, pero humanísima al cabo, en que nada se olvida, porque nada perece.

Este pensamiento estético confluye con el arte simbolista, pero sin el fundamento hermético que le dieron sus fundadores, como Baudelaire. Finalmente, el arte según Caso debe ser la ejecución personal de la obra, cada vez más acotada por “la máquina” en las sociedades modernas. El cinematógrafo, la fotografía y el fonógrafo son aparatos al servicio de esquemas, es decir, de repeticiones. Así, el arte contemporáneo, basado en la maquinización y en la producción en serie, sería la expresión de “la decadencia de la cultura auténtica”.

Caso publicó dos libros de poesía, Crisopeya (1931) y Políptico de los días del mar (1935), además de su poema dedicado a Juárez . Son dos colecciones de poemas escritos según las convenciones de la poesía del Porfiriato. Sobre todo, se observa la influencia de Díaz Mirón y Othón, así como sus aficiones literarias (El poema del Cid, La Fontaine, Confucio, Dante, La Biblia), pictóricas (Carducho, Velázquez) e históricas (China, Persia, Turquía, Roma, la España del siglo XVII, Europa del siglo XVIII). Más cercanos a la lírica española que las influencias francesas, sus poemas son esencialmente sonetos descriptivos de tema histórico y moral. Sólo la joven generación de la revista Barandal, dirigida por Octavio Paz, hizo un comentario irónico sobre Crisopeya. Sin embargo, es importante considerar a Caso en el corpus poético del Ateneo, pues aunque escribió y publicó sus poemarios veinte años después que sus compañeros de grupo, con este aspecto de su obra revela ciertas ideas constantes en la poética Simbolista y habla de la perdurabilidad de una tradición hispanófila, bucólica y parnasiana, aun cuando sea de manera marginal. Ciertamente, Caso fue incapaz de apreciar el arte posterior al Modernismo, a la pintura impresionista o a la música de Debussy; y por esta causa, su Estética es a la vez un testimonio de las inquietudes intelectuales desde el fin del Porfiriato hasta mediados de los años veinte.

Como puede verse, Caso no sólo se dedicó a derrumbar el pensamiento positivista, sino que construyó una filosofía basada en el espiritualismo y el intuicionismo, la cual sirvió como base de una reforma educativa necesaria, durante el periodo de Huerta. No piensa así Octavio Paz, en El laberinto de la soledad: “Caso y sus compañeros destruyen la filosofía oficiosa del régimen sin que, por otra parte, sus ideas ofrecieran un nuevo proyecto de reforma nacional. Su posición intelectual apenas si tenía relación con las aspiraciones populares y con los quehaceres de la hora.” Tales “quehaceres de la hora” serían los intentos por minar la ideología positivista concentrada en la frase “orden y progreso”, los cuales concentraron a la juventud intelectual de la ciudad de México, por lo que no puede asegurarse que hayan sido ajenos a un interés social. Además, debe agregarse que en sus clases de Filosofía planteó, hacia 1915, la necesidad de encontrar lo propiamente mexicano, por lo que se le debe considerar el iniciador de la Filosofía de lo Mexicano que posteriormente desarrollaron Samuel Ramos, Emilio Uranga, Leopoldo Zea y el propio Paz. Caso adaptó el término bovarismo, utilizado originalmente por Jules de Gaultier para explicar las personalidades que “se conciben distintos de como son”. En el pensamiento de Caso, el “bovarismo nacional” intenta explicar al mexicano como un pueblo que niega lo que es y que se empeña en afirmar lo que no es. De ahí, la “imitación extralógica” del mexicano, que sigue modelos extranjeros de manera innecesarios y superfluos. Ambos términos, en el pensamiento político de Caso, son obstáculos para lograr la unidad nacional, vista por él como una “homogeneidad cultural” llevada a cabo por la “raza triunfante” en la Conquista, es decir, España. “Antonio Caso –escribe Mónica Chávez González– reconoció en el indígena a un ser susceptible de ser civilizado mediante una educación que propagara los valores occidentales que, por historia, corresponden al país. Esto consistía en enseñarle el idioma castellano, la religión católica y la forma de propiedad privada.” Para la construcción de un proyecto nacional, Caso veía la necesidad de una élite intelectual que escribiera, formara discípulos y produjera teoría. A eso dedicó su esfuerzo luego de que el Ateneo se desmembrara con la salida de México de Henríquez Ureña y Reyes. A partir de 1915, Caso decía haberse quedado “completamente solo”. Sin embargo, fue esa su mejor época como profesor pues, como indica Enrique Krauze, se convirtió en el guía de los pocos maestros de humanidades con los que contaba la Universidad y hasta los viejos positivistas, convencidos de la falsedad de las ideas comptianas que habían profesado, le cedieron sus clases. Era al mismo tiempo, director de la Escuela Nacional Preparatoria y profesor de Ética, Psicología, Lógica y Problemas filosóficos; de Filosofía en Altos Estudios y en la Escuela Normal para Señoritas; y de Sociología en la Escuela de Jurisprudencia. Más adelante, fue Rector de la Universidad, por breves periodos, del 7 al 11 de mayo de 1921 y del 12 de diciembre de 1921 al 28 de agosto de 1923. Defendió la idea de la Autonomía de la Universidad, como profesor y como funcionario; en 1917 había asistido a la Cámara de Diputados para pedir la autonomía de la Universidad, al lado de su hermano Alfonso, Antonio Castro Leal, Manuel Gómez Morin, Vicente Lombardo Toledano y Alberto Vázquez del Mercado, entre otros.

A partir de 1921, cuando pronunció su discurso de ingreso a la Academia Mexicana (Comento breve de la Oda a la música de Fray Luis de León), comenzó a recibir condecoraciones, homenajes y distinciones. Ese mismo año fue enviado a Perú como Embajador oficial de México al primer centenario de la Independencia de ese país, en el cual ofreció una serie de conferencias. También como orador, visitó Chile, Argentina y Brasil. En diciembre de 1924 regresó a Perú para participar en la conmemoración por los cien años de la Batalla de Ayacucho y viajó a Cuba. Entre las distinciones que recibe, pueden mencionarse –según enlista el Diccionario de escritores– sus nombramientos como Profesor emérito de la UNAM, Director Honorario de la Facultad de Filosofía y Letras, socio del Instituto Internacional de Sociología de París, miembro honorario de la Academia de Historia de Buenos Aires, del Ateneo de Santiago de Chile, de la Sociedad de Geografía de Lima, de la Sociedad Nacional de Abogados de México y de la Sociedad de Geografía y Estadística de México. Miembro de la Academia Hispano-Americana de Cádiz, miembro correspondiente de las Academias de Historia de Colombia, de Letras de La Habana y de la Sociedad de Geografía e Historia de Costa Rica. Socio fundador de la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación, presidente del Conservatorio Nacional de Música y Declamación, presidente del Consejo de la Universidad Femenina de México, y miembro fundador de El Colegio Nacional, donde dio conferencias sus últimos años. Curiosamente, Caso no formó parte de la Casa de España en México (posteriormente, Colegio de México), posiblemente por reticencias ante la llegada de los intelectuales españoles en 1939. Mientras se encontraba en una sesión de Colegio Nacional, Antonio Caso pidió permiso para salir a tratar unos asuntos. Ya no regresó, pues murió en un hotel a unas calles de ahí, en brazos de una prostituta. “Nuestra muerte ilumina nuestra vida”, escribió Octavio Paz. Tal vez a la manera de Nietzsche, Caso intentó borrar la experiencia personal de su obra filosófica y sólo pretendió escribir de su experiencia intelectual. Pero el último momento de su vida revela una existencia íntima que no quedó patente en su obra, pero que hace de Caso un personaje desconocido, oculto por los ademanes teatrales que muchos de sus contemporáneos vieron tan huecos.

Caso, el polemista
Juan Hernández Luna enlista doce polémicas sostenidas por Caso entre 1911 y 1937. Con Agustín Aragón había discutido el problema de la fundación de la Universidad, en 1911, y la teoría de la historia del filósofo rumano Xenopol, en 1922. Ese mismo año debatió con Francisco Bulnes acerca del “porvenir de América Latina”; con Manuel Puga y Acal, en 1924, sobre el imperio de Maximiliano; con Alfonso Junco, en 1936, discutió el problema de “la existencia de Dios”; y finalmente, con su exalumno Guillermo Héctor Rodríguez debatió la pertinencia del neokantismo, en 1937. Todas ellas fueron discusiones poco trascendentes, sobre asuntos más o menos circunstanciales. Sin embargo, entre las polémicas de Caso destacan especialmente la que sostuvo con su exalumno Samuel Ramos (1927) y una serie de intercambios con Francisco Zamora, Vicente Lombardo Toledano y Eduardo Pallares sobre la orientación ideológica de la Universidad, el materialismo y el marxismo (1933 y 1935).

En los dos primeros números de la revista Ulises (mayo y junio de 1927), editada por Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, el joven filósofo Samuel Ramos publicó un balance crítico de la obra y el magisterio de Caso. El interés de Ramos al escribir sobre Caso era realizar un balance del hombre que representaba un punto de partida en la Filosofía del siglo XX. En su ensayo, básicamente lo acusaba de falta de argumentación en su obra, de pérdida de “la aptitud a la renovación”, de ignorar todo lo que se ha pensado después del Bergson, Croce, Boutroux y James, así como de dejar a medias el estudio de esos filósofos. Pero fundamentalmente, le reprochaba “abogar por la intuición en un país en que hace falta la disciplina de la inteligencia”. Ramos escribe que “la esencia del pragmatismo”, corriente en la que sitúa a Caso, “es demostrar que la facultad pensante no está al servicio de la verdad pura sino de las necesidades vitales humanas.” Curiosamente, Caso responde en términos no pragmáticos cuando afirma que no aboga por las ideas filosóficas “teniendo en cuenta las necesidades del país”: “Esto no me importa, o me importa en último término. Lo que me interesa es pensar.”

La importancia de esta polémica en el pensamiento de Caso es que hace notar su alejamiento del pragmatismo, el cual le había servido para distanciarse del Positivismo. Pero luego de publicar su Sociología (1927), comenzó su distanciamiento del pragmatismo. Según Rosa Krauze: “Ya incorporado dentro de las nuevas tendencias, Caso se dirigió hacia el personalismo, siguiendo la línea de ideas que había apuntado desde su juventud. Su estudio quedó dividido en dos partes: el personalismo y el existencialismo, y el personalismo desde el punto de vista social.” Este último periodo de su pensamiento es influido por los acontecimientos históricos (la Segunda Guerra Mundial) y filosóficos (el existencialismo, Heiddeger) que pusieron en el centro del pensamiento metafísico a la muerte y la angustia. Caso prácticamente dejó terminado antes de morir un texto con reflexiones sobre estos temas, titulado “La muerte y el ser”. Aunque reconoce la genialidad de Heiddeger, no acepta las conclusiones a las que llega pues no hace ninguna referencia al más allá, con lo que considera que el filósofo alemán despoja a la existencia humana de sentido. Y aun más, se pregunta: “¿Acaso el nacimiento no implica también un misterio para el hombre?” El nacimiento, no la muerte “entraña la verdadera incógnita del hombre, el secreto de la existencia, el fundamento del existencialismo filosófico orientado hacia el principio y no hacia el fin” (El Universal, 3 de marzo de 1944). “El que aspira a lo eterno debe alcanzarlo, toda vida humana gravita hacia un centro fuera del hombre, porque el hombre mismo no es una meta, y nuestro destino es subsistir para dar pábulo al anhelo consubstancial de perfección.”

Caso vs. Lombardo
Pero este planteamiento es apenas una parte de la postura de Caso, pues todavía formuló su idea del personalismo. En ella establece que la “persona humana” es la suprema categoría de la existencia. No obstante, el individuo no debe estar subordinado a la comunidad, ni viceversa; axiológicamente, ambos deben estar subordinados a la cultura: “La cultura como fin del individuo, implica la sociedad, y como fin de la sociedad implica al individuo”. Ya que Caso considera que el marxismo es una religión (“el marxismo-leninismo, como toda religión, implica un dogma y un mito particulares, un conjunto de prácticas culturales, un conjunto de organismos dispuestos a cumplir con los actos del nuevo culto y una ética derivada de la concepción del dogma”, Rosa Krauze p. 350), establece que el individuo debe tener derecho a la propiedad privada, siempre y cuando no pase de lo estrictamente indispensable. Caso es un demócrata que opina que este sistema político debe ser apenas un medio para conseguir la cultura. Pero en última instancia, el fin del hombre es Dios y no la sociedad; sólo un pacto con “la verdad cristiana” hará que las sociedades encuentren la satisfacción del hombre.

Si por un lado, la polémica con Ramos marca el último periodo de su pensamiento filosófico; el debate con respecto a la orientación ideológica de la Universidad enfrenta a Caso con el materialismo, pensamiento al que siempre repudió.
En 1929, un grupo de estudiantes de Derecho formó un movimiento para solicitar que se les incluyera en el Consejo Universitario. Luego de que las negociaciones fracasaran, el presidente Emilio Portes Gil acusó al movimiento de tener intereses secretos, por lo que procedió a cerrar la Escuela de Derecho. Los estudiantes comenzaron una huelga que amenazó con hacerse más grande, hasta que inesperadamente Portes Gil hizo una propuesta de Autonomía universitaria, ya que se encontraban próximas las elecciones en las que el gobierno tenía que rivalizar con el movimiento vasconcelista. Esta fue una medida que pretendía ganar el apoyo de los estudiantes, aun cuando la Autonomía concedida iba en contra de las peticiones estudiantiles, ya que la nueva Ley Orgánica establecía que el Rector sería elegido por el Consejo Universitario de una terna propuesta por el Presidente, y no al revés. Asimismo, el Presidente podía vetar las resoluciones tomadas por el Consejo y el Rector estaba obligado a rendir un informe anual al Congreso de la Unión y al Secretario de Educación. Aun cuando movimiento de estudiantes conocido como Generación del 29, y su líder más sobresaliente, Alejandro Gómez Arias, se convirtió en el símbolo de la Autonomía, Imanol Ordorika afirma que sus miembros prácticamente nunca llegaron a ocupar lugares en el Consejo Universitario. Al contrario, fue el grupo de los Siete Sabios, organizado alrededor de Antonio Caso, el que tuvo mayor control de la política universitaria.

Más adelante, en septiembre de 1933, tuvo lugar en México el Primer Congreso de Universitarios Mexicanos, una asamblea nacional de rectores, profesores y representantes estudiantiles de 21 estados, a la que asistieron como invitados, el presidente Abelardo L. Rodríguez, el secretario de Educación Pública Narciso Bassols y el cuerpo diplomático. Antonio Caso fue designado miembro honorario, en tanto que Vicente Lombardo Toledano era representante de la UNAM y presidente de la comisión encargada de estudiar el tema de la “Orientación ideológica de la Universidad”. El documento redactado por esta comisión sostuvo que las universidades mexicanas “contribuirán, por medio de la orientación de sus cátedras y de los servicios de sus profesores y establecimientos de investigación, en el terreno estrictamente científico, a la sustitución del régimen capitalista, por un sistema que socialice los instrumentos y los medios de la producción económica”. Vale la pena citar las principales ideas del documento al que se opuso Caso. Las conclusiones aprobadas por la asamblea planteaban rematar los cursos de bachillerato con “la enseñanza de la filosofía basada en la naturaleza”, enseñar la historia “como evolución de las instituciones sociales, dando preferencia al factor económico como factor de la sociedad moderna y, la ética, como una valoración de la vida que señale como norma para la conducta individual, el esfuerzo constante dirigido hacia el advenimiento de una sociedad sin clases, basada en las posibilidades económicas y culturales semejantes para todos los hombres”. Asimismo, se planteaba que las universidades contribuyeran al conocimiento “de los recursos económicos de nuestro territorio, […] de las características biológicas y psicológicas de nuestra población y al estudio de nuestro régimen de gobierno”. También proponía la necesidad de proveer económicamente de forma vitalicia a los “elementos de cualidades de excepción” para que puedan dedicarse desde su etapa de estudiantes, “con toda tranquilidad y entusiasmo”, a la investigación científica. Y finalmente, establecía que los graduados de las instituciones universitarias deberían prestar un servicio obligatorio y retribuido por un año en el sitio considerado necesario por la institución que otorgó el grado.

Debe considerarse que el documento de la comisión era apenas un acuerdo de asamblea que debía plantearse ante el Consejo Universitario para que tuviera algún valor. En los puntos del documento, Caso vio –aun cuando no se mencionara explícitamente–, la influencia del “materialismo histórico”, así que en su intervención en la asamblea, se mostró en contra de que la Universidad adoptara un “credo” filosófico y que se opusiera a la libertad de cátedra. Si bien Lombardo y Caso discutieron posturas particulares acerca de la enseñanza de la Historia, la Ética y la Filosofía, en sus intervenciones destaca el tema del papel social de la Universidad.

Caso piensa que la Universidad es una comunidad de cultura, y que la cultura es la creación de valores. De tal forma que sus principales actividades son investigar y enseñar; es decir, la comunidad universitaria logra nuevos conocimientos, rectifica los anteriores y los transmite. Pero Caso afirma que la cultura es una finalidad, y Lombardo refuta este punto:

La cultura es un simple instrumento del hombre, no es por consiguiente una finalidad en sí. Y como afirmo que la cultura en sí y por sí no existe, también afirmo que la humanidad abstracta, que el bien en abstracto, no existen, porque ningún valor en abstracto existe. […] Cada régimen histórico ha tenido una cultura especial. ¿Por qué? Porque la cultura es justamente eso, valoración, expresión de juicios colectivos. […] No hay régimen histórico que no haya tenido a su servicio una manera de pensar la vida, una serie de juicios que tratan, en primer término, de hacer que perseveren, de hacer que se mantengan las instituciones que caracterizan a ese régimen histórico.


Así, Lombardo organiza su discurso contra la libertad de cátedra por considerarla falaz:

El siglo XIX que creó el régimen capitalista es una etapa histórica en la evolución de todos los pueblos, etapa que ha formado una pedagogía capitalista. No ha habido, pues, tal neutralidad. La libertad de cátedra ha servido simplemente para orientar al alumno hacia una finalidad política, en relación con las características del Estado burgués. Ésa es la realidad. El Estado no ha sido neutral frente a las contiendas de los trabajadores, sino que todo él, a través de sus órganos, ha servido a una sola clase, a la clase capitalista; y la enseñanza de las escuelas oficiales no ha sido más que un vehículo para sustentar en la conciencia de los hombres el régimen que ha prevalecido. No ha habido tal libertad de cátedra. Hemos tenido, como siempre, una pedagogía al servicio del régimen.


Hay que notar que ni Caso ni Lombardo consideran la Universidad como un espacio de discusión, sino que conciben al alumno como un actor más o menos pasivo de las enseñanzas, un individuo que acude a las aulas “a formar su criterio”. Además, Caso tiene un concepto de la libertad de cátedra curioso, por decir lo menos, como puede verse en un texto escrito en 1940, en el que expone su idea de la universidad novohispana:

Comparemos […] el espíritu superior, libre, sincero, culto, de los doctores universitarios contemporáneos de Bucareli y de Gamarra, con lo absurdo del materialismo histórico como dogma intangible de la Universidad Autónoma. Recordemos a aquellos piadosos sujetos, sufragando en pro de la libertad de pensamiento; y a los modernos corifeos del materialismo marxista pretendiendo sofocar la libertad, bajo la irrisoria dominación de una tesis discutida y ya desprestigiada.
¿Qué reflexionaremos como comentario indispensable de tan grave contraste?… Diremos que México se muestra, en lo que concierne a la Cultura, por debajo de lo que elaboró Nueva España. Diremos que parece que los siglos han desfilado en vano; que el pensamiento se ha entumecido y desnaturalizado; ¡porque no valía la pena de sufrir tantas revoluciones en pro de la Libertad política, intelectual y social, para venir a parar en la negación de aquella franquicia sagrada y bendita, sin la cual todas las demás salen sobrando: la libertad de pensamiento y de enseñanza!


Por otra parte, es necesario ver esta polémica como la expresión de un enfrentamiento mayor entre el régimen y la Universidad. Como afirma Imanol Ordorika:

Esta confrontación era, al fin y al cabo, la síntesis de dos puntos de vista opuestos en cuanto al papel social de la educación superior; reflejaba la lucha entre los que exigían compromiso social para la solución de problemas prácticos de desarrollo y los convencidos de que la única responsabilidad de la Universidad estribaba en adquirir y proporcionar el saber en un sentido abstracto.


Luego de ambas intervenciones, la asamblea votó a favor de Lombardo por 22 votos, contra 9 para Caso, a pesar de que este último había amenazado al finalizar su intervención: “Hemos de hacer colectivismo o hemos de irnos de las aulas. Señor rector de la Universidad Nacional: si esto se aprueba, el profesor Caso deja de pertenecer a la universidad. Os lo protesto de todo corazón, con toda mi alma.” Una vez que se clausuró el Congreso, los estudiantes católicos dirigidos por Manuel Gómez Morin y Rodulfo Brito Foucher, escribe Lombardo,

contando con el apoyo decidido de la prensa, de la iglesia católica, y de los elementos llamados comunistas –en México estos extremos se han juntado muchas veces– pasaron de las palabras a los hechos. Se apoderaron del edificio de la rectoría de la Universidad por la fuerza. El gobierno se cruzó de brazos y dejó hacer. El rector Medellín se encerró en su casa y la más alta institución de cultura de México, cayó en manos de los partidarios del irracionalismo filosófico.


La Federación Estudiantil dirigida por los católicos “azuzados por Brito, asaltaron las oficinas de la confederación, sacaron los muebles, prendieron fuego al archivo y recorrieron las calles de Argentina, Justo Sierra, El Carmen y San Ildefonso gritando mueras a Medellín, a Lombardo, a la universidad marxista, al gobierno y vivas a Antonio Caso y a la libertad de cátedra”. Lombardo y sus colaboradores salieron de sus oficinas, expulsados por los conservadores que quedaron al mando de la universidad; al mismo tiempo, Caso renunció a sus cátedras hasta que no desapareciera la reciente indisciplina. El Consejo Universitario acordó la remoción de Brito Foucher, director de Derecho, luego de acusarlo del caos de la Universidad así como de haber provocado la renuncia en masa de sus profesores, de utilizar la dirección de la escuela para sus fines personales y de servir a grupos confesionales. Como respuesta, los alumnos de Derecho se declararon en huelga y tomaron la Rectoría, apoyando a Brito, pero Caso intervino “invitando a los huelguistas a que abandonaran las oficinas […] y lucharan por una verdadera reforma universitaria”. Pero luego de varias asambleas, la huelga se hizo general y los alumnos de Filosofía y Letras y Derecho apoyaron a Caso, provocando que los directores de todas las facultades renunciaran en masa.

Pero el debate continuó en los periódicos. Por un lado El Universal y Excélsior se declararon partidarios de Caso y el segundo llamó al marxismo “filosofía de cerdos” y a Lombardo “Lenin de patio de vecindad”. Y para Caso, a la ética marxista

la constituye ese anhelo judío primordial, de dar la mano a todo lo bajo, a todo lo caído, a cuanto sea mezquino y numeroso, para exaltarlo a la cima donde sólo pueden aspirar el aire puro los optimates de la inteligencia y de la voluntad […] Pero es más; del mismo modo que el Contrato social, de Rousseau, cesó de tener importancia una vez realizada la Revolución Francesa, El capital de Marx, ya no reviste el interés que tuvo cuando causó la Revolución Rusa. Estamos “más allá del marxismo”. Ahora, el socialismo se combina en todas partes con un enérgico movimiento nacionalista. Nuestra Revolución tiene un perfil propio, y debe desembocar en un gobierno enérgico, de amplio sentido social; en un nacionalismo social. Esto es lo que ha realizado en Italia Mussolini; lo que hoy pretende lograr Hitler en Alemania.


Se ha dicho que en 1933 el nazismo “aún no mostraba su verdadero rostro”, sin embargo, las mismas ideas mantuvo Caso hasta su último libro, Evocación de Aristóteles, de 1946. Hernández Luna, seguidor de Caso, con su muy particular visión, deja ver que la Universidad, al oponerse a la implantación de la educación socialista, tendió lazos a las instituciones educativas más conservadoras de provincia:

Pronto aquella discusión habría de cobrar una significación de alcance nacional. La tesis de Lombardo fue extendiendo sus manos rojas por el Partido Nacional Revolucionario y por las Cámaras de Diputados y de Senadores, hasta quedar plasmada una año más tarde, en la reforma socialista del Artículo 3º Constitucional. La tesis de Caso arraigó tanto en la conciencia de profesores y estudiantes, que levantó en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la mayor parte de las universidades de provincia un macizo y alto muro de libertad docente y de investigación científica. Gracias a este muro la enseñanza universitaria pudo resistir los embates de la educación socialista y quedar fuera de los alcances del texto del Artículo 3º Constitucional.

La Universidad en manos de los católicos era un caso conflictivo para el gobierno, así que decidió otorgarle plena independencia. Medellín había renunciado a la rectoría y Lombardo a la Preparatoria. Ante la perspectiva de la elección de un nuevo rector, la prensa católica propuso de manera unánime a Caso, pero la Asamblea Constituyente nombró a Gómez Morin como Rector interino, con lo que terminó la huelga. Poco después, en octubre, el presidente Rodríguez y Bassols lanzaron una propuesta para otorgar la autonomía completa a la Universidad. El Congreso aprobó la Ley que la privaba del calificativo de “Nacional” puesto que no estaba comprometida con los proyectos del Estado. Esta ley convertía el Consejo Universitario en la máxima autoridad, y en el encargado de nombrar rector y autoridades universitarias. Gómez Morin fue ratificado rector, ahora por el Consejo Universitario, y comenzó una política “descaradamente clerical” (Hernández Luna) que le abrió la puerta a los jesuitas y a los pensadores francamente fascistas como Francisco Guiza y Acevedo. Si por un lado, la autonomía fue concedida por el gobierno para asfixiar económicamente a la Universidad en manos de los católicos; por otro lado, Gómez Morin pretendía convertir la institución en una Secretaría de Educación paralela, por lo que empezó el modelo de las “escuelas incorporadas”. De ahí su relación con la Universidad Autónoma de Guadalajara, la primera universidad privada de México (fundada en 1935). “Aparecen los ‘conejos’ y ‘los tecos’, grupos procedentes del Colegio Francés Morelos y de la Universidad Autónoma de Guadalajara, organizaciones de choque dirigidas por jesuitas que permanecen en la sombra” (Hernández Luna) y antecesores del MURO y de la actual organización secreta, el Yunque.

Pero la polémica sobre el marxismo continuó en los diarios, enfrentando a Caso con Lombardo Toledano y Francisco Zamora, profesor de Economía, a lo largo de 1935. Zamora, un polemista notable, sostuvo una serie de intercambios en los diarios en los que condujo a Caso a la base de su desacuerdo teórico con el materialismo histórico: “la sensación no es reducible al movimiento”, con que pretendía demostrar que el materialismo es incapaz de explicar el espíritu, porqué éste no ocurría en el tiempo y el espacio sino sólo en el tiempo. Zamora cita los trabajos de la psicología experimental de su tiempo para responder a Caso:

Cualquiera que abra un compendio de psicología científica, aun cuando no sea de los más modernos, como del de James, por ejemplo, encontrará: primero, que las sensaciones se describen como corrientes centrípetas aportadas al cerebro por los nervios llamados aferentes; segundo, que esas corrientes, así como las centrífugas de los nervios eferentes, se consideran, no en sentido figurado sino real, como descargas de las células nerviosas, de tal manera que James compara la salida de una corriente de esa especie con la explosión de un arma de fuego; tercero, que la velocidad de esas corrientes ha sido medida, a partir de Helmholtz; y cuarto, que la voluntad se estudia como una compleja trama de movimientos.
En otras palabras, a pesar de que la psicología siguió hasta hace poco un camino que ha dado motivo para que se le regatee el carácter de ciencia natural y aun el de verdadera ciencia –como dice Pavlov–, afirma las conexiones entre la actividad psíquica y el sistema nervioso. Y así ha podido reducir las sensaciones a corrientes de energía nerviosa, o sea, a movimiento.


Caso, no obstante, se mostró irreductible, pues la separación de lo espiritual y lo material fue el centro de su pensamiento a lo largo de cuarenta años. Por lo que Zamora ve esta postura como “la expresión de un sentimiento, de una creencia mística”, y le reprocha a Caso que con sus fantasías de origen religioso se muestre incapaz de interpretar ciertos aspectos de la realidad cósmica. Zamora y Lombardo tienen una postura notoriamente distante de Caso, pues son los pensadores que separan el pensamiento socialista mexicano de las concepciones románticas e idealistas de sus antecesores. En el discurso de Caso, por el contrario, la fe habla en nombre de la ciencia; su ideología representa las posiciones de la clase media: “refleja las aspiraciones de la pequeña burguesía, que oscilando entre la clase capitalista y la proletaria, busca más allá de la realidad objetiva el punto de apoyo que en ella no encuentra”. Zamora llega por distintos medios a la misma conclusión que Rosa Krauze, su principal estudiosa: “el espiritualismo del señor Caso hinca sus raíces más en su inconsciencia que en su conciencia. Es un producto, no de su razón, sino de su sentimiento de clase. Tiene el valor de una creencia, más que el de una convicción científica. No puede ni debe, por consiguiente, ser discutido”. No debe dejarse de lado que el Ateneo de la Juventud postuló para la educación y la realidad mexicana una serie de valores humanistas abstractos y espiritualistas, en cuyas derivaciones, fecundas y nocivas, no debe soslayarse el pensamiento de Antonio Caso.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen estudio. Felicidades.

Aleksu dijo...

A la fecha Gabriel Zaid no ha producido un solo documento en el que pruebe que el Dr. Joaquín Eguía Lis era un "católico maximilianista". Lo que sí era, como lo demuestra su informe de 1912, un firme opositor del Positivismo.